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Indice 

 

1. Introducción
2. Personalidades
3. Museos
4. Novelas
5. Cuentos
6. Poemas
7. Notas

Introducción

“ ‘Hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan diversos idiomas’, olvidando sus diferencias y acentuando sus afinidades, tomaron –como lo pondera Jorge Luis Borges- ‘la extraña resolución de ser razonables’ y, después de aquel mítico acto de rebeldía de Guillermo Tell, de constituir –uniendo uno por uno los cantones- lo que es hoy la Confederación Helvética. Pueblo pacífico y laborioso, independiente y universal, apasionado por el trabajo y el secreto de la precisión”.
“No todos los cantones tuvieron siempre la prosperidad actual. En ese contexto el de Valais fue, durante el siglo XIX, el más propicio a hacerse eco de las buenas noticias procedentes de la Argentina, las cuales coincidían en favorecer la emigración”.
“Ya había suizos en nuestro campo, como Luis de Chapeaurouge, afincado en Carmen de Areco desde 1830. Pero cuando Aarón Castellanos firmó con el gobernador de Santa Fe, Domingo Crespo, el convenio que daría lugar a la fundación de Esperanza –la primera colonia de inmigrantes-, el primer grupo de colonos suizos llegó y se radicó en el país. Era el año 1856. El éxito abrió la posibilidad de nuevas colonias”.
“Carlos Beck Bernard, socio principal de una firma de Basilea, tomó contacto con el embajador argentino en París, Juan Baustista Alberdi, quien alentó la fundación en aquella ciudad helvética, de la ‘Sociedad Suiza de Colonización Santa Fe’. Esta inicia la propaganda a favor de la emigración y organiza, desde allá, la Colonia San Carlos, fundada en 1858, cuyas tres primeras familias –Gschwind, Premats, Reutemann- llegan ese año. En 1872, San Carlos ya sumaba 2000 habitantes. Beck Bernard fue el primer agente oficial de inmigración argentino, y más tarde cónsul de nuestra nación. El fundó, organizó y consolidó la inmigración suiza en Santa Fe”.
“Pero fue Urquiza quien abrió las puertas de Entre Ríos para la radicación de inmigrantes suizos, en especial de Valais. En sus campos y con su ayuda sin par, creció la Colonia San José, organizada por Alejo Peyret, y delineada por el Ingeniero Carlos Sourigues. A partir de 1857, los inmigrantes fueron llegando a la nueva tierra, portadores de constancia y un espíritu emprendedor”.
“Hubo colonos suizos en San Jerónimo Norte (Santa Fe), en Colonia Villa Urquiza (Entre Ríos), en Baradero (Provincia de Buenos Aires), en Colonia Suiza (cerca de Bariloche, en donde hicieron célebres sus dulces y chocolates) y en muchos puntos del país. Todos ellos vinieron a esta tierra hospitalaria, como los de la Colonia San José, y llegaron a tener, en nuestra Argentina, hasta treinta vacas lecheras por familia”.
“En San José sembraron trigo, maíz, cebada, lino y algodón; plantaron frutales, papas, hortalizas, legumbres, vides y olivos; produjeron miel, leche en abundancia y manteca”.
“Tuvieron fe en el país y gratitud por los dones de la nueva tierra. Se hicieron argentinos con devoción”.
“¡Plantaron olivos!. Cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria y ampliaron nuestro patrimonio espiritual” (1).
Entre ellos, hubo personalidades destacadas en diversos ámbitos.

Personalidades

Arquitectos

El arquitecto Jacques Dunant nació en 1858; falleció en su país natal en 1939. “Llegado al país en 1889, fue representante del academicismo francés dentro de la arquitectura argentina de fines del siglo XIX, con predominio del estilo borbónico” (2).
El fue uno de los arquitectos que construyeron el Teatro Municipal de Bahía Blanca: “La noche del 9 de Julio de 1913 se abrieron las puertas aunque faltaban algunos detalles finales, en esta primera función se efectuó la entrega de premios a los ganadores de un campeonato de tiro al blanco. Un mes después, el sábado 9 de Agosto, la ciudad asistió con verdadero júbilo a la inauguración oficial del Teatro; se había contratado para esa noche a la compañía lírica italiana dirigida por el maestro Antonio Marranti, quien ofreció en cartelera la opera Aida de Guisseppe Verdi. El proyecto del edificio estuvo a cargo de los arquitectos Jacques Dunant y Gastón Maller. Para su ejecución se llamó a licitación pública, resultando electa la propuesta de los constructores Bernasconi y Luisoni. El edificio del Teatro, se encuentra favorecido por su emplazamiento: ubicado como remate de la Avenida Alem, da fondo a una perspectiva que culmina con su elegante fachada, cuenta además por su perímetro libre, bordeado por las Plazas Payró y Dorrego. La fachada presenta un cuerpo central de ritmo impar con columnas de orden gigante y aventanamientos. Este cuerpo está flanqueado por dos volúmenes pequeños que le confieren unidad a la composición. De la misma manera, por encima del friso continuo con la inscripción de Teatro Municipal, una balaustrada hace de remate. Interiormente, luego del hall y las escaleras de acceso, se pasa a la amplia sala, la cual se expresa exteriormente por la concavidad de sus paredes y la cubierta de chapa. Tiene capacidad para 850 localidades, distribuidas entre plateas, palco y paraíso, además del palco oficial. Cuenta además con salas de ensayo y talleres. Se destaca la sala ubicada en el primer piso, hacia el frente, denominada Sala Payró” (3).

Aviadores

"Barón Biza era un hombre de acomodada posición, hijo de los millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza, poseedores de grandes latifundios en la provincia de Córdoba. Desde su juventud incursionó en política, apoyando al líder radical Hipólito Yrigoyen, una posición extremadamente inusual en las clases más acomodadas; se abocó también a la literatura, publicando en 1924 el polémico Risas, lágrimas y sedas, y a los negocios. Fue uno de los introductores del cultivo sistemático del olivo en Argentina, y organizó la explotación de minas de wolframio y bismuto en el noroeste del país. De vacaciones en Italia, donde llevaba vida de playboy, conoció en Venecia a la actriz austríaca Rosa Martha Rossi Hoffmann, que actuaba con el seudónimo de Myriam Stefford. Tras un rápido y apasionado romance, el 28 de agosto de 1930 contrajeron matrimonio.
La pareja se afincó en Argentina, alternando la residencia porteña con la estancia "Los Cerrillos" que poseía Barón Biza en Alta Gracia, Córdoba. Entre las peculiaridades del alocado tren de vida de la pareja estaba la afición de Stefford a la aviación; adquirieron un monomotor, con la intención de recorrer con él todas las provincias del país. Antes de obtener su brevet, Stefford ya pilotaba, siendo una de las primeras mujeres piloto de Argentina. Poco antes del primer aniversario de la boda, el 26 de agosto de 1931, participaba en un raid aéreo cuando se precipitó a tierra en Marayes, provincia de San Juan. Las versiones sobre el accidente estuvieron teñidas del más ríspido sensacionalismo, afirmándose que el accidente había sido provocado por el esposo; éste dedicó a la memoria de Stefford un colosal monumento, erigido en el campo familiar. Es un obelisco de hormigón armado, de 82 m de altura, diseñado por el ingeniero Fausto Newton, bajo cuya base hay una cripta abovedada en la que descansan los restos de aquella; lleva la inscripción Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que, en su audacia, quiso llegar hasta las águilas" (4).
Escribe Sylvia Saítta: "Barón Biza. El inmoralista comienza con una "advertencia" de Christian Ferrer en la que presenta el libro por todo aquello que no es. No es una biografía porque el autor no se propone narrar la totalidad de una vida. Tampoco es una obra de crítica literaria ni el intento de reivindicar la figura de un escritor maldito. Es, en palabras de Ferrer, "un informe confidencial" cuyo destinatario original era Jorge, el hijo menor de Barón Biza. En realidad, podemos asegurar, se trata de un homenaje a Jorge Barón, autor de El desierto y su semilla , único y estremecedor libro con el que intentó conjurar un destino anunciado: el de ser "un resentido por herencia" o "un vulgar imitador en la copa y el balazo"; un homenaje al escritor que, al igual que su padre, su madre, Clotilde Sabattini, y su hermana, María Cristina, se suicidó en setiembre de 2001, dejando inconclusa una trilogía en la que se proponía narrar, además de la historia de sus padres, la biografía de sus abuelos y de sus hermanos. Barón Biza. El inmoralista es también la consumación de una promesa implícita: la que Ferrer le hizo, en 1995, a Jorge Barón después de que éste le entregara cartas, legajos, actas judiciales y recortes de diarios y revistas: la de escribir sobre Raúl Barón Biza, su progenitor.
Barón Biza, el padre, el protagonista de este libro, nació en Córdoba en 1898. Su historia durante la década del veinte parece un argumento cinematográfico: es la del joven, apuesto y millonario sudamericano que, en el fragor de las fiestas y los bailes europeos, se enamora de una incipiente actriz de cine que, para casarse con él, abandona su carrera, se radica en una estancia argentina y comienza a dedicarse a la aviación. Myriam Stefford, la joven y audaz piloto, terminó perdiendo la vida al estrellarse su avión en San Juan, en un fracasado intento de cumplir un raid que uniera las catorce provincias.
La vida de Barón Biza durante los años treinta es, en cambio, distinta. Se convirtió, por un lado, en excéntrico militante yrigoyenista, en contacto con los sectores revolucionarios del Partido Radical que conspiraban contra los gobiernos conservadores. Esto le valió una y otra vez la cárcel y el destierro. Por otro, fue el escritor que, en 1933, publicó El derecho de matar , novela de tesis que le valió la acusación de inmoralidad y la cárcel. Estas escenas se reiterarían en 1941 con la salida de Punto final . Barón Biza fue, además, el hombre enamorado de la hija del líder radical Amadeo Sabattini, de quien terminó separándose a finales de los años cincuenta, y el individuo que en 1964 se pegó un tiro tras haber arrojado una copa de ácido en la cara de su mujer.
Ferrer reconstruye la figura pública y privada de Barón Biza, y también se detiene en los textos literarios de quien ha sido considerado por la crítica, a lo largo de los años, como uno de los "escritores malditos" de la literatura nacional. Lo hace sin caer en el facilismo de los rótulos llamativos ni en la complaciente reivindicación de una literatura que combina, como se desprende del fino análisis desarrollado en el libro, "un buen puñado de frases poderosas" con una prosa grandilocuente, argumentos folletinescos de sexo y miseria con la denuncia de la moral hipócrita de las clases acomodadas, la violenta incorporación de escenas eróticas con largas reflexiones metafísicas en que resuenan las lecturas de Max Stirner, Nietzsche o Schopenhauer.
Contar la historia de Raúl Barón Biza implica sin dudas hacerse cargo de un legado incómodo, pesado, por momentos tortuoso. Por eso Christian Ferrer no se propuso escribir una biografía "detallada y competente", ni tampoco quiso convertirse en crítico literario. Ninguna metodología ya ensayada sirve, y por eso, Barón Biza. El inmoralista , es un libro inclasificable y perfecto, en el que la suma de fragmentos que integran cada capítulo va reconstruyendo -con la misma morosidad crispada con que Jorge Barón, en El desierto y su semilla , describe la reconstrucción de la cara de la madre desfigurada- una historia incomprensible: la de quien, en palabras de su hijo, pasó de ser aquel que "construía escuelitas y monumentos al amor de más de setenta metros de alto" al hombre que "arrojaba ácido a su amada" para después suicidarse" (5).
La historiadora Lily Sosa de Newton sostiene que Miriam Stefford no era austríaca: "Aviadora y actriz, nacida en Berna, Suiza, el 30 de octubre de 1905. Su nombre verdadero era Rosa Martha Rossi. Actuó en teatro en Viena y Budapest, y en París filmó algunas películas. Vino a B. Aires en 1928. En 1930 se casó en Europa con Jorge Barón Biza y regresó a la Argentina, donde siguió un curso de aviación, deporte que adoptó con entusiasmo. En 1931 emprendió una gira por catorce provincias en compañía de su instructor Luis Fuchs, y en una etapa del vuelo cayó el avión, sin que los pilotos sufrieran daño. Obtuvo otro avión prestado y cayó nuevamente, el 26 de agosto, falleciendo con su acompañante, mientras volaban entre La Rioja y San Juan. Su marido hizo levantar un monumento a su memoria en Alta Gracia, Córdoba (6).


Científicos

“Santiago Roth, (cuyo verdadero nombre era Kaspar Jacob Roth) hijo de Johan Jakob Roth y Ursula Tobler, nació el 14 de junio de 1850, en Herisau, capital del cantón de Appenzell Ausser Rhoden, Suiza”.
“En 1860 se instaló en la ciudad de St. Gall, al norte de Herisau y mientas asistía a la escuela se relacionó con el Dr. Bernhard Wartmann, director del museo local, quien lo estimuló para que se dedicara a coleccionar objetos naturales. En 1866 se trasladó con su familia a la Argentina y se estableció en Baradero, sobre la costa del río Paraná”.
“Para 1870 ya había comenzado con sus exploraciones. Las colecciones, de fósiles y plantas, que reunía por entonces, las enviaba a museos de Suiza”.
“Más tarde, en 1871, se radicó en Pergamino, donde vivió por varios años, alternando sus actividades de naturalista con su oficio de talabartero. En 1873 se casó con Elizabeth Shütz, una joven maestra suiza”.
“Según cuenta Luís María Torres, siguiendo los consejos de Burmeister, quien era director del Museo Público de Buenos Aires, Roth decidió extender sus exploraciones por la cuenca platense”.
“Una de las colecciones que logró formar la vendió en 1878 al Dr. Lausen, acaudalado danés establecido en Buenos Aires, el cual a su vez la cedió al Museo de la Universidad de Copenhague. Posteriormente realizó otras colecciones para instituciones de Basilea y Ginebra”.
“Recorrió el litoral argentino y la región pampeana, obteniendo importantes hallazgos y se vinculó con reconocidos investigadores europeos, así por ejemplo estableció comunicación con el profesor de paleontología Karl Vogt, de Ginebra”.
“Más tarde viajó a Europa y cuando regresó se instaló en San Nicolás. Recorrió la costa del Paraná y después se dirigió al sur de la Provincia de Buenos Aires. Alternó sus excursiones con breves estadías en ciudades europeas a fin de captar la atención de alguna prestigiosa institución”.
“En 1881, Roth descubrió en Pontimelos o Fortezuelas, cerca del río Arrecifes, un esqueleto humano debajo del caparazón de un gliptodonte, lo cual constituyó para ese entonces una de las evidencias más antiguas de la coexistencia de grupos humanos con fauna extinta del Pleistoceno. En 1887, la Sociedad Helvética de Ciencias Naturales le otorgó un subsidio para que pudiera continuar coleccionando en la Argentina”.
“Con el pasar del tiempo sus expediciones tuvieron mayor alcance. Los descubrimientos que realizó, particularmente en Patagonia, lograron captar la atención del Perito Moreno, quien en 1895 le ofreció la jefatura de la Sección de Paleontología del Museo de La Plata. Roth se convirtió en el primer profesor de paleontología de la institución platense y se empeño en el mantenimiento y exhibición de los vertebrados fósiles del museo”.
“Entre 1890 y 1892 recorrió las provincias de Entre Ríos y Corrientes, y posteriormente la Patagonia en compañía del Dr. Florentino Machon, quien había sido comisionado para efectuar investigaciones en la citada región”.
“Entre enero y junio de 1896, Roth participó como geólogo en una comisión exploradora integrada por los ingenieros topógrafos Eimar Soot y Adolfo Schiorbeck, y el ayudante Juan M. Bernichan. La comisión se dirigió por los ríos Negro y Limay hasta Collon-Curá. Luego Roth y Soot recorrieron el río Caleufú y reconocieron sus afluentes”.
“En 1896 fue designado por Moreno como Perito Argentino en la cuestión limítrofe con Chile. En 1900, la Universidad de Zürich le concedió el título de Doctor en Filosofía y por esa misma época fue designado miembro de la Comisión Internacional de Geología”.
“En 1901, Roth propuso el término Notoungulata (los ungulados del sur) para un grupo de mamíferos extintos al cual perteneció el toxodonte. También fue Roth quien realizó la descripción de los restos de Mylodon procedentes de la Caverna Eberhardt, situada al sur de Chile”.
“En 1909 apareció publicado su trabajo sobre la construcción de un canal entre Bahía Blanca y las provincias andinas, y años más tarde, en 1916, hizo publicar un estudio del geólogo L. Witte sobre la región de San Blas, región a la que Roth le encontraba un importante porvenir económico”.
“Realizó estudios hidrológicos en las provincias de Santiago del Estero, Salta, Tucumán y Buenos Aires. También fue director de un mapa topográfico y geológico de esa última provincia. En 1923 junto con el topógrafo F. Domínguez confeccionó una serie de mapas y modelos topográficos de la región patagónica”.
“Entre los trabajos de su autoría más importantes se destacan: Origen y edad de la Formación Pampeana de la República Argentina, obra que fue publicada en la Zeitschrift der Deutschen Geologischen Gesellschaft, Berlín, en 1888, y sus Investigaciones geológicas en la llanura pampeana publicadas en 1921”.
“Falleció en Buenos Aires el 4 de agosto de 1924 a los 74 años” (7).
El botánico Teodoro Stuckert nació en Basilea en 1852; falleció en Córdoba en 1932. “Fue farmacéutico en Rosario y Tucumán. En 1904 se desempeñó como profesor de Ciencias Naturales y de Química en la Escuela Nacional de Agricultura de Córdoba. Fue el responsable del hallazgo de la Orquídea Argentina, único representante sudamericano de esa especie sudafricana, y formó un herbario. Se vinculó con botánicos del país y del extranjero” (8).
El cartógrafo y geógrafo Enrique Augusto Samuel Delachaux nació en 1864; falleció en Sierras de Lihuel Calel en 1910. “Llegó al país para incorporarse al Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Colaboró con el Perito Francisco P. Moreno en sus trabajos sobre límites con Chile. Desde 1904 se hizo cargo de la cátedra de Geografía Física en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Dos años más tarde fue designado director del Instituto de Geografía de la Universidad de La Plata. Lo sorprendió la muerte en un viaje de estudios a las sierras de Lihuel Calel” (9).
Delachaux tuvo significativa incidencia en la creación de la institución de la que surgió la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata:
“Con un pasado brillante, prestigiado por la calidad de sus estudios, maestros y creadores que alcanzó su máximo esplendor en las décadas del cincuenta y sesenta, la actual Facultad tuvo su origen en la Escuela de Dibujo que funcionó en el Museo de Ciencias Naturales. El Dr. Joaquín V. González fue quien proyectó, en febrero de 1905, la incorporación de las artes al complejo del Museo, bajo la denominación de Instituto de Artes y Oficios Gráficos. Le encomendó al artista Enrique Delachaux la misión de organizar los cursos de dibujo que serían comunes a varias facultades. A instancias de Delachaux, el arquitecto Emilio Coutaret bosquejó los planos para lo que sería la Escuela de Dibujo destinada a los cursos que se dictaban para las carreras de geógrafo, antropólogo, zoólogo, botánico, entre otras, del Museo de Ciencias Naturales”.
“Reconocidos profesores han pasado por esta Facultad: Carlos López Buchardo, Leopoldo Lugones, Arturo Capdevila, Antonio Alice, Fernando Fader, Lino Spilimbergo, Alberto Ginastera, Gilardo Gilardi, Francisco De Santo, Saulo Benavente, Tomás Eloy Martínez, René Mujica, Catrano Catrani, Manuel López Blanco, Serivaldo Sciamarella, Ernesto Epstein, Jacobo Graetzer, Néstor García Canclini, Simón Feldman, Violeta de Gainza, Irma Constanzo, Mariano Drago, Rolando Fustiniana (Roland), Gerardo Gandini, entre otros, sin mencionar la actual planta docente conformada por prestigiosos profesionales. Entre sus egresados se puede recordar a Alberto Favero, Carlos López Puccio, Marcelo Piñeyro, Clara Zapettini, Oscar Barney Fynn, Aníbal De Sanzo, Jorge Ruiz, Juan C. Zorzi y Mario Videla, entre otros”.
“La Escuela pasa, por su trascendencia, a la categoría de Facultad en el año 1973 bajo la dirección de Jorge Abad como Facultad de Arte y Medios Audiovisuales y en 1975 cambia definitivamente su denominación, pasando a llamarse Facultad de Bellas Artes. Desde el advenimiento de la democracia en el año 1983, la Facultad modifica sus planes de estudio, crea la orientación Dibujo en la carrera de Artes Plásticas y reabre, en 1993, la carrera de Cinematografía (cerrada en el año 1976 durante el Proceso Militar) con el nombre de Comunicación Audiovisual. Crece la matrícula de alumnos y se desarrollan las áreas de investigación, postgrado y extensión” (10).
El geólogo Roberto Beder nació en 1888; falleció en Córdoba en 1930. “Integró, desde 1904, la primera sección estatal de geología, dirigida por G. Bodenbender. La bederita, un mineral originario de Salta, fue nombrado en su honor” (11).
“Un ‘argentino’ universal” se titula el artículo en el que Edgardo Krebs evoca al etnógrafo suizo Metráux. Lo transcribimos parcialmente:
“Alfred Metráux (1902-1963) fue un amigo de Borges y Victoria Ocampo; un colaborador de Sur, un etnógrafo suizo nacido en Lausana y criado en Mendoza; un explorador del Chaco y del Altiplano boliviano, del vudú en Haití, del pasado incaico en los libros y en las sierras andinas, y de mitos indígenas en el Amazonas. Fue también, a los 26 años, el fundador y primer director del Instituto de Etnología de la Universidad de Tucumán, desde donde intentó vanamente modificar nuestros mitos, incorporando a los wichis y a los toba-pilagá a la imaginación argentina. De los tres escritores, es el que más se parece al geógrafo de Vermeer. Un géografo que deja su gabinete, se pierde y se amestiza en otras tierras (las nuestras) y dedica su vida itinerante a registrar lo que ve. Su método es la observación directa. Esto lo separa de Borges y de Victoria Ocampo. ‘Yo conozco el país mejor que ustedes’, le escribe a María Rosa Oliver, otra colaboradora de Sur (que merece ser recordada en artículo aparte). ‘¿Quién entre ustedes en Buenos Aires conoce Catamarca, los Valles Calchaquíes, la Quebrada del Toro, los desiertos de la Puna, el Aconquija? Mi gusto por la verdad me hace difícil creer en los sentimientos de ustedes, que me parecen artificiales. ¿Cómo amar la pampa si no la ven más que desde el tren, camino a Mar del Plata? ¿Quién entre ustedes, mis amigos, ha dormido debajo de un algarrobo o de un quebracho’’. Peleas entre cartógrafos sobre cómo hacer el mapa. En una oportunidad, Borges y Métraux, dos caminadores incansables, recorrieron de noche las calles de Buenos Aires en busca del Puente Alsina. Ese era para Borges el límite de la ciudad, y un punto de peregrinaje; del otro lado del puente comenzaba la incesante llanura pampeana, escenario de los mitos argentinos. Metráux no pareció compartir la emoción. Comparado con los desolados pastizales y esteros chaqueños, encolumnados por palmeras, el de la pampa suburbana era un paisaje tímido”.
“Como Juan Dahlmann, el personaje de El Sur, Metráux decidió apresurar su destino y terminar con su vida. No en la llanura y en la punta de un cuchillo, sino al borde de un lago, en un bosque de las afueras de París que le recordaba a la selva sudamericana. Antes de morir, escribió unas palabras de despedida a varios amigos. El texto, encontrado junto a su cuerpo, es el texto de un etnógrafo que registra su propia muerte, gesto pertinaz en la última vuelta del camino. Está en francés, el idioma de su inteligencia, excepto por una línea. '‘Adiós Alfredo Métraux'’ dice, al despedirse de sí mismo. Esas palabras están en el íntimo castellano de la infancia mendocina. Ser argentino es un acto de fe"”(12).

Empresarios

"Lugano fué fundado por José Francisco Soldati, nacido en Suiza en el año 1864. En 1885 se traslada a Buenos Aires, fundando el Barrio de Soldati. En pocos años gracias a su esfuerzo y a su espíritu visionario, crea el Nuevo Banco Italiano. Siendo miembro de la Sociedad Filantrópica Suiza, compra una chacra, decidido a habitar esos lugares inhóspitos a los que nadie se animaba ocupar. Imaginemos por un momento el contraste que existía en la geografía de la zona entre Villa Soldati (uno de los lugares más bajos de la Capital), y las lomas de Lugano (que es uno de los lugares más altos de la Capital). Este contraste le hacía recordar sus montañas en el Cantón Suizo-italiano de donde él era oriundo. Subdividió las tierras y a esta zona le puso el nombre de su ciudad natal "Lugano", donde falleció en 1913" ().

Escritores

En 1824, “nace en Suiza, Lina Beck Bernard, la poeta que desde su llegada a Santa Fe hasta 1861, cuando regresó a su país natal, describió como nadie en sus poemas la Santa Fe de esos años. Se la denomina la primera escritora santafesina” (13).
Uno de sus textos ha sido incluido por María Sonia Cristoff en el volumen Acento Extranjero (14).
Acerca de esta compilación expresó Raúl Brasca: “Calificar este libro como una compilación de relatos de viaje es tan correcto como impreciso. La narración de peripecias no es más importante en él que la personal visión de los narradores, casi siempre explícita y justificada. Semejante ejercicio de la razón emparenta estos relatos con el ensayo, ese género literario que oscila entre la opinión y la aseveración apodíctica, entre la libertad de la creación artística y el pensamiento sistemático. Paralelamente, las páginas que María Sonia Cristoff dedica a introducirlos exceden la contextualización histórica y presentan ensayísticamente toda una concepción de esta parcela de la narrativa. Nuestro país no ha sido pródigo en escritores viajeros. En cambio, fue meta frecuente de ilustres trotamundos que escribieron sus impresiones. Acento extranjero reúne dieciocho relatos, cada uno de los cuales sostiene una mirada singular sobre el país y sus habitantes. La compiladora los ha agrupado según dos criterios: el motivo del viaje y el punto de vista del narrador. La evangelización, la codicia, el interés periodístico o científico, figuran entre los motivos; el enfoque del narrador que es al mismo tiempo protagonista del viaje y el del narrador testigo, a quien este motivo le es ajeno, son los dos puntos de vista dominantes”.
Sobre el texto de la suiza, comenta el crítico: “Lina Beck Bernard, esposa del director de una oficina de reclutamiento de inmigrantes, relata con buen manejo de la intriga la búsqueda del tesoro escondido en el convento de La Merced por los jesuitas expulsados del virreinato”(15).
Jorgelina Núñez manifiesta acerca del mismo texto: “Lina Beck Bernard aprovecha la circunstancia de vivir frente al Convento de La Merced, en Santa Fe, para ilustrar el carácter indolente de los argentinos narrando la historia de los tesoros que los jesuitas ocultaron allí al enterarse de su expulsión y que un siglo más tarde el párroco correspondiente no se molestó en recuperar (16).

Foto

 

Alfonsina Storni nació en el Cantón Ticino en 1892 y puso fin a sus días en Mar del Plata en 1938. Fue “poetisa y dramaturga. Su nombre completo era Alfonsina Carolina Storni. Desde muy niña vivió en la Argentina, pasando su infancia en San Juan y su adolescencia en Rosario, donde se vinculó con actores y autores de teatro. En 1910 se recibió de maestra rural en la Escuela Normal Mixta de Coronda y comenzó a publicar sus primeros poemas. Ya en 1912, afincada en Buenos Aires, comenzó a publicar notas y colaboraciones en Caras y Caretas, tarea que más tarde continuó en Nosotros y La Nación, entre otros medios gráficos. Encuadrada en la generación posmodernista, a partir de su obra, muy difundida y de gran éxito en el país, América y Europa, surgió una tradición de ‘poesía femenina’. Su influencia se extendió al ámbito teatral, por lo que se creó una cátedra para ella en el Teatro Infantil Lavardén. El 9 de noviembre de 1920, obtuvo Carta de Ciudadanía expresando que lo hacía ‘por voluntad y gratitud a esta nación’. En 1923 fue nombrada profesora de declamación de la Escuela Normal de Lenguas Vivas y ejerció similar cátedra en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación. Su poesía evoluciona desde el romanticismo inicial a un vanguardismo de tono personal, en el que está presente la denuncia de la condición social y afectiva de la mujer de su tiempo. Su obra poética abarca La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920, Primer Premio Municipal y Segundo Premio Nacional de Literatura), Ocre (1925), Poemas de amor (1926), Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). Además, escribió las obras teatrales El amo del mundo (1927), Dos farsas pirotécnicas (1932). Obras como Desovillando la raíz porteña (1936), Teatro infantil y Cinco cartas y una golondrina, fueron publicadas póstumamente” (17).
Amelia Bence relata que conoció a la escritora cuando "muy niña, concurría al Teatro Infantil Lavardén para estudiar arte escénico. Un día apareció allí Alfonsina, ya que el elenco pondría en escena su obra Juanita, donde yo participaba en una de mis primeras incursiones artísticas. Desde aquel momento Alfonsina fue para mí una sabia maestra que, casi sin saberlo, me inculcó la pasión por el teatro’ " (18).

Ingenieros

El ingeniero civil Walter Moll nació en 1881; falleció en Buenos Aires en 1957. “Naturalizado argentino, se matriculó en la Organización Profesional de Ingenieros Civiles de Buenos Aires. Partidario del racionalismo, proyectó el edificio de oficinas y viviendas de la Sociedad Anónima Financiera y Comercial (SAFICO), inaugurado en 1933. La obra constituye un volumen rectangular de 10 pisos, con ventanas corridas, que culmina con una torre que termina en pirámide escalonada. Moll también diseñó la casa de renta de Santa Fe 914 (Buenos Aires)” (19).

Litógrafos

César Hipólito Bacle nació en Suiza en 1794 y falleció en Buenos Aires en 1838. “Los primeros datos suyos en Buenos Aires son de 1828, donde retomó la empresa litográfica que había abandonado Douville. En sus prensas realizó toda clase de trabajos: planos, mapas y el Boletín de Comercio, entre otros. En 1829 comenzó a editar una serie de retratos de hombres célebres, como Rivadavia, C. De Alvear (hechos por su mujer, Andrea Bacle), Dorrego (por Arthur Onslow) y Guillermo Brown (por Carlos E. Pellegrini). Se interesó por lo popular, la vida cotidiana, las costumbres y las modas de la región. Sus obras aparecieron en un medio en el cual no había prácticamente imágenes profanas, por lo que adquirieron un alto valor documental. Entre 1830-1835 produjo la monumental Colección general de marcas de ganado de la Provincia de Buenos Aires, obra donde registró casi 10.000 marcas. A la par, continuó con sus retratos y escenas costumbristas. En 1832 se negó a adoptar la nacionalidad argentina, tal como entonces se exigía a los editores, por lo que debió exilarse en Santa Catarina, Brasil. Instalado luego en Chile, fue nombrado litógrafo e impresor del Estado. En 1835 editó el periódico Museo Americano y, en 1836, El Recopilador. Incursionó también en la crítica literaria y la divulgación científica. En 1837 fue encarcelado, acusado de colaborar con los unitarios y vender mapas secretos. Liberado, murió al poco tiempo. Su prisión y muerte fueron esgrimidas por Francia como una de las causas de la intervención armada en el Río de la Plata durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas” (20).
En “El aporte francés en el desarrollo de la pintura argentina” se recuerda a Bacle: “Con su famoso álbum ‘Trajes y costumbres de la Provincia de Buenos Aires’ impreso entre 1833 y 1835, el franco-suizo Cesar Hipólito Bacle alcanzaría una gran celebridad. Fue por varios años el impresor y litógrafo del estado de Buenos Aires y en su imprenta colaboraban calificados artistas como Hipólito Moulin, Julio Daufresne, Juan Francisco Guerrin y Alfonso Fermepin” (21).
En una biografía del suizo se destaca, asimismo, su actividad pedagógica: “editó los cuadernos de los Principios de Dibujo, primeros materiales didácticos conocidos en el país. (...)Entre sus primeros trabajos también se cuentan las láminas de geometría que publicó en 1830, el profesor Avelino Díaz. (...) abrió con su esposa, en 1831, el Colegio de Señoritas que antes había dirigido Madame Curel, bajo el nombre de “Ateneo Argentino” al que concurrieron las hijas de las mejores familias de Buenos Aires. Cuando Rosas dictó el decreto de 1832, por el que se obligaba a los editores o administradores de periódicos de origen extranjero a renunciar a su nacionalidad o a hacerse argentinos, Bacle no se resignó a perder la de origen, y pidió al gobierno que lo relevara de esa obligación, pero la respuesta fue negativa. Entonces dejó de publicar su Boletín de Comercio, y transfirió la imprenta litográfica a un administrador nativo. Mortificado por esta situación, optó por emigrar hacia la isla de Santa Catalina, y su esposa por acompañarlo decidió cerrar su colegio” (22).
Adolfo Mettfesel, pintor, dibujante y litógrafo, nació en Suiza en 1836. “Radicado en Buenos Aires a mediados de 1860, fue empleado en el Museo de Historia Natural. Fue el primer artista que pintó las Cataratas del Iguazú, acompañando al científico Ambrosetti en su expedición. Además nos dejó acuarelas y litografías con paisajes y escenas típicas argentinas. Hay obras suyas en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata” (23).

Pioneros

“Baradero se convirtió en asiento de una de las primeras colonias, fundada por familias suizas, el 4 de febrero de 1856” (24).
En noviembre de 2000 se llevó a cabo, en el Salón Azul del Honorable Congreso de la Nación, la muestra “De los Alpes a las pampas Un siglo y medio de presencia suiza en Baradero”. La organizaron la Bibliotheque Cantonale et Universitaire de Fribourg, la Association Baradero-Fribourg (Suiza), la Sociedad Suiza de Baradero (Depto. Historia) y el Honorable Senado de la Nación”.
Se ofreció al respecto la siguiente información:
“Por primera vez en Buenos Aires se presenta al público la oportunidad de conocer –a través de una exposición temática- un aspecto singular del fenómeno inmigratorio helvético a la Argentina. Se trata de los suizos de Baradero y la floreciente colonia agrícola que fundaron en 1856, junto con los hombres notables de aquella antigua localidad del norte de la Provincia de Buenos Aires”.
“La muestra consiste en un recorrido por imágenes y textos emblemáticos de las diversas instancias de aquella epopeya de pioneros: su partida desde Châtel-St-Denis (Cantón de Friburgo), la llegada a Buenos Aires, su integración a la campaña bonaerense, la prosperidad en su colonia del Baradero, la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos y la acendrada etnicidad que evidencian sus celebraciones, a través de los siglos y con proyección de futuro”.
“Con reminiscencias de paisaje chacarero, un entramado de alambre y postes sirve de soporte a conmovedoras gigantografías que transportan al espectador hacia lugares, rostros, casas, trabajos y fiestas de quienes contribuyeron a fundar la Argentina agrícola de un siglo”.
“Completan cada espacio reproducciones de documentos y escritos breves que sintetizan las características y los hechos principales de esa cronología asombrosa de esfuerzos y esperanzas”.
La muestra se organizó en varios espacios, que tuvieron por tema: “ ‘Dejar su pueblo natal”, “Puertas abiertas en la Argentina”, “Rostros suizos de Baradero”, “Tiempo de cosecha”, “Cultivar sus orígenes” y “Celebrar en la tierra de adopción’ ”.
Se consultaron los “Archives Fédérales, Berna; Archives Communales, Châtel-St-Denis; Archives Cantonales, Friburgo; Bibliothèque Nationale, Berna; Bibliothèque Cantonale et Universitaire, Friburgo; Archivo del Departamento Ejecutivo Municipal, Baradero; Archivo del H. Consejo Deliberante, Baradero; Archivo del Juzgado de Paz Letrado, Baradero; Archivo de la Sociedad Suiza, Baradero; Archivo General de la Nación, Buenos Aires; Biblioteca Nacional, Buenos Aires y archivos particulares de Suiza y la Argentina”.
La Iconografía incluyó material procedente de la “Sociedad Suiza, Baradero; Álbum Gráfico del Cincuentenario, Doerschlag, 1906; Maddocks, M.: Les Premiers Transatlantiques, Time-Life, 1982; Lauper, A.: Fribourg Nostalgique, Ketty et Alexandre, Chapelle-sur-Moudon, 1996; B.C.U., Friburgo; Archivo Familia Chiappara-Müller; Moores, G.: Estampas y vistas de la ciudad de Buenos Aires: 1599-1895, Buenos Aires, 1945 y la Association Baradero-Fribourg”.
La muestra, “declarada de Interés Municipal, Provincial y Nacional, fue auspiciada por la Embajada de Suiza, el Archivo General de la Nación, la Cámara de Comercio Suizo-Argentina, el Honorable Congreso de la Nación, la Embajada de la Argentina en Suiza y la Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires, Resoluciones 12.455/99 y 240/00”.
“La Exposición ha comenzado un largo y exitoso recorrido que comprende, además, las ciudades de Châtel-St-Denis, Friburgo, Bulle, Sion y Berna (en Suiza) y Baradero, Rosario, La Plata, Córdoba ... Forma parte de un amplio proyecto de intercambio educativo y cultural entre ambos países”.
La dirigió Martin Nicoulin; tuvieron a su cargo las Investigaciones históricas e iconográficas Christophe Mauron e Ignacio Salaberry, con la colaboración de: Evelyn Maradan. Fueron los curadores: Christophe Mauron e Ignacio Salaberry, con la colaboración: de Claudio Fedrigo. Las traducciones fueron realizadas por Graciela Kronicz Aeby y Sol Corcuera, y Corrado Luvisotto, GRAFIX, Friburgo, tuvo a su cargo la realización gráfica. Fue la Secretaria Isabelle Blanc; el carpintero, Néstor Liaudat; el electricista, Carlos Salvatori y el asistente: Gabriel Weiss”.
Fueron Donantes la “Association Baradero-Fribourg, la Bibliothèque Cantonale et Universitaire de Fribourg, Lotterie Suisse Romande, las Comunas del distrito de la Veveyse, la Confederación Helvética, el Estado del Valais, el Club de Leones y Rotary Club de la Veveyse, RERO, la Université de Fribourg, la Ville de Bulle, la Sociedad Suiza de Baradero y el Honorable Senado de la Nación”.
“El libro-catálogo bilingüe de 152 páginas, editado en Suiza, está disponible en la Sociedad Suiza” de Baradero (25).

“La primera colonia realmente estable e importante es la Colonia Esperanza, fundada por el infatigable Aarón Castellanos, en Santa Fe, en 1866. Estos progresistas colonos eran en su mayor parte de origen suizo, aunque los había franceses y alemanes” (26).
Escribe Ema Wolf, a partir de la investigación de Cristina Patriarca: “La generación sarmientina alentaba, no obstante, la venida de inmigrantes rubios que hubieran nacido del otro lado de los Pirineos. De esta opinión era un salteño llamado Aarón Castellanos: las razas latinas o mediterráneas eran funcionalmente inferiores e ineptas, en nada comparables con las que formaban los sajones correctos y los alemanes industriosos”.
“Castellanos, hombre emprendedor, hizo realidad tempranamente el sueño de Sarmiento: en 1856 llevó a la provincia de Santa Fe una colonia suiza. La primera colonización agrícola organizada y exitosa se llevó a cabo en el país”.
“La zona elegida fue el Chaco santafecino, entre los ríos Salado, Bermejo y Paraná. Nada mejor que injertar en tierra de indios un contingente de extranjeros deseables. Se llamaría Colonia Esperanza. Experiencia piloto, ensayo de inmigración ordenada, abuela de todas las colonias futuras”.
“A principios de 1856 llegaron los pioneros a Colonia Esperanza. Las doscientas familias embarcaron en veleros en la costa de Normandía, más o menos agrupadas en remesas según su idioma. Eran suizos de los cantones de Valais, Vaud, Argovia, Berna, Zurich y Ginebra; saboyanos, alemanes de las provincias renanas y bávaras, así como franceses del departamento del Jura. En general, labradores pobres y no muy experimentados. Algunos expulsados por la propia comuna que no tenía cómo mantenerlos”.
Un suizo artesano de oficio, Nicolás Schneider, inventó el arado de dos rejas, que se llamó ‘esperanza’ y fue utilizado luego por todos los colonos del país. De cosecha suiza fue el primer trigo que se exportó a Europa en 1878” (27).
En “ ‘Colonia Médici’ o ‘La Suiza’, la ‘colonia’ que no pudo ser ‘pueblo’ “ (28) –trabajo que transcribimos parcialmente-, escribe Gerardo Alvarez:
“Fue un recordado escritor de Santa Fe, Alcides Greca, quien acuñó la expresión ‘pampa gringa’ para hacer referencia a las amplias regiones del centro y sur de esa Provincia y a una amplia comarca de Córdoba que fueron colonizadas desde el último tercio del siglo XIX, tiempo durante el cual comenzaron a arribar al Río de la Plata miles de hombres venidos del otro lado del mar que fueron impulsados a emprender su viaje por las favorables condiciones ofrecidas por la Argentina, especialmente a partir de las presidencias de Mitre, Sarmiento, Avellaneda –quien hacia 1876 promulgó la generosa Ley de Inmigración- y del general Roca”.
“Esa vasta heredad santafesina se fue poblando a partir de la creación de Esperanza, en 1856, a veces gracias a la acción de colonizadores privados, como don Aarón Castellanos, fundador de esa colonia pionera o el suizo Carlos Beck Bernard, a cuyo impulso se debe la formación de San Carlos y, también, como consecuencia del tendido de vías férreas, en el caso de Bernstadt–Roldán, Carcarañá, Cañada de Gómez y Tortugas, que fueron las primeras establecidas por el Ferrocarril Central Argentino, el que inició sus servicios entre Rosario y Tortugas el 1º de mayo de 1866, llegando el primer contingente de colonos suizos a la más cercana a Rosario, Bernstadt, el 1º de marzo de 1870. Al norte de dichas colonias se fueron poblando otras nacidas por iniciativa de colonizadores europeos, siendo alemana o suiza la nacionalidad de los fundadores de buena parte de ellas”.
“Es pertinente precisar, asimismo, que hubo colonias mayoritariamente ‘suizas’, como la propia Esperanza, San Carlos, Helvecia, Romang, San Jerónimo Norte, Bernstadt y Carcarañá, otras consideradas ‘piamontesas’ como San Jorge, El Trébol, Piamonte o Cavour, y también las que se singularizaron por tener una presencia dominante de otras nacionalidades, tal como ocurrió con la colonia judía de Moisés Ville”.
“En su ‘Historia de un pueblo santafesino en los años de entreguerras. Totoras (1914-1943)’, Ana María Galletti y Alberto Néstor Pérez señalan que Ángel Médici ‘llegó a la Argentina en el año 1890, procedente de Mendricio, pequeña aldea del Cantón Ticino (Suiza). Se inició como empleado de un comercio rural. En el año 1899 estableció un negocio de campaña en sociedad con don José Tartaletti, en un paraje de gran valor estratégico, un cruce de caminos entre las colonias ‘Santa Isabel’ (tierras de los descendientes de Tomás Armstrong), ‘La Germania’ (tierras de Federico Nordenholz), ‘La Unión’, (tierras que primitivamente pertenecían a José y Benito Freire, y posteriormente a José M. Cequeira y Valentín Celada), y ‘La Hansa’ (tierras de los Tietjen)’ ”.
“Aunque don Ángel Médici denominó a su casa ‘La Suiza’, en recuerdo de la amada tierra en que había nacido, dada la significación que tuvo su presencia en ese paraje el mismo fue conocido desde su origen como ‘Colonia Médici’. Y, en el transcurso de unos pocos años, su negocio de ramos generales adquirió bastante importancia y en él se proveían los colonos de la región. Este pionero suizo instaló también una fábrica de productos lácteos y fue adquiriendo muchas tierras, algunas de las cuales pertenecían a las colonias ‘Germania’ y ‘Santa Isabel’ “.
“Pero además, como lo precisan Ana María Galletti y Alberto N. Pérez en el ya aludido libro sobre Totoras, ‘a partir de su humilde comercio, en pocos años, Ángel Médici logró que gran parte de las propiedades de estos criollos fueran a parar a sus manos. Para 1910 ya había comprado las tierras de Petrona Farías de Cequeira (viuda de José María Cequeira), en una operación comercial muy controvertida...’, y ella dio lugar a un ‘largo juicio que envolvió a los Médici y los Cequeira en torno a la propiedad de unas tierras que primitivamente pertenecían a éstos últimos’ “.
“Cuando habían transcurrido casi tres décadas desde que Ángel Médici creara su establecimiento, los vecinos de la ‘Colonia’ a la que dio su nombre solicitaron al Gobierno de la Provincia la creación de una Comuna, datando de 1927 las primeras gestiones”.
“Transcurrido un siglo desde que allí se afincara aquel joven oriundo del cantón suizo del Ticino, Ángel Médici, quien dio a ella su nombre, la Colonia es una comarca de fértiles tierras cuyos pobladores están sujetos a las respectivas autoridades administrativas de los tres distritos aledaños, Clason, Santa Teresa y Bustinza, según el sector de la misma en que residan. Sin embargo, y a pesar de ello, para los escasos habitantes que en ella viven y para quienes moran en campos cercanos o en los núcleos urbanos existentes en varias leguas a la redonda, Colonia Médici sigue constituyendo una referencia insoslayable en esa privilegiada región situada en la cañada del Árbol, departamento Iriondo, en la provincia de Santa Fe”.
“Y ello ocurre, seguramente, porque luego de todas esas décadas todavía es un lugar de encuentro en la conjunción de tres caminos que comunican otras tantas jurisdicciones, y porque como es escasa la distancia que la separa de los campos vecinos, continúa siendo, como tan sencillamente lo expresara don César Torriglia, el ‘centro de una zona mediterránea del Departamento Iriondo al cual afluyen los pobladores de las colonias circundantes...’ “.

Hugo Mario Zingerling transcribe en su sitio las memorias de Roberto Zehnder, tituladas Anotaciones durante mi inmigración, de Suiza a la República Argentina. El colono escribe:
El 26 de octubre del año 1855 abandonamos Basilea, adonde hemos llegado antes del mediodía en omnibus. (N. Del A. Probablemente sea algún tipo de diligencia que lo llevaba desde su pueblo de origen hasta una ciudad importante como lo es Basilea), y nos alojamos en una hostería de nombre "El Buey colorado".
Tomamos en Klein Basel el tren y así comenzó el viaje a lo largo de la ribera del Rin hasta Manheim, donde llegamos a la tarde y pasamos la noche en una hostería. El 27 de octubre al amanecer tomamos un barco a vapor y así fue corriente abajo, bien y alegre. En algunas piezas de la hostería se asociaron varias familias alemanas, para emigrar con nosotros, conseguimos compañía dos empleados de la "Casa Beck y Herzog" en Basel, llegando ya muy tarde a Köln (Colonia). A la mañana temprano del día 28 dejamos a Köln por tren pasando por Beljica (sic) y Mochel-Lille, el 29 antes del mediodía hasta Dunkerche (sic) permaneciendo mas o menos durante 30 horas de viaje en tren.
En Dunkerche nos alojamos, primero en un cuartel militar, en el cual quedabamos solo pocas horas, debido al mal estar del edificio, protestamos ante nuestro acompañante, "Z. Augusto Cliallay?" su contructor" sobre el mismo agente Van Duvest (N. Del A: Vanderest) se quejaba, y debido a eso la misma tarde conseguimos buen alojamiento, a nuestra llegada a Dunkerje se encontraron algunas familias, Belgas, Francesas y Croatas, las que también tenían el mismo programa de viaje que nosotros. Sí bien fuimos alojados todos en un gran salón parecido a un casino, las hospitalidad fue suculenta, nos dieron cerveza o vino, a gusto de cada uno.
Uno de nuestros acompañantes, regresó desde Dunkerchen de vuelta a Basel, el señor Gründlach quedó con nosotros.
El 7 de noviembre nos embarcamos a bordo del buque ingles Kyle Bristol, nos acomodamos bien, y el 9 de noviembre a las 10 horas, abandonamos el puerto y la ciudad que en esta mañana en honor a nuestra despedida, se vistió de blanco, pues cayó en la noche abundante nieve, que desde entonces no he visto más.
Nuestro viaje fue de 8 a 10 días muy cómodo, uno se acostumbra a todo. El alojamiento era suficiente, algo mejor hubiera podido ser. De mañana con el café sirvieron galletas duras como piedra, eran de harina de centeno, biscochuelos untado con manteca y azúcar amarilla, a mediodía sopa con arroz y carne salada con papas, de noche sopa con arroz. Algunos días hubo carne de vacunos, después carne de cerdos salada que ya el día antes había que poner al remojo, antes de cocinar sino no se podía comer.
Nuestros compañeros de viaje se componían de las siguientes familias: Dominito? Zehnder, y Ulrich Rey con señora y hermana, J. Rot Keller, Lukas Meyer, y R. Zehnder, Yafer Schneider y Jakob Obrist con familia, Juan Erni, Andres Senn, 2 familias, Cristian Gadiente, todos suizos, Mijael Michel, Wendel Gietz y Neubauer Rikauf de Frankfurt, Ednad Mahim, Francois Ransso, y Belgas, Chanod Frong, suizos Fleuret, Bürnuz? Sarogarden. Todos juntos unas 150 personas, de las cuales durante el viaje murieron 5-6 niños, los adultos resistieron bien. El viaje fue despacio pero nos entreteníamos, los más jóvenes cantaron cantos de su patria y así fue todo bien. Tormentas no noas molestaron, más bien había poco viento. Cómico encontramos aquel viaje, del intenso frío a la gran calor; nieve en Dunkerchen y tres semanas después la gran calor africana. Viajar en barco a vapor era en aquel entonces un milagro, solo hemos visto durante nuestro viaje en alta mar que duraba tres meses, dos o tres barcos. Mientras empezaba a escasear el agua para tomar, cambió de curso el capitán rumbo a Río de Janeiro, donde llegamos el día del año nuevo 1856.
Varios de nuestros compañeros de viaje se dedicaban a leer o escribir junto con cinco chicas. En la ciudad encontramos por todo gente que hablaban el alemán y nos recibieron muy bien.
A la tarde vino una fuerte tormenta, que no nos permitió volver a borde, esta noche quedamos en Río, donde fuimos recibidos por una familia de Frankfurt, de nombre Konrad Zimmer quienes nos alojaron esta noche. Al día siguiente después de la tormenta de viento y lluvia. Volvimos a bordo de nuestro barco, que estaba anclado aún durante media hora. Después que nuestros depósitos fueron provisto de mercadería fresca, navegaron de nuevo en alta mar con dos pasajeros alemanes que viajaron de Río a Buenos Aires. Nuestro capitán cambió su Stevard inglés, y en Río contrató a otro un alemán.
Así siguió nuestro viaje sin tropiezos de importancia hasta llegar el 15 de Enero en las aguas amarillas del Río de la Plata, desde ya fue visible Montevideo. Luego llegó un piloto a bordo y continuó el viaje por el río amarillo, si bien ya la primera noche hubo mucha marejada, y era menester desviar un barco con otro con mucho cuidado.
Al día siguiente seguimos navegando para llegar a la tarde 18-20 a Buenos Aires. Debido a que teníamos que pasar (sic) en Río de Janeiro hemos perdido tres semana, por eso el buque "Lord Reglan" (N. Del A.: Lord Raglan) salió dias después que nosotros en Dunkerche, llegó 4 ó 5 días antes a Buenos Aires que nosotros.
Algunos días quedamos todavía en nuestro barco "Kyle Bristol", en donde fuimos recibidos a bordo por Aarón Castellanos y familias, también han traído carne fresca a bordo. Después fuimos trasladados a un barco más chico y seguíamos Rio abajo.
La mitad de los pasajeros del "Lord Ranglan" fue trasladado en un barco a vapor chico a Santa Fé y alojados al norte de la ciudad; mientras la otra mitad abandonaba el puerto de Buenos Aires tres días antes de nosotros y llegaron al puerto de Santa Fé al mismo minuto para anclar. En el barco se encontraron Guillermo Hübeli, Ricardo Buffet, Buchard Griboldi, como viajeros del "Lord Reglan" (N. Del A.: Lord Raglan).
Los ocupantes de los dos barcos fueron alojados en una ladrillería y fábrica de tejas en el sur de la ciudad, adonde antes había una fábrica de Tejas a vapor.El día de nuestra llegada a Santa Fé fue el 3 de febrero del año 1856.(*)
((*)N. del A: El lugar donde estuvieron alojados en la ciudad de Santa Fe, es en la actualidad (año 2003) donde se encuentra el anfiteatro municipal de Santa Fe, al lado del Centro Cívico Gubernamental, frente al parque del sur, donde alguna vez estuvo la fábrica de tejas de Cervera).
Con nieve nos despedimos de nuestra vieja Europa, y con tormenta con rayos y truenos hemos entrado en Santa Fé, cayendo abundante lluvia que duró mucho pues al atardecer aclaró. Particular impresión nos hizo la cantidad de gente a nuestra llegada al puerto de Santa Fe. Lucieron vestidos de todos colores, en ponchos? Y chiripás, ver pantalones al corte europeo era algo raro, para decir la mitad de los habitantes vestían a la antigua.
Por los habitantes fuimos recibido muy bien, nos sirvieron duraznos, melones, higos y todo cuanto era posible. Referente a la ciudad a pesar de ser antigua, su estado no era tan primitivo. En las calles, durante tiempo seco había mucha tierra y arena, y en tiempo de lluvia mucho barro y pantanos. Cerca del Cabildo todavía existían ranchos de adobe con techos de paja.
Durante nuestra permanencia en nuestro rancho de tejas teníamos constante visita, nos ofrecieron caballos por andar, así hicimos nuestras primeras pruebas hípicas lo que a los Santafecinos les resultó muy divertido, yo monté por primera vez un caballo algo valiente, pero no me animaba a cabestriarlo, y así empezó a toda carrera por la ciudad, y en cada cuadra dobló por la esquina hasta que me volteó, por suerte había arena, varias veces monté de nuevo pero simpre con el mismo resultado, entonces tomé el caballo de las riendas y de a pié se lo devolvía al dueño, mas tarde me enseño un viejito como tengo que manejar el caballo, después fue mejor.
A nuestra llegada a Santa Fé había cinco franceses, de ellos tres hablaban en Alemán de nombre Bouvier, Paquet, Bondín, Stagne y Lomote. Lomote se instaló una panadería y fabricaba también el primer pan francés, y repartía el mismo en un canasto a sus clientes a la moda Europea.
Italianos había varios, principalmente Genoveses que eran tripulantes de barcos que después de su llegada se instalaron en ésta.
Después de nuestra parada de unos ocho días en la fábrica de tejas, fuimos trasladados a mediodía a una parte del conjunto a una colonia, mujeres y niños en carreta, y los hombres a pié. El mismo día después de dos horas llegamos a las afueras de la ciudad, desatamos los bueyes y nosotros hacíamos lo mismo, dormimos un sueño merecido en la pradera.
A la mañana siguiente se continuó el viaje. A eso de las nueve o diez horas nos ofrecieron dos o tres carretas también con familias del "Lord Reglan" que fueron alojados en una estanzuela. Eran las familias Huber, Nilva, Schneider, Adolfo Hess, Cut y Sprúngli, y así llegamos a mediodía al Río Salado, descargamos los carros, para trasladar nuestro equipaje por el Río Salado, esto se hizo en canoa que cabían solo tres personas, todo eso duró hasta la tarde, hasta que por fin la caravana reanudó su marcha.
Esto continuó toda la noche pasando despacio por un monte. A nosotros los hombres jóvenes nos hizo fastidioso, tomamos la huella de las carretas y seguimos marchando.
Eran nuestros seis nombres (sic), (N. Del A.: puede decir nombres como hombres) Yion Ulbrich, Rez, Yohabb Butist, Keller, y Roberto Zhender. Así seguimos marchando llegando bien a la madrugada.
A una buena distancia oímos expresiones y comando, a lo que ya les decia a mis compañeros, donde hay esto o aquello, pueden ser también personas, y seguimos adelante.
Tras poco tiempo al amanecer oíamos tocar una trompeta y al mismo tiempo un alegre concierto con aplausos, era "La Diana" en el Cantón Iriondo, el cual también alcanzamos a la salida del sol.
Nos colocamos en nuestro lugar, pero no entendíamos una sola palabra de lo que nos preguntaban y decían. Lo primero que hizo el Capitán Reies (N. Del A.: Reyes), ordenó entregarnos un medio costillar que estaba colgado a la sombra de un ombú, y prepararnos un buen asado, al cual le hicimos mucho honor después de nuestra larga marcha.
Era el primer asado preparado a la costumbre criolla, por fin a las dies horas, llegaron también las carretas con su carga a destino (29).

La investigadora Celia Vernaz es la responsable del volumen Colonia San José Escritos (30), compilación publicada en 1991, incluida entre las Publicaciones del Museo Histórico Regional de San José.
En las “Consideraciones generales”, ella manifiesta: “Los ‘Escritos de una Colonia son el reflejo de su propia historia. En el año 1857 llegó el primer contingente de inmigrantes que se ubicó donde hoy es la Colonia San José en la provincia de Entre Ríos. Eran terrenos del General Justo José de Urquiza, quien no tuvo problemas en destinarlos a la colonización. En un principio, los límites estuvieron dados por el río Uruguay al Este, el arroyo Perucho Verna al Norte, el arroyo de la Leche al Sur y la calle ‘Ancha’ al Oeste, extendiéndose luego la población por todo el Departamento Colón, originando nuevos centros derivados de la Colonia Madre”.
Acerca de los motivos de emigración, afirma: “en la zona del Valais, Saboya y Piamonte se había generado una corriente emigratoria hacia América. Las causas eran varias: falta de trabajo, familias numerosas, pobreza en general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e inundaciones que diezmaban a las poblaciones de la montaña. También debe ser considerado el sueño de hacerse ricos y la sed de aventuras en un continente todavía virgen”.
Estos pioneros, originariamente destinados a Corrientes, sufrieron desventuras: “Fueron ubicados en el Ibicuy, al Sur de la provincia, pero al ver que eran terrenos inundables e impropios para la agricultura, remontaron el Uruguay en barcazas y fueron radicados en mejor lugar, o sea, el actual, con el beneplácito de Urquiza. Mientras Sourigues trazaba las concesiones, el grupo recién llegado improvisó viviendas debajo de los árboles mientras que las mujeres se alojaron en el galpón que Spiro tenía en la costa. Esto ocurría en julio de 1857, bajo el rigor del invierno”.
Los “Escritos” compilados nos permiten conocer la vida cotidiana de los inmigrantes: “Durante los primeros cincuenta años, tanto los colonos como autoridades políticas y religiosas apelaron a la pluma como arma de defensa y comunicación, dejando una pincelada general del pensamiento, ideas, proyectos, necesidades, sentimientos. Hoy esos escritos reposan en distintos archivos y no todos se conocen. Si bien no constituyen piezas literarias especiales, una selección de los mismos permitirá penetrar y ahondar más en las intimidades de la vida de la Colonia, poniéndose en contacto directo con cada autor, su forma de ser y de pensar. Pero lo importante es poder palpar el momento histórico vivido, esclareciendo hechos oscuros o casi desconocidos que han sido esencia y substancia de un período migratorio que hoy apasiona por sus raíces y proyecciones”.
Los textos proceden del Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, el Archivo del Museo Histórico Regional de San José, el Archivo del Palacio San José, el Archivo personal de C. E. Vernaz, el Centro de Estudios Históricos San José; El Industrial, 13 de octubre de 1881; La Nación, 1885; Libro de Oro del Centenario de la Colonia San José (1857-1957) y Vernaz, Celia: Papeles de un inmigrante, 1987.
La historiadora reúne en ese volumen testimonios de inmigrantes de diverso origen. Varios de ellos están escritos por suizos. Transcribimos parcialmente dos de ellos:
Antoine Bonvin “vino de Arbaz, Valais, en 1857, a los cuarenta y cinco años de edad. Se dedicó a la agricultura y a través de sus cartas escritas a los familiares de Europa se han podido palpar sus sentimientos, problemas y nostalgias. Admiró el país y sus bondades, pero el recuerdo de los suyos se hizo cada vez más fuerte, y pensó volverse, pues extrañaba a su gente. Sin embargo, la fatalidad le impidió regresar a su tierra, pues tuvo un fin trágico debido a diferencias con los nativos. Encontrándose en su casa con su hermana María Bonvin, llegaron dos gauchos y luego de un altercado lo hirieron de muerte, no pudiendo ella hacer nada para evitar este fin”.
“Sus escritos son muy explícitos y atrayentes por actitudes insólitas tomadas en la Colonia, como por ejemplo, lamentar sobremanera no tener sirvienta y pedir que se la manden desde el Valais. Muchos de sus párrafos fueron utilizados por historiadores valesanos para ilustrar los diversos episodios de la colonización"”
El escribe: “Nuestro embarque ha tenido lugar el 22 de marzo. Desde entonces hemos sido conducidos por un tal Martín Chafter, hombre de un carácter duro y cruel, quien nos ha tratado malévolamente durante todo el tiempo de nuestro viaje; podemos decir que sin la Bondad Divina, habríamos perecido de miseria. Cuando no permitía que se le escapara una gota de agua para aliviar a un enfermo, lo consolaba diciendo que en el mundo había bastantes de ellos; éste era el auxilio que se tenía de él. Fuera de esto, hemos hecho una feliz travesía, no hemos sufrido grandes peligros sobre el mar. Yo he tenido todo el tiempo buena salud. Hemos viajado 74 días sobre el mar...” (31).
Parten de Buenos Aires: “Desde acá, nos han embarcado sobre un vapor para transportarnos al Ibicuy, sin que nadie haya podido posar sus pies en tierra. Llegamos al tercer día; se nos desembarcó en una vasta llanura que no tenía más que un poco de buen terreno; no se veían ahí más que grandes pantanos o bosques, pero de madera toda espinosa. El agua era mala y llena de toda clase de insectos; un país muy malsano donde jamás nadie podía prosperar. Se tenía el peligro de verse devorado por las bestias feroces, tal como el tigre, los cocodrilos y otros. Puedo decir que en este momento estábamos todos desesperados de vernos engañados de esta manera. Reclamábamos inútilmente la promesa que nos había sido hecha antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil, ya no se podía escapar, uno se creía exiliado en esta isla”.
Embarcan por tercera vez. Después de viajar trece días, “Se nos desembarcó en un bosque donde hemos quedado más de cuarenta días esperando que se organicen para instalarnos en la colonia: a una legua del bosque, en uno de los más hermosos lugares que se pueda ver, en medio de vastas praderas de un admirable verdor con pastos en abundancia, el suelo fértil y país muy sano...” (32).
Johann Bodemann “nació en Grengiols (Raron – Valais) y junto a su esposa Victoire Ambort e hijos viajó a América con un grupo de emigrantes del Alto Valais, teniendo en ese momento cuarenta y dos años. Su barco, Maasland, partió en 1857, después de aquel primer grupo valesano embarcado ese año, siendo sus odiseas distintas a las relatadas por los anteriores. Su hermano Laurent estuvo relacionado con la fundación de San Jerónimo en Santa Fe”.
“En la Colonia San José fue ubicado en la concesión 148, al Norte de la Plaza, dedicándose a la cría de animales, siembra de trigo, maíz y árboles frutales. Representó al sector de habla alemana entre los colonos formando parte del Concejo Municipal”.
“Pero su repercusión en la historia de la inmigración se debe a sus relatos, llenos de precisión, abundancia de detalles, sobriedad, y a la vez, con amplitud de visión, abarcando los aspectos más significativos de la vida de la Colonia. Sus escritos sintetizan la trayectoria de la epopeya de la colonización”.
En “Viaje sobre el mar”, él escribe: “Si no fuera por el capitán, no hubiéramos tenido nada para comer. Un buen hombre ese capitán, igual que los marineros. Los alimentos que habíamos comprado, no llegaron, de tal forma que tuvimos que conformarnos para el desayuno, de tomar café de malta sin azúcar. En cuanto al almuerzo, nunca fue bueno: carne salada o jamón también muy salado, con arroz, habichuelas, papas o arvejas. Para la cena teníamos que conformarnos con un plato de sopa con arroz. Para el día entero no teníamos más que una galleta, que no era otra cosa que un pedazo de pan negro. Este era el modelo de comida que tuvimos a bordo, desde el principio hasta el fin. En breve, no hemos comido como comíamos en casa. No había vino. Si queríamos tomarlo, hubiéramos tenido que pagarlo tres veces su precio. La botella de vino costaba cuatro francos, y la manteca dos francos la libra. Pueden entender que nos abstuvimos de comprar con semejantes precios”.
“Nuestro barco era nuevo, flamante, andaba rápido pero era muy pequeño, de manera que vivíamos muy incómodos. Dormíamos hasta seis en la misma cama. Claro que las camas eran más grandes que las de casa y eran empaquetadas en los baúles. Cuando el tiempo era lindo, nos quedábamos sobre el puente, pero cuando el tiempo era feo, nuestra vida a bordo se volvía miserable: el olor, el calor, los gritos de los chicos. ¡Qué música! Muchos lloraban, otros cantaban, otros reían, o se disputaban”.
“Había muchos enfermos. Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo: se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa agradable soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas por todo el barco. Hemos pasado así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la una de la mañana, tan era eso hermoso”.
En plena travesía, una mujer dio a luz. Relata Bodemann: “Les tengo que indicar que durante el mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña. No pudimos ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie podía tenerse parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron que hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos mal que todo pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le importaba un comino los pasajeros. Sin nuestro buen capitán el servicio hubiera sido muy miserable”.
Al pasar la línea del Ecuador –agrega-, los pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron” (33).
En “La llegada”, Bodemann relata: “Hemos pasado la primera noche al aire libre, a pesar del invierno, que es fácil de soportar. Al segundo día cada familia recibió una pequeña choza de madera y bambú para protegerse de la lluvia. Todos los días se mata ganado. La carne es buena. Cada familia recibió también dos libras de harina y un poco de sal, proveniente de la ciudad. Nos quedamos diez días al borde del río y esperamos durante seis semanas la distribución de tierras y nuestra instalación. (...) Hace seis semanas que hemos entrado en la colonia. Al principio tuvimos que construir una choza de urgente necesidad para abrigarnos. La he hecho con agua y tierra de arcilla. Levanté las cuatro paredes y un techo de bambú, nuevo y sólido. Muchos han construido sus chozas únicamente con bambú. Después hice el establo para el ganado y el jardín, revuelto a mano, donde sembré la cebada. Me hice un jardín de una hectárea aproximadamente. (...) Ahora que hemos sembrado todo, empezamos a juntar la madera y el bambú para la construcción de una casita más grande y más linda que la primera, y a la cual dedicaríamos más tiempo y trabajo” (34).
Los otros suizos cuyos testimonios fueron incluidos en el volumen compilado por Celia Vernaz son Juan Bautista Blatter, Rodolfo Siegrist, Laurent J. Morard, Luis Eggs, Juan Bautista Dubuis y Constantin Ferdinand.

Llegaron suizos a la Patagonia. En “Historia de Bariloche” (35), escriben Helena Aizen y Claudio Tam Muro:
“A fines del siglo XIX los hermanos Goye, Camilo, Felix, y Maria viuda de Felley con sus hijos, llegan a la zona del Nahuel Huapi para radicarse en Colonia Suiza. Procedentes del cantón de Valais, en la Suiza Francesa, habían vendo primeramente a Chile donde estuvieron casi 10 años. Enterados de la oferta de tierras (ley del hogar) a inmigrantes, las solicitan atravesando la cordillera cerca de Las Lajas”.
“Hacia 1902 llega un sobrino, Eduardo Goye, pero por el Atlántico, el que se suma al grupo familiar”.
“Otros apellidos suizos se agregan , Mermoud, Cretton, Jackard así como Fotthoff y Neu , trabajadores incansables del agro. Molían los granos a mano y se cultivaba lo necesario: trigo, avena, frutales y hortalizas”.
“El tambo proveía de leche, manteca, y queso, productos todos estos que se consumían o se llevaban a Chile en embarcaciones construidas por ellos mismos. También los pobladores de Bariloche encontraban aquí muchos productos de granja”.
“Lograban buenas cosechas que les valieron premios en la Rural de Buenos Aires. En 1910 Camilo obtiene medalla de plata por su trigo y María en 1924 mención especial por duraznos, cerezas, ciruelas, peras y manzanas”.
“Al instalar el aserradero el ingeniero Beveraggi da un gran impulso al lugar ya que al pasar a los Goye comienzan la construcción de las casas , escuela y el hotel lo que hoy se denomina el Poblado Histórico. Declarado patrimonio Histórico en 1994”.
“La capilla Nuestra Señora del Rosario se construyo en 1956 con el aporte de los vecinos y amigos de Colonia Suiza”.
Los primeros pobladores fueron abriendo camino entre el lago Moreno Este y la Colonia, se hacían picadas con machete para permitir el paso de carros y carretas. Este grupo familiar, el de los Goye al venir por tierra desde Chile trajo en sus carros todo lo necesario, herramientas, semillas, plantas y algunos animalitos, sobre todo vacas ovejas y aves de corral”.
“Este momento esta relacionado íntimamente con la evolución del trafico regular entre Chile. Los viajes en general se hacían por puerto Blest en embarcaciones o por el paso hoy Puyehue a caballo. Se llevaban los productos al sur de Chile para vender o canjear por mercadería. Ya para esa época el gran almacén San Carlos en Bariloche también traía los víveres de Chile y todo lo necesario ya que era el único almacén”.
“El trayecto a Chile demoraba según el tiempo a veces un par de días y las nevadas impedían el paso por mucho tiempo”.
“La colonización de Bariloche se produjo por el oeste de Chile y muchos fueron los inmigrantes venidos en esas épocas. La Colonia Suiza se relaciona íntimamente con los colonos de distintas nacionalidades. Hoy es el único lugar que conserva el sabor de aquella historia que fue el primer asentamiento de suizos en la Patagonia”.
Los hermanos Félix, Camilo y María Goye conocieron en Chile una comida araucana: “Allí conocieron el curanto. Y allí aprendieron a hacerlo. (...) Jorge Rubén Nielsen, al que todos llaman ‘el gringo’, es hijo de una Goye. Es uno de los encargados de preparar el curanto con todos los detalles que hacen de esta forma de cocinar una ceremonia” (36).
“El curanto –explican Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti- es una forma tradicional de preparación de la carne entre los araucanos chilenos, y que del lado argentino se repite especialmente durante las ceremonias. El curanto es tanto el sistema de cocción como la comida; no es exclusivo de los mapuches, ya que desde México al sur, muchos pueblos utilizaron el mismo sistema. Un curanto se realiza cuando son muchas las personas que van a comer” (37).

Museos

Museo Histórico de la Colonia San Carlos, Santa Fe. “El acervo se compone de fotografías de los colonizadores, sus familias y banderas de sus países de origen. Además, una vitrina dedicada al fundador, Carlos Beck Bernard; herramientas de labranza, armas, planos, pasaportes, vestimenta, adornos, manualidades y un rincón religioso. También hay una muestra sobre la evolución de la industria y el comercio y otras actividades, Archivo y Biblioteca” (38).

Museo de la Colonia San José, Entre Ríos En octubre de 1999 se inauguró la nueva colección permanente del Museo Histórico Regional de la Colonia San José, en la provincia de Entre Ríos, la cual “representa también el trabajo final de un seminario sobre conservación, que apoyaron organizaciones nacionales y extranjeras, como el Fondo Nacional de las Artes, la Fundación Antorchas y el Smithsonian Institute de Estados Unidos” .
En 1957, “al cumplirse el centenario de la fundación de la colonia, fue inaugurado el Museo: Los descendientes de los pioneros donaron los objetos más queridos, que se convirtieron en patrimonio de todos” (39). En esa fecha, “a un grupo de vecinos se le ocurrió pedir a la gente que donara algún objeto querido que hubiera pertenecido a los fundadores. Pronto llegaron un arado de madera, barriles gigantes en donde hacían el vino, carruajes de ruedas altas, mantillas y monederos, contratos de propiedad, vestidos de novias bordados a mano y cartas amarillas escritas con caligrafía gótica. Desde entonces, el museo recibió más de seis mil objetos de la vida cotidiana y se convirtió en una suerte de rincón de los recuerdos: la gente del pueblo vuelve una y otra vez para ver las cosas que pertenecieron a su familia y traer nuevos objetos que encuentran en viejos baúles” (40).
“Las piezas donadas por la comunidad son consideradas uno de los conjuntos más ricos del género en virtud de su valor testimonial, pero el desconocimiento de las actuales técnicas de conservación hacía que muchas de ellas corrieran peligro” (41). En 2000, “se completó la renovación del Museo hasta convertirlo en uno de los más avanzados del país”.
La “profesora e historiadora local Celia Vernaz, descendiente de saboyanos y suizos” expresó al inaugurarse la muestra “Nuestros abuelos, los pioneros”: “Nuestros pioneros debieron borrar la memoria por necesidad, casi para sobrevivir y hacerse parte de la nueva tierra. Luego, la Guerra Mundial del 14 hizo desaparecer a casi todos los familiares que habían quedado en Europa. Hoy, las nuevas generaciones luchan por rescatar ese pasado que se quedó enterrado entre los surcos de la labranza” (42).
”A la vera del río Uruguay, en las plácidas praderas entrerrianas, el Museo Histórico Regional de la Colonia San José cuenta la historia de los argentinos que descendemos de los barcos. Una historia sin magnos bronces ni héroes individuales, esa historia que está ausente en los museos repletos de figuras de cera con nombres de calles. (...) Sabiamente dispuestos, los objetos revelan historias de hombres que labraban la tierra, curaban enfermos y compartían las más actualizadas tendencias de la época, desde la educación pública hasta el socialismo utópico; historias de mujeres que bordaban abecedarios, lavaban ropa en tambores a manija, sembraban vergeles hasta crear ciudades jardín” (43).

Museo Colonia Suiza, Bariloche. “Hogar de la familia de Marcelo Goye, pionero de la zona, que lo construyó en 1937, combinando las líneas arquitectónicas con la ductilidad de las maderas de nuestros bosques. La ‘Casa Museo los Viejos Colonos’ es un ámbito para encontrarse con la historia de vida pasada y presente de Colonia Suiza” (44).
En “La historia contada desde lo cotidiano”, escribe Marta Carbonero:
“En Colonia Suiza, a 24 kilómetros de la ciudad de San Carlos de Bariloche, al entrar a la ‘Casa Museo de los Viejos Colonos’, nos encontramos con la Sra. Elena Goye de Storti, quien se presenta diciendo ‘yo he nacido en esta casa’ y esta situación ya instala una visita a una casa donde los objetos nos hablan de los sueños de los que la habitaron y de la forma en que los hicieron posibles”.
“La propuesta de visita a esta Casa Museo que funciona desde el 12 de Enero de 1997, es diferente porque generalmente la idea de Museo histórico remite a una exposición estática de elementos viejos. Muchas veces apartada de su contexto, se muestra una visión parcializada de la historia que no alcanza para la comprensión de ese pasado y mucho menos del presente”.
“La casa fue construida en madera, en el año 1937 por Marcelo Goye, hijo del pionero Félix Goye y padre de Elena, nuestra anfitriona. Actualmente no es habitada en forma permanente, lo que permite que coexistan el área del comedor, dedicada a la exposición, y la de la cocina y los cuartos que son utilizados esporádicamente por su actual propietaria, quien personalmente guía las visitas”.
“A través de las pequeñas ventanas, pensadas para conservar el preciado calor del interior, aparece el Cerro Goye, plantaciones y otras casas de madera similares, entre las que se encuentra la escuelita”.
“Los antiguos pobladores habían nacido en Suiza, en el Cantón de Valais. Debido a la situación europea de fines del siglo diecinueve, emigran hacia Chile bajo un convenio especial que les ofrecía trabajo y tierras donde criar a sus hijos. Llegaron en 1883 a la zona de Victoria, Temuco y otras ciudades próximas, después de un viaje en barco de cuarenta días, pasando por el estrecho de Magallanes. Pero la vida en esa región no pudo ser el lugar anhelado. Doce años más tarde, enterados de que por la Ley del Hogar –sancionada en 1884 – el gobierno argentino ofrecía 625 hectáreas por grupo familiar, con la condición de trabajar y favorecer el desarrollo de lo que se denominaba Colonia Agrícola Nahuel Huapi, los Goye (Camilo, Félix y María vda. de Felley) atraviesan la cordillera por Pino Hachado siguiendo las escasas huellas portando en sus carros sus herramientas y aquello que les fuera útil para sobrevivir. Las características similares a las de su lugar de origen los lleva a reproducir en principio actividades agrícolas, sembrando trigo, alfalfa, avena, frutales y criando animales. Posteriormente se dedicaron al procesamiento de madera, creando un aserradero. Gracias al aporte tecnológico del Ingeniero Napoleón Beveraggi esta población tuvo luz eléctrica que utilizaban durante el día para las máquinas del aserradero y por la noche para la iluminación de las casas”.
“Se entrelazan en los relatos los apellidos Goye, Felley, después Cretón, los Potthoff, Fant, Beveraggi, sumados a los Schumacher, Rahm, Arduser, Schnebeli, Roth, Röthlisberger, Moos, Vonmoos, Huber, Bachmann, Tribelhörn, Frey, y tantos otros que enraizaron con sus descendientes una gran familia”.
“Los elementos que se exponen reflejan las costumbres de los colonos. Se pueden observar instrumentos de labranza, utensilios, fotos, revistas, árboles genealógicos, juguetes, patentes de automóviles, y hasta es posible escuchar una vitrola que continúa brindando su música. Cada uno de los objetos habla de una estirpe de gente ruda, trabajadora e inteligente en la búsqueda de soluciones prácticas, acompañados por discos de música clásica, la radio, libros, publicaciones de la época demostrando una sensibilidad más refinada y un deseo de conexión con un mundo más amplio” (45).

Novelas

Eduardo Ladislao Holmberg nació en Buenos Aires en 1852; falleció en dicha ciudad en 1937. Fue “médico, naturalista y escritor. Director del Jardín Zoológico de Buenos Aires en 1888-1903, fundó numerosas instituciones científicas y culturales, como el Círculo Científico Literario. Temprano defensor del darwinismo, su espíritu científico, unido a una gran sensibilidad, se plasmó en una obra literaria signada por hechos fantasmagóricos, seres patológicos y honduras ocultistas. Sus Cuentos fantásticos, compilados póstumamente en 1957, muestran influencias de Julio Verne, Camile Flammarion y Edgar A. Poe. Entre sus relatos cabe mencionar El maravilloso viaje del señor Nic-Nac; Horacio Calibang o los autómatas; El ruiseñor y el artista y La casa endiablada, entre muchos otros. Su novela La bolsa de huesos, de corte policial, es considerada como pionera del género negro” (46).
Antonio Páges Larraya considera que “ ‘La casa endiablada’ tiene para nosotros tres motivos de interés: es su primera obra de imaginación a la que traslada nuestra realidad ciudadana; es la primera novela policial escrita en el país, y finalmente, es la primera en la literatura universal en que se descubre un delito por el sistema dactiloscópico” (47).
En esa obra, Holmberg imagina un crimen perpetrado contra un suizo. El juez relata: “-A principios de 1884, y unos tres meses después de partir usted para Europa, vino de Santa Fe a Buenos Aires un colono suizo llamado Nicolás Leponti, el cual, gracias a su actividad, a su esfuerzo, a su energía y a su inteligencia, había logrado reunir una fortuna que, si bien modesta, le permitía ocupar en su colonia una posición desahogada, y prestar, a sus compatriotas, servicios que le habían valido la estimación general”.
El escritor pone en boca del loro con cuya colaboración se esclarece el asesinato, consideraciones del ave acerca del coraje del europeo: “-Y era guapo el gringo... y duro para morir... ¿se acuerda, amigo?”. Este inmigrante encontró su fin cuando intentó hacer una operación comercial relacionada con su actividad: “El suizo quería comprar gallinas de raza, y sabiendo el 17 que aquella casa estaba sola, se dirigió a ella y allí consumó el crimen”. Durante mucho tiempo se ignoró qué había sucedido al colono: “La tierra cubrió el cuerpo de Nicolás Leponti, el aguardiente y el monte devoraron en pocos días el producto del crimen, y el misterio envolvió todo durante cinco años” (48).

En La madriguera, Tununa Mercado recuerda a Myriam Stefford: "la melancolía triunfaba cuando aparecía en medio del panorama el monumento erigido por un llamado Barón Biza a su amada, la aviadora Myriam Stefford. El altísimo obelisco, ala estilizada, parecía un mástil sin esperanzas de mar entre las nubes del costado sombrío del camino y la historia de esos personajes ocupaba en nuestro interés el lugar del paisaje: los restos de un avión que se había precipitado; una mujer pionera que había volado más allá, por sobre las montañas y los ríos, amada por un hombre que tenía título de barón, o que así se llamaba como otros se llaman Conde o Rey, un amor que la muerte había desintegrado. En una cripta de mármoles negros como la obsidiana, se leía en la tumba una inscripción que maldecía por anticipado a quien la violara" (49).

En La matriz del infierno (50), Marcos Aguinis relata: "Rolf había tenido que viajar en tren a la austral Bariloche. (...) El almanaque que colgaba en la vasta cocina del conventillo donde bebió café antes de dirigirse a la estación terminal le recordó que ya era el 11 de febrero de 1930. Don Segismundo, mientras sorbía ruidosamente de su tazón, trató de infundirle ánimo y le aseguró que Bariloche era bellísimo, que encontraría allí los panoramas disfrutados en su infancia, en las vecindades de la Selva Negra. Muchos inmigrantes austríacos, suizos y alemanes la había elegido por su semejanza con la tierra natal".

Cuentos

“Porteño, Víctor Juan Guillot (1899-1940) fue periodista, poeta y dramaturgo. Al margen de esas actividades y de una militancia política radical que lo llevó a la Legislatura, dio a conocer tres tomos de relatos breves: Historias sin importancia (1921), El alma en el pozo (1925), que mereció el Primer Premio Municipal, y Terror: cuentos rojos y negros (1936). Si bien ensayó varios tipos de cuentos con aceptable solvencia técnica, sobresalió en las historias terroríficas a la manera de Horacio Quiroga, realizadas con un estilo aséptico, ceñido, sin concesiones ni rodeos innecesarios” (51).
En “Un hombre”, evoca a inmigrantes de varias nacionalidades. Entre ellos se cuenta un suizo: “Morand, el suizo Morand, tirador infalible, que arrojaba al aire una caja de fósforos y la incendiaba de un tiro de revólver; de él sabíase que más de una vez hiciera blanco sobre cosa seria que una caja de fósforos” (52).

Poemas

José Pedroni nació en Gálvez, Santa Fe, en 1899; falleció en Esperanza en 1968. “Sus obras presentan un tono íntimo y personal, con constantes referencias a su provincia. En 1939 fundó la Asociación de Escritores de Santa Fe; en 1959 creó el teatro de títeres ‘Pedro-Pedrito’ y, en 1963-66, fue director de Cultura de su provincia. Entre sus obras figuran La divina sed (1920), La gota de agua (1923), Gracia plena (1925), Poemas y palabras (1935), Diez mujeres (1941), El pan nuestro (1941), Nueve cantos (1944), Hacecillos de Helena (1955), Monsieur Jaquín (1956), Canto a Cuba (1960), Cantos del hombre (1960), La hoja voladora (1961), El nivel y su lágrima (1963) y El árbol sacudido (1967). Su obra poética completa fue editada en dos volúmenes en 1969” (53).
Destaca María Raquel Llagostera: “Conocemos por sus poemas a su amada Esperanza (alabó sus sembrados, presentó a sus labriegos, ensalzó sus tareas), pero advertimos que sus textos adquieren en la última parte de su obra un matiz universal. (...) Dice sintetizando Mastronardi: ‘Pedroni nos habla de los artesanos de su pueblo con el mismo interés que pone en los problemas de índole universal, la antigua sabiduría y los modernos apremios, los fundadores del pueblo y los hombres que labran la tierra, el pájaro y el río, la paz amenazada y el sufrido caballo de la noria’ ” (54).
En “La invasión gringa”, uno de los poemas reunidos en Monsieur Jaquín (55), Pedroni evoca la inmigración traída por Castellanos:

Hoy nadie llegaría.
Pero ellos llegaron.
Sumaban mil doscientos.
Cruzaron el Salado.

Al cruzarlo, afanosos,
lo probaron.
Y los hombres dijeron:
-¡Amargo!-
Pero siguieron.
En la espalda traían clavados
dos ojos de fuego,
los de Aarón Castellanos,
salteño.

Los barcos
(uno... dos...
tres... cuatro...
ya volvían vacíos
camino del Atlántico.
Su carga estaba ahora
en un convoy de carros;
relumbre de guadañas;
desperezos de arados;
hachas, horquillas,
palos;
algún fusil alerta;
algún vaivén de brazos;
nacido en el camino,
algún niño llorando.

El trigo lo traían las mujeres
en el pelo dorado.
Hojas de viejos libros
volaban sobre el campo.

 

Foto

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En la agricultura y la ganadería, en las ciencias y las artes, se destacaron los suizos, aportando a la nueva tierra su talento y su esfuerzo. Se los recuerda en enciclopedias, estudios, artículos periodísticos, compilaciones, cuentos y poemas.

Notas
(1) S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
(2) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(3) S/F: “Teatro Municipal”, en www.bahíablanca.org.ar
(4) S/F, en www.es.wikipedia.org.
(5) Ferrer, Christian: BARON BIZA. EL INMORALISTA. Buenos Aires, Sudamericana, 2007. 277 páginas.
...Saítta, Sylvia: "Aquel escritor maldito", en La Nación, 29 de abril de 2007
(6)Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
(7) S/F: “Santiago Roth”, en www.paleonet.com.ar.
(8) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(9) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(10) S/F: “Universidades”, en www.argiropolis.com.ar
(11) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(12) Krebs, Edgardo: “Un ‘argentino’ universal”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de julio de 2002.
http://cantorialugano.com.ar/
(13) Mino, Luis: “Para conocernos. 650 efemérides de la Ciudad de Santa Fe”, en www.paraconocernos.com.ar.
(14) Cristoff, María Sonia (Sel. y prólogo): Acento Extranjero. Buenos Aires, Sudamericana.
(15) Brasca, Raúl: “Inusual e inteligente”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de enero de 2001.
(16) Núñez, Jorgelina: “Radiografía de la pampa”, en Clarín, Buenos Aires, 21 de enero de 2001.
(17) Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
(18) Martínez, Adolfo C.: “Homenaje a una gran poetisa Amelia Bence hace teatro por los barrios Se mete en la piel de Alfonsina Storni”, en La Nación, 20 de mayo de 2007.
(19) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002. Tomo II E-M, pág. 952.
(20) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(21) S/F: “El aporte francés en el desarrollo de la pintura argentina”, en www.alianzafrancesa.org.ar
(22) S/F: “César Hipólito Bacle”, en www.folkloredelnorte.com.ar.
(23) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(24) S/F: “Las corrientes inmigratorias en Argentina”, en www.Argentinaexplora.com, 2001.
(25) S/F: “De los Alpes a las pampas”, en www.baradero.com.ar
(26) S/F: “Las corrientes inmigratorias en Argentina”, en www.Argentinaexplora.com, 2001.
(27) Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires Sudamericana.
(28) Alvarez, Gerardo: " ‘Colonia Médici’ o ‘La Suiza’, la ‘colonia’ que no pudo ser ‘pueblo’ “, en www.pampagringa.com.ar.
(29) www.zingerling.com.ar
(30) Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
(31) Bonvin, Antoine “Viaje sobre el mar”, en Vernaz.
(32) Bonvin, Antoine: “En el Ibicuy”, en Vernaz.
(33) Bodemann, Johann: “Viaje sobre el mar”, en Vernaz.
(34) Bodemann, Johann: “La llegada”, en Vernaz.
(35) Aizen Helena y Tam Muro, Claudio: “Historia de Bariloche”, en www.bariloche.com.ar, 1992.
(36) Palacios, Cynthia: “El curanto revive la tradición araucana”, en La Nación, Buenos Aires, 23 de febrero de 2003.
(37) Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo.
(38) Directorio de Museos Argentinos: “Museo Histórico de la Colonia San Carlos/ History Museum of the San Carlos Colony”, Fundación YPF, en www.museos argentinos.com.ar.
(39) Tollier, Verónica: “Recrean la vida de los pioneros de la inmigración en Entre Ríos”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de octubre de 1999.
(40) Schuchner, Silvina: “Un museo que guarda la memoria de los abuelos”, en Clarín, Buenos Aires, 10 de enero de 1999.
(41) Denoy, Marina: “Los pioneros”, en La Nación Revista, 16 de enero de 2001.
(42) Tollier, Verónica: op. cit.
(43) Fehrmann, Silvia: “El museo de los que descendemos de los barcos”, en Clarín, Buenos Aires, 23 de julio de 2000.
(44) S/F: “Colonia Suiza”, en www.coloniasuizabariloche.com.
(45) Carbonero, Marta: “La historia contada desde lo cotidiano”, en www.barilochealdia.com.ar.
(46) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(47) Pagés Larraya, Antonio: “Prólogo”, en Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957.
(48) Holmberg, Eduardo L.: “La casa endiablada”, en Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957. Prólogo de Antonio Pagés Larraya.
(49) Mercado, Tununa: La madriguera. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1996.
(50) Aguinis, Marcos: La matriz del infierno. Buenos Aires, Sudamericana, 1997.
(51) S/F: en El cuento argentino 1900-1930 antología. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(52) Guillot, Víctor Juan: “Un hombre”, en El cuento argentino 1900-1930 antología. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(53) S/F: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
(54) Llagostera, María Raquel: “La poesía de 1922”, en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(55) Pedroni, José: Hacecillo de Elena. Santa Fe, Colmegna, 1987.

Foto: Jorge Luis Borges, Carlos Gardel y Alfonsina Storni en el Café Tortoni
Buenos Aires, 2006
Esculturas de Gustavo Fernández, realizadas con el apoyo de Art San Michel, París, Francia