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La travesía ha llegado a su fin. Los pasajeros, con su documentación argentina, se encuentran con sus familiares, amigos, o empleadores, o se remiten a las instituciones que los orientan. Los que no tienen conocidos en la nueva tierra, sufren “las penurias del desembarco en Buenos Aires, Hotel de Inmigrantes y frustrada espera de un destino” (1). Días después, muchos viajarán hacia el interior. Hubo, también, quienes siguieron hacia las provincias patagónicas sin bajar del barco en el que habían cruzado el mar.
En “La formación de una raza argentina”, José Ingenieros –nacido en Italia- se alegra de la adaptación al medio geográfico que se verifica en los inmigrantes: “Las variedades de la raza europea aquí trasplantadas sienten ya, en sus hijos argentinos, los efectos de la adaptación a otro medio físico, que engendra otras costumbres sociales. Los Andes, la Pampa, el Litoral, el Atlántico, la Selva, el Iguazú, son cosas nuestras, y solamente nuestras. Viviendo junto a ellas, las razas blancas inmigradas adquieren hábitos e ideas nuevas, hasta engendrar una variedad, distinta de las originarias” (2).

Notas
1 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
2 Ingenieros, José: “Ensayo de identidad”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.


Gran Buenos Aires

En Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española que vende leche en Sarandí: “El agua cubre ya la mitad de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario. Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla resquebrajada por el sol y las lluvias. (...) Doña Micaela sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas traseras” (1).
Un personaje de esa novela encuentra una horrible muerte en la Argentina. Dice una noticia publicada en un diario: “Avellaneda. En el hospital municipal de esta ciudad falleció esta madrugada el obrero Martín Otero, español, de 23 años... La víctima, mientras trabajaba en los establecimientos de La Sulfúrica, perdió pie y cayó a un estanque de ácidos... siendo infructuosos los auxilios que le prestaron sus compañeros... Intervino la comisaría...” (2).
En Avellaneda vivieron los Pizarnik: “Flora Pizarnik –nacida en Buenos Aires en 1936, apodada Buma, convertida en Alejandra con la edición de su segundo libro- hizo su elección definitiva por la poesía. Flora (Buma en idish) era la segunda hija del matrimonio formado por los rusos Elías Pizarnik y Rosa Bromiker, que en 1934 dejaron su Rovne natal (donde algunos años despúes los nazis masacraron a sus familias), para instalarse en los suburbios soleados de Avellaneda” (3).
“Para encontrar a Francisco Rapanaro hay que largarse hasta Lanús Este. Allí vive este artesano, de setenta años, con su familia. Ya jubilado, de su taller salen reproducciones metálicas de autos y carruajes a tracción a sangre a escalas casi perfectas. Nació en Grassano, en la región italiana de Basilicata, y a los diecinueve años llegó a la Argentina” (4).
En Temperley vivió el primero de los escoceses Prebble que pisó suelo argentino. Carlos Prebble resume la historia de sus antepasados: “Mi tatarabuelo Charles Prebble vino a la Argentina en el siglo XIX para trabajar en el ferrocarril. Le fue tan bien, que cuando volvió a Escocia hizo edificar una mansión a la que llamó ‘Temperley’, en homenaje al barrio en el que había vivido”.
En “Historia popular de Burzaco”, escribe Daniel Alberto Chiarenza: “A don Ignacio Irigoyen lo reemplazó el coronel José Inocencio Arias, quien asumió (como era costumbre) el 1º de mayo de 1910, siendo su vicegobernador Don Ezequiel de la Serna. Durante su gobierno se creó la Escuela Práctica de Fruticultura y Chacra Experimental de Agricultura en Dolores. Tal vez el último comentario esté relacionado con la llegada de los primeros colonos japoneses que establecieron granjas o se dedicaron a la floricultura, precisamente, en la zona de Burzaco. (...) Burzaco es una ciudad que cuenta con una numerosa colonia de inmigrantes japoneses. Tal es así que la Asociación Japonesa de la Argentina, desde 1940, tiene su campo de deportes en Roca y Monteverde” (5).
En Quilmes, La Plata y Berisso, “se desarrolló, durante la década de 1920, una importante concentración de armenios gracias a las fuentes de trabajo en los frigoríficos de la zona. En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915. Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles, rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones de trabajo” (6).
Pedro Opeka, sacerdote en Madagascar, “tiene cincuenta y cinco años y dos padres eslovenos que se establecieron en Argentina tras huir de la Yugoslavia comunista de posguerra. Junto a ellos y sus siete hermanos se crió en Ramos Mejía, donde aún viven doña María y don Luis” (7)
Un griego es el propietario del copetín al paso Acrópolis. Relata el hijo –protagonista de Latas de cerveza en el Río de la Plata, novela de Jorge Stamadianos que fue distinguida con el Premio Emecé 1994/95-: “El Acrópolis está ubicado sobre el andén de una estación de la zona norte del Gran Buenos Aires que años atrás, en la década del 50, había conocido su época de esplendor. El lugar había crecido rápidamente en esos años dando origen a una calle principal donde se amontonaron todo tipo de comercios. (...) Mi viejo había hecho pintar el Partenón sobre los vidrios como un símbolo triunfal de su país, pero el paso del tiempo descascaró el dibujo, metamorfoseando esa imagen idílica –pintada de dorado- en la actual del monumento en ruinas” (8).
En el Tigre, la pequeña protagonista de Secretos de familia, de Graciela Beatriz Cabal, conoce a un alemán: “Doña Lola, que es la madre de mi novio, tiene anteojos azules y un diente negro. Don Oscar, que es el padre de mi novio, es alto y colorado. ‘Porque es alemán’, dice mi mamá. Pero éste no es maldito como los alemanes de Punta Mogotes y los que hacen la guerra: es alemán nomás, y arregla los barcos que se rompen” (9).
Mito Sela recuerda su infancia en San Martín, en la década del 30: “Crecí y me desarrollé en un barrio fuera de la Capital, ya provincia, sólo cruzando la Av. Gral. Paz. Este barrio –otro mundo- reunía en sus calles fábricas y galpones de la industria textil, que funcionaban sin descanso 24 horas diarias durante seis días a la semana. Junto a la industria se desarrolló un proletariado textil, formado por italianos, españoles y judíos, fervientes sindicalistas, que en su mayoría se identificaban con los distintos matices de la izquierda hasta la llegada del peronismo. En esos años agitados, de ruidos de telares y de efervescencia social, transcurrió mi niñez. La ubico entre los 6 y los 13 años” (10).
Entre los africanos –afirma Juan Carlos Coria-, “Las ocupaciones son muy variadas, pues van desde personal de a bordo, de distintas flotas comerciales o mercantes, hasta empleados en la administración pública, pasando por obreros, comerciantes al menudeo y muy pocos los que se han internado en las provincias, o se han dedicado a la agricultura ya como patrones o peones. (...) El asentamiento geográfico de la población de origen africano y de su descendencia, se concentra mayoritariamente en el Gran Buenos Aires, siendo muy pocos los que viven en la ciudad de Buenos Aires o en provincias del interior” (11).

Notas
1. Gómez Bas, Joaquín: Barrio Gris. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1963.
2. Gómez Bas, Joaquín: op. cit.
3. Amuchástegui, Irene: “Poeta del insomnio”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.
4. Marchetti, Ricardo: “Tres locos lindos”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de octubre de 2002.
5. Chiarenza, Daniel Alberto: “Historia popular de Burzaco”, en www.guiaburzaco.com.ar
6. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. La búsqueda de la identidad 1900-1950. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
7. Savoia, Claudio: “Un milagro argentino en Africa”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 3 de agosto de 2003.
8. Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995.
9. Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003. 280 pp.
10. Sela, Mito: Babilonia chica.Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria)
11. Coria, Juan Carlos: Pasado y presente de los Negros en Buenos Aires. Buenos Aires, octubre de 1997, Educar – Argentina.

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Buenos Aires

En Miramar vivió el pampista Mauricio Chajchir. En sus memorias, el relata que en 1891 “se abrió el comité del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir a un soltero como hijo y la cosa marchaba”. Cuando llegaron fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes: "No sé de dónde surgió la versión que los cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando de vomitar lo que habían comido la noche anterior”. De Buenos Aires viajaron a Miramar y fueron hospedados en el Hotel Atlántico, donde permanecieron hasta que se inició el traslado a Entre Ríos. Chajchir escribe en sus memorias: “Lo que recuerdo de allí y lo conservo aún hoy día, es el gusto del té recocido y endulzado con azúcar negra, la que no era refinada y que hoy la llaman azúcar rubia. Ah! Hasta me parece que siento el gusto y el olor del té recocido con azúcar negra”. Recuerda en otro pasaje: “Nos habían dado matze para cuatro días, por lo que una delegación viajó a Villaguay y regresó al otro día en el tren con 5 bolsas de harina. De inmediato, al primer día hábil de la semana de Pésaj, jal-amoed, o mejor dicho la noche antes, calentaron y amasaron con palos improvisados. Una espuela de bota que se quitó un peón sirvió para cortar las hojas”. Cuenta una travesura que hizo con otros compañeros: “Yo sí que tomé clandestinamente un vaso de leche. Un día nos juntamos tres muchachos y fuimos por una senda a una casita, de la que habíamos oído que convidaban con leche a los visitantes. Fuimos repitiendo todo el camino la palabra leche para no olvidarnos. Llegamos, el más grande de nosotros dijo –leche-, largaron una carcajada y nos dieron un vaso de leche a cada uno. Como no sabíamos cómo decir gracias, hicimos una reverencia en señal de agradecimiento. Y hubo más carcajadas” (1).
Muchos italianos fueron pescadores, en Mar del Plata. Un descendiente se refiere a la vida cotidiana de uno de estos inmigrantes: “A Juan Carlos D’Amico lo llaman Chupete. (...) A Chupete le gusta su profesión, la misma de su padre y de sus dos abuelos italianos. Para ellos, toda la vida giró en torno a la pesca. ‘Mi abuelo llegaba a la casa, se lavaba y preparaba el chupín. Mientras se cocinaba, tejía la red. Todos los días un poquito. Terminaba de coser, comía, y se iba a dormir hasta el otro día, que volvía a pescar. Esa era la vida de él” (2).
José Navarro y Humberto Sánchez fundaron en Mar del Plata la tienda “Los gallegos”: “Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero, los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente las ganancias del mes”. A ellos se sumaron más tarde los empleados Enrique Martínez y José Vicario. “Recuerda doña ‘Conce’, la esposa de José Vicario que ‘cuando ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las viandas. Es que estaban afuera varios días y debían llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas en la tienda...” (3).
En Mar del Plata, viven también los valencianos. Ellos realizan, año tras año, la Falla que sus mayores trajeron de España. Una noticia publicada en el diario La Capital en marzo de 2004 informa: “Desde ayer y hasta el sábado próximo se desarrolla en la ciudad de Mar del Plata la 50º edición de la Semana Fallera. La celebración es organizada por la Unión Regional Valenciana y se realiza en la céntrica plaza Colón. Todas las noches se ofrecen delicias gastronómicas y suben al escenario agrupaciones de música y baile de distintos puntos del país. (...) La celebración, con epicentro en la ciudad española de Valencia, alcanzará el máximo esplendor el sábado próximo cuando a partir de las 21 se realice un espectáculo de fuegos artificiales y luego, desde las 22, se proceda a la crema del monumento principal de la Falla 2004. La asistencia se estima entre 80 y 100 mil personas. (...) Este año la estructura del monumento principal instalado en la plaza Colón consiste en enormes castillos que simbolizan al Fondo Monetario Internacional y un galeón, que representa a nuestro país, que intenta alejarse del lugar. Entre los muñecos que forman parte de la escena se destaca la réplica del presidente Néstor Kirchner. La instalación tiene una altura de 31 metros y está confeccionada con madera y cartón. Precisamente el ritual de la "crema" consiste en prender fuego la obra de arte, que por lo general está inspirada en algún hecho saliente de la escena nacional o internacional” (4).
Hay gitanos en Mar del Plata. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: “las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, cassettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes” (5).
En Villa Gesell vive Valeria Rodziewicz, “una encantadora ex enfermera polaca, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial”. La anciana “nació en Wilno (Vilna hoy), Lituania, el 27 de diciembre de 1913. Por entonces, el territorio lituano pertenecía a la Rusia zarista”. Recuerda la guerra. En Polonia, en 1939, “La comida escaseaba, sólo teníamos arroz y la carne de los caballos muertos esparcidos por las calles. Cuando los alemanes llegaron al hospital, me echaron, con el pretexto de que no figuraba como enfermera estable. De golpe me quedé sin trabajo y me instalé en un albergue para estudiantes. Para poder comer tenía que vender mi sangre para las transfusiones” (6).
En Villa Gesell se estableció “el matrimonio que formaban la princesa María Windesgraetz y el conde Esteban Károlyi, de la nobleza húngara. Como tantos europeos de la posguerra, los Károlyi eligieron Villa Gesell para vivir y para ofrecer a turistas y amigos la mejor atención personal de la familia” (7).
En Necochea vive Amy Stirling –que “había sido inglesa, linda y joven”-, en un texto de María Esther de Miguel: “Cuando llegó a Necochea, no fue casualidad quedarse: cierto matiz del puerto le recordó suburbios de su ciudad. Yo la conocí una noche en Quequén: vieja, borracha y sentimental. Parecía un clown, exageradamente maquillada, propensa al disparate. Me informaron: está loca. Pero no lo creí” (8).
María M. Bjerg es la autora de Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930), “una versión revisada y abreviada” de su tesis doctoral, dirigida por Fernando Devoto. En esa obra, ella evoca a su abuela dinamarquesa, que vivía en Necochea: “Entre mis recuerdos infantiles guardaré para siempre aquellos viajes familiares que hacíamos desde Juan N. Fernández a Necochea para pasar el día en lo de la abuela Frida. Los ochenta kilómetros que separaban esos dos lugares resumían el tránsito imaginario a un mundo mucho más distante por el que yo sentía una profunda fascinación. En el porche de la casa los visitantes éramos recibidos por un elocuente anfitrión: un zueco rojo de madera que la abuela había traído de Dinamarca. Aquel zueco, que colgaba a un costado de la puerta principal y en el que nadie parecía reparar, me señalaba la entrada al mundo de Frida. Un mundo en el que esa mujer –por momentos inescrutable, que no hablaba bien el castellano y que se dirigía a mi padre casi siempre en danés- había recreado una parte de su pasado y de su tierra a la que ya sólo la unía la nostalgia y la certeza de que el retorno al lugar de nuestros orígenes nos condena a movernos en un paisaje de imágenes y sensaciones que ya no podemos reconocer” (9).
Cerca de Médanos abrieron la Proveeduría “El Progreso” los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. “Tanto Paco como Pepe –relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores, sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno; esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición” (10).
El pionero holandés Diego Zijlstra relata en Cual ovejas sin pastor: “Desde Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares, en la llamada Colonia del Castillo” (11).
El ensayo “La construcción de nuestra identidad”, de Angela Mónica Waksman, fue distinguido con una Mención de Honor en el Concurso AMIA 2004 Juana y Julio Kolonsky. En ese texto, ella relata que en Tres Arroyos vivieron sus antepasados: “Me pusieron ese nombre porque la tía mayor de papá había muerto tres meses antes de que yo naciera. Ese era mi nombre en castellano que, seguramente, mi bisabuela, pobre, copió de alguna vecina de Tres Arroyos. Allí había ido a vivir con sus hijos pequeños cuando mi bisabuelo, apenas llegado a tierras de Sudamérica, decidió buscar su propio ‘El Dorado’ en el norte del continente, abandonando a mi bisabuela, la bobe Berta. Para su empresa conquistadora se llevó a sus hijos varones mayores y dejó a esa mujer fuerte, siempre vestida de negro y con un rodete encanecido y muy prolijo” (12).
En el Buenos Aires Herald, Michael John Geraghty relata que en 1889 arribó el SS City of Dresden con alrededor de dos mil pasajeros. Se dirigieron a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde donde, en 1891, quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires, “broken in spirit, uterly destituted” (13).
“Go west! Esa era la consigna del padre Antonio Fahy, uno de los personajes más emblemáticos de la comunidad irlandesa en el país. ‘Entre 1840 y 1850, Fahy recibía a los irlandeses en el puerto de Buenos Aires y los convencía de que se fueran al campo, al Oeste, a criar ovejas. Después los visitaba y los iba casando entre ellos’, cuenta Teresa Deane” (14).
“ ‘A mi abuelo Gaynor lo cargaron los ingleses en un barco a los 19 años, por rebelde, en 1857. Los últimos quince días antes de embarcarse lo único que comió fueron ortigas hervidas, porque no había ni para pan. A su hermano lo mandaron a Tasmania, donde se convirtió en un bandolero legendario. Eran barcos de vela, los cargaban para que se hundieran en el mar, y si llegaban a algún lado era por obra de Dios. La gente venía desnutrida y muchos morían durante el viaje. Mi abuelo fue a dar al Hotel de Inmigrantes, con apenas 45 centavos en el bolsillo’. Mateo Kelly –botas y bombachas de gaucho- ofrece un mate en su casa de San Antonio de Areco. Tiene 86 años, una memoria prodigiosa y cientos de historias. ‘Los criollos les daban a los irlandeses mil ovejas y un pedazo de campo –sigue-. Exigían el 66 por ciento de los corderos y la lana. Los irlandeses se quedaban con el tercio restante y así, en ocho o diez años, salían a flote. Era una vida dura. Vivían en taperas, ranchos de adoba, con puertas de cuero de oveja y en la frontera con el indio. Pero así mi abuelo Gaynor, que llegó sin nada, pudo comprar campo en San Andrés de Giles” (15).
En 1878, ocho familias y tres solteros volguenses fundaron Kaminka, un pueblo que más tarde cambiaría su nombre: “Cuando los colonos llegaron a Hinojo ya contaban con casillas provisorias instaladas y, cumpliendo con lo prometido, el gobierno les cedió animales y un arado como así también medios para su manutención por un año” (16).
Los volguenses que fundaron Colonia San Miguel “de las bodegas del antiguo trasatlántico pasan a los incómodos asientos de un vetusto coche ferroviario de la empresa inglesa de ferrocarril que los traslada hasta su estación terminal, Azul, pues hasta allí llegaba. Para completar los treinta y cinco kilómetros que les faltaba para llegar a su destino definitivo, abordaron una tradicional carreta, cuyos pesados bueyes los conducen hasta un paraje denominado San Jacinto, en el partido de Olavarría (...) Dos años en ese lugar, en contínuos sobresaltos por la lucha contra los malones indígenas, con armas que ellos mismos implementaban, bastaron para determinar la búsqueda de un sector más propicio. Encontrando, algo más al este, tierras más aptas y más alejadas de los peligros del indio. (...) Por mayoría deciden establecer allí su definitivo asentamiento, que debía llevar el nombre de uno de los tres patriarcas de mayor edad: Juan Ruppel, Pedro Kessler y Miguel Stoessel. Echada fue la suerte y don Miguel Stoessel fue el favorecido para transmitir su nombre a la nueva colonia. De ahí en más se denominaría ‘Colonia San Miguel’ ” (17).
El bisabuelo de Zahira Juana Ketzelman llegó a Azul con su familia, pero, molesto por la actitud de unos lugareños para con sus hijas casaderas, se fue de esa localidad: “Desde atrás de unos árboles, varios hombres observaban. Los ojos renegridos les ardían al ver a las rusitas, apetecibles como frutas pulposas y brillantes, blanqueadas de leche y miel. De improviso, el paisano más audaz se adelantó, asió a la rusita mayor por la cintura, se la echó al hombro y salió corriendo a campo traviesa. El bisabuelo era fuerte como un buen labrador; logró recuperar a su hija. A pesar de ello, la decisión fue tan súbita como el rapto. Subió a las tres (¿o cuatro?) hijas al carro, miró fijamente a la bisabuela, y sin decir palabra, del carro al tren con bultos y samovar, regresó a la capital. En la lejanía de los imposibles se habían diluido para siempre los campos de Azul” (18). Otros, se quedaron: “Las diferentes expediciones realizadas con el fin de ensanchar los límites de la frontera eran complementadas por los gobiernos mediante el dictado de las leyes de enfiteusis. De esta manera atraían al colono y al extranjero. En virtud de ellas, legiones de inmigrantes vascos, franceses e italianos se introdujeron en el desierto a fin de explotar esas tierras que se les proporcionaba. Esos pobladores como don Pablo Acosta, don Miguel Rodríguez Machado se trasladaron a estas regiones y en virtud de salvaguardar sus vidas, su hacienda y, a fin de favorecer el comercio interno, se creó la línea de frontera del Arroyo Azul” (19).
A fines del siglo XIX, en la frontera vive un flamenco, personaje creado por Eugenio Juan Zappietro en De aquí hasta el alba. Roger Bary era “mercader en aquella esquina del infierno” y entra en tratativas con los indígenas, aún a costa de las vidas de sus hijas, sólo para salvar el pellejo”. En esa misma novela, el desierto alberga los restos de un estadounidense: “Un hombre delgado y macilento que era ingeniero del ejèrcito, habìa llegado para estudiar la posibilidad de trasladar el asiento de las tropas un poco màs hacia el mar. Se habìa llamado Jewison y era un americano de Tejas, muy golpeado por la enfermedad que habìa contraido al atravesar la Florida. Jewison tenìa treinta y cinco años y un Colt Forntier a la cintura; vestìa levitòn Prìncipe Alberto y fumaba cigarrillos muy suaves, ambarinos, de Virginia”. Una noche, “quedò con los ojos abiertos, mirando el techo de paja trenzada, inmòvil como una piedra. Habìa muerto sonriendo, cara a un cielo extraño, tal vez muy semejante al de las interminables noches de su Tejas natal” (20).
Décadas después, Mario, protagonista de Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda al español que les vendía leche: “Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo, a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al sonreír, lo que hacía con frecuencia. Vestía algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo negro echado ligeramente hacia la nuca. Teóricamente, lepagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento. Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamá” (21).
En 1844, llegó a la Argentina el danés Juan Fugl, pionero que se estableció en Tandil cuando los indios habitaban la región. El “relató que después del sitio indígena de Tandil en el mes de noviembre de 1855, ‘Al fin de cuentas, los soldados que llegaron no habían resultado mucho mejor que los salvajes, pues en las casas abandonadas que encontraron, robaron todo lo que pudieron y les fuera útil’. Resultaba notorio que la Guardia Nacional por lo general llegaba después de que los indios habían hecho los peores destrozos” (22).
Señala John Lynch que “Los pioneros, en muchos casos, fueron los colonos inmigrantes y desde el comienzo de la década de 1880 la cría de ovejas también llegaría a Tandil. (...) Los inmigrantes también podían convertirse en víctimas de la especulación con la tierra; cuando los especuladores compraban tierras a bajo costo y las vendían a los recién llegados a precios más altos o cuando se subdividían o arrendaban las grandes propiedades” (23)
En esa localidad, a fines del siglo XIX, se establecieron mis bisabuelos, el matrimonio integrado por Guillermo Paggi y Lucía Silvani, procedente de Lombardía.
Otro lombardo afincado en Tandil, Martín Illia –quien más tarde sería padre del presidente-, logró “salvarse de un malón que arrasó con los pobladores de la zona” y regresó a Italia. Corría 1872, el año de la “masacre” –en la que no tuvieron que ver los indios- que costó la vida a muchos extranjeros. “En 1876, volvió solo al país, trabajando como jornalero en la construcción de ferrocarriles” (24).
Hugo Nario describió la dura vida de los picapedreros en Tandil: “Despeñarse, quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado, morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía, y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor. Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces sin proceso” (25).
Sobre Colonia Urquiza, escribe Gabriela Bovcon: “En sus comienzos, los primeros en ocupar estas tierras fueron: Guillermo Décker, de origen holandés, seguido por el inglés John Mhay, dueños originarios del territorio. A partir de la ley de Nacionalización de grandes latifundios, durante el gobierno de Juan Domingo Perón, estos terratenientes deciden negociar sus tierras La colonia fue pensada por el Consejo Agrario Nacional como resultado del segundo plan quinquenal para que, grupos de diversas nacionalidades europeas se instalaran y desempeñaran la actividad agrícola. Es así que las primeras familias en llegar al lugar fueron de origen italiano, entre ellas: la familia Di Carlo, Petíx, Fanara y Parrillo. (...) los italianos ingresaron a la colonia para trabajar la tierra, porque se les proporcionaba un territorio, en donde veían muchas posibilidades de progreso para ellos” (26).
“Baradero se convirtió en asiento de una de las primeras colonias, fundada por familias suizas, el 4 de febrero de 1856” (27). En noviembre de 2000 se llevó a cabo, en el Salón Azul del Honorable Congreso de la Nación, la muestra “De los Alpes a las pampas Un siglo y medio de presencia suiza en Baradero” (28). La organizaron la Bibliotheque Cantonale et Universitaire de Fribourg, la Association Baradero-Fribourg (Suiza), la Sociedad Suiza de Baradero (Depto. Historia) y el Honorable Senado de la Nación”.
En el discurso pronunciado con ocasión de otorgársele la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, dijo Ernesto Sábato: “En el siglo pasado, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar una tierra de promisión. Se instalaron en la ciudad de Rojas, donde tuvieron un pequeño molino harinero” (29).
En su poema “La Condra”, Fulvio Milano canta: “Así la llamaba el abuelo italiano. No sé/ qué significa este nombre. Condra,/ la yegua blanca que atábamos al sulky./ ¿Qué voy a hacer, Dios mío, con este/ nombre raro/ a través de la gente, a través del olvido?/ La Condra, impredecible de caprichos en/ los caminos rurales,/ batía al aire los remos nerviosos, disparaba/ por fantásticos ríos/ tronaba el abuelo, y yo veía palidecer/ en tambaleante escorzo el angustioso sueño/ de la llanura” (30).
Aurora Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de Olavarría, localidad bonaerense: “Los españoles, dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores del español escrito en un país babélico, eran los editores obligados” (31).
En “José Balbino, el portugués” (32), Maria Elena Massa de Larregle relata la historia de este inmigrante. “El había nacido en Portugal el 9 de marzo de 1900. Casado con Ana Brígida Ferreyra y padre de una niña (María, hoy señora de Elbey), pasó con ellas a Francia por un breve tiempo, y desde allí vinieron todos a la Argentina en 1930. Su lugar de radicación fue una cantera próxima a Villa Mónica, llamada según referencias Cerro del Aguila, donde trabajó como picapedrero. Era ése un oficio duro pero muy requerido en tiempos en que continuaba avanzando el empedrado en ciudades del interior (recién después del año 1938 fue desplazado por el asfalto, llegando esa tarea de recambio a Olavarría, hasta tiempos de la intendencia de Alfieri, en los años setenta”. Por participar en una huelga de obreros, se quedó sin empleo. “Una circunstancia fortuita lo constituyó en dueño de un colectivo marca Chevrolet: fue la forma de poder cobrar una suma que le adeudaban por salarios. Y con ese vehículo, tuvo la posibilidad de iniciar lo que sería su ocupación de allí en más: conducir el UNICO medio para viajar entre Bolívar y Olavarría en forma directa y en colectivo”. Años más tarde, la muerte se le anunció estando al volante: “Continuó en Olavarría un tiempo más en viajes particulares para CORPI, para escuelas de educación especial. En una de estas tareas de transporte, llevando en su viejo colectivo chicos de una Escuela Diferenciada (como se llamaban entonces) lo alcanzó el invisible rayo de su destino. Sintiéndose mal, tuvo lucidez y un último gesto de responsabilidad, por las vidas que transportaba, para quitar el pie del acelerador y llevar con suavidad la marcha hacia el borde de la vereda. Y dejó que el infarto hiciera su obra. Falleció a los cuatro días, el 30 de enero de 1968. Preguntó por ‘los chicos’ –los escolares- y cerró los ojos. Se había cumplido un ciclo en una vida”.
Antonio Dal Masetto llegó a Salto a los doce años, donde –afirma en una entrevista- “Empezó el duro aprendizaje, la transculturación. Cansado de que lo cargasen por su forma de hablar, decidió esforzarse para aprender el castellano. Para eso recurrió al arte. Su padre se asoció con su tío en una carnicería. Dal Masetto empezó a seleccionar las revistas que llegaban para envolver y, entre los globitos y el dibujo de las historietas, empezó a adentrarse en el idioma” (33).
En “Pleamar”, Oscar González evoca al capitán Griffith George, quien, tras naufragar en 1883, se radicó en la estancia “Los Yngleses”, en el Partido de General Lavalle (34).
Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío en la Argentina. “Dejó escrito su interesante testimonio sobre la llegada al país, en 1891”, en el que manifiesta: “Nadie nos recibió en la estación: ningún empleado de la empresa colonizadora del Barón nos aguardaba. El jefe de la estación de Casares, un morocho alto, de tupida cabellera encrespada, salía a cada rato de su oficina y sonreía zalameramente a nuestras hermosas mujercitas; pero al ver que ninguna de ellas le prestaba la menor atención, irritóse, al parecer, sacudió su melena, se encerró en su oficina y no volvió a salir. Aquellos de nosotros que conservaban aún en sus hatillos un pedazo de pan, hicieron uso de él. Poco a poco los niños fueron sintiendo hambre y nos dispersamos por los almacenes en busca de pan, pero ese artículo no se encontraba en ninguna parte. Los ojos se nos salían de impaciencia mirando en todas las direcciones, por si llegaba alguien para conducirnos hacia "nuestras" chacras. Así pasaron horas tras horas, sin que apareciera nadie. La gente empezó a irritarse, cundió el descontento, primero quedamente y luego con fuerza cada vez mayor. Grupitos de los nuestros se ubicaron al lado de los rieles y peroraban gesticulando con las manos y los pies. Lentamente el desaliento y la desesperación fueron penetrando en los corazones, creciendo de instante en instante. Los ojos de todos se fijaron en los yuyales: "¡Ahí vienen!", parecían decir. Algunos lanzaron, a cuenta de los negligentes funcionarios colonizadores, ciertos improperios en lengua rusa. Otros se diseminaron por los senderos de la maleza, pero al rato volvieron, jadeantes, sudorosos, cubiertos de abrojos. Así transcurrió el día hasta las dos de la tarde. Súbitamente se dejó oír el chasquido de un látigo y de entre los yuyos apareció una carreta de ruedas altísimas, uncida a una decena de caballos. Detrás de ella venía otra y otra, hasta completar ocho, todas sobre dos extrañas ruedas y se colocaron en fila, a lo largo de la vía férrea. Un joven rubio, montado en un caballo arisco, llegó al instante y ordenó algo a los negros que manejaban las carretas y acto seguido cada uno de ellos desparramó desde arriba, directamente sobre la hierba, una montaña de galletas secas. Otro señor, joven, blanco como la leche, de rasgos finos y delicados movimientos, llegó en un caballo lindamente enjaezado, nos saludó en alemán y se presentó como nuestro administrador, el señor Gerbil. El que tenga hambre, que coma de estas galletas -nos dijo. Debido a que nuestro pudor había quedado quebrantado en la frontera alemana, al primer bocado de misericordia que nos arrojaran los judíos tudescos, y debido también, en parte, al hambre que nos venía apretando, no demostramos ninguna resistencia ahora; sin dejarnos rogar nos lanzamos como salvajes sobre los panecillos de la mendicidad, disputándonoslos. Los rostros broncíneos de los argentinos, al ver esta escena, se contrajeron de espasmo; agitaron fuertemente las manos y viendo que las criaturas hambrientas no podían romper con sus tiernos dientes las galletas petrificadas, bajaron de las carretas y nos enseñaron cómo proceder con aquel manjar; golpearon las galletas contra las llantas de las ruedas y las quebraron como pedazos de vidrio; luego metieron los trozos en agua, y se los lanzaron a los chicos, hambrientos, murmurando: "íPobres niños! íPobres inmigrantes!" (...)” (35).
Mario Goloboff rercuerda su infancia en Carlos Casares: “fui un bilingüe auditivo de nacimiento. Lamentablemente, no hablé el idish, pero sin duda fue la primera lengua que oí y escuché en mi infancia. Y entre los dolores y terrores de la infancia y de la guerra (en aquel momento, en su esplendor), y en un pueblo como Carlos Casares (uno de las colonias judías más importantes que hubo en la provincia de Buenos Aires), me tocó vivir desde muy chico los temores familiares y las pocas esperanzas de que las cosas terminaran bien. Creo que esto, junto a la lengua, es lo que me ha marcado más profundamente” (36).
Nissin Mayo entrevistó a Salvador Cohen, quien relató: “Mi papá, Mair Cohen y mamá, Raquel Cohen (no eran parientes) se conocían de Magnasía (hoy Manisa), un pueblo cercano a Esmirna, Turquía. Papá llegó a la Argentina alrededor de 1910 y ella por 1921. Se casaron en Buenos Aires, donde yo nací el 31 de julio de 1923. (...) A su llegada a la Argentina él se instala en Gral. Villegas, Pcia. de Buenos Aires, con un negocio de zapatillas, telas y ropas. Lo ayudaban mi tío Aarón, (hermano de mamá que llegó de Turquía por 1910) y mamá, que también hacía los trabajos de la casa. Los miércoles, papá salía a vender en el pueblo. (...) Mi tío Aarón, que vivía con nosotros, rezaba las oraciones en hebreo todas las mañanas, poniéndose en la cabeza una carpetita en forma de kipá (gorrita) con la cual a veces salía, sin darse cuenta, a la calle. Mi tío hablaba cinco idiomas, entre otros el djudeo español . El negocio sólo cerraba en Iom Kipur (día del Ayuno y el Perdón Divino) y un cartelito anunciaba: ‘cerrado por balance’. (...) En Villegas cursé la escuela primaria. En el segundo grado nos pegaba la maestra, Srita. Balán. Usábamos gorra de vasco, que debíamos sacárnosla cuando saludábamos a las mujeres; si no lo hacíamos nos tiraban de las orejas hasta dejárnoslas rojas. En 1933, recuerdo, hubo una gran invasión de langostas; las paredes se pusieron negras y tuvieron que eliminarlas con aplanadoras. En una ocasión, un zapatero italiano, cuando yo jugaba con su hijo a la pelota, agarró su cuchillo de zapatero y me dijo jugando: ‘ te corto, te corto’, y me hizo un corte en la pierna izquierda. Todavía tengo la marca. En Villegas me recibí de tenedor de libros en 1934. Mi hermana Victoria, debió estudiar obligatoriamente, en el Colegio, religión católica”. El entrevistado recuerda a General Villegas “como un pueblo agrícola-ganadero, de casas bajas, con dos cines, simpático y económicamente progresista. Había muchos ingleses, exposiciones y ventas de ganado, con la intervención casi permanente del martillero Bullrich. Allí tenía amigos. Jugábamos a la pelota y con el trompo y las bolitas. Con ellos y mi familia, pasé una infancia y adolescencia feliz” (37).
En San Vicente vivió la viuda de Oskar Schindler. “El libro Yo, Oskar Schindler (38), una recopilación de documentos fidedignos y originales, según su autora, Erika Rosenberg, intenta reivindicar la imagen de Schindler frente a la que presentó Steven Spielberg en su película sobre este empresario alemán salvador de miles de judíos. La escritora argentina, quien presentó en Budapest la versión húngara de este libro escrito originalmente en alemán y presentado el año pasado en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, recalcó que siente ‘una obligación moral, como amiga de la viuda de Schindler, de borrar esa imagen de 'don Juan' y especulador que ofreció Spielberg en La Lista de Schindler'. Rosemberg señaló que ‘quizás ésta sea una de las mejores formas de recordar la memoria de Oscar Schindler, fallecido en Alemania en 1974, y de la viuda de Schindler, Emilie, quien falleció hace una semana, a los 93 años de edad, en Brandemburgo’. Schindler, junto a su esposa, salvó la vida de más de 1.300 judíos al darles trabajo en su fábrica y protegerles así de la deportación, recalcó la autora del libro y biógrafa de Emilie Schindler. El industrial alemán, además, repartió más de dos millones de marcos entre los judíos a quienes salvó, según atestiguan los documentos, explicó Rosenberg. ‘Yo nunca vi que los estadounidenses hayan puesto en una película las buenas actuaciones de un alemán, así que Spielberg no podía hacer otra cosa que lo que hizo», señaló Rosenberg. ‘Una película nacida de un sentimiento estadounidense, dirigida por un director estadounidense y escrita por un australiano presentado al público como americano, no pudo tener otro resultado que La lista de Schindler’, comentó la escritora argentina. ‘Es cierto que Spielberg no pudo utilizar la documentación que aparece en mi libro porque no sabía de su existencia, ya que la misma apareció en el año 1998, pero mi pregunta es que por qué no utilizó a la viuda’, recalcó Rosenberg. Agregó que, ‘según la carta que tengo en mi poder, Spielberg invitó a Emilie Schindler a Jerusalén para rodar las últimas imágenes de su película, como una sobreviviente y nada más’ “ (39).
Oskar Schindler “Después de la guerra, dirigió un rancho en Argentina (1949-1957), quebró y regresó a Alemania. En 1961 fue invitado a Israel, donde recibió la Cruz del Mérito en 1966 y una pensión del Estado en 1968. La novela de Thomas Keneally, El arca de Schindler (1982), fue llevada al cine con el título de La lista de Schindler, en 1994 por el director Steven Spielberg, y obtuvo los premios Oscar más importantes, entre otros al mejor director y a la mejor película en ese año, dando a conocer las actividades de este héroe de guerra a un público mucho más numeroso” (40).
En Matanzas se afincó el gringo Sardetti, a quien Juan Moreira mata por haber negado la deuda que tenía con el gaucho. “Concluyamos que es tarde –dijo levantándose de pronto-. Amigo Sardetti, vengo a que me pague los diez mil pesos o a cumplir mi palabra empeñada. El pulpero vaciló, miró con espanto a Moreira, y dirigiendo una mirada de suprema súplica al paisano que había tratado de disuadir a aquel terrible acreedor, respondió de una manera humilde y quejumbrosa: -Yo no tengo plata, amigo Moreira; espérese unos días, y le juro por Dios que le he de pagar hasta el último peso. -No espero más –contestó el paisano con suprema altivez-; vengan los diez mil pesos o te abro diez bocas en el cuerpo, para que por ellas puedas contar que Juan Moreira cumple lo que promete, aunque lo lleve el diablo. Y con la mano segura desnudó su daga, que brilló con un fulgor siniestro. Los paisanos habían quedado helados; Sardetti estaba más muerto que vivo, y Moreira, arrogante y altivo, con la daga en la mano y la manta de vicuña volcada sobre el brazo izquierdo, estaba allí como el ángel del exterminio. -O pagas sobre el acto –dijo imperiosamente Moreira-, o te abro como un peludo. -No tengo plata –balbuceó el pulpero en una especie de estertor, mientras el paisano que desde un principio había tratado de evitar el lance, se cruzaba delante de la daga de Moreira, diciéndole: -No te pierdas, hermano; el gringo no vale la pena y vas a tener que huir del pago” (41).
En Don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes escribe acerca de ”la desvergüenza del gringo Culasso que había vendido por veinte pesos a su hija de doce años al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo” (42).
En San Nicolás vivió Frances Armstrong de Bessler, que había nacido en Elma, Estado de Nueva York, en 1862. Llegó a la Argentina en 1879. “Había cursado estudios en la escuela secundaria de Buffalo y se graduó como profesora en la escuela normal de Winona. Fue destinada a la Escuela Normal de Catamarca, donde actuó como secretaria y profesora. Luego de seis años de eficaz desempeño, en 1884 el gobierno le encargó la organización de la Escuela Normal de Córdoba, de donde pasó a San Nicolás para cumplir igual cometido. Permaneció veinticinco años al frente de este establecimiento, hasta que se retiró. Había contraido enlace con el doctor John Alfred Bessler y durante su permanencia en San Nicolás conquistó el cariño de discípulos y amistades. Lo mismo que su hermana Minnie, poseía condiciones naturales para la música. Cantó y tocó el órgano en una iglesia de Buenos Aires hasta que la parálisis atacó sus manos. Falleció en esta ciudad el 6 de mayo de 1928” (43).
Elena Guimil es la autora de “Mi búho” (44), uno de los seis relatos del Premio La Nación 1999 de Cuento Infantil. En ese relato, que transcurre en Pellegrini, la escritora recuerda la oportunidad en que su padre, “un gallego fornido” le trajo un pichón. Acerca del texto premiado, afirma la autora: “Este cuento nació en un momento muy especial de mi vida, donde los recuerdos de la niñez se hacen vívidos, provocados por un hecho sutil: encontrarme de frente con los grandes ojos amarillos de un pichón de lechucita, parado en un alambre de un camino de tierra rumbo a un campo”.
En la provincia de Buenos Aires vive Francisco Sainz, “Hombre solo, siempre. De recién cumplidos 85 y costumbres rudas como el campo. Hijo de un español de Santander, el primero de la familia en meter la mano en esas tierras, hace cien años. La casa está en lo alto del terreno y todo alrededor es horizonte limpio. Un patrimonio de cuatro mil hectáreas compradas de a pedacitos, en las entrañas de Buratovich” (45).
A principios de la década iniciada en 1880 existía una sola población importante en el sur: Carmen de Patagones, ciudad ya centenaria, dueña de un estilo y de tradiciones propias. A lo largo del siglo XIX, maragatos hispanos, corsarios extranjeros, comerciantes italianos y criollos de distintas provincias argentinas, se agregaron a sus primitivos habitantes" (46).
En esa misma provincia se afinca el protagonista de un cuento de Arturo M. García: “Don Javier Echegaray y Tarragona, oriundo de San Sebastián en el país vasco y como su nación, fuerte de temperamento, férrea voluntad, constante en el trabajo y perseverante en sus ideas había llegado a la Argentina a los doce años con unas ansias inconmensurables de hacerse la América. Recaló en Buenos Aires, pero la ciudad que crecía no le brindaba muchas ilusiones y esperanzas, eran los resabios de la generación del 80 con su crisis económica, financiera y social y Javier evocando las praderas vascuences y las montañas pirenaicas, solo, se exilió de nuevo. Viajaba como linyera en trenes de carga hacia el Sur, comenzó a admirar las extensas pampas, se asombraba contemplando la cantidad de ganado pastando a la vera de los rieles del ferrocarril, asentándose por fin como peón en las regiones de Pigüé, Coronel Suárez y Saavedra. Trabajó mucho y fuerte, ahorró dinero y junto con las pocas pesetas que le mandaban los tíos desde la patria, fue haciendo un capital que le permitió comprar primero unas pocas hectáreas, luego más terrenos, una granja después y por fin una estancia en la zona de Tornquist” (47).
Arturo M. García relata, en “Ella eligió así”, lo sucedido a Raquel Amanda Olascoaga, hija de vascos tomada cautiva por Biguá, con quien pidió contraer matrimonio cristiano, rehusando volver a la sociedad. Cuando la llevaron los indios, ella era una “mujer de treinta años de edad, dama de recio temple y extraordinaria hermosura, hija única de un matrimonio de origen vasco, que después de haber habitado muchos años en el Río de la Plata, donde cosecharon una ingente fortuna a través de negocios de importación de bebidas espirituosas, traídas de Europa, se volvieron a su país natal, dejando a su hija ya madura, al frente de sus casas en Buenos Aires y Montevideo” (48).
La casa de Myra (49), de Aurora Alonso de Rocha, fue distinguida en 2001 con el Segundo Premio para Autores Inéditos, en el “Concurso organizado por la Fundación El Libro, en el marco de la 27ª Exposición Feria Internacional de Buenos Aires ‘El libro del Autor al Lector’ ”. En esa obra, protagonizada por una gallega tomada cautiva por los indígenas, narra un personaje: “En unos meses se le puso la piel del color del cuero sobado, se le hicieron unos manchones del solazo debajo de los ojos y como no los tiene oscuros como las otras se ven como gemas transparentes. En lo que se ve del descote es pura mancha y peca y tiene el pelo cerdoso, enrulado y reseco de tanta agua e intemperie. Igual que las chinas va mezclada de cristiana y de india: le cuelgan unas ajorcas pesadas, se ata las clinas con seda trenzada y las botas son las de media caña, de pata de potro pero finísima, muy retobada (¡Que las quisiera para mí!), con lazos de colorines y bordados. Por arriba usa un vestidito de percal que ha de ser el que traía cuando la encontré en el puerto, según recuerdo, así que va medio disfrazada pero tan cargada de lazos y joyas como una princesa”.
Jorge Luis Borges –a quien María Rosa Lojo volvió personaje de ficción, en Las libres del Sur-, relata: “Sin contar los muchos relatos de la Conquista española, entre nosotros ya Sarmiento hablaba de un mayor Navarro –todo un dandy- que se casó con la hija de un cacique, y bebía la sangre ‘en la degolladera de los caballos’. Mansilla cuenta otros tantos episodios, y mi propia abuela, que era inglesa, conoció uno muy de cerca. Estaban en Junín con el abuelo Borges, que era jefe militar de la frontera, y una tarde se presentó en el pueblo una mujer rubia, vestida de india. Venía a abastecerse de ‘vicios’ (yerba mate, azúcar, aguardiente) y traía pieles, tejidos y plumas de avestruz para canjear en las pulperías. Mi abuela pidió hablar con ella, y la otra le contó su historia en un inglés rústico, que parecía un instrumento oxidado. Era una inglesa, cautivada por un malón cuando chica. No quiso saber nada de volver son los cristianos, aunque la abuela le ofreció todas las seguridades, para ella y para los hijos que tenía con un cacique. Tiempo después, volvió a encontrársela. Estaban en un bañado, degollando una oveja, y la india inglesa cruzó a caballo, y se tiró al suelo y bebió la sangre caliente...” (50)
En “Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive en una banda”, Jorge Iglesias se refiere al belga Julio Steverlynck; presenta, además, el testimonio de personas que estuvieron vinculadas a la Algodonera Flandria. Iglesias escribe: “Por cierto, en la Argentina de finales de los veinte, encontrar un obrero textil calificado era tarea de cíclopes. Así, Steverlynck le abrió las puertas de la fábrica a gran cantidad de inmigrantes españoles e italianos. Toda gente que había dejado sus raíces. Gente que venía a ‘hacer la América’. Mejor, ¿por qué no?: a hacer la Flandria... Pero, como la gente trabajando se hace, de los telares no sólo salieron telas, como se verá, también salieron ‘hombres de Flandria’ “ (51).
La decisión de María (52) es el libro que escribieron María Carmen Merbilhaa del Frate y Amalia María Calandra Merbilhaa. “Las autoras, al encontrar las cartas de su abuela, hija de inmigrantes bearneses que se establecieron en el campo a mediados del siglo XIX, descubren interesantes testimonios de vida en el pueblo de General Belgrano y en la ciudad de La Plata a principios del siglo XX. Ellas agregan comentarios y anécdotas propias o transferidas por sus familiares. Pretenden homenajear a su querida abuela y contar a sus descendientes, con un toque de humor, vivencias de la infancia que compartieron” (53).
La portuguesa Zulmira Rosa Alves recuerda a sus vecinos húngaros. Ella llegó a la Argentina en 1950 y se afincó en Villa Elisa. “Villa Elisa es una localidad de cerca de 50000 habitantes cercana a la ciudad de La Plata. Este es su hogar ahora, aquí tuvo su familia y vivió toda su vida desde vino a este país. Llegó cuando al regreso de su padre a la Argentina no pudo volver a trabajar en Loma Negra. Las tierras de Pereyra Iraola habían sido expropiadas en gran parte y esos terrenos eran alquilados a familias de inmigrantes que trabajaban la tierra. En una de esas tierras se instalaría su familia para comenzar a pelear en esta Argentina. Los primeros tiempos fueron difíciles, se encontraron en medio de una comunidad húngara con la que se hacía muy complicado comunicarse. Existía un importante asentamiento de portugueses que se dedicaban a la floricultura pero se encontraban del lado oeste de las vías del Ferrocarril Roca y no tenían contacto con los quinteros (húngaros)" (54).
Nacido en Berisso, Esteban Peicovich, hijo de dálmatas, recuerda la localidad como “una sociedad compuesta por treinta y siete etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso. No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad” (55).
En “Canción a Berisso”, Matilde Alba Swann recuerda las escuelas de esa localidad: “Yo le canto a tus niñas saliendo de la escuela:/ alemanas, rusitas, italianas, armenias,/ distintas lenguas todas e idéntico candor;/ y canto a las pequeñas hijas de mi tierra/ "made in argentina" levadura extrajera,/ raíces que se prenden a un destino mejor.// Le canto al influjo de tus academias/ alimentando el sueño de tu adolescencia/ por salir del hollín;/ y canto a tus escuelas nocturnas para adultos/ donde padres y abuelos aprenden a escribir” (56).
Gabriel Báñez es el autor de Virgen (57), novela finalista del Concurso Editorial Planeta 1997, en la que evoca la inmigración del belga Divas y su hija, Sara. La inmigrante, décadas después, recuerda: “Había llegado a Ensenada a finales de los treinta, con apenas nueve años y un padre belga que, además de venir huyéndole al antisemitismo, tenía la abstracta pretensión de vender sombreros en una tierra en que los hombres apenas si se cubrían las ideas con el sudor y los sueros del frigorífico inglés que se sostenía junto a las charcas del puerto. Todavía podía escuchar el rolido de las aguas contra el casco del lanchón de amarre, los saludos violentos de la tripulación a lo lejos, y la mano aterrada de su padre mientras le ayudaba a bajar de la planchada. No iba a olvidarla jamás: era una mano con consistencia de pez, húmeda y avergonzada. Desde ese día Sara Divas sintió la exacta revelación de qué cosa eran los hombres: personitas indefensas y minúsculas a las que había que proteger, pero en las que nunca se podía confiar. También conservaba una foto percudida y oxigenada de la casa natal, en Bruselas, y algunos moldes de cabezas humanas que su padre había ido descartando a medida que el país se le hacía carne o corned beef y se alejaba de los moldes ideales del pensamiento”.
Un informe publicado por la Asociación Caboverdeana de Ensenada – “la más antigua del mundo de todas las que nuclean a caboverdeanos en el exterior”-, destaca que “La inmigración caboverdeana llegó a principios del siglo XX, en consonancia con el resto de los inmigrantes. A diferencia de los 12 millones de africanos que llegaron a América entre los siglos XV y XVI, los caboverdeanos fueron los únicos que no llegaron como esclavos, sino en busca de trabajo y mejores horizontes para desarrollarse. A diferencia de los europeos, no llegaron empujados por guerra alguna. Por el carácter insular de Cabo Verde, sus hijos inmigrados eran expertos marineros y también habilidosos pescadores, por lo cual buscaron aquí sitios con puertos, como Ensenada y Dock Sud. Aquí, la mayoría de los caboverdeanos se empleó en la Marina Mercante y la Armada” (58).

Notas
1 Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza. Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión, Buenos Aires, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot #8. Noviembre de 1998.
2 Zárate, Francisco de: “A la pesca”, en Clarín Viva, 23 de mayo de 2004. Fotos: Andrés Hax.
3 S/F: “El baratillo”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
4 S/F: “Mar del Plata: Fallas criollas”, en La Capital, Mar del Plata, 21 de marzo de 2004, www.lacapital.com.ar.
5 Miguelí, Perla: “Introducción”, en Miguelí, Perla y Leguizamón, Pedro: Primer cancionero gitano de la Argentina. Recopilación y notación musical. Mar del Plata, 1995.
6 Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: “El día que fue arrasada Varsovia”, en La Nación, Buenos Aires, 1° de septiembre de 2002.
7 S/F: “Centro Cultural Pipach”, en el folleto de la institución. Villa Gesell, 2004. www.villagesell.gov.ar.
8 Miguel, María Esther de: “Amy Stirling”, en el grillo, Buenos Aires, Marzo-Abril de 2003, Año 12, N° 34.
9 Bjerg, María M.: Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2001. 191 pp. (La Argentina plural).
10 Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El Progreso’ “, en Mundo Israelita. Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.
11 S/F: “Historia de pioneros”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.
12 Waksman, Angela Mónica: “La construcción de nuestra identidad”, en Hupert, Pablo, et al: Qué significa ser judío hoy Ensayos premiados del Concurso AMIA 2004 Juana y Julio Kolonsky. Buenos Aires, Milá, 2005. 180 pp.
13 Geraghty, Michael John: “Lands, lambs and churches”, en Buenos Aires Herald.
14 Guyot, Héctor M.: “Sociedad. Irlandeses en la Argentina. Una verde pasión”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de marzo de 2005. Fotos de Daniel Pessah.
15 ibídem
16 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis / Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
17 Chiérico, Ariel Edgardo: en La Capital de Mar del Plata.
18 Ketzelman, Zahira Juana: en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte. N° 9, 2000.
19 S/F: “Azul: nuestra esencia, nuestra identidad”, en El Tiempo, Azul, 15 de diciembre de 2002.
20 Zappietro, Eugenio Juan:; De aquí hasta el alba. Barcelona, Planeta, 1971.
21 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
22 Lynch, John: Masacre en las pampas. La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001.
23 ibídem
24 Frigerio, José Oscar: Italianos en la Argentina LOS LOMBARDOS. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri de Buenos Aires, 1999.
25 Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N° 178, Marzo de 1982.
26 Bovcon, Gabriela: “Inmigración Italiana y Japonesa, en Colonia Urquiza”, en www.perio.unlp.edu.ar.
27 S/F: “Las corrientes inmigratorias en Argentina, La aventura de los pioneros”, en Argentinaexplora.com, 2001.
28 S/F: “De los Alpes a las pampas”, en www.baradero.com.ar
29 Sábato, Ernesto: “La memoria de la tierra”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
30 Milano, Fulvio: “La Condra”, en El Tiempo, Azul, 12 de noviembre de 2000.
31 Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
32 Massa de Larregle, María Elena: “José Balbino, el portugués”, en Revista N° 4, 2000, Dirección y coordinación: Aurora Alonso de Rocha. Archivo Histórico “Alberto y Fernando Valverde”, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno.
33 Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
34 González, Oscar: “Pleamar”, en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 1996.
35 Alpersohn, Marcos: “Memorias de un pionero”, en Clarín. Fuente: Memorias de un colono argentino, en Judaica N° 50. Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización judía. Buenos Aires, CEAL, 1984.
36 Goloboff, Mario: “Teatro con debate: ‘Tras el paso de los grandes’ “, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
37 Mayo, Nissin: “De Turquía a Gral. Villegas”, en SEFARaires N° 15, Julio de 2003 (sefaraires@fibertel.com.ar).
38 Rosenberg, Erika: Las memorias de Oskar Schindler. Buenos Aires, Distal, 1998.
39 S/F: “Un matiz diferente”, en www.grupopayne.com.ar.
40 Pérez García, José Javier: “Biografía de Oskar Schindler”, en www.alipso.com.
41 Gutiérrez, Eduardo: Juan Moreira. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
42 Güiraldes, Ricardo: Don Segundo Sombra. Buenos Aires, CEAL, 1979. 216 pp. (Capítulo).
43 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
44 Guimil, Elena: “Mi búho”, en El desafío. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
45 Piotto, Alba: “Campo de batalla”, fotos de Rubén Digilio, en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de marzo de 2004.
46 Larra, Raúl: "La Patagonia hacia 1880", en La Argentina austral, volumen incluido en la colección Nuestro Siglo - Historia de la Argentina, dirigida por Félix Luna. Buenos Aires, Crónica, 1992.
47 García, Arturo M.: “El cóctel”, en el grillo, Buenos Aires, N° 22, 1999.
48 García, Arturo M.: “Ella eligió así”, en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte El tema es la libertad, N° 18, 2004.
49 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001.
50 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur. Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
51 Iglesias, Jorge: “Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive en una banda”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
52 Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
53 S/F: en Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
54 Da Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano; Flibert; Francisco; Marino, Roberto; Sánchez, Julián: “Sabores de una historia”, en www.ciet.org.ar.
55 Peicovich, Esteban: “Volver a Berisso”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de febrero de 2002.
56 Swann, Matilde Alba: “Canción a Berisso”, en Canción y grito, 1955. Incluido en www.matildealbaswann.com.ar.
57 Báñez, Gabriel: Virgen. Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
58 S/F: “Asociación Caboverdeana de Ensenada”.

 

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Catamarca

Clara Jeannette Armstrong (West Alden, Nueva York, 1847) “Vino a la Argentina en 1877, contratada por el gobierno para colaborar en la organización de las escuelas normales para mujeres. Fue destinada a Catamarca en 1878, y allí dirigió la Escuela Normal de Maestras. En 1881 fue a su patria con licencia, y el gobierno la comisionó para contratar maestras. Regresó con catorce, que se incorporaron al quehacer docente del país. Pasó a desempeñarse en la Escuela Normal de San Nicolás, donde dictó cátedras, y fue trasladada a San Juan para dirigir la escuela en reemplazo de Mary O. Graham. En 1894 se retiró de la enseñanza oficial y dirigió una escuela particular en Buenos Aires. En 1896 fue a Cuba para desempeñar tareas similares. En 1901 el gobierno argentino la comisionó para dirigir la muestra argentina de educación en Buffalo, Estados Unidos, y presidió la delegación de mujeres cubanas. Quedó en su país e instaló en Nueva York una escuela normal para mujeres cubanas, destinadas al magisterio en su patria. Ejerció la docencia en institutos norteamericanos hsta que la parálisis le impidió concurrir a las clases, no obstante lo cual continuó enseñando latín y griego desde el lecho. Falleció en Los Angeles, California, el 13 de septiembre de 1917. Por decreto del 16 de octubre de 1928, la Escuela Normal de Catamarca lleva su nombre” (1).
Minnie Armstrong de Ridley fue” una educadora norteamericana que vino con sus hermanas Clara y Frances para actuar en la organización de las escuelas normales. Había nacido en el Estado de Nueva York el e de junio de 1866. Clara la llevó a Catamarca para que colaborase con ella. Cumplió funciones destacadas, especialmente en la enseñanza de música y gimnasia. Luego acompañó a su hermana mayor a la escuela de San Nicolás, y allí contrajo matrimonio con William Robinson Ridley. Falleció en Buenos Aires el 22 de junio de 1896, a la edad de treinta años” (2).

Notas
1 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
2 ibídem

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Chaco

Santo Oficio de la Memoria (1), de Mempo Giardinelli, obtuvo en 1993 el Premio Rómulo Gallegos. A esta novela Carlos Fuentes se refiere como a una “saga migratoria tan hermosa, tan conmovedora, tan importante para estos tiempos de odio, racismo y xenofobia”. La obra cuenta un siglo de historia privada, argentina y mundial, desde la llegada a nuestro país de Antonio Domeniconelle, su esposa y su primogénito, a fines del siglo XIX, quienes emigran porque eran “muy pobres. Muy pobres. Más pobres que toda la pobreza que hayas visto”.
Penurias narra Giardinelli, en lo que respecta a la fundación de la capital chaqueña. Cuenta la Nona: “Las primeras setenta familias de inmigrantes friulanos, que remontaron en chalupas más de mil kilómetros por el río Paraná, llegaron allí el primer día del tórrido febrero de 1878 y se internaron unas pocas leguas por el Río Negro. Al día siguiente fundaron San Fernando de la Resistencia, sustantivo este último que con el tiempo sería designación única de la ciudad, que fue italiana casi hasta finales de siglo”. La anciana se refiere al asedio indígena: “Durante muchos años la única población que aguantó a la Indiada fue Resistencia. Más allá de los límites municipales no era posible establecer ni una casa, e incluso era peligroso alejarse unos pocos metros del centro. Era irreversible la derrota de los indios, pero de todos modos resistían el avance de los blancos, hartos de las promesas del gobierno, y de los aventureros. Mataban inocentes a degüello y por docenas, y familias enteras aparecían masacradas. Y cada blanco muerto justificaba una campaña militar”.
Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio relacionado con la colonización chaqueña: “Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: Algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey” (2).
Un sitio en Internet proporciona más información al respecto: El vapor “Pampa” llegó a Buenos Aires el 28 de diciembre de 1878. Luego del episodio que comentamos en el Hotel de Inmigrantes, Faccioli y sus compatriotas “Puestos de acuerdo, fueron embarcados en un vaporizo que en aquel tiempo hacía el trayecto desde Buenos Aires hasta Paraguay por el Río Paraná y cuyo nombre era precisamente “Río Paraná”. El grupo desembarcó en el puerto de Goa, provincia de Corrientes, y desde allí fueron trasladados a Reconquista en una balsa que se usaba para traer hacienda, remolcada por un vaporizo de pequeñas dimensiones. (...) Para pasar la noche, con la poca ropa que traían tuvieron que improvisar una carpa entre los pajonales, expuestos al ataque de las nubes de mosquitos que se filtraban por todos lados. Toda la zona, sin camino, sin puente, sin alambrados, estaba, cubierta por el agua de las grandes crecientes de ese año” (3).
En El laúd y la guerra, Martina Gusberti relata que Resistencia “fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias. (...) La lucha contra los malones fue una pesadilla para esos colonos sin armas, sin espíritu bélico, que sólo querían esgrimir el azadón. Pero sobrevivieron. Por eso, la ciudad se llamó Resistencia” (4).
Ángeles de Dios de Martina “nació en Comodoro Rivadavia y desde hace más de cuatro décadas vive en Resistencia, Chaco. Es hija y nieta de inmigrantes españoles- andaluces y vascos. Escribe sobre temas inmigratorios mediante los testimonios orales de sus protagonistas, el uso de la historia oral, la descripción de fotografías y la investigación histórica” (5). Es la autora de Vascos en el Chaco: historias de vida (6).
Al Chaco llegó Alice Le Saige de la Villesbrumme, quien había nacido en Francia en 1841. “Al separarse de su marido, emigró a la Argentina con sus dos hijos varones en 1888. Obtuvo del gobierno autorización para instalarse como colonizadora en la zona de Arocena, en el Chaco, a 40 kilómetros de Resistencia, entonces población incipiente. Hizo construir una casa, que alhajó con muebles y adornos traídos de su país natal, y dedicó las tierras que le habían sido concedidas a la ganadería. Se convirtió en una figura popular por su distinción y audacia para enfrentar las dificultades de esa vida peligrosa por la proximidad de indios mocovíes. En 1895 recibió en herencia las posesiones de su marido y adquirió las tierras en concesión, más una gran extensión, mejorando sus planteles e instalaciones y convirtiendo a su establecimiento en el principal de la zona. Un día de marzo de 1899 los mocovíes atacaron la casa, matando a varios de sus ocupantes. Los demás huyeron, pero Alice recordó que en la casa quedaba un niño al que había criado y retornó para salvarlo, momento en que fue lanceada. Sus compañeros lograron recoger el cuerpo de la herida y llevarlo a casa de vecinos amigos, pero falleció algunas horas después, en ese 13 de marzo de 1899, mientras su casa y demás instalaciones eran consumidas por las llamas” (7).

Notas
1. Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
2. S/F: “Friulanos sobre el Paraná”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de julio de 2001.
3. S/F: en www.regionnet.com.ar.htm
4. Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
5. S/F: en Martina, Angeles de Dios de: Vascos en el Chaco: historias de vida. Buenos Aires, Dunken, 1999.
6. Martina, Angeles de Dios de: Vascos en el Chaco: historias de vida. Buenos Aires, Dunken, 1999.
7. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.

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Chubut

Hacia el sur se dirigieron los galeses: “a los que eran menos ricos –escribe Andrés Rivera en Guido-, a los que sabían trabajar y callar, y ser ordenados, y recordar cómo era Gales, y cómo su idioma, se les deparó la Patagonia. Otro país, la Patagonia, en el Sur, en el confín del mundo, al que bautizaron, un manchón aquí y otro allá entre la uniformidad silenciosa de lagos, bosques y piedra, con nombres recios y venerables” (1).
“Las primeras colonias de galeses se instalaron en Puerto Madryn en 1865” (2). “A partir de la década de 1880 –señalan Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti- comienza la instalación progresiva de fortines, brigadas, pueblos y estancias. Llegan militares, pioneros, gringos, comerciantes y burócratas, y los indios de nuestro historia son ‘reubicados’ en tierras inhóspitas y aisladas. Sin embargo, desde 1865 existía en la costa un enclave galés que se salvó de morir de hambre gracias a sus vecinos tehuelches. Los inmigrantes habían sido atraídos por las promesas del ministro Rawson y el cónsul argentino en Liverpool para colonizar la ‘tierra maldita’ de Darwin. Venían con la utopía de recrear un Gales lo sobradamente apartado del control inglés como para hablar su dialecto, mantener sus hábitos y su culto. La tradición minera de los nuevos pobladores aunada a las características de un territorio semidesértico, sin autoridades administrativas estables y mucho menos de asistencia sanitaria y/o escolar, harían que los tehuelches se convirtieran en sus obligados vecinos y benefactores, enseñándoles a cazar y pescar, cuando las primeras cosechas no resultaron lo suficientemente abundantes para sostener a la totalidad de la población. En trueque de pan y aguardiente, los indios los proveyeron de caballos y los adiestraron en la práctica ecuestre, capacitación sin la cual las enormes distancias patagónicas se hubiesen vuelto un obstáculo insalvable. La tenacidad de estos pioneros habría de domar la naturaleza árida del suelo mediante la construcción de obras de regadío en los valles inferior y superior del río Chubut. (...) Es por esto que en el momento de la campaña de Roca, los galeses trataron infructuosamente de defender a sus aliados, enviando emisarios a Buenos Aires. En 1910, serán también los galeses el principal apoyo en la lucha jurídica emprendida por los descendientes del cacique Juan Chiquichano para la recuperación de sus tierras” (3).
En la Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia, escribe el reverendo Abraham Matthews: “Los galeses habíamos sido caritativos con los indios y habíamos ganado su confianza y buena voluntad. Lo cierto es que el gobierno argentino envió desde Buenos Aires un ejército, que pasó por Bahía Blanca y Río Negro y luego a lo largo de la cordillera hasta Santa Cruz, capturando y trasladando todos los indios que se entregaban y matando a los que se resistían, excepto un número pequeño que logró esquivarle y huir. En esa época ocurrió un hecho muy penoso. Cuatro de los pobladores se habían encaminado unas doscientas millas tierra adentro en expedición, y cuando regresaban y estaban a ciento veinte millas del establecimiento, fueron atacados en forma sorpresiva por un grupo de indios que mataron bárbaramente a tres de ellos, logrando huir como por milagro el cuarto. Este hizo a caballo casi toda la distancia mencionada sin parar casi un minuto en lado alguno y pasando hasta por un lugar que parecía infranqueable para un hombre a caballo. Este suceso alarmante fue consecuencia de la persecución de que por parte de los blancos fueron objeto los indios de ese año, provocando en ellos un odio tan grande contra el blanco que ni apreciaban ya a sus viejos amigos los galeses” (4).
Eluned Morgan nació en alta mar en 1869. “Hija de un colono galés, organizador del primer grupo que llegó a la Patagonia en 1865, se crió en el valle y fue enviada a Europa para completar sus estudios y dedicarse a la enseñanza en Chubut. Creó escuelas para niñas en Trelew y Gaiman. Posteriormente tuvo a su cargo el periódico Y Drafod, fundado por su padre y aún existente. Comenzó a mostrar sus aptitudes literarias en la composición de Eistedffod, piezas literarias de la tradición galesa, a partir de 1891. Publicó cuatro libros: Algas marinas, En tierra y mar, Los hijos del sol y Hacia los Andes, los tres primeros escritos en galés y el último en castellano, escrito originalmente en galés. Falleció en 1938” (5).
En Tama, novela de María Teresa Andruetto, aparece una galesa. Timoteo, “cuando era todavía un muchachito se enganchó en el ejército de Roca y se fue a servir al Sur a cambio de unas leguas, aunque se pareciera más a las víctimas que a sus compañeros de milicias. En una de esas andanzas robó, a los dueños de un molino de trigo, una galesa de las primeras que vinieron a este país y por temor al padre de la joven o por que ya estaba cansado de ir de un sitio a otro, dejó las leguas ganadas con sangre ajena y regresó con ella al Norte. La galesa se llamaba Clydwin Jones y era extraña como su nombre. (... La extranjera se resistió los primeros tiempos, hasta que la desidia terminó por ganarla y se dejó acariciar como una cosa, mientras el deseo del hombre que no había elegido le resbalaba más y mas. Jamás lograron vencerla ni la ternura, ni el dolor, ni la bronca que él puso empeño en demostrar y ni siquiera reaccionó cuando Linares se hizo asiduo visitante del prostíbulo donde una hembra desmesurada hacía estragos” (6).
Incorporado al elenco de un circo, Stéfano, protagonista que da nombre a otra novela de María Teresa Andruetto, “trabaja en la orquesta, tocando los solos en los números de acrobacia, un momento antes que los trapecistas se larguen de las hamacas y queden suspendidos en el aire”. Una trapecista es galesa: “En el trapecio trabaja la mujer de pelo colorado. Se llama Tersa, Tersa Williams, y, ahora lo sabe, toca la armónica. Se encarama por las noches al trapecio, se cuelga cabeza abajo y hace sonar la armónica. (...) Había venido con su madre desde Gales, desde un pueblo que se llama Cardigan. (...) Piensa en ella todo el tiempo: le molesta la risa que tiene, y no le gustan las pecas, ni los dientes demasiado grandes, pero a pesar de eso, se acostaría con ella. (...) Tersa tiene veintiocho años. Su madre y ella vinieron desde Gales hasta Gaiman, a trabajar en la granja de unos parientes lejanos. Y se quedaron ahí, hasta que pasó el circo de Juárez” (7).
Alan Green, contratado en un pub de Gales porque domina el galés, “tiene 21 años y todos en su familia descienden de galeses. Nació en Esquel pero se crió y estudió en Trevelin. El interés de Green por la cultura ‘es algo que llevo conmigo desde que nací, son mis raíces’, afirma (8).
Nora Ayala evoca en Mis dos abuelas. 100 años de historias (9) las vidas de Gerònima, su abuela criolla que vivìa en Misiones, y la de Christina, su abuela alemana que se estableciò en Trelew. Christina es una mujer con estudio que viaja a la Argentina contratada como ama de llaves en casa de un director de un banco de su paìs. Ya en Adroguè, provincia de Buenos Aires, conoce a un italiano con el que se casa. Habiendo nacido los hijos, el hombre decide que lo mejor es volver a su tierra, para vivir de rentas. No imaginaba que, para ello, deberìa dejar aquì a una de sus hijas, que no pudo embarcar a causa de una enfermedad. Cuando el hombre, dos años despuès, vuelve temporariamente a la Argentina, no es a la niña a quien lleva a Italia -como le había pedido su esposa-, sino al padre, deseoso de ver su pueblo. Se avecina la guerra y el italiano hace oídos sordos a su mujer, quien insiste en que deben regresar, aprovechando que los hijos –salvo la menor- son argentinos. Finalmente vuelve Christina, sin marido y con algunos de los hijos, ya que otros quedan trabajando y uno está preso por haberle pegado a un superior, durante una estadía forzada en la milicia. Comienza entonces una vida nueva para la alemana, quien, utilizando los conocimientos que traía de su tierra, además de su ingenio y esfuerzo, pone un negocio que prospera y se sobrepone a las dificultades. Si la abuela criolla era soberbia y dominante, la alemana –con un carácter tan fuerte como el de su consuegra- era afable y comprensiva: “cada una en su tribu gozò de respeto y predicamento. En el caso de Christina, además, de cariño; en el de Gerònima del Rosario, por què no, de temor”.
“A principios del siglo XX algunos trabajadores polacos fueron a probar suerte a la Patagonia. Con el descubrimiento del petróleo en Comodoro Rivadavia aumentó la presencia de los polacos que encontraron empleo en esta nueva industria” (10).
Por medio de una carta, Butch Cassidy comunica su paradero a sus amigos ilegales estadounidenses. Ese manuscrito “permitió certificar su estancia en la región décadas después de su muerte”. Lo relata Francisco N. Juárez en el trabajo titulado “Una carta de Butch Cassidy” (11), del cual transcribimos algunos pasajes: “Hace exactamente un siglo atrás, la carta aún no estaba embarcada hacia el país del Norte, pero llegaría a destino. La escribió desde su rancho en Cholila, Chubut, el 10 de agosto de 1902 a la señora Davies de Ashley, de Utah, el mormón Robert Leroy Parker; el más conocido y buscado asaltante de bancos y trenes en los Estados Unidos como Butch Cassidy. Con ese nombre quedó eternizado en una reiterada película. La carta fue un mensaje –en parte en clave- para dar noticias de su paradero a las amistades fuera de la ley en los Estados Unidos: la señora Davies era la suegra de Elsa Lay, quizá del mejor amigo de Butch”. “La carta era importante para identificar al célebre bandido con el personaje que había habitado en Cholila, y demostrar con otros documentos gráficos su identidad: uno oficil con su firma, seguido de la comparación que oportunamente publiqué en la revista española Co & Co. A ello hubo que sumarle lo acumulado en la indagación en demanda de documentos sobre el rancho de Cholila. El resultado fue determinar cuándo y por qué ocuparon el lugar; el abastecimiento que hicieron los bandidos, qué consumieron y qué criaron, y hasta el costo y detalles minuciosos de dos puertas que encargaron para aquel rancho aún en pie”. “Aunque la carta de Cholila ahora carece de la última carilla con su rúbrica (firmaría Bob, como las demás, pero es su caligrafía) resulta una maravillosa síntesis de la nueva vida del bandido. Elegantemente alude a ‘un tío (que) murió y dejó 30.000 dólares a nuestra pequeña familia de tres miembros. Tomé mis 10.000 y partí para ver un poco más del mundo’. En realidad, se refería al asalto de un banco de Winemuca en Nevada, el 10 de septiembre de 1900. Ahora estaba solo, es cierto, pero por pocos meses, de manera que mentía ese dato. Daba cuenta de su patrimonio ganadero: ‘300 cabezas de vacunos, 1500 ovinos, 28 caballos de silla’, además de dos peones y la alusión al rancho como ‘una buena casa de cuatro habitaciones’, galpones, establo y gallinero. Se quejaba de su soledad, la falta de una cocinera y su ‘estado de amarga soltería’. Luego, agregaba otras quejas. Se hablaba español, ‘pero el país, en cambio, es excelente’. Daba cuenta de la extensa y fértil región, la distancia con Buenos Aires y esperaba fortificar las ventas de ganado a Chile, ‘nuestro gran comprador de carne vacuna’, porque de allá habían abierto un camino cordillerano (se refería al sendero de Cochamó, el que denunció Clemente Onelli como contrario al laudo arbitral que expediría la corona británica ese mismo año)”.

Notas
1. Rivera, Andrés: Guido, en Para ellos, el Paraíso. Buenos Aires, Norma, 2002.
2. S/F: “Las corrientes inmigratorias en Argentina”, en www.argentinaxplora.com.
3. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Buenos Aires, Grijalbo.
4. Matthews, Abraham: Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia. Incluido con el título de “Trágico encuentro”, en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo).
5. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986
6. Andruetto, María Teresa: Tama. Córdoba, Alción Editora, 2003.
7. Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
8. Tronfi, Ana María: “Se crió en Trevelin y consiguió empleo en un pub de Gales”, en La Nación, 14 de noviembre de 2004.
9. Ayala, Nora: Mis dos abuelas 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
10. S/F: “Inmigración Introducción”, en www.elaguilablanca.com.ar.
11. Juárez, Francisco N.: “Una carta de Butch Cassidy”, en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 2002.

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Córdoba

En Colonia Caroya -escribe Carmen María Ramos- “Alberto Nannini, enólogo y actual director de Bodega Nannini, recuerda que su bisabuelo, en los primeros tiempos, llevaba en carros tirados por caballos el vino que elaboraba hasta la ciudad de Córdoba, donde lo vendía en barriles de 200 litros. (...) La necesidad de maximizar esfuerzos llevó a los minifundistas a unirse en cooperativas, y así nació, en 1930, La Caroyense, con 34 socios fuindadores, todos friulanos o descendientes. (...) Claro que La Caroyense, con su típica fachada que imita la de la catedral de Udine, de donde provienen muchos de los fundadores de la Colonia, es la historia de la producción vitivinícola de Caroya, pero no toda la historia” (1).
Por conocer poco el idioma, Carlos Vergiati, padre de Julián Centeya, no pudo ejercer en la nueva tierra su profesión: “Llegados al país, se instalaron en San Francisco, pueblo de la provincia de Córdoba, lugar en el que el padre trabajó de carpintero, ya que su escaso conocimiento del idioma le impedía desarrollar su actividad periodística” (2).
El compositor y docente Alfredo Schiuma (Italia, 1895; Buenos Aires, 1963), “fue director titular de la Orquesta Sinfónica de Córdoba y se desempeñó también como director del Teatro Argentino. Considerado junto a los maestros Constantino Gaita, Arturo Beritti y Felipe Boero uno de los compositores de avanzada en el país, entre sus composiciones se destaca la ópera Las vírgenes del sol (1938). También fue autor de la pieza para canto y piano Canción de la ñusta, la cual realizó junto a José Ramón Luna” (3).
Del Piamonte vino la abuela de María Teresa Andruetto, quien contaba a sus nietas los relatos que la escritora reunió en el libro Benjamino. Andruetto dedica este libro, en el que reescribe dos cuentos tradicionales, “a la nonna Felicitas”. Sobre ella expresa: “Mi abuela Felicitas, la mamà de mi mamà, fue colchonera, en el tiempo en que los colchones eran de lana, se apelmazaban y debìan desarmarse y rehacerse cada tanto. De ella recuerdo casi todo, porque la tuve hasta que fui grande: su casa de Arroyo Cabral, donde nacì, el piso fresco de ladrillos de esa casa, las màquinas de tisar lana, sus amigas hablando en una lengua desconocida para mì, sus comidas deliciosas (¡el dulce de leche azucarado!), su cara gordita, las mejillas coloradas, el pelo blanco que prendìa con horquillas en un rodete... Horquillas, rodetes, colchones apelmazados, màquinas de tizar lana... nombres de cosas que ya no existen” (4).
En Córdoba vivió Gigliola Zecchin, más conocida como Canela. “Llegó al país a los diez años. Estudió Letras Modernas en la Universidad de Córdoba. En 1962 inició su carrera presentando los programas vespertinos del canal 10 de la Universidad de Córdoba. (5). " ‘Recién ahora, cincuenta años más tarde, estoy logrando indagar sobre mi propia historia y sobre la guerra que me hizo llegar a Argentina separándome de mis padres y abuelos. El exilio tiene consecuencias terribles en los niños, sentimientos de miedo, insomnio, pesadillas. De esto se trata el desarraigo, de sacar algo de raíz’, concluyó” (6).
Eran españoles los padres de Fernando de Querejazu, quien manifiesta haber escrito en su honor El pequeño obispo, evocación de la infancia en el pueblo cordobés de Canals, fundado por un naviero valenciano (7).
Ida y Walter Eichhorn, los dueños “más famosos” del Hotel Edén, de La Falda, “eran amigos personales del führer, y se sabe que no poco dinero de las arcas del Edén sirvió para solventar parte de la campaña de ascenso a la Cancillería de Hitler, en 1934”. El hotel llegó a manos de los Eichhorn en 1912: “Cuando arribaron por primera vez a La Falda desde Alemania, Walter y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años. Bruno estaba casado con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que, poco a poco, los superaría en liderazgo y se convertiría en el alma mater del hotel. Ida había llegado a la Argentina en 1909 a bordo del barco ‘Koning Friedrich August’ con una niña en sus brazos: Sigune Vitze. Tres años después se casó con Walter y opacó a sus tres socios. Se puso al frente del lugar. Y de la historia”.
Un cordobés aporta a la periodista Marta Platía su testimonio: “ ‘Doña Ida era una mujer hermosa. Hermosa y temible’, dice acariciándose su espesa cabellera blanca Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su papá fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a sí mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en blanco para ir a saludar a ‘Tante (tía) Ida’, como todos la conocían por aquí. Era altísima, tenía unos ojos azules profundos, una cara redonda y su presencia imponía respeto. Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los rulos, me decía ‘Hola, negrito’ y abría un cajón de su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal con unos bombones con los que yo soñaba día y noche. Se imagina. ¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero de pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia, cuando la recuerdo, tiene ese sabor’, rememora” (8).
En 1999 se publica Hotel Edén, novela de Luis Gusmán acerca de la que expresó Jorgelina Nuñez: “Hotel Edén es un libro complejo, evasivo en una primera lectura. Una promesa de silencio pesa sobre la relación con Mónica y el pasado del hotel del título -"¿Quién quiere hablar de una pesadilla?", le dirá Ochoa a su segunda mujer-, una construcción que de a poco se va resquebrajando, mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto no la verdad de la historia sino su fondo oscuro de catástrofe, de cataclismo interior” (9).
En su novela, escribe Gusmán: “En el frente del edificio, el águila imperial había dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la demolición del águila, símbolo de un poder que se extinguía en el mundo. Posiblemente también ese mismo día destruyeron la antena de onda corta que estaba en la torre y permitía que se comunicaran clandestinamente con Alemania. (...) Observó el hueco que el águila había dejado y después localizó la fecha borrosa de la fundación del Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda negra” (10).
En Córdoba se establecieron algunos de los tripulantes del Admiral Graf Spee, luego de su estadía en el Hotel de Inmigrantes.
En “Breve historia de la llegada de mi abuelo a la Argentina”, relata un nieto: “Nicolas Kot, hombre de origen ruso, más precisamente polaco, ya que en esos momentos (principios de 1900) esas tierras de Rusia eran Polonia; llegó a la Argentina escapando de la guerra, creo, durante los años 1927-1929, ya que nació en 1909 y a los 18 años se despidió de su novia y demás familia que hoy viven en Bielorusia. Llegó al hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires, en donde se alojó por unos días y después salió rumbo a Córdoba, en busca de trabajo. Ahí conoció a mi Abuela Segunda Funes (nació en 1917, Córdoba). (...) Hoy en la actualidad todos sus hermanos y los hijos de sus hermanos viven en Bielorusia, más precisamente en la ciudad de Pinsk y sus alrededores. Sus hijos, nietos, y bisnietos viven y vivieron en Argentina” (11).
A esa provincia se dirige el protagonista de un cuento de Santiago Korovsky: “Como tenía un poco de capital, pudo trasladarse a Córdoba, a probar suerte. Arrendó un campo, hizo los cálculos y pensó que en tres años iba a poder comprarlo, tener sus propios peones, y poder volver a su país con los bolsillos llenos de dinero, a encontrarse con su familia y sus amigos. Las cosas no eran tan fáciles como él esperaba, primero porque la tierra que le dieron era muy chica y poco rentable, segundo no tenía muchos animales, y tercero el clima no lo ayudó. Se dió cuenta que su proyecto no funcionaba, y que para poder tener un campo rentable iba a tener que esperar, por lo menos, diez años más. Si hubiera sido por él, se hubiera quedado, pero la plata no le daba para más” (12).
En “La comunidad sefaradí argentina en Córdoba”, escribe Luis León, a partir de escritos y documentos enviados por Maruca Rubín de Steinberg desde dicha provincia: “Córdoba fue una de las ciudades del interior preferidas por los sefaradíes llegados de las tierras del Imperio otomano como sitio de residencia definitiva. Generalmente arribaban al puerto de Buenos Aires, se alojaban provisoriamente en un sitio elegido previamente por un pariente o conocido, y en pocos días partían hacia esa ciudad con referencias previamente llegadas por carta a la ciudad turca que se disponían a dejar. No se puede precisar el número de djidiós establecidos allí en la época de mayor asentamiento, considerando también que había un ir y venir de familias principalmente con Buenos Aires, pero si se puede afirmar que se formó una comunidad muy activa y decidida a nuclearse” (13).

Notas
1. Ramos, Carmen María: “Colonia Caroya Con espíritu inmigrante”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 12 de junio de 2005. Fotos: Bibiana Fulchieri.
2. Criscuolo, Eduardo: “Un habitante ‘gris’ de Coghlan: Julián Centeya”, en El Barrio Periódico de Noticias. Buenos Aires, diciembre de 2003.
3. Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002.
4. Andruetto, María Teresa: Benjamino. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
5. Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
6. Irigoyen, Pedro: “MESA REDONDA Aquel exilio, este exilio, la misma tristeza”, en Clarín, 28 de febrero de 2002.
7. Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1986.
8. Platía, Marta: “Los gozos y las sombras”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
9. Gusmán, Luis: Hotel Eden. Buenos Aires, Norma, 1999.
10. Núñez, Jorgelina: “Fantasmas del edén”. Buenos Aires, Clarín, 15 de agosto de 1999
11. S/F: “Breve historia de la llegada de mi abuelo a la Argentina”, en Breve historia del arribo de mi abuelo a la Argentina.htm.
12. Korovsky, Santiago: “Esperanza”, en “Bienvenidos al Concurso Literario 1997”. El jardín de la Esquina/ Aequalis.
13. León, Luis: “La comunidad sefaradí argentina en Córdoba”, en SEFARaires N°13, Mayo de 2003.

Corrientes

En 1855 el médico francés Augusto Brougnes firma un contrato con el gobierno de la provincia de Corrientes, comprometiéndose a traer 1000 familias de agricultores europeos en el plazo de 10 años. Según el convenio, a cada familia correspondería una extensión de 35 hectáreas de tierra para cultivo, y se le proporcionaría harina, semillas, animales e instrumentos de labranza. En 1855 arribaron, creándose centros en Santa Ana, Yapeyú y en las proximidades de la ciudad de Corrientes” (1).
Afirma Celia Vernaz: “El gobernador Juan Pujol, de Corrientes, había solicitado a las casas contratistas de Basilea el envío de colonos para su provincia. Esto era posible porque en la zona del Valais, Saboya y Piamonte se había generado una corriente emigratoria hacia América. Las causas eran varias: falta de trabajo, familias numerosas, pobreza en general, a lo que se sumaban cataclismos como avalanchas e inundaciones que diezmaban a las poblaciones de la montaña. También debe ser considerado el sueño de hacerse ricos y la sed de aventuras en un continente todavía virgen. El proyecto mencionado estaba sustentado por Brougnes, pero al no cumplir el viaje dentro del plazo establecido, recibió la anulación del mismo cuando ya habían partido del puerto del Havre, en marzo de 1857, con más de cien familias en cuatro barcos que salieron sucesivamente, siendo el primero el Mary Mc Near. Al llegar a Buenos Aires se enteraron de que los contratos firmados no tenían ya valor. Entonces, Juan Lelong se dirigió al Presidente de la Confederación Argentina, D. Justo José de Urquiza, para que le diera una solución” (2).
Jennie E. Howard fue “una educadora venida a la Argentina para la organización de las escuelas normales. Nació en Boston, E.U.A., el 25 de julio de 1844 y realizó sus estudios en la escuela normal de profesores de Framingham, dirigida por Horace Mann, graduándose en 1866. Cuando llevaba dieciséis años de ejercicio de la docencia fue contratada por el gobierno argentino, con un grupo de colegas, y llegó a Buenos Aires en 1883. Ella y su compañera Edith Howe fueron enviadas a Paraná y posteriormente a Corrientes, para fundar la escuela normal, cuya regencia ocupó. Tras dieciséis años de tarea, la pérdida de la voz la obligó a pedir su retiro, que se le concedió, con una pensión extraordinaria, en 1908, en recompensa por su ‘inteligente y abnegada colaboración para el progreso de la enseñanza en nuestro país’. La escasez de la jubilación determinó que tuviese que dar lecciones particulares, pero un grupo de exalumnos, enterados de su situación, obtuvo del Congreso una pensión que permitió a la maestra vivir dignamente sus últimos años. En 1931 apareció su libro en inglés In distant climes and other years, traducido veinte años más tarde con el título de En otros años y climas distantes, y que condensaba su experiencia argentina. Murió en Buenos Aires el 29 de julio de 1933” (3).
En 1881, “El italiano Carlos Serravalle instala la primera fábrica de hielo de la provincia”. En 1890 “Circulan las primeras bicicletas, traidas por el italiano Pascual Fiore” (4).

Notas
1. S/F: “Las corrientes inmigratorias en Argentina”, Argentinaexplora.com, 2001.
2. Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
3. Sosa de Newton, Lily: Diccionario de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
4. Varios autores: Mi país, la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 1995.

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Entre Ríos

Muchos de los inmigrantes que se dirigieron a Entre Ríos, se hospedaron en los Hoteles de Inmigrantes de Basavilbaso (1) y Villa Domínguez. De este último se dijo: “Se trata de un galpón ubicado frente a las vías del ferrocarril y que fue el primer destino de los colonos, derivados desde ahí a las parcelas que los asignó la Jewish Colonization Association” (2).
En 1891, Mauricio Chajchir llegó a la Argentina. Luego de pasar unos días en la “Casa del Inmigrante” porteña y un tiempo en Miramar, los inmigrantes fueron conducidos a Entre Ríos: “En 8 carretas tiradas por tres yuntas de bueyes nos trasladaron a los lotes que después se llamaron Rosh-Pina. Era un día de mayo, de mucho calor y sofocante. Se acomodaron a los gringos en las carretas, mujeres, hombres, niños, cachivaches, leña y además 8 chapas de zinc para cada familia, para hacer las viviendas, porque en el lugar no había absolutamente nada. Todos iban arriba en las carretas. (...) No había alambrado alguno. La primera carreta volteaba los cardos altos que crecen en tierra virgen. La última ya marchaba por una huella. (...) Se armaron las carpas, una para cada familia. A eso de la medianoche se largó a llover. Por suerte no era fría. El temporal siguió como unos ocho días. Cuando paró el temporal, la JCA mandó maderas de sauce y blanquillo, también paja. Un capataz con varios peones empezaron a hacer los ranchos. Las paredes tenían que hacerlas los mismos colonos con adobes o de chorizos según el gusto. Algunos se ingeniaron para hacer las paredes cortando directamente de la tierra húmeda y colocándolos con las raíces y pastos que aún tenían. Y estos transformados en paredes seguían creciendo” (3).
En sus páginas autobiográficas (4), Alberto Gerchunoff se refere a la colonia entrerriana a la que se trasladan luego de que el padre es asesinado. Allí manifiesta un profundo gusto por el folklore: “En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas comarcanas. La tradición del lugar, los hechos memorables del pago, las acciones ilustres de los guerreros locales llenaron mi alma a través de los relatos pintorescos y rústicos de los gauchos, rapsodas ingenuos del pasado argentino, que abrieron mi corazón a la poesía del campo y me comunicaron el gusto de lo regional, de lo autóctono, saturándome de esa libertad orgullosa, de ese amor a lo criollo, a lo nativo que debió, más tarde, fijar mi inclinación mental. En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos, mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes y me hizo argentino”.
En El árbol de la gitana, de Alicia Dujovne Ortiz, los Dujovne “Se vistieron de negro riguroso, él con un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de inmediato, se encontraron extraños. Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las habían puesto miles de veces, pero lo que ahora las hacía diferentes era la actitud de los cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y su país pero también su nombre. Nadie más los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja pasar el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como espantándose una mosca, la tentativa de explicar cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana sosa y desabrida como matse sin té. (...) No se iban solos a la Argentina Sara y Samuel. La caravana rumbo al Sur era nutrida, vibrante y esperanzada. Muchos otros Dujovnes con sus perdidas letras finales viajaban para afincarse en aquel sitio del mapa de forma nadadora, pero trunca, sin brazos ni piernas: Entre Ríos” (5).
María Arcuschín escribió De Ucrania a Basavilbaso (6) obra en la que rinde homenaje a sus antepasados y a quienes llegaron a América en busca de un futuro mejor, al tiempo que narra su propia vida en el seno de la colectividad judía entrerriana. Recuerda los relatos familiares sobre la razón que los llevó a emigrar: los antepasados “Fueron casa por casa, puerta por puerta alertando sobre el peligro del próximo pogrom y la urgencia de partir hacia América en busca de libertad y de paz”. En la obra se observa la incidencia del momento histórico y el ámbito geográfico en los personajes; la presencia de la autora en el texto; la religión y la educación, el trabajo y las diversiones, como así también las reiteradas agresiones que sufrieron los judíos de esa provincia, y las consecuencias que trajeron a la autora y su familia.
Deborah, la protagonista de Letargo –novela con la que Perla Suez fue Finalista del Premio Mundial de Literatura Rómulo Gallegos en 2001-, recuerda “las historias que le contaba su bobe, recolecciones que llevan al lector una gran distancia en el espacio y el tiempo, a la ciudad de Odessa a fines del siglo diecinueve. En aquel entonces, la familia de su abuela huyó de los pogroms del Zar Nicolás II, buscando refugio en Lyon, Francia antes de emigrar a la Argentina, donde se establecieron en una de las colonias agrícolas de Entre Ríos, como miles de otros judíos refugiados, incluso los antepasados de la autora” (7).
“En el año 1857 llegó el primer contingente de inmigrantes que se ubicó donde hoy es la Colonia San José en la provincia de Entre Ríos. Eran terrenos del General Justo José de Urquiza, quien no tuvo problemas en destinarlos a la colonización”. Estos pioneros valesanos, saboyanos y piamonteses, originariamente destinados a Corrientes, sufrieron desventuras: “Fueron ubicados en el Ibicuy, al Sur de la provincia, pero al ver que eran terrenos inundables e impropios para la agricultura, remontaron el Uruguay en barcazas y fueron radicados en mejor lugar, o sea, el actual, con el beneplácito de Urquiza. Mientras Sourigues trazaba las concesiones, el grupo recién llegado improvisó viviendas debajo de los árboles mientras que las mujeres se alojaron en el galpón que Spiro tenía en la costa. Esto ocurría en julio de 1857, bajo el rigor del invierno” (8).
En 1857, Antoine Bonvin emigra desde Valais, y se queja amargamente del engaño de que ha sido víctima. Desde Buenos Aires lo trasladan en vapor al Ibicuy: “Llegamos al tercer día; se nos desembarcó en una vasta llanura que no tenía más que un poco de buen terreno; no se veían ahí más que grandes pantanos o bosques, pero de madera toda espinosa. El agua era mala y llena de toda clase de insectos; un país muy malsano donde jamás nadie podía prosperar. Se tenía peligro de verse devorado por las bestias feroces, tal como el tigre, los cocodrilos y otros. Puedo decir que en este momento estábamos todos desesperados de vernos engañados de esta manera. Reclamábamos inútilmente la promesa que nos había sido hecha antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil, ya no se podía más escapar, uno se creía exiliado en esta isla. (...) Al 13° día llegamos al puerto; se nos desembarcó en un bosque donde hemos quedado más de cuarenta días esperando que se organicen para instalarnos en la colonia: a una legua del bosque, en uno de los más hermosos lugares que se pueda ver, en medio de vastas praderas de un admirable verdor con pastos en abundancia, el suelo fértil y país muy sano...” (9).
A Entre Ríos se traslada el gallego Francisco Izquierdo, quien escribe en 1882: “Los primeros días que pisamos la playa de Colón formado en ese entonces por un verdadero bosque salvaje, sin más habitantes que los nativos de semejantes sitios, sin entrar en los detalles de las especies porque creemos que el lector se dará cuenta de la clase de habitantes, y puede imaginarse cuál sería la primera impresión después de un viaje terrible en el mar, y los trasbordos cuando se navegaba puramente en buques de vela, teniendo para calmar nuestra primera mala impresión que recurrir al librito o contrato lleno de ofertas por el General Urquiza, en vista de los cuales nos resignábamos en parte pues el tiempo pasaba y nos encontrábamos como tribus salvajes, apiñados bajo los árboles, con nuestros hijos, sin más techo que el de la naturaleza, y ni una visión de simples ranchos en una estancia de algunas leguas a nuestro alrededor, teniendo de voz solo cuando la visita de uno que otro poblador de los alejados contornos” (10).
Manifiesta Alejo Peyret, en 1878: “Hace veinte años, os encontrábais acampados en la selva que cubría la margen del Uruguay, en el lugar donde hoy se levanta la villa Colón. Hacía frío; un sol de invierno calentaba a duras penas vuestros miembros ateridos, el pampero silbaba en la arboleda y de noche la helada hacía tiritar hasta las piedras. Nada se había preparado para recibiros. Os fue necesario tomar vuestras hachas para talar el monte y cortar paja a fin de prepararos albergue, construir algo parecido a una tienda de campaña apoyada al tronco de los algarrobos y ñandubays en un recoveco del terreno. Un hacha y una azada bastan al hombre para domar la naturaleza y conquistar al mundo. Y bien. A pesar de aquellos sinsabores, recuerdo que vosotros estabais contentos y pletóricos de esperanzas. La alegría reinaba soberana en vuestros vivaques y las canciones resonaban en la espesura del bosque” (11).
“En 1857, al llegar a nuestro país el primer grupo de ‘Alemanes del Volga’, fue suscripto, entre ellos y el Comisario General de Inmigración –Juan Dillon- un convenio de radicación sumamente alentador, que fue un gran aliciente para la instalación, en la Argentina, de un gran número de familias de aquellos agricultores alemanes que, en el siglo XVIII, habían emigrado a Rusia, asentándose en la cuenca del Volga. El convenio les otorgaba tierras fiscales (6 millas de campo), manutención por un año, madera para construir sus casas, arados, bueyes, vacas lecheras y la semilla necesaria. Sin embargo, no fueron necesarias demasiadas facilidades para que este pueblo esforzado y emprendedor de empeñosos labriegos, se arraigara definitivamente en el campo argentino” (12).
“El arribo de la primera columna realmente numerosa de alemanes del Volga a la provincia entrerriana tuvo lugar (...) entre el 5 y el 6 de enero de 1878. (...) Después del accidentado arribo al puerto de Buenos Aires, las autoridades permitieron al contingente alojarse en el Hotel de Inmigrantes donde, de acuerdo a las memorias obtenidas, fueron muy bien atendidos. (...) A raíz de la demora en la asignación de los lotes, un grupo de Wiesenseiter –que luego se agruparían aquí en Valle María- decidió adelantarse a los hechos y, retirándose del campamento provisorio donde el resto practicaba aún su ‘resistencia pasiva’, comenzaron a construir viviendas subterráneas con techo de paja, a la manera de las zimlingas de los tártaros, reiterando la misma respuesta de sus antepasados en 1763. Posteriormente, una vez aclimatados, el término siguió siendo, para los más viejos, sinónimo de tapera –según la denominación criolla- asimilando las funciones de viviendas provisorias que ambas cumplían. En ese momento tales construcciones fueron, al mismo tiempo, una manera de protesta ya que las levantaron en el área que deseaban para su futura aldea, cuya construcción todavía les era negada por Navarro” (13).
“Un modesto testigo criollo de la época de la inmigración masiva a la provincia de Entre Ríos, vio de esta manera a los alemanes recién llegados: ‘Vimos llegar la cantidad de inmigrantes como quien ve llegar la langosta, le via (sic) ser franco; parecía una invasión. Pero se nos dijo que el gobierno les había entregado la tierra. Ultimamente no perdimos nada porque la tierra era de los estancieros y habrán tenido sus arreglos (...). Había que dejar la tierra a los nuevos dueños. (Pero) mienten si dicen que los peliamos (sic). (...) Los colonos son gente buena y tengo muchos amigos entre ellos, pero pa’ comprenderlos con la jerigonza que hablaban (...); bueno, le hablo de los viejos y no pa’ ofenderlos” (14).
Don Pedro Goette, alemán del Volga, relató: “En Diamante nos esperaban con carros los colonos de Valle María y San Francisco (...). (Una vez en la primera de estas aldeas) ... me convidaron con el primer mate. Yo creía que esto era tabaco y que debía fumarse en una pipa bastante diferente de las que usábamos (en el Volga). Chupé fuerte, como es natural. Las consecuencias (fueron) una formidable neblina que produje con mi resoplido al sentir la quemazón. La gente se moría de risa. Para ellos, el mate ya había desalojado el té de China que tomábamos en Rusia” (15).
Víctor Dorsch recuerda sus años escolares, en Entre Ríos, a principios del siglo XX: “Nosotros asistíamos a las dos escuelas, por la mañana a una y por la tarde a otra (...). Regresábamos de la escuela al caer la tarde, y tras una breve pausa para ingerir algún alimento, había que entregarse a la tarea de hacer los deberes para la escuela castellana, tarea que se prolongaba hasta bien entrada la noche. Y a la mañana éramos los primeros de la casa en abandonar la cama (para) memorizar la parte que se nos había asignado del catecismo, en idioma alemán, por supuesto. La tarea de memorizar, que se prolongaba a lo largo de todo el año escolar, nos resultaba terriblemente engorrosa y, como es natural, disminuía nuestra posibilidad de obtener las mejores notas en (...) la escuela castellana” (16).
Sara Chambelain de Eccleston vivió en Paraná. Fue una “educadora norteamericana contratada por el gobierno para la organización de la enseñanza normal. Nacida en Lewisburg, Pennsylvania, el 8 de abril de 1840, se graduó en el instituto para mujeres anexo a la Universidad de Bucknell en 1858. Durante la Guerra de Secesión prestó servicios en un organismo semejante a la Cruz Roja y en 1866 se casó con Charles Frederick Eccleston, militar, del que enviudó. Se especializó en jardines de infantes y en 1883 vino a la Argentina. Poco después de su llegada, en compañía de un grupo de colegas, se trasladó a Paraná, en cuya Escuela Normal organizó, por iniciativa de José María Torres, el Departamento Infantil, que empezó a funcionar el 4 de agosto de 1884. Regresó a su patria por la enfermedad del hijo, y a su vuelta a la Argentina, en 1887, organizó el jardín de infantes de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay. En 1889, de nuevo en Paraná, se desempeñó en la Escuela hasta 1897. (...)” (17).
Isabel King integró el “grupo contratado por el gobierno, que llegó a Buenos Aires en 1883 para la organización de la enseñanza normal para mujeres. Se había graduado en ciencias de la educación y actuó en Indianápolis hasta su viaje a la Argentina. Enviada a la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, colaboró con la directora, Clementina Comte de Alió, dando a su tarea un sentido humanista y espiritual. Después de tres años, pasó a la escuela de Goya, Corrientes, sostenida por la Asociación de Amigos de la Educación, con categoría de normal de maestras y título válido para la provincia. En 1898 volvió a la escuela de Concepción del Uruguay, cuya dirección ejerció hasta 1904, cuando enfermó, muriendo en el curso del mismo año en Buenos Aires” (18).
En Larroque se afincó Victoriano de Miguel, el padre de María Esther de Miguel. En Un dandy en la corte del rey Alfonso, la escritora refiere a propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la situación económica en la que debió hacerlo: “todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (19).
Entrevistada por Cristina Pizarro, María Esther de Miguel contó: “por parte de madre era más bien de las colonias que rodeaban a Basabilbaso, las moscas (...) mi papá tenía la usina de Larroque, la usina eléctrica. Yo me acuerdo de que en mi casa había un gran diploma que decía ‘A Victoriano de Miguel, (así se llamaba) benefactor del progreso argentino’ porque él había dado esa fuente. A mí y a mi hermana nos decían en Larroque "las chicas de la luz", cosa que nos divertía mucho. Éramos las chicas de la luz. A mi casa le decían ‘El palacio de colores y de luces’ porque teníamos mucha luz y porque ‘Como no pagan la luz, tiene encendido todo’ (...) mi casa era un barco porque al caer la tarde se oía chuc chuc chuc que era el ruido de los motores, como tenía muchos vidrios de colores, desde el jardín miraba. Yo en mi casa de la infancia era muy muy feliz. Porque era un espacio muy alegre” (20).
El pedagogo y paleontólogo Pedro Scalabrini (Como, 1848; Buenos Aires, 1916) “Llegó a la Argentina a los diecinueve años, desarrollando su labor docente en escuelas de la provincia de Corrientes y en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay. En Entre Ríos, en 1886, también fundó y dirigió el Museo de Paraná. En Buenos Aires promovió activamente la fundación de museos escolares y el estudio de la historia natural. Donó sus colecciones de objetos, producto de sus expediciones arqueológicas, al Museo de Entre Ríos, a la Escuela Normal de Paraná y al Museo Escolar Sarmiento” (21).
En Entre Ríos hay una nutrida comunidad lombarda. En “Historias de aquí y de allá” (22), Armida María Monti de Famin relata: “Mis padres, ambos oriundos de la Lombardía, Teresa Bellatti nacida en Colico – Como, Antonio Emilio Monti nacido en Morbegno – Sondrio, llegaron a América en el año 1920. Primero arribó papá y, luego, a los tres meses, cuando logró instalarse con casa y trabajo, llamó a mamá. Ella trajo consigo a la pequeña Elda, de tan solo tres años, única hija por entonces. En el año 1914, siendo muy joven, defendió a su Italia natal durante la Primera Guerra Mundial. De esa experiencia, guardaba muchas anécdotas que solía contarnos a menudo. Recuerdo una muy emotiva, ya que con gran coraje salvó la vida de un compañero más joven, quien presa de una crisis nerviosa, quería salir corriendo en medio de las balas del enemigo; papá nos relataba cómo lo había tomado con fuerza del cuello y lo había obligado a quedarse inmóvil, con lo que había logrado su propósito: evitar una muerte segura. Por su valentía y amor a la patria, fue premiado por el Presidente de la República Italiana con el título de Cavaliere dell’Ordine de Vittorio Veneto, el 13 de marzo de 1968. Asimismo, la Casa D’Italia de Paraná, Entre Ríos, le otorgó el Diploma de Honor en su condición de excombatiente de la Primera Guerra Mundial en las filas del Ejército italiano. (...) Con mucho sacrificio lograron construir el porvenir de la familia. Siempre añoraron a su amada Italia. En el fondo del corazón, todos supimos que papá sufrió mucho el desarraigo. Fue el único de siete hermanos que dejó su país. La comunicación entre ellos siempre fue fluida: las cartas iban y venían. Hubo algunas visitas, aunque escasas, de allá hacia aquí. Ellos nunca volvieron a pisar suelo italiano. Nosotros seguimos conectados con los parientes que han sobrevivido. Nuestro cariño por la Italia de los nonos no se perderá jamás”.
En esa provincia conoce Javier Villafañe a un extraño personaje: “Un día, caminando por las calles de Gualeguaychú, entré en una librería. Allí conocí a Carolus Günge, un pintor alemán, ex combatiente de la guerra de 1914. Vivía en una canoa y se ocupaba de alimentar a los peces de esos grandes ríos de la Mesopotamia argentina. Con él nos dedicamos a recorrer los puertos fluviales del Uruguay y la Argentina, haciendo títeres para los pobladores ribereños. Por supuesto, navegábamos en la canoa de Carolus. (...) Pasado un tiempo, (...) Carolus se fue a vivir río arriba; años después moriría de lirismo, reumatismo y pena en un pueblo perdido de esas latitudes” (23).

Notas
1 www.clavis.com
2 Londero, Oscar: “Un recorrido por las primeras colonias judías de Entre Ríos”, en Clarín, 17 de diciembre de 2000.
3 Chajchir, Mauricio: “Viaje al país de la esperanza: Relato de un viajero del Pampa”, en La Opinión, Buenos Aires, 8 de agosto de 1976, reproducido en Asociación de Genealogía Judía de Argentina, Toldot # 8. Noviembre de 1998.
4 Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
5 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997. 293 pp.
6 Arcuschín, María: De Ucrania a Basavilbaso. Buenos Aires, Marymar. 1986.
7 Buchanan, Rhonda Dahl: “La madriguera de la memoria en ‘Letargo’ de Perla Suez”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
8 Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
9 Bonvin, Antoine: “En el Ibicuy”, en Vernaz.
10 Izquierdo, Francisco: en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
11 Peyret, Alejo: “Palabras de Alejo Peyret en el 21° aniversario de la fundación de la colonia San José (22 de julio de 1878)”, en Vernaz.
12 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
13 Weyne; Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis / Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
14 ibídem
15 ibídem
16 ibídem
17 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
18 ibídem
19 Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999.
20 Pizarro, Cristina: “Con María Esther de Miguel”, en El Tiempo, Azul, 14 y 21 de septiembre de 2003.
21 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002
22 Monti de Famin, Armida María: “Historias de aquí y de allá”, Boletín lombardo, N° 1, Marzo de 2005.
23 Medina, Pablo: “Historias de ida y vuelta”, en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.

Jujuy

En esa provincia vivió Jeannette Stevens, “una de las educadoras venidas a la Argentina por iniciativa de Sarmiento. Había nacido el 13 de noviembre de 1845 en Moira, estado de Nueva York. Llegó el 12 de septiembre de 1883 en compañía de otras trece maestras y la enviaron a la Escuela Normal de Catamarca, fundada cinco años antes por su compatriota Clara Armstrong. Allí permaneció un año, hasta que fue a Jujuy a fundar el establecimiento del que se la designó directora y profesora. La inauguración tuvo lugar el 4 de julio de 1884, en homenaje a los Estados Unidos. Cuando la primera promoción de maestras salió de la escuela, Miss Stevens obtuvo licencia para visitar su país, pero regresó a la Argentina con renovado entusiasmo, que la impulsó a fundar un jardín de infantes anexo a la escuela. En 1890 solicitó autorización para implantar la enseñanza religiosa en la escuela, que le fue concedida, pero las autoridades que regían el país en 1903 consideraron que esa medida contrariaba el espíritu de la ley 1420 y la enfrentaron con la opción entre su carrera y la obediencia a las leyes, o su retiro de la escuela. Ella eligió lo segundo y dejó su escuela para dedicarse a la enseñanza de las niñas recluidas en el Asilo del Buen Pastor de Jujuy, donde continuó hasta su muerte, ocurrida en esa ciudad el 28 de septiembre de 1929. Una escuela de Jujuy fue bautizada con su nombre” (1).
En Jujuy se afincó el yugoslavo evocado por María Edith Lardapide Olmos en “Historia de vida”: “Don Milo tomó contacto con la empresa de Joseph Kennedy y allí tuvo una importante responsabilidad: hacían el trazado de las líneas férreas en el inmenso altiplano boliviano, donde, cuando cae el sol, pareciera poderse tocar con las manos. Sus empleados eran nativos aimaráes y quichuas” (2).
En “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, Héctor Tizón describe al “Turco”: “Con la negra barba cortada a golpes de tijera, el pelo sucio, abundante y revuelto de tal manera que pueda encajar dentro del pasamontaña y mantenerse allí por días y noches y días y sobre todo con su andar cauteloso, asentando con seguridad la planta de los pies evoca sin lugar a dudas largas travesías de camelleros en los arenales de Yemen, o en las faldas de Sinaí, o quién sabe dónde. Descendiente por rama directa de uno de los Reyes Magos –afirma que de Melchor- su abolengo se encuentra hoy podrido y desnaturalizado pero aún recorre con su hato a cuestas toda la Puna, cargado de quincalla y porquerías. Con sus mejillas abultadas y tensas por la coca se lo distingue en los caminos, omnipotente y grasoso, penetrando en todas las casuchas y haciendo un hijo en cada una. Este habitante de los desiertos y de los vientos practica la fornicación con entusiasmo y con fe –como un acto ritual y hospitalario o una prueba divina de la existencia- en las pacíficas indias. A esto deniomina mestizaje. Palabra que tiene para él un extraño sonido húmedo hondo y musical a un mismo tiempo. Alardea además de no haberse mojado el cuerpo en treinta y cinco años” (3).

Notas
1 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
2 Lardapide Olmos, María Edith: “Historia de vida”, en El Tiempo, Azul, 8 de junio de 1997.
3 Tizón, Héctor: “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, en Hernández, J.J., Tizón, H., Blaisten, I. y otros: El cuento argentino 1959-1970 antología. Buenos Aires, CEAL, 1980.

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La Pampa

En 1910, los alemanes del Volga fundaron Santa María. “Pese a su nacimiento tardío, esta colonia conservó con decisión muchas de sus antiguas tradiciones. El diseño de su planta, por ejemplo, fue el rigurosamente establecido desde siempre: una sola calle dividida en medio por otra, con las casas dando su frente a la calle principal. Cada casa, a su vez, poseía fondos de 500 metros en los que se encontraban jardines, huertas y establos (...)”.
Alejandro Guinder, descendiente de un pionero pampeano, escribe: “Nuestros chacareros fueron vilmente explotados, (...). Se les daba una lonja, (...) 100 o 200 hectáreas cubiertas de caldenes y sucias de piquillines y chañares; el colono contratista debía limpiarlas y podía luego trabajar para dos cosechas. Cuando estaban limpias les daban otra parcela (...) sucia para limpiar, y así. Cuando todas (las hectáreas de la estancia, de enorme extensión) estuvieron limpias, el señor Larrague hizo tirar a la calle de un día para otro, allá por los años 1930, a todos los 30 colonos, sin ninguna indemnización, habiéndose quedado con las cosechas en muchos casos sin pagar siquiera lo convenido en procentaje. Así fueron tratados muchos de los agricultores vendios del Volga; con familias de 12 o más hijos debieron cargar sus herramientas y muebles y demás en sus carros y carritos, sus arados y sembrados e irse a una calle vecinal a hacer una Hütte (choza) techada con paja puna, para su familia con sus hijos menores de edad” (1).
En Jacinto Arauz viven los descendientes de Antonio Cuculicchio, el peón –luego, actor- de la compañía de los Podestá que dio origen al personaje de Cocoliche.
Alberto Cortez escribe, a propósito de su canción “El abuelo”, acerca de la emigración de sus mayores, que se establecieron finalmente en La Pampa: "De alguna manera esta canción que viene es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y algunos años. Los hermanos Eladio y Germán García era viajantes vendedores de empresas porteñas. Allí en Trenque Lauquen conocieron a las hermanas Laburu, se enamoraron y después de un relativamente corto noviazgo se casaron y se fueron a vivir a Buenos Aires. La Argentina en aquellos años de principio de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria. Germán, Eladio y David, los tres hermanos García, se embarcaron en Vigo, como todos los gallegos emigrantes con destino a Buenos Aires. Al llegar se emplearon como viajantes en una empresa de tabacos y “El abuelo” y su hermano Germán en uno de sus viajes de ventas a las poblaciones del interior, conocieron, noviaron y se casaron con dos hermanas de origen vasco, Doña Julia Laburu, mi abuela y Doña Leonor Laburu. Estas hermanas vivían con su familia en Trenque Lauquen, hoy una floreciente ciudad de la provincia de Buenos Aires. Ya casados regresaron a la capital. Como en aquella gran ciudadano se veían las cosas claras como para hacer dinero pronto Eladio, mi abuelo y su joven esposa Julia emprendieron viaje hacia el oeste en busca de organizar un pequeño comercio en algún pueblo de los que se fundaban aprovechando la riada de gente que buscaba trabajo en el ferrocarril en construcción. Recaló primero en General Villegas, ultima población de la provincia de Buenos Aires y allí las cosas no le fueron del todo bien y como consecuencia de aquel fracaso, malas siembras y peores negocios, desalentado, decidió internarse más al oeste.. Pero antes, quiso con ayuda de sus hermanos regresar a Galicia con toda la familia y así lo hizo. Nadie en la familia supo explicarme las razones de ese regreso. Seguramente su exultante juventud de entonces más los fracasos s los que antes hice referencia convocó una tormenta de dudas de que a lo mejor en España podría salir adelante, pero no fue así. Permaneció allí un par de años viviendo a expensas de la familia y en esa breve estancia nació mi padre en Pungín provincia de Orense, una aldea a escasos quince kilómetros de la capital provincial. Al año del nacimiento de mi padre el abuelo su mujer y su prole volvieron a Argentina para no regresar jamás a España. En realidad en la canción yo digo que nunca volvió a España sin embargo como se ve no es totalmente cierto. Claro que este regreso no quise tomarlo en cuenta, porque se produjo a muy poco tiempo de haber emigrado y por circunstancias, por mi desconocidas. Ya de regreso a Argentina retomó su éxodo hacia el oeste hasta llegar a una naciente población (apenas un caserío) que por entonces se llamaba Villa Jardón en honor a la familia que había donado los terrenos para su fundación. Más tarde las tendencias reivindicadoras de la cultura indígena de la zona lograron cambiar el nombre de Villa Jardón por el actual: Rancul. Allí se instaló comprando, siempre con ayuda de sus hermanos una casa en la que muchos años después, el 11 de marzo de 1940 nacería yo. Montó un negocio en donde se vendía de todo para la gente del campo. (...) Sin embargo pese a ser un gallego de pura cepa y ejercer su galleguidad en casa siempre se habló castellano a diferencia de mis abuelos maternos que en su casa, entre los abuelos mi madre y sus hermanas se hablaba en piamontés. No me extraña que yo haya salido con una cierta tendencia a la nostalgia. (...)” (2).
La comunidad portuguesa de esa provincia festeja el Día del Inmigrante. En 2005, el Centro de descendientes portugueses de La Pampa invita a la Fiesta en la que “se realizarán distintas disertaciones en la que nuestra comunidad tiene la oportunidad de presentarse”.
La familia del ucranio David Rotstein se estableció en La Pampa. Sus descendientes recuerdan que “David contaba historias de ‘banquetes’ en que se compartía un pan frotado con ajo o los gajos de una naranja (...) En 1913 se voló el techo de la escuela primaria y ésta quedó inutilizada. Los Novick pudieron mandar a sus hijos a estudiar a otro lado pero David tuvo que abandonar. Para aportar a la familia, se conchabó para cuidar ovejas en una chacra cercana. Una anécdota de su primer día de trabajo: el dueño de la chacra lo dejó a la mañana con las ovejas, galleta y una botella de agua y dijo que lo venia a buscar al anochecer. David esperó hasta que decidió que no lo venían a buscar y decidió volver caminando a Villa Alba. En ese entonces no había caminos sino huellas. Enseguida se hizo noche cerrada, pero el sentido de orientación que siempre tuvo lo ayudo a llegar. Esto tomó largo tiempo y, mientras tanto su empleador llegó, en carro o sulky, a buscarlo. Al no encontrarlo, volvió al pueblo. Tampoco estaba en su casa (estaba en tránsito, caminando de vuelta) así que para cuando llegó había una gran alarma esperándolo. David tenia gran preocupación por no poder seguir estudiando, un sentimiento que lo persiguió hasta su vejez. Pedro Novick, que sí pudo continuar, trataba de enseñarle cada vez que era posible. Su amistad entrañable continuó el resto de sus vidas” (3).
En la biografía de Juan Bautista Bairoleto, Hugo Chumbita relata que Elías Farache hostigaba al gringo, hijo de piamonteses. “Entre los milicos abundaban estos turcos, que en realidad eran árabes, o hijos de, famosos por lo bravos” (4).

Notas
1. Weyne, Olga: op. cit.
2. Cortez, Alberto: “El abuelo”, en www.albertocortez.com.ar. Reproducido en www.galespa.com.
3. Rotstein, Enrique y Fabio: “Fanny Dubroff y David Rotstein”, en www.math.bu.edu/people/ horacio/ anc-cast.htm
4. Chumbita, Hugo: Ultima frontera. Vairoleto: Vida y leyenda de un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999.

La Rioja

Chilo Parisi cuenta que en La Rioja, “Los paisanos italianos que vivían en el barrio de Vargas, se reunían en cada casa todos los domingos para jugar a las cartas: Tresette, Biscambra y Patrón y Sotto (patrón y subalterno). Estos juegos eran típicos de Italia. (...) En estos encuentros se estrechaban vínculos de parentesco, amistad y camaradería, siendo los juegos muy cordiales y tomándolos como en entretenimiento, de paso contar anécdotas pasadas durante la 1° Guerra Mundial (1914-1918) en la que combatieron todos estos paisanos. Estas narraciones, las hacían cuando se tomaban un breve descanso, en la que el dueño de casa invitaba a todos los presentes a comer unas ricas sopresattas, salchichas y un buen queso, acompañado con un pan recién horneado, todo ello, preparado y servido por el anfitrión, en la que no faltaba la damajuanita de vino tinto. Cuando se iniciaba el juego del tresette o la brisocla y finalizado el mismo, se daba comienzo al Patrón y Sotto en la que venían amigos a divertirse, viendo cómo se jugaba este juego tan especial y distinto de otros. Los visitantes podían beber en cualquier momento, no así los jugadores. (...)” (1).
Carlos Saúl Menem es “hijo de Mohibe Akil y Saúl Menem, inmigrantes radicados en la provincia de La Rioja (...) Su padre, nacido en Yabrud, Siria, llega a La Rioja cuando contaba 17 años en plena época inmigratoria. Trabaja intensamente hasta labrarse un próspero porvenir, sostenido por un espíritu recto y enérgico y una tenacidad imbatible. Regresa a Siria, donde conoce a Mohibe Akil, su futura esposa. Vuelven casados a La Rioja y permanecen juntos, hasta el final de sus días” (2).
Escribe Luis Alazraki: “La inmigración del primer judío sefardí, originario de Esmirna, a la ciudad de La Rioja, se produjo aproximadamente en el año 1900. Con la llegada de familiares y otra gente constituyen la Sociedad Israelita de Beneficencia de La Rioja. Seguramente debe haber datos del movimiento de activistas de esa época, que yo vagamente recuerdo; a ellos pertenecía mi abuelo Alejandro Bolomo y participó de comisiones directivas en la sociedad Sirio-Libanesa de La Rioja y cargos representativos en la Municipalidad.
Quiero recordar mis vivencias de adolescencia y juventud (entre los años 40 y 50), donde la colectividad judía de La Rioja estaba integrada por cerca de 35 familias, con la particularidad de que casi todos eran originarios de Izmir y no había casamientos mixtos. Las fiestas tradicionales como Purim, Pesaj, Rosh Ashaná y Iom Kipur, se recordaban puntualmente cada año y se hacían en casas de familia, reuniones plenas de alegría y tradición. No había hogares pobres, pues se actuaba como una sola familia, con costumbres traídas de Turquía y practicadas desde 500 años atrás, prácticas como la de convidar a quien llegaba a un hogar de djidiós con las tradicionales dulceras de plata turca, dotadas de tenedores y cucharas para deleitarse con sharope y otros dulces muy variados (mogadós, mostachudos, shanmalí, etc). Todo era alegría, se bailaba la turna, se cantaba el Hatikva con la letra en ladino (Viva, viva, Palestina, muestra tierra prometida, etc.). Lo más notable es que todos sabían hablar hebreo y los servicios religiosos se realizaban puntualmente, sólo se requería un mohel (1) para los britmilá (2) que eran traídos de Córdoba o Buenos Aires. El tiempo fue pasando y esta comunidad creció, las familias de Rafael Esquenazi, Leon Alazraki, Salomón Danon, Luis Kaen y Jacobo Bolomo tuvieron 7 hijos cada una y llegó a constituirse una comunidad importante para La Rioja. Había un cementerio, personería jurídica, y una sede social importante. Ya en los años sesenta, había aproximadamente 60 familias; los vendedores ambulantes se habían transformado en comerciantes y éstos en empresarios. En lo que a mi familia respecta, mi madre se propuso que todos sus hijos fueran profesionales y hubo que trasladarse a ciudades que tuvieran universidades. Yo permanecí en La Rioja en el negocio de mi padre y mis hermanos finalizaron sus estudios universitarios. En 1973, a pesar del status de mis padres en La Rioja, tomé la decisión de trasladarme a Córdoba con mi familia, donde resido hace 32 años. Visito periódicamente mi ciudad natal, donde viven ahora, sólo diez familias judías. Pero para cerrar esta nota, quiero rendir un homenaje a Don Alejandro Bajar (Bojor), persona baja, delgada, de ojos saltones y muy inquieto. Tenía habilidades para tratar dislocamientos, que trataba con paciencia y habilidad. Como yo tuve muchos golpes, recuerdo cómo me los curó. En esa época, había pocos profesionales y se pusieron celosos de él, e hicieron una demanda por práctica ilegal de la medicina. Don Bojor fue citado a declarar y les dijo: “Señor jefe político, yo le digo... yo no curo por curar, curo por hacer sajú (del hebreo: hacer el bien).(1) capacitado para hacer la circunsición / (2) circunsición” (3).

Notas
1 Parisi, Chilo: “El Padrono y Sotto de los Paisanos”, en El Independiente, La Rioja, 1° de junio de 2003.
1 S/F: “Biografía”, en www.carlosmenem.com
2 Alazraki, Luis: “Sefardíes argentinos de La Rioja”, en SEFARaires, N° 44. Buenos Aires, Diciembre de 2005.

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Mendoza

Alcides J. Bianchi es el autor de Valentìn, el inmigrante (1), obra en la que relata la vida de su padre, exitoso empresario afincado en Mendoza. Don Valentín nació en Fasano, Italia, en 1887. Se dedicó a la docencia hasta que una carta de su hermano lo decide a emigrar a la Argentina. Tenía veintidós años. El hijo evoca ese viaje lleno de ansiedad e incomodidades, con las ratas caminando por encima de la cama del pasajero. En nuestro país, el italiano desempeñó distintos oficios, destacándose por su facilidad para la contabilidad y su excelente caligrafía, que le valió el apodo de “el gringo de la letra bonita”. Fue empleado contable y rematador de lotes, hasta llegar a su ocupación definitiva: la de bodeguero. Formó familia en San Rafael, donde nacieron sus hijos. Hizo que los hijos mayores –una hija y el autor de la biografía- estudiaran para poder continuar con el emprendimiento paterno. A partir de ese momento, comenzó a viajar periódicamente a Fasano, donde, ya viudo, pasaba temporadas con su hermana, a quien no había visto durante décadas. Bianchi encontró la muerte en una ruta de su pueblo, en 1968.
A Mendoza se dirigían muchos inmigrantes. Relata Alcides J. Bianchi: “La nueva familia que se agregaba al barrio era de apellido Sartorato. La formaba el matrimonio y sus dos pequeñas hijas. Aquella mañana de la templada primavera de 1930, tal acontecimiento despertó entre los vecinos curiosidad, a pesar de ser en esa época cosa común la llegada de extranjeros, sobre todo de italianos y de españoles. Mamá, que era íntima amiga de la señora Antonieta (esposa de Chinellato), cruzó la calle para saludar a sus parientes recién llegados. Yo, curioso, fui con ella para conocer la nueva gente, que se radicaba en el barrio. En mis escasos diez años de vida, observaba silencioso el encuentro de ambas familias, que con efusivos abrazos se saludaban emocionados. Antonieta invitó a mi madre a aproximarse al grupo, para presentarle a su hermano y cuñada, quienes provenían justamente de la zona de su ciudad natal: Baldoviadene” (2).
Durante la primera guerra mundial, en Mendoza, “En San Rafael, que contaba con una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia, oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano” (3).
Bianchi recuerda a los trabajadores inmigrantes: “Los dos heladeros de mi preferencia eran: uno, el italiano ‘Don Chichillo’, que se ubicaba en la esquina de la ferretería de los Marín; y el otro, el portugués ‘Lurdeos’, cuyo sobrenombre provenia de su forma de expresarse al ofrecer los helados, con la típica ruleta de la suerte, donde uno pagaba cinco centavos, y tenía el derecho a dos tiros de ella. -¡Chicos!, a probar suerte, van a sacar tantus heladus como lurdeos míos –y levantando su rústica mano derecha mostraba sus dedos en pantalla”. El almacenero de Rama Caída era árabe: “El personaje más importante del lugar, Don Julio el almacenero (único negocio del lugar), nos dio la bienvenida en su dificultoso idioma, como buen paisano árabe. –Aquí ‘baisano’ Julio da bienvenida, ‘baja... baja’, basen al almacén –invitó ceremonioso”. Bianchi recuerda asimismo al médico de San Rafael, que también era inmigrante, pero no especifica de qué origen: “Por razones de salud –el problema asmático de mi madre-, y por indicaciones del doctor Teodoro Schestakow, los fines de semana o bien en vacaciones de verano, debía ella viajar a un lugar montañoso y de altura, lejos de la ciudad, cuyo aire puro tenía las cualidades curativas para su afligente mal. –Señora, no dejar de ir a montañas, si quiere mejorar- le decía terminante el médico, en su entreverado idioma” (4).
El pintor Carlos Alonso nació en Tunuyán, Mendoza, en 1929. Tuvo “como abuelo materno a Salvatore Lisandrello, un siciliano de Siracusa, y su abuelo paterno era Sandalio Alonso quien vino de León. España. Ambos llegaron a nuestro país en 1914” (5).
Alamos talados (6) fue distinguida en 1942 con el Primer Premio de Literatura de Mendoza, el Primer Premio Municipal de Buenos Aires y el Primer Premio de la Comisión Nacional de Cultura. Marcela Grosso y Marta Baldoni señalan la importancia de la inmigración en la novela: “El poder se ve amenazado por la presencia de lo otro, del elemento extraño: el inmigrante, figura que genera tres efectos correlativos: a) el enfrentamiento entre gringos y criollos, b) la exaltación del linaje y la hispanidad, c) el rechazo del progreso y las nuevas costumbres” (7). La clase alta, representada fundamentalmente por los abuelos, se mostraba bondadosa con los criollos y los inmigrantes, en general, aunque había excepciones: “El inmigrante aparece descalificado, caricaturizado (...) o mirado con simpatía, en tanto se ciña al mandato de la abuela y no compita en el circuito de producción económica. Decir ‘gringo’ es un insulto (...) El atributo ‘criollo’, en cambio, tiene connotaciones positivas (...) se convierte en una abstracción, en un símbolo de pureza racial y moral” (8). Cuando la anciana señora se ve obligada a talar los álamos, allí está un inmigrante, posibilitando que el lector saque conclusiones sobre la personal postura del autor: “Con el pie en el estribo de su auto rojo, el turco hacía anotaciones en una libreta. Uno, tras otro, caían los álamos de mi adolescencia” (9). Grosso y Baldoni sostienen que “La presencia invasora del inmigrante aparece metaforizada por el coche rojo del turco, que recorre el texto en varios capítulos”. Acerca del propietario del vehículo comentan: “Claras son las connotaciones demoníacas que despliega este personaje (...) Las aspiraciones comerciales del turco, que exceden a las del agricultor contratado, lo convierten en una amenaza, un peligro para el sistema. La compra de la vid y de la madera es sustituida por la idea de usurpación, de estafa: el turco no compra sino que ‘se leva’. Caída, atropello, usurpación, tala, profanación, son los efectos del ingreso del inmigrante en el sistema, que es quebrado sin posibilidades de restauración” (10).
Fausto Burgos, en El gringo, reitera a lo largo de la novela la acusación que los nativos hacen a los extranjeros: “’¿No son ustedes los que nos vienen a quitar la tierra y el vino y el pan y todo? Los peones blancos miran con cariño y con lástima a quien esto dice y comentan: ‘Povero nero’, ‘povero chino’, ‘é una bestia’”. Para la familia del protagonista, ser inmigrante es una vergüenza que se debe ocultar, tratando de parecerse en lo posible a los nativos de clase alta: ‘Usted no es un gringo –afirma el yerno que vive a expensas del italiano-; usted ya puede llamarse criollo; ya tiene títulos para ello’. Uno de los peones asegura también que Contadini ya es criollo, pero lo hace en otro sentido: ‘De esas cubas hay que sacar el orujo pa’ llevarlo a las prensas –explica al yerno. Mire vea, ¿y quién saca el orujo?, ¿quién se mete en la cuba sabiendo que adentro de ella puede parar las patas? El peón criollo, señor; el gringo tiene miedo, el gringo no se mete a descubar ni por equivocación. Mi patrón no es gringo; mi patrón es ya criollo; él es capaz de ponerse a descubar también” (11).
El humorista Quino es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años” (6). Quino expresó: “Nací en Mendoza en una familia andaluza, en un barrio donde el panadero era español, el verdulero, italiano, el otro comerciante, libanés. A los primeros argentinos los conocí en la escuela. Todos mis parientes eran españoles. Desde chico tuve una visión muy amplia. Quizás por eso a Mafalda la quieren tanto en tantas culturas distintas” (12).
Escribe Francisco Montes: “San Rafael es un valle hermoso, fecundo y ubérrimo al sur de Mendoza. Es un vergel cultivado de viñas, frutales y chacras donde se han nucleado colonias de andaluces y especialmente alpujarreños. Este lugar y el valle de Tulum en la provincia de San Juan, son los sitios a donde han ido a parar más naturales de aquellas hirsutas montañas andaluzas”. Montes reúne, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, algunas historias que tienen como personajes a estos inmigrantes (13).’
El pintor Fernando Fader nace “en Burdeos, Francia, en la casa de su abuelo materno, Pedro Adolfo Bonneval, en la calle Nauville 10, el once de abril de 1882”. Ignacio Gutiérrez Zaldívar escribe: “Fernando Fader en un reportaje que le realizara el recordado José León Pagano en la década del 20, manifiesta que es “mendocino”, pese a que había nacido en Francia y en todos sus documentos y partida de casamiento, figura como nacido en Buenos Aires. Conoce Mendoza cuando contaba cuatro años y pese a vivir tan sólo doce años en Mendoza, su amor y cariño hacia la provincia le hacen manifestar que él es mendocino” (14).
Zdravko Ducmelic (Vinkovci, 1923; Buenos Aires, 1989) “Estudió pintura y dibujo en Zagreb. La II Guerra Mundial (1939-1945) lo alejó de sus actividades. Estuvo prisionero en campos de concentración nazis. Viajó después por Europa y, en 1946-7 estudió en la Academia de Bellas Artes de Roma y, en 1947-49, en la Academia de San Fernando, en Madrid. Se radicó en Mendoza en 1950 y, un año después, realizó su primera exposición en Buenos Aires. Fue profesor y Director en la Escuela de Arte de la Universidad de Cuyo. Ilustró Laberintos, con poemas de Jorge L. Borges” (15).
Alfredo R. Bufano (Córcega, 1895; San Rafael, 1950) “Nació en Francia pero vivió desde niño en Mendoza. No alcanzó a terminar sus estudios primarios por tener que colaborar con el sostén de su familia. Adolescente, se trasladó a Buenos Aires, donde desempeñó diversos trabajos, desde lustrabotas hasta periodista. En esta ciudad entró en contacto con los círculos literarios, colaboró en varias revistas y publicó sus primeros trabajos. Luego se trasladó a San Rafael, Mendoza, donde trabajó como profesor de literatura en la Escuela Normal y escribió la mayor parte de su obra. Su poesía, fresca y sencilla, exalta la naturaleza cuyana. Escribió, entre otros libros: Poemas de provincia (1922), Tierra de huarpes (1926) y Romancero (1932). Durante sus últimos años, realizó en misión cultural una extensa gira por el norte de Africa, España y otros países europeos. De este acercamiento a otros horizontes y formas de vida nacieron sus últimos libros: Junto a las verdes rías (1950) y Marruecos (1951), en los que su lirismo adquirió una serena madurez expresiva”. (16).
Fueron perseguidos los Flichman en su tierra, cuenta una inmigrante afincada en Mendoza. En Rojos y blancos, Ucrania, Rosalía de Flichman evoca el entorno en el que se desarrolló su infancia. Las persecuciones, la revolución, la guerra civil, las violaciones y los asesinatos –a los que se suman las inundaciones y el tifus- son el cuadro con el que Rosalía debe enfrentarse a muy corta edad: “Los blancos están en la ciudad, persiguen sin cesar a los judíos. Matan a los hombres, se apoderan de las mujeres jóvenes y hasta de las niñas. Estoy cansada de tanto horror. Y los cambios continúan. Hoy los blancos, mañana los rojos. Como somos despreciables burgueses, estos invaden la casa y nos reducen a dos habitaciones. El hambre se hace sentir, duele”. Afirma que ella y su familia eran perseguidos en su país de origen por dos motivos: su condición de judíos y de burgueses. Si estas dos causas motivaron la amenaza constante a la que estaban sometidos, también significaron la posibilidad de radicarse en nuestra tierra, ya que la madre se apoyó “en instituciones judías que ayudan a los emigrantes fugitivos que salen de Rusia”, y el hecho de ser pudientes les permitió una salvación que a otros estuvo negada (17).
Norah Lange evocó momentos de su vida en las obras Los dos retratos, Personas en la sala y Cuadernos de infancia. En esta última, el espacio tiene una importancia fundamental: a la existencia feliz en Mendoza se contrapone una vida de apagada tristeza que tiene como escenario la casa de la calle Tronador, a la que se trasladan cuando muere el padre.

Notas
1. Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
2. Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar, 1989.
3. Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
4. Bianchi, Alcides J.: Aquellos tiempos... Buenos Aires, Marymar, 1989.
5. Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: “Los inmigrantes”, Catálogo de la muestra de Alonso y Marchi en Casa FOA 2000, Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, Octubre-Noviembre de 2000.
6. Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
7. Grosso, Marcela y Baldoni, Marta: “Guía de trabajo para el profesor”, adjunta a Arias, Abelardo: Alamos talados. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
8. Ibídem
9. Arias, Abelardo: op. cit.
10. Grosso, Marcela y Baldoni, Marta: op. cit.
11. Burgos, Fausto: El gringo. Buenos Aires, Tor, 1935.
12. Reinoso, Susana: “Quino: ‘ Los adultos están arruinando a los chicos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.
13. Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
14. Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Fader en casa. Buenos Aires, Zurbarán Ediciones, 2003.
15. Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002
16. ibídem
17. Flichman, Rosalía de: Rojos y blancos, Ucrania. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.

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Misiones

“El 1° de julio de 1897 llegó al puerto de Buenos Aires el vapor Antoñina, cargado con catorce familias integradas por sesenta y nueve personas. Diez familias eran ucranias y cuatro polacas. Llegaban con sus muebles, sus semillas y sus arados. (...)Se embarcaron en el puerto de Buenos Aires en un viaje de una semana hasta Posadas y de ahí los llevaron en carretones del Ejército al interior de la provincia durante otra semana de viaje. Ellos dieron nacimiento a la ciudad de Apóstoles, en Misiones, bajando el monte a puro machetazo. (...) ‘El 27 de agosto de 1897, hace cien años, este grupo llegó a la antigua Reducción Jesuita de San Pedro y San Pablo Apóstoles, donde se les dieron dos lotes por familia, cada uno de 25 hectáreas, a pagar durante diez años a un valor de un peso por mes’ (...) Los comienzos para los inmigrantes ucranios no fueron fáciles: los campos estaban repletos de inmensos termiteros que atacaban los sembrados, como os que aún se pueden ver en los campos correntinos. Los ucranios tuvieron que instalarse en carpas que les facilitó el gobierno y refugios hechos con ramas. Más trabajo les costó preparar los campos con plaguicidas e insecticidas que el gobernador Lanusse les vendió a pagar en cuotas. La intensa fe cristiana del pueblo ucraniano organizó la construcción de una iglesia en cada asentamiento” (1).
Poco después, con destino a Apóstoles, desembarcaron en la Argentina veinte familias polacas. “Luego de permanecer algún tiempo en el legendario ‘Hotel de los Inmigrantes’ arribaron al puerto de Posadas, y desde ahí marcharon a pie durante varios días hasta la recién fundada Colonia de Apóstoles, recorriendo los 80 km que los separaban de su destino tras los carros que transportaban sus pocas pertenencias. Fueron tiempos difíciles para esos hombres, mujeres y niños que no estaban acostumbrados al abrasador calor tropical y a los mosquitos que laceraban su piel. Debieron esperar dos años para poder comer pan, ya que las hormigas y los carpinchos diezmaban los plantíos de maíz. Se alimentaban principalmente con mandioca, porotos, batata y aprovechaban la abundancia de animales silvestres que les proveían de carne. Enfermedades como el paludismo y el cólera y las picaduras de serpientes segaron las vidas de muchos hijos de aquellos primeros colonos, y los productos logrados no siempre compensaban los sacrificios realizados” (2).
“ (...) el inicio de la inmigración organizada lo debemos situar en el invierno de 1897 con la llegada de unas 14 familias polacas y ucranianas procedentes de la región de Galitzia. Arribaron al puerto de Buenos Aires, fueron recibidos en La Plata y desde allí fueron enviados a Apóstoles, Misiones. Así comenzó el primer proyecto de colonización agrícola efectivo desde la expulsión de los jesuitas. Luego se sumaron otros grupos de colonos y se establecieron en distintas localidades: San José, Azara, Cerro Corá, Bonpland, Yerbal Viejo, Gobernador Roca y más tarde llegarán a fundar Colonia Wanda al norte de la provincia” (3).
En esa misma provincia, los Spasiuk alternaban el trabajo manual con la música: “En Apóstoles, un humilde pueblito a 50 km de Misiones, Juan (el tío) y Marcos (el padre) se concedían una pausa en la carpintería, tomaban cada uno su violín y su guitarra y, sobre un tablón, afloraban polcas, valses, rancheras, chacareras y rumbas, como una necesidad de recrear la música que sus antepasados habían importado de Ucrania y de Europa del Este (4).
En “Van-Houten”, cuento que toma su tìtulo del apellido del protagonista, aparece un “belga, flamenco de origen”, al que “se le llamaba alguna vez Lo-que-queda-de-Van-Houten, en razòn de que le faltaba un ojo, una oreja, y tres dedos de la mano derecha. Tenìa la cuenca entera de su ojo vacìo quemada en azul por la pòlvora. En el resto era un hombre bajo y muy robusto, con barba roja e hirsuta. El pelo, de fuego tambièn, caìale sobre una frente muy estrecha en mechones constantemente sudados. Cedìa de hombro a hombro al caminar y era sobre todo muy feo, a lo Verlaine, de quien compartìa casi la patria, pues Van-Houten habìa nacido en Charleroi” (5).
Acerca de ese texto, escribe Eduardo Romano: “Quiroga trazó, en Los tipos, varios notables perfiles con relieve. Entre ellos, y el lector emplazó una primera persona muy autobiográfica, directamente vinculada con la acción, según se aprecia ya en ‘Van Houten’: ‘-¡Ya vé! –me dijo, pasándose el antebrazo mojado por la cara aún más mojada- que hice mi canoa. Timbó estacionado, y puede cargar cien arrobas. No es como esa suya, que apenas los aguanta a usted’. O que tiñe el relato con su propia subjetividad: ‘Yo siempre había tenido curiosidad de conocer de primera fuente qué había pasado con el ojo y los dedos de Van Houten. Esa siesta, llevándolo insidiosamente a su terreno con preguntas sobre barrenos, canteras y dinamitas, logré lo que ansiaba’. Que el personaje mismo le contara tres cruentos accidentes de los que había salvado la vida –ya que no la integridad- por milagro. La impersonal desaprensión de Van Houten, quien se limita a comentar con un ‘¡Bah...! ¡Soy duro!’ cada uno de esos relatos, da la pauta del poder autodestructivo de esos tipos quiroguianos, producto en parte de observar a ciertos habitantes de la zona,y en parte remoción de sus propios fantasmas interiores” (6).
En Mis dos abuelas. 100 años de historias, Nora Ayala relata que su abuela criolla, que vivía en Misiones, tenía prejuicios contra los extranjeros. “Nosotros no vinimos a matarnos el hambre como los gringos –decía-, estuvimos siempre acá”. La venta de la casa del Tata proporciona otra evidencia de su actitud; la vivienda “fue comprada por una familia turca, aunque Gerónima hubiera preferido que no cayera en manos extranjeras, pero ellos fueron los que pagaron y no había nada que hacer”. Se rumoreaba que los compradores habían encontrado allí un cofre con monedas de oro; escuchemos a la criolla: “Teniendo en cuenta que los turcos que habían llegado al país poco tiempo antes, si bien eran gente trabajadora y honesta (a pesar de ser extranjeros) no podían tener dinero como para hacer semejante inversión, el rumor tenía visos de realidad” (7).
El ingeniero Walter Rathhof llega a Misiones con un contrato: “ ‘¿Cómo vine a para acá? Hace tres meses ni sabía que existía este lugar. ¡Misiones!’ Apenas si había visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania no conocía a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo, pero bastó una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro, la patria, los amigos, por la aventura. (...) Allá era un ingeniero más, sin mucha experiencia entre tantos otros, en cambio acá estaba todo por hacer. ¡Y justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendría que hacer puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado más atención a aquel viejo profesor que siempre hablaba de los de la India y de la China. Después de todo, los que tendría que hacer acá tendrían más en común con esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la facultad. Además, había que hacer todo desde el principio, ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medían las distancias en tiempo: dos días de barco, un día de a caballo (8).
Luna, una inmigrante turca centenaria, “A los 17 años conoció a su marido, uno de los pocos al que sus hermanos –celosos ellos- dejaron acercarse. Víctor tenía hermanos en la Argentina que lo mandaron a buscar. Y ella se venía con él, pero en calidad de novia, jamás. De ninguna manera, le dijo su tía. Así fue como se casaron y pasaron su luna de miel en un barco rumbo a nuestro país. Fue un mes de viaje. Una inolvidable luna de miel junto con... su suegra. Sí, Luna dormía con su suegra en un camarote y Víctor en la bodega, con los demás hombres. ‘Nos veíamos en la cubierta y de noche, cada uno a su lugar”. Estuvo a punto de volver a su tierra: “Corría el año 1921 y Luna, casada con Víctor desde hacía dos años, no lograba quedar embarazada. Vivía en Posadas, Misiones, pero su marido decidió mandarla de vuelta a casa. Así, dice la centenaria Luna, se acostumbraba en su país: la mujer que no tenía hijos se tenía que ir, y ella se iba, nomás. Con la valija y un pasaje en mano marchó sin chistar a la estación ferroviaria de Posadas. Pero, cosas del destino, el tren ya había partido. Fue cuando volvió con su marido a su casa que quedó embarazada”. “Progresamos con mucho sacrificio –recuerda. Vivíamos en Posadas y mi marido andaba por los campos con un canasto en el que llevaba lencería para vender. Después pudimos poner nuestro propio negocio de venta de ropa y trabajamos muchísimo”. Su experiencia se vuelve narraciones: ”Recuerda cuando en su casita de Posadas llenaba un bracero con carbón por las noches, lo dejaba en medio del cuarto y reunía a sus chicos en torno de él. ‘Les contaba historias de cómo vivíamos en Turquía, el viaje en barco a la Argentina o simplemente cuentos‘ ” (9).
En 2005, el diario Armenia publicó esta noticia: “El domingo 6 de marzo, la Colectividad Armenia de Misiones celebró el primer aniversario de su fundación. La reunión tuvo lugar en las instalaciones del Club Español de Posadas. Allí, asociados y miembros de la Comisión Directiva compartieron un asado acompañado por excelente música armenia y en un cálido ambiente familiar. El evento tuvo repercusión en Posadas, pues el diario ‘El Territorio’ se hizo eco del mismo publicando una nota alusiva a la celebración. Pablo Hatserian, presidente de la comunidad armenio-misionera, agradeció la presencia de todos, augurándoles un año pleno de trabajo, en unión y cordialidad para poder alcanzar los objetivos previstos” (10).
“Desde el lejano oriente, un puñado de japoneses iniciaron la peregrinación que culminó en Oberá en octubre de 1921. La inmigración japonesa en la Argentina data de principio del siglo XX y tuvo como primer paso el Frente a la casa. El arco a la entrada se asemeja al que se utiliza en los templos de oración. El 12 de octubre de 1921 llegó a Oberá, junto a su familia, Tokuyi Kairiyama. Fue él quien alentó a sus compatriotas para que se afinquen en esta región del país. Atentos a su ofrecimiento arribaron junto a sus esposas y algunos con sus hijos: Iumatsu Kairiyama, Takei Sudo, Kunigoro Kamada, Kataro Otaka, Kinso Suyama, Kikujiro Nishimura, Kakuso Kamada, Juji Watanabe, Jiro Minoura, Pedro Héctor Higa, Gungi Nakatsuka, Ken Takakura, Fukikesa Komatsu, Hihashi Miyauchi, Minoru Higa, Suenaga, Nakabayashi, Goto, Araki, Ogawa, Kisaiti, Kanno, Mori, Sato, Saito, Okuda, Ohashi y Harada Los japoneses se dedicaron principalmente al cultivo de yerba mate y té y al poco tiempo incursionaron en su industrialización. En 1953 la comunidad fundó el Club Japonés que cobijó a más de 300 socios. Con este antecedente, en 1980 la numerosa colectividad se sumó a la Fiesta en la que trabajaron casi todas las familias asociadas al club con sede en Los Helechos, una localidad vecina a Oberá. Casi un cuarto de siglo después, la colectividad construyó su casa típica en el Parque de las Naciones. La misma representa una vivienda tradicional nipona, a la que dotaron de un techo curvo, propio de los templos de aquél pais oriental. La parquización típica que rodea la construcción fue trabajo de Harvo Hishikiori y Alberto Araki. La casa funciona como sede cultural japonesa en Oberá. (...) Una de las plazoletas de la transitada avenida Libertad de Oberá lleva el nombre de Japón. En ella existe una gran lámpara de piedra, comunes en las plazas y parques de aquel país asiático. La misma fue diseñada por el ingeniero parquista Yasvo Inomaia. La plazoleta tiene similares características del Jardín Japonés de Buenos Aires, creación del mismo artista” (11).

Notas
1. Skliarevsky, Fernando: “Misiones, Cien años de inmigrantes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 14 de octubre de 1997.
2. S/F: Folleto del Museo Histórico Juan Szychowski. Apóstoles, Misiones.
3. S/F: “Inmigración Introducción”, en www.elaguilablanca.com.ar.
4. Gaffoglio, Loreley: “Trato de ser lo mejor de lo que soy”, en La Nación, Buenos Aires, 17 de diciembre de 2000.
5. Quiroga, Horacio: “Van Houten”, en Los desterrados- El regreso de Anaconda. Buenos Aires, Losada, 1997.
6. Romano, Eduardo: “Horacio Quiroga”, en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
7. Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.
8. Ayala, Nora: op. cit.
9. S/F: “Una mamá que hoy celebra sus 100 años”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.
10. S/F: “Primer Aniversario de la Colectividad Armenia de Misiones”, en Armenia, Buenos Aires, 31 de marzo de 2005.
11. S/F: “Sol de oriente, amanecer misionero”, en Federación de Colectividades, federacion@fiestadelinmigrante.com.ar.

Neuquén

“En la esquina de las calles San Martín y Coronel Suárez, en pleno centro de Junín de los Andes, se encuentra el museo privado de Don Moisés Roca Jalil, quien es uno de los pioneros del pueblo. En este museo podrás admirar más de 400 piezas con un excepcional contenido histórico, que datan de la época en que funcionaba la Casa de Ramos Generales ‘La Flor del día’ ".
“En el año 1900, Simón Roucouz (apellido original), padre de Don moisés, llegó a Neuquén proveniente de Mairuba (Líbano) donde se instaló y comenzó con la actividad comercial un año más tarde. Tiempo después se casó y decidió trasladarse al sur de la provincia, permaneciendo en San Ignacio entre los años 1911 y 1914, donde continuó con el comercio. En ese período nacieron Mario, Raquel, Angela y Jose, los primeros hijos del matrimonio. Luego se trasladó con su familia a Quilquihue y en 1918 se instaló definitivamente en Junín de los Andes, donde también continuó con la misma actividad. Aquí abrió la "Primer casa de ramos generales, acopio de frutas, compra y venta de hacienda" en el lugar donde actualmente se encuentra el Hospital de la ciudad. En el año 1929 se construyó el edificio de la esquina de San Martín y Cnel. Suárez y un año más tarde comenzó a funcionar con el nombre de "La Flor del Día, de Simón Roca Jalil". Allí nacieron sus hijos más chicos: Moisés y Genfierzna. Este comercio estuvo en actividad hasta el año 1982, fecha en que cerró sus puertas como tal. Actualmente funciona como Museo. El museo cuenta actualmente con más de 400 piezas, entre las que se destacan: Matras de distintos colores, cinchas, fajas, ponchos, etc. • Piezas de madera y alfarería mapuche. • Piezas de la época de la conquista del desierto. • Armas de la misma época. • Un documento firmado por Julio A. Roca. • Espuelas, estribos, aros, bombillas y frenos antiquísimos. Planchas a gas, una cafetera de 1950, tinta para plumas, etc.” (1).

Notas
1 S/F: “Museo Privado de Don Moisés”, en www.intertournet.com.ar.

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Río Negro

En “Historia de Bariloche” (1), relatan Helena Aizen y Claudio Tam Muro: “Nasario Lefipán y su esposa Carmelita Quidulef fueron los primeros pobladores de lo que es hoy San Carlos de Bariloche. Desde Estados Unidos llegó Jarred Jones para instalarse en las cercanías del Fortín Chacabuco y desde el sur de Chile los alemanes José Tauschek, Jorge Huber y Carlos Whiederholdt. Enrique Neil, Jorge y Ralph Newbery, los españoles Fermín Salaberry, Manuel Domínguez son algunos más de los nombres que podríamos mencionar, otros no quedaron registrados por la historia, pero entre todos fueron dando vida a un pueblito que con el tiempo se transformó en lo que vemos hoy”.
“Jarred Jones, llegado desde Texas, se instaló en 1889 en las cercanías del Fortín Chacabuco. Después de dedicarse un tiempo al tráfico de ganado en pie a Chile, decidió establecer una explotación ganadera en tierras que antes habían pertenecido a Modesto Inacayal (hasta que el cacique fuera tomado prisionero en 1884 y su gente desalojada). Junto con Enrique Neil, un compatriota, puso un almacén de Ramos Generales en el nacimiento del Limay. El Perito F. Moreno, que gozó de la hospitalidad y colaboración del norteamericano en sus campañas, intercedió en retribución para que el gobierno concediera a Jones las 10.000 hectáreas que este había solicitado en compra. En 1908, con el titulo en mano, Jones tendió el primer alambrado. George Newbery y su esposa Fanny Taylor se establecieron hacia 1894 al este del lago Traful donde fundaron la estancia La Primavera dedicándose a la ganadería y a la explotación maderera”.
“En 1895 Carlos Wiedherhold, un comerciante alemán llegado desde el sur de Chile, fundó una casa de comercio "La Alemana" en lo que es hoy el Centro Cívico de Bariloche. Aprovechando las vías lacustres, en un lugar en aquel entonces muy aislado, inició un importante intercambio comercial con el país vecino a través del paso cordillerano Pérez Rosales. Paso que a pesar de sus dificultades resultaba mucho más rápido y menos costoso que cualquier otra ruta de acceso a los centros cercanos (...) A fines del siglo XIX los hermanos Goye, Camilo, Felix, y Maria viuda de Felley con sus hijos, llegan a la zona del Nahuel Huapi para radicarse en Colonia Suiza. Procedentes del cantón de Valais, en la Suiza Francesa habían vendo primeramente a Chile donde estuvieron casi 10 años. Enterados de la oferta de tierras (ley del hogar) a inmigrantes, las solicitan atravesando la cordillera cerca de Las Lajas. Hacia 1902 llega un sobrino, Eduardo Goye, pero por el Atlántico el que se suma al grupo familiar. Otros apellidos Suizos se agregan , Mermoud, Cretton, Jackard así como Fotthoff y Neu , trabajadores incansables del agro. Molían los granos a mano y se cultivaba lo necesario: trigo, avena, frutales y hortalizas. El tambo proveía de leche, manteca, y queso, productos todos estos que se consumían o se llevaban a Chile en embarcaciones construidas por ellos mismos. También los pobladores de Bariloche encontraban aquí muchos productos de granja”.
En La matriz del infierno (2), Marcos Aguinis relata: "Rolf había tenido que viajar en tren a la austral Bariloche. (...) El almanaque que colgaba en la vasta cocina del conventillo donde bebió café antes de dirigirse a la estación terminal le recordó que ya era el 11 de febrero de 1930. Don Segismundo, mientras sorbía ruidosamente de su tazón, trató de infundirle ánimo y le aseguró que Bariloche era bellísimo, que encontraría allí los panoramas disfrutados en su infancia, en las vecindades de la Selva Negra. Muchos inmigrantes austríacos, suizos y alemanes la había elegido por su semejanza con la tierra natal".
Max Tepp nació en Hamburgo en 1891; “se radicó en 1924 en la Argentina, donde fundó una escuela alemana en la Patagonia, y dirigió el colegio alemán en Bariloche. Fue director de la Goethe-Schule y luego del Colegio Pestalozzi. Editó revistas y publicó numerosos artículos sobre el paisaje y la botánica argentinas y sobre pedagogía. (...)” Tradujo al alemán el Martín Fierro. “Lamentablemente, la traducción de Max Tepp nunca llegó a ser publicada”. (3).
En el Hotel de Inmigrantes nació, en 1947, Américo Fiorentini. Su hermana Aurora, afincada en Bariloche, escribe: “Ni bien llegué a la Argentina, junto a mis padres, en 1947, tuvimos que quedarnos más de un mes en el hotel de inmigrantes, cerca del puerto de Buenos Aires. Mi padre, profesor italiano en el exterior, enviado por el Gobierno italiano, tenía que presentarse en la Dante Alighieri de Santa Fe para asumir su dirección y mi madre también, como maestra. Mi madre estaba embarazada de 8 meses y a nuestra llegada resultó claro que el bebé no tenía intenciones de esperar demasiado para nacer. Trámites, mudanzas, trabajo no formaban parte de sus planes y por lo tanto ellos tuvieron que esperar a que naciera antes de retomar sus obligaciones. Mi hermano, de nombre Américo, nació 15 días después de nuestra llegada y mi madre salió en los diarios porque, como siempre, la prensa está a la caza de noticias algo extrañas. Puesto que en la Argentina está en vigor la ley de la sangre para lo que se refiere a la ciudadanía, los periodistas anunciaron que una inmigrante italiana, apenas llegada, había donado un hijo a su patria de adopción. Es de notar que el sensacionalismo no es un invento actual” (4).
En Río Negro se establecieron los inmigrantes que evoca Iaacov Kaspin, en Mi colonia rusa: "Locev y sus compañeros fueron a despedirse del Ministro, quien después de desearles buen éxito y prosperidad a los nuevos colonos, les otorgó como gesto de buena voluntad por parte del Gobierno, pasajes gratis en tren y vagones para transportar el equipaje personal y demás artículos necesarios para instalarse en Roca (5).
El poeta Jacobo Fijman (1898; Buenos Aires, 1970) “En 1902 viajó a la Argentina, estableciéndose con su familia en Buenos Aires y después en Río Negro. En 1917 se graduó de profesor de francés. En 1921 fue internado por primera vez por problemas mentales. La segunda internación se realizó en 1942, en el Hospicio de las Mercedes (hoy Hospital Borda), donde permaneció hasta su muerte. Allí escribió numerosos poemas y dibujos. Vinculado al grupo Martín Fierro, se considera a su poemario Molino rojo (1926) como un antecedente del surrealismo argentino por la riqueza onírica de sus metáforas e imágenes. Ese mismo año viajó a París, donde conoció a André Breton” (6).
En 1997, Germán Sopeña comentó el libro de una irlandesa nacida en Londonderry en 1922 y emigrada en 1945 a la Argentina. En el momento en que escribe el periodista, la inmigrante vivía en El Bolsón, Río Negro. Nos referimos a Maggie Pool, y a su obra, Where the devil lost his poncho (7), publicado en Edimburgo por The Pentland Press. A criterio de Sopeña, “Su relato tiene poesía, emoción y reflexiones de fondo. Su escritura no pretende más que contar las cosas como sucedieron. Pero en cada página late la observación fina de alguien que descubrió un mundo nuevo, lo hizo propio y lo vivió con intensidad en todo lo que hubo de malo y de bueno durante más de medio siglo”. La autora llega a la Argentina “no bien terminada la guerra, como modesta secretaria de un organismo británico, casi con lo puesto y con sólo 12 libras esterlinas, que era la máxima cantidad de dinero que se permitía sacar de Inglaterra en aquel momento de crisis. Queda deslumbrada por la riqueza que ve en Buenos Aires, por el tamaño de los bifes y los postres de un simple restaurant, donde se come lo que ninguna familia inglesa veía desde hacía años”. La prosperidad cede paso a una realidad distinta: “luego vendrán los años difíciles del peronismo, de la falta de democracia, del terrorismo, de los gobiernos militares, de la guerra de las Malvinas y, como tremendo final, de la hiperinflación, que Pool describe con la visión del economista que subyace en toda ama de casa”. Sin embargo, la evaluación de su vida en América es muy positiva. Agrega Sopeña: “Nada disminuye su amor por su segunda patria. Con los años se traslada a vivir a Bariloche y, por fin, al valle de El Bolsón. La Patagonia la atrapó y parece ser su punto de residencia definitiva en su larga vida iniciada –allá lejos y hace tiempo pero al revés que Hudson- en Irlanda y Escocia. ‘Aquí está el paraíso’, resume sobre el final. Lo transmite con la certidumbre de quien ha sabido ver mucho más allá de las vicisitudes de la vida cotidiana” (8).

Notas
1 Helena Aizen, Claudio Tam Muro: “Historia de Bariloche”, en www.bariloche.com.ar, 1992.
2 Aguinis, Marcos: La matriz del infierno. Buenos Aires, Sudamericana, 1997.
3 Kaufmann, Marion: “El Martin Fierro y sus traductores” (traducción), en Argentinisches Tageblatt, Buenos Aires, 27 de abril de 1991
4 Fiorentini, Aurora: “Recuerdos de una emigrante italiana”.
5. Kaspin, Iaacov: Mi colonia rusa. Buenos Aires: Mila, 2006
6 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002.
7 Pool, Maggie: Where the devil lost his poncho. Edimburgo, The Pentland Press, 1997.
8 Sopeña, Germán: “Tierra lejana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de julio de 1997.

Salta

En Salta se establecían alemanes. El historiador salteño Atilio Cornejo destacaba la actitud de estos inmigrantes: “Es digno de observar el ejemplo que nos dan estos alemanes al arraigarse tan hondamente en la sociedad salteña, casándose con mujeres de esta tierra, formando aquí su hogar con sus hijos y nietos, sin pensar y aún olvidándose de la patria lejana, atraídos por estas montañas y alejados del mar, contrariamente a tanto criollo, sobre todo nuevo rico, que mira hacia Europa, que se europeiza, que se extranjeriza, como digo, aquí el extranjero se acriollaba, se argentinizaba” (1).
Otto Von Klickx (Magdeburgo, 1826; Salta, 1894), “Luego de obtener la Licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad de Leipzig, perfeccionó sus estudios en París. Con la idea de redactar una historia universal, se trasladó a la Argentina. Tras permanecer en Buenos Aires, viajó a Córdoba, pero la galera que lo llevaba fue atacada por los indios y perdió todos sus materiales de trabajo. Finalmente fijó su residencia en Salta, donde comenzó a fabricar cerveza y a ejercer la docencia y el periodismo. Publicó artículos históricos y sobre temas religiosos”. (2).
Un británico protagoniza “Mister Meaney”, de Juan Carlos Dávalos. Al gringo le tocó “por una pesada chanza de su destino, anclar un día en la vetusta y aburrida Salta, y quedarse aquí, como profesor de inglés, a lidiar con las anuales hornadas de aldeanos cachafaces que se renovaban en el colegio y que veían en el talentoso gentleman, no un profesor, ni menos un amigo, sino un tipo exótico y singular, una verdadera golosina para el descomedido afán de titeo que hormigueaba en aquellas juveniles almas semibárbaras” (3).
En “Un sepelio atmosfèrico (Crònica de 1891)”, Dàvalos relata el destino que un astrònomo inglès radicado en Salta eligiò para sus restos: “A toque de clarines, la ceremonia dio comienzo a las 3, hora en que el globo, totalmente hinchado, cernìase por encima de la muchedumbre apeñuscada. Debajo del globo, sobre una mesa, notàbase un bulto largo, especie de tùmulo cubierto por un amplio trapo negro: ahì estaba el cadàver de Mr. Stop (4).

Notas
1 Rosenthal, Carlos Federico: “La feliz aventura americana”, en El Tiempo, Azul, 4 de mayo de 1986.
2 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002
3 Dávalos, Juan Carlos: “Mister Meaney”, en Los buscadores de oro. Incluido en Dávalos, Juan Carlos: La muerte de Sarapura Antología. Buenos Aires, CEAL, 1980. Págs. 102 a 106. (Capítulo, vol. 66).
4 Dávalos, Juan Carlos: “Un sepelio atmosférico”, en Capítulo, CEAL, 1980.

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San Juan

Mary Olstine Graham fue una “educadora norteamericana llegada al país para la organización de la escuelas normales. Nació en Saint Louis, Missouri, el 13 de agosto de 1842 y cursó allí el magisterio. Se embarcó para Buenos Aires en 1879 con un grupo de maestras y, a su llegada, fue enviada a la Escuela Normal de Paraná para familiarizarse con el idioma. Tras seis meses de práctica se la designó vicedirectora de la Escuela Normal de San Juan, en la que dictó varias asignaturas, ascendiendo a directora tres años más tarde. En 1883, bajo su dirección, se graduó el primer grupo de maestras. Luego de ocho años de labor constructiva en San Juan se le confió la misión de organizar la Escuela Normal de La Plata, que quedó fundada el 13 de agosto de 1888 y en la que dejó recuerdos imborrables. La primera promoción egresó en 1891 y estaba formada por ocho maestras. La acompañaba su hermana Martha, profesora de la escuela. El 10 de marzo de 1902, primer día de clases, falleció Mary O. Graham, que habitaba el psio superior del edificio. Por iniciativa de sus alumnas, en 1906 fue fundado un centro cultural al que se le dio el nombre de la prestigiosa educadora, como se hizo más tarde con la propia escuela normal” (1).
El médico, abogado e ingeniero Juan Bialet Massé (1846; Córdoba, 1907) “Llegó al país en 1873, fue vicerrector del Colegio Nacional de Mendoza y rector del de San Juan y la Rioja. Junto con el ingeniero Carlos Cassafoust construyó el dique San Roque (Córdoba), inaugurado en 1891. Sufrió catorce meses de prisión por una falsa acusación sobre la construcción defectuosa del dique, pero volvió reivindicado a la vida pública. En 1904 fue comisionado para relevar la situación de los trabajadores en el país. De este estudio surgió el Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República” (2).
Alfonsina Storni (Cantón Ticino, Suiza, 1892; Mar del Plata, 1938. “Desde muy niña vivió en la Argentina, pasando su infancia en San Juan y su adolescencia en Rosario, donde se vinculó con actores y autores de teatro. En 1910 se recibió de maestra rural en la Escuela Normal Mixta de Coronda y comenzó a publicar sus primeros poemas. Ya en 1912, afincada en Buenos Aires, comenzó a publicar notas y colaboraciones en Caras y Caretas, tarea que más tarde continuó en Nosotros y La Nación, entre otros medios gráficos. Encuadrada en la generación posmodernista, a partir de su obra, muy difundida y de gran éxito en el país, América y Europa, surgió una tradición de ‘poesía femenina’. Su influencia se extendió al ámbito teatral, por lo que se creó una cátedra para ella en el Teatro Infantil Lavardén. El 9 de noviembre de 1920, obtuvo Carta de Ciudadanía expresando que lo hacía ‘por voluntad y gratitud a esta nación’. En 1923 fue nombrada profesora de declamación de la Escuela Normal de Lenguas Vivas y ejerció similar cátedra en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación. Su poesía evoluciona desde el romanticismo inicial a un vanguardismo de tono personal, en el que está presente la denuncia de la condición social y afectiva de la mujer de su tiempo. Su obra poética abarca La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920, Primer Premio Municipal y Segundo Premio Nacional de Literatura), Ocre (1925), Poemas de amor (1926), Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938). Además, escribió las obras teatrales El amo del mundo (1927), Dos farsas pirotécnicas (1932). Obras como Desovillando la raíz porteña (1936), Teatro infantil y Cinco cartas y una golondrina, fueron publicadas póstumamente”. (3).
En esa provincia vivie Giorgio Bortot, autor del libro EL GENOCIDIO IGNORADO Acuerdo comercial y financiero entre las Repúblicas Argentina e Italiana, publicado por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de San Juan. Bortot es, además, presidente de ANIME -Asociación Nacional Italiana de Menores Expatriados/Associazione Nazionale Italiana di Minorenni Espatriati-. En un reportaje, él expresó:que los objetivos de ANIME son, entre otros, “hacer conocer al mundo que el “tratado Miranda - Arpesani” fue el mayor pacto migratorio comercial similar a la trata humana que registra la historia de la humanidad”; “instituir el 5 de junio, como el ‘Día del Desagravio’ ”; “levantar, en agradecimiento de estos emigrantes, un monumento en la ciudad de Génova, puerto exclusivo de embarco de aquellos trabajadores – garantía” (4).

Notas
1 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
2 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002.
3 ibidem
4 Prebble, Carlos: Entrevista en El Tiempo, Azul.

San Luis

“Don Justo Daract decide fundar hacia el 1 de diciembre de 1856 un nuevo pueblo de tinte cívico militar a unos 90 kilómetros hacia el este de la ciudad capital de San Luis. Se le dio el nombre de Fuerte Constitucional, hecho que llevó a muchos historiadores de épocas ya superadas a considerar que esto se hizo en base a un supuesto Fuerte que habría existido antaño en este lugar que era llamado Las Pulgas. Hoy está completamente descartada la existencia de este fortín, ya que no hay ningún documento o testimonio que lo avale. La nueva ciudad se asentó sobre la margen izquierda del río Quinto (el antiguo río Popopis, como lo llamaban los indios) y uno de los objetivos de la presencia de ella fue fortalecer la frontera contra los indios ranqueles. Su demarcación se hizo con reminiscencias de las viejas fundaciones indianas, con una Plaza (hoy Lafinur) alrededor de la cual de instalaron precariamente las instituciones fundamentales, las autoridades comunales, y la Iglesia. A los pocos años se le cambió el nombre por el de Villa de Mercedes, en homenaje a la Virgen de las Mercedes. Fue una ciudad que tuvo un crecimiento muy dinamizado a partir de la década del 70. Durante los primeros años del 70 se duplica la población que en 1869 era de 1569 habitantes. Cuando llega la primera línea del Ferrocarril en 1875 (el Central Oeste Argentino), se construyó una estación de trenes a unos cuatro kilómetros hacia el norte de la ciudad. Se intentaba en un acto de federalismo unir por un ferrocarril Rosario llegando hasta Córdoba, y haciendo un desvío en Villa María, pasando por Río Cuarto llegar a Cuyo para absorber la producción de esta región. De este modo Villa mercedes se convirtió en punta de rieles. Con él llegaron los inmigrantes, que con sus aportes fueron dando un giro en la identidad que tenía la ciudad en sus primeros años. Se concretó la conquista del Desierto que exterminó las etnias indias, y quienes se salvaron de las grandes matanzas sigilosamente se fueron mimetizando asentandosé en los barrios más alejados de Villa Mercedes, (entre otros), sembrando sus semillas en casamientos, que luego de generaciones disimularon y silenciaron el mestizaje producido. Luego fueron llegando otras vías férreas. La presencia ferroviaria dibujó el perfil de ciudad que tendríamos. Una ciudad larga con un extremo histórico (el centro) y otro puramente comercial (la estación). Con el tiempo se construyó sobre la actual avenida Mitre el Hotel de Inmigrantes, que luego de otros usos terminó siendo el edificio municipal. Así se fue construyendo urbanamente esta ciudad, llegando un momento en que los dos extremos quedaron unidos, cuando se levantaron casas de familias a lo largo de estos hitos. En las zonas marginales, se levantaron las quintas, generalmente de propiedad de los inmigrantes, que se fortalecieron tanto en su producción que esta resultó no sólo autosuficiente para los vecinos sino que quedó un importante remanente que comenzó a comercializarse en la región llegando hasta Córdoba y Mendoza, entre otros lugares, lo cual fue posible por la existencia de las vías férreas. (..) El boliche más importante fue el don Cándido Miranda pero también hubo otros como el de don Manuel, que tenía también cancha de bochas, el de don José Orozco y el del “Turco” Abrahan. (...)” (1).
El protagonista de “Unisex”, de Francisco Montes expresa: “Yo, Tufic Farjat Gurruchaga (hijo de libanés y catalana) funcionario municipal de la noble San Luis de la Punta de los Dos Venados, mercedino de nacimiento, categoría 22 en el escalafón municipal, con tres años de filosofía (que no me sirven para nada) y tres de francés en la Alianza Francesa (que de algo me sirven ahora), tomé la excursión a Europa con mi mujer y dos parientes, antes de jubilarme y quedar anclado por secula seculorun” (2).

Notas
1 Videla Tello, Norma: “Algunos datos históricos sobre la Ciudad de Villa Mercedes (Prov. de San Luis)”, en www.villamercedes.gov.ar.
2 Montes, Francisco: “Unisex”, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera Libro Amigo, 163 pp.

Santa Cruz

María Brunswig de Bamberg es la autora de Allá en la Patagonia (1), obra en la que evoca la inmigración alemana a través de las cartas que su madre enviaba a su abuela, que había quedado en la tierra natal. "El 3 de febrero de 1923, después de una travesía de treinta días desde Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires, rumbo a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre de las niñas, trabaja como administrador de una estancia y espera ansioso el reencuentro con su familia después de tres años y medio de separación. Esta es una selección de las cartas intercambiadas hasta 1930 entre Ella y Mutti, su madre, y que fueron recuperadas setenta años después por María Brunswig, la hija mayor. Pero no se trata de una simple recopilación, sino de un juego de tiempos y voces, pleno de agilidad y riqueza, en el que intervienen tres generaciones de mujeres: Mutti, Ella y la propia María. Algunas cartas de Hermann incorporan, por su parte, una visión masculina y un toque de humor. El diálogo epistolar le otorga a la obra una intensidad inusual, además de una visión europea del sur argentino en los años veinte. Ella habla a su madre del mundo nuevo que está descubriendo y se revela como una gran luchadora. Educada para ir a la Ópera, aprender francés y tocar el piano, ahora lava ropa en el arroyo, friega, zurce, remienda, come huevos de avestruz e incluso carnea zapones. En síntesis, una sensible crónica familiar que abre distintos horizontes sobre una región inhóspita y al mismo tiempo generosa” (2).
Con la autora y su familia viajó una mucama. Pedro Dobrée relata: “Mucho tiempo después, en la década de 1980, en Berlín, María Brunswig de Bamberg -una de aquellas pequeñas con las cuales Berta llegó a la Argentina austral y que luego fue autora de ese muy simpático libro llamado Allá en la Patagonia, editado por Vergara - asistía a una conferencia de Osvaldo Bayer. Al finalizar le preguntó si en sus trabajos de investigación sobre la vida patagónica había tomado conocimiento de Berta Freytag. ‘Cómo no -le contestó Bayer- Berta Freytag fue amante del comisario del pueblo durante muchos años, hasta que un día éste la ultimó de dos tiros, por celos’ " (3).
“En La Patagonia rebelde (1974), Héctor Olivera dramatiza las huelgas de los trabajadores anarquistas, en el sur de la Argentina, durante 1920 y 1921, según la investigación realizada por Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia trágica. Rodada en momentos de gran tensión política, intenta una lectura aleccionadora de la historia. Para eso, el film se constituye en un vasto flash back, que protagonizan los cabecillas Soto, Facón Grande y el alemán Schultze, seguido de la secuencia que marca el presente de la narración, con la muerte del teniente coronel Zabala (Varela, en la realidad). Completando este juego de tiempos, sobre el final, un plano detalle de la mirada desconcertada del militar, mientras le hacen oír una canción en inglés, envía al espectador a una reflexión sobre el futuro” (4).
A la Patagonia viajó en barco el asturiano Nicanor Fernández Montes, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: “en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba” (5).
Eduardo Morley, quien sobrevivió a treinta y cinco misiones sobre cielo alemán, “nació en Río Gallegos. Su padre era escocés y su madre inglesa. A los diez años fue a estudiar a las islas británicas y volvió con la edad justa para el servicio militar. Una vez concluido, se incorporó a la RAF. (...) Todavía conserva la libreta en la que dejó constancia de todos los vuelos y destinos” (6).
En “El cura y el cowboy” se recuerda a un bandido, que vivió en Santa Cruz: “Por la zona había un malvado y muy conocido bandolero... era ‘El Norteamericano’, el cual hablaba inglés y un poco de castellano bastante mal, por cierto. Este era de esos que donde ponía el ojo ponía la bala y hasta la policía le tenía terror a enfrentársele. Era "yankee" en serio. Era común que cuando eran buscados por la justicia del país del norte y ya no había muchas chances por allá; se subían a algún barco en la zona de California para bajar en Punta Arenas... y seguir "ejerciendo" en la Patagonia. Tal era el caso de este auténtico cowboy” (7).
María Sonia Cristoff señala que el dinamarqués Andreas Madsen “llegó a la Argentina como marinero buscavidas y a la Patagonia como parte de la Comisión de Límites que lideraba Francisco Moreno. Fue después el primero en asentarse en la zona del Lago Viedma y uno de los pocos pequeños propietarios que resistieron a las ofertas tentadoras –seguidas de estrategias amenazantes- de las grandes compañías que empezaron a adquirir enormes extensiones estratégicas de la Patagonia a partir de la primera mitad del siglo XX. Fue también uno de los propietarios de tierras que, durante los levantamientos obreros de 1921, logró acuerdos de no agresión mutua con los huelguistas, basados fundamentalmente en el conocimiento y en el respeto previo que se tenían. Volvió a Dinamarca únicamente para buscar a la novia de la infancia y defendió su decisión de radicarse en la Patagonia a pesar de las oportunidades que le ofrecían en otros lugares, con una epifanía de tinte darwiniano: ‘los desiertos campos patagónicos me llamaban con voz irresistible. La Patagonia, con sus tormentas de arena sobre las pampa desiertas en verano, y con el frío y la nieve en invierno, donde pasé tres inviernos con el mínimo de alimentación... y seis meses sin ver persona alguna, completamente solo entre los Andes. La mayoría dirá que no es gran cosa para extrañar; pero así es la naturaleza humana. A mí esa soledad me llamaba’ “ (8).
En El Calafate, alrededor del 1900, los inmigrantes llevaban una dura vida: “Las madres, por aquel entonces, no tenían otra posibilidad que dar a luz a sus hijos sobre un cuero de oveja, quizás totalmente solas, sin ningún tipo de asistencia médica. La educación de los chicos corría por cuenta de la familia, muchas veces en aislación total del resto del mundo. Cada cosa debía ser hecha con las manos con muchísimo esfuerzo y con pocas herramientas que a su vez eran caras y difíciles de obtener. (...) esta gente, no estaba en la zona sólo cuando brillaba el sol, también estaban en medio de la nieve, quizás aislados por varios meses. Por ejemplo, frutas y verduras frescas eran objeto de lujo ya que las mismas debían ser cultivadas en los meses de verano haciendo alambrados para evitar el robo de comida por los zorros u otros animales libres. Luchar contra pumas también era algo normal ya que la pérdida de un caballo por el ataque de un felino significaba un problema grandísimo! (9).
“Los inmigrantes fueron, y siguen siendo, héroes ignorados –afirma Julián Ripa-, artífices oscuros de este sur lejano” (10).

Notas
1 Brunswig de Bamberg, María: Allá en la Patagonia. Buenos Aires, Vergara, 1995.
2 S/F: en Brunswig de Bamberg, María: Allá en la Patagonia. Buenos Aires, Vergara, 1995.
3 Dobrée, Pedro: “La emperatriz de San Julián”, en Río Negro on line, General Roca, 19 de julio de 2003.
4 Kriger, Clara: “La Patagonia rebelde”, en Cien años de cine. Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo II.
1. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia”, en La Capital, Mar del Plata.
2. Malamud, Luciana: “Para ir a combatir hay que ponerse un corazón de mármol”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
3. S/F: “El cura y el cowboy”, en www.mision.org.ar.
4. Cristoff, María Sonia: “Los surcos de un pionero”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de octubre de 2003.
5. S/F: Albergue & Hostal del Glaciar.info.htm
6. Ripa, Julián: Inmigrantes en la Patagonia. Buenos Aires, Marymar, 1987.

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Santa Fe

“En 1881, bajo la inspiración de Carlos Calvo, el Presidente Roca –gran benefactor de los judíos- dictó un decreto específico, designando un agente de inmigración para que alentara la venida a nuestro suelo de los israelitas radicados en el territorio del imperio ruso. Enterados de esta buena predisposición argentina, los primeros colonos llegaron en 1888, por decisión espontánea; y nuevos grupos se les sumaron en los años siguientes. El 14 de agosto de 1889, 824 inmigrantes judíos de Rusia fundaron Moisésville, en Santa Fe, primera colonia agrícola judía. Llegaban de Ucrania, asesorados en París” (1).
“De aquellos años pioneros se conservan templos de principios de siglo y las sedes de la Biblioteca Popular Barón Hirsch, fundada en 1913, y de la Sociedad Kadima (1909). El patrimonio cultural y arquitectónico que guarda la ciudad la convirtió en poblado histórico. Además, la sinagoga Brener, fundada en 1905 y aún en pie con todo su mobiliario original, fue declarada monumento histórico nacional” (2).
Mijl Hacohen Sinay vivió en esa localidad: “En 1894 la familia Sinay emigró a la Argentina por la JCA y se instaló en Moisés Ville. Allí Mijl fue maestro en la primera escuela de esa colonia. (3).
En su “Autobiografía”, Alberto Gerchunoff relata que, luego de estar unos días en el Hotel de Inmigrantes, se dirigieron a la colonia santafesina, de la que guarda un terrible recuerdo (4).
No acompañó la suerte a los personajes de La logia del umbral, de Ricardo Feierstein. Cuando fueron al campo, pasaron “Días y días sin masticar. Los niños enfermaban...”. Se refiere a Moisésville, donde se trasladaron desde el Hotel. Allí comprobaron que no tenían alimento ni dónde guarecerse. En la obra, Feierstein presenta el proyecto de cuatro generaciones de una familia, que se propone llegar a caballo desde Moisesville, provincia de Santa Fe, mediante postas de dos jinetes por vez, con una caja de madera de cerezo que contiene tierra de la primera colonia judìa en la Argentina y ‘una mezuzà, estuche de hueso con un trozo de papel escrito con letras hebreas’, hasta la Plaza de Mayo, donde la enterraràn bajo la Piràmide. Cuando el miembro màs joven de este grupo està por concretar la iniciativa de su familia y de èl mismo, al pasar frente a la AMIA, una terrible explosiòn lo “revolea por el aire. Todo se vuelve negro –rememora-, el rugido ensordecedor parece indicar que, con la oscuridad de un eclipse gigante, ha llegado el fin del mundo. En ese instante, cien años de vida familiar y comunitaria se atropellan para desfilar ante los ojos desorbitados de mi conciencia en fuga” (5).
Noé Cociovich se refiere a la historia de los pioneros que Feierstein noveló: “Los podolier (como se conoció a esos primeros extranjeros oriundos de Podolia) fueron abandonados por Palacios en un galpón de ferrocarril, sin cumplir con ninguna de sus promesas de ayuda. Fue el médico higienista Wilhelm Loewenthal –un científico que estaba de paso por el país, en una misión de estudio encargada por el gobierno nacional- el primero que se conmovió por la desesperación de esos extranjeros humillados por el hambre y las enfermedades” (6).
Jonas Kovensky, “uno de los fundadores, y por muchos años presidente, de las Escuelas Zwischo-Schólem Aléijem ”, “nació a principios de 1900 en Slónim (Bielorusia), en un hogar de judíos humildes y devotos. El padre, Itzkjok, era herrero, y la madre, Beile Résnik, se ocupaba de las tareas domésticas y de los niños. Hasta los 8 años, Ioine (Jonas) estudió en el “jéider” (escuela hebrea elemental): Torá con los comentarios de Rashi y “Guemará” (Talmud). En 1908, la familia Kovensky emigró a la Argentina, adonde años atrás había llegado el abuelo materno, Résnik, pionero de la colonia Moisés Ville, en la llanura santafecina. Precisamente allí se instalaron. (...)” (7).
Chaim Mordka Fersztenberg, padre de Felipe Fistemberg Adler y suegro de Jaime Barylko, “nacido en Wohanov, Provincia de Radum, Polonia, partió del puerto de Cherburgo, al sur de Francia. Su destino: América. Tenía apenas 17 años el 29 de octubre de 1926 cuando subió a las bodegas de Tercera Clase del barco B.M.S.P. “Arlanza” para arribar al puerto de Buenos Aires 22 días después, el 17 de noviembre del mismo año. Al descender del barco, el funcionario lo anotó como Jaime Marcos Fistenberg, y los empleados de la J:C:A:, Jewish Colonization Asociation, inmediatamente lo acoplaron a un grupo que iba a Moisés Ville con la esperanza de encontrar trabajo para su sustento. Su primer trabajo, como el de muchos inmigrantes que no estaban habilitados para ser agricultores, por edad y por ser solteros, fue en las cuadrillas de la Comuna, dedicándose a la limpieza de los canales de desagüe de las calles del pueblo. Más tarde consigue ingresar como aprendiz en una panadería y poco a poco adquiere el oficio de panadero, al que se dedicó toda su vida. Con sus ahorros contribuye a traer de Polonia a sus padres, Salomón y Sara Berta y a su hermana Lea” (8).
“Dina Dolinsky nació en Santa Fe, Argentina. Médica diplomada en la Universidad del Litoral, se especializó en psiquiatría. Residió en Chile, México, Brasil, Francia y Argelia. Desde la década del ’60 tiene su hogar permanente en Cuba. Pasó largos momentos de su infancia en Moisés Ville (la primera colonia judía del país) y en las ‘Doce Casas’, como descendiente de los primeros inmigrantes provenientes de Lituania que arribaron al país en 1893, en el marco de la experiencia colonizadora del Barón Hirsch y la JCA. Colabora desde hace tiempo con crónicas y reportajes, en revistas y periódicos de habla castellana. En 1995 publicó un primer volumen de relatos breves y humorísticos titulados Entre mates y mojitos. Tiene dos hijos y una nieta, Gabriela, quien fue el origen de la escritura de su segundo libro, Las Doce Casas, (...) ‘Rebobinando la madeja volví a las memorias de la infancia y pude escribir Las Doce Casas, historia de familias de inmigrantes en la Argentina a fines del siglo XIX’ (...)” (9).
En abril de 2001 se estrenó Un amor en Moisésville (10), film dirigido por Antonio Ottone –que también escribió el guión- y protagonizado por Víctor Laplace y Cipe Lincovsky. Sobre esa película se afirmó: “Antonio Ottone regresa al cine de la mano de una historia ambientada en tiempos en los que un contingente de la colectividad judía procedente de Europa desembarcaba a principios de siglo en la provincia de Santa Fe. Víctor Laplace y Cipe Lincovsky hacen un homenaje desde sus personajes” (11).
Mandel Krupnik llegó “desde la fría Yeckhaterinoslav a Moisés Ville, desde los trineos tirados por perros fortachones y casas con paredes dobles, a los gauchos de Gerchunoff y las semillitas de girasol, tostadas y saladas, de la tarde” (12).
En uno de los poemas reunidos en Monsieur Jaquin, José Pedroni canta, a partir del relato de una colonizadora, la muerte de Ana Esser en el litoral, al desembarcar: “Por bajar mirando al cielo/ cayóse de la planchada/ con todo el pelo rubio,/ con toda su carne blanca./ El Paraná, boca arriba,/tres días que la miraba,/ los ojos llenos de peces,/ ofreciéndole naranjas”.
A los catorce días de arribar a Colonia Esperanza, muere uno de los pioneros. Su mujer no tiene dónde enterrarlo: “No hay una caja para Peter Zimmermann/ muerto en la madrugada./ -‘Los ataúdes de Hintertiefenbach/ eran de pino y haya’-./ Anna Elisabeth Leiser/ está vaciando el arca./ Sin hablar, sus tres hijos/ míranla arrodillada./ Por el suelo la ropa, los retratos,/ la Biblia deshojada” (13).
Después de viajar durante cuatro años, los húngaros Horogh llegaron al Hotel de Inmigrantes porteño. “Por fortuna apareció allí un señor descendiente de suizos –propietario de un molino harinero- que buscaba emplear a un técnico electricista, la profesión de Béla. Así fue que de inmediato consiguió trabajo y la familia se trasladó a Estación Matilde, un pequeño pueblo del interior de la provincia de Santa Fe” (14).
A Santa Fe llegaron asimismo los italianos. Escribe Girolamo Bonesso, en Colonia Esperanza, en 1888: “Aquí, del más rico al más pobre, todos viven de carne, pan y minestra todos los días, y los días de fiesta todos beben alegremente y hasta el más pobre tiene cincuenta liras en el bolsillo. Nadie se descubre delante de los ricos y se puede hablar con cualquiera. Son muy afables y repetuosos, y tienen mejor corazón que ciertos canallas de Italia. A mi parecer, es bueno emigrar” (15).
Alfredo Coasollo “había nacido en 1875, en la provincia de Torino, comuna del Monasterio de Cantalupa. (...) A la edad de 15 años se embarcó en Génova rumbo a Buenos Aires, completamente solo, empleando 48 días en el viaje con el vapor ‘Manila’. El pasaje le costó 163 liras, y arribó al puerto de Buenos Aires con un capital de 7 liras y un inmenso entusiasmo de trabajar. El director del hotel de inmigrantes le entregó un pan de 4 kilos ya cortado y lo puso sobre el tren rumbo a estación Aurelia, en la provincia de Santa Fe” (16).
Los Vairoleto, emigrados desde el Piamonte, “siguieron hasta Rosario remontando el gran río Paraná. Al bajar en los muelles con sus bultos, mientras la sirena de la nave seguía anunciando el arribo, los emigrantes de tercera clase se encontraron con una cantidad de gente que les hablaba en piamontés, ofreciéndoles los más variados destinos y trabajos a cambio de alojamiento y comida. Todo les resultaba asombroso y no era fácil saber qué les convenía, pero tenían que hacer la prueba. Vittorio comenzó trabajando en la cosecha de esa temporada, y emprendieron un largo itinerario buscando un pedazo de tierra donde afincarse” (17).
En La gran inmigración (18), de Ema Wolf y Cristina Patriarca, se incluyen algunas “Cartas de recién venidos”. Una de ellas es la que envía Luigi Basso, desde Rosario, en 1878, en la que escribe: “He pensado en marcharme a Montevideo, y si no hay trabajo me voy al Brasil, que allí hay más trabajo y al menos tienen buena moneda, no como aquí, en la Argentina, que el billete siempre pierde más del veinte (por ciento) y no se ve ni oro ni plata”.
Guillermo House evoca, en “El mangrullo”, a un hijo de italianos: “El conscripto Colombo (un hijo de gringos de la provincia de Santa Fe) es regular tirador, pero flojazo para las penurias” (19).
Hacia América parte un hombre desde Italia. Por amor al marido emigrado tiempo antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el cuento “El tren de medianoche” de Syria Poletti. La escritora recuerda así este episodio: “En ese instante, momento en que mi madre me dejó para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y, al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería a un llamado” (20).
“Mi padre –escribe a La Nación Enrique Bieganski-, llegado circunstancialmente a estas pampas (fue tripulante del acorazado alemán Graf Spee), siempre me decía que se había enamorado de Rosario a primera vista y amaba nuestro querido Paraná” (21).
A criterio de Alberto Abriata, la historia de Rosario “nos relata los grandes esfuerzos que inmigrantes italianos, españoles, judíos, sirios, alemanes, ingleses, paraguayos y de otras nacionalidades aportaron con sus conocimientos artesanales, científicos, artísticos y humanísticos, que se evidencian hoy en la mejorada y perfectible, sin duda, calidad de vida de los rosarinos” (22).
En “Los Fernández invaden Argentina”, el español José Luis Entrala Fernández recuerda a algunos de sus antepasados, que se establecieron en Santa Fe: “Antonio Fernández Osuna nació el 25 de febrero de 1841 en Encinas Reales (...) había salido del hogar paterno, para graduarse como maestro de enseñanza primaria tras unos estudios que probablemente haría en una Escuela privada de Maestros de Antequera y revalidaría en la Escuela Normal de Magisterio de Granada, o en la de Málaga. Antonio ejerció su profesión en Antequera, pueblo grande y rico en la provincia de Málaga. No hemos conseguido, hasta ahora, saber que clase de actividad desarrolló aunque lo más corriente en aquellos años era que los maestros impartieran clases en su propia casa. Seguramente Antonio trabajó así pero no podemos descartar que fuera profesor en alguna Escuela antequerana. Lo que sí sabemos es que se casó, apenas cumplidos los 20 años, con una sevillana de Gilena conocida por Gracia Hidalgo Cisneros (...) Gracia y Antonio pusieron casa en la Antequera de 1861 (...) No hay unanimidad de criterios sobre la economía de los Fernández Hidalgo pero no podemos ignorar que los sueldos de los maestros en aquellos años apenas llegaban para ir alimentando y vistiendo a la creciente prole que llenaba la casa (...) Seguían viviendo en Antequera hasta que la menor, Carmen, cumplió los 15 años. Fue entonces cuando desde Argentina se pidieron maestros españoles para trabajar "en la campiña" de la provincia de Santa Fe, con contratos por tres años y un sueldo de 60 pesos mensuales cuyo valor adquisitivo no acierto a fijar. Pero debía ser bastante porque Antonio, que ya tenía 48 años y cinco hijos en casa (todos menos la mayor, Pepa, ya casada, y Fernando, fallecido en la infancia) no dudó en emigrar hacia el Dorado que entonces representaba la Argentina para los españoles. Antonio, Gracia y sus cinco hijos se embarcaron en el trasatlántico “Provence” seguramente en Gibraltar, aunque la travesía se había originado en Barcelona, y se marcharon para no volver jamás a la Madre Patria. (...) En Argentina hacían falta maestros para enseñar en los pueblos. La ley de Educación Común de 1884, mediante la cual el gobierno de Juárez Celman quiso elevar el nivel de la enseñanza primaria en el país, había concluido su primera fase con la construcción de numerosas escuelas en pequeños núcleos rurales de todo el territorio argentino. Y entonces surgió un grave problema por la falta de maestros que las regentaran. Los escasos titulados de nacionalidad argentina no querían dejar las grandes ciudades. Así que el gobernador de la provincia de Santa Fe, Manuel Gálvez, cortó por lo sano y resolvió contratar 60 maestros trayéndolos de España por razones de "idioma, raza y religión". Para ello se constituyó en Madrid una comisión encargada de buscar candidatos que, eso si, debían superar una larga serie de requisitos tales como "celo por su trabajo, cumplimiento del deber, cumplimiento de la Fe Católica y resultados comprobados de eficiencia en la labor docente”. Antonio, cumplía todos los requisitos con su larga experiencia antequerana, y fue uno de los 60 seleccionados que viajaron entre febrero y junio de 1889. Concretamente llegó a tierras argentinas el 7 de abril de 1889 para incorporarse a la escuela de San Carlos Centro, pueblo muy cercano a Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de su nombre donde tomó posesión el 13 de abril del mismo año. En el Archivo General de la provincia de Santa Fe (página 202 del “Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe”) se guarda el “decreto sobre varios nombramientos escolares” con la cita expresa de Antonio Fernandez Osuna como “profesor de la graduada de varones de San Carlos Centro”. Está firmado, por el gobernador Gálvez y por Juan M. Caffarata, el 7 de junio de 1889 pero con efectos retroactivos desde el anterior 13 de abril. Esto significa que Antonio comenzó a trabajar y a generar sus 60 pesos mensuales de sueldo seis días después de su llegada a tierras de América. (...)”.
Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar” (23).
“El 26 de octubre del año 1855 –escribe Roberto Zehnder- abandonamos Basilea, adonde hemos llegado antes del mediodía en omnibus. (N. Del A. Probablemente sea algún tipo de diligencia que lo llevaba desde su pueblo de origen hasta una ciudad importante como lo es Basilea), y nos alojamos en una hostería de nombre "El Buey colorado". (...) La mitad de los pasajeros del "Lord Ranglan" fue trasladado en un barco a vapor chico a Santa Fé y alojados al norte de la ciudad; mientras la otra mitad abandonaba el puerto de Buenos Aires tres días antes de nosotros y llegaron al puerto de Santa Fé al mismo minuto para anclar. En el barco se encontraron Guillermo Hübeli, Ricardo Buffet, Buchard Griboldi, como viajeros del "Lord Reglan" (N. Del A.: Lord Raglan)” (24).
El belga Carlos de Mot fue el responsable de la segunda colonización de Sunchales, provincia de Santa Fe. Roxana Lusso lo evoca en un trabajo que transcribo parcialmente, en el que afirma: “El gobernador de Santa Fe, Mariano Cabal, con su obra de gobernar poblando, buscó a hombres de empresa para llevar a cabo sus proyectos, entre ellos estaba Carlos de la Mot o de Mot, de nacionalidad belga, de origen noble, a quien le encargaron la colonización de Los Sunchales. De Mot concibió la empresa de traer agricultores de Europa y afincarlos alrededor del Fuerte, en las mismas tierras de la colonización anterior. El 18 de mayo de 1868, se firmó el contrato de colonización con Carlos de Mot, y el 16 de julio de ese año se estableció la segunda colonización de Los Sunchales. Después de firmado el contrato con el gobierno de la provincia de Santa Fe, Carlos de Mot se trasladó a Europa a buscar las familias de agricultores. Después de un año, apareció con los primeros colonos, italianos, franceses, suizos, ingleses, españoles, alemanes y algunos belgas. (...)” (25).
Dennis Clifford Crisp, hijo de ingleses, relató: “Mis padres vinieron a la Argentina en 1910. Mi padre era empleado de La Forestal y se radicó en el Chaco Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano (que es veterano de la RAF) en Tartagal, así que mi primer idioma fue el guaraní” (26).
El nombre de la localidad “El Trébol” “surgió durante la construcción del ramal del Ferro Carril Central Argentino que partió de Cañada de Gómez hacia Las Yerbas, el cual fue financiado con capitales de origen británico, siendo esta empresa subsidiaria la encargada de la denominación de las estaciones que iban surgiendo. Seguramente el recuerdo de su patria natal, provocó que tres estaciones seguidas recibieran el nombre de los símbolos de la Gran Bretaña. Así surgieron "Las Rosas" por las rosas rojas y blancas del escudo de Inglaterra; "Los Cardos" en recuerdo de Escocia; y "El Trébol" en homenaje a la flor típica de Irlanda” (27).

Notas
1 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
2 Fernández, Roxana: “Protegen lugares históricos vinculados a los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de abril de 1999.
3 Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: La letra ídish en tierra argentina Bío-bibliografía de sus autores literarios. Buenos Aires, Milá, 2004.
4 Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
5 Feierstein, Ricardo: op cit
6 Cociovich, Noe: Génesis de Moisésville. Buenos Aires, Editorial Milá, 1987.
7 Korin, Moshé: “Personajes de la Historia del Scholem Aleijem DR. JONAS KOVENSKY, En el recuerdo”, en www.scholem.com.ar.
8 Fistemberg Adler, Felipe: Moisés Ville. Recuerdos de un pibe pueblerino. Buenos Aires, Milá, 2005. 112 págs. (Testimonios). Págs. 12-13.
9 S/F: en Dolinsky, Dina: Rincones.. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004. 64 p.
10 Ottone, Antonio, dir.: Un amor en Moisés Ville. Abril de 2001.
11 S/F: “Un amor en Moisés Ville”, en Película Cinemark archivos/Cinemark-Ottone.htm
12 Frejtman, Teodoro R.: “Donde moran los ángeles”.
13 Pedroni, José: Hacecillo de Elena. Santa Fe, Colmegna, 1987.
14 Masjoan, Lía: “Nosotros. Contratiempos y alegrías de inmigrantes húngaros”, en El Litoral on line. Santa Fe, 4 de mayo de 2002.
15 Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
16 Britos, Orlando: “Historias de Crespo”, en Bienvenidos al mayor portal regional, www.unespacio.com.ar.
17 Chumbita, Hugo: Ultima frontera. Vairoleto: Vida y leyenda de un bandolero. Buenos Aires, Planeta, 1999.
18 Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
19 Romano, Eduardo (Selecc. prólogo y notas): El cuento argentino 1930-1959* antología L. Gudiño Kramer, J.P. Sáenz y otros Buenos Aires, CEAL, 1981. Capítulo, pág. 83.
20 Fornaciari, Dora: “Reportajes periodísticos a Syria Poletti”, en Taller de imaginería. Buenos Aires, Losada, 1977.
21 Bieganski, Enrique: “Rosario III”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de abril de 2005.
22 Abriata, Alberto: “Rosario (I)”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de abril de 2005.
23 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
24 Zehnder, Roberto: "Anotaciones durante mi inmigración, de Suiza a la República Argentina, por Roberto Zehnder, colonizador”, en hugozingerling@educ.ar.
25 Lusso, Roxana: “Segunda colonización de Los Sunchales”, en www.sunchanet.com.ar.
26 Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: “Un argentino en Birmania”, en La Nación, Buenos Aires, 6 de junio de 2004.
27 S/F: “Origen y fundación”, en www.eltrebol.gov.ar.

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Santiago del Estero

En 1875 –señala Hugo Mataloni, basándose en Comisión de Inmigración, publicación oficial de ese año-, “La Compañía de Córdoba recibe a los inmigrantes que son destinados a Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja y Catamarca. El viaje a estas provincias se hace en tropas de carros ‘enyantados’ tirados por mulas, y que salen de Córdoba formando caravanas de 10 hasta 15 y 20 carros... Los caminos que pasan son excelentes... (decían las crónicas de la época). La seguridad de los viajeros está arriba de toda ponderación... El inmigrante viaja con toda comodidad en los vehículos pues lleva consigo todo su equipaje; y como los carros son espaciosos hay en ellos una especie de camarote en que el viajero pone su cama como en un buque, y lee o duerme mientras se marcha, cuando no prefiere adelantarse a caballo por ambos flancos del camino, cazando o corriendo a caballo por las praderas y preciosos bosques que se presentan en todo el recorrido. A la hora de comer se hace alto, y se encienden los fogones para los asados y demás comidas en conjunto. El viaje de este modo, saliendo de Córdoba, dura 10 días a La Rioja y Catamarca, y varía entre 12 y 15 días a Tucumán, según el estado de los ríos” (1).
Los sirio-libaneses “comienzan a llegar a mediados del siglo diecinueve, pero arriban con mayor intensidad a partir de 1896, radicándose en colonias fundadas entre ese año y 1903. Se establecieron en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Misiones. Más tarde llegaron al Noroeste, a Santiago del Estero y a Cuyo (2) y a la Patagonia fronteriza (3).
Les costaba hablar catellano a los árabes que vivían en el interior: “en Tucumán y en Santiago del Estero los legisladores de origen árabe llegaron a ser mayoría. Cuenta Enrique Oliva –Francois Lepot- en La vida cotidiana que en una sesión de la Cámara en una de esas provincias, un diputado expresó: ‘Bara explicar este broyecto, cedo la balabra al baisano Abraham, que habla mejor la castilla’ “ (4).
Gillian Charmion Ash “nació en Sotuhhampton, en uno de los viajes que recibía cada tres años su padre por ser empleado del ferrocarril en Argentina. Los Ash conocieron destinos como La Banda, Santiago del Estero, y Villa Constitución, Santa Fe. Claude se entretenía con el cricket. Su madre, Lilwen, galesa, a duras penas logró hablar castellano. Gillian, hija única, se crió en esa atmósfera sajona” (5).

Notas
1 Mataloni, Hugo: La inmigración entre 1886-1890. Su proceso hasta el gobierno de Gálvez. Santa Fe, Colmegna, 1992.
2 S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
3 S/F: “Viaje a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
4 Pandra, Alejandro: “En busca de la esperanza”, en El Tiempo, Azul, 7 de septiembre de 2003.
5 Giubellino, Gabriel: “Naufragó en un ataque nazi a los 3 años y busca a otros sobrevivientes”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de noviembre de 2004.

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Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur

Algunos europeos se establecían en Tierra del Fuego. Eleonora Britten de Lewis “fue la primera mujer que vivió en la Argentina austral. En 1870 llegó con su esposo, James Lewis, y su hijo Guillermo a Río Gallegos. Desde allí se dirigieron a Ushuaia en una goleta a vela, pasando por las Islas Malvinas, donde los esperaba Tomás Bridges, con quien iban a establecer una misión evangélica. Instalados en la primitiva población de la Tierra del Fuego, el primer hijo del matrimonio Lewis, nacido allí, recibió el nombre de Ushuaia. La señora Lewis colaboró con su marido en la atención del establecimiento misional, y contribuyó al progreso de la colonia indígena” (1).
Otros inmigrantes eran los empleados en la Penitenciaría. Lo afirma el alcaide mayor retirado Horacio Benegas: “A principios de siglo, los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traídos a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de los Inmigrantes y eran destinados a unidades de acá” (2).
El bisabuelo de Emi Pechar fue “un yugoslavo que llegó a la Argentina a buscar un futuro, que fue carpintero de la cárcel de Ushuaia y que luego trabajó una porción de estas tierras hasta ganársela” (3).
Rosa Damiana Fique, nieta del primer argentino que en 1887 se estableció en Ushuaia, recuerda a los italianos que llegaron a la ciudad alrededor de 1950: ‘-Daba gusto verlos, venían de una guerra y de pasar hambre, pero no dejaban de sonreír y de cantar... Sí, los italianos dieron vuelta al pueblo con su alegría” (4).
“Alberto María De Agostini nació en Pollone, pequeño pueblo de Piamonte, en las cercanías de Biella, el 2 de noviembre de 1883. “Punta Arenas fue la base de partida para las primeras exploraciones de Alberto De Agostini, quien no por casualidad mostró muy pronto su interés por la cordillera fueguina conocida como Cordillera Darwin” (5).
Polidoro Segers vivió en Tierra del Fuego: “Iba don Ramón Lista a explorar aquellas regiones y a sentar definitivamente nuestra soberanía sobre ellas. Necesitaba un médico. Ningún profesional criollo quiso arriesgarse en esa "patriada". El poeta Olegario V. Andrade, padre político de Lista, lo exhortó e embarcarse y Segers no se hizo de rogar... Con los conocimientos científicos que poseía no le pareció imposible ser "cirujano de segunda" en la expedición... Y en noviembre de 1886 lo tenemos sobre el Villarino rumbo a Tierra del Fuego. Como capellán iba el padre José Fagnano, salesiano. Se hicieron grandes amigos. Cuando pisaron tierra firme en San Sebastián, y los 25 hombres de Lista y del capitán Marzano hicieron fuego sobre los onas, dejando sobre la virgen tierra fueguina veintiocho cadáveres, el sacerdote y el médico se levantaron, coléricos, en nombre de la justicia y de la humanidad. En su interesante obrita ‘Hábitos y costumbres de los Onas’ describe don Polidoro la impresionante muerte de un joven de dieciocho años, atrincherado en una roca, con sólo su arco... Recibió veintiocho balazos, sin contar el tiro de gracia. Su perro estuvo llorando toda la noche al lado del heroico ona. Cuando a la mañana siguiente fueron el capellán y el médico para enterrar el cadáver del mancebo, vieron un espectáculo macabro: el perro se había comido todo lo que pudo de su amo, como para que esos despojos queridos no cayeran en manos enemigas...
Desde aquel día, siempre que había que vérselas con indios, eran Segers y Fagnano los encargados de parlamentar. La primera vez que les tocó la no fácil misión, se vieron en figurillas cuando toparon de buenas a primeras con una tribu. Estaban ambos perplejos. Entonces el médico -narra Fagnano- comenzó a hacer piruetas, a dar saltos y otras niñerías. Fue la salvación de ambos. Los indios bajaron sus arcos y se acercaron, riendo, a los embajadores. Desde entonces fueron los amigos de los onas. (...)” (6).
“Thomas Bridges fue uno de los fundadores de la Misión evangélica anglicana en Ushuaia y su Director por muchos años, (...) ocupa lugar destacable entre lo pioneros fueguinos, establecidos en estas tierras en 1871. La estancia Harbenton fue la primera estancia de la Isla Grande de Tierra del Fuego, fundada en 1886 por Thomas Bridges, dándole dicho nombre como recuerdo del pueblo natal de su esposa, situado en Inglaterra” (7).
En Soy Roca, biografía novelada escrita por Félix Luna, el protagonista se refiere a un viaje que hizo en 1899: “Nos detuvimos en la desembocadura del río Santa Cruz, visité alguna estancias de los alrededores, casi todas de ingleses, y seguimos a Río Gallegos, donde me hospedé en la casa del gobernador. (...) Cuando íbamos llegando a Ushuaia me llamaron la atención, en cierto punto de la costa, rebaños de ovejas y construcciones muy prolijas entre macizos de flores y espacios de césped; me dijeron que era la estancia de Thomas Bridges, el pastor anglicano que anteriormente había estado a cargo de la Misión en la isla; en 1886 renunció a su puesto y se vino a Buenos Aires a solicitar tierras allí. Me lo presentó el senador Antonio Cambaceres y lo recomendaba calurosamente el perito Moreno. Tuve el gusto de promover, pocas semanas antes de dejar la presidencia, una ley concediéndole 20.000 hectáreas en propiedad en Harberton, a unas quince leguas de Ushuaia hacia el este. Bridges había fallecido meses antes pero su estancia era la mejor de la isla, superando en actividad a la que había establecido al norte, en Río Grande, el asturiano José Menéndez. Me dieron ganas de visitar Harberton y lo hice en el acorazado de río ‘Independencia’, más chico que el ‘Belgrano’. Allí fui recibido por la viuda del antiguo misionero y su familia. En el jardín tomamos el té con sandwiches y frutillas de la zona con crema. Fue una tarde gloriosa para Gramajo, que decía estar harto del rancho del ‘Belgrano’... Por un momento no me pareció encontrarme en el confín del mundo sino en una casa de Sussex, o más bien, de Devon-shire, de donde era oriundo Bridges. Después visitamos los campamentos de los indios yaganes y onas que trabajaban en el establecimiento. Al menos aquí no se los perseguía, como había hecho aquel aventurero rumano Julio Popper, que en tiempos de mi concuñado instaló un lavadero de oro en el norte de la isla, y como también lo hacían, según los rumores que había escuchado, algunos capataces de Menéndez” (8).
Carlos Pellegrini, protagonista de la novela histórica escrita por Gastón Pérez Izquierdo, recuerda a Bridges: “Un predicador inglés, Mr. Thomas Bridges, había pasado una larga temporada en la Tierra del Fuego como misionero de la Iglesia Anglicana y de paso criando lanares que había introducido desde las Islas Malvinas. Estaba en Buenos Aires preparándose para embarcar a Inglaterra –y disfrutar una temporada de sus buenos negocios- de manera que no rehusó una invitación de la Sociedad Literaria Inglesa para pronunciar una conferencia sobre su inquietante experiencia” (9).
En Tierra del Fuego vivieron el reverendo Dobson y su esposa, personajes de Fuegia (10), novela de Eduardo Belgrano Rawson. En esa obra, un sacerdote afirma acerca de los anglicanos: “Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse desengañados? Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos. ¿Acaso no les pintan todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me imagino las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”.
La viuda del reverendo Dobson evoca los planes que hacìan sobre la emigraciòn, alentados por noticias tendenciosas: “Despuès de pasar una tarde en la Uniòn Misionera, volvìan a casa con su marido por un sendero de gramilla perfumada. Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto en el parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamèrica. Dobson dibujò la misiòn sobre el papel de los bollos. Habìa un grupo de canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte. Los canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’ en todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que agregò un nativo haciendo cabriolas. Su mujer le suplicò que dibujara una huerta. Dobson puso la huerta y metiò algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir el cementerio, pero desistiò a ùltimo momento. Ella estudiò bien el dibujo y concluyò que nada faltaba. Tratò vanamente de hallarle algùn parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso: ‘Pongàmosle Abingdon’. Pensò emocionada: ‘El Señor es mi pastor’ “.
Vivieron asimismo los escoceses que se dedicaron a la cría de ganado. Leemos en un pasaje de la misma novela: “Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros”.
Sulko Romero Roberts es “un estanciero de 58 años, descendiente de españoles e irlandeses. Sus tierras están en Río Grande, Tierra del Fuego, cerca de la estancia Sara, de la familia Braun, dueños de setenta mil hectáreas y sesenta y dos mil ovejas“ (11).
En Tierra del Fuego vivió Julius Popper. El fotógrafo y explorador nació en Bucarest en 1857 y falleció en Buenos Aires en 1893. “Estudió Ingeniería en Minas en París y realizó múltiples viajes por el resto de Europa, Oriente Medio, América del Norte, México y Cuba. Establecido en la Argentina, en 1866 viajó a Punta Arenas, Chile y descubrió oro en la bahía de San Sebastián, sobre el océano Atlántico. En 1887 realizó una muestra con sus fotografías tomadas en Tierra del Fuego, junto a mapas, armas, utensilios indígenas y muestras de arenas auríferas. Fundó la Compañía ‘Lavaderos de Oro del Sud’ “ (12).
También a las Islas Malvinas llegaron pioneros escoceses: “En 1842 llegaron dieciocho pobladores, en 1849 treinta y en 1859 otros treinta y cinco, con sus respectivas familias. El último contingente llegó en 1867. Poco a poco colonizaron todas las islas. Estos escoceses trasladaron a las Malvinas sus costumbres, entre otras la de criar ovejas, no vacunos. Sus descendientes forman la gran mayoría de la población malvinense nativa, de la población estable actual, porque las Malvinas tienen también una población inestable, de origen no escocés sino inglés: son los funcionarios y los militares” (13).

Notas
1 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas, Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
2 Messi, Virginia: “Los últimos días de la cárcel de Caseros”, en Clarín, Buenos Aires, 8 de noviembre de 2000.
3 S/F: “Usted es nuestro protagonista”, en Aerolíneas Argentinas Magazine. Buenos Aires, Mayo 2004.
4 Sotelo, Sergio (texto) y Pessah, Daniel (fotos): “Estampas del fin del mundo”, en La Nación Revista, 15 de agosto de 2004.
5 S/F: Cuadernos Patagónicos – 2 El padre De Agostini y la Patagonia, en www.tecpetrol.com
6 Entraigas, Raúl Agustín; “Polidoro Segers, el primer médico de Tierra del Fuego”, en Museo del Fin del Mundo. Biblioteca Virtual,:www.Tierra del Fuego.org.ar.
7 Yess, Soledad: “Tierra del Fuego y sus topónimos”, en www.misionorg.com.ar.
8 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991, pp. 322-3.
9 Pérez Izquierdo, Gastón: La última carta de Pellegrini. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999.
10 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
11 González Toro, Alberto (texto) y González, Ricardo (fotos): “La Patagonia de Kirchner”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 2 de noviembre de 2003.
12 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
13 Gallez, Pablo: “Malvineros, ingleses, escoceses y argentinos”, en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 18 de febrero de 1999.

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Tucumán

Amadeo Jacques (París, 1813; Buenos Aires, 1865), “En Francia, estudió en el Liceo de Borbón y en la Escuela Normal de París; dictó clases en Amiens y Versalles y, a los 24 años, obtuvo el doctorado en Letras en La Sorbona. Poco después se graduó como Licenciado en Ciencias Naturales en la Universidad de París. Luego de ejercer la docencia en otras instituciones francesas, en 1852 se trasladó a Montevideo, Uruguay, y más tarde se estableció en Entre Ríos, donde se dedicó a la daguerrotipia y a la agrimensura. En 1858 fue nombrado director del Colegio de San Miguel de Tucumán, donde desarrolló una obra renovadora de los sistemas pedagógicos. En 1860 se dedicó al periodismo, publicando proyectos de reglamentos sobre instrucción pública en diarios de la provincia de Tucumán. Por ofrecimiento del vicepresidente de la República, Marcos Paz, fue director y, años más tarde, rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. En esa función transformó la enseñanza, introduciendo las nuevas ideas cientificistas que provenían de Europa y planeó la educación primaria, secundaria y universitaria. Fue un renovador de la enseñanza en la Argentina”. (1).
Mary E. Conway (Boston, 1848) “Era hija de James Conway y prima del escritor Hugo Conway y vino a la Argentina durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, para cooperar en su obra en el campo del normalismo. Luego de estudiar castellano cuatro meses en Paraná, fue destinada a la Escuela Normal de Tucumán y realizó allí una meritoria labor, respaldada por su ilustración. Cuando la escuela se afianzó, hizo renuncia de su cargo y se instaló en Buenos Aires, donde fundó el prestigioso Colegio Americano. Allí dictó cátedras y pronunció numerosas conferencias, en las que desarrollaba los temas más diversos con gran facilidad de palabra. Este colegio estuvo instalado en tres edificios distintos, el último de los cuales se encontraba en Carlos Pellegrini y Juncal. Allí murió su fundadora el 3 de agosto de 1903” (2).
A Tucumán viajó, muy a su pesar, José Wanza, que escribe en 1891 una carta que envía “a la redacción de El Obrero, de un contenido tan valioso que no podemos resistir la tentación de reproducirla: "Aprovecho la ida de un amigo a la ciudad para volver a escribirles. No sé si mi anterior habrá llegado a sus manos. Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse. Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos. Todo había sido mentira y engaño. En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía. Comprendí que no había más que obedecer. ¿Qué podía yo hacer? No tenía más que 2,15 francos en el bolsillo. Hacían ya diez días que andaba por estas largas calles sin fin buscando trabajo sin hallar algo y estaba cansado de esta incertidumbre. En fin resolví irme a Tucumán y con unos setenta compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas. Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre las faldas de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que querían comer. Molidos a más no poder y muertos de hambre, llegamos al fin a Tucumán. Muchos iban enfermos y fue aquello un toser continuo. En Tucumán nos hicieron bajar del tren. Nos recibió un empleado de la oficina de inmigración que se daba aires y gritaba como un bajá turco. Tuvimos que cargar nuestros equipajes sobre los hombros y de ese modo en larga procesión nos obligaron a caminar al Hotel de Inmigrantes. Los buenos tucumanos se apiñaban en la calle para vernos pasar. Aquello fue una chacota y risa sin interrupción. íAh Gringo! íGringo de m...a! Los muchachos silbaban y gritaban, fue aquello una algazara endiablada. Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos. A la tarde nos obligaron a subir en unos carros. Iban 24 inmigrantes parados en cada carro, apretados uno contra el otro de un modo terrible, y así nos llevaron hasta muy tarde en la noche a la chacra. Completamente entumecidos, nos bajamos de estos terribles carros y al rato nos tiramos sobre el suelo. Al fin nos dieron una media libra de carne a cada uno e hicimos fuego. Hacían 58 horas que nadie de nosotros había probado un bocado caliente. En seguida nos tiramos sobre el suelo a dormir. Llovía, una garúa muy fina. Cuando me desperté estaba mojado y me hallé en un charco. íEl otro día al trabajo! y así sigue esto desde tres meses. La manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La habitación tiene de techo la grande bóveda del firmamento con sus millares de astros, una hermosura espléndida. íAh qué miseria! Y hay que aguantar nomás. ¿Qué hacerle? "Hay tantísima gente aquí en busca de trabajo, que vejetan en miseria y hambre, que por el puchero no más se ofrecen a trabajar. Sería tontera fugarse, y luego, ¿para dónde? Y nos deben siempre un mes de salario, para tenernos atados. En la pulpería nos fían lo que necesitamos indispensablemente a precios sumamente elevados y el patrón nos descuenta lo que debemos en el día de pago. Los desgraciados que tienen mujer e hijos nunca alcanzan a recibir en dinero y siempre deben. Les ruego compañeros que publiquen esta carta, para que en Europa la prensa proletaria prevenga a los pobres que no vayan a venirse a este país. íAh, si pudiera volver hoy! "íEsto aquí es el infierno y miseria negra! Y luego hay que tener el chucho, la fiebre intermitente de que cae mucha gente aquí. Espero que llegue ésta a sus manos: Salud.a ...” (3).
El naturalista Abraham Willink (Frisia,1924 - San Miguel de Tucumán, 1998) era “licenciado en Ciencias Naturales egresado de la Universidad Nacional de la Plata en 1944, se especializó en entomología. En la Universidad de Tucumán ocupó diversos cargos: fue profesor, director de la Fundación y del Instituto ‘Miguel Lillo’ y decano de la facultad de Ciencias Naturales. También fue investigador del CONICET y presidente de la Sociedad Entomológica Argentina. Formó parte de varias instituciones científicas del país y del exterior y obtuvo numerosos premios” (4).
En 2002, Guadalupe Henestrosa mereció el V Premio Clarín de Novela por Las ingratas Novela sentimental. Una de las gallegas que presenta en esa obra, se establece en Tucumán: “Griseldo Salazar había perdido los brazos a los dieciocho años: un trapiche azucarero se los había arrancado sin ninguna dulzura. Desde entonces llevaba un poco más abajo del codo unos muñones llenos de cicatrices. Después de varios meses en el hospital entre láudano y enfermeras, los médicos lo habían puesto en las calles de San Miguel de Tucumán sin manos para llevar el atadito de ropa, lo único que tenía en el mundo. (...) Todo se hizo rápido, con un trámite civil y una bendición del padre Agapito. No hubo almuerzo de festejo porque Griseldo no comía en público: cuando estaban a solas, Socorro le colocaba una gran servilleta en el cuello y lo alimentaba como a un bebé. (...) Roca colaboró con la compra de mercaderías, y hasta Cachito dio una mano para cargarlas en la caja del camión. Unos días después de la boda el asunto estaba resuelto, y Socorro, convertida en la señora de Salazar, estaba lista para instalarse en el lejano Norte e iniciar una nueva vida entre las sierras. No podía ni siquiera pensar en el futuro: los ojos y el aliento sólo le alcanzaban para contemplar un día a la vez” (5).

Notas
1 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002.
2 Sosa de Newton, Lily: Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas. Buenos Aires, Plus Ultra, 1986.
3 Wanza, José: “Carta de un inmigrante” (a) El Obrero; Nº 36, del 26/9/1891. Tomado de: José Panettieri, Los Trabajadores. Biblioteca argentina fundamental. Serie complementaria: Sociedad y Cultura/18. Centro Editor América Latina. 1982. Págs.101a 104. En www.clarin.com.ar.
4 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarìn, 2002.
5 Henestrosa, Guadalupe: Las ingratas Novela sentimental. Buenos Aires, Suma de Letras Argentinas, 2005. 264 pp.

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Al norte y al sur, al este y al oeste, se dirigieron los inmigrantes, en busca de un lugar donde establecerse, donde trabajar y criar a sus hijos. Muchos de sus descendientes siguen viviendo en la provincia elegida por sus ancestros, y es frecuente encontrarlos trabajando en el mismo rubro que sus antepasados, en empresas que crecieron a través de los años.