El Hotel de Inmigrantes

   
 


 

 

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testimonios y literatura

Indice 

1. Introducción
2. Un proyecto valioso
3. En testimonios
4. En memorias
5. En biografías
6. En novelas
7. En novelas juveniles
8. En cuentos
9. En cuentos juveniles
10. En teatro
11. En periodismo
12. Otras fuentes
13. En Internet
14. En videos
15. En televisión
16. En fotos
17. En plástica


En este trabajo me refiero al proyecto de creación del Museo de la Inmigración, en el Antiguo Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero, y presento testimonios tomados de libros, diarios y otras fuentes, a fin de demostrar la reiterada presencia de la institución en la literatura argentina (desde 1880 hasta nuestros días), en el periodismo, en el recuerdo de quienes se hospedaron allí, en biografías, televisión, fotografía y plástica.

Introducción

En su ensayo Cómo fue la Argentina 1516-1972, el historiador Exequiel César Ortega sostiene que “La inmigración jugó importante papel ya a mediados de esta etapa del ’80 al ’30. En ciudad y campaña, en oficios diversos que abarcaron la agricultura y la naciente industria; e incluso se dieron lugares como ejemplos de cuánto podía una colonización bien planeada...”. Comenta qué sucedió con los inmigrantes llegados a nuestra tierra: “El medio nuestro los asimiló bien pronto y sus descendientes inmediatos se sintieron integrantes ‘de la tierra’. A menudo ascendieron de Status, integraron profesiones, comercio e industria; impulsaron los nuevos partidos políticos mayoritarios”.
El gobierno de esa época “En lo social favorecería cada vez más la inmigración, sobre todo la europea en general, perdidas bastante las esperanzas de la anglosajona y francesa en particular. Inmigración que cubriese las necesidades crecientes de mano de obra ciudadana y sobre todo rural, mediante la colonización y la ocupación de dependencia o el arrendamiento y la mediería”.
A criterio de Ortega, el régimen se caracterizaba por complementos que radicaban en los aspectos culturales; se refiere a la “Universalidad y amplitud de conocimientos y contenidos de cultura generales, universales; huida de la religiosidad excesiva; aspectos prácticos y utilitarios; enseñanza difundida de tipo enciclopedista-informativa, apta para todos, incluso sin chocar a los diferentes credos y formas de la inmigración”.
Hubo “paz, pan y trabajo” para quienes llegaron a la Argentina: “se dio una limitada o encauzada movilidad social, con grupos mayoritarios en condiciones de locación de servicios, incluyéndose la gran inmigración y descendientes inmediatos, salvo una minoría de entre ellos, que proporcionó estratos de clase media comercial, profesional y propietaria”.
En cuanto a la composición de la sociedad, señala: “La mayoría empero pertenecía a los grandes estratos derivados de niveles humildes ‘criollos’ (a los que pronto habrán de sumarse los provenientes de inmigraciones interiores provincianas), o derivados de inmigración creciente, de poco antes, los ‘hijos de gringos’, con ocupaciones manuales en su casi totalidad, salvo las excepciones ya aludidas de comerciantes, estancieros y profesionales, ‘hijos de gringos con plata’” (1).

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Muchos extranjeros, al llegar a nuestro país, se alojaron en los Hoteles de Inmigrantes. Estos fueron varios, a lo largo del tiempo: En Buenos Aires, los provisorios -el de la calle Corrientes, el de Cerrito, los de Palermo, Caballito y San Fernando, el de la Rotonda y el de la Boca- y el definitivo, en Puerto Madero; en el interior, el de Tucumán y los entrerrianos de Villa Domínguez y Basavilbaso, entre otros.. Para saber sobre ellos contamos, fundamentalmente, con dos libros, el de Jorge Ochoa de Eguileor y Edmundo Valdés, Donde durmieron nuestros abuelos. Los Hoteles de Inmigrantes de la Ciudad de Buenos Aires (2) y el de Graciela Swiderski y Jorge Luis Farjat, Los antiguos Hoteles de Inmigrantes (3).

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En 1878, “La aglomeración de gente presentaba un cuadro poco edificante. En ‘La Nación’ (N° 2355), denunciaba el mal estado del hospedaje a los extranjeros. A un pedido de aclaración del ministro Laspiur, el Comisario de Inmigración informó que: ‘el Asilo de Inmigrantes está muy distante de ser lo corresponde al objeto que se destina. V:E: lo ha reconocido así y mandó levantar planos y presupuestos de la obra que debe construirse en el terreno que al efecto fue cedido por la Municipalidad en el bajo del Retiro...’ y agrega que nunca habían tenido enfermedades infecto-contagiosas, y que en un nuevo edificio, del fondo, se destinaba a los enfermos que eran visitados dos veces por día por el médico. Luego informa el señor Dillon: ‘Los inmigrantes permanecen poco tiempo en el Asilo y cuando llegan se envían al Río que está inmediato, lavan la ropa y se asean. Cuando no están en esa operación, la pasan en la Plaza, de manera que sólo en los días de lluvia se siente algún inconveniente, cuando existe mucha aglomeración, pero basta uno o dos días buenos para que todo esté seco, pues el aire y la luz penetran por todas partes” (4)
A veces, los Hoteles no daban abasto. Otros establecimientos cubrían la demanda: “En las postrimerías del siglo pasado y comienzos del actual, la gran afluencia de inmigrantes, principalmente europeos, incrementó la necesidad de ofrecer alojamiento y comida a estas personas, ya que no todas lograban alojarse en el Hotel de Inmigrantes, frente al puerto de Buenos Aires. Comenzada la primera guerra mundial, en 1914, disminuyó bruscamente esta onda inmigratoria, motivo por el cual decayó la actividad de hoteles y fondas que habían proliferado durante años anteriores” (5).

Notas
(1) Ortega, Exequiel César: Cómo fue la Argentina (1516-1972). Buenos Aires, Plus Ultra, 1972.
(2) Ochoa de Eguileor, Jorge y Valdés, Edmundo: Donde durmieron nuestros abuelos. Los Hoteles de Inmigrantes de la Ciudad de Buenos Aires. Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio Argentino.
(3) Swiderski, Graciela y Farjat, Jorge Luis: Los antiguos Hoteles de Inmigrantes Arte y Memoria Audiovisual, 2001.
(4) Cracogna, Manuel I.: La Colonia Nacional Presidente Avellaneda y su tiempo, 1° parte.
(5) Trossero, Aldo: “Orígenes de Sanatorio Plaza”, en www.sanatorioplaza.com.ar. Rosario, 3 de noviembre de 2002.

Un proyecto valioso

Refiriéndose al Hotel de Puerto Madero, Laura S. Casanovas afirmó hace unos años que “se dio el nombre de Hotel de Inmigrantes al complejo edilicio que debía contribuir a un mejor control administrativo por parte del Estado, a otorgar asistencia social al inmigrante y a operar como ícono propagandístico en los folletos que se distribuían en el Viejo Continente”. “El proyecto –agrega Casanovas- comprendía una serie de construcciones o pabellones dispuestos alrededor de una plaza central. A lo largo de la costa, el desembarcadero; sobre el frente, la dirección y oficinas de trabajo; a continuación, los lavaderos, y cerrando el perímetro, el edificio de los dormitorios y el comedor. Fue este último el que por sus diferencias con el resto, tanto por el diseño como por el volumen, adquirió con el tiempo el nombre del conjunto: Hotel de Inmigrantes, como se lo denomina en la actualidad”.
La autora nos hablaba de un día en este establecimiento, cuya construcción finalizó en 1912: “La rutina estructuraba la vida del hotel. Las celadoras despertaban temprano en la mañana a los inmigrantes. Luego del desayuno, las mujeres lavaban la ropa en los lavaderos y cuidaban a los niños, mientras los hombres tramitaban su colocación en las oficinas de trabajo. El servicio de comedor se ordenaba en dos turnos de hasta mil personas cada uno. Los niños recibían a las tres de la tarde la merienda y a partir de las siete quedaban abiertos los dormitorios. Además, se enseñaba el uso de maquinarias agrícolas para los hombres, de labores domésticas para las mujeres” (1).
En El diario íntimo de un país, Hugo E. Ratier se refiere a la institución, que albergaba y contenía a los recién llegados: “Para un campesino europeo –dice- el desembarco en esta Babel del Plata podía resultar traumático. La emigración significó un paso más en el irreversible camino de la urbanización, que se inicia en el puerto de salida. Allí establecen los primitivos lazos de solidaridad entre aquellos que van a emprender la aventura transatlántica. Como en el tiempo de los esclavos negros, haber llegado en el mismo barco creaba vínculos. Ya en tierra, el Estado argentino ofrecía alojamiento en el Hotel de Inmigrantes, salvo a aquellos que venían contratados por empresas. Luego vendría la inserción en el trabajo” (2).
Los que no tenían conocidos en la nueva tierra, sufrían “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino” (3). Días después, desde allí unos se trasladarían a un conventillo; otros, a una vivienda más digna, y muchos viajarían hacia las colonias. Miles regresarían a sus tierras, decepcionados; dos tercios de los inmigrantes “se vieron obligados a volver a la miseria de su país de origen, después de amontonarse en el Hotel de Inmigrantes” (4).
Quienes llegaban al Puerto podían alojarse en el Hotel, sólo si observaban el reglamento de la institución. El mismo figuraba en el Manual del emigrante italiano, y establecía, por ejemplo que “Después de cada comida, a la hora indicada por el reglamento, se deberán limpiar los utensilios que se le hayan entregado antes, sin lo cual no podrá ausentarse del Hotel. Por turnos, como se indicará, tendrán que limpiar las instalaciones y ocuparse del transporte de víveres. La parte destinada a los hombres está separada de la de las mujeres; al igual que en el barco, está prohibida la promiscuidad. Con todo, se respetará el sagrado derecho de ayudar a su mujer y a sus niños. Una vez escuchado el timbre del silencio nocturno, está prohibido cualquier tipo de alboroto. Quien se sienta mal debe avisar a la dirección del establecimiento.
Está permitido salir a determinadas horas, pero quien no haya regresado en el horario previamente fijado no podrá pasar la noche en el Hotel” (5).
La historiadora Nélida Boulgourdjian-Toufeksian afirma que “El Hotel de Inmigrantes no estaba abierto a los pueblos asiáticos. Sin embargo, en la Lista de Pasajeros de 1923 se detectó que los armenios fueron interrogados acerca de su interés en ingresar en él y que un escaso número aceptó. Más allá de ser o no admitidos, la existencia de redes formales e informales facilitó la ubicación de los inmigrantes y limitó el ingreso en el Hotel de Inmigrantes” (6). No obstante, los adolescentes argentinos de sangre armenia escuchan de sus abuelos extranjeros “historias de conquistas y de luchas por preservar la cultura de todo un pueblo. Y de barcos llegados al puerto de Buenos Aires repletos de polacos, griegos, árabes y armenios que se hospedaban, muchos de ellos, en el Hotel de Inmigrantes” (7).
Casanovas nos daba una buena noticia: “Afortunadamente, el proyecto de transformarlo en museo está en marcha. (...) El proyecto, que reviste una enorme trascendencia cultural, no es nuevo”. Recuerda cómo surgió la idea: “Todo comenzó en 1983, cuando a instancias de las colectividades de inmigrantes de nuestro país, el Ministerio del Interior emitió una resolución por la cual encomendó a la Dirección Nacional de Migraciones realizar un estudio de factibilidad de creación de un museo, que reviviera las circunstancias del hecho histórico de la inmigración en la Argentina. Dos años después, una segunda resolución creó, en el ámbito de la Dirección Nacional de Migraciones, un área responsable del Museo, Archivo y Biblioteca de la Inmigración. En 1990, mediante un decreto, se declaró Monumento Histórico Nacional al edificio del ex Hotel de Inmigrantes y el año último (1997) el Ministerio del Interior desarrolló el programa Complejo Museo del Inmigrante, con dependencia funcional de la Dirección de Migraciones. Serán sede del museo el hotel y las dos plazoletas aledañas. Los edificios restantes continuarán funcionando como dependencias de la Dirección Nacional de Migraciones” (8). Ese programa está dirigido por el ya mencionado profesor Jorge Ochoa de Eguileor y la arquitecta Graciela Seró Mantero.
Hubo quien se manifestó en oposición a esta iniciativa. Escribió Horacio Di Stéfano en 1999: “Parado hoy entre silencios añosos y trozos de postales de la Buenos Aires poco recordada, el maravilloso cuerpo del Hotel de Inmigrantes parece no inmutarse por el paso del tiempo, aunque su interior, vacío y abandonado, conserve ecos imperceptibles y leyendas que mezclan esperanzas, fantasmas, muertes y angustia. Da vértigo mirar su fachada desgastada, rodeada por la sosegada paz de los espacios verdes que lo separan de las inmediaciones de la estación Retiro, e imaginar que albergaba un mundo de personas pululando ruidosamente, donde hoy hay olores viejos. Sus inmutables paredes vieron reemplazar el blanco de color original por un amarillo que lastima los recuerdos de sus horas, pero no es esto únicamente lo que se ve frente a la imponente figura de sus pabellones, y su historia tampoco estuvo a salvo de los maltratos a los que nos han acostumbrado desde siempre. De sólo pensar que el proyecto de hacerlo Museo, tal cual se ha planteado por las autoridades de la Dirección Nacional de Migraciones, lo acerca más al Shopping o a una pintada de labios y resaltado de pestañas, da ganas de dejarlo ahí, quieto, con sus secretos enquistados en la ignorancia” (9).

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En septiembre de 2000, el Hotel fue abierto al público, pues allí se realizó una edición de la prestigiosa muestra Casa FOA. La misma se llevó a cabo “en dos edificios que forman parte del Patrimonio Arquitectónico de nuestra Ciudad. (...) Tratándose en ambos casos de edificios que son Monumentos Históricos todos los trabajos a ejecutar fueron analizados y evaluados por la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos. (...)El proyecto de casa FOA tiene el carácter de ambientación y decoración homenaje tendiendo a resaltar y restaurar los elementos arquitectónicos propios del edificio. Por eso se mantuvieron y repusieron los pisos calcáreos originales y azulejos con sus zócalos y listeles moldurados. Además se colocaron vidrios en toda la caja de la escalera. En cuanto a los colores de las paredes se efectuaron cateos para poder recuperar los tonos originales” (10).

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Se colaboraba así con un objetivo valioso: “Con esta iniciativa de Casa FOA en el Hotel se hará realidad un sueño por todos esperado: ‘El Museo del Inmigrante’” (11); mientras tanto, ofrecían un anticipo de lo que se vería poco después.
En octubre de 2001 se inauguró la primera etapa del proyecto. “Dice el profesor Jorge Ochoa, coordinador del museo: ‘Recuperar este edificio es recuperar nuestra memoria. Casi no hay persona en la Argentina cuyos cuatro abuelos sean argentinos’ ” (12). Los nietos de quienes vivieron en este hotel sus primeros días americanos pudimos conocer, al fin, las paredes entre las que se hablaba de tantos sueños e ilusiones.
Casi dos años más tarde, Andrew Graham Yooll alerta acerca del estado de la situación: “No necesitamos, por ejemplo, otro Museo de la Inmigración, que ocupa espectaculares instalaciones sin aparente recurso a la imaginación, dado que lo expuesto se reduce a un par de bailes y unas pocas fotos. En un país de inmigrantes, ese proyecto debería ser un vasto emprendimiento” (13).

Notas
1 Casanovas, Laura S.: “Una historia de inmigrantes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de noviembre de 1998.
2 Ratier, Hugo: El diario íntimo de una nación. Buenos Aires, La Nación, 1999.
3 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992.
4 Larva: “Xenofobia. Denuncien al abuelo”
5 Armus, Diego: Manual del emigrante italiano. Buenos Aires, CEAL, 1980.
6 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: “Los armenios en Buenos Aires” La reconstrucción de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
7 A.A.: “Viaje de egresados con sabor a solidaridad”, en La Nación, Buenos Aires, 22 de agosto de 2002.
8 Casanovas, Laura S.: op. cit.
9 Di Stéfano, Horacio: “El Hotel de Inmigrantes: albergue para la nostalgia...”, en TANGOSHOW El lugar del Tango en Internet, www.tangoshow.com, 1999.
10 Gacetilla de Prensa de Casa FOA. Buenos Aires, 2000.
11 ibídem
12 Entrevista en La Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de 2002.
13 Graham Yooll, Andrew: “Patrimonio para preservar”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de julio de 2003.

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En testimonios

Otras fuentes se suman para evocar a los Hoteles. Por ejemplo, la carta que envía al periódico El Obrero, en 1891, José Wanza, un inmigrante establecido a su pesar en Tucumán, quien expresa: “En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron en hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía”. En el Hotel de Inmigrantes tucumano no le va mucho mejor: “Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos” (1).
En el Hotel se hospedó el español en el que Quino se inspiraría para crear dos de sus personajes. Escribe Andrea Rodríguez: “El auténtico Manolo había llegado de España en la década del 20, solo, sin parientes ni conocidos en la Argentina. En Soria, su pueblo natal de Castilla, era pastor de ovejas. La primera noche en Buenos Aires se alojó en el Hotel de Inmigrantes y al día siguiente salió a buscar trabajo: lo encontró como ayudante en una panadería. Cinco años después tenía su propio negocio, un despacho de pan. Como repartidor conoció a Mercedes, la empleada doméstica gallega de una de las tantas casas adonde llevaba su mercadería en canasta, como Manolito. Se casaron. Tuvieron varios despachos, cada uno más grande que el anterior, hasta que por fin pudieron comprar una panadería. Ya eran dueños de una importante —la Panadería y Confitería Delgado, en Defensa y Cochabamba, que antes había sido de la familia Canale, los de las galletitas— cuando Quino los conoció” (2).
A la Patagonia, “en una travesía marcada por olas de veinte metros”, viajó el asturiano Nicanor Fernández Montes, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes (3).
Un diario de la ciudad de Buenos Aires denuncia el malestar de los recién llegados: “según el diario La Razón del 5 de abril de 1929, desde un tiempo atrás los inmigrantes no se podían bañar por el mal estado de las cañerías y, como si esto fuera poco, los colchones y frazadas se encontraban en mal estado” (4).
Sin embargo, en un mensaje al diario La Prensa, José Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi caso” (5).
Días después, Marta B. de Pellegrini envía al matutino una carta motivada por el mensaje de Arias. En ella escribe: “Llegar a un lugar donde todo era desconocido, la tierra, el idioma, la gente, predisponía en nosotros a aumentar la incertidumbre, hasta que fuimos llevados al Hotel de Inmigrantes. Era una especie de oasis, donde nos agruparon según la nacionalidad y, ya con el ánimo calmado, empezamos a mirar la realidad de esta suerte de tierra prometida. Nos mantuvimos durante dos semanas en las que el hoy llamado ‘viejo hotel’ sirvió de nexo entre lo trágico y conocido, que había quedado atrás, y lo nuevo y desconocido que teníamos por delante. No creo que haya en el mundo otro refugio semejante para recibir y albergar a los inmigrantes” (6).
En el Hotel estuvo Jacobo Rendler, judío polaco, quien recuerda: “Al salir del Hotel de Inmigrantes, el bulto con mis cosas estaba en el depósito. Las personas de la Asociación de ayuda a los inmigrantes me habían anotado en un papel en castellano la dirección y el apellido de la familia que buscaba. Era una especie de volante donde estaba impreso que era un inmigrante recién llegado y se pedía a la gente que lo leyera me ayudara a llegar a esa dirección, que era en la calle Jean Jaurés de la ciudad de Buenos Aires. Me indicaron tomar el tranvía número 2 y que le mostrase el papel que llevaba al motorman para que me indicara dónde bajar. (...) Al volver al Hotel, Meltzer me estaba esperando. Me contó que había vuelto una de las personas de la Asociación de ayuda, que a él le habían conseguido en la casa de un relojero, a otros los habían ubicado con carpinteros o sastres, cada uno según su profesión y que a todos los iban a ir a buscar al día siguiente” (7).
En el Museo de la Inmigración, sito en el ex Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires, se relata en un panel la historia del matrimonio Mosquera López-Alvarez Marante, emigrados desde Orense.
En otro panel, en ese mismo museo, se relata la historia del pontevedrés Martínez Padín.
En el comedor, un panel reproducía las palabras del polaco Pablo Nowak (8). Este hombre, llegado a la Argentina en 1949 recuerda los magníficos asados que se hacían al mediodía y agradece las que califica como sus primeras buenas comidas en toda la vida. En otro panel se destaca aquello que escribió Teresa Joan en el libro de visitas: “Llegué a esta costa con 11 años, en el buque Madre Cabrini y fui hospedada aquí con mis paisanos. Recuerdo el olor a pan de trigo” (9).
Relatado por el profesor Ochoa, conocemos el testimonio de una húngara: “Es curioso algún recuerdo de una muchacha, hoy día una señora ya de edad que vino a los trece años con sus padres y contaba que en el desayuno se le servían unos enormes tazones de café con leche o mate cocido con leche –cosa que ellos no conocían, el sabor a la yerba mate- y se servían en regaderas –ése era el concepto de ella. Se refería a esas enormes cafeteras que tienen mango de costado con un pico largo, por supuesto sin la regadera, pero el pico estaba y para la mentalidad de la chica se servía con regaderas. (...) Ella estaba muy enojada cuando llegó porque no había visto las palmeras y cocoteros que imaginaba en el Puerto de Buenos Aires –era la visión europea de América- y después, como había estado en muy buena posición y habían quebrado en Hungría tuvieron que venirse acá sin nada, pero les quedaba el recuerdo de la vida de buen pasar y pensó que ella venía a un hotel de tres o cuatro estrellas actuales y se encontró con que venía a este hotel de cantidad de personas, grandes dormitorios para todos –los hombres de un lado, las mujeres y los niños de otro- y sintió desagrado, desagrado que dice que se le fue cuando empezaron a comer. Dice que nunca habían comido –ni aún en su posición buena primaria en Hungría- como habían comido en el Hotel de Inmigrantes” (10).
En alguna época comieron allí, asimismo, quienes no tenían empleo, ya que “Yrigoyen dispuso que en el Hotel de Inmigrantes se diera de comer a los desocupados con los fondos destinados al gasto de etiqueta presidencial (alrededor de unos 2.400 pesos mensuales)” (11).
Aurora Fiorentini, italiana establecida en Bariloche, se refiere al nacimiento de su hermano, en el Hotel, y a la difusión que el mismo tuvo en la prensa de ese entonces: “Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que el sensacionalismo no es un invento actual” (12).
Nació allí también la madre del narrador, en un texto de David Viñas: “La boca de mi madre, sus labios de sandía, su brazo estirado, con un manchón en la axila, mi Esther, mi rusa nacida en el Hotel de Inmigrantes (...) mi durazno de Odesa” (13).
En septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, “antes que una reconstrucción histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de iniciar una nueva vida” (14). Para ello, contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.
Dora Schwarsztein es la Directora del Programa de Historia Oral de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. En su tesis doctoral, titulada Entre Franco y Perón (15), presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel. Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había, todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate”
El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel. El relata: “Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral” (16).
En el sitio www.monografias.com se puede consultar el ingente trabajo realizado por los profesores y alumnos del Instituto Schönthal, de la ciudad de Buenos Aires. El mismo se titula Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en la Argentina. En la sección referida a Alemania se ofrece el testimonio brindado por Renate Schotellius en una entrevista que se le realizó. Allí, la pionera de la danza argentina, emigrada en 1936 a los catorce años, menciona el Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: “Yo viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría un día determinado, que mi tío sabía cuál era. El problema fue que el barco se atrasó tres días y, al llegar era carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba que mi tío me dejaría allí y tendría que ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún problema, le habían avisado” (17).
Juan Carlos Marina tenía diecinueve años cuando presenció, el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento del Graf Spee, acorazado alemán “destinado a hundir buques que llevaban alimentos de acá para Europa”, que se encontraba en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba, fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa. Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires”.
Es en ese establecimiento donde el comandante toma una trágica decisión: “de acuerdo a las órdenes de Hitler tenía que salir a presentar batalla. Pero eso era un suicidio. Fue tan impresionante que después de hundirlo, el comandante se pegó un tiro en el Hotel de Inmigrantes” (18).
Un militar alemán que llegó en el acorazado escribe en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda, que recién está en sus principios. ¿Qué será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos” (19).
La transmisión oral tiene gran importancia en esta clase de evocaciones. En mi familia, como en tantas otras, el Hotel es recordado con gratitud. Uno de mis abuelos se hospedó en 1905 en el Hotel de Inmigrantes de La Boca. Su muerte temprana me privó de este testimonio que hubiera sido para mí el más preciado.

Notas
1 Panettieri, José: Los trabajadores. CEAL, 1982.
2 Rodríguez, Andrea: “La vida es un dibujo. Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito”, en Imaginaria N° 14, Buenos Aires, 15 de diciembre de 1999 (Artículo extraído, con autorización de los editores, de la revista Veintidós, Año 2, N° 71; Buenos Aires, 18 de noviembre de 1999.)
3 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
4 Elguera, Alberto y Boaglio, Carlos: La vida porteña en los años veinte. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
5 Arias, José: Disqueprensa en La Prensa, Buenos Aires, 1998.
6 Pellegrini, Marta B. de: Carta de Lectores en La Prensa, 1998.
7 Rendler, Jacobo: “Mis primeros pasos en la Argentina”, en www.enplenitud.com.
8 Nowak, Pablo, en un panel en Casa FOA 2000.
9 Joan, Teresa, en un panel en el Hotel de Inmigrantes, 2002.
10 Markic, Mario: “Hotel de sueños”, en En el camino, en TN, 12 de septiembre de 2002.
11 S/F: “Yrigoyen: su carisma popular”, en CiudadDigitalYrigoyen, www.clarin.com.ar.
12 Fiorentini, Aurora: “Recuerdos de una emigrante italiana”, en fiorentini3.
13 Viñas, David: “Entre Gorki y Bertolt Brecht”, en Página 12.
14 Folleto escrito por Ocampo-Tanferna, para Casa FOA 2000.
15 Schwarsztein, Dora: Entre Franco y Perón. Crítica, 2001.
16 Jankelevich, Angel: “Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhorsogar.htm
17 Colegio Schönthal: “Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en la Argentina”, en www.monografias.com.
18 Urús, Mariana: “En el combate del Graf Spee el mar estaba calmo”, en El Tiempo, Azul, 3 de marzo de 2002.
19 S/F: “El episodio Graf Spee”, en La Voz del Interior on line, 24 de julio de 2002.

En memorias

Marcos Alpersohn, pionero en la Colonia Mauricio, provincia de Buenos Aires, llegó a la Argentina en 1891 en el vapor Tioko. El se refiere al Hotel en sus memorias: “Las chalupas nos condujeron hasta el Hotel de Inmigrantes, enorme edificio de madera, vetusto, mugriento, cubierto de moho y musgo y dividido en infinidad de habitaciones. Allí encontramos a otros doscientos inmigrantes judíos llegados un par de días antes en el vapor Lisboa” (1).
Los judíos que llegaron en 1891 en el Pampa fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes; donde se suscitó un inconveniente. Relata Mauricio Chajchir en sus memorias: "No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior” (2).
Alberto Gerchunoff menciona el Hotel en su “Autobiografía”, “escrita en París en 1914 y publicada por primera vez en 1952” (3). En ese texto recuerda que “Del Hotel de Inmigrantes, de Buenos Aires, nos llevaron a Moisés Ville en la provincia de Santa Fe. Es la primera de las colonias fundadas por el Barón Hirsch”. Habían llegado al Hotel provenientes de Tulchin, Rusia, “Una ciudad sórdida y triste, sin alumbrado ni aceras, cuyo lujo arquitectónico se reducía al palacio semiderruído de los condes de Bazá y a un edificio llamado La Buena, sitio de paseos dominicales”.
Al Hotel llegaron, en 1906, judíos provenientes de Ucrania. Relata Maria Arcuschin: “Si nuestros viajeros hubiesen tenido la posibilidad de alejarse de los muros grises del Hotel de Inmigrantes, habrían podido apreciar varios notables progresos que señalaban el fin de la aldea colonial con el crecimiento de una futura ciudad” (4). Enrique y Fabio Rotstein, ucranios asimismo, señalan que los inmigrantes que llegaban a la Argentina, “desde 1896 a 1914, no pagaban impuestos de entrada al país (como era el caso en Estados Unidos ) y se les ofrecía estadía gratuita en el Hotel de Inmigrantes, orientación ocupacional y transporte gratuito a su destino final” (5).
Un pionero holandés menciona en sus memorias al Hotel: “En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo‘ ” (6).

Notas
1 Alpersohn, Marcos: “Memorias de un colono argentino”, en Judaica N°50. Tomado de La colonización judía. Historia Testimonial Argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, por Leonardo Senkman, CEAL, 1984.
2 Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza: Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre 1998.
3 Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
4 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar, 1986.
5 Rotstein, Enrique y Fabio: “Fanny Dubroff y David Rotstein”, math.bu.edu/people/horacio/anc-cast.htm
6 S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.

En biografías

El ángel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic (1), es el título de uno de los libros de Chuny Anzorreguy. Al final del mismo, relata el narrador: “Fuimos a vivir al Hotel de Inmigrantes. Dejamos allí nuestros petates. Unos bolsos, un baúl..., y salimos a caminar. Como en Trieste. Pero la sensación era diferente. Caminábamos con alas en los pies”.
Elena Duplancic explica el por qué de la presencia de exiliados como Kovacic: “Argentina abrió la inmigración en forma menos restrictiva. De modo que la gran mayoría de los exiliados croatas de la segunda guerra mundial se dirigieron a Buenos Aires. Allí eran recibidos en el famoso Hotel de Inmigrantes en la zona del puerto y pronto lograban insertarse en la sociedad huésped”. No eran como muchos de sus compatriotas, ni venían por las mismas razones: “Este grupo de exiliados se caracterizó por ser, en general, de una preparación intelectual y profesional que pronto los distinguió de los descendientes de inmigrantes más antiguos ya asentados en la Argentina a comienzos de siglo, por razones económicas. Las razones de su exilio los reunieron en actividades relacionadas con lo religioso, lo político y lo cultural” (2).
Valentín Bianchi, llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto. (...) Aquella noche pernoctó en el hotel de inmigrantes y a la mañana siguiente, de acuerdo con las indicaciones que le diera Daniel, se presentó en las oficinas del Ferrocarril. Allí le informaron que debía trasladarse a la ciudad de Mendoza, la capital de esa provincia, en cuyas oficinas se desempeñaría como empleado contable” (3)

Notas
1 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del Capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
2 Duplancic de Elgueta, Elena: “Literatura de exilio como memoria cultural. El caso de los croatas en la Argentina”, en Studia Croatica, N° 137. Buenos Aires, 1998.
3 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.

En novelas

En algunas obras literarias hemos encontrado testimonios acerca de la existencia de esta institución. Ellos, de diversa índole, nos hablan de la presencia del Hotel de Inmigrantes y de su importancia en la comunidad.
Aparece en páginas de Antonio Argerich. A este escritor, acérrimo enemigo de la inmigración, que vivió entre 1855 y 1940, Luis Soler Cañás lo recuerda como “el olvidado precursor de la novela naturalista en la Argentina” (1). Escribió ¿Inocentes o culpables?, obra en la que plantea el dilema del determinismo y el libre albedrío. De ella se dijo que “no es más que una torpe historia de un inmigrante italiano, con la que se propone probar cuántos daños puede acarrear a la sociedad argentina la inmigración de gentes de razas inferiores” (2).
En esta novela, publicada por primera vez en 1884, alude al establecimiento que albergaba a los extranjeros que no tenían trabajo al desembarcar. Afirma Argerich: “Al salir del Hotel de los Inmigrantes se juntó con una manada de compañeros que seguían la vía pública por la mitad de la calle. Había hecho relación con estos sus paisanos y todos á la vez buscaban trabajo” (3). Se refiere agresivamente a quienes de allí salían, asemejándolos a animales, recurso que también utiliza Cambaceres (4) al describir a los inmigrantes.
Los personajes de La logia del umbral (5), novela de Ricardo Feierstein, se alojaron en el Hotel de Inmigrantes. Se refieren a los huéspedes como “cientos y cientos de bocas hambrientas. (...) sin idioma, cansados, confundidos” y recuerdan que allí les dieron “pan y carne, en platos de lata (...) Y algunos religiosos (...) no querían comer. Decían que la carne era treif, impura. Que no era para nosotros, judíos de fe”. “Pero bien que extrañamos esos almuerzos cuando fuimos hacia el campo –agrega otro. Días y días casi sin masticar. Los niños enfermaban...”.
Recuerda esa comida, asimismo, Liuba, uno de los personajes de Hacer la América, de Pedro Orgambide: “La lluvia queda afuera, en goteras y estrías y en las sombras presurosas de la gente que pasa. El calor de la lechería, de las tazas y vasos colmados de chocolate y de café, le trajeron a Liuba la sensación de la llegada, de los guisos y las sopas del Hotel de Inmigrantes. Un puerto, al fin” (6).
También se hospedó en el Hotel el abuelo Gedalia Rimetka, de El libro de los recuerdos, de Ana María Shua. El inmigrante y sus “hermanos de barco” “Llegaron después a Buenos Aires, mucho más aceptablemente América. Comparable a Varsovia, Buenos Aires. Una ciudad. Durmió en el hotel de inmigrantes. Amigos lo esperaban. Hacía frío, no como en Polonia pero mucho más que ahora. Otro frío era el frío de los inmigrantes. Adentro de la ropa se ponían papeles de diario para calentarse. Los papeles de diario calientan bien, así, así, debajo de la camiseta papeles, diarios enteros” (7).
Una joven irlandesa se presenta, en Frontera sur, para un puesto de maestra. Durante la entrevista se desmaya; es que –como explica en su trabajoso castellano- había comido por última vez en el barco, ya que no había parado en el Hotel de Inmigrantes. En esa misma obra, el alemán Frisch tampoco acepta albergarse en el Hotel: “Todos vieron alejarse al hombre alto y rubio que durante la travesía de Montevideo a Buenos Aires había tocado aires tristes en ese instrumento nuevo, el bandoneón. Ni le mareaba el barco, ni deslucían su aspecto las infames acrobacias del traslado a la costa. Había plantado cara a las autoridades de inmigración, y eludido la barraca en que los más aceptaban asilo provisional. Llevaba sus bienes –prendas escasas, libros, y aún su rara caja de música- atados a una improvisada carretilla: dos varas de madera nudosa clavadas a un travesaño, que iban a dar a los lados del eje de una única rueda” (8).
En “Noticias secretas de América”, Eduardo Belgrano Rawson escribe: “Cantabas un himno más light, como regía desde principios de siglo. Lo habían lijado un poco. ¿Qué otra cosa podían hacer? Necesitaban cortarla con los insultos, como explicó en su momento un operador del Ministro. ‘Tigres sedientos de sangre’ y todo eso. Culpa del himno el embajador no pisaba la presidencia, sobre todo los 9 de julio. A decir verdad, tampoco mostraban mucho aspecto de tigres los vascos y los gallegos que desembarcaban todos los días frente al Hotel de Inmigrantes, pero ésta era otra cuestión” (9).
En Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un empleado del Hotel de Inmigrantes agrede a un gallego. Le dice: “-Ya te oí, crees que soy sordo gallego sucio, muerto de hambre. Avelino, Manuel y todos cruzaron sus miradas: ‘Este era el recibimiento que le hacían los habitantes de ese país que prometía tanto, todos apretaron los labios y endurecieron sus puños, todos... para no responder a esa provocación; pero a todos también se les partió el corazón y quisieron estar en Galicia aunque no encontraran el oro tan prometedor, pero ya era tarde, ahora había que ser fuerte, apechugar ya estaban en el tablao, había que zapatear. Avelino tomó su pequeña valija, un bolsito pequeño también Manuel hizo lo propio, juntos lentamente recorrieron ese largo pasillo, jurando no voltear la cabeza para no ver a sus paisanos, que realmente si estaban mal presentados; pero eran honrados, y venían a trabajar, a poner la espalda para que este país al cual recién llegaban floreciera a fuerza del sacrificio de ellos, que en ese momento necesitaban; la guerra, la mala situación de su país los llevó a cruzar el mar en busca de un futuro mejor, pero en el interior de esos hombres, de esas mujeres de rostros sufridos, existía un rubí en bruto, sí, en bruto, como lo siguieron llamando y muchas veces se mofaron de ellos, haciendo bromas de mal gusto, chistes donde siempre, el tonto, el bruto era el gallego; pero si de algo no podían mofarse era de su honradez, de su fortaleza para el trabajo y la voluntad a pesar de a veces tragarse las lágrimas que estaban prestas a salir de sus pupilas, pero las sujetaban, no fueran a pensar que eran débiles, no, no lo eran, eran más fuertes que un roble” (10).
En Memorias para no olvidar, de Eduardo Bedrossian, un armenio “En Buenos Aires, apenas pasó por el Hotel de los Inmigrantes, que era para europeos, no para asiáticos. Además los piojos, entonces brazos armados de la ley, lo echaron a empujones. Vivió en la calle durmiendo por la noche sobre los bancos de las plazas, hasta que logró albergue en uno de los galpones del Ejército de Salvación de La Boca; allí tenía asegurado el techo y algo de comida. Los salvacionistas distribuían democráticamente lo poco que tenían entre muchos desarraigados y vagabundos hacia los que nadie quería mirar” (11).

Notas
1 Soler Cañás, Luis: Prólogo a ¿Inocentes o culpables?, de Antonio Argerich. Madrid, Hyspamérica, 1984.
2 citado por Soler Cañás
3 Argerich, Antonio: ¿Inocentes o culpables?. Madrid, Hyspamérica, 1984.
4 Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
5 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Fraterna, 2001.
6 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984.
7 Shua, Ana María: El Libro de los Recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
8 Vázquez Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
9 Belgrano Rawson, Eduardo: Noticias secretas de América. Buenos Aires, Planeta, 1998.
10 Latorre, Stella Maris: Amor migrante. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2004.
11 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, 1998.

En novelas juveniles

La rutina diaria de la institución es evocada en Stéfano, de María Teresa Andruetto (1). En esa obra, la autora narra: “El hotel está a pocos pasos de la dársena; tiene largos comedores y un sinfín de habitaciones. Les ha tocado un dormitorio oscuro y húmedo. En la puerta, un cartel dice: Se trata de un sacrificio que dura poco. (...) Los dormitorios de las mujeres están a la izquierda, pasando los patios. Por la tarde, después de comer y limpiar, después de averiguar en la Oficina de Trabajo el modo de conseguir algo, los hombres se encuentran con sus mujeres. Un momento nomás, para contarles si han conseguido algo. Después se entretienen jugando a la mura, a los dados o a las bochas”.

Notas
1 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.

En cuentos

En el cuento de Luis León “Chacarita, Vísperas de Pésaj”, otro judío, esta vez un sefaradí proveniente de Esmirna, recuerda con disgusto su paso por el hotel: “Cuarenta días en el vapor no fueron menos que cuarenta años en el desierto, y al llegar, ese hotel. Parecido a la timaraná de Chesmé, igual a ese manicomio donde murió Doudou, su madre que nunca lo abandonaba, y comenzó a dejarlo un día, de a poco, en su cerebro, poco a poco hasta olvidar quién era su único hijo, y otro día se fue entre esas paredes ajenas. Esas inmensas salas llenas de camas, donde cada uno hablaba de lo suyo y sin que nadie los entienda” (1).
El recuerdo de ese lugar es una pesadilla para el hombre: “Así llegó la oscuridad, invitándolos a dormir, y a soñar, cuando apenas había bajado el sol. Sueños pesados, adentro la timaraná, en las salas del Hotel de Inmigrantes, con peleas en idiomas desconocidos, con camas altas casi inalcanzables y trozos de matzá pisoteados, molidos por los gruesos zapatones de inmigrantes que iban y venían sin verlos”.
Estas palabras nos traen a la memoria aquello que expresa sobre el Hotel Jorge Páez en su libro El conventillo (2): “Como consecuencia de este fenómeno de crecimiento, en una ciudad apenas preparada para un cambio de tal magnitud, emergiendo trabajosamente de la sueñera remansada del período anterior, nació el conventillo, cuya antesala sórdida y atestada fue el célebre Hotel de Inmigrantes”.
Al protagonista de un cuento de Santiago Korovsky “Lo hospedaron en un hotel sucio y viejo, donde la gente dormía en el suelo, y la comida no era mejor que la del barco. De allí se fue a los cinco días, no porque quisiera sino porque lo echaron” (3).
María del Carmen García es autora de los “cuentos de gringos” que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (4). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos que “Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio”.
Patricio Pron, escritor santafesino, seleccionó para integrar una antología (5) un cuento en el que menciona un hotel anterior al que conocemos. El protagonista de “La espera” “era porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías. Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires”. El edificio al que Pron se refiere ha sido adquirido por la Fundación Andreani para la construcción de su nueva sede.
Al Hotel de Inmigrantes llega el toba Marcelino Romero, personaje de Sylvia Iparraguirre, tras haber discutido con el capataz: “me pelié y me vine a la ciudad, al Hotel de Inmigrantes, pero la pieza era muy chica, todo era muy chico. Uno quiere ver campo y no. Ve nada más que ciudad, por todos lados” (6).

Notas
1 León, Luis: “Chacarita. Vísperas de Pésaj”, en SEFARaires N°2, junio 2002 (sefaraires@datafull.com).
2 Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
3 Korovsky, Santiago: “Esperanza”, en Bienvenidos al Concurso Literario 1997.
4 García, María del Carmen: Cuentos de criollos y de gringos, en colaboración con Fanny Fasola Castaño. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
5 Pron, Patricio: “La espera”, en De manos abiertas. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
6 Iparraguirre, Sylvia: “El dueño del fuego”, en El invierno de las ciudades. Buenos Aires, Galerna, 1998.

En teatro

El Hotel es evocado en Temperley, obra teatral dirigida por Luciano Suardi. La protagonista es “una mujer de casi 90 años que llegó de España a los 17, pasó por el Hotel de Inmigrantes, se casó con un muchacho bueno y trabajador y armó su casita con un jardín que serviría de cobijo a su descendencia. Allí, en Temperley, por supuesto. Ahora, su vida es una obra de teatro” (1).

Notas
1. S/F: “Ciudad Abierta”, en www.buenosaires.gov.ar, 29 de mayo de 2003.

En periodismo

En “Tiendas de ultramarinos”, Enrique González Tuñón expresó: “Ese olor de las tiendas de ultramarinos. ¿Recuerda usted? En pleno centro, a veces. O mejor, en la calle Pedro Mendoza, o en Junín y Corrientes. Olor de vodka y salmón en lata; de arreos de pesca y arenque ahumado. Ese olor. Ese olor a color de mapa. Ese olor a ruido de motor de remolcador. Ese olor a Hotel de Inmigrantes. (...) El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos” (1).
Historiadores y memoriosos evocan dicha institución en el periodismo gráfico. La revista Todo es Historia, que dirige Félix Luna, dedicó una entrega (2) a los inmigrantes, en coincidencia con la muestra de Casa FOA en el Hotel de Puerto Madero. En dicha revista se recuerda que, en 1898, “se creó la Dirección Nacional de Inmigración, construyéndose y habilitándose el complejo edilicio formado por el definitivo Hotel de Inmigrantes, el Hospital, el desembarcadero y la infraestructura de lo que es hoy la Dirección Nacional de Migraciones”. Esa Dirección, “con todas sus oficinas y dependencias anexas, funciona actualmente en el amplio complejo edilicio que simultáneamente con el Hotel de Inmigrantes, se construyera a comienzos de este siglo, más precisamente en la Av. Antártida Argentina 1355, en terrenos otrora ganados al río, donde, desde 1911 funcionan las oficinas dedicadas a la inmigración, espacios inertes, acompañantes inmóviles de toda la historia migratoria de la Argentina de los últimos 80 años”.
Magdalena Insausti es la autora del libro Argentina, un país de inmigrantes (3). Escribió asimismo “Hotel de Inmigrantes Un proyecto colosal para la gran Argentina”, incluido en esta entrega de la revista de Luna. Allí nos dice: “Como pocos lugares en nuestro país, el conjunto de edificios denominados Hotel de Inmigrantes, expresa el testimonio tangible de la historia argentina del siglo XX. Su construcción se relaciona con los avatares políticos de principios de siglo; la escrupulosa economía de la inmigración que se trasluce en la administración del Hotel; las estrategias migratorias que se cumplieron hasta en la revisión de los equipajes; las colonias en el interior y el traslado de los inmigrantes; la filosofía política que subyace en los escritos de Juan Alsina, Juan P. Ramos y otros. Los múltiples destinos del hotel se vinculan asimismo a las exigencias o paradojas de nuestra historia. Así, fue sede del Regimiento 1° de Infantería de Marina, oficinas de Y.P.F., hogar escuela de la Fundación Eva Perón, o escuela de inmigrantes” (4).
Héctor Gambini escribe: “En el Hotel de Inmigrantes se enseñaba a arar. Herir la tierra de a zanjones parejos para preñarla de semilla y alumbrar alimento. Nada tan parecido a la vida. El edificio había sido inaugurado en 1912 por el presidente Roque Sáenz Peña en la mismísima dársena norte, donde los europeos que bajaban de los barcos apilaban baúles y sueños. Allí podían quedarse hasta cinco días sin pagar un peso: era el tiempo que se calculaba para tener un trabajo en la Argentina. Cinco días, como máximo, para conseguir ‘patrón’. Y detrás un trabajo estable, un salario, una casita con patio y parra. Nada tan parecido a lo que venían a buscar quienes hacían fila en los puertos de Europa. Filas para venir” (5).
En 1998, el Buenos Aires Herald llegó a sus primeros 122 años, y los conmemoró publicando “The Argentine Mosaic. Who we are and how we got here”, un suplemento dedicado a la historia de las colectividades que habitan el país. En el trabajo referido a los irlandeses, Michael John Geraghty relata un lamentable suceso en el que se menciona el Hotel. En 1889 arribó el SS City of Dresden, con alrededor de dos mil pasajeros. “The episode was a total fiasco. When the ship docked, the Hotel de Inmigrantes was full and the parched, starving passengers were forced to sleep in the open”. Estos inmigrantes fueron finalmente destinados a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde donde en 1891 quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires, “broken in spirit, uterly destituted”. Los adultos quedaron librados a su suerte; los niños y niñas fueron enviados a la primera Fahy School y al Irish Girl’s Orphanage, respectivamente (6).
El diario La Nación incluye un adelanto de un libro de Uki Goñi, en el que se relata lo siguiente: precisamente en 1998, el investigador se presenta en el Hotel de Inmigrantes para consultar “expedientes individuales donde se registraban exactamente las rutas de escape que habían seguido los fugitivos más perversos de todo el siglo XX”. Así evoca Goñi el encuentro con “la persona letrada de Migraciones que había redactado la respuesta de Franco”: “Salimos, pues, al extenso parque situado frente al Hotel de Inmigrantes, junto a los viejos árboles bajo los que muchos criminales nazis agradecidos debieron de dar sus primeros pasos en la Argentina. ‘Esos expedientes resultaban extremadamente embarazosos. Fueron destruidos hace dos años. Eso es todo lo que puedo decirle. Obviamente, no podíamos ponerlo por escrito en una carta oficial. Estoy seguro de que lo comprenderán’. La pálida sombra del viejo hotel se extendía detrás de nosotros como una gigantesca ballena varada. Otros funcionarios de Migraciones confirmaron la quema, añadiendo más detalles. Los expedientes individuales que contenían el voluminoso papeleo de la admisión de Eichmann, Mengele, Priebke y otros se habían guardado en una caja fuerte para documentos secretos hasta 1996, cuando todos fueron destruidos. Se encendió una hoguera de noche, detrás del antiguo hotel, en el borde del muelle. Todo desapareció. La tapadera peronista había perdurado hasta el mismo final del siglo” (7)
En el Hotel se habría hospedado también un renombrado antropómetra. Lo afirma Diego Heller (8): “El había nacido en Lessina, una ciudad del imperio austrohúngaro. (...) se llamaba Juan Vucetich, y en el otoño de 1884 desembarcaba sus sueños de recién venido en el Hotel de los Inmigrantes”. Tenía claros sus objetivos: “Vucetich había desembarcado con dos ideas: hacerse la América y no volver a cargar un barril más en la vida”.
El alcaide mayor retirado Horacio Benegas recordó que “A principios de siglo, los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traídos a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de los Inmigrantes y eran destinados a unidades de acá” (9). En el Hotel se reclutaba a los europeos “no bien bajaban del barco” (10).
En 1999, La Prensa editó un suplemento para celebrar su 130° aniversario. En él se recuerdan los hechos fundamentales que tuvieron lugar durante las décadas que van de 1869 al año mencionado. Entre estos hechos, se encuentra al arribo masivo de inmigrantes a nuestro país y su alojamiento en el Hotel de Puerto Madero. Escribe Sergio Limiroski: “Luego de pisar tierra y registrar su apellido –por lo general mal escrito- en la aduana, aquellas familias, de rostros duros de hambre y cansancio, eran alojadas en un viejo edificio de Retiro, que en 1911 se transformó en Hotel de Inmigrantes. Muchos de estos niños de las familias, hoy convertidos en abuelos, recuerdan al viejo hotel –que funcionó hasta 1952- con aquellos largos tablones donde se comía, los tarros de metal con que se tomaba la leche, las camas marineras donde se dormía, mientras esperaban que sus padres consiguieran el trabajo que les permitiera quedarse” (11).
Susana Aguad, escritora, recordó al Hotel en su texto “Al bajar del barco”. En esas líneas rememora los primeros instantes americanos de su abuelo, nacido en Italia, que emigró a los diecisiete años. Escribe Aguad: “El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell’Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (12).
En una nota acerca del libro que la fotógrafa María Zorzon publicará sobre sus antepasados friulanos, se narra un episodio vinculado al hotel, relatado por Juan Faccioli, uno de los “integrantes de aquella primera migración que dejaron testimonios escritos”: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría del otro lado del arroyo El Rey” (13).
Chiérico recuerda la llegada de alemanes al Hotel: “Era el año 1878, en una calurosa tarde del 18 de febrero, cuando ancló en el puerto de Buenos Aires el trasatlántico ‘Hohenstab’, transportando a su bordo a las diecinueve familias alemanas, que llegaban después de una larga y penosa travesía, desde las lejanas tierras del Volga. (...) Se los alojó en el Hotel de Inmigrantes y allí, en la Santa Misa con que celebraron la llegada al País de la Esperanza, comieron el Pan de la Vida en la Santa Eucaristía y probaron el blanco pan de trigo argentino” (14).
“Casa FOA 2000: Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes” se titulaba la primera de las notas que escribí acerca del Hotel. Tiempo después apareció “El Hotel de Inmigrantes, nuevamente abierto al público”. La última nota se tituló “Fiesta de Colectividades en el Hotel de Inmigrantes” (15).

Notas
1 González Tuñón, Enrique: “Tiendas de ultramarinos”, en González Tuñon, Enrique: Viaje al fondo de una calle y otras páginas. Antología. Selección, prólogo y notas por Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1980 (Capítulo).
2 Luna, Félix (director): Todo es historia. N° 398. Buenos Aires, septiembre de 2000.
3 Insausti, Magdalena: Argentina, un país de inmigrantes. Dirección Nacional de Migraciones, 1998.
4 Insausti, Magdalena: “Hotel de Inmigrantes: un proyecto colosal para la gran Argentina”, en Todo es Historia, N° 398. Septiembre de 2000.
5 Gambini, Héctor: “Cuando la historia se muerde la cola”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 2002.
6 Geraghty, Michael John: “Land, lambs, churches... and schools”, en Buenos Aires Herald, 15 de septiembre de 1998.
7 Goñi, Uki: La auténtica Odessa. Paidós, 2002.
8 Heller, Diego: “Manos delatoras”, en Clarín Viva, 30 de junio de 2002.
9 Messi, Virginia: “Los últimos días de la vieja cárcel de Caseros”, en Clarín, 8 de noviembre de 2000.
10 Messi, Virginia: op. cit.
11 Limirosky, Sergio: “Y entonces llegaron Ellos”, en La Prensa, 17 de octubre de 1999.
12 Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.
13 S/F: “Friulanos sobre el Paraná”, en La Nación Revista, 29 de julio de 2001.
14 Chiérico; Ariel Edgardo: “Colonia San Miguel, un nuevo museo”, en La Capital, Mar del Plata, 9 de abril de 2000.
15 González Rouco, María: en El Tiempo, Azul, Provincia de Buenos Aires.

Otras fuentes

El folleto informativo del Museo Histórico Juan Szychowski, de la ciudad de Apóstoles, Misiones, incluye una referencia a la institución. Hablando de un contingente de polacos que desembarcó en nuestro país, dice el autor: “Luego de permanecer algún tiempo en el legendario ‘Hotel de Inmigrantes’ arribaron al puerto de Posadas, y desde ahí marcharon a pie durante varios días hasta la recién fundada Colonia de Apóstoles, recorriendo los 80 km que los separaban de su destino tras los carros que transportaban sus pocas pertenencias” (1).

Notas
1 Folleto del Museo Histórico Juan Szychowski. Apóstoles, Misiones.

Internet

Los sitios de Internet también se refieren a la institución. En el sitio Monumentos de la Ciudad de Buenos Aires, se proporciona información sobre el Hotel: “A fines del siglo XIX el progreso de la Argentina era acompañado por el crecimiento de la inmigración. El Estado requería respuestas prácticas para ordenar el impacto inmigratorio. La política de balance entre la asistencia social al inmigrante y los intereses y control del Estado, tuvo como emblema al ‘Hotel de Inmigrantes’, concebido como una unidad funcional, administrativa, social, económica que ordenaría y regularía la llegada y distribución de los inmigrantes”.
En ese mismo texto se recuerda la historia del complejo edilicio: “Las obras del Hotel se adjudicaron en 1905 a los constructores Udina y Mosca, de origen italiano. (...) En enero de 1911, el complejo fue inaugurado por el Presidente Sáenz Peña. El edificio del Hotel, replanteado por el arquitecto Juan Kronfuss, se terminó en 1912” Y albergó a miles de inmigrantes, hasta que “El declive de la inmigración desde principios de los ’50 señaló el fin de la historia del hotel” (1).
El ingeniero Carlos Massini fue el “autor del conocido ‘Hotel de Inmigrantes’ de la ciudad de Buenos Aires, en el cual se alojaba a principios de siglo a 790 personas por día y por el cual pasaron 289.640 personas en 1910, la mitad de italianos y un cuarto de españoles, siendo el cuarto restante de otras nacionalidades” (2).
En el sitio de la ciudad de Crespo, Entre Ríos, se recuerda que al Hotel llegó Alfredo Coasollo, quien “había nacido en 1875, en la provincia de Torino, comuna del Monasterio de Cantalupa. (...) A la edad de 15 años se embarcó en Génova rumbo a Buenos Aires, completamente solo, empleando 48 días en el viaje con el vapor ‘Manila’. El pasaje le costó 163 liras, y arribó al puerto de Buenos Aires con un capital de 7 liras y un inmenso entusiasmo de trabajar. El director del hotel de inmigrantes le entregó un pan de 4 kilos ya cortado y lo puso sobre el tren rumbo a estación Aurelia, en la provincia de Santa Fe” (3).
En el sitio “Mafiosos Luján” leemos: “A fines de 1910 llegan a la Argentina siete sicilianos que declaran ser cultivadores de olivo. En sus documentos no se registran antecedentes delictivos. Años después los apellidos de estos inmigrantes aparecerán en la crónica policial como mafiosos. Estos siete italianos que el 12 de diciembre de 1910 se registran en el Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires son: José Albarracín, Giuseppe Ambrosetti, Pepe Anchoristi, Luisiano Garccio, Benito Ferrarotti, Felipo Dainotto y Juan Galiffi. Este último llegó a ser el capo máximo de la maffia en Argentina, siendo apodado ‘Chicho grande’, y fue padre de la célebre Agatha Galiffi” (4).
A los inmigrantes de esa nacionalidad atribuye John Argerich una costumbre: cazaban pajaritos, “se los morfaban con polenta, como hacían los nonos, dejando sin gorriones la zona de Retiro, en que se erigía el Hotel de Inmigrantes, única posada del mundo donde daban catrera y chupi sin pagar” (5).
Se hospedaron allí el tenor español Florencio Constantino y su novia: “Luego de tres días de estar fondeado el vapor en la rada exterior por falta de la documentación correspondiente, se permite el desembarco de los pasajeros al puerto de Buenos Aires. Florencio, acompañado por Luisa, es conducido al Hotel de Inmigrantes luego de declarar en la oficina de trabajo su especialidad: mecánico” (6).
Fue en el Hotel donde se llevó a cabo el etnocidio mapuche que denuncia Ernesto Cayulao, biógrafo de Don Aukanaw: “Después de la derrota militar, cuando los wingka invaden definitivamente nuestro territorio, el renú Aukanawel se hallaba con los prisioneros en la posta militar de Nievas (paraje cercano a la actual ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires). Esto pasaba exactamente en 1879 (...) A la mayoría de estos prisioneros los trasladaron a la isla Martín García situada en medio del Río de la Plata, para después volver a traerlos al Hotel de Inmigrantes, en el puerto de la ciudad de Buenos Aires. Y una vez allí comenzar el etnocidio (repartir hombres como esclavos al interior del país en las haciendas de los oligarcas, mujeres como sirvientas o prostitutas, y regalar los niños a quien los pidiera, etc.). Muchos de ellos desfilaron en largas filas encadenados, por la Avenida de Mayo de Buenos Aires rumbo al puerto. Según se cuenta, los anarquistas fueron los únicos que se solidarizaron con los prisioneros mapuche y los aplaudían, los demás miraban con la misma curiosidad con que se miran las fieras en el zoológico” (7).
El Perito Moreno, “Durante el gobierno de Roca, cuando supo que tenían a varios caciques en malas condiciones en el Hotel de los Inmigrantes los ‘pidió para estudiarlos’ y así los alojó en el Museo de La Plata, donde vivía y del que fue su fundador. Uno de ellos falleció siendo ordenanza del museo, que se quedó con sus restos, hasta hace pocos años que fueron reclamados por su comunidad e inhumados en sus tierras con el ceremonial correspondiente” (8).
Esteban Valentino es el autor de “Un desierto lleno de gente”, cuento al que anteceden estas palabras del autor: “La vida del cacique Inacayal me fue narrada por primera vez en una reunión entre amigos con un cordero haciéndose a la cruz en una hermosa noche en la ciudad de Neuquén. Su historia, de jefe mapuche a portero del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, rescatado por el Perito Moreno de la prisión luego de la Campaña al desierto de 1879, me pidió que la contara casi desde que la escuché”. En este cuento, “Inacayal fue llevado hasta la bodega de un barco anclado en el Gran Puerto y allí siguió respirando, con sus noches color de nieve y sus días color de cuervo” (9).
Los kollas de “El Malón de la Paz” se hospedaron décadas después en el Hotel. Luis Zapiola escribe: “Entraron a la Capital Federal por Liniers el 3 de agosto de 1946, con rumbo a Plaza de Mayo. Fueron recibidos por el Director de ‘Protección al Aborigen’ y alojados en el ‘Hotel de Inmigrantes’, todo un símbolo de lo que el Estado Argentino entendía eran estos indígenas” (10).

Notas
1 S/F: www.monumentosdebuenosaires.org
2 S/F: en el Sitio oficial del Museo Tecnológico Ing. Eduardo Latzina, www.nalejandria.com.ar.
3 Britos, Orlando: “Pequeña reseña sobre la importancia de la radicación de italianos en la zona de influencia de Crespo, en Entre Ríos, incluidos sus pueblos circunvecinos, a fines del siglo XIX y principios del XX”, en Historias de Crespo, en Bienvenidos al Mayor Portal Regional, www.unespacio.com.ar.
4 www.geocities.com/stoneslujan/cgrandecchico.htm.
5 Argerich, John: “Los grandimbento deste mundo –sic- (Donde se habla de tarro e inspiración”, en www.amasijo.com.
6 “Florencio Constantino: breve biografía”, en Bragado.
7 Cayulao, Ernesto: “Biografía”. Editorial Aukanaw.
8 S/F: “Hace 150 años nacía el Perito Moreno”, en Montañismo-peritomoreno
9 Valentino, Esteban: “Un desierto lleno de gente”, en Valentino, Esteban: Un desierto lleno de gente. Ilustraciones: Feliciano G. Zecchin. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. (La pluma del gato).
10 Zapiola, Luis María: “El Malón de la Paz. El pueblo kolla de pie”.

En videos

En 1994, la Videoteca Educable publicó el video titulado Los inmigrantes, en el que María Sáenz Quesada se refiere al Hotel (1).
Se refirieron al Hotel Eliahu Toker y Ana Weinstein, en su programa “Historias de la calle judía: El Hotel de los Inmigrantes. Relatos de inmigrantes que pasaron por allí” (2).
En setiembre de 2002, en Montevideo, Uruguay, se llevó a cabo el 3° Festival de Escuelas de Cine & Video. En esa oportunidad, el jurado integrado por María Dora Mourao, Diego Fernández y Silvio Fischbein otorgó el Premio al Mejor Documental compartido ex aequo a Hotel de Inmigrantes, “de David Munk, del Instituto de Tecnología ORT N°2 de Argentina, por su mirada poética para relatar un momento de la historia del país” (3).

Notas
1 Sáenz Quesada, María: Los inmigrantes. Videoteca Educable. Buenos Aires, 1994.
2 www.bamah.org
3 Premios del 3er. Festival de escuelas de Cine y Video.

En televisión

El 12 de septiembre de 2002, el ciclo En el camino, que Mario Markic realiza en TN, dedicó al hotel su emisión, a la que tituló “Hotel de sueños”. En ese programa, el periodista entrevista al profesor Ochoa de Eguileor, quien manifiesta, entre otros conceptos: “Aquí había inmigrantes de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana en el jardín, en los grandes jardines” (1).
En agosto de 2003, el programa Escala Real, que se emite por Canal á, difundió un trabajo sobre el Hotel de Inmigrantes, en el que participaron el profesor Jorge Ochoa de Eguileor y la arquitecta Graciela Seró Mantero, Consultores Coordinadores del Programa Complejo Museo Hotel del Inmigrante, el arquitecto Carlos Pernaut y el licenciado Gabriel Miremont.

Notas
1 Markic, Mario: “Hotel de sueños”, en En el camino. Buenos Aires, 12 de septiembre de 2002.

En fotos

En 1999, en el Patio del Zorzal del shopping Abasto de Buenos Aires, se presentó Buenos Aires 1910. Memoria del porvenir, una muestra multimedia que reunió “400 objetos y 400 imágenes provenientes de 40 archivos públicos y privados”. La misma fue organizada por el Instituto Internacional de Medio Ambiente y Desarrollo, el Fondo Nacional de las Artes, la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, The Getty Research Institute for the History of Art and the Humanities y el Banco Mundial. Contó con un benefactor fundador y benefactores nacionales y asociados y con el auspicio de la Secretaría de Cultura de la Nación, la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y la UNESCO.
Había fotos, objetos –muchos de ellos hallados en excavaciones-, mapas, maquetas, imágenes de un pasado del que quedan innumerables vestigios. Uno de los temas importantes dentro de esta muestra fue la inmigración. La información que acompañaba las fotografías señalaba que entraba al puerto un inmigrante cada dos minutos, y salía uno, cada seis. Pude ver un Baedeker de la Argentina (una guía para viajeros), fotos del Hotel de Inmigrantes y una fotografía de pasajeros españoles comiendo en la cubierta con platos de latón, antes de desembarcar. La tomó León Lacroix, en 1910. Esa foto se puede ver actualmente en una de las paredes del Hipermercado Coto del Abasto, de Buenos Aires.

El Museo Nacional de la Inmigración, que funciona en el Ex Hotel de Inmigrantes, exhibe fotografías sobre diversos aspectos de este fenómeno social. Por la “Calle Histórica”, restaurada por Augusto Oneto, se accede desde el Desembarcadero a la salida o a la “Calle del inmigrante”, que llega al Hotel, diseñada por Matilde Oyharzábal y el arquitecto Alberto Boselli. En este espacio –nos dice la paisajista- ubicaron imágenes realizadas con computadora a partir de fotos: “Y allí están –en esas gigantografías que hemos colocado frente al Hotel- en un presente perpetuo e inolvidable que evoca en la lejanía el sueño industrial de nuestra patria” (1).
En las paredes del comedor, se recuerda a los antecesores del Hotel, desde la primera sede en el año 1825 en el convento de los Recoletos, de donde pasó luego a la calle Corrientes 8 y posteriormente a los barrios de Palermo, Barracas, Caballito, San Fernando y Retiro, hasta llegar a su actual emplazamiento. Varios paneles cuentan la historia de los Hoteles de Inmigrantes, constituyéndose una manera ágil de ofrecer información. Muchas fotografías ilustran acerca de la vida en el Hotel.
“Al final del comedor se ve una foto inmensa, casi de tamaño natural, del salón habitado por los inmigrantes. La mezcla de ropa, los pies descalzos, los pomposos sombreros que emergen de la escena. El lugar conserva las propiedades del tiempo y es una lupa inmensa para mirar nuestro pasado. Se puede ser testigo de lo que alguna vez fue el sueño ideal” (2).
En el lobby se exponen baúles y diferentes objetos -los instrumentos de un peluquero, un reloj despertador, un bordado- y un escritorio con su máquina de escribir y su calendario. Preside esta valiosa colección el mosaico de fotos de inmigrantes realizado por el diseñador Francisco Gregoric.

Notas
1. Oyharzábal, Matilde: “Memoria descriptiva”, en Casa FOA 2000.
2. S/F: en La Voz del Interior on line, Córdoba, 24 de julio de 2002.

En plástica

En el Hotel de Inmigrantes, en el marco de la exposición de arquitectura y decoración Casa FOA 2000, se presentó la muestra de Zurbarán (1) en el espacio decorado por Celina Aráuz de Pirovano. Los cuadros fueron dispuestos enfrentados en dos hileras, separadas por bancos de madera.

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Mirando hacia el río, a la izquierda se encuentran las obras de José Marchi, escenas de la vida cotidiana, protagonizadas por hombres, mujeres y niños, en las que se reitera la idea de la búsqueda: el cielo, el horizonte, la tierra. 
A la derecha, Carlos Alonso evoca paisajes relacionados con los edificios históricos, y pinta asimismo a una familia de italianos, eternizada durante una de sus comidas.
“Los paisajes del Río de la Plata pintados por Alonso se encuentran dentro de lo màs logrado de su producciòn –opina Dièguez Videla-, pero es Marchi el artista ideal para captar el tiempo y el lugar. ¿Por què? Porque su pintura siempre ha tenido un poder evocativo victoriano –o eduardiano, siguiendo en Inglaterra-, y su predilecciòn sobre la figuraciòn màs detallista de esos perìodos lo convierten en el artista ideal para imaginar personajes y situaciones de esa dàrsena norte, que fue el equivalente local de la isla Elis de Nueva York” (2).
Notas
1 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: “Los inmigrantes”, Catálogo de la muestra de Alonso y Marchi en Casa FOA 2000, Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, Octubre-Noviembre de 2000.
2 Dièguez Videla, Albino: “Las imàgenes: de ayer a hoy”, en La Prensa, Buenos Aires, 8 de octubre de 2000.

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Los testimonios que transcribo también son historia. Cuando el Hotel abre sus puertas a las nuevas generaciones, descendientes de aquellos que tuvieron tanto valor y tanta nostalgia, nos permiten conocer a la institución, cuya transformación en museo nos llena de orgullo, pues a muchos, nos habla de nuestra sangre, y a todos, de nuestro pasado como nación.

(Actualización del trabajo publicado en www.monografias.com)

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Imágenes
. Folleto del Museo Nacional de Inmigración
. Folleto Casa FOA 2000
. Casa FOA. Información de prensa
. "Llegada", acrílico sobre cartón de José Alberto Marchi, 2000, expuesto en Casa FOA. www.zurbarangaleria.com.ar
. "Viernes a la tarde", óleo sobre madera de Carlos Alonso, 2000, expuesto en Casa FOA. www.zurbarangaleria.com.ar.
. Recibo de la Asociación Amigos del Programa Complejo Museo de la Inmigración

Ver fotos
trabajo publicado en www.monografias.com
Album actualizado
en octubre de 2008
"El Hotel de Inmigrantes" en GaliciaOXE
mi trabajo publicado en 2001