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El Cruce del Ecuador, las Fiestas patrias argentinas, las Fiestas patrias y tradicionales de los inmigrantes, la Fiesta del Inmigrante, los aniversarios, la finalización de las diferentes guerras, la iniciación de la Guerra de las Malvinas, la creación e independencia del Estado de Israel, los cumpleaños, el Año Nuevo, el Carnaval y el Mundial de Fútbol 1978 son algunas de las ocasiones en las que se evidencian las costumbres que los inmigrantes trajeron de sus tierras; son circunstancias en las que ellos y sus descendientes exteriorizan su alegría y su agradecimiento a la nación que los recibió. Me refiero asimismo a festejos rechazados por algunos de los inmigrantes, por diferentes motivos. No me ocupo de los festejos religiosos, ya que reuní información sobre algunos de ellos en el capítulo VII, “Religión”.


Cruce del Ecuador

Al pasar la línea del Ecuador –relata el valesano Johann Bodemann, en 1857-, los pasajeros debían someterse a una costumbre marinera: “El trece de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio. Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea, como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del ecuador. Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido en el gran libro. Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente. Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría. A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron” (1).
En Mestizo (2), novela de Ricardo Feierstein, uno de los personajes se refiere al festejo en el barco: “Me dieron el pasaporte hacia Uruguay con visa de salida únicamente. Cosa de enviarme bien lejos y que no regresara. Me fui a Hamburgo y tomé un barco de carga francés, el Aurigne, y de allí recorrí un montón de puertos. Iba parando en todos. Pasé por Amberes, después Marsella, Lisboa, Río de Janeiro... unos treinta días hasta llegar a Montevideo. Al principio estábamos en tercera o cuarta clase, no sé, la última. Eramos unos 35 inmigrantes judíos de Polonia y Lituania, podía hablar con ellos en ídisch, y el capitán tenía una cocina cusher (1) para nosotros. Pero no era gran cosa, no había vino para tomar, así que al tercer día me fui a comer con los marineros y allí la pasaba bien. Viajaban además como 200 inmigrantes españoles en el barco, hacíamos cantos y bailes en el puente, nos entendíamos con señas y algunas palabras. Hubo un festejo grande cuando cruzamos el Ecuador, es una tradición bautizar a los marineros que lo hacen por primera vez. Fue una linda fiesta”. (1) Apto para el consumo, según las normas dietéticas de la religión judía.

Notas
1 Bodemann, Johan: “Viaje sobre el mar”, en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1992.
2 Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta, 1994.

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Fiestas patrias argentinas

En su cuento “Mate amargo”, Samuel Glusberg alude a los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo: “Antes del primero de mayo –día señalado para inaugurar su nuevo comercio- el tío Petacovsky descargaba en su casa cerca de un millón de láminas entre estampas para cuadros, retratos, alegorías patrióticas, copias de monumentos y tarjetas postales. Las ventas fueron iniciadas enseguida. Varios viajantes se encargaron de las provincias, y el tío Petacovsky de la capital. Durante seis meses las cosas anduvieron a todo trapo. Mas no obstante esa actividad y las proporciones que alcanzaron las fiestas del centenario en toda la República, el negocio fracasó” (1).
En Agatha Galiffi, La flor de la mafia, novela de Esther Goris, Juan Galiffi deja el Hotel de Inmigrantes: “todavía era de noche. Ahora sí, Juan Galiffi sentía que el país le abría las puertas; hasta ese momento había permanecido en un limbo indeterminado, en el vestíbulo de su futuro. Donde creyó encontrar una ciudad dormida, se tropezó con una población desvelada, inquieta y festiva. A las pocas cuadras de la solitaria zona portuaria, las luces de los faroles sólo eran opacadas por las de las tiendas y los bares que permanecían abiertos. Ruidosos celebrantes repetían una y otra vez los brindis por la patria. Las banderas abundaban, no sólo la argentina, también otros colores se mezclaban con el celeste y blanco: entre ellas reconoció la tricolor. Galiffi se admiró. Había llegado al país de la jauja y el derroche, donde la fábula era tan verdadera como las tristezas de Europa. Ignoraba todavía que en el amanecer del 25 de Mayo de 1910 se celebraba el Centenario de la Nación” (2).
Carlos Molina Massey evoca, en su cuento “La muerte del pingo” (3), un festejo patrio, en el que confraternizan nativos e inmigrantes. Es el 25 de Mayo. En Mercedes se aprestan a conmemorar la fecha patria: “En la plaza, embanderada, había música y cueterío. Desfile de escolares. Aglomeración de curiosos. Por las calles jinetes gauchos paseaban el lujo de sus fogosos caballos. Don Contreras realizaba su programa anual desde el almacén de don Quintino, el portugués, situado en la esquina crucera de la plaza. Allí tenía concentrada su gente. -A ver, gringo: atále otra gruesa e cuetes a la cola el colorao –ordenaba el bolichero. O si no: -Al escuro atale una lata e kerosén vacida. Enloquecidas por las deflagraciones, por el olor de la pólvora y el ruido de los tachos, los potrillos de don Contreras obligaban a los peones, y aun al mismo patrón que no rehusaba el número, a soportar las más violentas bellaqueadas”.
Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En “El desafío” relata que, para las fiestas patrias, en Malargue se realizaba una competencia de doma. Un indio puelche desafía a un andaluz de dieciséis años: “no se sabe en qué tris fatal Miguel dio una voltereta en el aire y cayó en pie. Un silencio espeso acogió el final inesperado. El desafío había terminado. Miguel saludó al domador (cortesía indígena), reunió su caballada y a sus secuaces y desapareció. Dicen que nunca más volvió por aquellos pagos. El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos. Y cuentan todavía en los fogones malarguinos el gesto de un huaso chileno que había presenciado el desafío, rico el hombre, que había llegado con una tropill de alazanes y mulas de alzada cordillerana. Montaba un caballo de leyenda con apero chapeado en plata. Se acercó al jinete y ofreciéndole las riendas de su montado, le dijo: -Tome, joven. Este es mi regalo. El apero nada más valía un Perú” (4).’
En Entre Ríos vivió su infancia Máximo Yagupsky, quien relata, en diálogo con Mario Diament: “como faltaban maestros y el gobierno no podía afrontar ni la demanda ni el presupuesto, los jóvenes más instruidos de la colonia se ofrecían como maestros. De modo que tomaban cursos acelerados en la escuela que allí teníamos – la ‘Alberdi’- y de inmediato se abocaban a la enseñanza. Y pese a esta preparación abreviada, la escuela ‘Alberdi’ produjo maestros de gran calidad, algunos de los cuales llegaron a profesores secundarios, lo que en ese entonces era una cosa tenida en gran jerarquía. Mi maestro, que se había graduado en la “Alberdi”, sabía que al llegar el 25 de mayo había que cantar el Himno Nacional, porque ésas eran las instrucciones que se le habían impartido. Pero el problema era que habían aprendido la letra, pero no la melodía. De modo que cantábamos el Himno Nacional con la melodía del Hatikva, que era el himno judío. Porque, en cierto modo (Hatikva significa “esperanza”) esto condecía con lo que eran sus esperanzas: veían en la Argentina una Sion, la Sion de sus sueños” (5).
Felipe Fistemberg Adler relata en sus memorias que, en Moisés Ville, provincia de Santa Fe, “Cuando llegaban las fiestas patrias, el pueblo se vestía de gala, las ventanas lucían banderas azules y blancas y a la plaza San Martín, en el centro del poblado, concurría toda la población luciendo la escarapela y manifestando con orgullo su agradecimiento a la nueva patria. Por ser uno de los más altos, y seguramente porque mamá me almidonaba para la ocasión el guardapolvo, ya en los grados superiores las maestras me elegían abanderado, y escoltado por otros niños caminando entre aplausos y cálidas sonrisas nos dirigíamos a la plaza. Las autoridades y los directores de todas las instituciones pronunciaban emotivos discursos. Se cerraba el acto con un esperado reparto de golosinas entre los chicos. Con premura, nos despojábamos de los guardapolvos y corríamos al bosque de eucaliptos frente a la administración de la J.C.A. para ver y participar de la fiesta popular que premiaba a los ganadores, con ponchos, frazadas, camisas, camisetas o pantalones” (6).
Un acto escolar es una excelente oportunidad para destacar los méritos de una alumna asturiana. Jorge Fernández Díaz, el hijo de la inmigrante, relata que la maestra dijo: “ ‘Sé que muchas de ustedes no están de acuerdo. Pero quiero gratificar a esta alumna que no es argentina y que tanto perseveró en aprender lo nuestro. Ninguna se atrevió a contradecir a la señorita Valenzuela, y mi madre llevó la bandera de ceremonias en un acto cualquiera que sus tíos observaron uniformados, firmes y solemnes, henchidos de orgullo y de argentinidad” (7).
En Tucumán se llevó a cabo un “Acto Islámico”, un 25 de Mayo. En ese acto, manifestó el Secretario de la Asociación Pan-Islámica Ing. José E. Ibrahim: " Quiero agradecer a todos por este Momento Sagrado para el Islam y en el día del Aniversario de la Revolución de Mayo darles la Bienvenida a los Representantes Islámicos de Jujuy y Salta, Santiago del Estero, a los representantes de la Universidad Nacional de Tucumán, a los de la Universidad Tecnológica de Tucumán, a los del Instituto Argentino Árabe, al señor Cónsul de Siria, a los hermanos de la Provincia de Santa Fe, al Señor Iman de Córdoba Sheij Mounnif al Sukaria, a las autoridades políticas y religiosas de nuestra comunidad y a todos los hermanos de fe de nuestra ciudad por responder a nuestra invitación. Dejó para lo último y para darle el relieve que corresponde a la presencia en este acto del Arquitecto Mohamed Iusef Hallar, Director de la Oficina de Cultura y Difusión Islámica Argentina y Miembro de la Liga Mundial Islámica con asiento en la Sagrada Meca que es el artífice del presente acontecimiento” (8).
“Aunque pocos lo saben –señala Loreley Gaffoglio-, el Día de la Bandera se instituyó en 1938, luego de dos años de intensos debates, y surgió como un acto de desagravio impulsado por jóvenes argentinos ‘afectados e indignados por frecuentes manifestaciones extranjeras’ en los tiempos de la Guerra Civil Española. (...) La historia cuenta que el 1° de mayo de 1936 las calles de Buenos Aires se poblaron de banderas de los grupos que enfrentaban a republicanos y nacionalistas en España y que tuvieron en el alzamiento de Franco en Marruecos el cruento inicio de la Guerra Civil Española. Un grupo de jóvenes argentinos, ‘afectados e indignados por frecuentes manifestaciones extranjeras portando símbolos exóticos de nuestra nacionalidad y que desfilaban impunes por las calles de Buenos Aires’, resolvió entonces donar una bandera a la Municipalidad, a manera de desagravio, para rendirle tributo el 20 de junio de 1936, en un nuevo aniversario de la muerte de Belgrano” (9).
En “20 de junio” (10), Luis León se refiere al sentimiento patrio de un inmigrante. Cuando Nissim llegó a la Argentina “No sabía por qué la ‘djente’ se ponía una cintita celeste en su ropa y la colgaba en el frente de algunas casas, pensó en una fiesta cristiana, él no sabía muchos de eso porque venía de un país musulmán y él mismo era judío, los cristianos que había conocido no usaban esa cinta, eran griegos y armenios, pero debía ser algo así: esas cintitas le agradaron mucho, simpatizó con ellas porque fue lo primero que reparó al recorrer las calles del centro de Buenos Aires, al salir del puerto. (...) Él junto a unos pocos amigos, fundaron el club sefaradí del Centro. Rechazó la presidencia que le ofrecieron, porque no sabía leer ni escribir. Pero en cambio recibió con gran alegría el cargo de presidente de ceremonias. Inauguraba con un discurso las reuniones de cada fecha patria argentina y repartía antes de comenzar, una escarapela a cada concurrente, fijándoselas con un alfiler con sus propias manos”.
En La fuga, novela de Eduardo Mignogna distinguida con el Premio Emecé 1998/99, se inaugura el Obelisco: “Eran las dos de la tarde del sábado 23 de mayo de 1936, cuando la banda terminó de tocar el Himno y el intendente De Vedia dijo a la multitud un discurso donde vaticinó que el Obelisco sería, con el correr de los años, el alma de Buenos Aires y el recuerdo más auténtico del día en que la ciudad cumplió cuatrocientos años. Todos estábamos muy juntos y mirando hacia el palco de las autoridades que quedaba a los pies del Obelisco. Yo era uno más entre tantos. Toleré un rato aquel discurso, y ya estaba a punto de empezar a forcejear para mandarme mudar, cuando descubrí a un costado al Francés que me saludaba con una mano en alto y una indescifrable expresión de ansiedad en el rostro. El hombre no estaba solo. A su lado, una mujer alta y bella de melena oscura lo abrazaba por los hombros” (11).

Notas
1 Espinoza, Enrique (Samuel Glusberg): “Mate amargo”, en La levita gris. Cuentos judíos de ambiente porteño. Buenos Aires, BABEL.
2 Goris, Esther: Agatha Galiffi, La flor de la mafia. Buenos Aires, Sudamericana, 1999. 415 pp.
3 Molina Massey, Carlos: “La muerte del pingo”, en Luis Gudiño Kramer, J. P. Sáenz y otros: El cuento argentino 1930-1959* antología. Selección, prólogo y notas por Eduardo Romano. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
4 Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
5 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
6 Fistemberg Adler, Felipe: Moisés Ville Recuerdos de un pibe pueblerino. Buenos Aires, Milá, 2005. 112 pp. (Testimonios).
7 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
8 S/F: “Acto islámico”, en www.revistaarabe.com.ar.
9 Gaffoglio, Loreley: “Una historia poco conocida El Día de la Bandera nació en 1938 como un acto de desagravio”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.
10 León, Luis: “20 de junio”, en SEFARAires Nº38, Junio de 2005, sefaraires@fibertel.com.ar
11 Mignogna, Luis: La fuga. Buenos Aires, Emecé, 2001. 216 pp. (Escritores argentinos).

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Fiestas patrias de los inmigrantes

"En las ciudades pampeanas con una fuerte proporcion de habitantes de origen italiano, los festejos de las fechas patrias de la Península cobraban un relieve singular, tal como lo recuerda el historiador cordobes Joaquín G. Martinez en la localidad de San Francisco en 1914.
«Era una fiesta garibaldina, para los niños de la aldea, un día emocionante. Comenzaba con un desfile que terminaba con la vívida parodia de la toma por asalto «sotto il fuoco" de la Roma Papal. La avenida del Libertador San Martín de hoy, entonces Humberto Primo, frente al Centro Cultural actual, entonces sede de la Sociedad Italiana XX Settembre e Lavoro, era el lugar del belico espectaculo. Días antes se construía, cruzando toda la calzada, un maderaje que simulaba la Santa Puerta, a la que se adosaba una profusa instalacion de reservada y estruendosa pirotecnia. A las 11 la gran columna, vestida con un ropaje de fiesta, se deslizaba a los acordes marciales por el bulevar 25 de Mayo en busca de la Porta Pía. Al doblar sobre la calle Humberto Primo y ver la remedada e historica puerta, la columna, presidida por las figuras consulares de la colectividad italiana dominante, se enardecía. Fruncían los ceños, posesionados de belico furor y acometidos por el sentimiento de la unidad italiana, convertidos de subito en camisas rojas, embestían ciegamente, bajo el acicate de los clarines contra la ansiada puerta, al tiempo que una mano oculta prendía la mecha que provocaba el gigantesco estruendo e inundaba el ambiente con el humo del bombardeo triunfal. Traspuesta la puerta victoriosamente, la muchedumbre, ebria de la jornada heroica, se unía a un grito estentoreo triplicado:
"Roma e nostra! Roma e nostra! Roma e nostra!", y terminado el episodio garibaldino, se servía en el local social un generoso vermut con maníes para "tutta la concorrenza", epílogo en el que siempre eramos los primeros, como los ultimos en la retirada" (1).
Gladys Onega dedica un capítulo de sus memorias a la descripción de un festejo de la comunidad italiana de Acebal, provincia de Santa Fe. Transcribo un fragmento de ese capítulo, titulado “De cómo la hija de los Onega llegó a cantar la Giovinezza”:
“(...) llegado el 20 de septiembre, fui una bambina más invitada a la fiesta de la Sociedad Italiana para celebrar la gran fiesta de los italianos. (...) La maravilla me cundió cuando llegamos al salón de la Sociedad Italiana; no me bastaban los oídos para gozar de ‘faccetta nera, faccetta nera, bella abisinia’, ni los ojos para ver lo que veía. Allí todo eran banderas de seda, todo eran cocardas de papel crepe, todo eran pendones colgados de lámparas, ventanas, puertas y telón, todo eran cintas colgadas de las lámparas y todo eran servilletas de colores que honraban la patria italiana. Por obra de magia, el cine ya no era el cine sino una piazza romana, nuestro conocido escenario de matinés y noche no era escenario sino un gran palco y las mesas hechas de tablones sostenidos por caballetes y cubiertos de papel de blanco de panadería no eran tablones sino mesas cubiertas de manteles adamascados” (2).
“Cada primero de agosto –escribe Alejandro Stilman, a partir de un informe de Pablo Bizón y Diana Pazos-, en Colonia Esperanza, conmemoran el aniversario de la Federación Helvética, la fiesta patria suiza y, dos semanas más tarde, el nacimiento de la Asociación Suiza Guillermo Tell. (...) Esta ‘pequeña Europa’, integrada además por alemanes, franceses y belgas, a los que se sumaron italianos, españoles, polacos, rusos, checos, judíos y árabes, se fundó en 1856. La llaman ‘la primera colonia agrícola organizada del país’ “ (3).
En la colonia Pigüe, fundada por cuarenta familias francesas, se festeja “el 14 de julio, la fecha patria, que es comienzo de la gran Semana de Francia” (4). “Mientras las estrofas del Himno Nacional conmovían el corazón de los judíos de Rajil, otro grupo de inmigrantes arraigados a 130 km al norte de Bahía Blanca ensayaba una versión a su manera: ‘Entendez mortels le cri sacré/ Liberté, liberté, liberté...’ Sólo que allí se cantaba todos los 14 de Julio en conmemoración de la toma de la Bastilla y era seguido por las notas de la Marsellesa. Con desfiles, cañonazos, discursos y premios artísticos, los franceses celebraban solemnemente su fecha patria en Pigüé, un pueblito barroso de la pampa donde todavía se agitaba el fantasma de las chuza indias” (5).
El protagonista de Mestizo (6), novela de Ricardo Feierstein, participa en una fiesta sionista: “Así pasé varios años, trabajando. Hasta que conocí a mi esposa, en una fiesta sionista, creo que era un aniversario de Herzl. Yo fui y allí estaba ella. Pero eso fue bastante después, cuando era todo un señor, ya tenía el negocio de Boedo”.

Notas
1 S/F: "Roma e nostra", testimonio incluido por Roberto Ferrero en su trabajo "El espíritu de la pampa gringa", publicado en Todo es Historia, y reproducido en El vigor de las colectividades 1914-1930, volumen que integra la colección Nuestro Siglo, Historia de la Argentina, dirigida por Félix Luna. Buenos Aires, Crónica, 1992.
2 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grjalbo, 1999.
3 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): “Suizos Colonia Esperanza / Santa Fe La vida en una pequeña Europa”, en “COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.
4 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): “Franceses Pigüé / Pcia. de Buenos Aires La colonia de la omelette gigante”, en “COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.
5 Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones: Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. 6° ed. (Sudamericana Joven Ensayo).
6 Feierstein, Ricardo: Mestizo. Buenos Aires, Planeta, 1994.

 

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Fiestas tradicionales de los inmigrantes

“Los primeros sábados de marzo, Colonia Caroya festeja la Semana de la Vendimia que culmina con un almuerzo popular sobre la avenida San Martín al ritmo de danzas friulanas. En julio, la Fiesta de las Comidas Típicas Caroyenses son la oportunidad de saborear la polenta blanca con codeguín (un chorizo hervido y picante), y la típica bagna cauda (leche con anchoas y ajo). En octubre, la Fiesta del Salame Casero, reafirma su legendaria calidad” (1).
En Villa del Parque, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se lleva a cabo la Bierfest, organizada por un colegio del barrio. Escribe al respecto Pablo Hacker, en 2003: “Más de 100 tanques de cerveza helada de 30 litros cada uno. Una enorme parrilla con 3.000 chorizos asándose a las brasas. El olor penetrante y tentador del chucrut casero. Cientos de tortas de chocolate y manzana, exquisitos strudels. Música en vivo para todos los gustos, desde un chamamé hasta un rock & roll, pasando por una marcha nupcial alemana. Y cerca de 3.500 personas reunidas en una pequeña plaza en el corazón de Villa del Parque. El resultado de la ecuación: una fiesta barrial que generó felicidad, panzas llenas, y a más de uno un poquito de resaca mañanera. La 12° edición de la Fiesta de la Cerveza, organizada por el colegio alemán Schiller el sábado pasado, fue un éxito a pesar de la lluvia que obligó a cerrar los grifos de las choperas una hora antes de lo que muchos hubieran deseado” (2).
Entre los galeses, “Un histórico evento es, desde hace 109 años, el festival literario-musical de Eisteddfod, que evoca las tertulias de los celtas. Hay dos versiones patagónicas del Eisteddfod: en la segunda semana de septiembre, el de la Juventud, en Gaiman, y en octubre, el de Chubut, en Trelew” (5).
Refiriéndose a los daneses, señala María M. Bjerg: “En noviembre se organizaba una fiesta de fin de curso a la que llamaban Skovtur, evocando una celebración tradicional en el calendario campesino danés. Tan bien captada por Bille August en su película Pelle el conquistador, en la imagen de las carretas adornadas con flores y banderas transportando hacia el bosque a ufanos campesinos dispuestos a beber, cantar y bailar celebrando la llegada del verano nórdico, el Skovtur encerraba un sentido fuertemente comunitario en las aldeas campesinas de Dinamarca. Resignificado, el Skovtur de las escuelas danesas de la Argentina se celebraba al finalizar el año escolar y era una salida de la que participaba el grueso de los miembros de la cngregación” (6).
Los japoneses en la Argentina festejan el Natsu Matsuri (Festival de Verano). Acerca del evento llevado a cabo en 2002, encontramos esta información: “Como todos los años la Fundación Cultural Argentino Japonesa invita a todos los argentinos al "Festival de Verano" en el Jardin Japones (Casares y Figueroa Alcorta ), siguiendo la costumbre japonesa de realizar un festejo popular en cada estación del año. Dos atardeceres recreando las disciplinas y costumbres de la cultura japonesa, música con bandas y tambores japoneses, danzas tradicionales, artes marciales, desfiles de kimonos y feria de comidas y artesanías japonesas”. Habrá “una galeria de arte y se darán workshops de Sumie (pintura a la tinta china). También se podrá disfrutar de la exposición Kokeshi Ten, Muñecas japonesas, cedidas por la embajada del Japón”, shows culturales: danzas, demostraciones de artes, teatro, música y audiovisuales con una pantalla de video gigante, el show "Robotech Time" –“Espectáculo audiovisual con sinfónica de 50 músicos que interpretarán canciones de la famosa serie de dibujos Robotech con proyecciones de la famosa saga”-, desfiles de Kimonos y la colección Heiwa Uchi de la escuela de Roberto Piazza, recitales de bandas de anime, pop y rock, exhibiciones de artes marciales, Karaoke, Cosplay (concurso de disfraces) y “en la cumbre Otaku se reunirán todos los fans clubes de famosas series”, exposición de Bonsái, masajes japoneses y de relax gratuitos, Feria Artesanías y artículos japoneses, platos de la gastronomía japonesa y oriental” (7).
“El 3 de marzo es el ‘día de las niñas’ o hina matsuri: se exhibe una colección de muñecas que representan la antigua corte imperial y la presencia del bambú garantiza fortaleza y flexibilidad en las futuras mujeres” (8).
“La fiesta de los niños se celebra el 5 de mayo, cuando se muestran figuras de muñecos representando samurais y se comen bizcochos especiales” (9).

Notas:
1 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): “Italianos Colonia Caroya / Córdoba Los sabores artesanales del Friuli”, en “COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.
2 Hacker, Pablo: “El barrio festejó con cerveza, chucrut y baile”, en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2003.
3 Maier Schwerdt, Héctor y Melchior, Julio César: Antiguas tradiciones de los alemanes del Volga. Barragán & Asociados.
4 S/F: “La fiesta de ‘Kerb’ “, en La Prensa, Buenos Aires, 7 de junio de 1998.
5 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): “Galeses Gaman / Chubut Una fiesta de té con torta y literatura”, en “COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.
6 Bjerg, María M.: Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2001. 191 pp. (La Argentina plural).
7 S/F: “AGENDA Natsu Matsuri (Festival de Verano)”, en www.global-art.com.ar, Febrero de 2002.
8 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A LA MESA Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
9 ibídem

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Visitas reales

En El Sur y después –obra teatral de Roberto Cossa-, una pareja relata que ha visto los festejos del Centenario: “-Lo que nos costó llegar...! - ¡Vieran lo que son los festejos! Tuvimos que dar un rodeo por detrás de la Municipalidad! -¡Pero vi a la Infanta Isabel! ¡La vi! –Y el presidente dijo: Cumplimos cien años de libertad y tendermos libertad por cien años más” (1).
La protagonista de Lunas eléctricas para noches sin luna, novela de Belén Gache, relata: “Para los festejos del Centenario, nuestro país recibirá una serie de visitas de representaciones diplomáticas, económicas y culturales de países extranjeros. Se han organizado, así mismo, una serie de recepciones de gala, funciones teatrales, desfiles militares, inauguraciones de monumentos, un tedéum en la Catedral e, incluso, una serie de exposiciones internacionales que abarcarán disciplinas como la agricultura, la industria y las bellas artes y que se desarrollarán en distintos puntos de la ciudad. (...) En los alrededores de la Plaza de Mayo han colocado una serie guirnaldas de luces resaltando las líneas arquitectónicas de todos los edificios. Cerca de la Casa de Gobierno han armado un lujoso palco desde el cual la Infanta Isabel saludará al pueblo argentino”. La Infanta llega a la Argentina el 18 de mayo de 1910: “Los habitantes de Buenos Aires han salido de sus casas y se han convocado en la Plaza de Mayo. Criollos e inmigrantes, italianos y polacos, ricos y pobres se han reunido todos en este día memorable” (2).
Años después, llegó a la Argentina Humberto de Saboya: “Bajó del barco a sonrisa plena, con el gesto de un joven que se sabe marcado por la realeza y por el destino. El heredero del trono de Italia, Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, llegó a Buenos Aires y sedujo a su auditorio con espontánea simpatía. Era el 6 de agosto de 1924 cuando arribó al puerto de Buenos Aires a bordo del San Giorgio, nave integrante de la marina de guerra italiana. Su garbosa presencia fascinó al público argentino. (...) En Buenos Aires lo recibió el Presidente Marcelo T. de Alvear junto a sus ministros, representantes de la Embajada de Italia, funcionarios, militares y un enorme público deseoso de saludarlo. Ese público estaba conformado sobre todo por italianos nmigrantes que habían venido a la Argentina a hacer ‘L’America’. Para esos trabajadores, ‘era la patria misma que llegaba’. Los agasajos fueron interminables. Bailes, comidas, recepciones, almuerzos en el Hipódromo, funciones de gala en el Teatro Colón y en el Cervantes, unja visita a la estancia San Juan de Pereyra Iraola. Como en toda historia de príncipes, también hubo un baile que él mismo organizó en el Palacio Bosch (donde se alojaba) y hasta apareció una Cenicienta vestida de princesa para la ocasión” (3).
La ciudad de Mendoza se engalana para la visita del príncipe italiano: “La capital de la provincia, con ser una hermosa ciudad como quiera que se contemple, se vistió de gala y de fiesta embelleciéndose extraordinariamente con motivo de la visita de S:A:R: el Príncipe Humberto de Saboya. En verdad ni aún para las solemnidades en que el patriotismo nacional reclama toda la pompa y el buen gusto de la ornamentación pública, se ha admirado en nuestra ciudad, como en tal circunstancia, el brillante exponente de plausibles inciativas oficiales y particulares adoptadas para probar, en el homenaje al joven y gallardo príncipe, todo el calor y la simpatía que nos merece su persona, su investidura y el nombre de Italia” (4).

Notas
1 Cossa, Roberto: Gris de ausencia, en Teatro 3. Buenos Aires, Ediciones de la Flor.
2 Gache, Belén: Lunas eléctricas para noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2005.
3 S/F: “Imágenes del Siglo 1900 1999 Las fotos que hicieron historia Vigésima entrega”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
4 S/F: “La ‘Perla Andina’, 1924”, en Prov. de Mendoza, A su Alteza Real Umberto di Savoia..., 1927, incluido en Historia de Ciudades Mendoza. Selección y prólogo: Rosa Guaycochea de Onofri. Buenos Aires,Centro Editor de América Latina, 1983. (Historia Testimonial Argentina).

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Fiesta del Inmigrante

Las Fiestas del Inmigrante se realizan en muchas localidades, y agrupan a quienes llegaron de otras tierras, a sus descendientes y a los nacidos en el país que los recibió. Me refiero a algunos de estos festejos:
El 8 de septiembre de 2002 tuvo lugar en los jardines del Ex Hotel de Inmigrantes la Fiesta de las Colectividades. Semejante a la que se realizó otros años en el Rosedal, incluyó la presentación de conjuntos folklóricos de diferentes comunidades, la venta de productos típicos y la degustación de comidas regionales, así como también el obsequio de posters y folletería. En esa oportunidad, el profesor Jorge Ochoa de Eguileor, la arquitecta Seró Mantero y sus colaboradores presentaron más material del Museo de la Inmigración.
En Berisso se llevó a cabo una nueva Fiesta del inmigrante. Acerca de la realizada en 2004, leemos: “La emotiva jornada se vivió en la capital provincial del inmigrante, con motivo del tradicional desfile que, como sucede desde hace 27 años, volvió a reunir a miles de descendientes de aquellos trabajadores que poblaron estas tierras y forjaron la Nación. El encargado de dar las palabras de bienvenida fue el Presidente de la Asociación de Entidades Extranjeras, Jorge Pagano, quien estuvo acompañado por el gobernador Felipe Solá y los intendentes de Berisso y Magdalena, Enrique Slezack y Fernando Carballo. En tanto, se presentó en público, la nueva Reina del Inmigrante, la joven Roma Nerea Bergonzi (colectividad italiana), quien se mostró muy emocionada. Lo mejor de la jornada fue, el desfile de las distintas colectividades, que desde hace años constituye el broche de oro de la Fiesta del Inmigrante. (...). El cierre del tradicional desfile estuvo a cargo de instituciones civiles y tradicionalistas. La emotiva jornada concluyó con un festival y con un show de fuegos artificiales” (1).
Se acerca una nueva Fiesta del Inmigrante en Oberá, Misiones, una fiesta que reúne a inmigrantes llegados de otros continentes y de países limítrofes: “Del 3 al 17 de septiembre (a excepción de los días 5 y 12 que serán de descanso), se realizará la XXVI Fiesta Nacional del Inmigrante en Oberá. Los atractivos serán varios, y entre ellos se cuenta un stand atendido por personal del Ministerio del Interior que proporcionará información a quienes buscan sus orígenes, además de un mini “jurasic park” con especímenes de dinosaurios en escala, encontrados en la Patagonia argentina. La incorporación de la colectividad checa y la construcción de un helipuerto son también, novedades para este año. "Hemos analizado la situación de prolongar durante 14 días la fiesta, tal cual el año pasado y se decidió organizar mejor, de manera tal, que los visitantes tengan más espacio en el tiempo para apreciarla", dijo Julio Barchuk, presidente de la Federación de Colectividades. (...) Barchuk también dijo que el 29 de mayo viajarán a Buenos Aires, invitados por el Canciller Rafael Bielsa a efectos de exponer en lo que será la conformación de la Asociación Nacional de Colectividades. "Esto es muy importante para nosotros, teniendo en cuenta que nos abrirá las puertas a contactos con el exterior u otras organizaciones que implique el acercamiento a las colectividades y sus paises de origen", apuntó. Entre los números que están evaluando para la edición de este año, se analiza traer a los Tucu Tucu, Fito Paez, la Mona Jiménez,entre otros” (2).

Notas
1 S/F: “Fiesta del inmigrante BERISSO Y LAS COLECTIVIDADES”, en La Gran Capital, Número 76, octubre de 2004, www.lagrancapital.com.ar.
2 S/F: “Ya está en marcha la Fiesta del Inmigrante”, en Oberáonline, 17 Mayo de 2005, www.oberaonline.com.ar.

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Aniversarios

En 1996, en el marco de las Jornadas Patrióticas Gallegas, los inmigrantes de ese origen y sus descendientes celebraron el 17° aniversario del Centro Galicia de Buenos Aires, con una Gran Romería en el “Campo Galicia”. La jornada se inició con una misa solemne y procesión, luego hubo danzas gallegas a cargo de los grupos que integran la escuela del Centro Galicia y actuación del grupo de gaitas del Centro Galicia. Más tarde se llevó a cabo el almuerzo “17 aniversario” y, finalmente, el baile con la participación de renombradas orquestas de la colectividad gallega y española (1).
“Entre las costumbres curiosas de los galeses existía la de celebrar conciertos-exposiciones que atraían la concurrencia de hasta siete leguas a la redonda. Estos festivales (eistedvod) duraban largas horas –se almorzaba en el intervalo- con programas variados: canto declamación, concursos poéticos y exhibición de artesanías elaboradas por los colonos. Un jurado repartía modestos premios. A veces una distinción; otras, una pequeña suma de dinero. La Navidad, el Año Nuevo y la Fiesta de Desembarco –28 de julio, aniversario de la llegada al Chubut- motivaban estos encuentros a los que asistían hasta seiscientas personas” (2).
“La Cofradía Mundial de los Caballeros de la Omelette Gigante con sede en Pigüé, tiene su gala el primer domingo de diciembre. Se calienta la sartén de cuatro metros de diámetro, se rompen 14 mil huevos, se incorporan 30 litros de aceite y con remos y rastrillos se hace la monumental omelette. A la colonia le sobran celebraciones: (...) en diciembre, la fiesta de la fundación. (...) En octubre de 1884, en Burdeos, cuarenta familias oriundas de Aveyron –en el sudoeste francés- abordaron el barco que los trajo a Buenos Aires. El 4 de diciembre arribaron a esa antigua tierra mapuche y para nombrar a la colonia adoptaron una de sus voces: pi-hue, que significa ‘lugar de encuentro’. No se equivocaron aquellos pioneros al tomar ese nombre. Había encontrado su lugar” (3).
“Todo empezó el 3 de octubre de 1964 –escribe Mónica Beltrán-. El presidente argentino Arturo Illia y su par de la República Francesa, general Charles De Gaulle, firmaron en Buenos Aires un acuerdo de cooperación cultural, científico y técnico. Dos días después, el jefe de Estado francés, en visita oficial al país, colocó en un terreno de más de una hectárea la piedra fundamental de lo que hoy es el Liceo Franco Argentino Jean Mermoz, en el barrio de Belgrano. (...) La última semana los casi 1.600 alumnos del Liceo organizaron diversas actividades para festejar los 30 años: los chicos de jardín y preescolar soltaron en el patio cientos de globos con los colores de la bandera francesa; los de primaria bailaron el pericón y los más grandes exhibieron sus investigaciones sobre la vida del piloto Jean Mermoz, que prestó su nombre a la escuela” (4).
“El Club Portugués , en el barrio de Isidro Casanova, reconoce como orígenes fundantes la migración de un grupo de familias durante la dictadura militar de Antonio Oliveira Salazar (entre 1933 y 1968), que se instalaron como quinteros, horneros y comerciantes en el área metropolitana, especialmente en el partido de La Matanza. (...) El aniversario del club se conmemora con platos típicos como la sopa de conquilhas, la cazuela de pulpo con salsa bechamel y salsa de pimientos, y como postre: helado de crema portuguesa con dulce de almendras” (5).
El Boletín N” 1 (6) de la Familia Lombarda de Paraná informa que “En el marco de los festejos por el 140º Aniversario de la Sociedad Italiana en Paraná, se realizó una Convocatoria a formar todas las familias correspondientes a las distintas regiones de Italia en nuestra Ciudad. Se convocó a los descendientes de la Región de Lombardía en fecha 13/12/04. En dicha Reunión –con notable concurrencia – nos conocimos y en otros casos reencontramos, familias de lombardos e intercambiamos opiniones sobre la factibilidad de formar la Familia Lombarda. Se acordó comenzar con un Censo y con la confección de los futuros Estatutos de la Sociedad. Además se trató la posibilidad de elaborar un Boletín – como el presente – a fin de hacernos conocer y convocar a otros descendientes de lombardos. También se hizo hincapié en la voluntad y necesidad de rescatar las tradiciones de nuestros ancestros a través de historias, recetas, recuerdos, etc. En posteriores reuniones se avanzó en estos objetivos y nos estamos preparando para participar de los distintos Actos programados para la Conmemoración de los 140º años de la Sociedad Italiana”.
El Boletín N° 2 (7) informa que el 27 de abril de 2005 se realizó “en la Sede de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos un café literario, en el marco de los festejos por el 141º Aniversario de la creación de la misma, y destinado a la participación de las diferentes regiones de descendientes de italianos que estuvieran constituyéndose en nuestra ciudad”.
Refiriéndose a los daneses, escribe María M. Berg: “Frente a la recreación de las tradiciones del pasado, los maestros nativos orientaban su trabajo al desarrollo de una identificación de los niños con la cultura argentina. Gradualmente, la comunidad fue gestando un tenue sentido de pertenencia al país de adopción. En 1923, la participación de la escuela y de la congregación en los actos públicos del centenario de la fundación de Tandil revela la naturaleza de esta identificación. Haciendo gala de las banderas de sus dos patrias, los alumnos desfilaron para honrar al fundador de la ciudad, el general Martín Rodríguez. La congregación ofrendó al pueblo dos valiosos jarrones de porcelana danesa diseñados en Copenhague para la ocasión y el pastor Andresen , por entonces ministro de la iglesia y rector de la escuela, se dirigió a los vecinos de Tandil en un discurso que destacaba la estrecha vinculación de los daneses con la historia de la ciudad (...)” (8).
“Admirables sinagogas, exquisiteces tradicionales y celebraciones milenarias ambientan el paisaje de Moisés Ville, la primera colonia judía agrícola que se fundó en 1889, al noroeste de Santa Fe. Los inmigrantes venían de Kamenetz, Podolia (hoy Ucrania), región de la ‘Zona de residencia rusa’. (...) Todo el pueblo se reúne en las fiestas patronales (24 de setembre, y en el Aniversario de la Colonia, en octubre” (9).

Notas
1 S/F: “Jornadas Patrióticas Gallegas”, en Viajero Celta. Año I, N° 9. Buenos Aires, Julio de 1996.
2 Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones: Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. 6° ed. (Sudamericana Joven Ensayo).
5 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): “Franceses Pigüé / Pcia. de Buenos Aires La colonia de la omelette gigante”, en “COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.
6 Beltrán, Mónica: “LOS TREINTA AÑOS DEL LICEO FRANCO ARGENTINO Un colegio con acento francés”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
7 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A LA MESA Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
8 Familia lombarda de Paraná: Boletín N° 1, csaboldelli@hotmail.com.
9 Familia Lombarda de Paraná: Boletín N° 2, Abril de 2005. csaboldelli@hotmail.com.
10 Bjerg, María M.: Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2001. 191 pp. (La Argentina plural).
11 Stilman, Alejandro (texto), Pablo Bizón y Diana Pazos (informe): “Judíos Moisés Ville / Santa Fe Los colonos que vinieron de Ucrania”, en “COLONIAS Y PUEBLOS DE LA ARGENTINA La ruta de los inmigrantes”, en Clarín, Buenos Aires, 7 de setiembre de 2003.

Fin de guerra

Los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza Lo recuerda en una entrevista María Trepicchio de Danna, a los 101 años: “Ah, la Primera Guerra se sufrió mucho porque todos los inmigrantes tenían a sus familiares en Europa”. La ayuda a los damnificados no se hizo esperar: “Con el Círculo de Damas Francesas tejí para los soldados partidarios de De Gaulle”. Cuando la guerra llega a su fin, también en la Argentina festejan: “la paz se celebró con locura, en casa entonamos La Marsellesa aquel día, con la bandera desplegada en el living” (1).
La pequeña descendiente de irlandeses que protagoniza Secretos de familia, novela de Graciela Beatriz Cabal, relata: “Mi papá no va a la guerra porque la guerra se acabó. Como ya no hay guerra, todos están contentos y salen a la calle y se abrazan, igual que si fueran parientes. Entonces mi tía la soltera se hace la simpática y pide que me vistan de cumpleaños, que ella y yo nos vamos a parrandear. Mi mamá me pone la blusa de los perritos colorados, que está recién lavada, y los zapatos nuevos de charol, que no se limpian con pomada sino con manteca, porque son carísimos. Mi tía la soltera, que es muy copiona, también quiere estrenarse algo y se estrena una banana. Pero no una banana de comer: una banana para ponerse en la cabeza, con horquillas. (Rellena con pelo de muerto está la banana, pero eso a ella no hay que contárselo nunca jamás para que no vomite, dice la Felisa). Yo quiero y quiero ir de parranda al Zoológico, y andar en elefante y en trencito y comer barquillos. Mi tía la soltera quiere y quiere ir de parranda a la confitería, a tomar copetín con papitas, aceitunas y otras cosas que hacen mal a la salud” (2).
Afirma Carlos Szwarcer, en su trabajo “El Café Izmir”: “Pasaron los años y el Café lzmir se consolidó como referente de la colectividad. La Segunda Guerra Mundial agitaba los ánimos de sus habitués y sus paredes pintadas con arabescos —dibujos de palmeras y siluetas orientales que simulaban las Mil y una Noches—, eran parcialmente cubiertas por banderas de los países vencedores de la contienda” (3)
Escribe Felipe Fistemberg Adler, en la evocación de sus años en Moisés Ville: “Cuando la noticia de la finalización de la Segunda Guerra Mundial llegó al pueblo, y el triunfo de los aliados nuevamente traía esperanza al mundo, el Pueblo Judío quería festejar. Pero no era fácil pensar en festejos. No había nadie que no guardara luto por algún ser querido. Toda mi familia esperaba diariamente recibir alguna noticia de algún pariente afortunado. Pero no fue así: abuelos maternos, tíos, primos, y todos los demás sin un lugar donde ir a llorarlos. Las autoridades del pueblo entendieron que somos la “Zarza que Arde y no se Consume” y que debíamos sobreponernos a la masacre y pensar que el día llegaría y el Pueblo Hebreo retornaría a su tierra ancestral, la Tierra de Israel. Hicieron un llamado al pueblo e inmediatamente aparecieron donadas siete gordas vaquillonas, pan, bebidas, frutas y muchísimos voluntarios para organizar un asado gratuito y colectivo que permitiera a toda la población festejar el fin de la guerra. El shoijet (matarife), los carniceros y los ayudantes trabajaron como nunca. Al espectáculo de tamaña envergadura asistió una inusitada concurrencia” (4).

Notas
1 Muzi, Carolina: “El siglo que yo vi”, en Clarín Viva, 26 de septiembre de 1999.
2 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Debolsillo, 2003. 280 pp.
3 Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en Todo es historia, N° 422, Septiembre de 2002.
4 Fistemberg Adler, Felipe: op. cit.

Inicio de la Guerra de las Malvinas

El festejo del inicio de la Guerra de las Malvinas irrita a un inmigrante italiano. En su testimonio “16 de Junio de 1982”, escribe Marili Flores: “Esas idas a la Pza. Ramírez con la gurisada del barrio en mi Citroen en manifestaciones multitudinarias con vinchas y banderitas celestes y blancas se convertían ese atardecer en la violada utilería de una puesta de teatro del absurdo y nosotros, actores que grotescamente festejábamos un conflicto bélico. Esos bocinazos me aturdían, ahora. Esos con los que, estertóreamente expresábamos en patrioterismo de mundial de fútbol la dramaturgia horrorosa de una guerra. Lo que me impidió entenderlo al Nonno Juan, cuando en el asado de aquel domingo me preguntaba en su cocoliche, “ma caraco que festeca?! Una guera?” y pensé, cincuenta años en este país, pero no es argentino, no entiende . Esa tarde sentí al Nonno, creciendo otra vez desde su sabiduría, desde mi dolor” (1).

Notas
1 Flores, Marili: “16 de junio de 1982”, en www.elmuro.com.

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Creación e independencia de Israel

En Buenos Aires, en 1948, transcurre uno de los capítulos de Hija del silencio, novela de Manuela Fingueret. Ella escribe: “La viabilidad de un Estado judío formaba parte de esas discusiones que para ella quedaron truncas, pero era también un espacio de sueños que algunos llevaron adelante como bandera de lucha, un lugar de encuentro para los que pudieron pensar antes o después de los campos de la muerte. Para Pinie, el sionismo se fue convirtiendo en el motivo central de su existencia. No es un tema que discuta con ella, porque no se muestra interesada en ello, aunque verlo tan entusiasmado la conmueve. Van llegando los amigos justo en el momento en que se transmite la votación en las Naciones Unidas. El grito de júbilo final, las lágrimas de todos producen en Tínkele una emoción nueva, que en estos años le resulta más fácil empezar a sentir. Pinie se acerca a la cómoda oscura y saca del tercer cajón un talit brillante de seda. Se coloca el sombrero, abre el libro de oraciones, y con la voz enronquecida por la emoción reza: ‘Baruj ata adonai eloeinu adonai ejad’ ” (1).
En La rabina, escribe Silvia Plager: “Poca atención le había prestado Esther a la música, pero de pronto el solo de violín la arrastró a un misterioso ámbito y en él su madre le volvió a contar que cuando se declaró el Estado de Israel, papá tomó el violín y se puso a tocar, a pesar de que sólo lo había aprendido de chico y mal, como si Shmuel, su virtuoso hermano mayor asesinado por los nazis lo guiara...” (2).
Luis León se refiere a los festejos de la independencia de Israel (3): “Un gran acto en el cine Villa Crespo de Corrientes al 5500, reunió a centenares d personas, aunque el acto central fue organizado en el estadio Luna Park.. En esa ocasión, un número importante de djidiós de Villa Crespo concurrieron al acto en bañaderas (2), desde las que exteriorizaba su entusiasmo. Desde temprano, se formó una columna en que se destacaban los jóvenes, reunidos alrededor del mástil que en esa época se alzaba en el encuentro de las avenidas Corrientes y Canning (1), recuerda “L”. “Desde el balcón del quinto piso de uno de los escasos edificios de altura de esa época, mi abuela, gritaba alentando a la muchedumbre sin reflexionar si era o no escuchada por ellos. Yo que tenía seis años, iba y venía sobre mi triciclo haciendo sonar el timbre del manubrio, por simple entusiasmo de ver a mi abuela en esa actitud. Cuando la columna fue numerosa y comenzó a marchar hacia el centro, ella corrió hacia el ropero, extrajo una gran bolsa de confites de almendra y los arrojó hacia abajo a la gente, fina y cara costumbre que reservaba exclusivamente para los grandes acontecimientos, especialmente los nacimientos”. (1) Actual calle Scalabrini Ortiz / (2) Tipo de vehículo colectivo de la época, con techo de lona para plegar en días soleados, denominado así por la gente de la ciudad debido a la forma de la carrocería.

Notas
1 Fingueret, Manuela: Hija del silencio. Buenos Aires, Planeta, 1999.
2 Plager, Silvia: La rabina. Buenos Aires, Planeta, 2006.
3 León, Luis: “Recuerdos de la partición”, en SEFARaires, N° 13, Mayo de 2003.

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Cumpleaños

Los cumpleaños se festejaban en la colectividad italiana con manjares caseros. Lo recuerda María Luisa Cuccetti, en una entrevista. Cumplidos ya los cien años, relata: “La Boca era un lugar muy lindo a principios de siglo, lleno de inmigrantes y marinos genoveses. Los cumpleaños se festejaban con pastelitos y chocolate caliente” (1).
Uno de los gallegos de Frontera Sur, novela de Horacio Vázquez-Rial, festeja su cumpleaños. Dice la hija: “Todavía hay mucho que hacer para esta noche. Es una fiesta muy grande -explicó desde la puerta-, muy importante para nosotros. Mi padre no se lo habrá dicho, pero, amén de la Nochebuena, celebramos su cumpleaños. Y va a estar todo el mundo. Todos los hermanos, y todos los huéspedes, y todos los amigos, que alguna vez fueron huéspedes también. (...) Siempre llega gente de allá, de Galicia, y no la va a dejar en la calle, ¿no?” (2).
Entre los japoneses, “Los cumpleaños son muy festejados, pero sobre todo en las siguientes edades: 13, 25, 37, 61, 73, 85, 88 y 99 años” (3).

Notas
1 Muzi, Carolina: “El siglo que yo vi”, en Clarín Viva, 26 de septiembre de 1999.
2 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona,. Ediciones B, 1998.
3 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A LA MESA Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.

Año Nuevo

Pervive en América la costumbre española de comer doce uvas al tiempo que suenan las campanas en el nuevo año. Silvia Pisani (1) y Rodolfo Ranni (2), quienes lo intentaron en Europa, coinciden en señalar la imposibilidad física de llevarlo a cabo.
Narra el protagonista de Hermana y Sombra, novela de Bernardo Verbitsky, hijo de inmigrantes rusos: “el 1° de enero de 1919 nos encontró juntos. Se brindó con la bebida de rigor, cuando nos aseguraron que se estaba oyendo la ronca sirena de ‘La Prensa’; también yo creí distinguir entre el estrépito creciente el lejano zumbido que efectivamente llegaba desde Plaza de Mayo hasta Flores y el resto de la ciudad. Y allí se desencadenó con mayor fuerza la acostumbrada recepción a balazos, que por primera vez oí, o la primera que recuerdo, aumentando el estruendo de cohetes, gritos, bocinazos, a todo lo cual sumamos una modesta contribución de ruidos, golpeando con palos un fuentón de cinc de los que se usaban para lavar ropa. Vimos cómo partían oblícuamente hacia la altura las rojizas huellas de los tiros que prodigaban los energúmenos de la casa de al lado. Mamá se tapaba los oídos calificando todo eso de salvajismo. Al día siguiente leímos en el diario que en varios lugares de la ciudad hubo heridos por balas perdidas, una de las cuales causó la muerte de una joven que se hallaba en el patio de su casa” (3).
En su cuento “Año nuevo en Buenos Aires”, Luis León relata que, al protagonista: “la lluvia le impidió sentarse en la vereda. Por causas que no alcanzaba a saber, desde la noche anterior Kadén, su mujer, aparecía con frecuencia en sus pensamientos. Cerca de las diez cuando la lluvia interrumpió su intensidad por un rato, decidió salir a comprar algo para el almuerzo. (...) fue hasta el pequeño ropero de roble del espejo roto y sacó la percha de Tienda Los Leones. Allá colgaba su único traje, y comenzó a ponérselo con cuidado, procurando que los tiradores queden parejos, no seas choloja (7) le decía Kaden que tanto cuidaba su aspecto. Esa mujer, Masaltó me recuerda a ella, cuidadosa de la ropa. Llevaré este paquetiko de jalvá para que la djuventú coma algo dulce al llegar las doce. En verdad ellos son fuertes, y tienen derecho a festejar, como yo cuando saqué corriendo a esos muchachones turcos que querían pegarme en el Jan de las Cabras, se dijo con algo de orgullo. Fue nuevamente al ropero para sacar una bolsita de seda con el libro de Ley y su talet (8), por si había oportunidad de meldar (9) un poco se dijo, y la sonrisa se le amplió”. (7) desaliñado en el vestir / (8) manto empleado para la liturgia ju-día / meldar: leer los libros litúrgicos / (9) leer los libros sagrados” (4).
En “Año nuevo con sorpresa”, relata José Mantel: “Los hermanos habían decidido festejar el 31 de diciembre bien a la criolla, con mucha sidra, pan dulce, turrones y frutas secas. Lo iban a hacer en el patio de Mordejai e invitarían a los cuñados con sus esposas e hijos, unas treinta personas. Mordejai se ocuparía de hacer las compras y luego repartirían los gastos” (5).
Entre los alemanes del Volga, había una tradición secular que es descripta de la siguiente manera por José Brendel, en su evocación de San Miguel Arcángel: ‘Para Año Nuevo, existe en la colonia una tradición multisecular, única, no en su fondo sino en su ritual. No en cualquier parte se puede formular el deseo de prosperidad, sino que está sujeto a un estricto código ancestral, sin el cual el augurio no vale nada. No es colectivo, ni siquiera familiar, sino estrictamente personal, de cada uno, ya frente a sus padres o amigos. Entra en la categoría de los actos serios’. “El agraciado, con su esposa, debe estar en su salita de recibo –Kleine Stube: sala chica- y sentado, en actitud de potestad y con la puerta cerrada. Después de los consabidos golpecitos de llamada y el ‘entre’ correspondiente, se presenta el felicitante con el saludo de ‘Alabado sea Jesucristo’, y acto seguido recita su salutación, que es de un mismo tenor para todos: ‘Les deseo feliz Año Nuevo, larga vida, salud, paz y unión, y después de la muerte la Vida Eterna, y el Niño Dios en sus corazones” (6).
Los japoneses, “En las fiestas, como el Año Nuevo o Shogatsu, donde se reúnen con familiares y amigos, tanto se bebe un tipo especial de sake al que le atribuyen la propiedad de garantizar y alargar la vida, como no deben faltar el sushi, los frutos del mar –langosta y besugo- y una sopa que contiene pasteles de arroz gelatinoso que ‘borra todo recuerdo ingrato del año precedente’ “ (7).

Notas
1 Pisani, Silvia: en La Nación Revista.
2 Ranni, Rodolfo: “En la Puerta del Sol bajo una lluvia torrencial”, en La Nación, Buenos Aires, 12 de enero de 2003.
3 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
4 León, Luis: “Año nuevo en Buenos Aires”, en SEFARaires, N° 21.
5 Mantel, José: “Ano nuevo con sorpresa”, en SEFARaires, N° 33.
6 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis /Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
7 Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A LA MESA Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.

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Carnaval

“Según una difundida leyenda -comenta Alejandro Dolina-, el Carnaval fue alguna vez una fiesta popular, con personas disfrazadas, música, baile, bromas y murgas. En verdad, cuesta creer semejante cosa. Como quiera que sea, la legendaria gesta ha muerto ya. Sin embargo, como silenciosas habitaciones vacías, han quedado ciertas fechas del almanaque a las que la terquedad general insiste en adjudicar la condición de carnavalesca. Esos días son utilizados no ya para festejar sino más bien para reflexionar y añorar la ausencia de la fiesta. Se trata, según se ve, de un curioso destino: pasar del entusiasmo a la nostalgia, de la pasión a la meditación, de la alegría a la tristeza” (1).
Humberto D’Arcángelo -personaje de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato- añora los carnavales de antaño. El está con Martín “en una antigua cochera que en otro tiempo había sido de alguna casa señorial. (...) Le señaló al fondo, arrumbado, el cadáver de un coche de plaza: sin faroles, sin gomas, agrietada, la capota podrida y desgarrada. (...) Acarició la rueda de la vieja victoria. –La gran puta –dijo con voz quebrada-, cuando venía el carnaval había que ver este coche al corso de Barraca. Y el viejo con la galerita, al pescante. Te garanto que daba golpe, pibe” (2).
En 1871, ataca la peste. Escribe Félix Luna: “En enero ocurrieron los primeros casos, pero el carnaval se aproximaba y hasta el propio presidente se divertía jugando con agua: ¿cómo se iba a ensombrecer la alegría popular advirtiendo el peligro que se cernía sobre Buenos Aires?” (3).
La inglesa Agnes, abuela de María Elena Walsh, escribe a su padre en 1878: “El próximo domingo empieza el Carnaval y parece que será grandioso” (4).
Carlos Mauricio Pacheco evoca en su sainete lírico-dramático en un acto Los disfrazados, un suceso acaecido durante un Carnaval. La escena se desarrolla en el “Patio de un inquilinato. Puerta de calle a foro y puertas laterales. A la derecha escalera que conduce a las habitaciones altas enfrentadas a foro y laterales por una baranda. No es el conventillo porteño sucio y complicado. Es un patio donde el autor toma sus apuntes de la vida popular sin necesidad de taparse las narices. Hay en el ambiente cierto aseo, cierta limpia alegría de día de fiesta, que no se encuentra en las oscuras vecindades cosmopolitas. No es, pues, el conventillo propiamente. Son unos cuantos tipos que en la tarde carnavalesca mueven , ante los ruidos cómicos de la calle, el respectivo cascabel interno. El todo entre paredes y entre perspectiva de azoteas, por encima de las cuales declina el sol” (5).
A criterio de Graciela Villanueva, “la circunstancia (el carnaval) y la peripecia amorosa de engaño y venganza sobre la que se articula la acción dramática sirven sobre todo para que desfilen por el patio del conventillo diversos y pintorescos personajes del pueblo y, naturalmente, muchos inmigrantes -especialmente italianos- que se expresan en aquella particular mezcla de español e italiano bautizada en Argentina con el nombre de cocoliche” (6).
Manuel Gálvez describe, en su novela Nacha Regules, un baile en un inquilinato: “de la guitarra y el bandoneón surgían las frases compadronas de un tango. Era una música sensual, canallesca, arrabalera, mezcla de insolencia y bajeza, de tiesura y voluptuosidad, de tristeza secular y alegría burda de prostíbulo, música que hablaba en lengua de germanía y de prisiones, y que hacía pensar en escenas de mala vida, en ambientes de bajo fondo poblados por siluetas de crimen. (...) Linda sonreía mirando a algunas parejas –a Saturnina que era abrazada por un conde lleno de plumas, y a la encargada del inquilinato, una genovesa redonda como una bola, que se zangoloteaba en los brazos de un Moreira feroz-“ (7).
En Las ingratas –novela de Guadalupe Henestrosa que mereció el Premio Clarín de Novela 2002-, el carnaval marca el inicio de la relación entre la dueña de la pensión y uno de sus huéspedes, que luego se convertiría en su marido: “Así estaban las cosas, cuando una noche de carnaval, mientras todo el mundo había ido hasta el corso de la avenida para ver pasar las carrozas, Roca prefirió quedarse en el patio fumando un cigarro y silbando bajito. Petra iba de acá para allá con un balde, regando las macetas. (...)
Afuera sonaban los gritos de las comparsas, los falsos alaridos de las mascaritas, las bombas de estruendo a lo lejos; adentro, en ese mundo de macetas, baldosas y sillas de mimbre, el silencio era más fuerte. En la atmósfera verde, Petra era otra, más blanda, tierna, casi indefensa: Melchor Roca la miraba embobado, sumergido con ella en el ambiente acuático y levemente corrupto de la noche de carnaval” (8).
En su novela Hacer la América, Pedro Orgambide evoca un carnaval de la década del 20: “Sonaban las gaitas de los gallegos. Los vascos (pantalón y camisa blanca, pañuelo al cuello, boinas, alpargatas) bailaban golpeando sus palos, combatiendo en una esgrima de pies que se lanzaban al aire y volvían en un paso de danza. Los cosacos desenvainaban sus sables, degollaban a Israel Mitzer en la puerta de la sinagoga y gritaban, sudados y coléricos, fidelidad al zar y a la zarina. Bailaban los capoeiras del Brasil y los gitanos y los muchachos de Barracas. Bailaban los hombres disfrazados de osos, de monos, de tigres, de gigantescos perros y caballos. Bailaban los hombres disfrazados de mujeres y las mujeres disfrazadas de hombre; bailaba el disfraz hermafrodita: mitad hombre, mitad mujer, mitad novio, mitad novia; danzaba el lanzador de dardos, el salvaje que besaba al explorador en la boca; bailaban los enanitos, los viejos, los enclenques. En el palco, las orquestitas de Retiro, de las viejas romerías, tocaban los tanguitos de otro tiempo, puro flautín, pura guitarra, pero ahora subía una orquesta típica nacional que dirigía el maestro Arrieta” (9).
El protagonista de Barrio Gris, novela del inmigrante asturiano Joaquín Gómez Bas, manifiesta: “En lo que a mí respecta, el carnaval existe para recuadrar en rojo tres días del almanaque. Ahora. Antes existía también para que el pobre Cigüeña se disfrazara de oso carolina. Ni de niño compartí el disloque general. Jamás me exhibí pintarrajeado. Me mantuve siempre ajeno al entusiasta afán de convertirse en bufo gratuito para regodeo del prójimo. Repudio el vocingleo desatado, inútil y bárbaro. Me enferma. La primera vez que pretendí formar parte de la baraúnda en un bailongo de la fecha, originé descomunal batahola cuando un cocoliche de facón y talero casi me deja sordo con su carraca. Por milagro no me ojalaron el pellejo. Lo salvé entero, junto con el propósito de esquivarle el bulto en lo futuro a la jauría de carnestolendas. Definitivamente” (10).
Uno de los personajes de Mempo Giardinelli relata, en la novela Santo Oficio de la Memoria: “Era una joda este país, y los carnavales no te cuento: se jugaba con agua todas las tardes y a la noche meta milonga” (11).
Victor Hugo Ghitta evoca el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda “las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas” (12).
Nersés, un joven hijo de armenios que se crió en Barracas, protagoniza la novela Memorias para no olvidar, de Eduardo Bedrossian. El joven “se acordó de aquellos años de su infancia, cuando se ponía un disfraz y se agregaba a la murga que iba cantando por el barrio y recogiendo algunas monedas en una vasija de lata o en un platito, luego de algunas canciones de ablande” (13).
Santó Efendi recuerda los carnavales en Villa Crespo: “En verano, el carnaval diurno servía para refrescarse un poco... a globazos, baldazos y mangueras” (14).
Manuel Enrique Pereda evoca los carnavales en Villa Pueyrredón: “Había una vez... allá por los años 1922, una familia formada por Don Clemente Enrique Pereda, argentino, nacido en el Bajo Belgrano, y Doña Estrella Mon, española, de Galicia, con su hijo Manuel Enrique (...), que se radicaron en una pieza alquilada en la calle Argerich 4685 a un matrimonio de italianos de apellido Pettorosi que tenían tres hijos llamados Pascua, Armando y Pepa, siendo estas chicas mis primeras compañeras de juegos (...) Tengo presente a la tana Doña Emilia, de carácter fuerte y cerrado dialecto, cuando al poco tiempo de convivir en su casa, siendo carnaval, mi viejo le tiró un baldazo de agua. ¿Qué ‘rosca’ se armó! Se lo quería comer crudo” (15).
Se disfrazaba Alberto Tarrío, hijo de inmigrantes gallegos. Cuenta su hijo Fabián: “Mi viejo sabía vivir y hacer de cada momento con los demás, un tiempo grato. Lo que me viene a la cabeza es el espíritu que tenía de buena vida. Divertido, atrevido; era de disfrazarse para los carnavales o para fin de año, y viajar disfrazado en un colectivo a los corsos de la Boca. A nosotros nos daba un poco de vergüenza, pero hoy reconozco que lo hacía porque tenía un espíritu muy lindo” (16).
Luna de Avellaneda, película dirigida por Juan José Campanella, se abre con la evocación del carnaval de 1959 en el club -fundado por tres gallegos- que da nombre al film. A criterio de Pablo Scholz, “Los protagonistas de Campanella suelen recorrer un viaje interno. Nunca sienten que pisan en terreno firme. Román (Ricardo Darín, demostrando por enésima vez que solito es capaz de llevar adelante cualquier proyecto, si está bien escrito) se casó con la más linda del barrio (Verónica, Silvia Kutica), fue activista en la Facultad, pero se quedó. Es vocal en el Luna de Avellaneda, el club de barrio donde nació en el carnaval de 1959 —el año en que nació Campanella, otro acierto del guión, y habrá más: incluir a Alberto Castillo, ginecólogo, como quien lo haya traído al mundo—. Por ese motivo y otros más, que el espectador descubrirá si no se le nubla la vista, el club significa mucho para Román” (17). “La nostalgia -escribe Adolfo C. Martínez-, el presente enrarecido por una sociedad siempre dispuesta a agotar las posibilidades del hombre argentino y la fuerza del amor como necesidad vital de recomponer la vida y las angustias son los permanentes temas que Juan José Campanella y sus coguionista Fernando Castets y Juan Pablo Domenech presentan en la pantalla con esa pátina de calidez y de hondura dramática, en la que no están ausentes el humor y los fracasos” (18).
Durante el Carnaval, a veces, se suscitaban peleas. Escribe Horacio Vázquez-Rial, en su novela Frontera Sur: “En los primeros años del siglo, Buenos Aires vivía sin sobresaltos. Era noticia comentada el enfrentamiento, en 1903, en los carnavales de Avellaneda, de la comparsa de ‘Los Leales’ con la de ‘Los Pampeanos’, en la que formaban José Razzano, quien con el tiempo haría dúo con Gardel, y el que muy pronto sería intendente municipal de su ciudad, don Alberto Barceló, en compañía de sus sobrinos y de su futuro secretario, Nicanor Salas Chaves” (19).
La clase alta aborrecía esa clase de festejo. Relata María Rosa Oliver, en sus memorias: “En Europa el carnaval nos había pasado inadvertido, quizá porque cae aún en invierno, pero aquí, como broche del verano, era una fiesta. Una fiesta larga e importante que tercamente mis padres y parientes trataban de pasar por alto como, al leer los diarios, salteaban las páginas en que, con semanas de anticipación, se informaba sobre los preparativos para que llegaran a su máximo esplendor las carnestolendas o el reinado del dios Momo, nombres sugestivos que en casa nadie pronunciaba pero que en las revistas iban enmarcados entre guardas que evocaban las futuras serpentinas”. A la pequeña María Rosa le gustaban las máscaras: “Me gustaban las que iban a los bailes infantiles de disfraz organizados en el Hotel Bristol de Mar del Plata. Pero la única vez que a duras penas, y después de insistentes súplicas, nos permitieron ir a la fiesta nos la aguaron bastante porque ‘...eso de ponerse disfraz ¡qué esperanza...! Lo único que faltaría... Eso, jamás...” (20).
También aborrecían los festejos algunos inmigrantes. En “La levita gris”, de Samuel Glusberg, el narrador lleva a sus hermanos al corso de Palermo, que le causa una mala impresión: “Aquello no tenía de infantil más que el nombre; casi todas las máscaras habían dejado de ser niños hacía tiempo; gente grosera que atropellaba a los chicos y profería sandeces que todos celebraban, sólo porque venían de quienes llevaban antifaz. Pero qué otra cosa es el Carnaval? Me volví a casa furioso, con gran descontento de los pequeños, a quienes, para que no lloraran, tuve que hacer promesa de llevarlos por la noche al corso de casa” (21).
Mauricio Kartun, en “El siglo disfrazado”, analiza la relación del Carnaval con la inmigración: “Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja”. Una vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo, para enviar esa imagen al país de origen: “Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?” El afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces elegidos por las madres para sus hijos: “Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De pierrot, sobre todo, hasta los años 20 en que las colectividades tomaron peso propio. De allí en más predominaron los baturros, toreros y gaiteros asturianos, las majas, las gitanas, y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, o su versión lechera con los tarros también a escala. Napolitanas, damas venecianas, y polichinelas certificaban el amor a Italia”. Fotos que se enviarían a los parientes que tanto se extraña: “Atrás unas líneas ya casi ilegibles: ‘Cara mamma: le invio una fotografia del mio Cesarino. Veda come cresce bello e grasso. Chi manca tanto. Sua cara figlia, Renza’. En la foto, un pequeño soldadito garibaldino. Un sombrero emplumado, y una descolorida mirada melancólica” (22).
Se enviaban, para ocasiones especiales, postales con retratos familiares, editadas por los estudios de fotografía. “Hoy, los coleccionistas aún las encuentran circulando en mercados de Italia y España con sellos argentinos: habrían sido enviadas por familiares que emigraron al país” (23).
“Los improvisados –comenta Andrés Carretero- preferían cubrirse con una sábana, lucir algún antifaz o pintarse la cara con corcho quemado. El disfraz más frecuente en todos los corsos fue el de Oso Carolina. También eran comunes los disfraces de Martín Fierro o Juan Moreira, los más valientes aparecían incluso montados a caballo, ganándose el aplauso del público”. Pero no todos los disfraces estaban permitidos: “Las disposiciones municipales prohibían el uso de disfraces de monja o sacerdote y aquellos trajes que parodiaran uniformes militares en vigencia o que representaran costumbres obscenas” (24).
El disfraz de Oso Carolina que menciona Carretero tiene una historia de pobreza. Escribe Podeti: " ‘Según tengo entendido, el oso carolina era un disfraz de oso hecho con bolsas de arpillera, en algunos casos bolsas que habian sido usadas para arroz y por lo tanto conservaban el sello de 'carolina 0000' o el que correspondiera. Como ya no hay arpillera, ahora podría manguear unas bolsas de polipropileno blanco y disfrazarme de 'Oso Núcleo de alimento para aves'.’ (Fuente: El lector Javier Unamuno, que no cita fuente alguna ni nada. Probabilidades de exactitud: 85 %, porque es casi una efeméride - o como sea el singular de ‘efemérides’ - y a pesar de que parece inventado y de que empezó su alocución con ‘Según tengo entendido’, frase hecha turbia como pocas)” (25).
Enrique Pinti enumera en una nota periodística algunos de los disfraces que se podían elegir: “Piratas, gauchos, damas antiguas, marqueses versallescos, zorros (negros y blancos), diablitos, hadas, aldeanas, lagarteranas, baturros, tiroleses y andaluces, gitanas y pajes medievales aparecían en esas páginas como un convite a la consagración y apoteosis del hermoso período anual. (...) Vacaciones no tenía, pero disfraces sí, ¡y qué disfraces! Payaso, pollito, holandés, bailarín ruso, gaucho, mexicano, sargento americano y teniente argentino. Las fotos atestiguan mi felicidad y las poses son las de un gordito decidido a ser estrella” (26).
Máximo Yagupsky evoca un carnaval bonaerense: “siendo muchacho –estaba en segundo año del secundario nacional- iba a acompañar a un tío mío que organizó un remate en la provincia de Buenos Aires, en Maza, cerca de La Pampa. Era Carnaval. Y en Maza vivían a la sazón muchos italianos. En esa oportunidad nos han hecho gozar de las canciones líricas italianas como nadie. Aquella noche de carnaval la pasaron viviendo en Italia” (27).

Notas
1 Dolina, Alejandro: “El corso triste de la calle Caracas”, en El Tiempo, Azul, 23 de febrero de 2003.
2 Sábato, Ernesto: Sobre héroes y tumbas Edición definitiva. Buenos Aires, Seix Barral, 1998.
3 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991, p. 92.
4 Walsh, María Elena: "Novios de antaño". Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1990. En María_Elena_Walsh La abuela Agnes.htm, página preparada con la colaboración de Mirta Toledo y Luis Mandel
5 Pacheco, Carlos Mauricio: Los disfrazados, en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas de Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1979. 189 pp. (Capítulo, vol. 3).
6 Villanueva, Graciela: “La imagen del inmigrante en la literatura argentina entre 1880 y 1910”, en Amérique Latine Histoire et Mémoire, Numéro 1-2000 - Migrations en Argentine. URL: http://alhim.revues.org/document90.html.
7 Gálvez, Manuel: Historia de arrabal. Buenos Aires, CEAL, 1980.
8 Henestrosa, Guadalupe: Las ingratas Novela sentimental. Buenos Aires, Suma de Letras Argentina, 2005. 264 pp.
9 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984, pág. 237.
10 Gómez Bas, Joaquín: Barrio gris. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1963.
11 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
12 Ghitta, Víctor Hugo: “Elegía a Paco Rabal dormido en Aguilas”, en La Nación, Buenos Aires, 2 de septiembre de 2001.
13 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, 1998.
14 Efendi, Santó: “Una infancia en Villa Crespo”, en SEFARaires N° 3, julio 2002.
15 Pereda, Manuel Enrique: Nuestra querida Villa Pueyrredón. Buenos Aires, Del Carril Impresora, 1986. Citado por Eduardo Criscuolo en “Páginas para el recuerdo de Villa Pueyrredón”, El Barrio Periódico de Noticias, Año 6, N° 62, Buenos Aires, Mayo de 2004.
16 Piotto, Alba (Texto y producción); Rosito, Enrique y Digilio, Rubén (fotos): “Mi papá”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.
17 Scholz, Pablo O.: “CINE: CRITICA”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de mayo de 2004.
18 Martínez, Adolfo C.: “Un retrato costumbrista de la Argentina actual”, en La Nación, 20 de mayo de 2004.
19 Vázquez-Rial, Horacio:op. cit.
20 Oliver, María Rosa: La vida cotidiana. Buenos Aires, Sudamericana, 1969.
21 Espinoza, Enrique (Samuel Glusberg): “La levita gris”, en La levita gris Cuentos judíos de ambiente porteño. Buenos Aires, BABEL.
22 Kartun, Mauricio: “El siglo disfrazado”, en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000.
23 Muzi, Carolina: “Fina estampa”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de julio de 2002.
24 Carretero, Andrés: Vida cotidiana en Buenos Aires. Planeta.
25 Podeti: “¡MIRA VOS! Dato 69: El Oso Carolina”, en Weblog Clarín.
26 Pinti, Enrique: “La Argentina según Enrique Pinti. Carnavales eran los de antes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de marzo de 2005.
27 Diament, Mario: op. cit.

Mundial de Fútbol 1978

En la novela Crónica de la noche (1), del irlandés Colm Tóibín, una inglesa llegada a la Argentina “a principios de la década de 1920” y su hijo, nacido aquí de padre criollo, no prestan atención a los festejos del Mundial de Fútbol. Relata el hijo: “Sé que en 1978 en la Argentina hubo un mundial de fútbol, pero no puedo decir que haya visto alguno de los partidos, ni que sabía cuándo o dónde jugaban, ni quien ganaba. Recuerdo haber visto muchedumbres en las calles, hombres que festejaban y agitaban banderas, y recuerdo haber tomado las calles laterales para evitarlos. No nos enterábamos de nada público; vivíamos en un pequeño espacio”.

Notas
1 Tóibín, Colm: Crónica de la noche. Buenos Aires, Emecé, 1998.


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Con más voluntad que medios, los inmigrantes festejaron en el barco y en la nueva tierra sus acontecimientos privados y sociales; se incorporaron a la comunidad sin olvidar por ello sus raíces y sus tradiciones. Junto a sus descendientes honran, hoy día, la tierra de sus mayores y la herencia cultural que los vincula a ella, al tiempo que testimonian su gratitud a la Argentina.