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Gran parte de los extranjeros que se establecieron en nuestro país, sólo pensó en hacerlo por un tiempo. Como dice el abuelo, en Gris de ausencia de Roberto Cossa, la idea era más o menos ésta: “A la Aryentina vamo a fare plata... mucha plata... E dopo volvemo a Italia” (1). Pero no siempre será fácil regresar.


Anclados aquí

Algunos inmigrantes, que vivieron aquí durante décadas, no quieren volver a su tierra natal, ni siquiera por un tiempo –nos dijeron-, porque se sienten abandonados por ella, o porque creen que ya no encontrarán a nadie conocido allí. No quiso volver, entre otros, Francisco Coira, quien nació en España en 1906 y expresa: “Nunca me quise volver. No creo en la nostalgia...” (2).
En La pradera de los asfódelos, dice una española que se opone a que su hijo emigre: “A América se marcha uno a morir y a olvidar. Primero se olvida a la novia, después a los hermanos, después a la madre. Nadie vuelve. Y si con la vejez alguien que hizo alguna fortuna regresa, es para mostrar sus canas y su cansancio. Se ha convertido en un extraño que envejeció lejos de su familia. Pregunta por sus amigos que ya no viven y mira su vieja casa en ruinas. Es como si volviera de una cárcel lejana donde pagó quién sabe qué delito” (3).
Para evitar la lejanía de los seres queridos, Ana María Campoy emigró con ellos. Nada la ata a su tierra natal: “Era una estrella, cuando salí de España, pero no quise volver nunca más. Yo no tenía a nadie ahí. Mi padre me lo llevé, a mi hermana me la llevé, mi madre estaba muerta, la habían tirado a la fosa común. No quería volver” (4).
Un gallego destacado, Arturo Cuadrado Moure, manifiesta que no desea regresar; tiene una misión que cumplir en su nueva tierra: “Volver a España, ya... ¿para qué? Aquí tengo forjado mi corazón entre amigos. Creo que la República Argentina, como el resto de América, está en un despertar, tenemos una obligación con la gente joven: ¡Cuidarlos! ¡Vigilarlos! ¡Atenderlos! Para ellos están estos corazones que llegaron del exilio español” (5).
Otro gallego, creado por Vázquez-Rial, “sólo hablo del tema al final. Era un error, o una ilusión. No podía volver. Nadie, nunca, puede volver cuando ha dejado atrás el infortunio” (6).
Una portuguesa afincada en Villa Elisa ya no piensa en regresar: “En 1950 ‘nuestra abuela’ con 17 años llegaba a esta tierra que según sus palabras imaginaba como ‘un lugar lleno de oportunidades y donde todos podían trabajar y vivir bien’. Al llegar aquí se dio cuenta de que no todo era tan fácil y entendió lo difícil que es dejar la patria. ‘Ser inmigrante es cargar una mochila muy pesada llena de desarraigo que sólo se hace más leve cuando nacen los hijos. Es muy difícil llegar a un lugar donde nadie te conoce y ni siquiera habla tu idioma pero con los años uno hecha raíces y regresar deja de ser una opción’. Se nota en su rostro al decir estas palabras una gran melancolía y añoranza pero no arrepentimiento. Según ella cada vez que se va a dormir y cierra los ojos vienen a su mente los paisajes, personas, olores de diferentes comida y otras cosas que hacen que nunca pueda olvidarse de su lugar de nacimiento” (7).
Un armenio “alquiló una casa en la calle Carlos Encina. Sería 1920 ó 1921... No la compró porque tenía la idea de regresar a Europa cuando la situación cambiara. Sólo en 1922 compró en Ramón L. Falcón 6200 cuando Santojani loteó las quintas” (8).
Muchos sí desean volver y lo logran. Silvia Sepulcri escribe desde Italia a El Barrio::”Mis padres italianos eran inmigrantes friulanos. En 1964, luego de 17 años de residencia en el país, decidieron regresar a su tierra. No lograron integrarse y trabajaron para poder volver. Se sentían muy solos y no se encontraban bien en esta enorme ciudad, tan distinta del pequeño pueblito que habían dejado. No tuvieron la capacidad de comprender el enorme enriquecimiento que una nueva cultura puede aportar. Tenían miedo de no volver a Italia, pero sobre todo les preocupaba que yo me quedara para siempre en la Argentina; me hablaban de Italia como si allá fuera todo perfecto. Y mantenían sus costumbres. En mi casa estaba prohibido tomar mate, pero nunca fueron ingratos. Cuando volvieron a Italia recordaban Buenos Aires y en particular a Saavedra con verdadera emoción” (9).
En julio de 1959, en la Argentina, Rafael Alberti se ilusionó con el regreso a su tierra. Escribió en La arboleda perdida: “no sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno” (10). Dejó la Argentina pensando en su Cádiz amada, pero debió recalar mucho tiempo en Roma. Finalmente, regresó a su puerto de Santa María.
Los Goris, inmigrantes gallegos, volvieron a su tierra. “De chica –afirma la hija, Esther-, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica”. Ahora que sus padres regresaron, dice: “Sólo falta que vuelva yo, para estar los tres juntos, en ese suelo soñado” (11).
Un inmigrante retorna, luego de trabajar décadas en nuestro país: “Con el guardapolvo de mozo todavía puesto, José Trillo, quien fue durante cincuenta años fue una de las ‘caras’ del Británico, contó cómo se sentía por tener que dejar el tradicional bar. ‘Estoy muy triste, pero algún día tenía que ser’, dijo. Muy emocionado, anunció que -después de haber pasado casi toda su vida en Argentina- volverá a radicarse en Galicia. ‘Me voy a España’, concluyó” (12).
En La Coruña murió en 1979, el pintor Luis Seoane, quien, aunque nacido en Buenos Aires, vivió muchos años en España. El escribió: “Soy y seré siempre un desarraigado permanente. Lo seré aunque decida volver a mi país. Es el destino del exiliado” (13).
“Galicia es casi sinónimo de inmigración –escribe Solla-, porque de Galicia, por emigrar, emigraron: trabajadores, intelectuales, energía eléctrica y capitales. El gallego emigraba bajo dos signos: uno, que lo empujaba fuera de su tierra en procura de una mejor situación económica y otro que lo hacía volver. Así tenemos que, siendo el país que da mayor porcentaje de emigración, también somos, curiosamente, el que mayor índice de retornados tiene por número de emigrantes. En el fenómeno migratorio puede establecerse una correlación: padres y mujer quedaban en Galicia, hijos y marido en la emigración. Esta constante quizás sea el factor más importante que favoreció tan elevado número de retornados, además del apego que los gallegos tenemos a nuestra tierra” (14).
Otros jamás podrán regresar, y morirán añorando el retorno. Es que, para los gallegos, morir en su tierra tiene fundamental importancia. Lo explica Emilio González López: “Sólo los que mueren en su tierra gallega alcanzan el privilegio de no dejar este mundo, de seguir viviendo en él cerca de los suyos, de su casa y de su tierra. El que tiene la dicha de morir en Galicia se queda entre deudos y amigos a los que puede ver todas las noches a su voluntad” (15). Sobre este tema escribí el cuento “Un cielo para don Martín”, en el que evoco los últimos días de mi abuelo (16).
Graciela González, hija de un gallego emigrante, relata que en los años en que llegó a la Argentina su padre, “Los sueños eran pocos, pero duraban toda la vida: comprar una casita, educar a los hijos y, quién sabe, volver a la patria algún día. Papá nunca lo hizo” (17).
No puede regresar Fermín Alvarez, mozo de la confitería La Ideal. “Su rancia estirpe gallega se ablanda un poco cuando confiesa que le gustaría volver a España, después de tantos años sin pisar la tierra que lo vio nacer. ‘Pero no hay plata: acá se gana muy poquito, apenas las propinas. Y la jubilación, para qué hablar’, cuenta. Su hija le está gestionando una jubilación en España para que su vida sea menos empinada” (18).
Volver fue una obsesión para la madrileña de Canción perdida en Buenos Aires al oeste, novela de María Rosa Lojo. La mujer “estaba sola frente al espejo y suspiraba: ¿me reconocerán, seré todavía hermosa cuando vayamos a España?” (19). Nunca pudo volver.
En su Cataluña quiere morir Remey Nuez Fontanals, emigrada en 1947. Ella cuenta: “yo siempre le digo a mi marido, a Bellido, que no quiero morir fuera de casa, y para mí mi casa es España. Siempre que hablamos con él le digo que no quiero morir fuera de casa, aunque siempre he estado fuera de casa... pero bueno, no quiero morirme acá, pero me parece que va a ser muy difícil”. Distinto pensaba su madre: “Mamá en cambio murió acá, contenta. Decía que amaba este país porque aquí nunca había podido tener una deuda. En España le debía a cada santo una vela, y acá a nadie, a ninguno...” (20).
“De viaje por el pueblo de Westmeath, en Irlanda, Teresa Deane Reddy de pronto se topó, en vivo y en directo, con el mismo puente de piedra que ella veía dibujar a su abuelo. Para esta argentina de pura sangre celta que hacía su primera visita al país de sus ancestros fue como si una distancia de 10.000 kilómetros y más de cien años quedaran abolidos en un instante. ‘Estaba igual. Mi abuelo dibujaba siempre ese puente, que a su vez le había visto dibujar a su padre’, recuerda Teresa, secretaria de Redacción de The Southern Cross, el periódico de la comunidad irlandesa en la Argentina. Mi bisabuelo dejó Irlanda cuando promediaba el siglo XIX. Y como tantos de los irlandeses que entonces llegaron a la Argentina, lloraba porque no había podido volver” (21).
Un inmigrante deja su tierra temporariamente y no puede volver a ella. Cuando le es dado regresar, ya no lo hace. Cuenta la escritora italiana Laura Pariani “Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos. Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos cuarenta años" (22).
Tampoco pudo regresar una familia polaca: “Desalentados por tantos infortunios, algunos años después de haberse radicado en Misiones, la familia Szychowski analiza la posibilidad de regresar a Polonia o de trasladarse a Canadá”, pero “el estallido de la primera guerra mundial los hace desistir de sus planes” (23).
“Luego de finalizada la primera guerra mundial, los eslovenos del litoral marítimo, vecinos con el Norte de Italia, emigraron de su tierra por razones políticas, eligiendo como destino Sud América y preferentemente la Argentina. El grueso de los eslovenos se radicaron en distintos barrios de Buenos Aires, con la ilusión de volver a su tierra en pocos años y rehacer su vida familiar. La depresión de la década del 30 los obligó a abandonar esa idea inicial y comenzaron a asentarse definitivamente en estas tierras” (24).
No pudo volver un personaje de Abelardo Castillo, el checoeslovaco Franta, avergonzado por no haber “hecho la América” (25).
Hay quienes, como la calabresa Adelina C. Cela, abrigan durante todas sus vidas el deseo de regresar al país de origen, aunque más no sea, en el más allá. En el poema “Madre Patria”, expresa la italiana: “Por eso quiero pedirte/ que mis cenizas, un día/ descansen en tus raíces/ ¡las que me dieron la vida!” (26).
Nino Belvedere -el personaje que interpreta Héctor Alterio en El hijo de la novia, film dirigido por Juan José Campanella- tiene dinero ahorrado para volver a su tierra, pero lo emplea para casarse por iglesia con su esposa –interpretada por Norma Aleandro-, enferma de Mal de Alzheimer. El hombre dice a su hijo –interpretado por Ricardo Darín-: “Yo tengo una platita ahorrada, no mucha, y con mami siempre tuvimos la idea de hacer un viaje largo, a Italia, a visitar mi pueblo, y la verdad que ahora, con esa plata... (...) quiero usar esa plata para casarme con Norma por la iglesia, como regalo de cumpleaños” .
Algunos emigrantes regresan espiritualmente a su tierra natal haciendo cuantiosas donaciones, como las que menciona Roberto Arlt: “la llamada Biblioteca América, obra de un patriota gallego residente en Buenos Aires, don Gumersindo Busto, quien tuvo la feliz idea de fundar la Universidad Libre Hispano Americana” y la obra de los hermanos Juan y Jesús García Naveira, dos comerciantes ya fallecidos en el año en que se escriben las crónicas, enriquecidos en la República Argentina, cuyas donaciones “son asombrosas por la cifra en metálico que representan” (27).
Otros, por medio de su obra, como el italiano Tomás Ditaranto, quien emigró en 1904, a los cuatro años, fue aprendiz de herrero a los ocho, y llegó a ilustrar la edición polilingüe del Martín Fierro. Por iniciativa de su hijo, Hugo, surgió en 1983 el Museo Epeo, en Nocara, Italia, que consta de tres salas en las que se exhiben setenta obras. “No fue fácil lograr ese objetivo. Hugo se conectó con parientes de Tomás que habitaban el pueblo donde nació el artista, Montescaglioso, con la idea de armar el museo allí, pero se enteró de que en una ocasión la mafia robó un cuadro de su padre de la Basilicata, entonces, por razones de seguridad y hasta contar con las medidas correspondientes para una exposición permanente, no consideraron oportuno recibir la donación de las ciento cincuenta obras de Ditaranto prometidas por Hugo. Actualmente, se está reconstruyendo la Abadía Benedictina –sumamente importante en Italia- donde es probable que puedan dedicar una sala a las obras de Don Tomás (28).

Notas
1 Cossa, Roberto: Gris de ausencia, en Teatro 3. Buenos Aires, Ediciones de la Flor.
2 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
3 Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.
4 Guinzburg, Jorge: “Ana María Campoy. ‘A mí los hombres me gustan con locura’”, en Clarín Viva, 4 de agosto de 2002.
5 S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Buenos Aires, Año II, N° 11, 1994.
6 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B. 1998.
7 Da Conceicao y otros: op. cit.
8 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
9 Sepulcri, Silvia: “Vecinos sin fronteras ‘¿Alguien se acordará de mí?’ ”, en El Barrio, Año 7 Nº 80, Noviembre de 2005, wwwperiodicoelbarrio.com.ar.
10 Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1984.
11 Goris, Esther: “Galicia, tierra añorada”, en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
12 S/F: “Desalojaron el Bar Británico”, en Clarín, Buenos Aires, 23 de junio de 2006.
13 Seoane, Luis, en el video de la muestra “Luis Seoane. Pinturas, dibujos y grabados”, en el Museo de Arte Moderno, junio 2000.
14 Solla, Andrés: op. cit.
15 González López, Emilio: Galicia, su alma y su cultura. Ediciones Galicia. Centro Gallego de Buenos Aires, Instituto Argentino de Cultura Gallega, 1978.
16 González Rouco, María: “Un cielo para don Joaquín”, en Josefina en el retrato. Buenos Aires, el grillo, 1998.
17 Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
18 Commisso, Sandra: “Un marinero que eligió ser mozo y quedarse en tierra”, en Clarín, 16 de julio de 1998.
19 Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.
20 Ceratto, Virginia: op. cit.
21 Guyot, Héctor M.: “Sociedad. Irlandeses en la Argentina. Una verde pasión”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de marzo de 2005. Fotos: Daniel Pessah.
22 Patat, Alejandro: “El país de los sueños perdidos”, en La Nación, 28 de abril de 2002.
23 S/F: Folleto del Museo Histórico Juan Szychowski, Apóstoles, Misiones.
24 S/F: en “Asociación Mutual Eslovena Triglav”, folleto de adhesión y participación a la celebración del Día del Inmigrante y Feria de las Colectividades en el Viejo Hotel de Migraciones, septiembre de 2003.
25 A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros: El cuento argentino 1959-1970. Selecc., prólogo y notas por el Seminario de Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1980.p. 48. (Capítulo).
26 Cela, Adelina C.: “Madre Patria”, en La Capital, Mar del Plata, 5 de septiembre de 1999.
27 Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Ameghino, 1997.
28 Alfie, Sol: “Tomás Ditaranto. Un homenaje merecido”, en Magazine Actual, Año 3, N° 12, Diciembre de 1998.

De regreso
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Para los inmigrantes que regresan temporariamente a sus países de origen, el viaje tiene distintos significados, vinculados con su pasado.
“Yo tenía quince años cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, y fui encerrado en el gueto de Lodz, con mi familia y miles de judíos más –dice el polaco Jack Fuchs. Allí estuve hasta que el gueto fue liquidado y nos deportaron a Auschwitz”. Para este hombre, que tanto ha sufrido, el viaje tiene una connotación muy especial: “Hoy sé que volver a Lodz es como una peregrinación” (1), afirma, convencido de que debe viajar a su tierra también con su hija.
Ilse Kaufmann, volvió en varias oportunidades, pero siempre añorando su nueva tierra: “Los negocios florecían, y los Kaufmann regresaron a Europa, varias veces, de vacaciones. De visita: ‘Fueron los años más felices de mi vida’, suspira la dama. ‘Pero estando afuera levantaba los ojos y extrañaba el cielo argentino. Jamás vi brillar las estrellas como acá’ “ (2).
Zoltán Horogh dejó Hungría en 1945. “En 1993 Zoltán tuvo la oportunidad de caminar por primera vez las calles de su pueblo, que dejó cuando era apenas un bebé, hace más de medio siglo. Se emocionó frente a su casa familiar, la misma en la que nació, y frente a las ruinas de la iglesia en donde lo bautizaron. Se encontró con una compañera de banco del colegio de su madre, ya fallecida, y visitó a una tía, una de las pocas que aún estaban con vida. Viajó junto a su padre, su esposa y uno de sus hijos y hoy la recuerda como una de las experiencias más lindas de su vida” (3).
En 1899, María Giacoboni vuelve a su tierra. La acompañan dos de sus hijos; uno de ellos es Lino Enea Spilimbergo. Van al Piamonte, a visitar parientes en la Roverazza y San Sebastiano Cerone. Regresan en 1902 (4).
El recuerdo de la guerra el que motivó a viajar a un italiano, deseoso de recorrer los lugares en los que había luchado. En El laúd y la guerra, se narra el viaje de Luigi Gusberti, quien vuelve a Italia a los ochenta y ocho años, acompañado por su hija y su yerno. Escribe Martina Gusberti: “Después de varios viajes a su itálico terruño, cuando todos creíamos que había sentado cabeza, manifestó su deseo de reincidir. Era éste el proyecto más acariciado por mi padre, quizás el último y el de más difícil solución, por su avanzada edad”. A pesar de la negativa familiar, el anciano insistía: “”¡Qué bello volver a Italia, visitar los lugares donde luché en la primera guerra mundial, recorrerlos paso a paso, ver cómo estarán hoy...!” (5).
Milena Gastaldo Brac, sicóloga social, explica el efecto que el viaje tuvo en su espíritu: “ese barco que una vez me trajo de Italia estaba siempre ahí y aparecía ante cualquier anécdota como si fuera un hueco sin tapar. Tenía una enorme sensación de orfandad, de carencia”. Hasta que viajó y “el milagro sucedió en la iglesia, con la nieve cayendo sobre el pueblo: ya no sentí más el vacío en el pecho, ni la necesidad de Italia; la había aprehendido. La pude juntar, tomar y metérmela en el alma, en el gran cofre de los dulces recuerdos junto a los villancicos navideños. En ese mismo momento sólo ansié volver a Buenos Aires, al calor de mi país nuevo y de mi familia nueva, de hijos y nietos argentinos” (6).
El actor triestino Rodolfo Ranni emigró a los diez años. Cuarenta y siete años después, volvió a su casa. Tardó tanto porque “Creía que el día que volviera se me iban a terminar los recuerdos. Pero ahora es peor: recuerdo más que antes, y me gusta vivir con esos recuerdos. Aunque algunas cosas me desilusionaron bastante: Italia y los italianos no son como hace 50 años. Es un golpe para uno, porque, por ejemplo, no nacen chicos; de seguir así desaparecerá la población italiana. Han perdido la tradición, las canciones. Los italianos de verdad viven fuera de Italia. Todo lo que la gente piensa e imagina de Italia, está fuera de allí” (7).
Rosa Marafioti es la autora de “Carta a mi pueblo”, en la que expresa: “He vuelto: Aquí estoy, después de tanto tiempo. ¿Me recuerdas? Yo sí te recuerdo, jamás te olvidé. Estoy segura de que tú también lloraste al verme, aunque no haya visto tus lágrimas, porque una madre siempre llora al ver a una hija que desde mucho tiempo no veía, estoy segura de que te emocionaste tanto como yo” (8).
El fasanès Valentìn Bianchi encontrò la muerte en una ruta de su pueblo: “A medida que avanzaba, una sensación extraña lo llevó a recordar, como nunca, su niñez. Sentía que retrocedía en el tiempo, y por su mente desfilaban aquellos domingos felices, cuando iba al mar en busca de los escurridizos pulpitos. Una sublime serenidad embargaba su ser, era como si su alma vagara en el espacio. El pequeño auto poco a poco se deslizaba a mayor velocidad, como si deseara ávidamente llegar. La mirada de Valentín se perdía en el horizonte, donde el mar y el cielo se unían en el infinito. De pronto, en una curva de la ruta, el suave bramido del motor cesa, y el auto, en una alocada carrera, se lanza por la rocosa pendiente del camino, bordeado por los centenarios olivares de Fasano. Luego de unos violentos tumbos, el ímpetu del vuelco arroja con fuerza a Valentín fuera del vehículo. Su cuerpo queda tendido para siempre en la gris tierra natal” (9).
La nostalgia impulsa a un gallego que llegó de niño. Francisco Gil nació en Vilar, Pontevedra, en 1915 y llegó a la Argentina a los cinco años. Su amigo Antonio Pérez-Prado lo definió como un “galaico-porteño” (10). Fue “un gallego que se sintió argentino y organizó durante décadas encuentros entre autores y lectores, que son el antecedente más cercano a la Feria del Libro”. La falta de medios no fue un obstáculo para que el emigrante viajara: “En 1960, Don Francisco sintió nostalgias de su tierra natal y quiso visitarla. Sus amigos se ocuparon de cumplir su deseo. Agustín Pérez Pardella, escritor y capitán de navío, lo llevó en su barco hasta Pontevedra. El dinero para la estada provino de una rifa de una obra que donó Berni” (11).
Una promesa hace viajar a su aldea al gallego Onega. Cuenta Gladys, su hija: “Cuando mi hermana tenía dos años mi padre decidió ir a Galicia en un viaje que él había prometido a sus padres en aquel día de la partenza y que ahora cumplía, para mostrarles que había hecho la América, en la medida en que América se lo había permitido y él la había podido. Mi madre no lo acompañó porque tenía miedo de enterrarse en una aldea que para ella estaba tan llena de peligros y de misterios como para mis abuelos aldeanos el lugar remoto donde ella había nacido y adonde había ido a parar su hijo. Y más miedo le daba vivir en la casa de su suegra, mi terrible abuela Carmen. Ya conocía historias de la señora da pena que, con justicia, no la alentaban a emprender ese viaje. Allá se fue papá a hacer las mejoras en su casa natal y allá se quedó dos años que mi madre aprovechó para pasar a su hija de la cuna a la cama matrimonial. Cuando volvió, José era un desconocido que sacó a la hijita de cuatro años de esa cama para acostarse él y para engendrar otra hija. A los nueve meses nací yo” (12).
Otros emigrantes regresan a su tierra nimbados del prestigio que les da su destacada trayectoria cultural, donde muestran el fruto de su talento. En 2000, Bernaldo Souto, traductor del Martín Fierro, regresó de Galicia, donde “brindó una serie de conferencias y presentó tres libros de poesías bajo el título ‘Luz y sombras’. Pero su mayor satisfacción fue enterarse que en fecha próxima, su traducción gallega del Martín Fierro será publicada por la Xunta de Galicia, en una edición bilingüe de lujo” (13).
Con su hijo famoso viaja la madre de Jorge Luz. El actor recuerda así ese momento: “Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela” (14).
El madrileño José Luis Alvarez Fermosel cuenta: “un día la mujer de Bonasso padre, una vasca de Bilbao, me dijo: ‘Mira, no te quedes aquí mucho tiempo porque vas a estar en dos sillas mal sentado. Yo estoy allá y a los 20 días me da la impresión de que nunca me he ido; cae la tarde y miro el reloj y digo: Ahora estaría yo en Buenos Aires tomando el té con mis amigas. Y vuelvo a Buenos Aires y pienso que podría estar allí con mis hermanas” (15).
En La canción de las ciudades, de Matilde Sánchez, una hija de españoles acompaña a sus padres a visitar su tierra natal. Al regresar, la joven señala: “Después de un tiempo de descanso en Barcelona –mamá, siete días para pulir borradores, una semana de caligrafía china-, todos nos volvimos. Ante sus vecinos, ellos ponderarn la acelerada modernización de España. Pero yo sabía que su patria no era ésa sino el piso de la avenida Callao, ese alto contrafrente que los abstraía de todas las vicisitudes, suspendido en regiones del recuerdo. España había dejado de pertenecerles. El origen ya era un lugar desconocido” (16).
En El merodeador enmascarado, Carlos Gorostiza “nos habla de su infancia en el barrio de Palermo, junto a sus padres vascos y un hermano mayor. No eran ricos pero disfrutaban de una situación que les permitió en 1926 realizar un viaje por la tierra de los ancestros” (17).
En su novela Hayrig Detrás del silencio de un millón y medio de voces, Eduardo Bedrossian incluyó el poema “Armenia”, en el que se refiere al regreso de quienes partieron: “Aquellos que dejando el amparo de tus manos,/ en la tarde oscura del invierno se marcharon/ peregrinos, a otras tierras, otros mares,/ grabando en tu alma el recuerdo/ de sus risas frescas de días lejanos.// Preguntas al viento si vuelven los tiempos pasados, y su tímida brisa, acaricia; y la caricia: suspiro/ y el suspiro de amor un respiro,/ como unja esperanza cercana, con toda certeza, contesta:/ ¡Volverán tus hijos errantes!” (18).

Notas
1 Pogoriles, Eduardo: “Volver a las raíces”, en Clarín, 13 de agosto de 2001.
2 Savoia, Claudio: “Las dos vidas de Ilse”, en Clarín Viva, 18 de agosto de 2002.
3 Masjoan, Lía: “Nosotros. Contratiempos y alegrías de los inmigrantes húngaros”, en El Litoral on line, Santa Fe, 2 de mayo de 2002.
4 S/F: “Vida y obra del artista plástico Spilimbergo”, en www.fundacionspilimbergo.org.
5 Gusberti, Martina: El laúd y la guerra. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
6 Moreno, Liliana: “El regreso a la tierra de uno”, en Clarín, 17 de octubre de 1999.
7 Gaffoglio, Loreley: “El teatro me contuvo”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de diciembre de 1998.
8 Marafioti, Rosa: “Carta a mi pueblo”, en El Barrio Villa Pueyrredón, Mayo de 2003.
9 Bianchi, Alcides J.: Valentìn el inmigrante. Santiago de Chile, Ediciòn del autor, 1987.
10 Pérez-Prado, Antonio: “Recuerdos de la América pródiga”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
11 Marabotto, Eva: “La esquina del librero, barro y pampa”, en Clarín, 5 de noviembre de 2000.
12 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1997.
13 Turcatti, Esteban: “El gaucho que conquistó el mundo”, en La Capital de Mar del Plata, 5 de noviembre de 2000.
14 Guerriero, Leila: en La Nación Revista
15 Flores, Daniel: “A boca de jarro. José Luis Alvarez Fermosel ‘La caballerosidad no tiene que ver con la geografía’ “, en La Nación, Buenos Aires, 21 de septiembre de 2003.
16 Sánchez, Matilde: “Alicante, 84”, en La canción de las ciudades. Buenos Aires, Planeta, 1999.
17 Requeni, Antonio: “El teatro, la escritura, lo vivido”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2004.
18 Bedrossian, Eduardo: “Armenia”, en Hayrig Detrás del silencio de un millón y medio de voces. Buenos Aires, 1991.

 

En busca de las raíces
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A veces, son los descendientes los que regresan, en busca del paisaje añorado por sus mayores. Acerca de esta clase de travesía, dice Juan Bedoian: “Quizás ese viaje es como mirarse al espejo por primera vez, recuperar una parte nuestra que nunca puede desaparecer: las semillas de lo previo. Y es también el viaje más importante que uno puede hacer porque es un viaje que nos nombra, un viaje que no cesa en el tiempo ya que siempre estuvo en nuestros sueños y quedará allí para siempre, sin adioses, intocado como el relato de un viejo que cuenta cómo era su casa en su aldea de Italia, qué hacía en el campo, cuándo y con quién llegó a la Argentina. Ese viaje es una vuelta al seno materno, a un espacio casi sagrado, lleno de afectos, risas o pesares que nuestro bisabuelo le contó a nuestro abuelo y nuestro abuelo a nuestros padres y nosotros a nuestros hijos. En un país de inmigrantes que desciende de los barcos como éste, ese viaje cierra el círculo de nuestro destino: anuda los lazos familiares, sociales, geográficos, culturales y especialmente emocionales que ligan nuestra historia con la historia original. Como si fuese un hilo invisible en el que están unidos todos los mundos, los viejos relatos, los gestos ya cumplidos y todos los tiempos” (1).
El viaje se relaciona en algunas oportunidades con la creación literaria, a la que precede o de la cual es consecuencia. En un reportaje, afirma Roberto Raschella, autor de Si hubiéramos vivido aquí: “Viajé a Italia, el pueblo de mis antepasados, y al volver empecé a escribir la que fue mi segunda novela. La época anterior y posterior al viaje va a ser la base de mi tercera novela” (2).
En la tierra incomparable, el italiano Dal Masetto narra la visita de una emigrante a su pueblo, cuarenta años después. En una entrevista, aclara quién viajó: “En realidad, fui yo el que regresó. Allí se dio algo interesante desde el punto de vista del oficio: me propuse contarlo desde la visión de Agata y mi esfuerzo fue tratar de ver todo con los ojos de ella. Ese cambio de personalidad me obligaba a cierto tipo de asombro. Mi mamá -por ejemplo- nunca subió a un avión” (3).
Griselda Gambaro también escribió remitiéndose a sus vivencias. Para El mar que nos trajo, “En lo que respecta a Italia, acudí a mis propios recuerdos de los lugares que se mencionan: (...) Recordaba particularmente la isla de Elba, donde sucede el relato cuando se traslada a Italia. La había visitado hacía muchos años, conocido a los descendientes de Agostino, quienes me acompañaron al pueblo bajo cercano a la playa y al alto, sobre la cumbre de una colina, a ‘la playa de arena y piedras romas’ ” (4).
A Italia viaja Atilio Betti en 1967. También lo hace el protagonista de La noche lombarda, su novela, premiado por el Gobierno de la península. El personaje vive su premio como una revancha: “Mi padre me había negado la educación. Me había condenado, por no querer trabajar bajo su mando, en su fabrica, a una juventud de lucha. A defenderme a puñetazos por las calles y las oficinas, con tal de salir con la mía. Y ahora me hallaba allí, en viaje hacia Italia, en calidad de invitado y futuro huésped de su patria. Libre y solo. Solo, sí, pero libre y triunfante” (5).
Paulina Vinderman habla a su padre en un poema: “-Anoche soñé que sacaba un pasaje para Bulgaria-/ quiero decirle./ Llego a una ciudad amplia y resuelta, apoyada en un/ mar interior (un mar de manual, con muchos barcos enhiestos.)/ Inexplicablemente la ciudad está callada/ y resuenan mis pasos sobre las calles./ Universidad, dice un cartel,/ y otro me envía a las ruinas de un templo griego/ que instala la armonía en mi ceguera” (6).
Canta a su padre, asimismo, Alberto Perrone, cuando llega a la casa europea del inmigrante: “Padre hoy conocí tu tierra de vides y olivos./ Conocí a tu hermana y encontré tu joven retrato/ que aún preside allá, la casa” (7).
Estar en la tierra de los mayores es un aliciente para la labor intelectual. En una conferencia dictada en 1994, afirma Aurora Alonso de Rocha que un recuerdo de 1978 le da “a la tarea de investigar, una cuota mayor de entusiasmo”. Se refiere a su viaje a Galicia: “de pronto, estuvimos en la mítica tierra. A terra, la de los cuentos mil veces recreados. (...) ¿Cómo pudieron irse? –preguntó mi hija de quince años. ¿Cómo, de un lugar mágico? Era el lugar del encantamiento, recibido en los relatos y los silencios dolidos, el lugar donde el mar era la mar y había puertos de tierra” (8).
Volver puede ser el tema de un texto premiado. Sobre su viaje a Prepezzano, “un pueblito de la provincia de Salerno que no figura en ningún mapa”, escribe Mónica López Ocón su “Interior italiano”, uno de los textos ganadores del certamen “El mito del viaje”, organizado por la Asociación Premio Grinzane Cavour y los diarios Clarín y La Repubblica: En esas páginas expresa: “Mi viaje era en realidad un regreso. El pueblo que me mostraron era una réplica del que yo llevaba dentro. Paradójicamente, era el pueblo el que me habitaba desde mucho antes de que pudiera habitarlo yo. Por eso, reconocí de inmediato el olor, el sabor y la textura de las uvas negras que Alfredo cortó del huerto. Bajo su piel enlutada guardaban un sol escandaloso. Parecían arrancadas de la sombra por el luminoso pincel de Caravaggio y tenían el sabor indescriptible que sólo pueden tener las uvas que se añoran” (9).
En el pueblo del que partieron los ancestros, se encuentran latentes las raíces. Dijo Julia Zenko: “Un instante puede mostrarte lo que pesan tus antepasados. Eso lo vi en esta última gira: conocí Letonia y Lituania, y también Estambul, donde vivió varios años una de mis abuelas, y reconocí olores de las comidas de mi casa, músicas, acentos. Es que soy una argentina tanguera sin una gota de sangre criolla” (10).
Para Eduardo Pietkiewicz, “Conocer Lituania era una ilusión de toda la vida. Es que en ese país había nacido su madre, pero ella nunca había podido regresar. Entonces, cuando finalmente este año se ajustó el cinturón de seguridad del avión que lo llevaría a esa tierra tan deseada, Eduardo Pedro Pietkiewicz sintió que de ese modo cumplía con su sueño más importante. Pero también concretaba el anhelo de mamá Cecilia, que seguramente sonreiría feliz desde esa ventanita tan misteriosa por donde nos siguen mirando, orgullosas, las mamás que ya se han ido” (11).
“Sesenta años después del clímax del Holocausto –el asesinato de seis millones de judíos pergeñado por los nazis-, ochenta chicos de la comunidad Hashomer Hatzair llevan sus por qué a Polonia. Vienen de todo el mundo. Viajan en busca de sí mismos, de rastros de sus abuelos, de alguna respuesta” (12).
A Ottobiano, “un pueblito de Lombardía que ni siquiera puede dar pruebas de su existencia: no hay trenes que pasen por ahí y fue olvidado hasta por los cartógrafos”, viajó Miguel Frías. De allí partió su abuelo en 1913, a los doce años. El nieto se aproxima al pueblo: “”Verlo acercarse por fin en una mañana de bruma, entre árboles sin hojas y campos labrados por fantasmas, no lo hace más real: la cúpula de la iglesia está a salvo de la niebla, pero el resto tiene el contorno de un sueño. Acabamos de recorrer el breve paraíso de mis cuentos infantiles” (13).
En 1991, Gabriel Corrado viajó a Italia para grabar en Roma y Sicilia. Años más tarde, expresa lo que sintió cuando una pareja lo reconoció en la Vía Condotti: “Se me vino encima el abuelo, que había hecho el camino inverso, los doce mil kilómetros, Zamudio 4230...” (14). Por una circunstancia fortuita, se reencontró espiritualmente con su antepasado.
Una tía de Enrique Eusebi “pudo volver a la tierra de sus padres, con tanta mala suerte que estalló la guerra. ‘Y nosotros le mandábamos café y azúcar a mi tía. Mire ahora’. Cuando por fin volvió, la tía no paraba de comer” (15).
Los alumnos del colegio porteño Marie Manooguian eligieron la tierra de sus mayores como destino de su viaje de egresados. Organizan cenas para recaudar los fondos que les permitirán viajar; “el objetivo es que todo lo aprendido por los jóvenes en los años de formación académica (historia, geografía, idioma y cultura) concluya con la rica experiencia de visitar Armenia. Y también tienen la posibilidad de visitar otros países pertenecientes a la comunidad europea” (16).
En “Temas de la patria anterior”, González Carbalho escribe: “Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo volví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior” (17).
Adolfo Pérez Esquivel “parte para Galicia en breve a dejar él también su huella escultórica. ‘Voy a hacer un monumento a la memoria en Combarro, el pueblo donde nació mi padre, en un parque al que le van a poner mi nombre”, comentó” (18).
Javier Villafañe “En los '80 cumplió el sueño del descendiente: ‘regresar’ a tierra de los padres. Y allí en España llevó su arte también de pueblo en pueblo” (19).
A Eibar llegaron los hermanos Sarasqueta, a conocer a sus parientes vascos, de los que no tenían noticias desde 1902. El encuentro fue posible gracias a la Asociación para la Cooperación Mundial entre Vascos, que ayudó a localizarlos. “Regresaron la semana última, con las valijas llenas de fotografías, comidas típicas y libros sobre el lugar. ‘El primer encuentro con Pedro, primo segundo, de 65 años, fue impactante por el parecido con mi padre. Nos recibieron como una verdadera familia. Valió la pena el esfuerzo’, contó Marcelo” (20).
El viaje permite, en algunas oportunidades, vivir de cerca la dura vida que se llevaba antes de emigrar. En un reportaje, afirma Guillermo Saccomano, autor de El buen dolor: “Yo recuerdo cuando fui a España por primera vez, en el setenta y pico. En la casa de los parientes, en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba emocionado el baño: había llegado a tener sanitarios y después de trabajar en el campo, podía pegarse una ducha. Si esto era así en los años setenta, pensá lo que sería en 1910, 1920” (21).
“Cuando finalmente llegué a Galicia –escribe Gladys Onega- sólo reconocí y sólo recuerdo el olor ácido a estiércol y la moscas ennegreciendo los cuencos, de lo que nunca me había hablado. Los trabajos eran más aliviados, las penurias menos pesadas, y las nieblas tan vagorosas y pobladas de brujas temibles como las inventadas por los hermanos Grimm, que allí se llamaban as meigas” (22).
Sirve para comprender más a quienes emigraron. Esther Goris conoció Pontevedra a los veinte años. En diciembre de 1999, cuando evoca ese viaje, escribe: “Recién al disfrutar de cerca de esa belleza incomparable entendí por qué a mi padre lo ponía triste la inmensa llanura de la Argentina” (23). Otro tanto sucede a Beatriz Pérez Leiro, marplatense que en 1999 viajó a España. Ella dijo: “Desde pequeña escuchaba a mi madre hablar de un extraño camino, que siempre se llamó ‘francés’, senda única y concreta hacia un sepulcro milagroso. Su voz se apagó y puse su sueño en mi mente y en mi corazón” (24).
Arroja luz sobre la propia existencia, a la que completa y da sentido. “Yo viajé a España –cuenta Pepe Fernández Balado- porque sentía que tenía que recuperar algo que se me escapaba, que se me había escapado en la infancia. (...) yo nací en el ’46 y en el ’50 y tantos, había un horario en el que la radio no se podía tocar: la hora de la audición española... y yo reconozco todas las canciones de esa época, como si fuera un español más. Es más, cuando viví en España, con un español, hacíamos competencias, él empezaba un pasodoble, yo lo seguía y así... y él no podía creer que yo me hubiera criado en Argentina...” (25).
Algo así sentía la protagonista de mi cuento “Volver a Galicia”, basado en una anécdota familiar. Acerca de esta mujer, digo: “Hasta que no lograra pisar esa tierra, nada tendría valor para ella, porque le faltaba su punto de partida, el origen que la había llevado a ser quien era” (26).
Para Vicente Muleiro, viajar al pueblo de su abuela fue muy importante: “”Lo que se veían eran unas chozas de piedra, una isla del pasado enclavada en la Galicia europeizada. Sin embargo, ese pueblo tosco por donde trajinaron los pastores que me anteceden significaba mucho para mí” (27).
Al protagonista de la canción de Alberto Cortez lo llevó la promesa que hiciera a su abuelo: “Y el abuelo un día cuando era muy viejo/ allende Galicia/ me tomó la mano y yo me di cuenta/ que ya se moría/ Y entonces me dijo, con muy pocas fuerzas/ y con menos prisa: ‘Prométeme hijo que a la vieja aldea/ irás algún día/ Y al viento del Norte dirás que su amigo/ a una nueva tierra, le entregó la vida” (28).
En “Al contrario de lo que dicen”, escribe Julio César Barros: “Mi abuelo era un gaita nacido en Monforte de Lemos y llegado a estas comarcas cuando tenía un poco más de 18 años. Como otros tantos millones de españoles, se abrió camino aprovechando honestamente las oportunidades que ofrecía el país, en aquellos mejores días. Se casó con una argentina, aumentó cuanto pudo la prole, compró su chalecito y se jubiló despues de haber cinchado no sé cuantos años en el Roca. Una vida tan modesta, que mal hubiera podido despertar la curiosidad de nadie. (...) Ahora, ya devenido en inmigrante yo también, comprendo su ternura” (29).
El padre de la escritora María Rosa Lojo había plantado un castaño: “Mi padre no solamente intentó compensar con imágenes míticas la llamada ‘pérdida de los objetos tangibles’. El, que no creía en Dios, creía en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a vivir a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían (y tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero de la nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles frutales. Pero mi padre plantó, también, un joven castaño. Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero ‘árbol madre’, árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza del reencuentro. Pero los castaños no se avienen con el clima de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos, ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda. Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más esperado”.
Cuenta la hija lo que sucedió con ese árbol, símbolo de un anhelo “Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, ‘volver’ a la tierra que yo aún no conocía y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño comenzó a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado hijo” (30).
Ruben Servia recuerda el viaje a la tierra de sus mayores: “en 10 minutos llegamos a A Coruña... Noia... Lousame... bajé del auto... y lo que caminé desde ese auto hasta los brazos de mi tía... no puedo explicarte, no podré expresarte qué me pasaba, era como caminar volando... liviano... sin nada adentro... ahogado... alegría... La abracé, lloré como hacía mucho no lo había hecho, recordé a mi papá, a mis abuelos, estaban ahí, en medio de nosotros dos...” (31).
Leonor Manso destaca la importancia que tuvo para ella el viajar a Segovia, tierra de su padre, “que se había ido de allí a los once años y sólo había vuelto de visita a fines de los 60“. En Carbonero El Mayor, a unos cien kilómetros de Madrid, encuentra a sus tíos y recorre todo el pueblo “lleno de Mansos”. Sobre esta experiencia afirma en 2000: “Me fui viendo y reconociendo en cada uno de ellos. También empecé a sentir cada vez más fiebre: era un golpe fuerte verme puesta frente a mis orígenes de una manera brutal” (32).
Martín, hijo de húngaros judíos, “ha viajado con frecuencia a Europa debido a su trabajo, y en esos viajes siempre ha pensado en acercarse a Hungría, pero lo ha detenido el temor a enfrentarse por sí solo con el pasado de su familia. Lo ha asediado una irracional fantasía de que los nazis lo apresarían y lo harían jabón. (...) Quería ir a Hungría a visitar la tierra de sus ancestros, pero había llegado a la conclusión de que no podía hacer ese viaje solo, necesitaría de la compañía de su padre para realizarlo. No tanto la de su madre, que también era húngara, sino sólo la de su padre. Quería que fuese un viaje de hombres, de amigos, de compañeros, en esta excursión a ese pasado. (...) El paso siguiente era cómo convencer a este hombre de ochenta y cuatro años, que siempre había expresado su desprecio por ese país que no había dudado en apoyar al invasor nazi y que había colaborado para mandar tantos judíos a la muerte. No iba a ser fácil” (33).
Matilde Bensignor visita la tierra de sus mayores. Al regresar, escribe: “Turquía. Mis padres y mis abuelos vinieron a recibirme y me trajeron las imágenes de una vida que se fue. Y ellos aparecían y se borraban en mi memoria, haciéndome reír y llorar. (...) Era Iom Kipur, entré en la sinagoga de Estambul. Me sentí en casa. Abajo, los hombres, en la azará, las mujeres. Parecía el templo de Camargo. El Jazán cantaba en hebreo y en judesmo. Y llegó la hora de la Neilá y toda la congregación se levantó en un grito, un clamor a Dios, de alabanzas, de Aleluyas, de perdón. Lloré con mis parientes de Turquía, aquellos que, sin conocer, ya los quería. ¡Dije, adiós a Estambul. Me esperaba Izmir! Allí, descubrí una nueva alegría. Vibré de emoción, al ver el balcunico de Buduralí y, junto al bodre del mar, azul, respiré, profundo, tratando de inspirar hasta el último de los recuerdos y llevarlos conmigo. Como joyas preciosas, los guardé en mi corazón” (34).
A Siria viajó Alberto Mustafá, quien relata: “En un viaje que hice a Europa llevé conmigo la carta de un primo que me había escrito desde Siria, la tierra de mi padre y de mis abuelos. No me pregunten porqué tenía esa carta encima porque mi intención no era llegar hasta Siria. Pero estando en Madrid vi en TV un documental sobre los árabes y al otro día, casi sin pensarlo, compré un pasaje a Damasco. Desde ahí llegué a Wada Il Ellun, el pueblo de mi padre, donde un vecino me llevó hasta la casa de un señor bajito y muy parecido a mí a quien le mostró la carta. ‘Esa carta la escribí yo’, me dijo el señor y nos estrechamos en un fuerte abrazo. De todas las emociones que viví en aquellos días ninguna me pegó tan fuerte como haber conocido la casa donde vivió mi viejo” (35).
Y, en los tiempos que corren, significa la posibilidad de empezar de nuevo, como sucedió a Horacio Fernández, quien viaja, desengañado de la Argentina, a la tierra de la que vinieron sus padres: “Horacio vive ahora en el lugar que siempre conoció a través de relatos. Todo está igual a como le fue contado. Pero todo, también, es diferente. Por empezar, la barba ya fijó su color de nube y el pasaje no tiene fecha de regreso. Igual que hace setenta y dos años, cuando Felipa y Antonio desembarcaban en Puerto Nuevo con un par de bolsos y un papel con la dirección de unos paisanos –porque en España amenazaba el hambre-, el hijo, ahora, llegaba a Barajas –porque en la Argentina se come tierra- con un bolso y una anotación: ‘Carretera Pandorado 7, Sopeña de Carneros, Astorga’ “ (36).
Porque, como escribe el nicaragüense Sergio Ramírez, “Ahora que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida corrupción ha traido sobre la Argentina, el rollo de la película es echado a andar, pero hacia atrás” (37). “La tierra generosa se ha vuelto marchita –escribe Héctor Gambini. Y la nueva inmigración se está volviendo. Y muchos de los hijos de la vieja inmigración también se quieren ir. A la aventura de cruzar el océano al revés que los abuelos” (38).

Notas
1 Bedoian, Juan: “El viaje sentimental”, en Clarín, 17 de octubre de 1999.
2 Ingberg, Pablo: “El amor a los vencidos”, en La Nación, Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
3 Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación, Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
4 Gambaro, Griselda: “Crónica de una familia”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001
5 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1974.
6 Vinderman, Paulina: Bulgaria. Biblioteca Virtual Beat 57.
7 Perrone, Alberto: “Amores por la vuelta. El que una vez partió”, en Hotel de Inmigrantes, 2002.
8 Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
9 López Ocón, Mónica: “Interior italiano”, en Clarín, 8 de diciembre de 2001.
10 Reportaje a Julia Zenko en La Nación Revista, 11 de agosto de 2002.
11 Navarra, Graciela: “Conocer la tierra de los ancestros Eduardo Pietkiewicz pudo llegar a Lituania”, en Varios autores: “Por qué 2005 valió la pena”, foto de tapa: Graciela Calabrese, fotos: Graciela Calabrese – Martín Lucesole, en La Nación Revista, Buenos Aires, 31 de diciembre de 2005.
12 Heller, Diego: “Un país hermoso, un gran cementerio”, en Clarín Revista, Buenos Aires, 4 de mayo de 2003.
13 Frías, Miguel: “Noticias del mundo”, en Clarín, 3 de septiembre de 2000.
14 Baduel, Graciela: “Por la vuelta”, en Clarín, 24 de octubre de 2000.
15 Piotto, Alba: “La Isla Maciel por dentro”. Fotos: Rubén Digilio, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004.
16 A. A.: “Viaje de egresados con sabor a solidaridad”, en La Nación, Buenos Aires, 22 de agosto de 2002.
17 Gonzalez Carbalho, José: op. cit.
18 Zacharias, María Paula (texto); Roll, Mauro (fotos): “La vidriera cultural”, en La Nación Revista, 22 de agosto de 2004.
19 S/F: “Tristeza de pinochos”, en Microsemanario, Año 6, N° 233, 25 de marzo al 7 de abril de 1996. www.fcen.uba.ar.
20 Linares Calvo, Ximena: “Los hermanos que encontraron sus raíces”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre de 2002.
21 Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999.
22 Onega, Gladys: op. cit.
23 Goris, Esther: op.cit.
24 S/F: “Gozo y sacrificio en el camino de Santiago”, en La Capital, Mar del Plata, 30 de julio de 2000.
25 Ceratto, Laura: op. cit.
26 González Rouco, María: “Volver a Galicia”, en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998.
27 Muleiro, Vicente: “El Mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
28 Cortez, Alberto: “El abuelo”, citado por Colegio Schönthal.
29 Barros, Julio César: “Al contrario de lo que dicen El abuelo de Cortez”, en La Unión Digital, Edición Número 2572, Lunes 1 de Marzo de 2004. www.launion.com.ar.
30 Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Revista Digital Sitio Al Margen. Noviembre de 2002.
31 Servia, Rubén: e-mails enviados a MGR en 2004.
32 Ini, Luis: “Mi mejor cumpleaños”, en La Nación, 16 de abril de 2000.
33 Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires, Milá, 2002.
34 Bensignor, Matilde: De Miel y Milagros (Evocaciones Sefardíes). Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
35 Moreno, Liliana: op. cit.
36 Palomar, Jorge: “Diario del exilio”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
37 Ramírez, Sergio: “Yo quería ser argentino”, en El Tiempo, Azul, 15 de septiembre de 2002.
38 Gambini, Héctor: “Cuando la historia se muerde la cola”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 2002.


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Sea cual fuere la motivación y los posteriores efectos en el espíritu del que lo realiza, los testimonios acerca de la vuelta a la tierra de origen o a la de los mayores se suman día a día, hablándonos de una nostalgia y de una inquietud que pervive en el tiempo.