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En testimonios

"En la Argentina el espiritismo fue introducido entre 1869 ó 1870 -no se ha precisado exactamente el año- por un inmigrante español llamado Justo de Espada. Según Cosme Marino, espiritista de la primera hora y renombrado periodista, primer director de "La Prensa" y autor de varias obras bibliográficas (Bases para la Formación de un Partido Liberal, Las Primeras Golondrinas, etc.) el citado de Espada, fue un malagueño que: 'Trajo consigo al espiritismo, cuya doctrina preocupaba entonces al elemento liberal y progresista que mediante la revolución del '68 se había extendido en España entre los intelectuales más avanzados'. (3)
De Espada consiguió al cabo de un tiempo reunir a cierto número de amigos que coincidían con él, formando una sociedad de experimentación cuyas sesiones tenían lugar en los altos de la farmacia de Arizabalo (situada frente a la iglesia de San Nicolás -Corrientes esquina Carlos Pellegrini). Esa fue la primera sociedad de tal carácter que se constituyó en Buenos Aires; también la primera del país" (1).

En “Los Fernández invaden Argentina”, José Luis Entrala Fernández recuerda, entre otros antepasados, a un maestro inmigrante: Antonio Fernández Osuna nació el 25 de febrero de 1841 en Encinas Reales (...) había salido del hogar paterno, para graduarse como maestro de enseñanza primaria tras unos estudios que probablemente haría en una Escuela privada de Maestros de Antequera y revalidaría en la Escuela Normal de Magisterio de Granada, o en la de Málaga. Antonio ejerció su profesión en Antequera, pueblo grande y rico en la provincia de Málaga. No hemos conseguido, hasta ahora, saber que clase de actividad desarrolló aunque lo más corriente en aquellos años era que los maestros impartieran clases en su propia casa. Seguramente Antonio trabajó así pero no podemos descartar que fuera profesor en alguna Escuela antequerana. Lo que sí sabemos es que se casó, apenas cumplidos los 20 años, con una sevillana de Gilena conocida por Gracia Hidalgo Cisneros (...) Gracia y Antonio pusieron casa en la Antequera de 1861 (...) No hay unanimidad de criterios sobre la economía de los Fernández Hidalgo pero no podemos ignorar que los sueldos de los maestros en aquellos años apenas llegaban para ir alimentando y vistiendo a la creciente prole que llenaba la casa (...) Seguían viviendo en Antequera hasta que la menor, Carmen, cumplió los 15 años. Fue entonces cuando desde Argentina se pidieron maestros españoles para trabajar "en la campiña" de la provincia de Santa Fe, con contratos por tres años y un sueldo de 60 pesos mensuales cuyo valor adquisitivo no acierto a fijar. Pero debía ser bastante porque Antonio, que ya tenía 48 años y cinco hijos en casa (todos menos la mayor, Pepa, ya casada, y Fernando, fallecido en la infancia) no dudó en emigrar hacia el Dorado que entonces representaba la Argentina para los españoles. Antonio, Gracia y sus cinco hijos se embarcaron en el trasatlántico “Provence” seguramente en Gibraltar, aunque la travesía se había originado en Barcelona, y se marcharon para no volver jamás a la Madre Patria. (...) En Argentina hacían falta maestros para enseñar en los pueblos. La ley de Educación Común de 1884, mediante la cual el gobierno de Juárez Celman quiso elevar el nivel de la enseñanza primaria en el país, había concluido su primera fase con la construcción de numerosas escuelas en pequeños núcleos rurales de todo el territorio argentino. Y entonces surgió un grave problema por la falta de maestros que las regentaran. Los escasos titulados de nacionalidad argentina no querían dejar las grandes ciudades. Así que el gobernador de la provincia de Santa Fe, Manuel Gálvez, cortó por lo sano y resolvió contratar 60 maestros trayéndolos de España por razones de "idioma, raza y religión". Para ello se constituyó en Madrid una comisión encargada de buscar candidatos que, eso si, debían superar una larga serie de requisitos tales como "celo por su trabajo, cumplimiento del deber, cumplimiento de la Fe Católica y resultados comprobados de eficiencia en la labor docente”. Antonio, cumplía todos los requisitos con su larga experiencia antequerana, y fue uno de los 60 seleccionados que viajaron entre febrero y junio de 1889. Concretamente llegó a tierras argentinas el 7 de abril de 1889 para incorporarse a la escuela de San Carlos Centro, pueblo muy cercano a Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de su nombre donde tomó posesión el 13 de abril del mismo año. En el Archivo General de la provincia de Santa Fe (página 202 del “Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe”) se guarda el “decreto sobre varios nombramientos escolares” con la cita expresa de Antonio Fernandez Osuna como “profesor de la graduada de varones de San Carlos Centro”. Está firmado, por el gobernador Gálvez y por Juan M. Caffarata, el 7 de junio de 1889 pero con efectos retroactivos desde el anterior 13 de abril. Esto significa que Antonio comenzó a trabajar y a generar sus 60 pesos mensuales de sueldo seis días después de su llegada a tierras de América. (...) El Colegio Rural de San Carlos Centro se abrió el 23 de septiembre de 1873 y Antonio Fernández Osuna fue contratado como maestro titular 16 años más tarde. (...) Cuando se cumplieron los tres años del contrato Antonio decidió volar por su cuenta y se trasladó a la cercana Santa Fe donde para ganarse la vida impartiendo clases particulares a la flor y nata de la sociedad local. Se instaló con la familia en una casa de la santafesina calle Buenos Aires, entre la 25 de Mayo y San Martín (...) Antonio Fernández Osuna y su familia vivieron en Santa Fe desde abril de 1892 y una fecha indeterminada de 1894. Tampoco sabemos cómo le fueron las cosas con las clases particulares pero lo más probable es que la situación no estuviera muy desahogada porque Antonio optó por un nuevo traslado, esta vez a Buenos Aires. No sabemos cómo pero consiguió un empleo en el Ministerio de Economía, en calidad de inspector de Rentas Internas (algo así como lo que en España se llama inspector de Hacienda). (...) tanto Antonio como la mayor parte de sus hijos, mejoraron en todos los sentidos, gracias a la decisión de emigrar. Hay documentación que nos permite fijar a la familia en el año 1894 viviendo desahogadamente en Buenos Aires, en la calle Pasco número 24. Todos menos Concepción, que se había quedado con su Bartolomé Martina, procreando hijos en San Carlos Centro. De la vida y la muerte del inspector Antonio poco o nada sabemos. Solamente conocemos dos datos. Que en 1922 seguía en Buenos Aires con sus 81 años cumplidos en una buena casa de dos plantas en la calle Belgrano, y que tuvo la mala suerte de caerse al subir a un tranvía justo el día que había ganado 12.000 pesos en la lotería y corría alborozado a su casa para anunciar la buena nueva a su mujer Gracia. Dicen que entre la caída y la edad Antonio falleció dejando su nueva Patria argentina sembrada de hijos y nietos. No sabemos la fecha exacta pero debió ser en el año 1923”.

Manuel de Falla nació en Cádiz en 1876. Fue “pianista y compositor. Protagonista del nacionalismo musical español, obtuvo el Primer Premio de Piano en 1899. (...) Incursionó en el mundo de la zarzuela y estrenó Los amores de la Inés (1902). En 1904 comenzó a trabajar con el escritor Carlos Fernández Shaw en la ópera La vida breve, que le valió el premio de la Academia de Bellas Artes (1905). En 1907 viajó a París, donde se vinculó con Paul Dukas, Claude Debussy y su compatriota Isaac Albéniz. Los cuatro conformaron una tertulia que alentó el tránsito del romanticismo al impresionismo musical. Establecido en Francia, comienza a trabajar en Siete canciones populares españolas (1912). La Primera Guerra Mundial lo obligó, en 1914, a retornar a España. Allí compuso la música para ballet El amor brujo (1915), El retablo de Maese Pedro (1922) y muchas otras piezas. Su último trabajo fue La Atlántida, que quedó inconcluso y fue finalizado por un discípulo suyo después de su muerte. En 1939, al terminar la Guerra Civil Española, se radicó en la Argentina, donde se convirtió en un referente para numerosos músicos argentinos, como Alberto Ginastera, interesado en plasmar una música clásica de raíz nacional” (2). Falleció en Córdoba en 1946.
En un artículo, Claudio Ratier recuerda una anécdota relacionada con los últimos días de vida del músico (3); en otro, se conmemoran los sesenta años de su llegada (4).

El editor Antonio Zamora nació en Andalucía en 1896; falleció en Buenos Aires en 1976. Escribe Roberto Romero que Zamora “Cincuenta años de actividad editorial -hasta un libro por día en la época de mayor producción literaria- estuvieron matizados con cárcel y exilio, un signo distintivo de quienes emprendieron la única lucha posible sin las armas: la de las ideas. Tan intensa como su producción editorial fue su vida sentimental, con tres matrimonios y cinco hijos. Antonio Zamora falleció en Buenos Aires el 5 de septiembre de 1976 a los 80 años. En el sepelio, Elías Castelnuovo, su gran amigo durante seis décadas, se despedía con estas palabras del editor y militante socialista: "...pasarán muchos hombres, se harán muchas obras, pero lo que hizo Antonio Zamora a favor de la cultura del país, eso no pasará jamás’ " (5).

Francisco Ayala nació en Granada en 1906. “Desde muy joven se destacó como novelista y cuentista. En 1939 se exilió a Argentina, donde fundó la revista Realidad. Después pasó a México, Puerto Rico y E:E:U:U. Fue profesor de sociología en varias universidades. En sus obras, Ayala plasma su experiencia e ideología personales, cierto tono irónico y escéptico y una fluida narración” (6). En la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, en abril de 1992, Su Majestad el Rey de España expresó lo siguiente: “Nunca consideró el exilio Francisco Ayala como un destino cultural. Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechos históricos” (7).

Rafael Alberti nació en Puerto de Santa María, Cádiz, en 1902; falleció en su tierra en 1999.
Perla Rotzait relata que, en la Argentina, “la vida no era fácil económicamente para los Alberti. María Teresa no podía trabajar en la radio, la televisión, el teatro ni el cine, por ‘roja’, a pesar de su amistad con Delia Garcés, quien había interpretado una película con un guión escrito por María Teresa. Pese a todas esas prohibiciones, trataba de ganarse la vida con su ingenio y capacidad. En esos momentos difíciles, Luis Peralta Ramos le rogaba –así es la amistad- que le vendiera algún ícono u otro objeto que ellos habían traído de algún viaje” (8).
De esta época es La arboleda perdida, autobiografía de Alberti, en la que escribe: “Y ahora, esta afiebrada tarde del 18 de noviembre de 1954, en mi cercado jardinillo de la calle Las Heras, bajo dos florecientes estrellas federales, el mareante aroma de un magnolio vecino, cuatro pobres rosales, martirizados por las hormigas, y el apretado verde de una enamorada del muro, doy comienzo a este segundo libro de mis memorias”. Y luego, en julio de 1959: “no sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno” (9).

Luis Alberto Quesada "Nació en Buenos Aires en 1919. Su familia era de Málaga. Sus padres contrajeron matrimonio en Buenos Aires a donde había emigrado la familia de su madre en busca de trabajo. Su padre había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga y fue compañero de Picasso. En Buenos Aires estuvo trabajando como profesor de dibujo, pero no se adaptaba bien a la vida aquí y regresó con su mujer a España instalándose en Madrid. Luis Alberto era el menor de cinco hermanos. Su padre, de tendencias progresistas, pero sin militancia política ni religiosa, los inscribió en el colegio protestante "El Porvenir" de Madrid, una escuela mixta cuyos profesores eran republicanos. Vivían en el barrio de Cuatro Caminos. En 1935 Luis Alberto era miembro de las Juventudes Comunistas. El inicio de la guerra truncó su decisión de iniciar estudios de perito agrícola. Militó en las Juventudes Socialistas Unificadas y tuvo responsabilidades políticas en el ejército republicano. Al final de la guerra se exilió a Francia pasando por varios campos de concentración. Al estallar la segunda guerra mundial formaba parte de una Compañía de Trabajadores que fue llevada a la frontera con Bélgica para trabajar en las fortificaciones de la línea Maginot. Tras el inicio de la ofensiva alemana contra Francia, huyó en bicicleta hacia el sur llegando a Burdeos. Aquí contrajo matrimonio con Asunción Allué. Nada más nacer su hijo pasó a España. Al cabo de pocos meses fue detenido. Conoció las cárceles de General Porlier, Carabanchel, Alcalá de Henares y Burgos, donde permaneció trece años desplegando una gran actividad reivindicativa y cultural. En 1959 fue puesto en libertad y el gobierno le expulsó de España conmutada la pena de cadena perpetua por la de extrañamiento perpetuo. Se instaló en Buenos Aires donde desarrolló desde entonces una intensa actividad en pro de la libertad de España. Es autor de varios libros de cuentos y poemas" (10).
El escribió que, al asumir Franco, "El éxodo de los españoles es casi general. Ha llegado la paz. 'Ha estallado la paz', como se dirá entre el pueblo. Las caravanas pasan la frontera francesa, los hombres huyen al monte para no ser asesinados... Más de diez mil campos de concentración se abren. Cientos y cientos de cárceles habilitadas" (11).

Manuel García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los 17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España natal. En Buenos Aires combinó sus estudios de arquitectura con la creación publicitaria, hasta que, en 1952, logró su primer éxito: Pi-pío, personaje adoptado por la revista Billiken. Desde entonces se dedicó de lleno a los dibujos animados. En 1959 formó su propia empresa de publicidad, con la que realizó más de 800 comerciales, entre ellos Los gatitos de lanas San Andrés, ganador del primer Martín Fierro otorgado a una animación. (...) En 1964, García Ferré creó uno de sus más relevantes éxitos: la revista Anteojito. Dirigida al público infantil, se pobló de personajes de singular genialidad, como Calculín y Petete. Fue el inicio de una labor editorial dedicada a los niños, que incluyó la publicación de clásicos de la literatura hispanoamericana y gran cantidad de material didáctico. Dejó de publicarse en enero de 2002. La labor cinematográfica de García Ferré se inició en 1973 (...)En 1999 se estrenó Manuelita, una recreación del personaje de María Elena Walsh. Pantriste es, hasta ahora, el último personaje de García Ferré y principal protagonista de su película Corazón, las aventuras de Pantriste (2000), donde reaparecen muchas de sus primeras creaciones” (10).

A criterio de Ignacio Gutiérrez Zaldívar, “La tradición marinista en el Arte de los Argentinos tiene tres nombres que son hitos fundamentales: Eduardo De Martino, marino y pintor italiano, Justo Lynch y Oscar Vaz. Tres generaciones sucesivas que se transmitieron una a otra sus conocimientos y que esgrimieron con orgullo su vinculación de maestro a alumno. Hijo de inmigrantes andaluces, Oscar Vaz nació en Barracas el 10 de octubre de 1909. Recorrió los muelles desde niño, acompañando a su padre en su tarea de despachante de aduana, y así comenzó su amor por el Riachuelo” (11).

Eladia Blázquez agradece que sus padres hayan sido tan amplios de criterio, aunque su formación terminó siendo autodidacta: “En mi casa aprendí a ser libre. Mis padres eran españoles, él obrero y ella ama de casa. Podían haber sido muy cerrados pero no. Vieron pronto que tenían una hija artista, desde que me dieron el primer juguete musical: tuve mis xilofones, mis pianitos, que venían con la escala completa y afinada. Y no me obligaban a sentarme a comer si prefería encerrarme a hacer música. (...) Mis padres, dentro de sus humildes medios, me pusieron profesores de música que al poco tiempo aconsejaban: ‘Déjenla, déjenla cantar y tocar sola, tiene algo innato’ ” (12).
En "Un recuerdo a Eladia" escribe Antonio Rodríguez Villar:
"Había nacido «en un barrio donde el lujo era un albur», allá en Avellaneda. Por eso, siempre, tenía «el corazón mirando al Sur». Como el Gordo Troilo -de quien era muy amigo y se tenían una gran admiración mutua- nunca dejó su barrio. Lo sentía y allí tenía calados sus afectos primeros a los que convocaba para pensar, para estar con familiares, para recordar sus raíces.
Su madre era de Granada y su padre de Salamanca, dos ciudades mágicas de nuestra España. Cuando nos reuníamos con Eladia, siempre nos acordábamos de aquella copla del poeta mexicano Antonio de Icaza: «Dale limosna mujer,/ que no hay en la vida nada,/ como la pena de ser,/ ciego en Granada».
Eladia era una excelente intérprete. Sus grabaciones lo atestiguan. Pero prefería componer, «Si el oficio de cantar es hermoso porque permite la comunicación directa y rápida, -decía-, mucho más lo es el de la creación. Esa condición sin tiempo, esa fuga de la realidad, ese transmutarse en miles y miles de seres que piensan y sienten como nosotros, y que esperan encontrar en nuestro leguaje el idioma de su sensibilidad». Y vaya si dominó esa sensibilidad creativa.
Fue autodidacta, si bien una mujer finamente culta. Ella misma decía que había sido muy mala alumna y que terminó el ciclo primario a los ponchazos. «Después, -comentaba-, traté de cultivar la lectura, las amistades y mis propias experiencias para suplir en parte esa falta de información. Por lo tanto, -agregaba con cierta sorna-, si no escribo mejor no es porque no sé es porque no puedo».
Era alegre, vivaz, sarcástica, con un finísimo sentido del humor y de la ironía. Pero también era retraída. Quiso estar siempre distante del halago, quizá por tener que sobrellevar una gran timidez, la timidez del talento que sabe que todo es perfectible. Quienes no la conocían bien, podían pensar que era callada o distante. Nada de eso. En reuniones pequeñas, -las que prefería-, era una castañuela: graciosa, alegre, ocurrente, simpática, mordaz, burlona. Surgían allí, como una avalancha incontenible, todos sus ancestros andaluces" (13).

El dibujante Quino nació en Mendoza en 1932. Es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años. (...) Nací en Mendoza en una familia andaluza, en un barrio donde el panadero era español, el verdulero, italiano, el otro comerciante, libanés. A los primeros argentinos los conocí en la escuela. Todos mis parientes eran españoles. Desde chico tuve una visión muy amplia. Quizás por eso a Mafalda la quieren tanto en tantas culturas distintas. (...) Honestamente me siento más cerca de un campesino del Mediterráneo que de un indio del Altiplano. Yo sé que decir esto no cae bien, pero es la verdad. Quisiera estar más atado a las raíces del lugar donde nací” (14).
En otra entrevista, dijo: “Yo me lo pasaba jugando, matando cucarachas y hormigas y sin ningún contacto con la Mendoza de afuera. Así fue que llegué a la escuela primaria hablando en anadaluz, con conflictos expresivos y de comunicación. Supongo que eso me hizo elegir el dibujo como medio de expresarme” (15).
En 2005 recibió el título de Caballero de la Orden de Isabel la Católica y fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como “un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro”. Se refiere asimismo a una tía: “En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos”. Esta experiencia fue también muy importante para ella: “Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas” (16).

En El tango en su etapa de música prohibida, escribe Juan Sebastián Tallón: “En los años 5, 6, 7 y 8, ‘El Cívico’, que transitaba de los veinticinco a los veintiocho de su edad, vivía en la pieza número 15 de El Sarandí, conventillo situado en la calle epónima, entre Constitución y Cochabamba. Su profesión consistía en la explotación de su mujer, ‘La Moreira’, y en la pesca y tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas. El era de ascendencia italiana meridional (albaneses); ella, hija de andaluces gitanos” (17).

Una andaluza se presenta en casa de Horacio Quiroga. Escriben Ezequiel Adamovsky y Gustavo Bombini: “Bastó con ver su aspecto, para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras, ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra lo que la andaluza y nosotros mismos pudiéramos pensar, contra la imagen habitual del ‘escritor prestigioso’, quien apareció allí era Horacio Quiroga” (18).

“Huérfano de padre y madre, Alberto Rodríguez Gallego y González de Mendoza –léase Alberto de Mendoza- fue criado en España. Su abuela lo recibió en Huelva a los cinco años: doña Isidra era una mujer severa, y trató de encarrilar a su nieto, ya de purrete proclive al callejeo. Lo primero que hizo fue anotarlo en la escuela de los escolapios, famosos por su mano dura. No resultó o resultó a medias, cuenta el actor. Le iba bien en literatura, pero las ciencias exactas eran para él un tormento. ‘Me mandé mil cagadas en el colegio, pero lo peor fue una vez que mi abuela me agarró in fraganti –relata nostalgioso-. Resulta que yo tenía muy malas notas en álgebra y una tarde mi abuela me obligó a estudiar la materia. Pasaban las horas y yo, con el libro abierto. Ella iba y venía, y yo seguía concentrado. Le dio por desconfiar: me agarró distraido y con el bastón tiró el libro. Cuando se cayó, vio que tenía escondida una revista pornográfica, encima una de monjas y curas... Me pegó una cachetada tan grande que me puse a llorar. Me dijo: No llore, quedan muchos años para llorar. Tenía razón... Era una gran mujer que murió durante la Guerra Civil. La tengo siempre presente, en la cabeza y en la mesita de luz. Cuando me acuesto, o cuando me subo a un avión, digo: Abuela, protegéme. Y lo hace” (19).

La decisión de una inmigrante fue fundamental en la historia de los Prebble argentinos. Cuenta Carlos Prebble: “Mi tatarabuelo Charles Prebble vino a la Argentina en el siglo XIX para trabajar en el ferrocarril. Le fue tan bien, que cuando volvió a Escocia hizo edificar una mansión a la que llamó ‘Temperley’, en homenaje al barrio en el que había vivido. Su hijo Edwin vino años después a trabajar él también en los ferrocarriles. Se casó con una andaluza, y tuvo tres hijos. Edwin murió joven. Entonces, Charles Prebble ofreció a su nuera, Inés Ajamus, costear el viaje de ella y los tres hijos del matrimonio, para que los niños se educaran en la tierra de su padre, a expensas del abuelo. Ella no aceptó, y así fue como los Prebble se quedaron en la nueva tierra”.

Horacio Spinetto se refiere a un español paragüero y sus descendientes: “En Talcahuano al 900 funciona la paragüería "Al Ambar". Horacio Ricci trabaja con exquisitez, ya sea cambiando empuñaduras o reparando las telas. El sabe que su negocio forma parte de la historia de la ciudad, y que además el es uno de los últimos paragüeros de Buenos Aires, situación que lo enorgullece, pese a que el oficio dejó de ser lucrativo hace rato. Horacio es la tercera generación al frente del local. En una nota publicada en la revista "Caras y Caretas" del 4 de noviembre de 1933, Félix Lima, su autor, al referirse a don Ildefonso Rodríguez Campos lo distingue como "el bastonero mayor de Buenos Aires". Ildefonso había llegado desde su Cádiz natal, en 1890, el año de la Revolución Radical, traía consigo un torno a pedal. Al poco tiempo abrió "Al Ambar" en un local de Uruguay 770. Por aquí pasaron personajes de la talla de Hipólito Yrigoyen, Elpidio González, Benito Villanueva, Marcelo T. de Alvear y Carlos Saavedra Lamas, entre muchos otros. El negocio se mudó primero al 744 y luego al 361 de la misma calle Uruguay. "Todos señores muy de llevar bastón", decía Estela Rodríguez de Ricci, hija de Ildefonso y madre de Horacio. La especialidad de Ildefonso era el ámbar, ya fuera en puños de bastón, boquillas, pipas cuyas cazoletas representaban cabezas de viejos marinos, sirenas y leones a la manera de mascarones de proa. Con el tiempo el rubro principal fue el de los bastones, que se producían artesanalmente, ya fueran de java, amouret, lapacho, palo santo, virapitá, laurel, guindo, coligüe y ébano, a veces con puño de carey o marfil. El Príncipe de Gales se llevó, admirado por su calidad, tres bastones con puño de madera forrado en cuero de chancho. Poco después se sumaría el rubro de los paraguas y las sombrillas, que terminaron siendo los protagonistas. En 1946 "Al Ambar" se mudó al local anterior, de Talcahuano al 1000. Entre la clientela destacamos a Ignacio Corsini, Angelina Pagano, Santiago Gómez Cou, Niní Marshall, Arturo García Buhr, Zully Moreno y Delia Garcés. Los 110 años de vida de "Al Ambar" forman parte de la memoria porteña, mientras espera cumplir muchos más” (20).

Notas
1 Bra, Gerardo: "Sectas. Los extraños caminos hacia el infinito", en www.magicasruinas.com.ar.
2 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
3 Ratier, Claudio: “Una prueba de inmortalidad”, en La Nación Revista, 16 de abril de 2000.
4 S/F: “Un amor desembrujado”, en La Prensa, Buenos Aires, 10 de octubre de 1999.
5 Romero, Roberto D.: “Cultura sexual y física” "De eso sí se habla". Publicado en: Historia de Revistas Argentinas. Tomo III. AAER en www.learevistas.com.
6 S/F: Enciclopedia Clarín. Buenos Aires, Visor, 1999.
7 Rey Juan Carlos de España “Palabras de SM El Rey”, en www.terra.cultura.es. Premios Cervantes.
8 Barón Supervielle, Odile: “Alberti en Buenos Aires”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de diciembre de 2002.
9 Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1980.
10 BIOGRAFIAS DE EXILIADOS, en Fuente Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos (AEMIC) - Nº 6 / 2000. Reproducido en http://www.exiliados.org/paginas/Conservar_memoria/Biografias_Q.htm
11 Quesada, Luis Alberto: "Prólogo", en Marcos Ana, López Pacheco y Luis Alberto Quesada: España a 3 voces. Buenos Aires, Ediciones La Rosa Blindada, 1964. 212 páginas. Grabados de José Ortega. Colección de poesía dirigida por Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri.
12 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002. Foto: www.cinelatinoamericano.org.
13 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Oscar Vaz (1909-1987). Catálogo de la muestra efectuada en Zurbarán en diciembre de 2005.
14 Madrazo, Cecilia: “Eladia Blázquez: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
15 Rodríguez Villar, Antonio: "Un recuerdo a Eladia", en http://www.todotango.com/Spanish/biblioteca/cronicas/cronica_eladia.asp.
16 Reinoso, Susana: “Quino: ‘ Los adultos están arruinando a los chicos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.
17 Amato, Alberto: “Justo a él le tocó ser Quino”. Fotos EFE, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004. Foto: www.sobremafalda.com.
18 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Ana María Bovo. ‘El poder de los sin poder’ “, en La Nación, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
19 Tallón, Juan Sebastián: El tango en su etapa de música prohibida, citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
20 Adamovsky, Ezequiel y Bombini, Gustavo: Para noche de insomnio. Textos de Horacio Quiroga. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991.
21 Heller, Diego: “Pobre mi nona querida”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
22 Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Paragüero y el Bastonero”, en www.dgpatrimonio.buenosaires. gov.ar.


En memorias

José María Torres, nacido en Málaga en 1823, falleció en Entre Ríos en 1895. En Juvenilia (1), Miguel Cané lo evoca con gratitud: "En cuanto a mí, creo haber contribuido no poco a hacerle la vida amarga, y le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no habría concluido mis estudios, y sabe Dios si el ser inútil que bajo mi nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor".

Notas
1 Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.


En periodismo

En la revista Caras y Caretas (1) se lee que por la Avenida de Mayo transitaba el vendedor de cigarrillos, un andaluz que pregonaba:

¡Qué distraídos, andéis!
¡Qué distraídos!
¡Miraise bien los bolsillos!
¡Habéis orvidao los cigarriyos!.

Alvaro Abós se refiere a la ascendencia de Regina Pacini: "Ella había sido llamada Regina por haber nacido el Día de Reyes de 1871. Vino al mundo en la rua de Loreto. Era hija de una andaluza, Felicia Quintero, y de un italiano, Pietro Pacini, director escénico del Real de San Carlos y autor de noventa óperas". Al enterarse de que Regina se casaría con Alvear, "También Felicia estuvo en contra de la boda porque no quería que su hija dejara de cantar. La tirantez entre suegra y yerno duró toda la vida" (2).

El diario mendocino Los Andes recuerda que, en 1993, "Murió Miguel de Molina, cantante español. Famoso tonadillero en su patria, debió exiliarse en la nuestra en 1942, prácticamente expulsado por el franquismo, quien no veía de buen grado su manifiesto homosexualismo y su simpatía por la causa republicana. Vino a la Argentina, donde también pasó algunas penurias, aunque finalmente optó por quedarse. Poco antes de morir aquí, fue homenajeado en la embajada española con la Orden de Isabel la Católica. De algún modo la saga fílmica ‘Las cosas del querer’ cuenta su historia. Había nacido en 1907", en Málaga (3).

Notas
1.
2. Abós, Alvaro: "Grandes pasiones argentinas. Regina Pacini y Marcelo Torcuato de Alvear. El dandy y la diva del canto", en La Nación Revista, Buenos Aires, 9 de enero de 2005. Pp. 38-41.
3. S/F: "Un día como hoy", en Los Andes, Mendoza, 4 de marzo de 2002.


Novelas

A criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (1).

En El juguete rabioso, de Roberto Arlt, relata el protagonista: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia” (2).

Eugenio Juan Zappietro narra, en De aquì hasta el alba (3), la historia de un irlandés que llegó al desierto en 1866, y el socio granadino que lo traicionó. La posta en la que vivían los Bary había sido construida por O’Flaherty, quien “juraba que Argentina era el país del futuro. No se equivocó por mucho en cuanto a la tierra; se equivocó de hombres, pero una lanza araucana había terminado con él para evitarle la amargura de comprobarlo”.

En La madriguera, escribe Tununa Mercado: "la guerra era también salvarse de la guerra, emigrar y buscar tierra de exilio (...)habían cuerpeado un destino los que antes huyeron de otras guerras acalladas por remotas e innombrables, como los pogroms, y la muerte también los alcanzaba en los sueños con aldeas devastadas por el fuego y sótanos de barcos sin rumbo declarado; cuerpeaban un destino refugiados de toda laya que se avecindaban en colonias, atolondrados por la fuerza de la lengua ajena y la incomunicación, y la muerte del ghetto se repetía en el silencio de los nuevos ghettos del destierro. Poco podíamos saber las niñas de ese estado de guerra y entreguerras pemanente: los fuegos de la guerra para muchos no eran más que la danza de Manuel de Falla aporreada por madres y tías en los cumpleaños y otras fiestas familiares, y cada cual asentía interiormente como diciendo qué destino el de este republicano, aislado en su casita de Alta Gracia, un gran músico, fíjese usted qué destino" (4).

En La fuga (5), film basado en la novela homónima de Eduardo Mignogna distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Camilo Vallejo, uno de los anarquistas, habla con acento español y, al evadirse, es esperado por dos hombres con boinas vascas que lo ocultan en un carro lechero. En el film –al igual que en la novela- aparecen otros inmigrantes; entre ellos, Aldo Mazzini, el catalán Escofet, el mozo andaluz.

Belén Gache es la autora de Lunas eléctricas para las noches sin luna (6). En esa obra, relata la protagonista: “En 1890 mis abuelos llegaron a ese puerto, provenientes también de Sevilla. Junto con ellos traían a sus dos jóvenes hijas, que se habían pasado todo el viaje encerradas en sus camarotes vomitando. Venían a Buenos Aires porque mi abuelo, que trabajaba en el Banco de España, había sido transferido a esta sucursal del fin del mundo”.
A través de sus ojos, asombrados e intensos, vemos la Buenos Aires que se prepara para los festejos del Centenario. Una Buenos Aires cosmopolita, que evidencia un marcado rechazo hacia los extranjeros, quienes son vistos como una fuerza nociva que es necesario devolver a su tierra de origen. La visita de la Infanta exacerbará los sentimientos patrióticos de los hispanos afincados en la Argentina, y los sentimientos xenófobos de quienes se agrupan en la misteriosa Brigada del Nandú”.

“Editorial Losada publicó Mientras la luz se va, novela de Noemí Cohen (216 pp). Esta es la historia de Elena, una joven sefardí que viaja desde Alepo a la Argentina, a principios del siglo XX, para encontrarse con su futuro y desconocido esposo. Pero es también la parábola de Setti, a quien Elena conoce en el interminable viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar la herida de haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto con su única hija. Y es, además, la peripecia de Amparo, una andaluza alegre pero sumida en la desgracia de un novio muerto por amor a la anarquía en el sur argentino. Y es, entre otras, la historia de Elenita, la nieta adorada de Elena que, víctima de la última dictadura militar argentina, repite el camino de exilio de su abuela. Noemí Cohen ha creado, con esta novela admirable, un delicado tapiz donde se traman los destinos de un puñado de mujeres de ayer y de hoy. Las separan la edad, la lengua, la cultura o la religión, pero las une sutilmente una similar voluntad de conocimiento, de libertad, de belleza y de justicia” (7).

Notas
1 Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.
2 Arlt, Roberto: El juguete rabioso. Buenos Aires, CEAL, 1981. Prólogo de Jorge Lafforgue. Pág. 5. (Capítulo).
3 Zappietro, Eugenio Juan: De aquì hasta el alba. Barcelona, Hyspamèrica, 1971.
4 Mercado, Tununa: La madriguera. Buenos Aires, Tusquets, 1996.
5 Mignogna, Eduardo: La fuga. Buenos Aires, Emecé, 1999.
6 Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
7 S/F: “Novela de Noemí Cohen en Losada”, en Raíces, www.revista-raíces.com. Noviembre de 2005. 216 pp.


Cuentos

Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En “El desafío” (1) relata que un andaluz de dieciséis años ganó la competencia de doma que se realizaba para las fiestas patrias: “El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos”.

En un cuento de Marta Lynch, “Chola, la hija del sastre, de la misma edad de Rosa, entró como si estuviera en su casa, con la pollera de volados de española en una mano y unas castañuelas alquiladas en la otra” (2).

Carmela, personaje de un cuento de María del Carmen García, era “una gitana como toda gitana, morena y habladora, activa y vigorosa, que criaba a sus siete hijos como si no le costara esfuerzo. La ropa siempre limpia y ordenada, la pieza pulcra donde no faltaba un altarcito para la Virgen del Rocío y una guitarra que a veces su Rafael sonaba con melancólicos rasguidos andaluces” (3).

Pierre Cottereau es el autor de “La abuela Augusta”, cuento en el que evoca un episodio de la ancianidad de un inmigrante andaluz. En los recuerdos del hombre, “Las mesetas se extienden hacia un horizonte claro, lejano; desde muy lejos llega el perfume de las manzanas en flor y los almendros son ramos blancos por doquier. Más allá, las praderas que bordean la ría están salpicadas de florecillas, desborda la primavera sobre toda Andalucía” (4).

En “La tierra del olvido”, escribe Nisa Forti Glori: “Con tu Andalucía en la sangre a la que siempre quisiste conocer y no sé por qué no te decidiste puesto que los medios no te faltan, pero papi, claro, tiene su edad y siempre hay alguna razón en las familias... Bueno, el hecho es que de tanto verte armar patios y fuentes con cerámicas azules y amarillas y cancelas de hierro labrado, Laís y yo nos ilusionamos con una expedición al ’territorio de los antepasados’ ".

Notas
1. Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
2. Lynch, Marta: “Entierro de Carnaval”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967. Pág. 129.
3. García, María del Carmen: “Ojos gitanos”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
4. Cottereau, Pierre: “La abuela Augusta”, en El Tiempo, Azul, 12 de octubre de 1997.


Poemas

En su poema “En el patio” (1), Evaristo Carriego elogia a una inmigrante andaluza:

Me gusta verte así, bajo la parra,
resguardada del sol de mediodía,
risueñamente audaz, gentil, bizarra,
como una evocación de Andalucía.

Con olor a salud en tu belleza,
que envuelves en exóticos vestidos,
roja de clavelones la cabeza
y leyendo novelas de bandidos.

Leonie J. Fournier (2) evoca a los hispanos en un poema acerca de la Avenida de Mayo:

La Avenida donde están
Las agencias del lotero,
Los hoteles, los cafés
Donde nunca van de acuerdo
Los que discuten ‘sus cosas’,
andaluces, madrileños
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.

Notas
1 Carriego, Evaristo: “En el patio”, fragmento incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág. 53.
2 Fournier, Leonie J.: “Mi Argentina”, incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág. 48.


En teatro

En Los políticos, “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso”, escrito por Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un barbero andaluz que canta:

Con el vito vito vito
con el vito vito va
no me haga usted cosquillas
que me pongo colorá.

El se identifica como “Benito Pérez y Ciudad Real, barbero, soltero, extranjero, con tres años de residencia en el país” (1).

En Bohemia criolla (2), de Enrique de María, aparece un Andaluz que canta

San José fue carpintero,
según la historia lo anuncia...
y por eso es que los Pepes...
(no hay regla sin excepción)
y por eso es que los Pepes
¡suelen ser unos virutas!...

En otra escena, aparecen “Un gallego, un Vasco, un Andaluz, un Criollo y Coro de hombres. Traen guitarra, acordeón, bandurria, etc., etc.”.

“En Mustafá, sainete que Armando Discépolo y Rafael José De Rosa escriben en colaboración, y estrenan en 1921, don Gaetano (tano típico del género) se entusiasma ante la fusión, la ‘mescolanza’, que se logra en las bulliciosas casas de vecindad porteñas” (12). Conversando con el turco que da nombre a la obra acerca del casamiento del hijo del primero con la hija del segundo. Destaca el clima amistoso del conventillo: “E lo lindo ese que en medio de esto batifondo nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndano: ruso co japonese; francese con tedesco; italiano co africano; gallego co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño, napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este e no paraíso. Ese ne jauja. ¡Ne queremo todo!” (3) .

Notas
1. Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. María, Enrique de: Bohemia criolla, en Varios autores: El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3. Discépolo, Armando y De Rosa, Rafael: Mustafá. Citado por Páez, Jorge en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.

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Aragoneses

En novelas

Manuel Gálvez presenta, en Nacha Regules, a un aragonés encargado de un conventillo: “El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridículamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas y simiescas. La expresión adusta del semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle aún más. Reía explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando al cuerpo la línea oblícua y caídos los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz” (1).

Notas
1 Gálvez, Manuel: Nacha Regules. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.

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Asturianos


Indice

1. Introducción
2. Testimonios
3. Memorias
4. Biografías
5. Novelas
6. Cuentos
7. Televisión
8. Visitas guiadas


Introducción

En su trabajo “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (1).
“Según aumentaba el movimiento emigrador - explica Méndez Muslera-, parece que se fue rebajando la edad a la que se embarcaba, son dos los motivos principales, por un lado está la imitación del vecino del pueblo que se marcha y triunfa en América, volviendo con fortuna, por otro lado se les inculca a los niños la idea de que al llegar a los quince años tienen que partir para América, al lado de algún pariente o amigo. Este ‘echarles de casa’, que caracterizó la educación aldeana de Asturias, es el signo que encontramos con mayor imperativo entre la colonia asturiana del Uruguay. Se les decía: ‘tienes que ir a la escuela y aprender mucho para que luego te vayas a América’ ”.
“La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada”.
“Uno de los motivos de la salida de los campesinos asturianos hacia la emigración –continúa Méndez Muslera-, era la propaganda ‘ilícita’ de los agentes o armadores por sus anuncios y reclamos notoriamente falsos. Estos agentes de los armadores, se dedicaban a hacer publicidad de los próximos viajes y también a arreglar los papeles para la salida de los campesinos. Ya avanzado este siglo esta especie de Agencias de Viajes para Ultramar pasaron a estar sometidas al control de las Inspecciones de Emigración (la de Asturias se hallaba en Gijón), recibiendo el nombre de ‘Oficinas de Información y Despacho de Pasajes para Emigrantes’ condición que obligaba a llevar un ‘Libro de Registro’, con los datos relativos al comprador de cada uno de los pasajes y un ‘Copiador de Cartas’ con la correspondencia relativa al mismo asunto; ambos libros tenían que ser visados por la Inspección correspondiente”.
Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: “el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)”.
Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: “El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc”. Como en todo reglamento, siempre había excepciones: “el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar”. Además, “en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos”.
El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: “En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva”. Y se agrega una nueva alternativa: “También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas”. Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: “Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar”.
No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: “Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo). Esta emigración llegó a ser tan alta que en el sorteo de quintos de 1892 había un 78% de ausentes en el municipio de Soto del Barco. En el período de 1915 a 1920 en Asturias se llegó al mayor número de prófugos (exceptuando Canarias) llegando a ser más del doble de la media nacional. El emigrante no manifestaba que su viaje era una forma de evadirse de la ‘quinta’ (ni en el momento de la partida ni tampoco después, para no ser tachado de mal patriota)”.
“Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. El periódico ‘El Carbayón’ el 13 de enero de 1881 escribía ‘Dénles (a los labradores) tierra fértil que cultivar y arrendamientos ventajosos, más estimación y menos desdén, alívienlos de los impuestos y disminuyan el precio de arriendo; entonces la emigración disminuirá, porque nadie va a buscar lejos lo que puede hallar en su hogar’ “.
“También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración”.

Somao

El puerto de Somao fue durante el siglo XIX el “lugar por donde salieron de Asturias con rumbo a América los que hoy conocemos como ‘indianos’; Somao a una distancia de unos 10 km de este puerto del concejo de Muros del Nalón; envió a muchos de sus parroquianos a la emigración que durante esa época partía hacia México y Cuba principalmente”.
“Después muchos de ellos regresaron a su tierra con mayor o menor fortuna, algunos enviaban desde el otro lado del charco dinero para aumentar el nivel de vida de su pueblo, incitando también la formación de nuevos indianos. Todo esto fomentó la prosperidad del pueblo, consiguiendo nuevas escuelas (pagadas por estos) y grandes casas (algunas con panteones en su interior) y hasta hoteles, según nos cuenta Aurelio de Llano Roza de Ampudia en su libro ¿Bellezas de Asturias, de Oriente a Occidente’ (Año 1928): ‘Alrededor de muros se extienden huertas pobladas de árboles frutales y tierras bien cultivadas. Luego de pasar Somao, sitio donde hay bonitos hoteles y la vista alcanza extensos paisajes, el terreno que se ve a una y otra mano del camino, poco productivo’. Lo que nos da la idea del por qué este pueblo tuvo tanta emigración” (2).

En el mundo

“Valentín Andrés Alvarez en el libro ‘Asturias’ de editorial Nebrija (1978) dice: ‘Para hablar con exactitud de Asturias, hay que combatir, previamente, un error. Asturias no termina en los límites que se señalan dentro del mapa de España; es muchísimo más, porque nos pertenece; es Asturias un gran trozo de Madrid, donde hay más de setenta mil asturianos, y una gran parte de Cuba, de la Argentina y de Méjico, un barrio de Nueva York, casi toda la ciudad de Tampa, y etc,. etc. Si pensamos en el número de asturianos que hay por el Mundo y en la riqueza que poseen, nos damos cuenta de que Asturias tiene, fuera de sus límites, acaso tanto como dentro de ellos. Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica” (3).

En la Argentina

Refiriéndose al siglo XIX, Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti señalan que “la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes” (4). “Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste de nuestro país” (5).
Los españoles trajeron a la Argentina su tradición culinaria, en la que se destacan los aportes de las diferentes regiones: “Los nuevos inmigrantes reforzaron el ‘aire de familia’ de la cocina argentina, pero con las pautas alimentarias de la época, que si bien marcan una continuación del patrón tradicional no eran simples cristalizaciones del tiempo de Garay ni de fines del siglo XVIII, cuando arribara la penúltima oleada: los guisos, los pucheros y cocidos, la cebolla y el ajo, el azafrán y el pimentón, chorizos y morcillas están de regreso en su versión original. El puchero a la española, presente en el menú de pensiones y restaurantes de la colectividad, recupera la carne de gallina y los garbanzos que la iconoclasia criolla había reemplazado por carne de vaca, porotos y maíz. (...) los asturianos (aportan) la fabada (alubias de gran tamaño acompañadas en la olla por morcillas, chorizos, cebollas y tocino)” (6).

Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: “Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda” (7).

Testimonios

Pedro Fernández, asturiano de diecinueve años embarcado ilegalmente en La Coruña hacia la Argentina en 1899, escribe en su diario: “dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida. Por la mañana nos apresurábamos a buscar el café armados cada uno con su tacita, en la cual nos daban también el té al anochecer. Cuando a alguno se le rompía alguno de los servicios de mesa robaba a otro lo que necesitaba, este hacía lo propio con los demás, y así sucesivamente todos de modo que todo se volvía robos de platos y tazas, viéndose uno obligado a guardarlos con más cuidado que si fuesen oro si no quería exponerse a tener que esperar a que alguno de sus amigos comiese para luego servirse él de sus utensilios y para que le prestasen era menester que la amistad fuese íntima. Yo también fui víctima de un robo de esta clase pues aunque tuve buen cuidado de guardar el plato bajo el colchón de mi cama, esto no impidió que me lo robaran viéndome por esto obligado a servir la comida y bebida en la tacita que a lo sumo tendría capacidad para medio cuartillo; en esta situación estuve dos días pero luego comprendí la necesidad de hacer como los demás y en efecto, fingiendo irme a dormir a mi camarote desde él robe un plato de unas alforjas que cerca de mí tenían colgadas unos leoneses y con esto salvé la situación”.
“Las camas consistían en unos cajones parecidos a la mitad de un ataúd que sirve de último reposo hombre y muchas veces al verme acostado venía a mi memoria el más triste de los recuerdos humanos ¡la muerte! El colchón no era otra cosa que un saco lleno de yerba seca, y por almohada teníamos unos pedazos de corcho unidos entre sí por unas cintas y cubiertos de lona, a los cuales llamaban salvavidas, además a cada persona le dieron una manta o cobertor para cubrirse” (8).

Paco Rodríguez, conductor de "Caminando por España", programa que se emite por A.M. 1240 Cadena Uno, resume su biografía:
"Nacì en el Barrio de la Fuente, en la Panera, todavia existe.
Soy el segundo de tres, una hermana y un hermano.
Mis padres asturianos hasta el infinito. No conocemos el origen. Corresponden a familias muy antiguas, pero de labranza.
A los cuatro años comienza la gran contienda, la "Guerra Civil", soldados contra paisanos. Mi padre, que nunca le interesó la politica, desaparece una noche sin dejar rastro alguno, a los cinco años mi madre recibe una carta de America, Buenos Aires, era de el. Un amigo que residia aqui le pago el pasaje y en una noche le hizo los "tramites" del pasaporte y la documentacion necesaria. La guardo en mi poder. Desde entonces la comunicacion fue normal. Ya le presente a mi familia.
¿Que paso conmigo? Tengo una infancia con muchos problemas de salud. Era comun morir de tuberculosis, yo me salve, pero mis condecoraciones en los pulmones las llevo con gran "honor", pero mi problema no fue ver como los soldados tomaban a Tineo, como un avion lo bombardeo, como llevaban presos a los vecinos, no solamente porque tuvieran alguna idea politica, sino porque otro vecino afin del gobierno, conocido, le tenia bronca, lo denunciaba, era detenido y de alli en adelante podia ser fusilado, sentenciado a tantos años y un dia de carcel, ese dia llegaba cuando las autoridades responsables de llevar el orden y la tranquilidad al pueblo se les ocurria dejarlos libres.
Aproximadamente en el año 1940, no estoy seguro, en Tineo desde la iglesia se procede a hacer un censo de niñas y niños, mi madre acude llevando a los niños y una prima a las niñas. Cuando en clerigo me pregunta como llamo, le digo: Francisco y el sigue preguntando ¿Que mas?, Rodriguez, "Que mas", Menendez y no conforme, repregunta "Que mas", Republicano de la pura Cepa le conteste. Mi madre y yo fuimos detenidos, pasamos la noche en la carcel y el gran problema es que yo pasé a ser el enemigo del Regimen mas importante de Tineo. Me costo mucho seguir viviendo mi niñez. Me llamaban los conocidos "El Republicano". Eso era muy peligroso. A los once años comence a trabajar en la mina de carbon. Tuve un accidente. Curado volvi al trabajo hasta el mes de marzo de 1950. El 14 de mayo del mismo año me embarco, solo, para Argentina. Desde los 12 a los 17 años han pasado muchas cosas que me pusieron tan en contra de lo que tenia. Mi credulidad era que Dios asi lo habia dispuesto. No sabia que el gobierno del pais era el responsable, por eso cuando voy a embarcar en la ciudad de Vigo, me arrodillo, beso el pavimento y digo: "Adios España, nunca mas volveremos a vernos". No Cumpli, volvi en el año 1991 por razones de familia
El dia primero de junio de 1950, en el barco "Santa Fe", de la empresa Dodero llego a Buenos Aires, habiendo pasado toda la noche en la desembocadura del Rio de la Plata, esperando la mañana.
Yo tenia mi maleta de color marron, parecia cuero hasta que un dia se mojo, era de carton. Con ella y una muy poquita ropa, pero repleta de ilusiones, espere con otro compañero de viaje, Luis Tato, de Lugo, la llegada de los practicos y arrastraron el barco hasta el puerto.
A todos los menores de edad nos pusieron a parte, pareciamos ovejitas en un corral. Nos trasladaron a un local de imigracion, teniamos mas hambre que perro de herrero, lo unico que puede comer son las chispas que salen de golpear el hierro al rojo. Como ya estabamos en Buenos Aires, se olvidaron de nuestra comida. Voy a lo personal. Mi padre, quien me reclamaba, se olvida los documentos de identidad. Vivia en Caseros, hoy Tres de Febrero, un taxi no se desplazaba tan lejos, por aquello de si no lo dejaban a pie al chofer.
Van pasando las horas y gracias a un alma caritativa que se comunica con alguna autoridad pude pisar tierra argentina, logicamente, siendo el ultimo en desembarcar, eran mas de las 21,00 horas.
Cuando el emigrante llega al lugar que elige para recomenzar su vida, primero prepara una especie de guion, donde pone las prioridades. Para mi fueron: donde vivir, como vivir. Trabajar, ganandome el sustento. Estudiar, para que el futuro fuera menos duro. Traer a mi madre y despues a mis hermanos.
Todo se fue cumpliendo, casi a los tres años trajimos a mi madre. Yo seguia trabajando y estudiando de noche. Con mi padre no me entendi hasta que lo hice abuelo, el pensaba de diferente forma que yo y no es que fuera malo, lo que ocurre, es que yo habia sido uno de los "niños de la guerra", la unica diferencia, fue que tenia familia y quedamos todos juntos con muchas necesidades, pero juntos al fin y el creia que yo era un niño sin ninguna responsabilidad al que habia que enseñarle de todo, pero la necesidad me habia enseñado muchas cosas, no permitiendome tener infancia.
Entre el trabajo, el estudio y las obligaciones, tambien me pongo de novio con una galleguita, de la Coruña, se llama Adela, nos casamos y tenemos 4 hijos, dos niñas y dos varones.
Mi vida profesional se desarrolla bien. Empiezo a progresar. Me fue como yo queria. esto se cumplio muy bien. ¡Que gran pais, que grande mi madre adoptiva!
Dije antes que mi mision era reunir a todos nosotros aqui en Buenos Aires y asi lo intentamos, pero tanto mi hermana como mi hermano se casaron en Asturias y fue imposible que mis padres vieran juntos a sus tres hijos en la misma mesa, ellos fallecen y el 24 de diciembre de 1993, yo si tenia a mis dos hermanos en mi mesa, pero ya me faltaba lo mas importante: MIS PADRES" (9).

Por evadir el reclutamiento vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos. Nicanor Fernández Montes viajó en barco a la Patagonia, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: “en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba” (10).

Fue asturiana la madre de Jorge y Aída Luz, acerca de quien dice el hijo: “Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente”.
Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: “Nin... –que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes”.
Volvieron décadas después: “Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela” (11).

Un famoso café porteño fue comprado por un asturiano. En “El café Izmir”, Carlos Szwarcer relata: “El Café Izmir, conocido por la intelectualidad argentina a partir de la publicación de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal en 1948, era ya famoso en los años ’30 como centro inevitable de reunión de las oleadas inmigratorias y verdadera institución en el barrio. El local del lzmir fue construido a fines de 1932 sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato de la calle Gurruchaga 432-436; su primer dueño habría sido Jaim Danón, quien le daría ese nombre en recuerdo de lzmir, su ciudad natal. En 1940, Rafael Alboger se hace cargo del fondo de comercio y comienza su larga trayectoria de veinticinco años detrás de su mostrador. (...) En noviembre de 1969, el asturiano Jesús Rodríguez se hizo cargo del fondo de comercio y los años setenta serían testigos de la lenta desaparición de los viejos “turcos”. “...Alboger tenía imán... mientras vivió el café estuvo a full...” aseguran con añoranza sus viejos clientes. El “espíritu oriental” ya no existía, y los habitués, a excepción de un pequeño grupo, eran otros: los empleados y albañiles de la zona. Los motivos de tal metamorfosis fueron varios: el cambio de dueño, de estilo, de sociedad, etc. Y lejos de las madrugadas, los discos de pasta, las orquestas con odaliscas, los refranes y los dichos en ‘ladino’, comenzó a languidecer y a cerrar sus oxidadas cortinas metálicas a las 18 horas y los sábados al mediodía. Sus paredes se descascararon perdiendo el color y la vida. El lugar de reunión e inspiración, y parte del alma y de la cultura porteña, cerró definitivamente sus persianas el 9 de octubre de 2000. El lzmir figura entre los 39 cafés citados en el libro Los cafés de Buenos Aires, publicado por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares y Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires y entre los 21 citados como ‘emblemas porteños’ en La Guía Total de Buenos Aires, de Diciembre 2000” (12).

Carlos Salatino y Beatriz Sevilla son “una pareja dedicada al arte, el diseño y la producción artesanal de objetos decorativos”. Ellos no pintaron inmigrantes, sino un barco, en homenaje al que trajo a los fundadores de una cadena gastronómica, en uno de cuyos restaurantes porteños los artistas realizaron el mural al que nos referimos. Sobre esta obra expresó Salatino: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa “hambre”, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban. Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural tampoco”.
Memorias

Félix Luna afirma que su libro Soy Roca fue para él "Definitorio por la forma en que fue escrito y por el tema. Muchos dicen que es una novela, pero no lo es. Parece una novela, pero todo lo que se dice es estrictamente histórico. Todo lo que se dice, pasó. Incluso las conjeturas que pongo en cabeza del protagonista están escritas en papeles, en cartas confidenciales, etc. En lo formal, me di el gusto de hacer una especie de autobiografía, sin que el autobiografiado fuera su autor" (13).
En esa obra, el protagonista se refiere a un viaje que hizo en 1899: “Nos detuvimos en la desembocadura del río Santa Cruz, visité alguna estancias de los alrededores, casi todas de ingleses, y seguimos a Río Gallegos, donde me hospedé en la casa del gobernador. (...) Cuando íbamos llegando a Ushuaia me llamaron la atención, en cierto punto de la costa, rebaños de ovejas y construcciones muy prolijas entre macizos de flores y espacios de césped; me dijeron que era la estancia de Thomas Bridges, el pastor anglicano que anteriormente había estado a cargo de la Misión en la isla; en 1886 renunció a su puesto y se vino a Buenos Aires a solicitar tierras allí. Me lo presentó el senador Antonio Cambaceres y lo recomendaba calurosamente el perito Moreno. Tuve el gusto de promover, pocas semanas antes de dejar la presidencia, una ley concediéndole 20.000 hectáreas en propiedad en Harberton, a unas quince leguas de Ushuaia hacia el este. Bridges había fallecido meses antes pero su estancia era la mejor de la isla, superando en actividad a la que había establecido al norte, en Río Grande, el asturiano José Menéndez. Me dieron ganas de visitar Harberton y lo hice en el acorazado de río ‘Independencia’, más chico que el ‘Belgrano’. Allí fui recibido por la viuda del antiguo misionero y su familia. En el jardín tomamos el té con sandwiches y frutillas de la zona con crema. Fue una tarde gloriosa para Gramajo, que decía estar harto del rancho del ‘Belgrano’... Por un momento no me pareció encontrarme en el confín del mundo sino en una casa de Sussex, o más bien, de Devon-shire, de donde era oriundo Bridges. Después visitamos los campamentos de los indios yaganes y onas que trabajaban en el establecimiento. Al menos aquí no se los perseguía, como había hecho aquel aventurero rumano Julio Popper, que en tiempos de mi concuñado instaló un lavadero de oro en el norte de la isla, y como también lo hacían, según los rumores que había escuchado, algunos capataces de Menéndez” (14).
Niní Marshall, hija de asturianos, escribió sus memorias. Afirma Fernando Noy: “Previsora, para disipar dudas sobre sus procesiones por los laberintos de la memoria, ella nos legó, acicateada por su amigo y representante Lino Patalano, la invalorable Autobiografía donde emerge, con astucia de autora consumada y en una sesión de magia interminable, tan verosímil y viva como siempre, quizás de un modo inconciente desdiciendo aquella frase-consigna en uno de sus libretos radiales: ‘Déjenos contarle algo, déale. Si no va a parecer una mujer demasiado misteriosa, de esas que salen al cine y después les agarra la mamesia al cerebro’. Y si era necesaria mucha ‘propicacia’ para hacerlo, sospecho que sólo quiso recompensarnos con estas páginas a modo de despedida” (15).

Biografías

María Esther Vázquez se refiere, en Victoria Ocampo (16), a una empleada española:
"Fani entró 'para todo trabajo' al servicio de una tia de Victoria. Cuando la familia Ocampo en 1908 partió hacia Europa, la tía Ana se la cedió a los padres, La Morena y Manuel, a fin de que se ocupara de 'las niñas', ya que era 'trabajadora como mula y fiel como perro'.
Cuando Victoria se casó, la madre se la "regaló" (esplendido regalo) para que cuidara de Victoria.
Fani era asturiana; decepcionó a sus tíos, frailes esculapios, al no ingresar en una orden religiosa y en cambio salir a trabajar, porque no sólo no tenia vocacion, sino que desconfiaba de 'curas y clerigos'; para ella Dios era 'el ser de la persona', definicion críptica e impresionante. Tenía el aspecto tipico de la campesina del norte de España. Sufrida hasta límites increíbles, el dia que se enfermó, fue para morir. Su moral estrictísima, propia de puritana española, cuenta Victoria, sumada a su "candido afán de protegerme de peligros imaginarios la volvían arbitraria e injusta, como suelen ser los padres. Transformaba, por momentos, mi casa en la de Bernarda Alba y yo aborrecía ese españolísimo resabio. Era demasiado joven para tomarlo a broma; ( ... ) que manía de meterse en todo, pensaba"9.
La relacion entre Victoria y Fani fue extraña, relación que sólo la rica economía de la Argentina permitía florecer. Si bien Fani era la servidora, gobernaba muchos aspectos de la vida de su patrona en forma despótica. Generosa por naturaleza, se brindaba con alegria, excediendo en mucho sus 'obligaciones'. Ese excederse le dio bastantes dolores de cabeza a Victoria, considerada una eterna adolescente por Fani; sin embargo, a medida que esta última envejecía, perdida toda esperanza de perfeccionar a la otra segun sus canones, bastante primarios, se dedicó a mimar a Victoria.
Debido al mal oido para los idiomas, característico de los españoles, nunca logró Fani pronunciar correctamente ciertos vocablos: 'Continuaba diciendo mórfora en vez de atmosfera, asenoria en vez de zanahoria, manopolio en vez de monopolio, anelso en vez de anexo, archiprestes en vez de cipreses, reumatismo asiatico en vez de ciatica' 10. Sin embargo, pese a sus dificultades fonéticas, sabía pedir el colador en cuatro idiomas porque a Victoria le desagradaba profundamente encontrar 'nata' en el cafe con leche".

En la biografía Los dones del tiempo (17), Benìtez relata la historia de la asturiana Cecilia Caramallo. En esa obra, el escritor vuelve al tema abordado diez años antes en La pradera de los asfódelos (18): la inmigraciòn y, màs especìficamente, la vida de los inmigrantes en Bahìa Blanca, sus expectativas cumplidas y fallidas, sus recuerdos, sus abnegaciones.
La historia no es relatada linealmente, desde los primeros dìas de la anciana, sino que ella, a los ochenta y dos años, mientras pule el bronce de la tumba de su marido, dialoga con èl y se retrotrae a su infancia asturiana. Asì se inicia un racconto que nos hace saber cuàl fue la formaciòn espiritual que recibiò de niña, y en què àmbito.
Su primera maestra fue su abuela. La figura de la abuela como depositaria de una tradiciòn aparece frecuentemente en la literatura de inmigraciòn, quizàs porque los padres y las madres de esos chicos estàn ocupados en otros quehaceres, o han emigrado. La abuela de la protagonista de Benìtez custodia una tradiciòn cuando todo parece perder sentido.
Otro de los personajes que forma a esta niña es el pastor que le cuenta la historia del mendigo que apareciò y desapareciò misteriosamente y que transformò en generosa a una persona miserable. Este pastor, don Higinio, enseña a partir de los hechos cotidianos el orden de un cosmos regido por leyes que a menudo podemos comprender.
Es importante tambièn en Los dones del tiempo el “extraño oficio” –así lo denominó Syria Poletti (18)-, que consiste en escribir cartas, de parte de los analfabetos, para quienes han emigrado. En la novela, es el cura de la aldea quien escribe las cartas de la madre de la protagonista y le agradece sus periòdicos envìos de dinero. Las caracterìsticas de las cartas estàn relacionadas con la situaciòn peculiar en la que son escritas; en una de ellas, la madre señala que no puede seguir contando porque el cura tiene otras cosas que hacer y no puede seguir escribiendo.
Amèrica aparece –al igual que en todas las obras de emigraciòn- como el destino soñado, que desconcierta a los extranjeros con su forma de entender la vida y las distancias. Para un portuguès, para una asturiana, las tierras son enormes, la cantidad de ganado es tal que debe dormir a la intemperie. Son realidades difìciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a lo exiguo, a lo mìnimo. Recuèrdese al respecto la sensaciòn de la protagonista cuando ve que tiran comida. Piensa què hubieran hecho en su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.
Pero, aunque el libro de Benìtez tiene puntos en comùn con otras obras de inmigraciòn –sobre todo en lo que se refiere a la vida en Europa y el viaje-, brilla con propios destellos porque èl, que comparte con muchos descendientes de inmigrantes una historia similar, sabe darle a cada uno de sus libros una originalidad que lo diferencia de otros escritores y que hace que reconozcamos su pluma.
Es original en la asociaciòn de la inmigraciòn a los viajes griegos, a la tradiciòn latina. Eso ya lo habìamos visto en La pradera... y aquì se reitera sabiamente. Vincula a su tierra con un tiempo remoto e ilustre, y nos hace pensar que, màs allà de la distancia o de la situaciòn social y econòmica, hay muchas coincidencias entre el presente y el pasado, entre Europa y Amèrica. Muchas màs que las que uno podrìa percibir.
Otro aporte original del autor bahiense es la relaciòn de los hechos narrados con su lugar de residencia. En Bahìa Blanca, en Pelicurà, se desarrolla la acciòn y esta circunstancia la vuelve de especial interès para quienes habitan la ciudad y para quienes, desde cualquier parte del mundo, quieran saber sobre la forma de vida de los inmigrantes en ese punto de la Argentina. Aporta datos sobre la vida de portugueses, asturianos, escoceses e ingleses en la provincia de Buenos Aires, a partir de fines del siglo pasado y hasta nuestros dìas, en que la anciana transita con su coche causando espanto a los transeùntes y a los otros automovilistas.
La historia, vista desde los intereses de los pioneros, tiene cabida en esta obra. La zona de la frontera aparece como el escenario de una gesta heroica que tuvo por objeto expulsar al indìgena, cuya crueldad Benítez destaca. Los malones y sus terribles consecuencias son evocados por el escritor quien, relatando la historia de la Iglesia del Carmen, pinta un cuadro patètico de esas tenebrosas èpocas, en las que sólo los huincas parecían sufrir. El relato dentro del relato ya habìa aparecido cuando la protagonista evoca su infancia; aparece tambièn en la adultez, siempre relacionado con la religiòn y la caridad.
Y aunque la biografìa nos deja adivinar un exahustivo trabajo de documentaciòn, un paciente estudio de fuentes històricas, no serìa lo que es sin el estilo con que ha sido escrita. Quizàs porque compartimos una misma nostalgia, una misma herencia de sueños, los descendientes de inmigrantes comprendemos con mayor intensidad aquello que Benìtez describe. Puede ser. Pero su estilo es tan logrado que no hace falta estar relacionado con lo que narra para vibrar; episodios como la despedida de la protagonista de su pequeño amo minusvàlido, o como el acercamiento entre ella y su futuro esposo nos transmiten la tristeza, la alegrìa, todos los sentimientos, con fuerza y autenticidad. Ademàs de conocer mucho el alma humana y saber describirla, conoce mucho el idioma. Su riqueza de vocabulario es llamativa y hace que la historia atraiga aùn màs, hacièndonos pensar que lo moderno no tiene por què estar reñido con la elegancia y el buen gusto.

La vida de su madre es el tema que Jorge Fernández Díaz eligió para su libro. Mamá (19). La asturiana Carmen Díaz, nacida en 1932, empezó a trabajar siendo muy pequeña: “cumplía con su rutina de hierro. Aprendió a ordeñar, llena de prevenciones, en la edad de las primeras muecas. Su madre, que no andaba para remilgos, la obligó de mala manera a perderle respeto a la vaca, ese monstruo gigantesco e imprevisible. Cada madrugada, Carmina andaba a pie cuatro kilómetros hasta una cabaña, ordeñaba la pinta y bajaba con la leche para sus hermanos. Luego regresaba para limpiar la boñiga y cuidar que las vacas de Teresa no pastaran en los sembradíos, hasta que los tábanos del mediodía las picaban y ponían nerviosas, y entonces mamá las metía de nuevo en la cuadra y llenaba de pasto el pesebre. La mayoría de los días madre e hija araban la tierra descalzas. Muy de vez en cuando su tío Rogelio les regalaba un par de alpargatas”.
Carmina y sus hermanos “comían polenta de un plato que apoyaban sobre las piernas, sentados en un escaño de madera que daba vuelta por las cuatro paredes de aquella cocina de campo sin mesa ni sillas. (...) Es que el hambre no era, en aquellos tiempos, una metáfora. Comían en platos esmaltados día tras día el mismo menú: cuecho, polenta sin leche rebajada con agua. Algunas veces cocinaban un potaje de arvejas, papas y garbanzos, y como escaseaba la harina, sólo conocían el pan por referencias. María, cuando iba a alguna amasada, pedía que le pagaran con pancitos, que los niños acompañaban con leche en tazas sin asas. Pero ésos eran días de fiesta. Las más de las veces Carmina y sus amigos y hermanos se agarraban el estómago, hacían cualquier cosa y codiciaban cualquier bocado,. Mamá era como un gato: trepaba los manzanos y los perales ajenos y los sacudía. Luego se cargaba el delantal y echaba a correr antes de que los vecinos la descubrieran. Robaban manzanas, peras, nueces y castañas, y comían las moras que crecían entre espinos al borde de los senderos”.
El padre de los niños, esposo de María, “a veces volvía de Gijón o de Oviedo, y rechazaba los potajes desabridos que comían todos y pedía huevos fritos, lujo que se comía delante de sus hijos hambrientos y zaparrastrosos”. Durante la Guerra Civil, los franquistas “entraban por la fuerza a las casas y se robaban las gallinas y los pocos comestibles que los aldeanos almacenaban con temor apocalíptico en sus despensas”.
A los quince años viaja hacia América. La pasó mal en el viaje. En el barco, a ella, “como al resto, le daban de comer guisos decentes y bifes duros, pero Carmen vomitaba hasta el café y las tostadas. Parecía como si (...) hubiera olvidado el estómago en Asturias. Entre todos los manjares eligió unas manzanas deliciosas de Río Negro, que la mantuvieron viva, aunque perdió cerca de diez kilos en dos semanas”.
Aquí la esperaban sus tíos, con los que vivió haciendo las veces de hija adoptiva y criada. Sus tíos “importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”. Al llegar la asturiana, la tía le dice: “Aquí no volverás a pasar hambre, querida”. “Le abrió una camita disimulada dentro de un mueble del comedor, y Carmen durmió, por primera vez en mucho tiempo, diez horas seguidas. Consuelo la despertó con medialunas, la bañó y despiojó, le dio ropa y zapatos nuevos (...) y la llevó a la peluquería”. También al médico: “Carmen venía con una bronquitis aguda, estaba desnutrida, mal desarrollada y probablemente raquítica. Le prescribieron jarabes, vitaminas y una dieta a base de alimentos ricos en hierro y calcio”.
Pero todo tiene su precio. “Pasados los primeros días, Marcelino envió a Consuelo con un mensaje: Carmen debía levantarse a las cinco, prepararles el desayuno y servírselos en la cama. Luego tendría que acompañarlos a la escuela, donde se dedicaría a limpiar el patio, a barrer las aulas, a cepillar los escalones, a fregar los mármoles y a encerar la dirección. Cumplida la tarea, recibiría un billete colorado y visitaría la feria de la calle Guatemala para hacer las compras, después limpiaría toda la casa y prepararía el almuerzo. Haría su tarea escolar y a las seis de la tarde entraría en la primaria para adultos que funcionaba en horas nocturnas del Fidel López”. Para colmo, “semana tras semana, en ausencia de Mino y de Consuelo, el hidalgo acosaba a su sobrina en el juego mudo, casi chaplinesco, del gato y el ratón”.
Luego vendrá la discriminación en la escuela, y el honor de llevar la bandera a pesar de todo: “En esas aulas mamá sintió por primera vez los dardos de la discriminación. Todos preguntaban en la escuela, con morbosa curiosidad, quién era esa ‘galleguita’, y sus compañeras, grandulonas y maliciosas, se divertían burlándose de su ignorancia y haciéndole la vida imposible”. Entonces intervenía la maestra: “La señorita Valenzuela, una maestra cabal y de buen corazón, las retaba con el puntero en la mano y trataba por todos los medios que la campesina se integrara. Pero no era tarea fácil”. El esfuerzo de la protagonista tuvo su premio: “Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad”.
Con los tíos y la adolescente vivía un asturiano, que tocaba la gaita a escondidas, en el sótano de su casa porteña, por temor al hermano que le había prohibido ejecutar ese instrumento, evidencia de su condición de inmigrantes. El anciano ”cuando su hermano no estaba en casa, entraba en el dormitorio de los tíos, levantaba la trampa del sótano disimulada bajo la cama matrimonial, bajaba cinco escalones, prendía la luz, cerraba la tapa y tocaba su música en la clandestinidad durante horas”.
Estos asturianos despreciaban a los provincianos. Cuando muere Evita, Carmina “llevó crespón y fue conducida en ómnibus escolar hasta el Congreso, subió las escaleras y vio de cerca el ataúd con aquella fantástica muñeca dormida. No entendía mucho, pero veía llorar a los cabecitas negras y, a pesar de los desdeñosos comentarios que se pronunciaban en el living de su casa, Carmen asociaba a esa mujer con el esplendor, y supuso que si los pobres morían de pena, ella debía acompañarlos en el sentimiento. No siempre fue así: los españoles desarrapados despreciaron a los ‘negros’ del interior en cuanto pudieron hacer pie, y los españoles que se quedaron en la madre patria despreciaron a los sudacas que osaban regresar en cuanto la economía rescató a España del quebranto. Todo es hijo del miedo, la estupidez humana también”.
El padre del narrador, asturiano como su esposa, “odiaba a los argentinos, quienes trataban despectivamente a los españoles, y también a la República Argentina, culpable de no ser Asturias. (...) Durante décadas, (...) los argentinos eran los mejores del mundo y los españoles unos muertos de hambre. Ese rencor se cocinó a fuego lento y mi padre lo tomó como un veneno homeopático. Conozco muchísimos ‘argeñoles’ envenenados por esa misma sustancia sin antídotos”.
A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica su libro con estas palabras: “Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires”. Sobre su madre escribe: “Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro”.
Fernández Díaz evoca el Centro Asturiano de Buenos Aires: “esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria”. Su padre encontraba allí la felicidad perdida: “Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos”.
Pero “no había tentaciones, ni desavenencias ni educación ni esplendores peronistas ni calores humanos que lograran domesticar la nostalgia de aquella emigrante constitutiva que seguía pensando en una sola cosas: volver”. Marcial, quien luego sería su marido “permitía que, como la mar, el destino tomara decisiones en su nombre, sabiendo de ante mano que es ilusoria la autodeterminación de los individuos, y se dejaba llevar así por las corrientes marinas. A ese fatalismo se debe la mansedumbre con que aceptó trasplantarse, huir frívolamente de su tierra y padecer cincuenta años de añoranzas”.
Con los años, llega la tristeza de ver partir a una paisana de vuelta a España, y comprobar que esa mujer –así como de joven sintió nostalgia de la tierra que dejaba-, a los setenta y dos años, siente nostalgia de la Argentina.
Agobiados por los problemas económicos, después de cincuenta y dos años, Mimí y Jesús, dos hermanos asturianos, regresan a su tierra, donde “canjean los pesares de la segunda morriña”. Desde allí, la mujer, nostalgiosa de la Argentina, escribe a su amiga: “Tengo setenta y dos años y no aguanto los pies fríos. Quiero estar en mi casa. (...) Si no me voy de acá me muero en pocas semanas. Me muero de pena, Carmina”. Pocos meses después, “se hizo la luz”. La mujer escribe, entonces: El Estado español nos garantiza los remedios gratis de por vida, y cuando nos pagaron el retroactivo de un año, unas 600 mil pesetas, creímos tocar el cielo con las manos. Jesús está haciendo algunos amigos, ya no tengo los pies fríos, Carmina. Pero no podemos sacarnos de la cabeza el barrio, la calle, los sonidos. Nunca vamos a poder sacarnos de adentro ese sentimiento, nunca vamos a poder”.
La narración, estructurada en capítulos con nombres de los personajes, surge del reportaje que Jorge Fernández Díaz, director de la revista Noticias, efectuó a su madre durante más de cincuenta horas; “Comencé a garabatear frases e ideas sobre su azarosa biografía en un cuaderno Rivadavia de tapa dura cuando me contó que hacía lagrimear a su psiquiatra”, escribe el hijo.
Ese dolor de la inmigrante, y su fe en el futuro, que la hizo salir adelante en un mundo en el que poco apoyo tenía, son homenajeados por Fernández Díaz en una obra que nos hace sentir admiración por esta mujer que logró tanto contando sólo con su tenacidad.

Novelas

En Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, aparece una sirvienta asturiana. Narra el protagonista, un niño hijo de rusos: “Otra clase de confidencias inició una tarde, al referirse al reciente casamiento de Rosario quien seguía sirviendo allí y compartía ahora con su marido la misma habitación que antes ocupaba sola, pegada a la de él, que aplicaba el oído a la puerta que las separaba. Creyó al principio que se divertiría con lo que imaginó sólo podían ser cómicas parodiasde amor, pero lo que oía no lo hizo reír precisamente sino que lo indujo a inevitables y manuales desahogos, terminando por sentir miedo a la propia actuación de excitado testigo invisible, que lo perturbaba intensamente, y aún más allá de su papel de escucha pues ahora, le confesó, miraba con otros ojos las piernas blancas como la leche de la asturiana” (20).
En Santo Oficio de la Memoria, Mempo Giardinelli habla de un oficio que desempeñaban los asturianos. En 1886, “Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas” (21).
En Las libres del Sur, de María Rosa Lojo, dice Victoria Ocampo, refiréndose a Fani, la empleada nacida en Oviedo: “me trata como a una menor de edad. Pero como su tiranía es útil, protesto un poco y la dejo hacer su voluntad. Igual que los pueblos cómodos, como el nuestro” (22).

Cuentos

En “Carroza y reina”, cuento que da título al libro de Isidoro Blaisten premiado en el Concurso Literario de la Fundación Fortabat, aparece el asturiano Alvarez, mozo del café y bar El Aeroplano: “Los parroquianos empujan para llegar hasta las mesas del privilegio y arrastran al mozo, Alvarez el asturiano, el de los enormes pies, que se escurre entre los cuerpos con la bandeja en alto cargada de choppes, express y especiales de matambre que son la especialidad de la casa” (23).
María del Carmen García es autora de los “cuentos de gringos” que se encuentran reunidos en el volumen titulado Cuentos de criollos y de gringos (24). En uno de los textos allí reunidos, la autora presenta a unos asturianos: “Algún tiempo atrás habían llegado a Buenos Aires como otros tantos inmigrantes, esperanzados en un futuro sin miseria ni guerras. Primero llegó él; un año después ella. Ela era joven y bonita, pequeña y ágil en sus movimientos, alegre de carácter. El era alto y hosco, de hablar poco y trabajar mucho. Se habían conocido de niños en la aldea de Asturias en la que nacieron y se encontraron en Buenos Aires gracias a los oficios del padrino Manuel y como era de suponer se casaron en un septiembre lluvioso de 1910”.
Los recién casados “Se acomodaron en una pieza de pensión en La Boca, paso obligado para todo humilde recién llegado, después del Hotel de Inmigrantes y antes de alcanzar el soñado terrenito propio. El trabajaba duro en el puerto y ella esperaba ansiosa la llegada del primer hijo que iniciaría la larga serie de descendencia que aspiraba a tener. Muchos hijos deseaba ella; creía que así debía sercasi como un principio de supervivencia de la especie. Había visto en su aldea a muchas madres enterrando a sus hijos, algunos recién nacidos, otros ya en la infancia y ella no quería que le sucediera lo mismo”.
La asturiana “por las mañanas lavaba la ropa compartiendo los piletones del patio con las demás pensionistas. Allí las mujeres daban rienda suelta a sus comentarios mientras soñaban con el día feliz en que tuvieran su propia casa. (...) Para la primavera de 1914 ella supo que otro hijo estaba en camino y se llenó de alegría; recuperó el gusto por cantar las coplas de su infancia, agradeciendo a Dios por vivir en esta tierra de paz tan lejos del terror de la guerra que se derramaba sobre Europa”.
Una decisión equivocada de la mujer hará que esa felicidad dure poco.
Es asturiano un personaje de uno de los relatos de Hilel Resnizky: “En 1870 su abuelo, José Molinas, era el propietario de grandes estancias, de casas de comercio, e incluso de buqyes y astilleros en la Patagonia. En 1870 apareció un judío ruso, Jacobo Alter Grun, quien se convirtió y casó a su hijo Marcos con la hija de Molinas (...) -El viejo José Molinas era testarudo y, para decirte la verdad, tacaño. Por muchos años alejó de sí a su yerno judío, enfrentándose con el rencor de su hija. Al final se rindió y lo hizo socio. Molinas & Grun. ‘San Jacobo’. Así llamó Marcos Grun a la estancia que compró en Santa Cruz, en recuerdo de su padre” (25).

Poemas

En “Los pájaros ciegos” (26), escribe José Portogalo:

Junto a un charco de sangre estaba yo,
Juan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
el corazón del mundo en mi garganta
y una copla en mi pecho.

La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.


Televisión

En 2006 se vio en la Argentina la miniserie Vientos de agua, una coproducción del canal Telecinco de España, Pol-Ka y Cien bares (la sociedad de Campanella y el autor Eduardo Blanco. La dirigen Juan José Campanella, Sebastián Pivotto, Paula Hernández y Bruno Stagnaro (27).
Sandra Russo entrevistó a Campanella: “La coproducción argentino-española, una historia de exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo XX y los argentinos que huyeron en el 2001 admite, según Campanella, una clara connotación: “Tenemos la fantasía de ser ‘apolíticos’, pero hacemos política permanentemente, hasta cuando miramos televisión”.(...) Cuenta Campanella que para los trece capítulos de Vientos de agua trabajaron dos años y medio. “Escribimos los dos primeros guiones cuatro autores juntos: Aída (Bortnik), Juan Pablo (Domenech), Aurea (Martínez) y yo. Fueron ocho meses. No sólo había que recrear la génesis de los personajes, sino el modelo de estructura sobre el que descansaría la historia. Mucho ida y vuelta, mucha reescritura. El resto de los guiones se llevó adelante desde marzo de 2004.” La idea de entrecruzar a un inmigrante asturiano analfabeto que abandona su tierra natal perseguido por la Guardia Civil con la de su propio hijo, un arquitecto que en 2001 cruza el Atlántico hacia España buscando cómo rearmar su vida y mantener a su familia, se le ocurrió al director mientras vivía en EE.UU., donde residió 18 años. “Un día, en Nueva York, me desperté a las cinco de la mañana para leer todos los diarios argentinos antes de ir a filmar, y pensé ‘pobre el abuelo, que no podía hacer esto’, pero después, destruido por la realidad argentina, me dije: ‘bueno, qué suerte que el abuelo pudo olvidarse de todo y empezar de cero’. O sea, el desarraigo, antes y ahora, es tremendo.” Y sobre el desarraigo cabalga Vientos de agua, porque tanto en el barco “Aquitaine”, que trae al asturiano Andrés Olalla a la Argentina, como en el piso madrileño en el que se hospeda muchas décadas más tarde su hijo, hay cubanos, húngaros, franceses, italianos, gente que por un motivo u otro tuvo que dejar su tierra y se hace mutuamente una compañía precaria pero al mismo tiempo férrea: la compañía que se hacen los desesperados. Allí nacen esas amistades que se mantendrán de por vida y los roces inevitables de los que intentan permanentemente mantener algún tipo de
equilibrio” (28).

.....

Dejaron su tierra en busca de un futuro mejor, la añoraron y algunos regresaron a ella. Otros viven en América. Son los asturianos, los que han quedado eternizados en obras literarias, en televisión, y en testimonios de inmigrantes y sus descendientes.

Notas
1. Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, en http://www.muslera.com/indianos/.
2. Méndez Muslera, Luciano: “Somao, el pueblo indiano de Pravia”, en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
3. Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Nebrija, 1978. Citado por Méndez Muslera, Luciano en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
4. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo 2000.
5. S/F: “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Buenos Aires, Clarín.
6. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op. cit..
7. Estrada, citado por Páez, Jorge, en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
8. Méndez Muslera, Luciano: “Salida del emigrante”, en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
9. Texto escrito en noviembre de 2007.
10. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
11. Guerriero, Leila: en La Nación Revista.
12. Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en SEFARaires, N° 14 y 15.
13. Entrevista a Félix Luna, en http://www.iaef.org.ar/mails/960noticiaef152/Reunion_de_diciembre.htm.
14. Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1989.
15. Noy, Fernando: “A los ‘pieses’ de la Marshall”, en Clarín, Buenos Aires, 24 de mayo de 2003.
. VICTORIA OCAMPO, por María Esther Vázquez. Buenos Aires, Planeta, 1991. 239 páginas.(Colección Mujeres Argentinas, dirigida por Félix Luna). Foto de tapa: Man Ray, 1930. Investigación y edición fotográfica: Marisel Flores, Graciela García Romero Felicitas Luna. Reproducciones: Filiberto Mugnani.
16. Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL, 1998.
17. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
18. Poletti, Syria: Extraño oficio. Buenos Aires, Losada.
19. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
20. Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
21. Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
22. Lojo, María Rosa: Las libres del Sur Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
23. Blaisten, Isidoro: “Carroza y reina”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986.
24. García, María del Carmen: “Ojos gitanos”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
25. Resnizky, Hilel: Puentes de papel. Buenos Aires, Milá, 2004.
26. Portogalo, José: “Los pájaros ciegos” (Fragmento), en Portogalo, José: Los pájaros ciegos y otros poemas. Selección: José Portogalo. Prólogo: Josefina Mercado Longhi. Buenos Aires, CEAL, 1982. Pág. 72. (Capítulo, Vol. 132).
27. Lamazares, Silvina: “DETRÁS DE ESCENA DE LA GRABACION DE ‘VIENTOS DE AGUA’ Una historia de inmigrantes en dos tiempos”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de setiembre de 2005.
28. Russo, Sandra: “Vientos de agua”, la miniserie dirigida por Juan Jose Campanella “Antes y ahora, el desarraigo es tremendo”, en www.pagina12.com.ar, 11 de Junio de 2006.

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Baleares

Testimonios

Alvaro Abós escribió sobre Juan Torrendell, acerca de quien afirma: “Uno de los más singulares libreros y editores de Buenos Aires fue el mallorquín Juan Torrendell, cuyo sello Tor publicaba libros que no siempre respetaban su integridad (Torrendell solía tijeretear los originales para adaptarlos a los pliegos disponibles) pero que, a veinte o treinta centavos el tomo, llevaron autores clásicos y modernos a millones de lectores. Acosado por una de las tantas ‘crisis’, Torrendell tuvo una idea extrema: en su local de Florida, bajo una gran balanza, colocó carteles que ofrecían: ‘Un kilo de libros a 1 peso, dos kilos por 1,50’. El escándalo fue memorable y a él contribuyó la airada protesta de la Academia Argentina de Letras para la cual la idea del mallorquín resultaba herética. En su erudita investigación Libreros, editores e impresores de Buenos Aires (1974), Domingo Buonocuore transcribe la solicitada aparecida en varios diarios el 6 de junio de 1934: la Academia pedía ‘al público lector’ que no aceptara el sistema de libros por peso ya que ‘equipara la producción intelectual con una vil mercancía’. Pero la librería estaba colmada a toda hora” (1).

En “El equipo de traductores de don Juan”, Fernando Sorrentino escribe: “Lecturas seleccionadas y completas a precios que por su calidad son insignificantes. Estos volúmenes lujosamente presentados, con 250 y 300 páginas, impresos en papel de calidad superior y llamativas portadas en colores. Pedirlos en todas las buenas librerías de América. El primer párrafo se encuentra en la contratapa de El fantasma de la Ópera (Buenos Aires, Tor, 1944), de Gaston Leroux; el segundo, en la de El hombre invisible (Buenos Aires, Tor, 1948), de Herbert George Wells. De que los precios eran insignificantes, no cabe duda alguna; pero nadie se atreverá ni siquiera a insinuar que los volúmenes estaban lujosamente presentados e impresos en papel de calidad superior. La Editorial Tor, que perduró —según creo— hasta más o menos 1950, tuvo un catálogo extenso y heterogéneo. De los muchos libros que —por su bajo precio— compré en mi adolescencia, sólo conservo algunas reliquias: conocí a Pedro Antonio de Alarcón por El capitán Veneno, y a Benito Pérez Galdós por Misericordia. Manuel Gálvez publicó en Tor sus polémicas biografías Vida de don Juan Manuel de Rosas, Vida de Sarmiento y Vida de Hipólito Yrigoyen. También apareció con ese sello la primera edición (1935) de la borgeana Historia universal de la infamia. Las novelas rosas de M. Delly eran vecinas de los libros críticos y filosóficos de Giovanni Papini. Y hasta un juvenil Bioy Casares editó, en 1933, con el seudónimo de Martín Sacastrú, su segundo libro: Diecisiete disparos contra lo porvenir” (2).

Notas
1. Abós, Alvaro: “Pasión por los libros”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 2004.
2. Sorrentino, Fernando: “El trujamán: El equipo de traductores de don Juan” Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes (España), 14 de enero de 2004.


Cuentos

En “La niña de Ibiza” (1), Jorge Alberto Reale refleja la emigración y la nostalgia de una familia oriunda de esa localidad: “Esta historia comenzó un poco antes de la Guerra Civil Española del Año 36, en la baleárica isla de Ibiza, que es cuando los Ramallets decidieron abandonar su terruño y emigrar a Sud América. Fue así que un día del mes de febrero del año siguiente recalaron en Buenos Aires. No conocían a nadie. Estaban solos. Debían comenzar de nuevo. Primero se alojaron en el Hotel de Inmigrantes, después en otros albergues aún menos confortables hasta que Don Diego, el padre, consiguió un empleo remunerado y una casa”.

Notas
1 Reale, Jorge Alberto: “La niña de Ibiza”, en el grillo, N° 42, Noviembre-Diciembre 2005.

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Canarios

Testimonios

Luego de ver las fotos del Bar Iberia en el fotoblog http://colectividadesargentinas.blog.arnet.com.ar/archive/2008/0..., me escribe Sebastián Jorgi: "al ladito del bar "IBERIA", en el que tantas veces pernocté... estaba el "INTERNACIONAL" un boliche largo, por Av. de Mayo, un boliche camarote, famoso. Si pasás por ahí, verás que está tapiada la entrada con madera... A ese boliche le decían LA JAULA, porque iban muchos canarios. Yo me sentaba en banquetas altas de madera contra el estaño, a veces en mesitas que estaban todas contra la pared... Allí se armaban trifulcas y peleas por discusiones entre republicanos y franquistas".

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Cántabros

Testimonios

Eduardo González Lanuza nació en Santander en 1900; falleció en Buenos Aires en 1984. Recuerda los esfuerzos de su maestra por borrarle la pronunciación española: “En su bondadosa preocupación por su alumno me creó, sin sospecharlo, un serio problema, a sus oídos habituados a las dulzuras del decir criollo debieron molestarle las crudezas de mis acentos hispánicos, acaso el entusiasmo patriótico de aquellos años fervorosos del centenario, le inspiraron la urgencia de adaptarme de inmediato a lo argentino”.
Así sucedió: “Ello fue que un cierto día decidió dedicarse durante los recreos a luchar con aquella, su suavidad, tan eficaz en mí, contra una erizada prosodia santanderina, tajante de jotas, capaces de degollar a quien las pronunciara, restallante bajo el doble látigo de las elles, resbaladiza de zetas y ce, para reemplazarla por la tierna indecisión de la ce argentina, vacilante entre la ce y la ese, limar el filo despiadado de las jotas y hacerme deslizar por las blanduras del yeísmo”.
El alumno aprendió rápidamente: “Dócil a su reclamo, que además facilitaría mi trato con los compañeros al eludir las pullas que mi primitiva pronunciación provocaba, adelanté raudamente en el proceso de desintegración de la prosodia ibérica”. Mas a los padres no les satisfizo este avance del niño: “”¡Pero ay de mí! En mi casa, mis padres opinaban de otra manera y las desacostumbradas inflexiones recién adquiridas por mi voz, eran consideradas pecado mortal, clarísimo índice de que a convertirme en un descastado. De ahí mi temprana condición de bilingüe que me hizo acomodar a modismos distintos, según que tuviera que hablar en casa o en la escuela” (1).
En la provincia de Buenos Aires vive Francisco Sainz, “Hombre solo, siempre. De recién cumplidos 85 y costumbres rudas como el campo. Hijo de un español de Santander, el primero de la familia en meter la mano en esas tierras, hace cien años. La casa está en lo alto del terreno y todo alrededor es horizonte limpio. Un patrimonio de cuatro mil hectáreas compradas de a pedacitos, en las entrañas de Buratovich” (2).

Notas
1. González Lanuza, Eduardo: citado en “Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en Argentina”, por Colegio Schönthal, www.monografias.com.
2. Piotto, Alba (texto) y Digilio, Rubén (fotos): “Campo de batalla”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de marzo de 2004.


Memorias

Al igual que muchos de nuestros escritores, Baldomero Fernández Moreno evocó sus años de infancia, una edad escindida entre dos tierras, Argentina y España. Recuerdos de estos años se encuentran en su poesía (1), y también en su libro en prosa titulado La patria desconocida (2), publicado por primera vez en 1943, como anticipo. Quince años más tarde, esta obra se publica en la Biblioteca Menéndez y Pelayo, de Santander, con estudio preliminar de Gerardo Diego. En Argentina, La patria desconocida se edita en un solo tomo con otro volumen, Vida y desaparición de un médico, que había visto la luz en 1935. Ambos volúmenes se unifican bajo el título de Vida. Memorias de Fernández Moreno.
Sobre el origen de estas páginas autobiográficas, escribe Alfredo Veiravé: “Poco dispuesto a las obras de pura ficción, después de su madurez y de haber trasvasado su vida a poesías de todos los días, Fernández Moreno comienza a ordenar el pasado de su lejana infancia a través de sus memorias. ‘En vista de que pasaban los años y no se me ocurría nada –siempre esperando el argumento como una inspiración- me decidí a emprender esta narración de mi vida’, dirá en el prólogo que puede leerse en este libro”.
A criterio de Veiravé, “su prosa autobiográfica será un modo, pues, de ampliar o explicar su vida, con anterioridad al año en que se inicia como poeta édito”. En cuanto a la relación de esta prosa con su lírica, anota: “Las obras autobiográficas, en cambio, como si fueran la contraparte inevitable y necesaria de su obra en verso y de sus aforismos, se desenvuelven lentamente y crecen en numerosas páginas rescatadas del pasado, con sus personas, sus paisajes, sus experiencias y circunstancias entrañables” (3).
Un crítico ha señalado la aproximación existente entre lo autobiográfico y las efusiones líricas, sin referirse especialmente a la obra de Fernández Moreno. En la lírica –afirma Guillermo Ara-, se realiza una “aproximación que inmoviliza el instante y niega por ello el tiempo”; nos encontramos ante un presente cristalizado ya definitivamente. La lírica, por otra parte, no sitúa los hechos en el espacio y en el tiempo; ésta es una diferencia fundamental con las manifestaciones autobiográficas, donde el parámetro espacio-temporal nunca es olvidado y actúa, por lo general, como agente estructurador del relato. Lírica y autobiografía, exteriorizaciones de una misma intimidad se distinguen -afirma Ara-, por esta diferente atención prodigada al momento y al ámbito” (4).
En el prólogo a sus memorias, Hernández Moreno se refiere a la relación de las mismas con sus dos patrias, y deslinda la incidencia que España y la Argentina tienen en ellas: “Son páginas, pues, españolas por el recuerdo que las informa, argentinas por la mano que las trazó. Por eso este libro cobra un sentido vernáculo, americano. Y todo aquello en medio del suspirar por mi patria, por curiosidad, por exotismo, por poesía naciente, y, por lo que es lo cierto, por indefinible amor hacia ella”.
Guía al escritor el propósito de recordar y ordenar. “Desde luego que no escribo estas páginas ni para estudiarme yo y mi carácter, ni para extraer de ellas y ofrecer a los demás lección alguna de moral o grano de experiencia”, asevera. Dice que dicho propósito se presenta en él cuando sale de viaje, y considera que es lo que lo impulsa a escribir las memorias “sensación análoga (...) en previsión de viajes sin regreso” (5). Su temor a esta última travesía no era infundado, pues murió súbitamente en julio de 1950.
En su autobiografía, Fernández Moreno recuerda a sus padres, llegados de la península y afincados en nuestro país, donde disfrutaron al principio de una holgada posición económica. Describe la transformación que se operó en su padre, y afirma que la misma fue completa: “de muchacho aldeano a rico y conspicuo miembro de una colectividad, fundador de clubes y protector de hospitales”.
En este libro cuenta asimismo la emigración de sus abuelos maternos. “Es curioso saber cómo don Simeón Moreno se decidió a cruzar el mar –afirma-; la gesta de su antepasado es comparable, a su entender, con la de “aquellos adelantados en cuyas capitulaciones entraba también el traerse labradores y artesanos para el nuevo mundo”.
El autobiógrafo no se limita a recordar y ordenar, sino que comprende a los seres que va evocando, sabe de sus penas y sus alegrías. Del sufrimiento de quienes dejaron su patria, y de la perspectiva con que ese acto se ve muchos años después, dice: “Viejas navegaciones, viejos dolores, mundo de adioses y de lágrimas que uno cuenta ahora reposadamente y que parecen tan inútiles como dichos y exhalados por fantasmas”. Su sensibilidad ante el desarraigo que padeció la familia lo revela como un hombre profundamente respetuoso de ese sacrificio.
Cuando Baldomero Fernández, próspero emigrante, regresa a España junto con los suyos, con intención de quedarse definitivamente, el escritor tenía seis años. “Un día del año 1892 era recibido a su entrada con alegre estrépito de cohetes, mientras que un coro de ceñidos danzantes tejía alrededor del nuevo indiano y los suyos, levantando el polvo, los típicos bailes del país”, recuerda.
Poco habría de durar la estadía en España. Atrás quedarían los momentos que el hijo rememora con estas palabras: “Mi padre estaba de levita, muy atusado de bigote y mosca. No comprendía yo cómo, salido dela aldea tan pobre como cualquiera de aquellos rapaces que jugaban conmigo, por el hecho de haber pasado al nuevo mundo, se había transformado en un gran señor”. La fortuna del progenitor lleva al niño a pensar que todos debían emigrar y dejar el pueblo vacío. Como él, deben haber pensado los pequeños amigos que menciona.
Desde España, donde vivió entre los seis y los trece años, el poeta intentaba forjarse una imagen de la Argentina, que había abandonado siendo tan chico. Para conformar esta visión desde la lejanía, recurre a diversas fuentes. Una de ellas es la impresión que recibió su madre cuando arribó a la ciudad de Buenos Aires.
Fernández Moreno escribe: “La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre”.
Entre aromas de café y chocolate, en una tienda de ultramarinos, le muestran un grabado: “Una tarde me dijeron: esto es Buenos Aires. Era un grabado desteñido que representaba un caserío bajo, extendido, con torres y cúpulas. Una banderita flameaba muy contenta y un largo muelle se internaba en las aguas festivas de veleros. Esta fue la primera visión que tuve de la ciudad en que había nacido”, evoca.
La comunicación epistolar contribuye a aumentar el aura de fantasía que nimba a la ciudad, tal como la ve el niño; sobre uno de sus primos y los ecos de la urbe que éste le transmite, señala: “Entre lo que me hablaban de Leopoldo y lo que él escribía relatando sus andanzas porteñas, yo lo veía como un ser fabuloso, como envuelto en un torbellino. Era el clamor mismo de Buenos Aires que llegaba hasta mi”.
De Buenos Aires le hablan también un cuadro de San Martín partiendo la capa con un mendigo, y un álbum azul, descolorido: “Era un álbum de la escuadra argentina y yo doblaba sus páginas con mucha curiosidad y respeto. Me aprendía los tonelajes, el número de cañones y los nombres de los barcos, que me sonaban un poco raros”. Confuso sentimiento le despertaba el Himno, difícil para su corta edad: “Yo debo confesar que no lo comprendía en toda su majestad, ni el por qué de aquel grito de libertad tres veces repetido, ni sabia nada del dolor y la sangre derramados en montañas y en llanuras”.
El espíritu del niño se veía invadido por dos patriotismos; evoca la situación en las líneas en las que se refiere a las banderas argentina y española: “Yo vacilaba entre las dos banderas –comenta-: la azul y blanca de mi imaginación, y la roja y gualda que veía en todas partes”.
Con estos elementos de diferente procedencia, había creado el niño la imagen de “la maravillosa metrópoli de mármol, llena de helechos y gallardetes, y donde no debía haber más que oro y plata”. Poco tiempo después, se encontraría caminando por sus calles, confrontando la realidad con la fantasía.
La inmigración –asunto tratado por Baldomero Fernández Moreno con mucha más riqueza de matices que la que podemos reflejar en esta nota- es sólo uno de los temas sobre los que se expresa en La patria desconocida. El lector encontrará también en esta obra referencias a la familia, a la religión, a la naturaleza, a la literatura, a la educación, a los amigos, la muerte, la guerra de Cuba, las ciudades y los pueblos. Sobre todo ello puede escribir sin “perdonar ningún detalle”, creando estas “memorias de lo vulgar, de lo polvoriento, de lo menudo, a las que apenas si los años les dan un reflejo tímido de púrpura y de oro. Un libro casi para los hijos. Porque no se es otra cosa que un puentecillo tembloroso para que ellos pasen al futuro”.

Notas
1. Fernández Moreno, Baldomero: “Inicial de oro”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2. Fernández Moreno, Baldomero: La patria desconocida. Buenos Aires, Kapelusz.
3. Veiravé, Alfredo: “Estudio preliminar”, en Fernàndez Moreno, Baldomero: La patria desconocida. Buenos Aires, Kapelusz.
4. Ara, Guillermo: Vida y testimonio del escritor argentino. Trabajo inédito.
5. Fernández Moreno, Baldomero: “Prólogo” a La patria desconocida. Buenos Aires, Kapelusz.


En poemas

A su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno, en “Inicial de oro”:

“Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,
pero el primer recuerdo nítido de mi infancia
es éste: una mañana de oro y de neblina,
un camino muy blanco y una calesa rancia.

Luego un portal oscuro de caduca arrogancia
y una abuelita toda temblona y pueblerina,
que me deja en la cara una agreste fragancia
y me dice: -¡El mi nieto, que caruca más fina!-

Y me llenó las manos de castañas y nueces,
el alma de leyendas, el corazón de preces,
y los labios recientes de un divino parlar.

Un parlar montañés de viejecita bruja
que narra una conseja mientras mueve la aguja.
El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar (1).


El poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor del poema “Argentino hasta la muerte”, en el que se refiere a su condición de descendiente de españoles:

a buenos aires la fundaron dos veces
a mí me fundaron dieciséis
ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno
yo acuso siete españoles seis criollos y tres franceses
el partido termina así
combinado hispanoargentino 13 franceses 3
suerte que los franceses en principe son franceses
si no que haría yo tan español (2).

Notas
1 Fernández Moreno, Baldomero: “Inicial de oro”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2 Fernández Moreno, César: “Argentino hasta la muerte”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1979. (Capítulo).

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Castellanos

Testimonios

Tania nació en Toledo en 1898; falleció en Buenos Aires en 1999. En 1998, apareció esta noticia: “Entre risas y lágrimas, Tania fue homenajeada por su trayectoria artística, y declarada Personalidad Emérita de la Cultura Argentina. Sentada en el escritorio de su compañero de toda la vida, Enrique Santos Discépolo, la actriz y cantante recibió la distinción de manos de la secretaria de Cultura, Beatriz Gutiérrez Walker. (...) " ‘Yo, que fui a tantas fiestas, que recorrí tantos países y que recibí tantos premios, incluso el del Rey de España, nunca estuve tan emocionada como ahora’, dijo Tania con la voz entrecortada (1).
Una inmigrante nacida en Mataluenga del Bierzo, León, inspira a Niní Marshall: “su primer público es la gallega Francisca, la empleada doméstica, a la que ella inmortalizaría como ‘Cándida’ “ (2).

María Teresa León nació en Logroño en 1904; falleció en Madrid en 1988. En 1963, escribe la nota titulada “Soñemos con el viaje”, en la que expresa: “A lo lejos nos está esperando el itinerario previsto o tal vez la emoción de ver de nuevo la aldea que se dejó al venir o la visita a los parientes de los abuelos, que deben estar en tal lugar..., o las ciudades madres de civilizaciones ilustres o los museos donde se almacena el ingenio humano o las formas diferentes de la vida de los hombres en este mondo cane, que a veces se dulcifica en las fiestas”. Ella también parte: “A punto de tomar el avión escribí hoy, amigas mías. Es mi pañuelo en el aire. Dicen que los argentinos son viajadores. Claro. Yo sé que todas las sensaciones de liberación me están aguardando pero, como cualquier abuela al ir a tomar la diligencia o el tren, yo siento palpitar mi alma. Gracias por ello. Debe ser vuestra amistad que me despide. Hasta pronto. Antes de que suspire estaré al otro lado del mar” (3).
Leonor Manso destaca la importancia que tuvo para ella el viajar a Segovia, tierra de su padre, “que se había ido de allí a los once años y sólo había vuelto de visita a fines de los 60“. En Carbonero El Mayor, a unos cien kilómetros de Madrid, encuentra a sus tíos y recorre todo el pueblo “lleno de Mansos”. Sobre esta experiencia afirma en 2000: “Me fui viendo y reconociendo en cada uno de ellos. También empecé a sentir cada vez más fiebre: era un golpe fuerte verme puesta frente a mis orígenes de una manera brutal” (4).

Alfredo Alcón recuerda a sus abuelos castellanos: “soy hijo único de madre viuda. Mi papá murió cuando yo tenía tres años. (...) Mi madre salió a trabajar y me criaron mis abuelos. (...) Mi abuelo trabajaba en el hipódromo y mi abuela trabajaba en casa. Eran unos castellanos de una nobleza y una vitalidad... Son de las personas que más he querido en mi vida”.
La abuela tuvo que ver con el despertar de la vocación del nieto: “una vez mi abuela me llevó al cine y descubrí que esos seres que estaban allí no eran sólo luces y sombras, porque Bette Davis en la película estaba resfriada y se sonaba la nariz. Ahí descubrí que eran personas. Y empezó a inisnuarse la idea de que por ahí podía andar mi vocación, gracias al estornudo de Bette Davis” (5).

La periodista Telma Luzzani recuerda su viaje a El Cardedal: “El pueblo de mi abuelo es un pueblo fantasma. Se llama El Cardedal y para llegar desde Avila, hay que subir 80 kilómetros de un campo espiralado y pedregoso hasta el tope de la Sierra de Gredos, a 1300 metros de altura. Arriba, el aire es más intenso, la vegetación más sobria y la piedra más soberana. La imponente austeridad de la meseta castellana, me emocionó. ‘Este es el paisaje que mi abuelo vio cada día hasta los 14 años’, pensé. Era 1990. Mi viaje inaugural a Europa. ‘Soy la nieta de Alberto Sánchez, hijo de Estanislaa. ¿Cuál era la casa de mi abuelo?’, pregunté a un grupo de viejitos que charlaba al sol. Me contaron que ya nadie vive en El Cardedal; que ellos morirían de tristeza si no vuelven al pueblo y por eso sus hijos los llevan los fines de semana. ‘Yo conocí a tu abuelo’, dijo entonces el más viejito. ‘Un día de 1912, 57 hombres se fueron para América. Yo tenía 5 años y todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo’. Le agarré las manos y pude ver las imágenes de su memoria: vi al hombre adolescente que era mi abuelo partiendo para siempre” (6).

Quino creó al almacenero don Manolo y su hijo Manolito, personajes de Mafalda: “Al cabo de dos semanas de publicar en ‘El Mundo’ advierte que necesita más personajes para enriquecer la tira, y el 29 de marzo de 1965 aparece Manolito –Manuel Goreiro- inspirado en el padre de Julián Delgado, propietario en Buenos Aires de una panadería situada en Cochabamba y Defensa, en el histórico barrio de San Telmo” (7).
En “La vida es un dibujo Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito”, Andrea Rodríguez relata la historia del inmigrante español que inspiró el personaje: “Sólo tres de los personajes de Mafalda estuvieron inspirados en la vida real. Guille es hoy flautista de la Orquesta Sinfónica de Chile. Felipe adhirió a la revolución cubana y es funcionario del gobierno de Fidel. Manolito vendió la panadería poco antes de morir. Su hijo es uno de los 82 periodistas desaparecidos durante la dictadura. Por primera vez hablan los verdaderos personajes que Quino inmortalizó en la tira más célebre que dio la Argentina. A Manolito, lo cuentan sus familiares” (8).

Me escribe Stella Maris Latorre: "mi abuelo, que nació en 1881, se llamaba Juan Latorre y era el papá de mi padre Manuel Angel Latorre. Mi abuelo nació en Soria, pero no se sabe la aldea. No pudimos averiguar; buscaron por las parroquias pero no, sólo que él siempre dijo que nació en Soria. Era comerciante de cueros. Tengo un pariente que vive en Aragón -es Miguel Angel Latorre, el de las galerías fotográficas-; él está permanentemente haciendo trabajos importantes para el Reino de Aragón y muchas galerías muy famosas. El me dijo que no se sabía lo de la aldea y averiguamos mucho por los sacerdotes y en Santiago por el archivo también; además, él pertenecería a Castilla La Vieja, no? Yo, en realidad, la nacionalidad la tendré en breve por ser viuda de español (gallego de Lugo), pero hacía las averiguaciones de mi abuelo por conocer más de mis raíces. Mi abuelo inmigró en el año 1914; él había enviudado, así que al venir aquí se casó nuevamente con mi abuela, Paula Luján de Villa Garcia de Arousa y en 1920 nació aquí mi padre".

Eduardo Mues recuerda: “Mi abuelo Domingo González emigró de Soto en Cameros a Santa Fe (Argentina) hacia 1883. Yo llegué en 1998. Soto en Cameros, provincia de La Rioja, Castilla La Vieja, es un pueblo edificado principalmente sobre la ladera de una montaña, donde hoy viven solamente unas 50 personas. Llegamos una fría mañana de diciembre y luego de golpear varias puertas se nos apareció el primo Eduardo, caminando con su bastón y con todo su afecto. La recepción de Eduardo y Soledad fue extraordinaria. Compartimos siete horas de charla continua aprendiendo historias y tradiciones. La despedida fue más emotiva aún que la llegada y mis pensamientos estuvieron siempre con mi abuelo, a quien no conocí” (9).

Ana Drago Pérez viaja a Logroño, tierra de sus mayores. Así recuerda ese viaje: “Como en un sueño, me encontré parada en la puerta de la casa donde había nacido mi madre. Luego recorrí los 18 kilómetros que separaban Logroño de Ventosa con dolor, emoción, alegría y tristeza al mismo tiempo, pensando que ninguno de mis parientes había podido volver a su tierra. Mi corazón latía con fuerza cuando caminaba por la ladea, los campos y los viñedos por los que alguna vez caminaron ellos. Lloré, recé, reí y fui feliz. Había encontrado mis raíces” (10).

Horacio Fernández viaja, desengañado de la Argentina, a la tierra de la que vinieron sus padres: “Horacio vive ahora en el lugar que siempre conoció a través de relatos. Todo está igual a como le fue contado. Pero todo, también, es diferente. Por empezar, la barba ya fijó su color de nube y el pasaje no tiene fecha de regreso. Igual que hace setenta y dos años, cuando Felipa y Antonio desembarcaban en Puerto Nuevo con un par de bolsos y un papel con la dirección de unos paisanos –porque en España amenazaba el hambre-, el hijo, ahora, llegaba a Barajas –porque en la Argentina se come tierra- con un bolso y una anotación: ‘Carretera Pandorado 7, Sopeña de Carneros, Astorga’ “ (11).

Araceli Vázquez Málaga nació en Barco de Avila, Castilla la Vieja, en 1908; se nacionalizó argentina veinte años después. Una discípula la recuerda: “ ‘comencé a concurrir al taller de la española Araceli Vázquez Málaga, donde aprendí los rudimentos del arte. Se suponía que la pintura era algo más tolerable que la danza para una chica, pero claro, tomada como un pasatiempo, no como para dedicarle la vida, no como una profesión. Sin embargo, hace 45 años que soy artista plástica’, comenta Estela Pereda, que acaba de inaugurar la instalación Memoria desde adentro, un repaso visual sobre su obra que ocupa casi la totalidad del Museo Sívori, frente al lago de Palermo” (12).

Acerca de su madre, nacida en La Calzada de Béjar, escribe Alcira García: "su nombre es Ursula Hernández López, hija de José Hernández Pérez y de Balbina López Díaz. Ingresó a la Argentina en el vapor Ingland Pride, el cual zarpó del puerto de Vigo el 12 de diciembre de 1920, junto a mis abuelos. Trajeron con ellos dos baúles con sus pertenencias y desembarcaron el 8 de enero de 1921. Pernoctaron en el Hotel de los Inmigrantes y partieron a los pocos días a la zona de chacras de Tandil, dedicándose mi abuelo a las tareas de canterista y rurales en un pequeño predio en el que cultivaban maíz y verduras y también compraron animales vacunos. Mi abuela lavaba para las señoras del lugar y se desempeñaba como cocinera en un almacén de la Cantera San Luis, hoy Paraje La Vasconia. Recuerdo a mis abuelos siempre trabajando, pero también tenían un día en el cual se juntaban y mi abuela cantaba y tocaba sus castañuelas. Mi madre cumple ochenta y ocho años y mi regalo es que su familia esté en el Museo del Inmigrante".

Notas
1 S/F: “Distinción cultural a la gran compañera de Discépolo. Tania, Personalidad Emérita”, en Clarín, 11 de octubre de 1998.
2 Göttling, Jorge: “Biografías de Buenos Aires”, en Clarín, Buenos Aires, 4 de agosto de 2003. Imagen: www.cinenacional.com.
3 León, María Teresa: “Soñemos con el viaje”, en Mucho Gusto, N° 203. Buenos Aires, septiembre de 1963.
4 Ini, Luis: “Mi mejor cumpleaños”, en La Nación Revista, 16 de abril de 2000.
5 Ventura, Any: “Alfredo Alcón. A cara limpia”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 20 de marzo de 2005. Fotos: Mauro Rizzi.
6 Luzzani, Telma: “El éxodo”, en “El Mirador”, Buenos Aires, Clarín, 17 de octubre de 1999.
7 Walger, Sylvina: “Explicación”, en Quino: Mafalda Inédita. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1988.
8 Rodríguez, Andrea: “La vida es un dibujo Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito”. Veintidós, Año 2, N° 71; Buenos Aires, 18 de noviembre de 1999. (http://www.emp.uva.es)
9 Mues, Eduardo: en “Tendencias. La vuelta al origen”, Buenos Aires, Clarín, 17 de octubre de 1999.
10 Drago Pérez, Ana: “Los pasos perdidos”, en “Confesiones de lectores con memoria”, Buenos Aires, Clarín, 27 de septiembre de 1998.
11 Palomar, Jorge: “Diario del exilio”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
12 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Estela Pereda ‘Me llegó la hora de la danza’ “, en La Nación, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.


Novelas

Rubén Benítez, autor de La pradera de los asfódelos, me dijo en un reportaje: “El pueblo real es el de mi madre. Allí tomé el escenario, personajes, anécdotas y muchos elementos que me permitieron completar la historia de la cual yo tenía la faz americana. Me conmovió ver el puente sobre el Agueda del que tanto hablaba mi abuela. Me impactó la visión mítica de la Patagonia –que intenté traducir- que tienen muchos de los que quedaron aguardando a os que viajaron a América y no regresaron. O la imagen de la cigüeña, con sus inmensos nidos en los campanarios, ave migratoria que regresa siempre, por un misterioso vínculo, y está identificada con el renacer primaveral” (1).
En ese libro, un hombre que se marchó cuando llamaron a su quinta, escribe a una madre española: “Cuando el muchacho crezca, mándamelo. Hay campos inmensos sin labrar que pueden dar dos o más cosechas al año. Los animales, que no se cuentan sino de tanto en tanto, andan sueltos. Aquí hará fortuna. Cuando convoquen a su quinta mándalo. Y si quieres venir tú con él, vente. No te arrepentirás. Sobra lugar y faltan manos”. La madre exclama: “No, hermano. Prefiero que lo manden a Marruecos antes de que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos, de la Patagonia no vuelve ninguno” (2).

El viajero de Agartha (3), de Abel Posse, fue distinguida con el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México. El protagonista de la novela es Walther Werner, graduado en lenguas orientales y arqueología, teniente coronel de las fuerzas especiales nazis, quien se define como “el mensaje de salvación arrojado al mar enfurecido”. “Soy un SS –afirma-: mi primer mandato es matar o morir matando esa sucia rémora hija de una cultura pestilente y sentimental: la nostalgia, la roñosa humanidad y su engendro bastardo, el mentado ‘humanismo’ “. Es justamente esa postura ante la vida la que hace que se desvincule del hijo que tuvo con una española, que apareció muerta en Burgos “cuando entraron las fuerzas vencedoras de Franco”. Recuerda el momento en el que, en Madrid, cortó el débil lazo que lo unía al niño; entonces aparecen las referencias a la Argentina, país en el que se cría el pequeño, lejos de su padre.

En Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo (4), de María Rosa Lojo,. aparece un castellano. Uno de los personajes ”no supo decirles nada nuevo, salvo pedirles que esperasen al patrón, un gallego de Logroño que conocía probablemente a todos los españoles de la zona”.

Notas
1 González Rouco, María: “Rubén Benítez: el regreso a la entrañable tierra”, en El Tiempo, Azul, 10 de septiembre de 1989.
2 Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.
3 Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé.
4 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004. 

Cuentos

En “Fuera de juego”, cuento de Horacio Vaccari, el hijo de un italiano zapatero habla a su padre muerto: “Cuando conocí a Julia, tardé meses en explicarle cómo era mi familia y dónde vivía yo. A ella nada pareció importarle. Me presentó a los suyos. Su padre era dueño de una confitería del centro, un local deslumbrante de luces. Hablaba un español rotundo, aprendido en su pueblo castellano. Me apabullaba su seguridad. Lo sentí tan superior, que no supe explicarle cómo era usted” (1).

Notas
1. Vaccari, Horacio: “Fuera de juego”, en Cuentos elegidos. Buenos Aires, Troquel, 1978. 138 pp. 

Poemas

En “Regreso”, Rubén Benítez canta a su madre española:

Nuestra madre,
la pobre exclamaría
Has vuelto muy cambiado
como si fueras otro.
Jamás serás el mismo
que se ha ido.
Naciste con silencio
de abismo
en tu costado
y cuando te mecía
velaba ya en tu piel la indiferencia.
Tu cuna ya era un barco
de mares demorados
y de ausencias.

Pobre madre,
portaba en su mirada
distante y abatida
la luz del desencanto
triste flor de su tierra prometida (1).

Notas
1 Benítez, Rubén: “Regreso”, en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 3 de septiembre de 1998. 

En fotos

Fernando de la Orden homenajea a su abuela en un ensayo que “fue expuesto en el Centro Cultural Recoleta y publicado en forma de libro en la Colección Orbital bajo el título ‘Pan y manteca’, con el texto de Raquel Garzón” (1).
La abuela Lola “nació en Logroño, Rioja, en 1916. Su padre era militar y pasó toda su infancia residiendo en diferentes lugares de España, a donde él era enviado. A poco de cumplir 18 años de edad se casó con el abuelo Gerardo, suboficial del arma de artillería y, dos años más tarde, estando ella embarazada la guerra los separa. Durante los tres años de la guerra, de 1936 a 1939, no se pudieron ver. Finalmente, en 1950, deciden emigrar a la Argentina. Tienen tres niñas y aquí nace la cuarta. En 1977 muere el abuelo Gerardo. Hoy, la abuela Lola tiene 85 años de edad, cuenta con orgullo nueve nietos, diecisiete bisnietos y dos tataranietos” (2).
En “Fernando de la Orden La abuela Lola”, escribe Raquel Garzón: “No hay neutralidad en las imágenes de Fernando ni objetividad fotográfica ni pretendida distancia. Más bien, un homenaje de orgullo y afecto, la nostalgia de cierto reino (¿el del pan con manteca, los abrazos, el rin-raje?) y la certeza íntima, secreta, corajuda de que existe todavía en algún punto del mapa un lugar que podemos llamar hogar, mientras soñamos con volver a casa (3).
El fotógrafo dijo a Leila Guerriero que cuando la anciana mira la fotografía de su familia: “para ella debe ser impresionante ver la foto, y saber que ella y el abuelo crearon toda esa gente, esta vida. En ese sentido, creo que no piensa en la familia que dejó en España, sino en la que está acá. Y somos todos tan unidos también por la abuela” (4).

Notas
1 S/F: en www.fotomundo.com
2 ibídem
3 Garzón, Raquel: “Fernando de la Orden La abuela Lola” (Del prólogo del libro Pan y Manteca, Colección Orbital), en www.fotomundo.com
4 Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de mayo de 2002

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Catalanes

Testimonios

En “Los sueños de un profeta”, Tomás Eloy Martínez evoca al editor López Llausás: “Una tarde de domingo conocí en la casa de Victoria Ocampo al primer editor profesional de mi vida. Yo suponía entonces que los editores debían parecerse a Victoria y hacer un poco de todo: escribir, traducir, publicar revistas y pasear por Buenos Aires a los grandes personajes de ultramar. Como buen provinciano de veinte años, vivía yo en un mundo de ideas fijas, donde las personas y las cosas debían parecerse a lo que me habían dicho que eran. (...) El editor me habló, en cambio, de una profesión que era tan azarosa como un juego de dados. Se llamaba Antonio López Llausás. Me contó que era catalán (ya lo advertía su acento, puntuado por elles rotundas) y que los fragores de la Guerra Civil Española lo habían expulsado a Francia, de donde lo rescataron Victoria Ocampo y Oliverio Girondo para que fuera gerente general de la empresa que acababan de fundar: Sudamericana. La nueva editorial se abriría como un afluente de Sur, el sello de Victoria. ‘Un editor no debe dejarse conmover por el éxito ni por el fracaso -me dijo aquella tarde-. Tiene que publicar sólo los libros en los que cree. Si no lo hace, más vale que se ocupe de otra cosa’ “(1).
Margarita Xirgu nació en Barcelona en 1888; falleció en Uruguay en 1969. Alejandro Cruz (2) transcribe testimonios al respecto:
“El crítico teatral Joaquín Linares escribía en su columna de la revista El Hogar: "Buenos Aires adquiere -por un azar trágico- la categoría de metrópoli dramática del mundo hispanoparlante. ( ... ) Debemos considerar al teatro español como una actividad intelectual argentina".
"En 1944 y 45, -ocurrieron en Buenos Aires dos hechos de gran importancia: los estrenos mundiales de El adefesio, de Rafael Alberti, y de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Ambos espectáculos fueron montados en el teatro Avenida, por la compañía de Margarita Xirgu. Cincuenta años después, los protagonistas de estos hechos han alcanzado la alta categoría de figuras legendarias del teatro. Ambos estrenos, hechos representativos de la relación entre España y Argentina, y el Teatro Avenida como puente, se constituyen en un recuerdo querido de los teatristas de mi generación", señalaba el director Francisco Javier en una revista española”.
“Las perspectivas no siempre son las mismas, en la opinión de Neil Drago: "Desde un punto de vista estético no puede decirse que estas compañías aportaran gran cosa a la escena nacional. Ni siquiera contando, como fue el caso, con la directa vinculación de los escritores dramáticos que les acompañaban en el duro trance del exilio. ( ... ) Lo malo es que las novedades se agotaron bien pronto y la actriz catalana (Margarita Xirgu), como todos, tuvo que recurrir a las reposiciones y las traducciones de textos extranjeros".
Antonio Cunil Cabanellas, autor y director teatral, nació en Barcelona en 1894, y falleció en Buenos Aires en 1969. En un trabajo titulado “Por el éter en la década del 30. El 80° aniversario de la radio en Buenos Aires”, Edgardo J. Rocca señala que el catalán se contó entre las “figuras de relieve” que se expresaron por LS 8 Radio Stentor (3).
Alfredo Alcón manifestó en un reportaje: “Ingresé al Conservatorio porque a Antonio Cunil Cabanellas le parecí lindo. (...) Teníamos clases de danza, había que ponerse una malla y una camisa blanca y yo era un inútil. En esa materia tenía dos de promedio. Vino Cunil Cabanellas a los últimos exámenes para evaluar lo que se había estudiado en clase. Pasé yo y ocurrió lo de siempre, todos riéndose, y él dijo con ese tono suyo: ‘Nunca será bailarín, pero lo parece, y al fin y al cabo parecer es el trabajo del actor’. Me puso un ocho. (...) Gracias a Cunil di un examen y entré en la radio. Vivía con un sueldito. Transmitía el Mercado de Hacienda: eso de ‘entraron tantas vacas, tantos toros’. Tenía que decir cuántos toros habían ‘servido’ a la vaca y me daba vergüenza, me parecía medio pornográfico. José Cibríán, que estaba en Canal 7, me mandaba papeles para televisión, pero yo me quería quedar con mi sueldito” (4).
El actor Arturo Puig relata la historia de un antepasado: “A fines del siglo XIX, 1870, mi bisabuelo trajo de Barcelona e instaló en Buenos Aires la primera casa de utilería que hubo en el país. Con esa utilería se representaron y se filmaron buena parte de las grandes producciones que se enumeran en las historias del espectáculo argentino. Se filmaba en estudios donde todo se recreaba, desde salones de España del Siglo de Oro hasta cafetines del puerto. En la utilería podía encontrarse casi cualquier cosa, por extravagante que fuera, y lo que no existía se inventaba” (5).

Ana María Campoy nació en Bogotá, Colombia, en 1925. La actriz manifiesta sentirse “absolutamente argentina”: “Nací en Colombia en una gira de mis padres, que también eran artistas; me crié en Barcelona y vivo en la Argentina desde hace 53 años. Vale decir que mis raíces son españolas, el embrión es colombiano y el árbol es argentino. Y acá terminaré. Esa es mi idea” (6).
En Cataluña se pasaba necesidad. Campoy dijo en un reportaje: “¿Tú puedes entender comerte un plato de aceite de oliva, con cuchara? No lo podrías entender. Pero te lo comes, porque no hay otra cosa. Entonces, tienes, al otro día, una descompostura intestinal brutal, pero esa noche dormiste porque has llenado el estómago con algo, y el aceite de oliva es un alimento”. El hambre desconoce lazos: “Nosotros, que éramos unidos y nos amábamos, cuando llegaba el racionamiento del pan, cada uno agarraba su pedazo y lo escondía. Y lo escondía! Porque no nos fiábamos ni de nuestro padre” (7).
“En España vivíamos en San Gervasio, a pocos kilómetros de Barcelona –cuenta Remey Nuez Fontanals-. Y yo recuerdo que cuando empezó la guerra, mi papá nos fue a buscar al colegio en bicicleta y ya estaban todos los guardias civiles muertos... yo tenía nueve años. Mi padre falleció en esos días, de apendicitis. Así que mamá se quedó sola con los cuatro hijos. Yo, la mayor y mi hermana menor con nueve meses. Me acuerdo de que para poder vivir, mi mamá hacía estraperlo, contrabando de comida. Iba a los pueblos, compraba comida y la traía en el cuerpo, puesta. (...) en un viaje, en el que traía arroz en unos tubos escondidos en unos corsets, los guardias se dieron cuenta, y entonces mi madre se tajeó todo el corset, porque si la comida no era para nosotros, no se la iba a quedar nadie...Con mi hermana aprendimos y hacíamos estraperlo de carne, en las valijas del colegio... esa carne se vendía y podíamos subsistir”.
Remey llegó a Buenos Aires en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos en la bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés días así... durmiendo en literas, en catres, como los judíos en los campos de concentración...”. Sus primeros tiempos en la Argentina fueron muy difíciles. Lo recuerda más de cincuenta años después: “Llegamos a Buenos Aires y como mi marido no había hecho el servicio militar, lo llevaron preso, así que me quedé hasta que todo se arregló, sola. Después fregamos pisos... hicimos de todo. Vivíamos en un cuarto de pensión, con dos cajones de manzana y una tabla para comer; el colchón era de estopa, imagínate... Yo cocinaba con carbón y hervía los ravioles en una pava... pero más que nada comíamos hígado” (8).

La actriz y directora Patricia Palmer, hija de un catalán y una porteña, manifiesta: “En mi casa me inculcaron valores que por un lado me salvan, pero que también me trajeron problemas: fui educada en una burbuja donde la honestidad y el honor eran la regla general, y la vida me fue enseñando duramente que eso tiene más que ver con la utopía que con la realidad” (9).

Horacio Spinetto se refiere a diferentes oficios que desempeñaron los catalanes.
Hubo vitralistas: “Antonio José Estruch, tercera generación de una familia catalana, pionera en nuestro medio, que entre tantas otras obras realizó los vitraux del "Café Tortoni", de la Capilla del Colegio San José, del Instituto Tierra Santa, del "Claridge Hotel", y del Hogar Nuestra Señora de Jesús, en Paraguay 1368, y que continúa brindando sus conocimientos desde su local de la calle Solís al 200; Vilella y Thomas que realizaron los vitraux del Casal de Cataluña porteño, que representa a San Jorge y el dragón; Manuel González, en Catamarca 1158, que aprendió las técnicas del maestro Enrique Helovuri en un viejo taller de Billinghurt y Cangallo; Enrique Lumi, ya su padre en 1912 había fundado el taller donde fabricaban y restauraban vitraux; Carlos Scharf; Carlos Herzberg; Angel Pastore; Roberto Grau; Roberto J. Soler; Juan Heguiabehere; Sabina Aba; Marcela Carro; E. Fino, quien por la década del 40 realizó tres pequeños vitrales en el baño de caballeros de la confitería "Las Violetas; Daniel Ortolá que restauró recientemente los magníficos vitraux de la afortunadamente reabierta, y ya citada, "Las Violetas", y Félix Bunge, con taller en Santiago del Estero 924, y más de 20 años de minuciosa investigación y trabajo de excelente factura, reciclando innumerable cantidad de piezas en edificios públicos y privados, son algunos de los especialistas, que mantienen vivo el oficio del vitral, haciendo sus propios diseños, ejecutando los realizados por otros artistas, o bien ocupándose de alguna restauración”.
Hay plateros de sangre inmigrante: “En 1804 llegó a Buenos Aires el primer Pallarols, procedente de su Barcelona natal, ciudad donde desde 1750 la familia, generación tras otra, se dedicó a la platería. En la actualidad, Juan Carlos Pallarols, en su local de Defensa donde antes funcionó una de las panaderías tradicionales del barrio de San Telmo, dirige el equipo de trabajo integrado por sus hijos Carlos Daniel y Adrián (séptima generación de plateros), y por Omar Ojeda, Luis Alonso, Alejandro Micheli, Angel Domínguez y Carlos Dijer. Meritxell, su nieta de cinco años, ya está aprendiendo a golpear. Ingresar en este taller es como descubrir un maravilloso mundo lleno de magia. Los artesanos trabajando, cada uno dejando su impronta personal en las piezas; las herramientas; el repiquetear de la fragua más el tañido de cinceles y martillos y el brillo cambiante de los metales generan un ambiente especial, resultando fácil imaginar que estamos en medio de una cofradía de artesanos medievales. La plata llega al taller en estado puro. El proceso se inicia en el crisol de fragua (la aleación con el cobre le dará ductilidad y maleabilidad). A continuación se funden lingotes de un kilo, que Pallarols transforma en planchas o en alambres para permitir realizar las piezas deseadas. A partir de allí y luego de horas de cincelado, de batido a martillo y de una gran energía creadora, se llegará a lo buscado, un objeto único. Si bien los plateros trabajan generalmente por encargo, suelen dejar de todas maneras su estilo personal en los diseños. En el caso de Pallarols el barroco rioplatense está siempre presente. Entre algunas de las piezas realizadas por este artesano recordamos al mate que el presidente Raúl Alfonsín le encargó para obsequiarle a Felipe González, al que Pallarols le grabó el nombre Isidoro, como llamaban al estadista español de chico, y como se hacía llamar ya más grande, para esconderse de las persecuciones franquistas. También se destaca el cáliz realizado a pedido del presidente De la Rúa, para obsequiárselo al Papa Juan Pablo II. Hojas de malvón, y flores de cardo, "la verdadera flor nacional", una pluma realizada por su abuelo, un ángel tocando la trompeta, y las lunas, que para Pallarols tienen un interés que va más allá de la estética, al emparentarla con la alquimia y la magia que siempre tienen lugar a la luz de la luna. No debemos olvidar que la familia realizó muchos de los bastones presidenciales. Junto a los elementos de trabajo de los plateros y de sus obras, el taller de la calle Defensa deja ver, además, una hermosa colección de máscaras que perteneció a Guilermo Magrassi, junto a instrumentos de música, cuadros y otros objetos”.
Una Clínica de Muñecas fue fundada por un catalán: “Antonio Caro, está al frente de la clínica desde 1941, él mismo nació en una casa de muñecas, en un negocio fundado en 1896 por su padre; don Francisco, un escultor catalán, nacido en Tortosa; que quedaba en Lima e Independencia. Los Caro tuvieron dos negocios más, uno en Talcahuano al 800 y otro en Gaona al 3600, a cargo de la esposa de Francisco y mamá de Antonio, doña Herminia Dolz, también catalana. En el año 1968 Antonio se instaló en el local que aún ocupa, a menos de dos cuadras del de Lima, siempre alrededor de la Casa de Ejercicios Espirituales. Al referirse a su tarea, don Antonio dice: "Una cosa es arreglar una muñeca de porcelana y otra muy distinta, una de plástico, mecánica. Tuve que ir perfeccionando el trabajo, hacer un poco de mecánico, de electricista, para poder arreglar este tipo de muñecas.. La época de oro de esta actividad fue en los años 30 y 40, imagínese que en la calle Tucumán, en una misma cuadra, al 1000, había dos clínicas de muñecas". Caro tiene en la trastienda todos los elementos y piezas para poder realizar con éxito su intervención. En esta suerte de depósito de cuerpecitos mutilados de goma, paño, porcelana, cerámica, yeso o papel maché, las numerosas cabezas de pasta alineadas en los estantes, parecen observar sonrientes nuestros movimientos, sin despegarnos la mirada, pese a algún que otro párpado caído. En una pequeña mesa de madera, Caro renueva ojos, cose cuerpos de género, hace implantes de cabello, maquilla, laquea las piezas y confecciona pelucas, que en muchos casos son de pelo natural que le llevan los clientes. Don Antonio, un verdadero cirujano plástico de "Gracielitas", "Marilús", "Pierangelis", "Peponas" y "Mal criados", recibe encargos desde Italia, Australia y Estados Unidos. Al salir desde la vidriera nos despide un busto de Florencio Parravicini, obra de don Francisco. "Para mí esta escultura de papá es un tesoro, - confiesa Antonio- pese a varias ofertas que recibí nunca lo vendí, jamás me desprendería de ella" (10).

Patricia Díaz Bialet, bisnieta de Juan Bialet Massé, es entrevistada por Ignacio Di Toma Mues: "La lucha contra el analfabetismo era una prioridad en el pensamiento de Bialet Massé y así lo escribe en su informe de 1904. 'Antes de realizar el informe lo dice en una conferencia que había dado a los obreros ferroviarios, sobre la ley y el obrero', dice Patricia y nos cuenta ue su bisabuelo afirmaba, literalmente, 'que a los patrones hay que darles en la cabeza con la ley; que el obrero debe instruirse, educarse, y en la educación entre el arte, no sólo la matemática, la historia y la geografía. De instruirse ¿para qué? para hacerse más inteligentes, ¿para qué? Para defenderse ¿de qué? De los posibles explotadores que existieron, existen y existirán" (11).

Notas
1 Martínez, Tomás Eloy: “El sueño de un profeta”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de septiembre de 1999.
2 Cruz, Alejandro: " ‘Nuestro’ teatro español”, en La Maga, 1° de diciembre de 1997.
3 Rocca, Edgardo J.: “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires” (N° 9 y 10, Mayo y Julio de 2001, respectivamente), que autorizó su reproducción a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. www.defensoria.org.ar.
4 Ventura, Any: “Alfredo Alcón. A cara limpia”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 20 de marzo de 2005. Fotos: Mauro Rizzi.
5 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Arturo Puig ‘Ensayar es encontrarse con uno mismo’ “, en La Nación, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.
6 Yarroch, Gustavo: “Ana María Campoy ‘Yo sigo gozando de la vida’ “, en Clarín, Buenos Aires, 7 de abril de 2003.
7 Guinzburg, Jorge: “Ana María Campoy ‘A mí los hombres me gustan con locura’ “, en Clarín Viva, 4 de agosto de 2002.
8 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
9 Madrazo,Cecilia: “Patricia Palmer 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 13 de octubre de 2002.
10 Spinetto, Horacio: “Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
11 Di Toma Mues, Ignacio: "Un hombre honesto, sincero, de coraje y lucidez", en www.elbarriopueyrredon.com.ar. Imagen: www.pagina12.com.ar.

Biografías

En la “Historia y vida de Fray Salvador Solá (Pedro Solá Vilalta)”, se afirma: “Fray Salvador Solá nació en Ripoll, España, el 4 de enero de 1911; su verdadero nombre es Pedro Solá Vilalta, pero al ingresar a la orden de San Francisco cambió su nombre por el que se lo conoció. (...) ‘Ciudadano Ilustre’ de Río Cuarto, y una de las figuras más preclaras del franciscanismo en el último medio siglo, ha ingresado con la fuerza de sus obras, en el capítulo de la historia Regional que cierra con el propio siglo que le tocó vivir, una de las páginas más edificantes por el propio testimonio de vida que desde la sencillez, la humildad, la alegría en el servicio, la fe que le hizo mover y de su entrega. Si bien Fray Solá será siempre recordado por esta obra magnífica del templo, es cierto que mostró una personalidad que le hizo ganar la admiración de cuantos le trataron y conocieron. Dotes espirituales que le consagraron como legítimo " Ciudadano Ilustre ", reconocimiento que le fuera otorgado por el Honorable Concejo Deliberante el 27 de setiembre de 1995, por Ordenanza 816 / 94 ; también " por su ejemplo de honradez y sacrificio " fue distinguido el 22 de octubre de 1997 con el premio a la Excelencia, por el Instituto Argentino de la Excelencia. Junto a estos públicos reconocimientos, está el de la gente. Que le recuerda enhebrando sus rosarios con cuentas de las propias plantas que él mismo cultivaba, su espíritu alegre y servicial, su fidelidad a la iglesia y al espíritu franciscano de pobreza y humildad, al entero servicio de los demás” (1).

Notas
“Historia y vida de Fray Salvador Solá (Pedro Solá Vilalta)”. Idea y realización: Directora Archivo, Lic. Arch. Inés I. Farías. Fray Daniel Sánchez Grgona, sobre documentos y fotografías del archivo Convento San Francisco Solano Río Cuarto. Fuentes: Bodas de Plata de la congregación de la Iglesia San Francisco Solano 1969 - 1994 ( publicación Gentileza: Fray J Rafael Colomer Barber, Archivo Histórico "Fray José Luis Padrós" (Convento San Francisco Solano) Fotos exterior nueva Iglesia: Gentileza Fotógrafa Sra. Teresa Scherrer. Trabajo Recopilación de datos y fotos: Eduardo. M. Tyrrell. 

Novelas

En la adolescencia, el protagonista de La gran aldea (1), de Lucio V. López, acude a la escuela de dos maestros. Uno de estos maestros era inmigrante: “Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la reina de España, doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase que él aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado. Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con fruición, de los tesoros de Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia”.

María Angélica Scotti evoca, en Diario de ilusiones y naufragios (2), la vida de una inmigrante española, desde que, en la infancia, deja España con su madre; a ellas se unirá un italiano que la mujer conoce a bordo. “El primer recuerdo que me aparece es el viaje”, dice la protagonista de la novela que mereció el premio Emecé 1995/6. “En verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso resolvió esconderme” .

En Lunas eléctricas para las noches sin luna, de Belén Gache (3), la protagonista se refiere a un canillita de ese origen: “A unos metros, un grupo de muchachos se reúne alrededor de una caja de zapatos. Son los canillitas. Llevan medias largas y pantalones cortos y sus cabezas se encuentran cubiertas con boinas. Cargando pesadas pilas de diarios, se encaraman a los tranvías en movimiento de forma tan descuidada que, más de una vez, han provocado accidentes. Ya varias veces he visto cómo los agentes de policía les llaman la atención. Entre los muchachos, reconozco a Gregorio, un chico de origen catalán, amigo de Mirko”.
El padre de Gregorio, imprentero, es anarquista: “Hoy por la tarde por fin me decidí y fui a buscar el reloj de papá a la relojería. Estaba por llegar al local de Copelius cuando vi que de ahí salía un policía. Pocos segundos después, salían dos agentes más llevando a la rastra a don Antonio, el padre de Gregorio, ataviado con su mameluco gris manchado de tinta”.
En otra página, escribe Gache: “Bordeando el convento, la calle Viamonte se extiende alternando fondas llenas de marineros con casas de remates, regenteadas por catalanes, gallegos o andaluces que venden objetos dorados por oro fino y piedras transparentes por diamantes” (3).

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, Vittorio “salió a buscar a Julián Soto, el hombre que le había indicado el Catalán. Si, tal como prometió, el Catalán había enviado un telegrama, los compañeros tenían que estar aguardándolos” (4).

Notas
1. López, Lucio V.: La gran aldea. Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Scotti , María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.
3. Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
4. Drucaroff, Elsa: El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas). Pág. 265. 

Cuentos

H. Bustos Domecq es el seudónimo con el que firmaban Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares algunas obras escritas en conjunto. En uno de estos textos, que se titula “Las noches de Goliadkin”, un personaje expresa: “-Comparto su aversión a la radio. Como siempre me decía Margarita -Margarita Xirgu, usted sabe- los artistas, los que llevamos las tablas en la sangre, necesitamos el calor del público. El micrófono es frío, contra natura. Yo mismo, ante ese artefacto indeseable, he sentido que perdía la comunión con mi público” (1).

En “Las señoritas de la noche”, Marta Lynch presenta un almacenero catalán: “El almacenero arreció en su reyerta milagrosa, recrudeció en los gritos y en los golpes con su férrea y antigua furia de anarquista; los vecinos oían ahora incomprensibles vocablos catalanes y su recia decisión de no dejar al cura aquel que hiciera un marica de su hijo. La cabra, esa piojosa de almacén, su mujer que seguía siendo linda todavía pasó a un segundo plano. Por una vez en la vida, marido y mujer concordaron en mortificar al chico tapado hasta la cabeza en su diván cama, detrás del tabique, en la pieza, junto al gallinero. Ahora gritaban los dos en cada ocasión en que se establecía una tregua y gritaban contra el catecismo, contra el cura piojoso y contra todos los curas del mundo. Porque era preferible haber ahogado a Arturo antes de nacer que verlo convertido en una rata de la iglesia” (2).

Patricio Pron, escritor santafesino, es el autor de “La espera”. El protagonista “era porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías. Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires”. El padre muere a poco de llegar a la Argentina. El hijo pregunta por qué murió. “ ‘Porque sus ojos estaban acostumbrados a mirar el cielo azul de Cataluña’ le dijo su madre, y a Juan Vera le bastó esa mentira para confirmarse, sereno, que Dios lo había olvidado” (3).

Notas
1 Bustos Domecq, H. (Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares): “Las noches de Goliadkin”, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selecc. de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
2 Lynch, Marta: “Las señoritas de la noche”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967.
3 Pron. Patricio: “La espera”, en De manos abiertas... Cuentos por adolescentes. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
 

Cuentos infantiles y juveniles

Había catalanes entre los personajes de “No hagan olas”, de Elsa Bornemann: “En aquel conventillo de Buenos Aires, cercano al puerto y donde vivían hace muchos años, los inquilinos argentinos tenían la costumbre de poner apodos a los extranjeros que –también- alquilaban alguna pieza allí. No eran nada originales los motes, y errados la mayoría de las veces, ya que –para inventarlos- se basaban en el supuesto país o región de procedencia de cada uno. Tan supuesto que –así, por ejemplo- don José era llamado ‘el Ruso’, aunque hubiera nacido en Ucrania... A Sabadell, Berenguer y sus esposas les decían ‘los gallegos’, si bien habían llegado de Barcelona sin siquiera pisar Galicia... Apodaban ‘los turcos’ al matrimonio de sirilibaneses; ‘los tanos’, a la pareja de jóvenes italianos de Piamonte que jamás habían conocido Nápoles e –invariablemente- ‘el Chino’, a cualquier japonés que diera en fijar allí su transitorio domicilio. Sin embargo, podríamos deducir un poco más de conocimientos geográficos, de información y hasta cierto trabajo imaginativo por parte de aquellos pensionistas argentinos, de acuerdo con los sobrenombres que les habían adjudicado a la dueña de la casona y a su hijo. Ambos eran griegos. Por lo tanto ‘la Homera’ y ‘el Homerito’, en clara alusión al autor de La Ilíada y La Odisea, el genial Homero. Por supuesto, a todas las criaturas que habitaban esa construcción tipo ‘chorizo’ (cuartos en hilera, cocina y bañitos ídem, abiertos a ambos lados de un patio), los `rebautizaban’ con los mismos motes que sus padres, sólo que en diminutivo” (1).

Notas
1 Bornemann, Elsa: No hagan olas (Segundo pavotario ilustrado. 12 cuentos). Ilustraciones: O´Kif. Buenos Aires, Alfaguara, 1998.

Teatro

En Canillita, de Florencio Sánchez, aparece un mercero catalán, que pregona su mercadería: “¡Toallas, peinetas, jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles de hilo, madapolán, pañueletas! (...) Pañueletas, calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas, libros de misa. (...) Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes de vestido, tarjetas postales, jabón...” (1).

Notas
1 Sánchez, Florencio: Canillita, en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).

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Extremeños

En poemas

Enrique Larreta canta, en “Las criadas y el niño” (1), a las domésticas españolas:

Que otros digan de escuelas y de universidades.
Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura
y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!
y las que me enseñaban a palmear soledades.

En su poema “En el día de la recolección de los frutos” (2), Alfredo Bufano homenajea a la inmigración española:

¡Salud, nietos sin mengua de Francisco Pizarro
y de Ruy Díaz de Vivar;
hijosdalgo de Avila de los Caballeros,
sudorosos hacheros de Ontoria del Pinar,
labriegos de las rudas mesetas castellanas,
pescadores galaicos de las rías y el mar,
hortelanos de Murcia, vascos roblizos, fuertes
extremeños: ¡larga gloria tengáis
todos vosotros, hijos de las viejas Españas,
hombres de eterna y recia y heroica mocedad,
en cuyas venas corre la misma sangre nuestra
y cuyas bocas se abren con nuestro mismo hablar!.
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Gallegos
ver http://volveragalicia.blog.arnet.com.ar
 

Madrileños

Testimonios

Ulpiano Checa (Colmenar de la Oreja, Madrid, 1860 – Francia, 1916), “que fue contemporáneo de Sorolla, Pissarro y Moreno Carbonero, está considerado uno de los pintores más destacados de su tiempo. Tras una estada en París, donde contrajo matrimonio con una argentina, Matilde Chaye Courtez, hizo varios viajes a nuestro país que marcaron su trayectoria. En el último de ellos, realizado en 1906, pintó un monumental retrato ecuestre del general Bartolomé Mitre (1821-1906), que recientemente fue restaurado. (...) En Madrid, Checa cursó sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios y en la Escuela de Bellas Artes. Entre 1884 y 1888 vivió en Roma, donde recreó escenas de la vida durante el imperio, con sus circos, carreras de cuadrigas y batallas. Su visión realista de la Roma de los Césares hizo que sus imágenes sirvieran de inspiración para las grandes producciones de Hollywood, como "Ben-Hur", "Espartaco" y "Gladiador. (...)" (1).
“ ‘Pinturas brillantes, de buen colorido y buena técnica’, así define a la pintura de mercado decimonónica Roberto Amigo, historiador del arte y docente de la Universidad de Buenos Aires. ‘La obra de Checa, como la de muchos otros del período, tuvo un lugar importante en el mercado del siglo de fines XIX. En Buenos Aires existía un sector de la burguesía que estaba integrado por miembros de la colonia española. Comerciantes, banqueros, médicos que se enriquecieron en el Río de Plata y que eran los que adquirían sus cuadros y solicitaban los retratos. A esto último se lo llamó ‘la gira de retratos’ y era que un pintor europeo pasaba un tiempo en América y la gente hacía cola para que la pinte. (...)” (2).

Era madrileño Ramón Gómez de la Serna. Jorge Luis Borges lo evoca con estas palabras: “Nadie ignora que Gómez de la Serna dio conferencias desde el lomo de un elefante o desde el trapecio de un circo. (Las cosas que se dicen desde un trapecio pueden ser memorables, pero lo son menos que el hecho, deliberadamente singular, de que nos llegaron desde un trapecio). Escribía con tinta roja y elevó su nombre de pila, Ramón, trazado con letras mayúsculas, a una suerte de cifra mágica. Era, incontestablemente, un hombre de genio y hubiera podido omitir esas naderías. ¿Por qué no ver en ellas un juego, un generoso juego intercalado en ese otro juego de vivir y morir? Nació en Madrid en 1888. La guerra civil española lo impulsó a Buenos Aires, donde moriría en 1963. Sospecho que nunca estuvo aquí; siempre llevó consigo a su Madrid, como Joyce a su Dublín” (3).
Alvaro Abós incluye en uno de sus libros un relato de David Alfaro Siqueiros acerca de la participación del español en una discusión, durante una fiesta en casa de los Rojas Paz: “Los asistentes habían ya bebido copiosamente y ‘en la euforia de la conversación y en respuesta extraña a una de mis anécdotas de bravura mexicana en la Revolución Méxicana, Gómez de la Serna hizo la alusión siguiente: ‘En la Revolución Mexicana como en todas las revoluciones de México, no murieron más que aquellos a quienes agarró de sorpresa la muerte natural. Nadie ignora –agregó- que las revoluciones de los mexicanos son invariablemente incruentas’. (...) me pareció muy normal decir: ‘¡Gómez de la Serna, en las familias hay siempre dos tipos de hijos: aquellos que no se despegan jamás de las faldas de sus madres y esos otros que, despegándose de esas faldas, van a aventurarse valientemente por el mundo! Ustedes, los españoles de España, son hijos del primero, y nosotros somos hijos del segundo, del aventurero, de Hernán Cortés, de Pizarro, de Alvarado, de Ponce de León. Y quizás de ahí provenga nuestro temperamento belicoso’. (...) ‘El autior de Greguerías, dada la gran cantidad de alcohol que había ingerido y profundamente lastimado por aquello de la ‘pollera’ de las mamás de los que se habían quedado en España, creyó conveniente responder con una blasfemia, ya no sólo contra México sino también contra todos los pintores de América latina. Una blasfemia tal que el violento Lino Eneas (sic) Spilimbergo no pudo resistir y replicó lanzándole la bebida de una copa a la cara. Así llegaron las cosas a un grado de violenta pelea a botellazos y sillazos entre pintores y escritores y el alarde mío de empujar el piano contra un grupo de los opositores literatos” (4).

María Luisa Robledo nació en 1912; falleció en 2005. La española expresó en una entrevista: "He tenido una carrera muy hermosa, no me puedo quejar. Con todos los altos y bajos que tiene esta profesión, pero estoy muy satisfecha de ser actriz. La vocación me nació de siempre; ya desde chica cantaba. Fue la maestra del colegio quien advirtió a mi madre que yo estaba predestinada para todo lo que fuera arte. Entonces, mi mamá me apoyó para que yo estudiara, sin importarle los prejuicios de la época para con los artistas. Y así llevo 68 años de teatro y 81 de vida’. Esta madrileña que llegó a Buenos Aires en 1935, siente devoción por la poetisa Alfonsina Storni y por el gran Federico García Lorca, y se lamenta de no haber podido conocerlos personalmente (...) ‘Le debo mucho a este país. Tengo más años de argentina que de española y en todo este tiempo no he hecho más que recibir elogios, premios, diplomas... Me siento plena’, concluye” (5).
Norma Aleandro, una de sus hijas, relata: “Estaban en la compañía de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires. Comparada con su marido, Robledo “era más realista, pero también amaba su profesión como un sacerdocio. Si había que hacer algo para ganar plata en un escenario con algo que no fuera digno, no lo hacían. (...) Vivíamos muy humildemente. Nací en la Avenida de Mayo, en el Palacio Vero. Luego el departamento, chico, donde no faltaba la comida, pero un guardapolvo para todo el año, y al siguiente el mismo, alargado. Sin vacaciones. Mis padres hacían muchas giras para mantener la casa. Nosotras, con mi abuela. Estar un año afuera haciendo teatro era bastante común” (6).
“Mi abuela fue una gran narradora de cuentos, una mujer con una gracia muy especial, una castellana con el gracejo de los andaluces en su manera de narrar historias y en la que su tierra tomaba giros místicos. A mi hermana y a mí no dejaba de sorprendernos que aquella mujer hubiera sido testigo de tantas maravillas –recuerda con cariño y admiración Norma Aleandro-. Fue la persona que más influyó en mi vida. Ella me crió y me abrazó en esas noches de miedo, hasta que me quedaba dormida. Porque de chica era muy miedosa. (...) Aleandro confiesa que sigue con la tradición de narradora de cuentos, esa que la formó y que le permitió hoy vivir de lo que ama y seguir soñando” (7).

El guitarrista Manolo Yglesias “nació en Madrid, comenzó siendo bailarín de Danzas Españolas. Empieza a tocar la guitarra. A los quince años es contratado por la Compañía de Angel Pericet como tercer guitarrista. En 1967 pasa a ser el primer guitarrista de esa Compañía. Compone, escribe, dicta clases de guitarra. Recorrió gran parte de América y Europa dando conciertos y seminarios. En 1995 graba su primer CD, en Estocolmo (Suecia) y en Buenos Aires recibe el Premio Manuel de Falla ’95 a la trayectoria musical”.
En una entrevista, contó: “Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante, escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre murió aquí, vivo con mi madre” (8).

Relata Carlos Prebble: “mi abuelo materno llegò, a principios del siglo XX, al puerto de Buenos Aires; viajaban con èl muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le preguntò su nombre, èl dijo “Moisès Josè Almendra”. El empleado le contestò: “¿Còmo se van a apellidar Almendra, si son tantos?”. En el documento argentino que recibieron, todos ellos se apellidaron Almendros. Y asì se llaman sus descendientes argentinos (9).

Escribe Matilde Sánchez: "Hijo de un inmigrante madrileño, César Gómez Motta nació en Buenos Aires en 1921, es decir, un año antes de que en el país se prohibieran las corridas de toros. Este hombre que todavía practica adornos con el capote en su terraza acaba de reunir sus memorias en un libro inédito, Argentinos en un campo de concentración franquista, donde da testimonio de su temporada como preso polìtico -o mejor, como damnificado de la diplomacia argentina- en la cárcel de Miranda del Ebro. Allí permanecieron años encarcelados decenas de argentinos tras el triunfo del franquismo" (10).

Enriqueta Muñiz, "Nacida en Madrid, pasó su infancia en Bélgica y en Francia, Enriqueta García Yurrebaso (tal es su verdadero nombre), reside en la Argentina en 1950 y ha sido traductora, novelista y docente. Ejerció el periodismo a partir de 1958 en diversos medios nacionales y extranjeros, integró la oficina de prensa del Festival Cinematográfico de Mar del Plata, y se desempeño en las casas españolas de las editoriales Coder y Nueva Frontera. En 1980 ingresó como redactora a La Prensa, diario en el que llegó a ser prosecretaria de redacción y subdirectora del suplemento cultural. Frecuente jurado de certámenes literarios, se le deben obras de narrativa y de literatura infantil, así como una traducción de La Chanson de Roland, publicada por la Editorial Hachette en 1956, y la adaptación televisiva de importantes textos de Sabato, Bioy Casares y Alfred de Vigny. En 1987 mereció el Premio Konex al periodismo cultural y en 1990 el tercer premio municipal de Literatura por la novela Emaciano en el umbral" (11).

Notas
1. Lehmann, Graciela: “Muestra itinerante La obra de Ulpiano Checa llegó al Museo de Bellas Artes”, en La Nación, Buenos Aires, 10 de febrero de 2006.
2. Isola, Laura: “Ulpiano Checa vuelve a Buenos Aires después de un siglo La República Checa”, en Pagina12, 5 de Febrero de 2006.
3. Borges, Jorge Luis: “Ramón Gómez de la Serna Prólogo a la obra de Silverio Lanza”, en Jorge Luis Borges Biblioteca personal (prólogos). Buenos Aires, Alianza Editorial, 1988. 132 pp. (Alianza Literatura).Imagen: www.ramongomezdelaserna.net
4. Abós, Alvaro: Cautivo. Buenos Aires, El Zorzal, 2004.
5. S/F: “María Luisa Robledo a 68 años de su debut: ‘Me siento plena’” , en La Maga, 1° de abril de 1994. Imagen: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/10-2005-10-30.html
6. Mactas, Mario: “Norma Aleandro. Estados del corazón”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
7. Scherer, Fabiana (texto); Lucesole, Martín (fotos): “Norma Aleandro Señora de la escena”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de junio de 2005.
8. S/F: “Manolo Yglesias”, en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 6. Buenos Aires, Mayo de 1998.
9. González Rouco, María: “La inmigración judía: El viaje”, en Recreando la cultura judeoargentina/2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004. Tomo I. 334 pp.
10. Sánchez, Matilde (texto): "Memorias de un torero porteño", en Clarín Viva, 20 de agosto de 2006. Fotos: Enrique Rosito y gentileza familia Gómez Motta.
11. Barletta, Juan Pablo: "Exploración del paratexto de Operación Masacre", en monografias.com, 25 de marzo de 2006. Foto de Enriqueta Muñiz: www.fundacionkonex.com.ar.

Novelas

En 1955, Marco Denevi es distinguido con el Premio Kraft por Rosaura a las diez. En esa obra, declara “la señora Milagros Ramoneda, viuda de Perales, propietaria de la hospedería llamada ‘La madrileña’, de la calle Rioja, en el antiguo barrio del Once”. “Todo esto (...) empezó hace doce años, cuando vino a vivir a mi honrada casa un nuevo huésped que confesó ser pintor y estar solo en el mundo. Aquellos eran otros tiempos, ¿sabe usted?, tiempos difíciles, sobre todo para mí, viuda y con tres hijas pequeñas. Los pensionistas escaseaban, y los pocos que habían eran, hablando mal y pronto, de culo mal asentado, quiero decir, que hoy estaban en una pensión y mañana en otra y en todas dejaban un clavo, o, apenas usted se descuidaba, le convertían su honrada casa en un garito o alguna cosa peor, de modo que a los dueños de hospederías decentes nos era necesario si queríamos conservar la decencia y la hospedería, un arte nada fácil, ahora desconocido y creo que perdido para siempre: el arte de atraer, seleccionar y afincar, mediante cierta fórmula secreta, hecha a base de familiardad y rigor, una clientela más o menos honorable” (1).

Notas
1. Denevi, Marco: Rosaura a las diez. Buenos Aires, Corregidor, 1999. 319 pp. Estudio preliminar y glosas de Juan Carlos Merlo.

Cuentos

En “Invocaciones a la dama del espejo”, de María Rosa Lojo, un personaje escribe sobre su madre: “Erase una vez una reina, venida de un lejano país a otro caído en el extremo del mundo, casi allí donde empiezan los grandes hielos. Era orgullosa y nostálgica, y la devoraba el temor secreto de haber perdido su rostro verdadero. Para eso se miraba todos los días en el gran espejo de su cuarto regio, para reconocerse. En realidad –desdichada reina-, ella nunca supo cuál era ese rostro suyo buscado y preservado y lo que con tanto afán perseguía, lo quiso en vano” (1).

Notas
1 Lojo, María Rosa: “Invocaciones a la dama del espejo”, en el grillo, N° 41, Julio-Agosto de 2005.

Poemas

Leonie J. Fournier (1) evoca a los hispanos en un poema:

La Avenida donde están
Las agencias del lotero,
Los hoteles, los cafés
Donde nunca van de acuerdo
Los que discuten ‘sus cosas’,
andaluces, madrileños,
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.

Notas
1 Fournier, Leonie J.: “Mi Argentina”, incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág. 48.

Teatro

En Babilonia, de Armando Discépolo, aparecen varios criados españoles. La mucama madrileña “es limpia, espumosa en su tualé de mucama, bella. Se sienta ante su puerta en silla baja y mirándose a un espejo de mano canturrea algo de su tierra, su cintura y sus muslos inquietos” (1).

Afirma Delaney que “a partir de la pelicula de Soffici, la primera novela de Denevi supo de adaptaciones para el teatro y la television (...). La teatral, interpretada por la compañía La Farsa en la Casa del Teatro, con libreto del autor, quien eliminó personajes y endosó el crimen al pequeño Camilo Canegato, no tuvo mucha suerte. Estrenada el 10 de mayo de 1961, con direccion de Salvador Accorinti, la pieza fue criticada por altibajos de interpretacion y porque “( ... ) el teatro exige una síntesis y una concision que es muy dificil de lograr cuando el argumento no ha sido teatralmente concebido”. En 1962, en Estados Unidos, se informó sobre una version inglesa que se produciria en Broadway; abortado, el proyecto da al menos una idea del impacto que la obra lograba en el exterior. De hecho hubo, por parte de realizadores europeos, varias intenciones de hacer una remake. Ninguna prosperó. Tampoco la gestion de China Zorrilla para convencer a su amigo Dustin Hoffman de que asumiera el papel de Camilo Canegato” (2).

Notas
1 Discépolo, Armando: Babilonia. Una hora entre criados. En Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2 Delaney, Juan José: Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura: una biografía literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 244 pp.

Cine

La película Rosaura a las diez, basada en la novela de Marco Denevi y dirigida por Mario Soffici, “se estrenó el 16 de marzo de 1958 en el Cine Gran Rex, de Buenos Aires, y fue un exito inmediato. Roland, en el diario Critica del 7 de marzo de 1958 valoró la "dignidad e idoneidad" de la produccion toda y la consideró una "respuesta oportuna al espectador sensible y a la critica impaciente"; el mismo dia La Razon la juzgó un relato de "calidad y un acierto de realizacion", y La Nacion destacó su "autentica calidad" . Obtuvo el Primer Premio del Instituto Cinematografico Argentino (el segundo fue para El jefe, dirigida por Fernando Ayala sobre un texto de David Viñas, y el tercero para Una cita con la vida, de Hugo del Carril, con libro de Eduardo Borras, inspirado en la novela Calles de tango, de Bernardo Verbitsky). Tambien recibio el Premio de la Asociacion de Criticos. Susana Campos y Maria Luisa Robledo obtuvieron los premios a "Mejor actriz 1958" y "Mejor Actriz de Reparto" respectivamente. Como culminación, el film fue elegido para representar a la Argentina en el Festival de Cannes 1958, donde fue candidato al premio por mejor guión, galardón que finalmente le fue concedido a una película del italiano Pietro Germi” (1).

Notas
1. Delaney, Juan José: Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura: una biografía literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 244 pp.

Televisión

Rosaura a las diez, la primera novela de Denevi “supo de adaptaciones para el teatro y la television (en este medio hubo versiones locales en 1961, la dirigida por Narciso Ibañez Serrador, y luego en 1972, 1976 y 1997)”. La última adaptación televisiva “Fue el 28 de mayo de 1997 por Telefé. Dirigidos por Carlos Galletini y con adaptación de Luisa Ickowicz, los intérpretes Carolina Papaleo, Lorenzo Quinteros y Luisina Brando se situaron a gran distancia respecto de la vieja versión de Mario Soffici” (1).

La Loli (2), personaje de Niní Marshall, es una actriz mayor que vive en la Argentina, donde no consigue trabajo. Ella canta:

Al mirar esta figura de vampiresa,
¡tan gruesa!
los hombres se vuelven locos,
¡locos de atar!...
Y detras de mis pedazos beben los vientos, ¡sedientos! ...
¡del beso que mi boquita los quiera dar! ...
Porque valgo lo que peso:
¡¡¡doce arrobas y un quintal!!!...

Yo soy la Loli, la Loli, la Loli,
¡la vampiresa mas imponente
que hay en Madriz!...
De calle a tos los lleva la Loli
y al que lo pique, pues que se rasque, ¡porque a mi plin, plin, plin!...

Notas
1 Delaney, Juan José: Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura: una biografía literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 244 pp.
2 Marshall, Niní: Las travesuras de Niní. Buenos Aires, Planeta, 1994.

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Murcianos

Testimonios

Joaquin Vicente nació en Murcia. “Creador de ‘Los Iberia’ hoy Joaquín Vicente sigue viviendo de su guitarra y de su arte. Aunque se dedica más a tocar Rumbas por cuestiones económicas de vez en cuando se hace un espacio y se lo escucha interpretar buen flamenco. Fue uno de los primeros fundadores de ‘FAMA’ el tradicional tablao porteño. Los Iberia grabaron dos CD y de próxima aparición el 3°. Esta familia de artistas compuesta por su esposa Norma (baile), su hija Noelia (baile), su hijo Gonzalo (percusión), un bajista y dos bailarinas invitadas conforman este grupo dispuesto a deleitar y divertir a los amantes del género” (1).

Miguel Sánchez Romera, “nacido en la Córdoba argentina de padres inmigrantes españoles, y residente en Barcelona” (2), evocó en un reportaje a su madre murciana (3).

En “Algunas opiniones de autores sobre el humor o el humorismo”, Grand Jovialiste (Eduardo Brieux) se refiere a Jordán de la Cazuela: “Tato Bores dijo que un humorista como su guionista Jordán de la Cazuela es ‘ese profesional cuyo talento permitirá que otros hagan reír o llorar al público’ El guionista fue un hombre muy eficaz en su oficio que trabajó también en la administración pública, autor de los célebres y buenos monólogos del actor Tato Bores, los que eran dichos una vez por semana en la pantalla de televisión” (4).

Notas
1. S/F: “Joaquín Vicente ‘Un poquito de compás”, en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 9. Buenos Aires, Agosto de 1998.
2. EFE: “Sánchez Romera da lecciones de Gastronomía en Japón”, en www.noticiasdenavarra.com, 11 de febrero de 2003, Núm. 2407. Imagen: www.miguelsanchezromera.com.
3. S/F: “Encefalograma de la gastronomía”, en La Prensa, 14 de mayo de 2000.
4. Gran Jovialiste (Eduardo Brieux): “Algunas opiniones de autores sobre el humor o el humorismo”, en www.personales.ciudad.com.ar.

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Navarros

Testimonios

Lolita Torres manifestó: “No puedo explicar el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando” (1).

 
Riojanos

Testimonios

María Teresa León

Eduardo Mues

Ana Drago Pérez


Novelas

Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo, de María Rosa Lojo

(Ver castellanos)
 

Valencianos

Testimonios

Los valencianos y sus descendientes honraban con su “falla” a San José, en Buenos Aires. Escribe Jorge Bucay que en Valencia, “A la medianoche del 19 de marzo, festejando el último día del invierno y según me cuentan en honor a San José, patrono de todos los artesanos carpinteros, las obras de arte callejeras se encienden al unísono en cada rincón de la aldea. La gente, por miles, valencianos y visitantes, festejan y aplauden lo que en minutos pasa a pertenecer al pasado. La tradición popular nos invita a arrojar a la falla papelitos que contienen palabras o dibujos que representan a aquello que quisiéramos dejar atrás, purificado por la pira de la quema. (...) Yo, en medio de unas 100 mil personas, ensordecido por el estruendo de los fuegos artificiales, lloré emocionado. Seguramente lloraba muchas cosas de mi pasado, pero también recordando con nostalgia que en pleno centro de Buenos Aires, cuando yo era pequeño, también había fallas valencianas. Los inmigrantes recordaban sus tradiciones y las compartían con nosotros, que disfrutábamos sin comprender del todo (1).
En Mar del Plata, este festejo se sigue realizando. Una noticia publicada en el diario La Capital en marzo de 2004 informa: “Desde ayer y hasta el sábado próximo se desarrolla en la ciudad de Mar del Plata la 50º edición de la Semana Fallera. La celebración es organizada por la Unión Regional Valenciana y se realiza en la céntrica plaza Colón. Todas las noches se ofrecen delicias gastronómicas y suben al escenario agrupaciones de música y baile de distintos puntos del país. (...) La celebración, con epicentro en la ciudad española de Valencia, alcanzará el máximo esplendor el sábado próximo cuando a partir de las 21 se realice un espectáculo de fuegos artificiales y luego, desde las 22, se proceda a la crema del monumento principal de la Falla 2004. La asistencia se estima entre 80 y 100 mil personas. (...) Este año la estructura del monumento principal instalado en la plaza Colón consiste en enormes castillos que simbolizan al Fondo Monetario Internacional y un galeón, que representa a nuestro país, que intenta alejarse del lugar. Entre los muñecos que forman parte de la escena se destaca la réplica del presidente Néstor Kirchner. La instalación tiene una altura de 31 metros y está confeccionada con madera y cartón. Precisamente el ritual de la "crema" consiste en prender fuego la obra de arte, que por lo general está inspirada en algún hecho saliente de la escena nacional o internacional. Los valencianos atribuyen el origen de esta fiesta a los carpinteros. Ellos trabajaban durante todo el invierno e iluminaban sus talleres con grandes candiles de aceite, utilizando un artefacto de madera llamado parot. En la víspera de San José, su patrono, los aprendices se encargaban de hacer limpieza general y en la puerta de sus talleres formaban montañas con virutas, restos de madera y el tradicional parot, que convertían en monigote, con caretas sobrantes del carnaval, sombreros y guantes. Luego quemaban los desperdicios y así nacieron las fallas” (2).

El presbítero J.I. Ferro Terrén pronunció la “Homilía en el aniversario del nacimiento del Reverendo Padre Ismael Quiles Sacerdote Jesuita”, en la que dijo: “Recordamos al sacerdote, nacido en Valencia, que vino de España a estas tierras como Santa Isabel de Portugal que, nacida en Aragón, vivió con su marido el rey de Portugal. Realizó un admirable apostolado en el ámbito universitario, con unción académica ad maiorem Dei gloriam como deseaba el insigne San Ignacio de Loyola. (...) Como sacerdote cultivó la amistad y el discernimiento espiritual, ya que fueron muchas la personas que concurrían a pedirle consejo, a lo cual respondía con sabiduría y paz. La Universidad del Salvador, de la cual fue cofundador y Rector Emérito, tiene por Patrono al Sagrado Corazón de Jesús, una de cuyas jaculatorias más célebres "Jesús manso y humilde de Corazón, haced mi corazón semejante al tuyo", sintetiza el testimonio que supo darnos a lo largo de su vida” (3).

Bernardo Rodríguez Gil “Nació en Valencia (España) en 1937. Hasta los once años vivió en Madrid y en Salamanca. Llega con sus padres a Buenos Aires en 1949, donde completa su educación primaria y secundaria. En 1964 se inicia en el estudio de las artes plásticas cursando la Escuela Nacional de Bellas Artes "Prilidiano Pueyrredón". Un año después realiza un viaje de estudios por Iberoamérica. Expone individualmente desde 1966 en el país y en el exterior desde una década después. Sus obras se encuentran en colecciones del país y del exterior”. A criterio de Fermin Fevre, “Las pinturas de Bernardo Rodríguez Gil afirman la vigencia del arte abstracto, muchas veces concebido como una expresión puramente formal. No es su caso, ya que este artista de origen español radicado desde pequeño en nuestro país, donde realizó toda su obra, logra transmitir con su pintura, sentimientos y vivencias que nos invita a compartir. Por eso su obra plástica es estimulante y cada uno de sus cuadros tiene una intención diferente, un impulso gestual propio, un espíritu particular que lo trasciende” (4).

Notas
1 Bucay, Jorge: “El encanto de empezar de nuevo”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 4 de abril de 2004.
2 S/F: “Mar del Plata: Fallas criollas”, en La Capital, Mar del Plata, 21 de marzo de 2004, www.lacapital.com.ar.
Fotografía digital tomada por Gustavo A. Mansilla, publicada en www.muscularmente.com
3 Ferro Terrén, José Ignacio Presbítero: “Homilía en el aniversario del nacimiento del R.P Ismael Quiles”, en Noticias de la USAL, www.salvador.edu.ar.
4 S/F: “Biografía”, en www.galeriadelarecoleta.com.ar. Imagen: http://www.galeriadelarecoleta.com.ar/rodriguezgil.htm

Novelas

En La canción de las ciudades, Matilde Sánchez evoca la inmigración alicantina. En esa obra –afirma Juan José Becerra-, “Alicante es un relato familiar de una familia anterior a la narradora, quien, excluida de los pormenores del relato paterno (que siempre es un arcano), intenta ajustarlos a su manera” (1).
La hija de españoles acompaña a sus padres a visitar su tierra natal. Al regresar, la joven señala: “Después de un tiempo de descanso en Barcelona –mamá, siete días para pulir borradores, una semana de caligrafía china-, todos nos volvimos. Ante sus vecinos, ellos ponderaron la acelerada modernización de España. Pero yo sabía que su patria no era ésa sino el piso de la avenida Callao, ese alto contrafrente que los abstraía de todas las vicisitudes, suspendido en regiones del recuerdo. España había dejado de pertenecerles. El origen ya era un lugar desconocido” (2).

Notas
1 Becerra, Juan José: “Mapa familiar”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 1999.
2 Sánchez, Matilde: “Alicante, 84”, en La canción de las ciudades. Buenos Aires, Planeta, 1999.

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Vascos

Indice
1. Introducción
2. Testimonios
3. Memorias
4. Biografías
5. Periodismo
6. Costumbrismo
7. Novelas
8. Cuentos
9. Poesía
10. Teatro
11. Cine
12. Fotos


En este trabajo me refiero a la inmigración vasca que llegó a América, vista por escritores de diversas nacionalidades.

Introducción

“Desde la época de Rosas se nota una constante pero limitada inmigración española, procedente del País Vasco, Galicia y las Islas Canarias” (1). “La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada” (2).
“Recién la última década del siglo será testigo de un desembarco masivo, especialmente de gallegos, vascos, asturianos y catalanes” (3). Refiriéndose a los años 1880-1900, afirma Guillermo Scarfo: “En el País Vasco, estas dos décadas son fruto de lo sucedido a nivel político en años anteriores, donde las luchas Carlistas habían arrasado con el Régimen foral. Los fueros son leyes que, en el caso de los vascos, son creadas y legitimadas por el que las goza con facultad libre y soberana, siendo códigos de la "Nación" Vasca, y de carácter "intangible", representando un cuerpo legal autónomo, aunque con influencia de antiguos derechos, tomados del contacto que tuvieron ellos con otros pueblos. Es lógico, por tanto, que el carácter centralista impuesto por la política dictada desde Madrid, implicaba no sólo un sojuzgamiento a nivel económico, ya que lo recaudado iba a parar a las arcas del Gobierno Central, sino también a nivel del habitante de estas tierras, ya que estas guerras señaladas más arriba implicaban que se reclutara por largos períodos a los jóvenes vascos, a los cuales la perspectiva de emigrar era la única forma de evitar cumplir con la conscripción”.
“Por otro lado –agrega-, se consolidó también el proceso de industrialización dado en décadas anteriores, algo que va a ser también factor de emigración de muchos pobladores del área rural hacia América, ya que los mismos se resistían a ser tomados como mano de obra en las industrias que comenzaban a emerger en ciudades vascas, y además, sus puestos empezaban a ser ocupados por habitantes venidos de diversos puntos de la Península”.
“Dentro de este marco, también conviene destacar el gran desarrollo alcanzado por el ferrocarril en el País Vasco, con líneas que recorrían en forma comercial o militar variadas regiones y valles de los territorios. Esto no sólo permitió una mayor circulación por el País, sino que permitió que hubiera un incremento en el contacto entre pueblos. En un comienzo, este hecho fue aprovechado por los agentes de inmigración (legales o clandestinos) para ‘reclutar’ a muchos vascos y vascas en la empresa de ‘hacerse la América’. Pero, luego potencializó la formación de redes de relaciones sociales que movilizaron a las cadenas migratorias” (4).
“Generalmente los vascos casi no utilizaron el Hotel de Inmigrantes, del que se podía ser huésped por ocho días, ya que frecuentemente venían consignados, siendo muy jóvenes (12 o 14 años) a parientes o compadres que los estaban esperando” (5).
“Los vascos, legendario y antiquísimo pueblo de Europa, se dedicaron a nuestro campo con empeño singular, como ganaderos, tamberos y fruticultores. La figura del vasco tambero integra nuestra más pura tradición nacional. (...) Arana, Aguirre, Irigoyen, Elortondo, Iraola, Anchorena, Urquiza, Alzaga, Atucha, Elizalde, Ezcurra, Gorostiaga, Casares, Uribelarrea, Azcuénaga, Udaondo, Olazábal, Madariaga, Guerrico, Anasagasti: son todos apellidos españoles de origen vasco, ligados a la historia del campo argentino” (6).
¿Cómo se los vio, de un lado y del otro del mar? Se los evoca en testimonios, memorias, biografías, periodismo, obras literarias, cine y fotos.

Notas
1. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
2. Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, en indianos@telepolis.com.
3. Alvarez, Marcelo y Pinoti, Luisa: op. cit.
4. Scarfo; Guillermo Marcelo: “Las cadenas migratorias: el ejemplo de Ensenada”, en www.monografias.com. 1999.
5. S/F: Características de la inmigración vasca en el Cono Sur.htm.
6. S/F: “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino”. Buenos Aires, Clarín.


En testimonios

Baldomero Fernández Moreno incluyó en Guía caprichosa de Buenos Aires la página “El vasco lechero en el café”, en la que dice: “he aquí que al hilo del mostrador aparece un vasco lechero, la cara rosada, con dos parches más rojos pegados en las mejillas, la boina encasquetada, la blusa rizada, que no todo ha de ser fortaleza y agresividad; las piernas combadas, las alpargatas silenciosas, y el tarro en la mano como si blandiera un arma o un guijarro listo para ser proyectado en la cara lisa y cosmopolita del ‘barman’. Y con el vasco lechero entra también el campo, un aire duro y frío y un trébol. Un trébol precisamente que se labra un espacio verde en el ambiente gris y que yo veo con toda nitidez” (1).

Sergio Pujol cita el testimonio de un inmigrante asturiano famoso: “en los ambientes copados por inmigrantes, quien desee tutearse de vez en cuando con el tango deberá aceptar el espectáculo de otras danzas; la jota hace furor en el Velódromo y en el Pabellón se bailan todos los ritmos, según ordene el maestro de turno. Escribirá años más tarde el dibujante Alejandro Sirio en su libro De Palermo a Montparnasse: ‘Bajo hileras de banderitas españolas, en medio de una babélica algarabía de baladros ‘iujujús’ y ‘aturuxos’ y al son de la jeremíaca gaita, la gimiente chirimía, la zumbona guitarra, del insistente bombo, el redoblante tambor y la intermitente pandereta, brincan y saltan estos romeros sus jotas, zortzicos, sardanas, muñeiras y seguidillas, hasta quedar extenuados. Bailan para descansar del agobiador trabajo cotidiano” (2).

La estancia Acelain, en Tandil, provincia de Buenos Aires, “Fue inaugurada en 1924 por su dueño, Enrique Larreta, que confió su diseño al arquitecto Martín Noel y bautizó así sus campos en honor al pueblo vasco de dónde son oriundos los Larreta. En la casa, de estilo morisco-español, el escritor volcó su amor por España” (3).

Manuel Mujica Láinez visita en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastiàn, la casa de sus mayores, en una “peregrinaciòn a las fuentes”: “Con Armendàriz tornè a entrar en la iglesia. Me enseñò, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mì. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostrò junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, màs o menos, està destinada a escuela, correo, dependencias municipales y què sè yo què. Sobre la puerta sigue intacto el blasòn, como en tantas y tantas casas de Guipùzcoa” (4).

Relata María José Pérez Arango: “En el año 57 mis padres y yo llegamos desde España para reunirnos con mi hermano que se había venido a la Argentina. Los años pasaron y me convertí en una mujer que cada día deseaba y soñaba más con volver a su tierra. La idea era llegar y por lo menos llorar dos días seguidos, para luego poder recorrer los lugares que en mi memoria se mantenían nítidos. (...) Una vez en Madrid, después de una hora y media de viaje en el primer asiento de un micro atravesando los montes Cantábricos por extensos túneles y la campiña vasca a través de una fantástica autopista, llegamos a Bilbao. Traté de reconocer algo, pero todo era nuevo para mí” (5).

El madrileño José Luis Alvarez Fermosel cuenta: “un día la mujer de Bonasso padre, una vasca de Bilbao, me dijo: ‘Mira, no te quedes aquí mucho tiempo porque vas a estar en dos sillas mal sentado. Yo estoy allá y a los 20 días me da la impresión de que nunca me he ido; cae la tarde y miro el reloj y digo: Ahora estaría yo en Buenos Aires tomando el té con mis amigas. Y vuelvo a Buenos Aires y pienso que podría estar allí conmis hermanas”. Cuenta, además, que Rolando Hanglin le dijo: “Mira, te voy a poner el apelativo de Caballero español, porque conocí a un vasco que estaba loco por mi tía y que cuando iba a casa decía, juntando los talones a la prusiana: ‘¡Mujica, caballero español!’ “ (6).

Ángeles de Dios de Martina “nació en Comodoro Rivadavia y desde hace más de cuatro décadas vive en Resistencia, Chaco. Es hija y nieta de inmigrantes españoles- andaluces y vascos. Escribe sobre temas inmigratorios mediante los testimonios orales de sus protagonistas, el uso de la historia oral, la descripción de fotografías y la investigación histórica” (7). Es la autora de Vascos en el Chaco: historias de vida (8).

Enrique Aramburu escribe: “Todavia recuerdo que mis mayores se reunían en la estancia Dos Hermanas de Olavaria en la década del 70 con motivo del cumpleaños de Alejandro Aramburu, continuando la tradición de Pedro Aramburu (hijo de los que llegaron en la decada de 1860 a los pagos), y jugaban al mus. Es posible que tres expresiones que allí se utilizaban puedan explicarse por la lengua vasca: "va y va" para la grande y la chica, sería bai, ba "si, pues". "Ordago" (que significa que se juega todo el partido a un lance), por hor dago "ahi esta". Y la forma de contar los puntos que se juegan en los partidos, "un amarrueco", "dos amarruecos" (los partidos comunes se jugaban a cuatro "amarruecos" y los de desempate, a ocho "amarruecos", segun relata mi padre). Si bien eran divisiones de a cinco, la similitud fonetica es demasiado grande como para resistir la tentación de vincularlos con hamarreko, "de a diez", y suponer que así como se deformó la fonética, se puede haber deformado el significado de la cantidad” (9).

A Eibar llegaron los hermanos Sarasqueta, a conocer a sus parientes vascos, de los que no tenían noticias desde 1902. El encuentro fue posible gracias a la Asociación para la Cooperación Mundial entre Vascos, que ayudó a localizarlos. “Regresaron la semana última, con las valijas llenas de fotografías, comidas típicas y libros sobre el lugar. ‘El primer encuentro con Pedro, primo segundo, de 65 años, fue impactante por el parecido con mi padre. Nos recibieron como una verdadera familia. Valió la pena el esfuerzo’, contó Marcelo” (10).

Sebastián Batista escribe, en “Periodistas de Mar del Plata” acerca de Félix de Ayesa, quien “nació el 18 de mayo en Olite (España). Llegó a nuestra ciudad en 1910 y con su familia se radicó en Mar del Plata. Vecino del barrio "La Estación" de trenes desde temprano tuvo apego por la lectura y la historia. Egresado del Instituto Peralta Ramos, Don Félix fue durante su vida hombre de campo, obrero, periodista,, librero, funcionario público, docente y en sus últimos años de vida, historiador. Félix de Ayesa Arismendi y Rubio, como era su nombre completo, defendió con énfasis los momentos históricos de la ciudad, principalmente el Oratorio del Instituto Unzué. Fue declarado ciudadano ilustre de la ciudad por el Honorable Consejo Deliberante en 1989 y falleció el 7 de abril de 1996”(11).

Irene L. de Vicuña se refiere a la emigración de Nikomedes Iguain Azurza, a quien tuve el gusto de conocer en la década del 90: “Hijo del músico Pedro J. Iguain y de Natalia Azurza, parte en el año 1952 a la Argentina, donde se reencuentra con sus padres y sus siete hermanos, quienes dos años antes habían arribado al país sudamericano buscando guarecerse del régimen franquista” (12).

Sobre Juan Manuel García Salazar escribe Roxana Badaloni, en “El coleccionista”: “Con minuciosidad histórica, este inmigrante vasco radicado en Mendoza fue reuniendo valiosos sellos postales hasta alcanzar 250 estampillas y 70 sobres que en agosto se expuso como patrimonio histórico cultural de Mendoza” (13).

Lolita Torres manifestó: “No puedo explicar el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando” (14).

El actor Alberto de Mendoza “nació en enero del 21, en el barrio de Belgrano, hijo de un andaluz y una vasca. No tuvo lo que se dice una infancia idílica: cuando tenía cinco años, se quedó huérfano y fue llevado a España, donde lo crió su abuela Isidra. (...) ‘Mi nona murió a poco de empezar la Guerra Civil, donde perdimos todo –dice a Diego Heller-. Fue ahí cuando empecé a laburar y a conocer la calle, a los 15 años empecé a gastar suelas’. Un buque –el Tucumán- lo devolvió al Río de la Plata en 1939, junto a un grupo de refugiados cansados de tanta guerra” (15).

"¿Quién es Carlos Uría? Desde su manera de extender y apretar la mano en el saludo, es un típico descendiente de vascos. En su mirada franca y encendida y en su fervor por la rama de la plástica en la cual pone sus mejores energías, se presenta el artista. Egresado de la Escuela Superior de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, donde se formó, hoy ejerce allí como profesor y también en su taller emplazado en pleno barrio de Belgrano" (16).

Notas
1. Fernández Moreno, Baldomero: Poesía y Prosa. Prólogo de Jorge Lafforgue, selección de Nora Dottori y Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Pujol, Sergio: Historia del baile. Buenos Aires, Emecé, 1999. 440 pp.
3. S/F: “Aldo Sessa. País de estancias”, Fotos: Aldo Sessa, en La Nación Revista, 12 de diciembre de 2004.
4. Mujica Làinez, Manuel: Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. Buenos Aires, Sudamericana, 1993.
5. Pérez Arango, María José: en “Tendencias. La vuelta al origen”, en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999.
6. Flores, Daniel: “A boca de jarro. José Luis Alvarez Fermosel ‘La caballerosidad no tiene que ver con la geografía’ “, en La Nación, Buenos Aires, 21 de septiembre de 2003.
7. S/F: en www.dunken.com.ar
8. Martina, Angeles de Dios de: Vascos en el Chaco: historias de vida. Buenos Aires, Dunken, 1999.
9. Aramburu, Enrique: La lengua más antigua de Europa: el vasco en su literatura y apellidos. Buenos Aires, Biblos, 2001. 127 pp.
10. Linares Calvo, Ximena: “Los hermanos que encontraron sus raíces”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre de 2002.
11. Batista, Sebastián: “Periodistas de Mar del Plata”, 20 de septiembre de 2001, www.deporteaedu.com.ar.
12. Vicuña, Irene L. “Necrológica”, en www.euskalkultura.com, 3 de marzo de 2005.
13. Badaloni, Roxana (texto) y Yañez, Jorge (fotos): “El coleccionista”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de noviembre de 2004.
14. Freire, Susana: “Lolita Torres. Una voz que le cantó a los corazones”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de septiembre de 2002.
15. Heller, Diego: “Alberto de Mendoza. El último dandy”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
16. S/F: "Carlos Uría maestro vitralista", en Fame magazine, Nº 18, Mayo de 2006.


Memorias

En el 80, en la Argentina, la autobiografìa surge como el “lugar donde se expresa lo particular, lo curioso, lo diferenciador, lo propio de un sector social” (1); este sector es el de la clase dirigente, grupo que se caracteriza por haber sido educado con una gran influencia de la cultura europea, particularmente francesa (2). Cobra gran importancia la evocaciòn de la vida “vulgar”, calificativo que abarca tanto la vida cotidiana, real, como los comportamientos censurados por la moral corriente (3).
La autobiografìa se caracteriza, en este perìodo, por asumir el aspecto de la charla social (causserie), de la anècdota, y por la frecuente utilizaciòn de citas que remiten a lecturas extranjeras. En las obras autobiogràficas de los hombres del 80 aparece como modelo el “hombre de mundo”, que conjuga en sì mismo muy diversas facetas. Como consecuencia del impacto de la inmigraciòn, aparecen “evocaciones nostàlgicas de tiempos màs austeros” y “descripciones costumbristas con toques moralizantes”.
Susana Zanetti destaca que “la actitud de nostalgia, de reminiscencia, de regreso al pasado, es una constante del 80”; Juvenilia, de Miguel Cané, presenta -a su criterio- “un melancòlico contrapunto entre la adolescencia despreocupada de ayer y el hombre maduro de hoy. Aùn asì, la evocaciòn tiende generalmente a las anècdotas festivas, alegres”. En la obra advierte ciertas semejanzas con David Copperfield, de Charles Dickens, pero la diferencia de la obra inglesa el hecho de no entrañar denuncia ni afàn testimonial.
El tema del fracaso generacional està encarnado en la suerte corrida por los condiscìpulos; algunos han muerto, otros se encuentran empleados con sueldos de hambre, sòlo unos pocos se destacan. Esta actitud surge de lo que la ensayista denomina “doble melancolìa” frente al pasado y frente al povenir (4).
Miguel Canè nos ha dejado en varias obras testimonio de su visiòn de los inmigrantes. En Juvenilia, a las figuras del grotesco enfermero italiano y los temibles quinteros vascos, contrapone la grandiosidad del profesor Amadeo Jacques, sìmbolo de la inmigraciòn anhelada por los hombres del 80.
En sus memorias relata que los estudiantes encontraban diversas distracciones en la quinta de Colegiales; una de ellas, vinculada a unos inmigrantes. “En la Chacarita estudiàbamos poco, como era natural; podìamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatìs y sobre todo, organizar con una estrategia cientìfica, las expediciones contra los ‘vascos’ “.
Describe el escenario y las virtudes de la fruta de esos quinteros: “Los ‘vascos’ eran nuestros vecinos hacia el norte, precisamente en la direcciòn en que los dominios colegiales eran màs limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua, y de bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravìa. Pasada la zanja, se extendìa un alfalfar de una media cuadra de ancho, pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Màs allà (...) en pasmosa abundancia, crecìan las sandìas, robustas, enormes, (...) allì doraba el sol esos melones de origen exòtico (...) No tenìan rivales en la comarca, y es de esperar que nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habìan siempre producido desengaños, la nostalgia de la fruta de los ’vascos nos perseguìa a todo momento, y jamàs vibrò en oìdo humano en sentido menos figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega”.
Se refiere a la disposiciòn anìmica de esos inmigrantes: “Pero debo confesar que los ‘vascos’ no eran lo que en el lenguaje del mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, àgiles, vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje màs probado, eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclòpeos, aquellos hombres, como todos los mortales, tenìan una debilidad suprema: ¡amaban sus sandìas, adoraban sus melones!”
Dos veces hurtaron fruta los adolescentes sin ser vistos. La tercera, “detràs de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi direcciòn, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresiòn de encontrarse en los aires, sentado incòmodamente sobre dos puntas aceradas que penetran... (...) ¡cuàn veloz me parecìa aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrerìa creìa sentir rozarme los cabellos! (...) aquel hombre terrible meyado en su tridente, empezò a injuriarme de una manera que revelaba su educaciòn sumamente descuidada. (...) Me tendì en la cama y, mientras el cuerpo reposaba con delicia, reflexionè profundamente en la velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a retaguardia, armado de una horquilla” (5).

Carlos Ibarguren describe, en La historia que he vivido, el Buenos Aires de su infancia, en la década de 1880. En ese entonces, “en los barrios residenciales veíanse de mañana a los lecheros, casi todos vascos, que llevaban en los costados de su cabalgadura sus clásicos tarros de latón, o a los que arriando algunas vacas con sus mamones, al son tintineante de un cencerro, ofrecían leche recién ordeñada” (6).

En El merodeador enmascarado, Carlos Gorostiza “nos habla de su infancia en el barrio de Palermo, junto a sus padres vascos y un hermano mayor. No eran ricos pero disfrutaban de una situación que les permitió en 1926 realizar un viaje por la tierra de los ancestros” (7).

En ANECDOTAS Y VIVENCIAS de mi buena y larga vida, relata Norberto Brodsky: "En 1934, mi padre es avisado por su amigo el Jefe de Policía Don Martín Zabalzagaray, que un simpatizante del nazismo estaba preparando en el campo con vino y asado una horda de gauchos alzados para un asalto en Villaguay, donde atacarían a los judíos. Don Martín le informa que con sus ocho milicos no podría hacer nada para detener a una manga de mamaos llevados por la nariz. Le insiste que viaje de inmediato a Paraná y recomendado por él al jefe del regimiento, traiga un destacamento del ejército para frenar ese desastre. Ya habían pintado cruces svásticas en las casas judías. (...) Papá regresó a Villaguay con el regimiento y ya se había corrido la voz de esta llegada, por lo que el petit pogrom felizmente abortó (8)".

Notas
1 Zanetti, Susana: “La ‘prosa ligera’ y la ironìa: Canè y Wilde”, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
2 Onega, Gladys S.: La inmigraciòn en la literatura argentina (1880-1910). Buenos Aires, CEAL, 1982.
3 Stratta, Isabel: Pròlogo a Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.
4 Prieto, Adolfo: La literatura autobiogràfica argentina. Buenos Aires, CEAL, 1982.
5 Ara, Guillermo: Pròlogo a Wilde, Eduardo: Aguas abajo. Buenos Aires, Huemul,
6 Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Dictio, 1977.
7 Requeni, Antonio: “El teatro, la escritura, lo vivido”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2004.
8 Brodsky, Norberto: ANECDOTAS Y VIVENCIAS de mi buena y larga vida. Buenos Aires, Editorial Milá, 2007, 93 págs.

Biografías

“Como en el caso de tantos otros inmigrantes que llegaron a nuestro país, Florencio Constantino emigró a América siendo muy joven para labrarse un porvenir. Joven inquieto, audaz, con la ilusión de formar un hogar con la mujer que lo acompaña en la aventura de atravesar el Océano Atlántico; un hombre formado desde pequeño en el duro trabajo de la floreciente siderurgia bizkaina; uno más entre tantos emigrantes, que lejos estaba de soñar con el privilegiado futuro que le aguardaba. Florencio Constantino y Luisa Arrigorriaga, viajan en uno de los muchos buques que transportan esperanzas al nuevo continente. Embarcados en Francia en el vapor "Le Havre" dejan atrás el húmedo invierno europeo por uno no menos húmedo verano sudamericano”.
Hijo de Antonio Constantino Sánchez, natural de Valleval, Asturias, y Antonia Carral Ruiz, santanderina de Arredondo, Mariano Florencio Constantino Carral nace en Ortuella el 9 de abril de 1868. La infancia de Florencio pasará entre los mineros que pueblan Ortuella: gallegos, asturianos, andaluces, santanderinos; entre los técnicos e ingenieros franceses, belgas e ingleses de las empresas en las que luego transcurrirá su adolescencia. Con una aptitud teatral innata y de la que no es consciente, Florencio divierte a sus amigos imitando ese variado espectro humano”.
“Florencio no conoce de maestros de música ni conservatorios. Pero secretamente el canto y la música ya están instalados en el adolescente para luego surgir entre travesuras, propias del ambiente que le toca vivir. Inquieto y vivaz, aficionado a la mecánica, progresa y después de tres años entra a trabajar como maquinista en las pequeñas locomotoras de la Compañía Franco-Belga para transporte de mineral de hierro, donde su padre es jefe de movimiento. Más tarde, en recuerdo de aquel maquinista hecho famoso, sus antiguos compañeros impondrán a una de las locomotoras el nombre de Constantino”.
“Cuando comienza la construcción de la fábrica 'La Vizcaya', a orillas del Nervión, Constantino cuenta con quince años. Allí se desempeñará como ajustador, sirviendo de intérprete de los mecánicos franceses y belgas que están a cargo de esa obra. Desde muy joven le gusta imitar y remeda admirablemente a cuanto extranjero ve y conoce y a los campesinos provenientes de diversas regiones de España, que, como se dijo, en aquella época abundaban en Ortuella”.
“Al cabo de dos años y con la anuencia de su familia, se decide por la carrera naval, trabajando un año como segundo maquinista en la compañía "Messageries Maritimes" con viajes entre Burdeos y Glasgow. Llegan entonces los primeros contratiempos: tres años de servicio militar en la marina española y su noviazgo con Luisa, que es rechazado por los padres de ella. Los jóvenes resuelven dejar atrás padres y Armada y a principios de 1889 se embarcan hacia Argentina. Florencio tiene veintiún años y Luisa uno más”.
“Las peripecias que deben afrontar los novios hasta su llegada a Buenos Aires son variadas. Se debe imaginar a Constantino desertando y arriesgándose a cruzar la frontera hacia Francia, llevando los pocos enseres que serán su primer patrimonio. La joven pareja se dirige entonces a la empresa naviera donde poco antes Florencio había trabajado, la "Messageries Maritimes", logrando obtener dos pasajes con destino a Buenos Aires”.
“Luego de tres días de estar fondeado el vapor en la rada exterior por falta de la documentación correspondiente, se permite el desembarco de los pasajeros al puerto de Buenos Aires. Florencio, acompañado por Luisa, es conducido al Hotel de Inmigrantes luego de declarar en la oficina de trabajo su especialidad: mecánico. En poco tiempo Florencio organiza su vida; se casa y se emplea en varios talleres de La Plata, Avellaneda y Lobos. Finalmente y tal vez alentados por familiares de Luisa, arraigados años atrás en Bragado, se dirigen a esa población bonaerense distante a 200 Km. de Buenos Aires. Florencio adquiere a crédito una trilladora (el crédito, 20.000 pesos, se lo otorga la Casa Agar Cros y CIA) y se dedica a arar y sembrar como contratista, con una cuadrilla de peones. Para ese entonces, Bragado -ciudad cabecera del partido de igual nombre- cuenta con una población de 11.200 habitantes. La zona es una de las de mayor producción agrícola del país, con predominio del cultivo del maíz. La superficie trabajada asciende a 47.326 hectáreas”.
“En 1890 nace su primera hija, Dolores Agripina; un año después la segunda, Rosa Agustina y en 1893 los dos hijos varones, mellizos, Ricardo y Antonio. Los cuatro niños son bautizados el 25 de junio de 1893 en la iglesia Santa Rosa de Bragado, lo que muestra que para esa fecha Constantino ha celebrado también el matrimonio religioso”.
“Rápidamente Florencio se integra a la vida argentina. Se convierte en ferviente seguidor de Leandro N. Alem, que fundará en 1891 la Unión Cívica Radical. La agitación revolucionaria de esos años no le es extraña. Menos aun le resultan espiritualmente ajenas las melodías campestres al son de las guitarras. Florencio aprende con entusiasmo a tocar la “vigüela” y rápidamente agrega a su repertorio de canciones vaskas y españolas el canto de “aires criollos", que lo harán conocido y apreciado en cuanta reunión festiva se dé en Bragado y aún en las manifestaciones políticas”.
“Durante los primeros años de la década del 90, Constantino conocerá a un legendario payador, Gabino Ezeiza, que por ese entonces realiza giras artístico-políticas en la provincia de Buenos Aires con un circo ambulante. Gabino es hombre de Alem, como Constantino, y ambos sostendrán en Bragado un recordado duelo de canto y guitarra que durará dos noches”.
“En Julio de 1893 participa activamente en la revolución radical que estalla en la Provincia de Bs.As y que es dirigida por el Doctor Hipólito Yrigoyen. Viste uniforme y combate en las filas de los hermanos Aparicio y José Gregorio Islas, caudillos radicales de Bragado. Y llega el año 1894, con dos hechos que son fundamentales en la vida del futuro tenor. Uno, su participación en los “sucesos trágicos del Bragado”. El otro, su encuentro con hombres que supieron reconocer su don de artista”.
“Lo primero ocurre en marzo. Es tiempo de elecciones y en la estación de ferrocarril se produce un hecho trágico. Un confuso malentendido origina un tiroteo entre partidarios radicales y conservadores que desemboca en la muerte de Costa y los hermanos Islas. Constantino presente allí, salva su vida de milagro: Dos balas atravesaron su chambergo sin ocasionarle herida alguna. Sigue corriendo el año 1894 y llega el 30 de agosto, día de la fiesta patronal. De Bs.As viene el arzobispo, monseñor Aneiros. En la Misa Mayor canta Constantino, cuya voz asombra al Prelado, que quiere conocerlo. Otro encuentro que irá afirmando su incipiente vocación ocurrirá en el transcurso de las Romerías Españolas que se celebran en octubre en Bragado. La Comisión de la Sociedad Española contrata para dar lucimiento a las fiesta a una banda dirigida por un prestigioso músico, el maestro italiano Paolantonio. Invitaron a Constantino a ocupar un asiento en el proscenio del improvisado teatro. Este no se hizo rogar. Tomó la guitarra y cantó “La Verbena de la Paloma”. El público se entusiasmó mucho. Lo hicieron repetir varias veces. Al Director de la Banda le entusiasmó más que a ninguno y luego le recomendó dedicarse a la educación de su voz, el estudio de la música y el canto. “Usted tiene un tesoro en la garganta” “.
“Hacia fines de año se produce la visita a Bragado del conocido violinista José María Palazuelos, llamado por ese entonces el “Paganini argentino”. Este reconoce el don de la voz de Constantino y aprovecha para darle unas lecciones de canto. El año 1895 ha de ver a Constantino trasladado a Buenos Aires, dispuesto a ser cantante. Ya son muchos los que le han aconsejado dejar el campo y dedicarse al arte”.
“Una vez llegado a la gran ciudad no demora en presentarse a Paolantonio y a Palazuelos. Uno y otro lo llevarán ante el compositor Félix Ortiz de San Pelayo y luego ante Leopoldo Stiatessi, el reconocido maestro de canto italiano. Es quizás el propio Stiatessi quien lo presenta en la Colmena Artística, agrupación de pintores, músicos, literatos y escultores asociados para la protección y el estímulo de las artes”.
“La situación económica le dificulta continuar con sus clases de canto y recurre al periódico El Correo Español solicitando la posibilidad de ser escuchado en público. Con ese objeto en una noche de sábado se hizo oir en el Club Español, atrayendo la atención de todo el público que allí se encontraba. Entre los socios se abrió esa misma noche una suscripción ya que “ el poseedor de tan hermosa voz carece en absoluto de recursos con qué dedicarse al estudio...., con cuyo producto podrá cultivar el tesoro con que la naturaleza lo ha dotado”. Días antes algunos socios le habían asignado una pensión”.
“En el transcurso del mes de mayo es presentado Constantino ante Enrique Freixas, crítico teatral y musical, pianista y musicólogo, profesor de historia y estética de la música en el Conservatorio Buenos Aires, dirigido por Alberto Williams y que congrega artistas de la talla de Julián Aguirre, Clementino del Ponte y Andrés Gaos. Constantino consigue el efecto buscado”.
“Con una confianza encomiable siguen los pasos del futuro artista lírico, resaltando toda una vida que de aquí en más se consagrará al arte. Comienza entonces a prepararse el debut artístico de Constantino. La Prensa lo promocionará calificándolo como “verdadera esperanza del arte lírico a quien la crítica ha hecho también justicia por la potencia, brillantez y extensión de su voz admirablemente timbrada”. Días más tarde Constantino se presenta ante Grandmontagne y éste lo introduce de inmediato en el ambiente teatral porteño. Terminan convirtiéndose en grandes amigos. Grandmontagne le mostró los teatros por dentro, le explicó el espíritu del Fausto que acababan de presenciar y le enseñó el epílogo de Mefístoles. Y con más descaro que dinero, Constantino comenzó a mezclarse en el ambiente teatral hasta debutar, el 23 de junio de 1895, en el Club Español de Buenos Aires. Y hasta se inventó una compañía de ópera inexistente para obtener un subsidio de la provincia de Buenos Aires y trepar al escenario del Teatro Argentino de La Plata. Pero su suerte cambió. Un empresario tabacalero, Manuel Méndez de Andés, lo señaló como su protegido y decidió embarcarse en la formación del astro descubierto. Fue así como el humilde trillador terminó zarpando nuevamente, esta vez hacia Milán.
“El primer año, en 1896, se las ingenió para repartir los 250 francos asignados por su protector entre sus clases de 150 francos y las necesidades de su familia. Pero el segundo año, Méndez de Andes abandonó a su alumno y Constantino tuvo que enviar a su familia a Bilbao y mantenerse dando clases de español. También tuvo que apelar a esa viveza del sobreviviente que lo ayudó en sus primeros pasos: «Muchos eran los maestros a los que engañaba para que me enseñaran una ópera gratis, pues les decía que tenía un contrato en perspectiva, pero que sin saber esa ópera no podía aceptarlo. Así logré engañar a muchos maestros y aprender un gran número de óperas, no llegando nunca a los soñados contratos», contó él mismo”.
“Su suerte volvió a cambiar: desde 1898 cuando consiguió finalmente un contrato por seis meses para presentarse en Holanda, y no paró hasta que las luces comenzaron a atenuarse en 1912. Constantino logró iluminar su propia gloria e inscribirse en la historia de las voces de la ópera. En todos esos años trajinó los máximos escenarios líricos del mundo. En Buenos Aires se presentó en el Teatro de la Opera, en el Teatro Odeón, en el Teatro Avenida, en el Hotel París, en el Orfeón Español, en el Centro Vasco Laurak Bat, en el Teatro Coliseo y en el Teatro Colón en varias oportunidades. Hizo actuaciones en otras ciudades como Rosario, La Plata, Bahía Blanca, Córdoba y por supuesto en Bragado”.
“También actuó, como primera figura, en giras por las siguientes ciudades: La Haya, Amsterdam, Leyden, Rotterdam y Dordrecht (en Holanda), Nápoles, Turín, Ferrara, Bologna, Liborno, Florencia, Verona, Cágliari, Rímini, Milán y Roma (en Italia), Madrid (en el Teatro Real), Bilbao, San Sebastián, y Barcelona (en España), Varsovia, Moscú (en el Teatro Bolshoi), Odessa, Kiev; y San Petersburgo (en Rusia), Lisboa y Oporto (en Portugal), Frankfurt (en Alemania), Londres (en el Covent Garden), París y Niza (en Francia), Montevideo (en Uruguay), Santiago y Valparaíso (en Chile), Río de Janeiro (en Brasil), México D.F(en México), Toronto, Montreal y Ottawa (en Canadá), La Habana, Matanzas y Cienfuegos (en Cuba) y en New Orleans, Saint Louis, Cincinatti, Chicago, Kansas, Los Angeles (en el Auditorium), Oakland, San Francisco, Portland, Seattle, Salt Lake City, Denver, Boston (donde inauguró el Boston Opera House y se presentó en varias oportunidades), Filadelfia, Baltimore, Washington, New York (en el Manhattan Opera House, en cinco temporadas sucesivas), Minneapolis, Milkwaukee, Pittsburg y New Heaven (en Estados Unidos)”.
“Por esos años su imagen aparecía en las publicidades de fonógrafos, de las marcas Pathé, Columbia, Edison Co. y RCA Victor. Grabó más de doscientos discos, en las compañías Pathé Fréres (Barcelona), Gramophone Company (Berlín), Disque Excelsion Favorite Records y Société Anonyme, Francaise Ondographique (París), The Victor Talking Machine (New Jersey), Columbia Phonograph Co. (New York) y National Phonogrph Co. / Edison Diamond (la Compañía de Thomas Alba Edison, de quien era amigo personal, EE.UU.)”.
“A esa altura, y con semejante camino recorrido, ya poco quedaba de aquel humilde trillador. Como muestra, un botón: seguro de su batalla, Constantino llegó a desafiar al gran Enrico Caruso en un duelo de voces que, para orgullo del vasco, jamás tuvo respuesta y dio por ganado. Quien sabe si fue el ascenso a los cielos de la gloria (que pronto lo llevó a encabezar la Compañía de Opera de San Carlo y a recorrer con éxito, y durante seis temporadas los principales teatros de Estados Unidos, incluido el Metropolitan de New York) lo que terminó por dejarlo en las orillas del delirio. Lo cierto es que hasta él mismo intuyó esos límites. Y aunque alguna vez le transmitió a otro amigo, Miguel de Unamuno, su intención de dejar los escenarios, la fama y los aplausos, ya casi sordos, pesaron mas”.
“Cansado, con poco dinero y una serie de contratiempos amorosos y judiciales, que enturbiaron su panorama, llegó a caer en la cárcel, de donde salió gracias a la fianza pagada por algunos de sus amigos. El final llegó en México, en lo que fue su último concierto, Constantino se quebró ante un público ansioso por verlo recuperado. Con lágrimas en los ojos, el tenor se disculpó y emprendió la retirada. «¡Que voy a perder esta voz! ¿no me oyen?... ¡que no me interrumpan, voy a ensayar!... gritaba enceguecido entre las paredes del Instituto Frenopático Lavista, en México, a donde fue trasladado tras sus accesos de locura. «All right.. Very well!...» decía por los pasillos. Ya no quedaba mucho tiempo, ni siquiera mucho recuerdo... Florencio Constantino murió el 16 de noviembre de 1919, solo, triste y casi olvidado. Pero con la certeza, más allá de su delirio, de que había cumplido aquel sueño de desenterrar el tesoro que llevaba en su garganta. Sus restos descansaron en el Panteón Vasco del cementerio de la ciudad de México D.F y fueron repatriados a la Argentina en 1986, donde esperan su último destino en Bragado, el pueblo de sus amores” (1).

Escribe Andrew Graham-Yooll: “Postal de Corrientes. No la avenida, sino la esquina de Batalla de Salta y San Martín, en Mercedes, provincia de Corrientes. Del caserón en esa intersección surgió una biografía, modestamente magnífica, que debería ser el libro del año. Es la historia de un hacendado correntino, José Antonio Ansola, pronto a cumplir 91 años. Nieto de vascos, sus recuerdos de vida y familiares se extienden desde la guerra contra el Paraguay (1865-1870) hasta nuestros días. (...)”
“Che patrón, el título de la crónica de este ‘hacendado de Corrientes, la provincia guaraní’, es producto de muchas horas de grabaciones y cientos de epístolas a Magdalena Capurro, una uruguaya instalada en Mercedes, interesada en el patrimonio intangible y directora de la biblioteca popular. Doña Magdalena, profesora de literatura y escritora, ha ordenado y escrito esta vida de Ansola (editada por Literature of Latin America, LOLA, un sello angloargentino de Buenos Aires, especializado en historia y botánica locales), que es una delicia, un canto a una época y a una cultura profundamente argentinas, que reúne lo rural heroico, lo noble en la política (Ansola es apasionado por el Partido Liberal y entusiasta de la Sociedad Rural) y lo europeo, la buena lectura y las cabalgatas interminables en Corrientes y el Chaco. (...)”
“Su trayectoria tiene una gran tristeza, que consigna en el libro. ‘Perdí mis campos, los que fueron de mis abuelos. Me derrotó la naturaleza, inundando, y los hombres, cobrando impuestos a las tierras bajo el agua’. Pese a esto, qué hombre, qué historia, qué hermosa tierra” (2).

Notas
1. Sitio de la Municipalidad de Bragado, Provincia de Buenos Aires.
2. Graham-Yooll, Andrew: “Desde Corrientes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de junio de 2005.


En periodismo

Manuel Mujica Làinez realizò innumerables viajes a lo largo de su vida, por diferentes motivos. Siendo periodista de La Naciòn, los viajes fueron para èl parte de su trabajo. Poco antes de morir, Mujica Làinez reuniò algunas de las crònicas que escribiò para el diario capitalino, en dos volùmenes que titulò Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. En estos tomos agrupa artìculos publicados entre 1935 –cuando viajò en el Zeppelin- y 1977.
En España vivieron sus ancestros; uno de ellos, hace siglos, se lanzò al mar, en busca de la promesa americana. Este es el tema de una de las notas. “Cada uno de nosotros es, en buena proporciòn, consecuencia de la cadena ancestral que le dio vida –afirma-, y mis eslabones hispanos, rotos hace casi dos centurias, siguen unidos invisiblemente a mis eslabones de la Argentina. Hoy los siento trèmulos, vibrantes, dentro de mì”.
Este sentimiento alcanza su clìmax cuando el poeta visita, en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastiàn, , la casa de sus mayores, en una “peregrinaciòn a las fuentes”: “Con Armendàriz tornè a entrar en la iglesia. Me enseñò, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mì. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostrò junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, màs o menos, està destinada a escuela, correo, dependencias municipales y què sè yo què. Sobre la puerta sigue intacto el blasòn, como en tantas y tantas casas de Guipùzcoa”.
Se refiere a su estado de ànimo de ese momento: “Experimentè, como es lògico, una especie de emociòn difìcil de definir. Ella aumentò cuando, algo despuès, el alcalde nos guiò al cònsul y a mì para que, desde la altura del hospital, abarcàramos la vista del pueblo. Cuatro hermanas de caridad, alegres, parloteantes, sonoras de llaves y de rosarios (la màs àgil, Sor Pastora), nos escoltaron a lo largo de vastas salas llenas de camas vacìas –pues en Villafranca no hay màs que trece asilados en el hospital, y la principal razòn de ser de ese instituto monjil finca en su colegio- para que asomàndonos a las ventanas del primer piso, apreciàramos en su conjunto la hermosura del pueblo. Y entonces, al verlo tan pequeño, tan esmirriado, con sus tejas venerables, sus edificios hidalgos y sus muros pobrecitos, sentì que algo se apretaba dentro de mì”.
Recordò entonces a “aquel Juan Bautista de Mujica y Gorostizu, tan vasco, quizàs el tercero o el cuarto hijo de una familia numerosa, de hacienda flaca, que un dìa resolviò irse de Villafranca de Oria, de estas montañas, de este rìo rumoroso, de estas casas soñolientas, de estos pinos velados por la bruma, de esta iglesia que guardaba la historia de los suyos”. Se fue “allende el mar, al extremo del mundo, porque –segùn se referìa- se habìa abierto el puerto de Buenos Aires al comercio, en un nuevo virreinato, y acaso allì –pero eso sì, desgarràndose de todo, como quien se cercena una mano a sì mismo- habrìa posibilidades de medrar, para un muchacho sin temor”.
El escritor plasma en este artìculo la emociòn que sintiò: “Ese pensamiento me acercò a èl, por encima del tiempo, màgicamente, y a la casa que acababa de ver junto a la iglesia de Santa Marìa. Y al hacerlo comprendì que no me estaba despidiendo de España sino, al contrario, regresando a ella, a mi casa, y aunque me fuera lejos nunca me irìa de aquì, donde las raìces se hunden entre tumbas y el rìo Oria le repite a mi sangre, para siempre, una vieja ronda familiar” (1).

Abel Posse “cuenta la historia de Casimiro Aín, que bailó ante Pío XI el Ave María, de Canaro”. “A las 9 de la mañana del 1° de febrero de 1924, Casimiro Aín (el Vasco o el Lecherito), pálido y seguramente un poco aterido (invierno), sale del hotelito de la vía Torino que le reservó la embajada y sube a un taxi. Lleva una modesta valija con los elementos esenciales: botines abotonados, pantalón de fantasía con trencilla, chaqueta negra con vivos, pañuelo al cuello, o lengue de seda japonesa y un puñal de madera que le parecerá conveniente no agregar al atuendo. Lleva puesto el invariable chambergo borsalino, el gacho gris arrabalero, de cinta ancha y ribete negro en el ala. Símbolo del malevaje ríoplatense” (2).

En “El siglo disfrazado”, Mauricio Kartun analiza la relación del Carnaval con la inmigración: “Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja”.
Una vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo, para enviar esa imagen al país de origen: “Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?”
El afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces elegidos por las madres para sus hijos: “Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De pierrot, sobre todo, hasta los años 20 en que las colectividades tomaron peso propio. De allí en más predominaron los baturros, toreros y gaiteros asturianos, las majas, las gitanas, y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, o su versión lechera con los tarros también a escala” (3).

En “BURGOS el descuartizador de Constitución”, escribe Alvaro Abós: “El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos” (4).

Notas
1 Mujica Láinez, Manuel: Placeres y fatigas de los viajes. Crónicas andariegas. Buenos Aires, Sudamericana, 1984.
2 Posse, Abel: “Lejanas batallas del tango (I) 1924. El vasco Aín en la Santa Sede”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de octubre de 2003.
3 Kartun, Mauricio: “El siglo disfrazado”, en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000.
4 Abós, Alvaro: “BURGOS el descuartizador de Constitución”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 2006. Fotos: Archivo Graciela García Romero. Ilustración: Nuno.

En costumbrismo

La conversación que Fray Mocho reproduce en “Nobleza del pago” evidencia en qué medida se confundían los orígenes de los habitantes de nuestro país. Una mujer cree que su abuela es vasca. A esa convicción, le responde una parienta: “Más bien tirab’a pampa o a correntina por l’habla... ¡Si era bosalísima! El viejo parece que se juntó con ella cuando andaba de picador de carros, p’allá, pa la cost’el Salao, que fue de an’de comenzó a internarse pa l’Azul...” (1).

Godofredo Daireaux es el autor de “Matufia”, en el que escribe: “Después del confortable almuerzo, se fue don Narciso a siestear, y se sentaron a la sombra de los preciosos aromos que rodeaban la estancia de don Carlos Gutiérrez, hacendado de la vecindad, don Julio Aubert, francés acriollado y mayordomo de una gran estancia vecina y un vasco, ovejero rico de por allá, que llegado a comprar carneros, a la hora de almorzar, había sido convidado por el dueño de casa” (2).

En 1943, Conrado Nalé Roxlo da a conocer El muerto profesional, firmado con su seudónimo Chamico. Acerca de esas páginas escribirá más tarde: “Carezco de vocación y aptitudes para el periodismo, aunque es la galera en que he remado siempre y, tal como van las cosas, seguiré inclinado sobre su borda hasta la hora del último naufragio. No me quejo. Mucho le debo al periodismo, donde tuve la suerte de encontrar amables e inteligentes cómitres que me permitieron remar con mi propio remo. Dicho en términos no tan dramáticos y náuticos, los directores de los muchos diarios en que trabajé me dejaron un rincón tranquilo, al margen del comentario de actualidad y de las noticias, donde dejar volar mis fantasías y soltar mis ocurrencias. Así nacieron muchas páginas que después pasaron al libro. Toda la obra humorística de mi alter ego Chamico, por ejemplo, tiene ese origen, y muchas cosas más” (3).
En “Una conversación interesante”, texto incluido en el volumen que mencionamos, uno de los personajes se refiere a un turco que se va a casar, y afirma que un vasco piensa frustrar ese matrimonio: “creo que se le va a aguar la fiesta porque el vasco Indurrimendi se ha enterado de que Flores es casado en Turquía y, como usted sabe que tienen rivalidad por los negocios, ha dado parte al comisario y al registro civil y hasta creo que les ha mandado el pasaje a las esposas turcas del turco para que se presenten el día del casamiento y armen un escándalo. Si vienen todas va a ser divertido” (4).

Notas
1. Alvarez, Sixto A. (Fray Mocho) Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
2. Daireaux, Godofredo: “Matufia”, en Fray Mocho, Félix Lima y otros: Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3. Nalé Roxlo, Conrado: “Borrador de memorias”, citado por Jorge B. Rivera en el prólogo a Chamico: El muerto profesional. Buenos Aires, CEAL, 1980.
4. Chamico (Conrado Nalé Roxlo): El muerto profesional. Buenos Aires, CEAL, 1980.

En novelas

"En 1911, cuando Pío Baroja no había cumplido aún los cuarenta años, publicó El árbol de la ciencia y antes Las inquietudes de Shanti Andía: puede decirse que estas dos obras corresponden a la fase más fuerte de su capacidad inventiva", dice Julio Caro Baroja. A Las inquietudes..., que inicia la trilogía denominada El mar, le siguieron El laberinto de las sirenas (1923) y dos novelas que en realidad debían formar sólo un volumen, Los pilotos de altura (1929) y La estrella del Capitán Chimista (1930).
"El mar fue, pues, para Pío Baroja, fuente de inspiración primordial –agrega el antropólogo-, cosa no muy común entre los escritores de lengua española o castellana, como en varias ocasiones se ha hecho constar. (...) Pío Baroja tenía muchas razones vitales para sentirse atraído por el mar, dejando aparte alguna, casi metafísica, que no viene al caso analizar ahora". "El haber nacido junto al mar me gusta –escribió el novelista en sus Memorias-, me ha parecido siempre como un augurio de libertad y de cambio" (1).
Al publicarse esta primera obra de tema marino, escribió Azorín en El pueblo vasco, de San Sebastián: "Las inquietudes de Shanti Andía, último libro de Baroja, es uno de los mejores que el ilustre novelista ha publicado. Nada hay en nuestra lengua que supere esas soberbias, maravillosas páginas en que describe el mar y las costas vascas. Esa novela es el libro del mar y del pueblo vasco. Ni mejor guía ‘sentimental’ de Vasconia ni más hondo y delicado canto en su honor" (2).
En esta novela, protagonizada por un marino, presenta Baroja a varios indianos. Se les llamaba así a quienes procedían de las Indias Occidentales (América), pero especialmente a aquellos que regresaban a España enriquecidos luego de muchos años en el Nuevo Continente. Los diversos pasajes en que describe a estos personajes nos permiten notar que no sentía por ellos, ciertamente, simpatía, en parte por su condición de comerciantes, pero también por su ignorancia y presunción. Remitámonos a los fragmentos.
Cuenta Andía: "Venía en el barco un indiano vascongado que se embarcó en Buenos Aires en mi barco. En todo el viaje de América a Europa no se atrevió a hablarme. Debía de ser un hombre muy tímido. Luego, en el vapor que nos llevaba a Bayona, se acercó a mí y hablamos. Había pasado veinticinco años en las pampas hasta enriquecerse. No tenía familia y no sabía qué hacer ni donde fijar su residencia".
No explica cómo había hecho su fortuna el vascongado, mas sí lo hace en relación con otro indiano, a quien desprecia: "Contaba una criada de mi casa, la Iñure, que un indiano rico de su pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia: Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido negrero y que en mi familia ha habido personas que fueron ahorcadas. -Eso no importa –contestó la muchacha-. Gracias a Dios, en mi familia ha habido también muchos ahorcados. Realmente, esta muchacha discurría muy bien".
Los indianos se reúnen en determinadas poblaciones, y evidencian una manera original de ostentar sus logros: "En todos los puertos de mar, constituidos casi siempre por una población advenediza y aventurera, se forma un espíritu aristocrático endiablado. En las ciudades arcaicas y tradicionales los individuos que creen formar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase con más o menos razón; en las ciudades modernas ya no es la clase solamente lo que se defiende, sino el matiz. Así sucede que Bilbao o Buenos Aires, Manila o Barcelona, tienen más prejuicios de casta que Toledo, Burgos o León. En Lúzaro, en pequeño, ocurre lo propio desde que se ha llenado de indianos y de gente forastera".
A Baroja, tan amante de lo vasco, le molestaba profundamente la invasión de esta gente, que ejercía una profesión para él detestable: "El comerciante, que en general, procede de la parte más turbia de la sociedad, necesita, ya que no puede decir que sus abuelos estuvieron en la conquista de Jerusalén, demostrar que su escritorio es algo sagrado y que todos sus pequeños útiles y procedimientos de robo constituyen ejecutoria de nobleza".
Este grupo social tiene, asimismo, un punto de reunión: "Me contaron el proceso de este conflicto familiar entre Recalde y la Cashilda, en la relojería de Zapiain, que era el mentidero de las personas pudientes del pueblo. Mi tío, el viejo Irizar, fue el que me llevó allí. Todavía no se había fundado el casino de Lúzaro, que, después, de una época de pedantería y de esplendor, quedó reducido a una reunión soñolienta de indianos y de marinos retirados" (3).
En 1910 aparece César o nada, primer volumen de la trilogía Las ciudades, que integran asimismo El mundo es ansí (1912) y La sensualidad pervertida (1920). En estas novelas, como en tantas otras, se advierte una de las características de Baroja, señalada por el hispanista Donald Shaw, quien destaca que el académico sentía predilección "por saturar sus historias de personajes menores, que atraviesan la escena, animando la atmósfera con sus comentarios, opiniones, y a veces, dramas, pero siempre dándole vida con su mera presencia. Estos extras forman un círculo exterior de humanidad en torno al personaje principal y a sus compañeros inmediatos. Tomados generalmente de la vida, pueden existir simplemente por su propio interés humano intrínseco. Normalmente personifican actitudes de grupos sociales a quienes Baroja quería atacar directamente, o caricaturizar satíricamente. En el primer caso, los presenta llanamente, como individuos despreciables y desagradables. En este grupo están muchos de los parientes y familiares de sus héroes y heroínas" (4).
En César o nada aparece nuevamente su aborrecimiento por los indianos, encarnado esta vez en un personaje que "estudiaba en el colegio de Escolapios del pueblo y después ingresaba en el seminario de Tortosa". El alumno dejaba mucho que desear: "No se distinguió allí por su inteligencia ni por su buena conducta; pero a fuerza de tiempo y de recomendaciones, pudo ordenarse y decir misa en Villanueva".
Sin embargo, "La sangre inquieta del padre bullía en él: era juerguista, brutal y pendenciero. Como en el pueblo la vida le era difícil, se marchó a América, dispuesto a ahorcar los hábitos. No debió encontrar entre los seglares grandes horizontes, porque unos meses después profesaba, y diez o doce años más tarde volvía a España, como superior de la Orden, a un convento de la provincia de Castellón. Francisco Guillén había cambiado de nombre, y se llamaba fray José de Calasanz de Villanueva".
Traía del Nuevo Mundo un bagaje de inmoralidades: "Fray José de Calasanz, al volver de América, había aprendido, si no de cánones, algo más de la vida que en sus primeros años de cura, y se había hecho un hipócrita redomado. Sus pasiones eran de una violencia extraordinaria, y, a pesar de su habilidad para disimularlas, no podía ocultar del todo su fondo de barbarie".
En otro pasaje de la novela, varios personajes se alegran de que en el hotel en el que se hospedan se sienten muy a gusto, pues no hay "americanos, ni alemanes, ni demás bárbaros". Otro de los personajes afirma que su mujer, americana, "está cada día más europeizada, y ya no le gusta la elegancia demasiado estrepitosa de sus paisanos". Sobre esta misma mujer y otras como ella, asevera el protagonista: "El peso de la tradición será fatal para la industria y para la vida moderna, pero es lo único que crea esa espiritualidad de los países viejos. Estas americanas tienen, ¿quien lo duda?, inteligencia, belleza, energía, arranques simpáticos; pero les falta esa cosa especial creada por los siglos: el carácter" (5).
En La sensualidad pervertida también son las mujeres el objeto de las críticas barojianas. El protagonista visita a una familia que le causa muy mala impresión: "Una casa donde me recibían amablemente era la de un americano, condiscípulo de mi padre, de niño, en Vergara. Este señor se llamaba Alpizcueta, y era un pobre hombre, bueno, débil y sin ningún carácter. Se hallaba dominado por su mujer, una americana despótica y altanera; tenían un hijo y dos hijas. El hijo era negado, de lo más incomprensivo que pudiera imaginarse, tonto, soberbio, caprichoso, rubio y con cara de negro; las hijas habían salido como la madre: altas, fuertes, guapas, voluntariosas y mandonas".
El joven "no simpatizaba ni con la madre ni con las hijas. Ellas creían que habían traído toda la sabiduría en su equipaje de América, y que el conjunto de sus conocimientos acerca de la vida era tan grande que no podían añadir una partícula más. No notaban los valores que hay en los países viejos. Para ellas, un museo, una iglesia, un libro, no eran nada al lado de unos rebaños de vacunos o de algunas hectáreas de terreno". No obstante, a las casaderas no les faltaban pretendientes: "Solían aparecer varios jóvenes en la casa de Alpizcueta, porque las americanas tenían fama de ricas" (6).
Cuando a Martín Zalacaín le aconsejaban ir a la escuela, él exclamaba: " -¿Yo a la escuela? Yo me iré a América o me iré a la guerra" (7). No se decidió por el primero de estos proyectos. De un personaje dice en El árbol de la ciencia: "estuvo de médico militar en Cuba, y se acostumbró a beber de una manera terrible. Alguna vez le he visto, y me ha dicho: ‘Mi ideal es llegar a la cirrosis alcohólica y al generalato’ " (8). Son otros personajes que tuvieron en sus mentes la aventura trasatlántica. No la concretaron o volvieron derrotados. Sin embargo, es por estos por quienes el novelista siente aprecio, y no por los indianos a los que se ha referido reiteradamente.
La aversión que siente por los indianos se relaciona con la que siente por los hispanoamericanos. A criterio de Eugenio Matus, "Aunque no manifestada con tanta frecuencia ni de manera tan sistemática (...), es esta antipatía lo suficientemente clara como para que merezca recordarse (...). Dejando de lado os exabruptos, ¿qué es, en esencia, lo que advierte en nosotros que le molesta? ‘lo que a mí me irrita de los hispanoamericanos –dice en Las horas solitarias- es lo mal que legitiman su modernidad. No son capaces de crear una Universidad espacializada ni de tener grandes industrias, grandes inventores o grandes ingenieros, ni de lanzar una utopía al mundo; son negociantes en pequeño, y cuando quieren hacer algo espiritual hacen versos o transcriben una sociología traducida del francés’. Esto es lo que le molesta a Baroja: la incapacidad que él cree advertir en nosotros para ser realmente lo que somos, pueblos jóvenes; dicho de otro modo, le molesta nuestra ‘inautenticidad’ ".
"Baroja, hombre entusiasta del porvenir, que quisiera ver a su patria libre de las tareas tradicionales que tiene como país viejo y que son las que le impiden dar el gran salto hacia el furturo, no comprende que hombres de un continente nuevo carezcan del empuje que es natural suponer en ellos, y se contenten con usufructuar perezosamente de la cultura de la vieja Europa". (...) Conviene, en todo caso, señalar que el origen de esta antipatía suya por los hispanoamericanos hay que buscarlo más que en un conocimiento cabal del fenómeno histórico que representa Hispanoamérica, en el trato personal del novelista con escritores y artistas hispanoamericanos de comienzo de siglo, radicados en París o en Madrid, en los cuales advirtió, casi sistemáticamente, características humanas y literarias antagónicas a las suyas" (9).

En 1884, en el periòdico Sud Amèrica se publica como folletìn La gran aldea, obra que Lòpez dedica a Miguel Canè, su “amigo y camarada”. “El subtìtulo de La gran aldea, “Costumbres bonaerenses”, previene ya las caracterìsticas del realismo a que recurrirà su autor, Lucio Vicente Lòpez (1848-1894): una actitud crìtica, no disolvente sino reformista, encaminada a registrar tipos y hàbitos de una sociedad, y a poner de relieve algunos de entre ellos mediante el sarcasmo, la ironìa o la simple caricatura. (...) la propuesta fundamental de La gran aldea es la de demostrar que el Buenos Aires provinciano de 1860 pervive en el Buenos Aires cosmopolita de 1880, que la clase social que manejaba sus destinos en la època de Pavòn continuaba controlando los hilos de la polìtica y de las finanzas y dando el tono de la sociabilidad en la època del alumbrado a gas y de los tranvìas a caballo” (10).
“Aunque esperanzada con el potencial talento literario del autor, ya en el momento de su publicaciòn la crìtica fue en general adversa con la novela, pero ùtil, segùn Lòpez, porque ‘ha despertado la curiosidad y me ha favorecido la venta’. En ella pesa màs la crònica que la densidad literaria -Rojas la ve ‘inferior a su fama’-, y asì parece haber sido desde que se publicò: en su època influyeron tanto su calidad de instrumento de lucha polìtica e ideològica como el hecho de ser una novela en ‘clave’, por la que desfilaban las figuras del dìa (Mitre, Sarmiento, Avellaneda, etcètera); en nuestros dìas pesa el valor testimonial, intenciòn que ya proclama el autor desde el subtìtulo (Costumbres bonaerenses), que permite rastrear el pasaje de un Buenos Aires ‘patriota, semisencillo, semitendero, semicurial y semialdea’, a la ciudad ‘con pretensiones europeas’ en diversos registros: en lo urbano, con la transformaciòn de la ciudad que es màs modernizaciòn que ampliaciòn, con la incorporaciòn a la vida cotidiana del gas de alumbrado, el tranvìa, las nuevas formas de la arquitectura y la decoraciòn; en lo social, con el advenimiento de las nuevas burguesìas, el gallego sirviente al lado del mulaterìo, la desapariciòn del tendero criollo; en lo polìtico, con la consolidaciòn del roquismo, que impone la unificaciòn del paìs desde el poder central –y desde la ciudad capitalizada- y las tensiones que eso provoca; en lo econòmico, con el pasaje de los buenos tiempos del Estado de Buenos Aires al manejo financiero que culminarà con la crisis de 1890; en lo religioso, con el progresivo avance del laicismo estatal y la nueva religiòn de la burquesìa; en lo literario, con el pasaje del Romanticismo al Realismo y al teatro ligero francès...” (11).
López relata cómo trataba a sus clientas vascas uno de aquellos tenderos criollos: “Entre los prìncipes del mostrador porteño, el màs cèlebre, sin disputa, era don Narciso Bringas: gran tendero, gran patriota, nacido en el barrio de San Telmo, pero adoptado por la calle del Perù como el rey del mostrador. No habìa mostrador como el de aquel porteño: todo el barrio junto no era capaz de desdoblar una pieza de madapolàn y de volverla a doblar como don Narciso; y si la piràmide misma le hubiera querido disputar su amor a Buenos Aires, a la piràmide misma le habrìa disputado ese derecho”.
Describe la estrategia del tendero para dirigirse a su clientela: “Don Narciso subìa o bajaba el tono segùn la jerarquìa de la parroquiana: dominaba toda la escala; poseìa toda la preciosidad del lenguaje culto de la època y daba el do de pecho con una dama para dar el sì con una cocinera”.
“Los tratamientos variaban para èl segùn las horas y las personas. Por la mañana se permitìa tutear sin pudor a la parda o china criolla que volvìa del mercado y entraba en su tienda. Si la clienta era hija del paìs, la trataba llanamente de hija; hija por arriba e hija por abajo. Si èl distinguìa que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin, iniciaba la rebaja, el ùltimo precio, el ‘se lo doy por lo que me cuesta’, por el tratamiento de madamita. ¡Oh!, ese madamita lanzado entre 7 y 8 de la mañana, con algunas cuantas palabras de imitaciòn de francès que èl sabìa balbucir, era irresistible. Durante el dìa, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tù y usted, entre madamita y madama, segùn la edad dela gringa, como èl la llamaba cuando la compradora no caìa en sus redes” (12).

Pedro Antón, protagonista de una novela de Julián de Charras, añora cuanto dejó: “Veía, allá lejos, como en una neblina, las escarpadas pendientes de los Pirineos, las casetas ruinosas de los montañeses, las miserables veladas, con pan negro y escaso y luz humeante de candil de aceite; el padre, con su rostro anguloso y cetrino, en un rincón, con la barba en la mano, mirando fijamente la pared, como pensando en algo indefinido; la madre hilando, hilando en la penumbra, diestros los dedos, aunque fatigada la vista... Y él, rapaz, sin raciocinio, raídas las ropas, que remendaba la mano materna, al lado del fuego, hurgándose la nariz, recordando las consejas del oso negro, de las brujas sabáticas, del ahorcado...” (13).

En Secretos de familia (14), “Una abuela que calza trabuco y cruza los ríos a caballo, un abuelo que se desangra por amor, las uñas largas y filosas de la loca de la casa: “En la familia de nosotros –dice Graciela Cabal– hay secretos terribles. Yo mucho no puedo enterarme, porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles’. Con la implacable y feroz lógica de la infancia, y a través de un humor entre corrosivo y tierno, la niña de Secretos de familia va registrando el inquietante mundo que la rodea. Las complejas y entrañables relaciones familiares, los grandes silencios, los suicidios, la muerte y sus rituales se entrelazan con la vida y el paisaje de un barrio del sur de Buenos Aires en un período que empieza en 1940 y culmina, no por azar, en 1952, con la muerte de Evita. Acaso la mayor conquista de este libro autobiográfico haya sido lograr un verdadero desafío lingüístico: el todo exacto para que la escritura no distorsione, opacándola, la voz de la infancia. Una voz obstinada y poco complaciente que parece haber nacido con el mandato de hurgar en la memoria. En la propia y en la ajena. De eso trata, entre otras cosas, la literatura” (15).
En esa obra la autora describe al extranjero (¿vasco?) que les vendía la leche: “El que sí viene con carro y caballo es el lechero. Cada vez que el carro se para delante de la ventana, el caballo, que tiene sombrero con claveles y dos agujeros para las orejas, hace pis. Un chorro que suena más fuerte que cuando mi papá va al baño. El lechero tiene pelo colorado, usa boina y nunca hace chistes porque es extranjero. Mi mamá deja la lechera en la puerta y el lechero, que viene con un tarro grande y un tarro chiquito, pasa la leche de un tarro al otro y después a la lechera, sin derramar una gota. Al rato viene mi mamá y derrama todo, porque a ella siempre le tiemblan las manos, pobre mi mamá”.

Eduardo Belgrano Rawson evoca, en Noticias secretas de América, a los inmigrantes vascos: “Cantabas un himno más light, como regía desde principios de siglo. Lo habían lijado un poco. ¿Qué otra cosa podían hacer? Necesitaban cortarla con los insultos, como explicó en su momento un operador del Ministro. ‘Tigres sedientos de sangre’ y todo eso. Culpa del himno el embajador no pisaba la presidencia, sobre todo los 9 de julio. A decir verdad, tampoco mostraban mucho aspecto de tigres los vascos y los gallegos que desembarcaban todos los días frente al Hotel de Inmigrantes, pero ésta era otra cuestión” (16).

Notas
1 Caro Baroja: "Prólogo" a Baroja, Pío: Las inquietudes de Shanti Andía. Madrid, Cátedra.
2 Azorín: citado por Caro Baroja.
3 Baroja, Pío: Las inquietudes de Shanti Andía. Madrid, Cátedra.
4 Shaw, Donald: La generación del 98. Cátedra.
5 Baroja, Pío: César o nada, en Las ciudades. Madrid, Alianza.
6 Baroja, Pio: La sensualidad pervertida, en Las ciudades. Madrid, Alianza.
7 Baroja, Pío: Zalacaín el aventurero. Losada.
8 Baroja, Pío: El ´árbol de la ciencia. Madrid, Alianza, 1969.
9 Matus, Eugenio: Introducción a Baroja. Santiago de Chile, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972.
10 Prieto, Adolfo: “La generaciòn del 80. La imaginaciòn”, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
11 Figueira, Ricardo: “Pròlogo” a Lòpez, Lucio V.: La gran aldea. Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980.
12 López, Lucio V.: La gran aldea. Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980.
13 Charras, Julián de: La historia de Pedro Antón, en La novela semanal, Año VII, N° 294, Buenos Aires, 2 de julio de 1923.
14 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
15 S/F: Gacetilla de prensa en www.sudamericanadigital.com.ar.
16 Belgrano Rawson, Eduardo: Noticias secretas de América. Buenos Aires, Planeta, 1998.


En novelas infantiles y juveniles

Fernando de Querejazu es el autor de El pequeño obispo (1), una novela “absolutamente autobiográfica, aunque parezca un disparate lo que ocurre allí”, surgida de “la necesidad de homenajear a mis padres, que eran admirables” (2).
El 10 de febrero de 1926 llegó a América el hidroavión Plus Ultra, piloteado por Ramón Franco, concretando así una proeza histórica. Ese mismo día, en un pueblo de inmigrantes de la provincia de Córdoba, veía la luz el protagonista de esta novela. Sus padres, de origen español, lo llamaron Fernando en homenaje a la isla Fernando de Noronha, en la que se produjo el aterrizaje. La evocación del escritor, que se inicia en la fecha de arribo del hidroavión, tiene como escenario el querido paisaje de Canals, provincia de Córdoba, donde “se vivía bien, atrayendo a las poblaciones cercanas, en un gran radio a la redonda, que buscaban los atractivos de este centro vitalizador”. En esta localidad, fundada por un naviero valenciano, no se conocían las desdichas; la naturaleza, pródiga, brindaba a los hombres todo lo necesario para ser felices. Su tesón y fe en el futuro de la nueva patria eran una fuerza vital y fecunda.

Notas
1 Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, Lumen, 1986.
2 “Fernando de Querejazu: la experiencia personal en la novela”, en El Tiempo, Azul, 30 de abril de 1988.


Cuentos

Elizabide el Vagabundo "Había gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado, allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, lo que no consiguió por indiferencia. (...) Ultimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto, aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea, que estaba en amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de bodas; montó a caballo, y luego en el tren, llegó a la capital, se embarcó en un transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra hospitalaria de América, se volvió a España". Cuando volvió, lo recibieron con desdén: "Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo recordó que antes de salir de la aldea, ya tenía fama de fatuo, de insustancial y de vagabundo" (1).

En “La pesquisa” (2), de Paul Groussac, aparece una sirvienta vasca. La mujer es descripta por el empleado de correo: “joven aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su mismo nombre”.

En “El Hombrecito” (3), escribe Benito Lynch: “A fuerza de transpirado y jadeante, Bustingorri casi no habla, y recuerda, por su aspecto, a un gran buey cansino y sudoroso volviendo del trabajo”.

En “Hotel Comercio”, Bernardo Kordon presenta un comerciante vasco: “Efraín Gutiérrez, el dueño de ‘El Vasquito’ ” (4).

En “Los trotadores”, de Elías Carpena, dice uno de los personajes: “-¡Mire, patrón: de los troteadores que ahí, en la Coronel Roca, corrieron el domingo, ni los que corrieron antes, le hacen ninguna mella... : ni siquiera el del vasco Estévez, que ganó sobrándose por el tiro largo, ni el de la cochería Tarulla, que ganó con el oscuro a la paleta! ¡Usted tiene el oro y lo confunde con el cobre!” (5).

Es vasco un personaje de “Mundo, mundo” (6), de Cristina Siscar.

En Los viejos cuentos de la tía Maggie (Una irlandesa anida en las pampas), Susana Dillon evoca al tío Pancho, el vasco criador de caballos de carrera, casado con la irlandesa (7).

En “La fotografía”, Celia Matilde Caballero relata que un vasco logra ingresar a la foto en la que estaban su esposa y sus hijos (8).

En la provincia de Buenos Aires se afinca el protagonista de un cuento de Arturo M. García: “Don Javier Echegaray y Tarragona, oriundo de San Sebastián en el país vasco y como su nación, fuerte de temperamento, férrea voluntad, constante en el trabajo y perseverante en sus ideas había llegado a la Argentina a los doce años con unas ansias inconmensurables de hacerse la América. Recaló en Buenos Aires, pero la ciudad que crecía no le brindaba muchas ilusiones y esperanzas, eran los resabios de la generación del 80 con su crisis económica, financiera y social y Javier evocando las praderas vascuences y las montañas pirenaicas, solo, se exilió de nuevo. Viajaba como linyera en trenes de carga hacia el Sur, comenzó a admirar las extensas pampas, se asombraba contemplando la cantidad de ganado pastando a la vera de los rieles del ferrocarril, asentándose por fin como peón en las regiones de Pigüé, Coronel Suárez y Saavedra. Trabajó mucho y fuerte, ahorró dinero y junto con las pocas pesetas que le mandaban los tíos desde la patria, fue haciendo un capital que le permitió comprar primero unas pocas hectáreas, luego más terrenos, una granja después y por fin una estancia en la zona de Tornquist” (9).

Arturo M. García relata, en “Ella eligió así”, lo sucedido a Raquel Amanda Olascoaga, hija de vascos tomada cautiva por Biguá, con quien pidió contraer matrimonio cristiano, rehusando volver a la sociedad. Cuando la llevaron los indios, ella era una “mujer de treinta años de edad, dama de recio temple y extraordinaria hermosura, hija única de un matrimonio de origen vasco, que después de haber habitado muchos años en el Río de la Plata, donde cosecharon una ingente fortuna a través de negocios de importación de bebidas espirituosas, traídas de Europa, se volvieron a su país natal, dejando a su hija ya madura, al frente de sus casas en Buenos Aires y Montevideo” (10).

En "El comisario Gorra Colorada", de Alberto E. Azcona, relata uno de los personajes:
"Yo fuí amigo también del comisario 'Gorra Colorada'. Lo conocí en la batalla de La Verde, era alsinista como yo. En esa ocasión éramos menos, pero nos salvaron los rémington, y además el coronel Arias colocó a la tropa muy bien protegida en el monte de la estancia. Una noche, mientras comíamos un asado a la orilla de la laguna, me contó este vasco Aldaz, que en Navarra durante las 'carlistadas', estuvo preso en setenta y dos cárceles. Consiguió escapar y llegar a la Argentina, donde peleó contra López Jordán".
'Después -continuó el dueño de casa- se hizo famoso en toda la Provincia de Buenos Aires. Lo llamaban 'Gorra Colorada', no sé si por la 'chapela gorri' de los carlistas, por el distintivo de los conservadores, o porque en aquella época el quepis colorado formaba parte del uniforme de los comisarios'.
Sorbió el mate meditativamente, y continuó: 'Limpió todo el sur de la Provincia de vagos y criminales, y una vez él solo atropelló a facón al 'Tigre del Quequén, un tal Felipe Pachecho, que debía catorce muertes. Lo desarmó y lo ató'.
'Sí, -concluyó mirando más allá de las glicinas-, fuimos muy amigos con Luis Aldaz. Era un hombre de esos antiguos, muy capaz y, sobre todo, de pocas palabras...' " (11).

Notas
1 Baroja, Pío: "Elizabide el vagabundo", en Cuentos. Madrid, Alianza, 1982.
2 Groussac, Paul: “La pesquisa”, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selecc. de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
3 Lynch, Benito: “El hombrecito”, en Lynch, Benito: Cuentos. Selección, prólogo y notas por Ana Bruzzone. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo, vol. 70).
4 Kordon, Bernardo: “Hotel Comercio”, en R. Arlt, J. L. Borges y otros: El cuento argentino 1930-1959*** antología. Selección y prólogo de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
5 Carpena, Elías: Los trotadores. Buenos Aires, Huemul, 1973.
6 Siscar, Cristina: “Mundo, mundo”, en Reescrito en la bruma. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.
7 Dillon, Susana: Los viejos cuentos de la tía Maggie (Una irlandesa anida en las pampas). Ilustración de tapa e interiores: Angel Vieyra. Río Cuarto, Córdoba, Universidad Nacional de Río Cuarto, 1997. 91 páginas.
8 Caballero, Celia Matilde: “La fotografía”, en Fantasía y amor. Buenos Aires, Ediciones Arlequín de San Telmo, 1998.
9 García, Arturo: “El cóctel”, en el grillo N° 22. Buenos Aires, 1999.
10 García, Arturo M.: “Ella eligió así”, en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte El tema es la libertad, N° 18, 2004.
11 Texto inédito

Poesía

En Martín Fierro (1), de José Hernández, aparece el vasco pulpero:

Se tiró al suelo; al dentrar
le dio un empellón a un vasco
y me alargó un medio frasco
diciendo: «Beba, cuñao».
«Por su hermana», contesté,
«que por la mía no hay cuidao».

Fernando Sorrentino alude al inmigrante, analizando otra cuestión: ”¿Cómo debe interpretarse esta magnífica escena literaria, de vividez cinematográfica? La actitud insolente del gaucho, con su entrada ampulosa de meter el caballo hasta casi dentro del boliche, darle un empujón a uno —el consabido vasco pulpero— de los dueños del local, etcétera, sirve de contexto para que la palabra cuñado, que solía tener un matiz afectuoso, se cargue de agresividad” (2).

Leopoldo Lugones, en “la ‘Oda a los ganados y las mieses’ muestra una expansión jubilosa en la exaltación de la tierra, los hombres y los frutos, sin rehuir prosaísmos certeros de cordial resonancia. Desde el diálogo pintoresco que sitúa con felicidad en su medio al criollo o al extranjero hasta el cuadro familiar a veces íntimo y conmovido de recuerdos, Lugones hace explícita una convivencia con el mundo humano, animal o de humildad biológica que sorprende por la extrema y sutil observación. Hay ternura y gracia en el diminutivo y las imágenes justas multiplican ante el lector la hirviente variedad de ese vivo universo” (3).
En la “Oda a los ganados y las mieses” (4), canta al vasco:

¡Oh alegre vasco matinal, que hacía
Con su jamelgo hirsuto y con su boina
La entrada del suburbio adormecido
Bajo la aguda escarcha de la aurora!
Repicaba en los tarros abollados
Su eclógico pregón de leche gorda,
Y con su rizo de humo iba la pipa
Temprana, bailándole en la boca,
Mezclada a la quejumbre del zorzico
que gemía una ausencia de zampoñas.
Su cuarta liberal tenía llapa,
Y su mano leal y generosa,
Prorrogaba la cuenta de los pobres
Marcando tarjas en sus puertas toscas.


En su poema “En el día de la recolección de los frutos” (5), Alfredo Bufano homenajea a la inmigración española:

¡Salud, nietos sin mengua de Francisco Pizarro
y de Ruy Díaz de Vivar;
hijosdalgo de Avila de los Caballeros,
sudorosos hacheros de Ontoria del Pinar,
labriegos de las rudas mesetas castellanas,
pescadores galaicos de las rías y el mar,
hortelanos de Murcia, vascos roblizos, fuertes
extremeños: ¡larga gloria tengáis
todos vosotros, hijos de las viejas Españas,
hombres de eterna y recia y heroica mocedad,
en cuyas venas corre la misma sangre nuestra
y cuyas bocas se abren con nuestro mismo hablar!.

De María Cristina Azcona es el poema "Vasco argentino" (6), que dice:

El agro se esfera, esmeralda del agro...
en los ojos preclaros del abuelo vasco.

La boina está al sesgo, las cejas son pueblo,
las ideas son rectas planeando milagros.

Severa figura de porte fornido,
las manos de acero, el corazón de estío.

Temperamento de estirpe tribal.
Guerrero en la vida, referente en el hogar.

Un día, blandiendo designios
partió aquella nave.

Estrella nativa colmó sus anhelos
con brillos tan suaves.

Hoy crece aquí, valiente y sincera
la flor de raíces criolla y euskera.

Familia y trabajo es el norte.
Es férreo su temple y aquel mismo porte.

Pasado, presente y futuro destino.
Abuelo que alienta en la sangre del

vasco argentino.

En “Madre Patria” (7), Silvia Isjaqui Sereno evoca a sus abuelos:

Un abuelo catalán
El otro de sangre euskera
Otros, moros perseguidos
Y devueltos a sus tierras
¡Ay mis abuelos dormidos
En otras tumbas de América
Pensando un día volver
Pero ese día no llega

¡Ay que profundo dolor
Caminar por otras sendas!
Uno huyó por ser carlista
El otro por la miseria
Y al resto lo fue llevando
de un lado a otro la guerra

En su Canto a la Argentina (8), expresa el nicaragüense Rubén Darío:

Hombres de España poliforme,
finos andaluces sonoros,
amantes de zambras y toros,
astures que entre peñascos
aprendisteis a amar a la augusta
Libertad, elásticos vascos
como hechos de antiguas raíces,
raza heroica, raza robusta,
rudos brazos y altas cervices;
hijos de Castilla la noble,
rica de hazañas ancestrales;
firmes gallegos de roble,
catalanes y levantinos
que heredásteis los inmortales
fuegos de hogares latinos;
íberos de la península
que las huellas del paso de Hércules
vísteis en el suelo natal:
¡he aquí la fragante campaña
en donde crear otra España
en la Argentina universal!

Notas
1. Hernández, José: Martín Fierro. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Sorrentino, Fernando: “El trujamán Por su hermana»:no confundir una burla con un brindis (II)”, Centro Virtual Cervantes, 29 de diciembre de 2004.
3. Ara, Guillermo: “Leopoldo Lugones”, en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
4. Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”, en Antología poética. Buenos Aires, Espasa, 1965.
5. Bufano, Alfredo: “En el día de la recolección de los frutos”, en “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino”. Buenos Aires, Clarín.
6. Azcona, María Cristina: "Vasco argentino", en Dos talles menos de cerebro.
7. Isjaqui Sereno, Silvia: “Madre Patria”, en SEFARAires Nª 50, Junio de 2006.
8. Darío, Rubén: “Canto a la Argentina”, en Obras completas. Buenos Aires, Editorial Anaconda, 1949. 347 pp.


Teatro

Año 1872. "Tandil era una pequeña ciudad al pie de la sierras ubicada cerca de un río con muchas cascadas a la sombra de sauces y álamos y con una cantidad de molinos harineros. (...) En las primeras horas del Año Nuevo, cuando la ciudad todavía dormía, entraron los rebeldes, no encontraron ni guardias ni policías y rápidamente ocuparon y cercaron la plaza principal. (...) En medio de gritos y alaridos, como una ‘horda de salvajes’, según palabras de un observador, la banda de entre cuarenta y cinco y cincuenta hombres abandonó la ciudad a caballo", para realizar la masacre. "Después de abandonar la pulpería, los atacantes se dirigieron a la estancia de Ramón Santamarina, el acaudalado inmigrante vasco cuya ejecución marcaría el momento culminante de la operación. Como no encontraron señales de su presa, hicieron una pausa para tomar mate y cambiar los caballos. Dejaban a sus espaldas un itinerario manchado con la sangre de treinta y seis cuerpos: dieciséis franceses, diez españoles, tres británicos, dos italianos y una cantidad de argentinos, víctimas de una identificación equivocada" (1).
Escribe Angela Blanco Amores de Pagella: “Dentro de las piezas de carácter popular, con personajes gauchescos, es necesario considerar una obra larga, verdadero antecedente de la corriente gauchesca de teatro que se afirma con Juan Moreira y su tema de la injusta situación del gaucho en la sociedad de entonces. Se trata de la obra titulada Solané, de Francisco Fernández, escrita en 1872, el mismo año de la aparición de Martín Fierro”.
Sobre el desafortunado mestizo que da título al drama, escribe: “El protagonista de esta obra es Jerónimo Solané, un chileno hijo de una araucana y un francés, que existió en la realidad y que llegó a los pagos de Tandil con fama de curandero. El asunto se refiere a un hecho real: el asesinato de un comerciante de Tandil fue atribuido injustamente a Solané (...)Solané fue preso, pero no se le pudo probar nada. Entonces fue muerto a través de los hierros de la ventana de la prisión”.
A criterio de la ensayista, “lo que fundamentalmente da importancia a esta obra no es el hecho episódico que en ella se trata, sino las intenciones del autor que, según lo escrito por él mismo, se propone revelar la causa de la muerte de Solané citando hechos y sobre todo analizando el medio sociológico, histórico y político, situación de la campaña ante el caudillismo y anulación del sufragio libre” (2).
Luis Ordaz considera que el drama “posee un indudable valor documental, pero carece de verdadero mérito escénico por la trama convencional y el desarrollo efectista y plagado de parlamentos melodramáticos. Francisco F. Fernández, personalidad rebelde y sumamente interesante de la época, escribe la obra y la retoca, pero no la estrena” (3).
En esa obra, varios personajes se refieren a vascos. Cito algunos de esos pasajes.
Uno manifiesta: "el gringo Bidarte, quiere obligar a la viuda, su hija Genoveva, a que se case con su socio el comandante Gómez...". Otro afirma: Me obligaron ustedes a buscarme la vida... para dar de comer a mis 'crías', porque la chacrita que trabajaba con mi padre anciano, nos la quitó el juez de paz, apoyao por Bidarte, gringo indino!... y si no hubiera sio por Solané y su amigo Chaparro, que me ayudaron, yo hubiera tenío que hacer cuatrero endeveras!...". Una mujer dice: "Ustedes no ignoran que los asesinos de nuestro buen Chaparro fueron algunos facinerosos, traidos de afuera, pagados por los políticos y por estancieros deudores (...) y del asesinato y del saqueo de la casa de comercio -¡grosera invención!- acusan al mejor amigo de Chaparro, a Solané!..." (4).

De Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, es el “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso” que se titula Los políticos. En él, aparece un vasco que habla dificultosamente castellano. Cuando un almacenero gallego le pregunta por qué le está cobrando cinco centavos más por litro, el vasco responde: “Porque el Municipalidad hacerme comprar tapos de lata. Si yo casas intendente verá que tapos poner; ¡gran siete!”. Y canta “Agurneré biotreco/ amacho maitiá/ laiste recorri conaiz/ consola saítea” (5).

Muy distinto, por cierto, es el castellano que habla un vasco creado por Carlos Mauricio Pacheco para su “sainete lírico-dramático en un acto” titulado Los disfrazados. El vasco dice, por ejemplo: “¿Y no manya ni medio?”, “No vaya a ser cosa que se retobe el grévano...” y “Me han hecho ráir...qué infeliz el gringo este...” (6).

“El 27 de diciembre de 1902, la compañía Podestá hnos. estrena en el actual Liceo Bohemia criolla”, del uruguayo Enrique De María, escritor que “integra junto con Trejo y Butaro el triángulo que logra diferenciar en su primer momento, al sainete criollo de la zarzuela chica” (7).
En esa pieza aparece un personaje con esta indumentaria: “Román, sentado sobre un cajón, tiene una libreta en la que figura escribir, viste gorra de vasco, un saco viejo y un diario (La Prensa) colocado como chiripá de mantilla, en vez de pantalones”. En otra escena, aparecen “Un gallego, un Vasco, un Andaluz, un Criollo y Coro de hombres. Traen guitarra, acordeón, bandurria, etc., etc.”; el vasco canta: “¡Ay, ay, ay! Mutilá.../ ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!/ ¡Qué lindo es lo que sigue/ en lengua es h’aldurriá!/ ¡Ay!... ¡Ay... ay... mutilá/ chapela gurriá!...” y finaliza gritando “¡Aurrerá nescacha polita!” (8).

Un aviso publicado en la revista teatral La Escena N° 99 anuncia que en la temporada 1920, en el teatro Politeama, se presenta la compañía de Roberto Casaux todos los días con extraordinario éxito. Los actores interpretan El vasco de Olavarría, de Alberto Novión (1881-1937), obra que la publicación reproduce.
En el prólogo, don Joaquín de Vedia nos habla sobre la personalidad de Novión, de quien dice que “es uno de los fuertes trabajadores del teatro argentino, porque es bueno, porque es alegre, porque ni la envidia lo devora ni la vanidad lo irrita”. Acerca de la circunstancia en que el prologuista conoció al dramaturgo, leemos: “Lo conozco desde los primeros días de su carrera de autor: fue mi pobre y grande amigo Florencio Sánchez quien me llamó la atención hacia él, cuando el estreno de La cantina, un modelo de sainetes populares. Desde entonces, otras obras, de diversos géneros y de diferentes proporciones han popularizado el nombre y han afianzado los prestigios de Novión entre los que siguen la marcha, más o menos difícil, más o menos ocasionada a tropiezos y barquinazos, de este pensamiento de hacer un teatro nacional”.
Vedia reafirma lo anunciado en el aviso, refiriéndose a las cincuenta noches que El vasco de Olavarría lleva en escena, y define al protagonista en relación con el autor que le dio vida: un ser “noblote, bueno, sincero hasta en la contradicción, veraz hasta en la pausa, todo sentimiento y comprensión del bien, como el autor que lo ha arrojado, de boina, tricota, cinto y granaderas, a la escena nacional, donde los vascos siembran tan eficazmente como en la pampa” (9).
Luis Ordaz, en un trabajo sobre Florencio Sánchez, nos habla del momento en que surge la obra dramática de Alberto Novión, al que vemos vinculado con otros prestigiosos dramaturgos: “Durante la que se nombra como ‘época de oro’ (y abarca, idealmente, desde la afirmación de la escena nativa por José J. Podestá, hasta el fallecimiento de Florencio Sánchez muy lejos, en Milán, a fines de 1910, van apareciendo y se destacan autores que realizan aportes de gran significación para el desarrollo coherente de nuestra dramática, como Pedro E. Pico, José León Pagano, Julio Sánchez Gardel, Alberto Ghiraldo, José de Maturana, Alfredo Duhau, Vicente Martínez Cuitiño, Alberto Novión, Enrique Buttaro, Carlos Mauricio Pacheco, entre tantos otros” (10).
Los estudiosos Abel Posadas, Marta Speroni y Griselda Vignolo diferencian, en un estudio sobre el sainete, el español, el lírico criollo, el de indagación y entretenimiento y el de divertimento y moraleja. A criterio de los ensayistas, Alberto Novión cultivó algunas de estas vertientes (11).
Alberto Novión, nacido en Francia, ha creado varios personajes inmigrantes; recordemos a los italianos en La cantina y Primeros fríos. Para lo comedia en tres actos presentada en el Politeama, se inclinó por un vasco, al que dota de muchas condiciones buenas y pocos defectos.
La anécdota es escueta y sabrosa: un hombre vive con su mujer y su hijo en Buenos Aires. Su hermana, a quien hace veinte años que no ve, le anuncia que irá a visitarlo. Viene del campo, de Olavarría, donde vive con su marido vasco y sus dos hijos. La visita de los parientes causa desagrado a la cuñada, quien espera lo peor de esta familia, a la que supone grosera y rústica. Más tarde, se dará cuenta de que estaba prejuzgando, y tendrá que aceptar que su hijo, estudiante de Abogacía con pretensiones de diplomático, se case con la prima del campo.
La cuñada del vasco pregunta a su marido cómo ha hecho este hombre para juntar tanto dinero. El marido le responde: “como tantos otros, la mayoría de nuestros vascos, trabajando honradamente. Este es de los buenos, de los grandes y fuertes, porque sabe romper la tierra, tirar el grano y mirar de frente al sol.”.
Novión alude también al empecinamiento del inmigrante, quien afirma: “cuando a un vasco se le pone algo en la cabeza, no hay familia, razones, ni el demonio a cuatro, que lo haga salir del camino que ha agarrao...”. Quizás en esta fortaleza de carácter radique su posibilidad de prosperar en un país hospitalario. La mujer del vasco coincide con él en que es empecinado, pero se lo dice con un sentido reprobador: “los vascos, por más macanas que hagan tienen razón”. Es risueña la imagen que aporta el hijo de ambos, quien asevera que cuando “el viejo hace una macana, aunque le peguen en el suelo no da su brazo a torcer”. El vasco está orgulloso de ser quien es y, cuando lo desairan, dice que se lo han hecho a él, “al vasco de Olavarría, que tiene nada más que pegar una patada en el suelo y salen todos disparando como en Cagancha”.
Pero el vasco, así como es tenaz y arrogante, es también un hombre sensible. Por boca de su hija sabemos cuánto echa de menos su tierra de origen: “papá -dice la joven-, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda” (12).
Novión nos brinda la posibilidad de conocer la compleja relación que se dio entre nativos e inmigrantes y, en esta pieza en particular, entre citadinos y campesinos, pues en ella se advierten resonancias del “menosprecio de corte y alabanza de aldea” que tantas páginas motivó en la literatura de diversas épocas.

Notas
1 Lynch, John: Masacre en las pampas. La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001.
2 Blanco Amores de Pagella, Angela: Iniciadores del teatro argentino. Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1972.
3 Ordaz, Luis: “De Caseros al zarzuelismo criollo. El teatro”, en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
4 Fernández, Francisco F.: Soalné. Buenos Aires, Instituto de Estudios de Teatro.
5 Trejo, Nemesio: Los políticos en Canillita y otras obras. Buenos Aires, CEAL, 1980.
6 Pacheco, Carlos Mauricio: Los disfrazados, en Canillita y otras obras. Buenos Aires, CEAL, 1980.
7 Speroni, Marta y Vignolo, Griselda: “Notas” a Varios Autores: El teatro argentino. 6. El sainete. Buenos Aires, CEAL, 1980.
8 María, Enrique de: Bohemia criolla, en Varios Autores: El teatro argentino. 6. El sainete. Buenos Aires, CEAL, 1980.
9 Vedia, Joaquín de: “Prólogo” a Novión, Alberto: El vasco de Olavarría.
10 Ordaz, Luis: "Florencio Sánchez", en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
11 Posadas, Abel, Speroni, Marta y Vignolo, Griselda: "El sainete" en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980
12 Novión, Alberto: El vasco de Olavarría. En La Escena Revista Teatral N° 99. Buenos Aires, 1920.


En cine

Algunos cineastas evocaron la inmigración española que llegó a tierra americana. en filmes en los que se evoca esa etapa de nuestro pasado y se pone al alcance del público testimonios de quienes protagonizaron un fenómeno social que dejó indelebles huellas.

El 31 de mayo de 1943 se estrenó Juvenilia, un film sonoro, en blanco y negro, de 104 minutos de duración. Lo dirigió Augusto César Vatteone. Escribieron el guión Pedro E. Pico, Alfredo de la Guardia y Manuel Agromayor, según la novela homónima de Miguel Cané. La interpretaron Elisa Christian Galvé, José Olarra, Ernesto Vilches, Eloy Alvarez, Ricardo Passano (h), Marcos Zucker y Gogó Andreu, entre otros (1).

En La Fuga (Argentina-España, 2000), aparecen inmigrantes españoles. La película fue dirigida por Eduardo Mignogna, con Ricardo Darín, Miguel Angel Solá, Gerardo Romano, Patricio Contreras, Inés Estévez, Facundo Arana, Arturo Maly, Norma Aleandro.
“En el verano de 1928 escribe Juan Sasiaín- siete presos acosados por la angustia del encierro, ansiosos por los aleteos de libertad, se fugan de una penitenciaria de Buenos Aires. Los prófugos toman rumbos diversos, intentando retornar a lo que eran sus vidas. Laureano Irala (interpretado por Miguel Angel Solá) narra las historias de sus compañeros, con una voz cálida y reflexiva: "ninguno de nosotros podría librarse de las ataduras que tenía antes de caer preso...". Eduardo Mignogna, basándose en su novela homónima, dirige el film siguiendo su estilo en clave de melodrama. La excusa de la fuga sirve para contar el cuento de cada uno de los presos, el re-encuentro con sus pasiones individuales; presos de sus propios deseos no logran fugarse de sus destinos de encierro. Lo único que une a estos personajes es el deseo del afuera que cantan a coro de presos: "Pide a la estrella la libertad". (...)Es un lujo para el cine argentino contar con un narrador de historias cargadas de emoción, poesía y delicadeza de la talla de Mignogna. Su novela ganó el premio Emecé y su película ganará sonrisas y lágrimas de los deseosos espectadores” (2).
Cuando el anarquista Camilo Vallejo se fuga, dos hombres con boinas vascas lo ocultan en un carro lechero.

Notas
1 Verbeke, Natalia: “Juvenilia”, en www.cinenacional.com.
2 Sasiaín, Juan: “La fuga”, en www.cineismo.com.


En fotos

“Organizada por el Centro Vasco de Azul Gure Txokoa, del 23 al 28 de este mes se expondrá en el Salón Cultural de esta ciudad la muestra itinerante del fotógrafo vasco Paulino Oribe titulada “Pastores vascos en el Río de la Plata”. La exposición, que está dedicada a los inmigrantes vascos en su relación con el pastoreo en el Cono Sur Latinoamericano, consta de 42 fotografías que ya han recorrido numerosas ciudades de nuestro país y que desembarcará luego en Uruguay” (1).

Notas
1. S/F: “Pastores vascos en el Río de la Plata”, en El Tiempo, Azul, 20 de junio de 2004.

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Así vieron a los vascos inmigrantes los escritores. Como personajes literarios, testimonian una sociedad y un momento histórico. Esa visión se complementa con la de los periodistas, cineastas, inmigrantes y descendientes argentinos.

Abril de 2007

(Actualización del trabajo publicado en www.monografias.com)

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Españoles Argentinos