Holandeses

   
 


 

 

IyL

El Hotel de Inmigrantes

Colectividades Argentinas

=> Alemanes

=> Armenios

=> Austriacos

=> Belgas

=> Dinamarqueses

=> Espanioles I

=> Estadounidenses

=> Franceses

=> Galeses

=> Holandeses

=> Ingleses y escoceses

=> Irlandeses

=> Italianos

=> Japoneses

=> Portugueses

=> Rusos

=> Suizos

=> Turcos

=> Celtas

=> Gringos

=> Comentarios sobre estos trabajos

Inmigrantes destacados

Inmigracion y Literatura

Antologia Inmigrante Argentina

Volver a Galicia

Acerca de la autora

Contacto

Libro de visitantes

Galeria de Fotos

 


     
 

Indice 

1. Testimonios
2. Memorias
3. Biografías
4. Novelas
5. Notas

Ema Wolf escribe: “Se sabe que los primeros holandeses se establecieron aquí en 1889. Familias campesinas provenientes de Frigia y Groninga se radicaron en Tres Arroyos en campos vecinos a la estación de Micaela Cascallares para extenderse luego hacia otros puntos del partido y también –en especial los llegados entre 1924 y 25- hacia tierras que hoy corresponden a San Cayetano. Dispersos por la campaña, nunca integraron grupos compactos. Hoy el 75% de la producción láctea de Tres Arroyos está en manos de sus descendientes” (1).

Testimonios

Liliana Moreno entrevista a una refugiada: "Quizá sea como dice Debora Lang: "Creo que la gente está cansada de las historias del Holocausto". Pero la de ella es extraordinaria y llegó a este diario vía mail. La contó su hijo Martín después de leer la noticia del descubrimiento de las memorias de Helga Deen (Clarín, 20/10), una joven judía holandesa que —como Ana Frank— se escondió de los alemanes durante la ocupación y murió. "Mi madre —contó él— es parte de una familia de ocho (padres y seis hijos) que se reencontró sana y salva después de cuatro años de vivir separados y escondidos, también durante la ocupación nazi a Holanda". Debora no dice que es un milagro porque es agnóstica, pero sabe que se le parece.
"Nuestra historia —ahora es ella quien la cuenta— empieza en 1940 cuando los alemanes invadieron Holanda". Se sabe que a la distancia muchos horrores pueden contarse como un cuento. Pero Debora Lang, que hoy cumple 80, le suma lo suyo: tiene tanto de cálida como tan poco de dramática. "Aunque en realidad empezó en 1933", corrige con marcado acento holandés, a pesar de que vive en la Argentina desde 1955.
En 1933 su padre, Moises Manassen, comerciante de ganado, escuchaba con preocupación los discursos del Führer por la radio. "Hitler invadió la casa", recuerda Debora. Y en un punto esto los salvó: Moisés intuía lo que se venía y nunca se lo ocultó a su familia. Por eso, cuando los alemanes ingresaron a Holanda, los Manassen, reunidos en su casa de Utrecht, sabían por qué lloraban. "Lloren ahora, pero por última vez. No les vamos a dar el gusto a los invasores", escucharon Simon (21), Sue (17), Debora (15), Ellie (14), Emmanuel (13) y Michel (10), de boca de su padre. La soga que los nazis pusieron al cuello de los judíos, la ajustaron despacio. Les prohibieron salir después de las 20, debían usar identificaciones... Pero Moises dijo basta cuando ordenaron registrarlos. Era tarde para emigrar y siempre había sido difícil conseguir visas para una familia tan numerosa. Debían esconderse, les dijo, y debían hacerlo por separado para tener más chances de sobrevivir. El y su esposa Johanna por un la do, Debora y Ellie por otro, los demás, solos. Simon no contaba, era miembro de la resistencia. Todo fue de un día para el otro, para que el secreto no se filtrara. "Y aunque no sabíamos cuando nos volveríamos a ver, nadie lloró".
Era mediados de 1941. Moises, ayudado por Simon, había armado una red de casas y complicidades entre familias obreras de los suburbios de Utrecht. No eran ni amigos ni empleados. "Era gente muy solidaria que se arriesgó por nosotros. Todos aquellos años mi padre les pagó nuestros gastos porque eran familias humildes".
Debora y Ellie vivieron con un matrimonio. Ellos en la planta baja y las chicas en el altillo: un cuarto, chico con una ventanita, dos camas y un espejo. Ahí pasaron un año y medio, hasta que para burlar una razzia fueron llevadas a otra casa y a otro altillo. Fueron años de silencio cuando había visitas, de leer y releer, de tejer y destejer. De lavar la única muda de ropa hasta gastarla y de esperar la comida, cada vez más escasa. De inviernos enteros adentro de la cama para aguantar el frío y de "pegar el estirón" cada vez más flacas y demacradas. Pero, también, de hablar hasta caer rendidas, de escribir poemas y de ensayar peinados frente al espejo gracias a un par de ruleros, casi un par de tesoros. "Lo digo con pudor, pero la verdad es que nunca estuvimos desesperadas. Quizá porque habíamos participado de un grupo sionista y estábamos orgullosas de ser judías. Nunca pensé 'Caramba, si no hubiera sido judía mi suerte hubiera sido otra'. Creo que fue esta fuerza interior la que hizo que saliéramos enteras".
Hubo momentos que parecieron el fin. Debora recuerda uno: "Muy de vez en cuando nos sacaban a dar un paseo corto, de noche y de a una. Una noche nos paró un policía y me pidió documentos. Por lo bajo mi acompañante me dijo 'Corré'. Yo corrí como loca hasta que toqué timbre en una casa cualquiera. A las horas, mi acompañante, que le había inventado una excusa al policía, me vino a buscar. Tuve mucha suerte. Otra vez la trama de solidaridades me salvó la vida".
La comida se hacía cada vez más escasa en el norte y Moises planeó el traslado de sus hijos al sur. Separadas, sólo las mujeres pudieron ir. Debora llevaba documento falso, el pelo negro debajo de un gorro y se había depilado las cejas "porque eran muy delatoras de mi condición de judía". Para darle "apoyo moral", pero sin hablarle, viajaba el señor Van Schouwenaar, dueño de la casa donde se escondía su padre.
En Venraay, un pueblo de campo, Debora recuperó parte de su libertad. Vivía con una viuda y muy de vez en cuando salía para ver a sus hermanas. "En el norte de Holanda todos son rubios y era difícil mimetizarse. En el sur, en cambio, la mezcla con belgas y franceses me favorecía. Además, después de unos años uno se acostumbra al peligro". Tanto se mimetizó que fue reclutada para pelar papas en la cocina del ejército alemán. Hizo mal su trabajo, defendió su condición de estudiante y logró que la mandaran de vuelta. Su hermano Michel, supo después, fue llevado a la mismísima Alemania a trabajar en una fábrica de armamentos.
Cuando en 1944 el ejército inglés liberó el sur de Holanda, las hermanas Manassen no pudieron festejar: el resto de la familia seguía en el norte. Debora y Ellie consiguieron trabajo en la cantina de los soldados: al fin leche, azúcar, escones, ¡chocolate! y una paga. Aunque tenían la ropa gastada y hacía tiempo que no veían un buen plato de comida, con el primer sueldo "nos compramos dos sombreritos marrones que estrenamos para visitar a Sue", recuerda sonriente. Llegó 1945 y el fin de la guerra. La casa de los Van Schouwenaar —la única dirección que todos los Manassen conocían— fue el punto de encuentro. Las chicas llegaron en una ambulancia del ejército inglés, Michel caminando desde Alemania, el resto salió de sus escondites... "Recién entonces —dice Debora— volvimos a llorar" " (2).

El Maestro de circo Mario Pérez desciende de inmigrantes. Sobre él escribe Carolina Robbiano: “Quinta generación de una familia circense holandesa, Pérez es algo así como el predecesor del Homo sapiens circense: un eslabón entre el tradicional y el nuevo circo. (...) La casualidad hizo que naciera en Catamarca, una parada más del circo en que trabajaban sus padres. Después, Brasil, América Central y Estados Unidos fueron sus hogares, en dosis moderadas. Virginia y César, los padres de Mario, se conocieron en Córdoba. Virginia era equilibrista y César vendía yuyos medicinales. El se unió al clan y también aprendió a caminar sobre cables de alambre”.
“Cupido invirtió los roles con la historia entre Mario y Elena: ‘Vení que te muestro los animales’, le dijo él a ella cuando la vio embelesada frente a la carpa. Después, a fuerza de voluntad, Elena aprendió el arte del equilibrio, y ahora es la directora de la Escuela de Berazategui. De sus tres hijos, Jairo, el mayor, trabaja como equilibrista y como mono en el Circo de la Costa, después de las horas de escuela que sus 13 años le imponen” (3).

Desde Comodoro Rivadavia, Chubut, me escribe Miguel Angel de Boer: "Mi padre era argentino (nacido aquí en la Patagonia), su padre (del mismo nombre) era holandés y su mamá sudafricana (inmigrante boer). Mi madre, tambien argentina, era descendiente de sudafricanos. En casa ellos hablaban en affrikaans, aunque él hablaba holandés con fluidez entre otros varios idiomas que sabía".

Memorias

“En mayo de 1889, el vapor Leerdam trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio... Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina. Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo” (4).

Biografías
Foto

Acerca de Jacques Witjens, escribe Ignacio Gutiérrez Zaldívar, en 1999:
“Nacido en La Haya el 11 de abril de 1881, Adrianus Hendrikus Witjens nunca sospechó que viviría cerca de la mitad de su vida en el Hemisferio Sur y a miles de kilómetros de su Holanda natal. Luego de cursar estudios de pintura desde los 14 años comienza su tarea profesional abriendo su taller a metros del museo Mauritshuis donde contemplaba diariamente el único paisaje que se conoce de Johannus Vermeer. La Escuela de La Haya tiene como característica una legión de estupendos paisajistas que trascienden el mero efecto óptico de lo que están viendo, como hacían sus contemporáneos los impresionistas franceses. Esta maravillosa escuela poco difundida intemacionalmente es el producto de una larga contemplación y de un conocimiento acabado de la naturaleza que está representando. No pintan un mero instante sino que reflejan una compenetración vivencial con aquello que transmiten en sus telas”.
“Cuando Witjens Ilega a la Argentina en 1920, lo hace recién casado con Herta María Stephan, quien estaba embarazada de Rolando el primero de sus hijos”.
“No debe extrañarnos que eligiera como lugar de residencia aquel que más le recordara a su tierra, es por eso que el Tigre fue el primer lugar que los cobijó en la Argentina. Quiso el destino que llegara en el momento de mayor apogeo de nuestro país y que viviera la década gloriosa para nuestro arte y la cultura nacional. En sus primeras exposiciones reflejaba sus vivencias de esta "nueva tierra" y el melancólico recuerdo de sus molinos y canales que había dejado allá lejos y hace tiempo... Esta es la octava retrospectiva que presentamos en tan sólo 15 años de este maravilloso artista. Me unen a 61 razones estéticas y afectivas, ya que un cuadro de Witjens fue la primera obra que compraron mis padres recién casados, y también he tenido la dicha de frecuentar a su hijo Rolando y a su mujer Marisa, quienes alimentaron mi pasión. En cada una de sus obras, Witjens nos habla de su profunda compenetración con el motivo del cuadro y nos transmite una serena inmensidad que habla de la grandeza de su espíritu y de sus obras. A los 75 años de edad fallece el 7 de diciembre de 1956. No dudo en afirmar que su contribución al Arte de los Argentinos es digna de destacar, como espero se reafirme en la presente retrospectiva” (5).

Novelas

A criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (6).

La logia del umbral, de Ricardo Feierstein, cuenta el proyecto de cuatro generaciones de una familia, que se propone llegar a caballo desde Moisesville, Santa Fe, mediante postas de dos jinetes por vez, con una caja de madera de cerezo que contiene tierra de la primera colonia judía en la Argentina y “una mezuzá, estuche de hueso con un trozo de papel escrito con letras hebreas”, hasta la Plaza de Mayo, donde la enterrarán bajo la Pirámide. Uno de los personajes reflexiona, eufórico: “cuando se corra la voz, italianos y españoles y franceses y todos los otros harán lo mismo. Y tendremos, allí en esa Plaza del centro de Buenos Aires, la ceremonia simbólica del crisol de razas o del mosaico de identidades”.
En esa obra, dice uno de los personajes: “Incluso, antes de la guerra, vinieron judíos de Alemania, Holanda y Polonia. Esto era Sión para ellos, la tierra de la libertad, de la leche y la miel, donde pudieron salvar sus vidas y tratar de rehacerlas. Más polacos y lituanos llegaron después, en los años ‘40” (7).

 

imagen

En Países Bajos (8), de Federico Jeanmaire, se hace referencia a inmigrantes holandeses. Sobre esta obra, escribe Sylvia Saítta:
“Recién emigrado al país de sus ancestros, sin dinero y sin trabajo, Juan Hilkema, un argentino descendiente de holandeses, conoce a la enigmática y pelirroja Ruska, en un bar de La Haya. En ese casual encuentro, la mujer le ofrece un trabajo: ser una especie de ‘conejillo de Indias’ en un gabinete experimental de la Facultad de Medicina. Juan acepta; durante cuarenta y cinco días estará encerrado, sometido a inyecciones y controles médicos, sin otra relación con el afuera que las cartas de Ruska que, cada cinco días, llegan a su gabinete”.
“De ese primer encuentro nacen también una historia de amor y el relato de una historia de vida. Porque en esa oportunidad Ruska le pregunta a Juan ‘de dónde había sacado una lengua tan universal y tan personal al mismo tiempo’ y le pide que responda a la pregunta, ‘en extenso y por escrito’, durante su encierro”.
“Lo que el lector de Países bajos lee es, justamente, esa respuesta en extenso y por escrito: el conjunto de hojas dirigidas a Ruska, que ‘encierran los secretos más profundos’ de la lengua tan universal y tan personal que habla Juan; páginas que encierran también una historia de amor y una historia de vida”.
“Para Juan, escribir la historia de su lengua es escribir al mismo tiempo la de la lengua de sus antepasados, la de la colonia holandesa en la Argentina, la de sus abuelos inmigrantes y la de sus padres. En esa historia hay, no obstante, dos lenguas –como hay, también, dos versiones y dos verdades de cada anécdota de infancia que se recuerda-. Una lengua de la paz, el castellano, que Juan hablaba en la escuela y en la calle; y una lengua de la guerra, la de la colonia de inmigrantes holandeses, ‘un idioma incomprensible, áspero, lleno de jotas y kaes, que no se hablaba sino que se gritaba; un holandés de lo más rudimentario. Ese holandés aprendido en la infancia está en la base de la relación sentimental de Juan y Ruska, porque en Países bajosvivir y narrar una historia de amor es vivir y narrar la historia de una guerra”.
“En ese sentido, la historia de amor devenida en historia de guerra es metáfora del malentendido entre la cultura del centro y la de la periferia, entre el español y el holandés que coexisten en el texto, entre dos modos de estar en el mundo. La novela avanza, de este modo, siempre en dos planos: en dos tiempos -–l tiempo presente y el tiempo recordado-, en dos espacios –Argentina y Holanda-, y en el desdoblamiento de la voz narrativa en un yo que escribe y un tú al que se interpela”.
“En esa elección, la de narrar en segunda persona, radica el punto de mayor audacia de la novela. También el de su mayor debilidad porque la torna previsible y, por momentos, reiterativa” (9).

 

Notas

1. Wolf, Ema: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
2. Moreno, Liliana: “HISTORIA DE VIDA: MEMORIAS DE UNA SOBREVIVIENTE QUE RESIDE EN LA ARGENTINA Vivió escondida como Ana Frank, pero ella pudo salvarse del Holocausto”
3. Robbiano. Carolina (texto); Pessah, Daniel (fotos: “Circo de la Costa. Prohibido entrar con animales”, en La Nación Revista, 30 de noviembre de 1997.
4. Zijlstra, Diego:
5. Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: “Jacques Witjens”, en www.zurbarangaleria.com.ar. Octubre de 1999.
6. Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.
7. Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Galerna, 2001.
8. Jeanmaire, Federico: Países Bajos. Buenos Aires, Planeta, 2004, 242 pp.
9. Saitta, Sylvia: “Relato de amor y vida”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de noviembre de 2004.