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En esta monografía me refiero a las notas periodìsticas en las que destacados autores escriben sobre la inmigraciòn que llegò a la Argentina entre 1810 y 1960.

Aguafuertes

En una de sus aguafuertes porteñas, titulada “Elogio del lavacopas”, Roberto Arlt homenajea a los inmigrantes españoles:
“Quiero hacer hoy el elogio del lavacopas, del lavacopas como elemento de progreso nacional, del lavacopas como ejemplo de honestidad, de contracción al trabajo, del lavacopas cuya filosofía se la enseñaron los borrachos al borde del mostrador, y cuya feroz y dulce pasión por el dinero se la enseñó la miseria del terruño y la ejemplar conducta del patrón, del patrón que, como los antiguos patrones griegos, sentaba a su mesa al esclavo y le zurraba cuando hacía falta.
En el 80 por ciento de los casos, el lavacopas del almacén porteño es español. Vino de Mondoñedo, de Alcalá de Henares, de cualquier rincón perdido en la montaña. Con pantalón de pana y saco de terciopelo, y una gorra pesada con orejeras, cubriéndole la salvaje cabeza greñuda. Unos duros anudados en la punta del pañuelo, y un deseo infinito de llegar a esa América, a esa América tan linda, tan rebonita a través de la gordura de los indianos, y de los señorones que salieron hechos unos miserables y volvieron con la familia después de cuarenta años de ausencia a darle un banquete a todo el pueblo” (1).
Roberto Arlt viajó a Europa en 1935, enviado por el diario El Mundo, y remitió desde allí sus “Aguafuertes gallegas”, serie de notas sobre los gallegos y su relación con América, en las que tiene gran importancia el tema de la inmigración a la Argentina (2).
¿Por qué aguafuertes? Sobre el título elegido para las crónicas, nos dice Rodolfo Alonso: “Como en esa técnica de las artes plásticas a la que alude su denominación, el ácido despiadado pero en el fondo siempre compasivo y tierno de su visión desprejuiciada y crítica los convertía en auténticos trozos de vida, retratos de costumbres en la gran tradición de Fray Mocho y Roberto J. Payró, por supuesto, nada complacientes” (3). Alvaro Abós, por su parte, considera que “El aguafuerte literario, en la intransferible manera en que Arlt lo practicó, imprimiéndole su sello, identificándolo con la urbe porteña, destaca unos pocos rasgos que, al ficcionalizar el tema o los tipos descriptos, aboceta para sintetizar y sacudir al lector” (4).
Las “Aguafuertes gallegas” aparecieron en 1997, por primera vez quizás, reunidas en un libro. La edición, prólogo y notas estuvieron a cargo de Rodolfo Alonso, quien tuvo un destacado papel en la publicación de estos artículos en un volumen: “por gentil mediación de Jorge Raúl Pérez –relata Alonso en el prólogo-, pudimos enterarnos de que durante ese mismo viaje, Roberto Arlt había visitado Galicia y enviado desde allí una nueva serie de crónicas: nada menos que sus Aguafuertes gallegas. Cuidadosamente recortadas y pegadas, sin duda por el fervor de algún paisano, esas páginas de hace más de medio siglo me llegaron ahora fraternalmente fotocopiadas, salvadas del olvido”.
La difusión de estas crónicas tiene gran importancia. Primeramente –comenta el prologuista-, “Estas Aguafuertes gallegas no son solamente un nuevo ángulo de enfoque para enriquecer nuestra visión, cada vez felizmente más compleja y fecunda, de uno de los más originales escritores de nuestro tiempo”. Esta posibilidad, de por sí, justificaría sobradamente la lectura de las crónicas, pero –continúa- “También nos sirven, además, como auténtico lazo de ligazón entre ambas orillas, entre ambos mundos, no sólo para conocer mejor a esa realidad porteña y argentina donde lo gallego se halla tan profundamente entremezclado, como una sutilísima levadura, sino también para recordar cómo era aquella Galicia de hace más de sesenta años, que quizá no sabía que estaba a punto de anegarse (como toda España) en la tragedia heroica de la guerra civil”.
Otro de los motivos de interés de los textos –agrega Alonso- tiene que ver con la condición social de Arlt. (Lo recordamos muy lejano de aquel Mujica Láinez que por esos años escribió sus “crónicas andariegas” para La Nación). “Era hijo de inmigrantes (prusiano, su padre; italiana, su madre) –señala Roldán-, apenas llegó a cursar quinto grado y de su padre recibió poco más que golpes, por lo que se fue de la casa paterna a los dieciséis años” (5). Omar Borré, biógrafo del Arlt entrevistado por Roldán, considera que él necesitaba “cambiar su propia imagen, que desde chico había estado signada por el hambre, la miseria y el fracaso”.
La relación entre el pasado personal y creación fue uno de los temas que abordó Beatriz Sarlo, en ”Un extremista de la literatura”, trabajo publicado en el número especial de Clarín, donde expresa: “La hipérbole es una señal de clase en la literatura de Arlt. Es la marca del escritor pobre. Por la exageración y la radicalidad, Arlt busca llenar esa falta original de la cual habló tantas veces: no tener ni capital en dinero ni capital cultural. Su marginalidad no fue institucional, ya que desde muy joven fue un periodista estrella y un escritor de éxito. Pero, pese a los reconocimientos, Arlt se sentía un recién llegado de apellido impronunciable” (6).
Alonso se refiere a la condición social del escritor en relación con sus artículos: “siendo el mismísimo Roberto Arlt, como ya dije, también hijo de inmigrantes, estaba en inmejorables condiciones de comprender, fraternizar y valorar a este otro pueblo al que sólo las más difíciles circunstancias económicas y sociales –como él mismo bien señala- habían obligado a la emigración. Y que, sin embargo, sabía amar tan profundamente y como propia a su patria de adopción”.
En estos artículos de Arlt son frecuentes las comparaciones: entre dos localidades gallegas, entre los gallegos y los andaluces, entre los gallegos y los argentinos. De esta última, no salimos bien parados, ya que el periodista advierte que nuestra inferioridad en cuanto a capacidad de sacrificio y laboriosidad es la que hace que un sector de nuestro pueblo desestime al gallego. El cronista nos habla de las duras condiciones en que se desenvuelve la vida en el noroeste español y le resulta lógico que para el gallego inmigrante todo sea sencillo en las Américas: “No se siembra sobre piedras. La tierra es tan tierna que en verano se la cruza en ferrocarril entre grandes nubes de polvo. Aquí, en España –agrega-, la tierra es tan dura, que en pleno verano, cruzando la llanura de la Mancha, que no es llanura sino una sucesión de suaves colinas, después de seiscientos kilómetros de travesía, conservamos la ropa limpia. (...) ¿Qué significa el esfuerzo en la gran llanura –se pregunta-, comparado con la lucha en la mar traidora o en la montaña empinadísima?”
Al respecto, son particularmente interesantes los artículos en los que se refiere a la pesca del pulpo y al trabajo de las campesinas gallegas. De estas últimas comenta que se han quedado solas, pues los maridos están en América o en el mar. Los que están en América, faltan de sus hogares desde hace años, y sólo envían cartas y ‘escasas pesetiñas’. Arlt transcribe un poema de Rosalía de Castro, incluido en Follas Novas (que el lector podrá apreciar en la versión original y en la traducción de Rodolfo Alonso); es aquel que comienza: “Se va éste y se va aquel:/ y todos, todos se van, / Galicia, sin hombres quedas/ que te puedan trabajar".
Sobre aquellos que emigraron reflexiona Arlt en tierra gallega: “-Cómo se les ha de encoger el corazón cuando, en un momento de soledad, se acuerdan de estas aldeas tan bonitas, tan envueltas en cortinados verdes, y cuando se acuerdan de la caída de la tarde, del sol en el río, y de las voces de las gaitas, y de los bailes en los calveros, y de las vacas que atadas con una cuerda llevaban a beber a un río, y de los viñedos tan tupidos, y de sus casonas suspendidas sobre los abismos...” Comprende cabalmente la morriña que agobia a estos hombres de dos continentes, y la comprensión hace que se vuelvan para él más dignos de encomio.
El cronista destaca, asimismo, la seriedad de los gallegos, y la explica en una de sus notas: “he insistido en que me llamaba la atención la seriedad del gallego, pero la seriedad a que me refiero, no es la del ceño fruncido, sino a esa gravedad reflexiva, disuelta en la expresión del semblante, por el hábito de la meditación”.
En la crónica dedicada a la ciudad de Vigo, transmite sus impresiones acerca de la urbe moderna, muy limpia, con mujeres bonitas y una atmósfera “naturalmente contenida y mesurada”. Elogia en estas páginas la honradez de los gallegos, que adquirirá fama proverbial en América: “La gente es ferozmente honrada” –asevera. Como prueba de ello, comenta que “Las casas de pensión dejan la puerta abierta, de modo que por la noche, uno puede entrar a la hora que llega sin necesidad de cuestionar con el sereno”.
La relación entre España y América se evidencia, asimismo, en las donaciones que filántropos del nuevo continente hacen a su madre patria, como “la llamada Biblioteca América, obra de un patriota gallego residente en Buenos Aires, don Gumersindo Busto, quien tuvo la feliz idea de fundar la Universidad Libre Hispano Americana” y la obra de los hermanos Juan y Jesús García Naveira, dos comerciantes ya fallecidos en el año en que se escriben las crónicas, enriquecidos en la República Argentina, cuyas donaciones “son asombrosas por la cifra en metálico que representan”.
Pero, más allá del aporte económico de los emigrantes, los vínculos entre las dos patrias se patentizan una vez más para Arlt en Betanzos, donde observa que “Si se conversa con la gente os sorprende de hallaros en una de las ciudades más argentinizadas de Galicia. Se habla aquí de Buenos Aires como si fuera el pueblo de enfrente –afirma. Circulan modismos argentinos: ‘no seas globero’, ‘macaneador’, ‘ché’. El tango para sorpresa mía, además de bailarse se canta con la letra. No en balde, cerca de tres mil habitantes de Betanzos trabajan en la República Argentina”
Daniel Molina escribió: “Entre la crónica de viajes y la pintura de costumbres, entre la admiración por un pueblo y el análisis de sus virtudes y defectos, estos textos (...) demuestran que para Arlt su pasión por la escritura no diferenciaba entre los grandes relatos literarios y los géneros ‘menores’, como la crónica periodística” (7). Un crítico afirmó, por su parte: “Lúcida visión de una Galicia que ya no es, a través de unos ojos llegados de una Argentina que todavía era, las crónicas de Arlt reflejan la admiración por un pueblo honrado y trabajador, el dolor de los emigrantes y la lucha de las mujeres que se quedan y se contagian del hechizo de la tierra celta donde el campesino convive, con poética naturalidad, con hadas y espíritus que pueblan veigas, soutos y piñeiros” (8).

La “patria anterior”

Aunque José González Carbalho fue un escritor notable, es muy difícil encontrar información sobre su vida y sobre su obra. La que transcribimos nos la ha proporcionado Antonio Requeni, autor de “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho” (9). Leyendo este interesante trabajo nos enteramos de que el poeta, hijo de emigrantes gallegos, nació en Buenos Aires en 1899 y falleció en la misma ciudad en 1958. Dos experiencias lo marcarían en sus primeros años: la lectura de las Follas novas de Rosalía de Castro que le dio su padre, y las reuniones del emigrante con sus amigos recién llegados de Galicia..
Fue periodista en diarios y revistas. En varios artículos se refirió al viaje a la tierra de sus padres que realizara en abril de 1955. Escribe Antonio Requeni a propósito de los mismos: “González Carbalho fue poeta y periodista. Esa doble actividad lo ayudó a comprender mejor la realidad gallega. En muchas de las páginas que dejó escritas resalta la observación sutil, el registro de detalles que contribuyen a una captación más profunda. Esa capacidad para detenerse a inventariar los elementos de la realidad suele ser don o virtud de periodista. Y González Carbalho lo fue, ininterrumpidamente, durante muchos años. Pero además era poeta y sus antenas sensibles estaban siempre prontas para sintonizar el alma de las cosas y trasegar ese mensaje en palabras. Mallarmé dijo que todas las luchas del hombre, las victorias o las derrotas de la humanidad, terminan convertidas en palabras, existen para las palabras, son el pretexto y la justificación, tal vez, de un hermoso libro o de una página imperecedera. González Carbalho, periodista y poeta, acertó a ver y sentir Galicia. Y aquella realidad geográfica y humana justifica hoy unas palabras que, como las de todo poeta verdadero, nacidas del asombro o del fervor y acuñadas al calor de la ternura, se inscriben para siempre en el Tiempo”.
En “Temas de la patria anterior” (10), el viajero escribe: “Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo vo lví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior”.
“La emoción de su primera caminata por Santiago quedó documentada en otro artículo” (11): “Dejo mis maletas en el hotel y salgo, ansioso de caminar por Santiago de Compostela. La Rúa Nova me acoge con el monacal señorío de sus recias casas. Piedra, Severidad. Noble arquitectura neoclásica y barroca. Rúa donde el rumor de los pasos sobre las antiguas losas se apaga oscuramente y el paseante piensa que transcurre hacia dentro del tiempo. Ya estoy andando bajo soportales. Había hablado de ellos sin verlos. Son los mismos. Como también la lluvia es la misma que soñara. La capital religiosa de España –la ciudad que reza, como suele llamársela- es ciudad de lluvias. ¿Puede uno imaginarse a Santiago sin ese ámbito de recogimiento? ¿Quién no ha sentido, en algún instante, esa caricia menuda y tenaz que llaman calabobos? Esta lluvia no moja, bautiza. Es la bienvenida. Tiendo a ella las manos y la llevo a mi cuarto. Huele a aire, a nube. En mi interior, como una blanda hierbecita del campo, crece la sonrisa”.
En un artículo publicado en la revista El Hogar (12), manifiesta su impresión al visitar Padrón: “La primera evidencia de Rosalía la tuve al acercarme a la iglesia de Santa María la Mayor de Iria Flavia. A la vista de su aguja hubiera querida apaciguar la marcha del coche. Descendí despacio y fui andando hacia el templo, cuyo pórtico data del siglo XII, de modo que la presencia de la alondra fue tan real como cuando ella acudía a rezar por sus deudos y servidores. En el atrio, como es tradicional en toda Galicia, el cementerio. El de Adina tiene un valor emocional distinto: en él recibieron sepultura, por espacio de cinco años, los restos de la escritora. Al desenterrarlos para su traslado a la iglesia de Santo Domingo de Bonaval, en Santiago de Compostela, hallóse el cuerpo y las violetas que tenía en su pecho, como si la muerte no hubiera pasado para ellos”.

Las raìces

Manuel Mujica Làinez realizò innumerables viajes a lo largo de su vida, por diferentes motivos. Durante su adolescencia, viviò en Parìs y en Londres; màs tarde, ya periodista de La Naciòn, los viajes fueron para èl parte de su trabajo. La misiòn oficial tambièn fue un motivo para recorrer el mundo, como lo fue asimismo la creaciòn literaria, que lo llevò a presenciar el estreno de Bomarzo en los Estados Unidos.
Poco antes de morir, Mujica Làinez reuniò algunas de las crònicas que escribiòpara el diario capitalino, en dos volùmenes que titulò Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. En estos tomos agrupa artìculos publicados entre 1935 –cuando viajò en el Zeppelin- y 1977. En una entrevista realizada en 1978, afirma que cuando escribiò esa primera nota, “Era un niño bien que iba a bailes y a fiestas” y lejos de enorgullecerse por haber sido elegido para realizar esa travesìa, dice: “A mì me eligieron porque como era tan joven y hacìa sòlo tres años que estaba en el diario, no les importaba mucho perderme...”.
Las condiciones en las que realiza sus viajes no siempre son las ideales, y muchas veces se lamenta de la velocidad que lleva en sus andanzas, o de otros inconvenientes lògicos, dada la època en que visita algunos paìses. El periodista comenta: “Hubiera querido tener el cuerpo sembrado de ojos, como Argos, pues lo que siempre sucede en estos viajes veloces es que lo màs interesante es lo que uno va dejando a un costado, a la derecha o a la izquierda, (...) se hace lo que se puede con los escasos medios fìsicos de que se dispone”.
Ademàs de la premura que lleva, juega contra èl la realidad de los paìses europeos en la posguerra, que obliga a trazar el itinerario de acuerdo a lo posible y no a lo deseable; en Alemania, por ejemplo, debiò alojarse en el albergue de los corresponsales de guerra, en un cuarto diminuto que “debiò nacer cocina, pues conserva en un rincòn una pileta de lavar platos y, en el otro, un caño sospechoso”.
Los lugares que recorre lo impresionan siempre, aunque por diferentes razones. En algunos de ellos admira la historia milenaria o el coraje de sus habitantes; en otros, reconoce espacios propios, ya sea por herencia o por vivencias. Los dos paìses a los que màs se siente ligado el periodista son –el lector lo habrà supuesto- España y Francia.
En España vivieron sus ancestros; uno de ellos, hace siglos, se lanzò al mar, en busca de la promesa americana. “Cada uno de nosotros es, en buena proporciòn, consecuencia de la cadena ancestral que le dio vida –afirma-, y mis eslabones hispanos, rotos hace casi dos centurias, siguen unidos invisiblemente a mis eslabones de la Argentina. Hoy los siento trèmulos, vibrantes, dentro de mì”.
Este sentimiento alcanza su clìmax cuando el poeta visita, en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastiàn, , la casa de sus mayores, en una “peregrinaciòn a las fuentes”: “Con Armendàriz tornè a entrar en la iglesia. Me enseñò, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mì. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostrò junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, màs o menos, està destinada a escuela, correo, dependencias municipales y què sè yo què. Sobre la puerta sigue intacto el blasòn, como en tantas y tantas casas de Guipùzcoa”.
Se refiere a su estado de ànimo de ese momento: “Experimentè, como es lògico, una especie de emociòn difìcil de definir. Ella aumentò cuando, algo despuès, el alcalde nos guiò al cònsul y a mì para que, desde la altura del hospital, abarcàramos la vista del pueblo. Cuatro hermanas de caridad, alegres, parloteantes, sonoras de llaves y de rosarios (la màs àgil, Sor Pastora), nos escoltaron a lo largo de vastas salas llenas de camas vacìas –pues en Villafranca no hay màs que trece asilados en el hospital, y la principal razòn de ser de ese instituto monjil finca en su colegio- para que asomàndonos a las ventanas del primer piso, apreciàramos en su conjunto la hermosura del pueblo. Y entonces, al verlo tan pequeño, tan esmirriado, con sus tejas venerables, sus edificios hidalgos y sus muros pobrecitos, sentì que algo se apretaba dentro de mì”.
Recordò entonces a “aquel Juan Bautista de Mujica y Gorostizu, tan vasco, quizàs el tercero o el cuarto hijo de una familia numerosa, de hacienda flaca, que un dìa resolviò irse de Villafranca de Oria, de estas montañas, de este rìo rumoroso, de estas casas soñolientas, de estos pinos velados por la bruma, de esta iglesia que guardaba la historia de los suyos”. Se fue “allende el mar, al extremo del mundo, porque –segùn se referìa- se habìa abierto el puerto de Buenos Aires al comercio, en un nuevo virreinato, y acaso allì –pero eso sì, desgarràndose de todo, como quien se cercena una mano a sì mismo- habrìa posibilidades de medrar, para un muchacho sin temor”.
El escritor plasma en este artìculo la emociòn que sintiò: “Ese pensamiento me acercò a èl, por encima del tiempo, màgicamente, y a la casa que acababa de ver junto a la iglesia de Santa Marìa. Y al hacerlo comprendì que no me estaba despidiendo de España sino, al contrario, regresando a ella, a mi casa, y aunque me fuera lejos nunca me irìa de aquì, donde las raìces se hunden entre tumbas y el rìo Oria le repite a mi sangre, para siempre, una vieja ronda familiar” (13).

Los pioneros

En "Lo que el cine no se llevó", afirma Magdalena Ruiz Guiñazú: "usted se preguntara al leer este relato cómo el cine nacional o extranjero no han explotado estas estupendas historias patagónicas a las que la naturaleza sigue prestando su marco deslumbrante. Cómo un personaje con todas las características del pionero no ha sido usado para hacer conocer esta historia nuestra que casi siempre se presenta en forma tan ceremoniosa que inmediatamente imaginamos una hoja de almanaque sin sangre y sin vigor. Son imponderables que difícilmente podremos comprender. El cine nacional es un enfermo postrado. Los temas para infinitas historias siguen esperando, en alas de la imaginación, para devolverle la vida" (14).

Un mismo destino

A partir de la historia de una pareja de inmigrantes judíos, Alicia Dujovne Ortiz se refiere a otros inmigrantes. Ella afirma: “En el respeto mutuo estaba la clave del entendimiento entre esas dos personas valerosas que habían abandonado sus aldeas natales y llegado a la Argentina solos, casi adolescentes. Lo demás –pasar por el siniestro Hotel de Inmigrantes y por el patio del conventillo que calentaba el alma con sus olores y sus idiomas mezclados, aprender un castellano cuyo diptongo en ue jamás pudieron pronunciar, pero al que igual domaron e hicieron suyo- equivale a la historia de todo inmigrante, cualquiera que haya sido su nombre: Marcello, Manolo, Moishe o Mustafá” (15).

Un tango

Abel Posse “cuenta la historia de Casimiro Aín, que bailó ante Pío XI el Ave María, de Canaro”. “A las 9 de la mañana del 1° de febrero de 1924, Casimiro Aín (el Vasco o el Lecherito), pálido y seguramente un poco aterido (invierno), sale del hotelito de la vía Torino que le reservó la embajada y sube a un taxi. Lleva una modesta valija con los elementos esenciales: botines abotonados, pantalón de fantasía con trencilla, chaqueta negra con vivos, pañuelo al cuello, o lengue de seda japonesa y un puñal de madera que le parecerá conveniente no agregar al atuendo. Lleva puesto el invariable chambergo borsalino, el gacho gris arrabalero, de cinta ancha y ribete negro en el ala. Símbolo del malevaje ríoplatense” (16).

Carnaval

En “El siglo disfrazado”, Mauricio Kartun analiza la relación del Carnaval con la inmigración: “Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja”.
Una vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo, para enviar esa imagen al país de origen: “Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?”
El afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces elegidos por las madres para sus hijos: “Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De pierrot, sobre todo, hasta los años 20 en que las colectividades tomaron peso propio. De allí en más predominaron los baturros, toreros y gaiteros asturianos, las majas, las gitanas, y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, o su versión lechera con los tarros también a escala” (17).
Enrique Pinti evoca los carnavales de su infancia: “Piratas, gauchos, damas antiguas, marqueses versallescos, zorros (negros y blancos), diablitos, hadas, aldeanas, lagarteranas, baturros, tiroleses y andaluces, gitanas y pajes medievales aparecían en esas páginas como un convite a la consagración y apoteosis del hermoso período anual. (...) Vacaciones no tenía, pero disfraces sí, ¡y qué disfraces! Payaso, pollito, holandés, bailarín ruso, gaucho, mexicano, sargento americano y teniente argentino. Las fotos atestiguan mi felicidad y las poses son las de un gordito decidido a ser estrella” (18). 

.....

Así vieron estos escritores la inmigración. Así la vemos nosotros, décadas más tarde, desde sus crónicas, plenas de admiración por los sacrificios de aquellos de los que muchos argentinos descendemos.

Notas
1. Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes porteñas. Buenos Aires, Hachette, 1960. 329 páginas. Estudio preliminar de Pedro G. Orgambide.
2. Gonzàlez Rouco, Marìa: “Roberto Arlt, cronista de la inmigraciòn gallega”, en www.monografias.com.
3. Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Santa Fe, Ameghino, 1997. Selecciòn, pròlogo y notas por Rodolfo Alonso.
4. Abòs, Alvaro: “El amigo uruguayo”, en Clarìn, 2 de abril de 2000.
5. Roldán, Juan Martìn: “Arlt frente al espejo” , en Magazine Semanal, Buenos Aires, 2 al 8 de julio de 2000.
6. Sarlo, Beatriz: ”Un extremista de la literatura”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de abril de 2000.
7. Molina, Daniel: en Clarín, Buenos Aires,
8. L.C.: “No son chistes de gallegos”, en La Nación Revista, Buenos Aires,
9. Requeni, Antonio: “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho”. Separata del Boletín Galego de Literatura (Traducción al gallego de Blanca-Ana Roig Rechou. Traducción del gallego de M.G.R.).
10. González Carbalho, José: “Temas de la patria anterior”, en La Prensa, Buenos Aires, 21 de abril de 1957 (Citado por Antonio Requeni).
11. González Carbalho, José: en La Prensa, Buenos Aires, 13 de mayo de 1956 (Citado por Antonio Requeni).
12. González Carbalho, José: en El Hogar, Buenos Aires (Citado por Antonio Requeni).
13. Mujica Làinez, Manuel: Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. Vol. I. Buenos Aires, Sudamericana, 1984.
14. Ruiz Guiñazú, Magdalena:"Lo que el cine no se llevó", en Había una vez... la vida. Buenos Aires, Editorial Planeta, 1995. 223 pp.
15. Dujovne Ortiz, Alicia: “La memoria de las mujeres”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 28 de noviembre de 2004.
16. Posse, Abel: “Lejanas batallas del tango (I) 1924. El vasco Aín en la Santa Sede”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de octubre de 2003.
17. Kartun, Mauricio: “El siglo disfrazado”, en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000.
18. Pinti, Enrique: “La Argentina según Enrique Pinti. Carnavales eran los de antes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de marzo de 2005.