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Sintió nostalgia por su tierra la mayoría de los inmigrantes que llegaron a nuestro país entre 1850 y 1950. Sintieron, asimismo, nostalgia por la nueva tierra quienes, después de muchos años en la Argentina, regresaron –temporaria o definitivamente- a sus países de origen.


La tierra natal
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Más allá de los logros obtenidos en la nueva tierra, la nostalgia acompaña siempre al inmigrante. A pocos les sucede como a Nicanor Fernández Montes, quien “en verdad, nunca sintió nostalgia. No tuvo una mentalidad anclada, cristalizada en el pasado. Jamás. Siempre prefirió mirar para adelante” (1). O como a Francisco Coira, quien nació en España en 1906 y expresa: “No creo en la nostalgia...” (2).

En el hospital del Hotel de Inmigrantes –afirma Horacio Di Stéfano-, los médicos se enfrentaban a un mal incurable: “lo irremediable era la tan común patología de los ‘enfermos de añoranza’, lejos de sus raíces, con la hermosa y triste vista al río que los envolvía desde los ventanales” (3).
En su “Poema al emigrante universal”, Manuel Conde González refleja ese sentimiento en los versos que dicen: “Impregnado de nostalgias/ sangrando melancolías/ jamás renuncia a la tierra/ que viera la luz un día.// (...) Lleva siempre en su retina/ los cuadros de ensoñación/ con hermosas alboradas/ y bellas puestas de sol.// El camino a la escuelita/ al maestro preceptor/ la iglesia con sus campanas/ repiqueteando: din don” (4).
La evocación de la tierra natal se asocia, generalmente, a la de la infancia, en la que quien emigró se sentía protegido, a pesar de la pobreza o las guerras que pudieran apenarle. La nostalgia por el país de origen se trasunta en relatos, canciones, comidas típicas, costumbres, tradiciones que se heredan imbuidas por ese sentimiento.
A ella se refirió Ernesto Sábato, en “La memoria de la tierra”, discurso pronunciado al recibir en 1999 la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina. Dijo en esa oportunidad: “Yo fui el décimo hijo de una familia de once varones a quienes, junto con el sentido del deber y el amor a estas pampas que los habían cobijado, nuestros padres nos transmitieron la nostalgia de su tierra lejana”. El sentimiento se transforma en literatura: “Ese desgarro, esa nostalgia del inmigrante le he volcado en un personaje de Sobre héroes y tumbas, el viejo D’Arcángelo, que extrañaba su viejo terruño, sus costumbres milenarias, sus leyendas, sus navidades junto al fuego”. Y se asocia a una etapa de la vida: “¿Cómo no comprender la nostalgia del viejo D’Arcángelo? A medida que nos acercamos a la muerte nos acercamos también a la tierra, pero no a la tierra en general sino a aquel ínfimo pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia. Así también mi padre, descendiente de esos montañeses italianos acostumbrados a las asperezas de la vida, en sus años finales, para defenderse de lo irremediable con el humilde recurso del recuerdo, evocaba la Paola de su infancia. Aquella misma Paola de San Francesco, donde un día se enamoró de mi madre” (5).
En Libro extraño, de Francisco A. Sicardi, un inmigrante siente nostalgia. Relata el hijo: “muchas veces, cuando volvía de noche de su trabajo y yo estaba al lado de la vela de sebo, leyendo la cartilla, él me contaba las cosas de su tierra, un pueblito todo blanco, al lado de la playa, donde los pescadores cantaban con las piernas desnudas hasta la rodilla, sacando en hileras paso a paso la red, que traía agua verde y pescados; y a mí me enseñaba las cantinelas que tenían como rumores y estruendos de borrascas y bofetadas del mar contra los barcos perdidos y solitarios...” (6).
Un inmigrante, antepasado de Nora Ayala, echa de menos su pueblo: “¡Bagnasco! Nunca hubiera creìdo que extrañarìa tanto ese pueblo contra el que tanto habìa despotricado, las tardes con Franco y Luigi mojando los anzuelos en el Tanaro mientras soñaban con tierras lejanas, aventuras, ciudades, fortunas” (7).
Una italiana trae un puñado de tierra de su patria; es la madre de Antonio Dal Masetto, transformada en Agata, protagonista de dos novelas. Ella recuerda: “Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido” (8).
Doménico, un campesino italiano herido durante una huelga en Buenos Aires, en 1919, siente nostalgia de su país. El personaje creado por María del Carmen García “Se quedó pensando en su casa de Pescara, la casa de sus padres, las paredes amarillas, las viejas tejas rotas, descoloridas, que cobijaban en una cocina y en una sola habitación a una numerosa familia de doce almas. Su casa estaba entre colinas, de forma que desde allí no podía ver el mar, pero bastaba con que subiera hasta una cumbre vecina para que apareciera, como en una visión divina, el brillo enceguecedoramente azul de las aguas del golfo, la alta y diáfana línea del horizonte, tan alta que daba la impresión de un mar suspendido en el aire. Y los barcos de todos los calados y los veleros con una fiesta de velas al viento que semejaban una eterna despedida. (...) Esa tarde de verano, agobiante y triste, en que se sentía tan solo y tan dolorido, el recuerdo de su ‘paese’ lo envolvía en una nube dulce de nostalgia” (9).
La nostalgia agobia a algunos italianos. Susana Aguad, en “Al bajar del barco”, escribe: “El sol es tan fuerte como en Oleggio, donde se festeja este mismo día el comienzo del verano, mientras que aquí, en el confín del mundo, hace un frío polar. Cuando suben los agentes del Commissariato dell’Emigrazione ya están todos alineados frente al desembarcadero. A la derecha de la oficina de registro se levanta el edificio blanco del Hotel de Inmigrantes. Podrán alojarse gratuitamente durante cinco días y con sus tarjetas numeradas, entrar y salir libremente. Se disipa la angustia de una travesía de dos meses que les quitó fuerza y salud. Sin embargo, a algunos se les llenan los ojos de lágrimas cuando miran por última vez al ‘Génova’ con sus dos banderas trenzando azules y verdes” (10).
“Las distancias son sólo un pretexto para ejercitar la nostalgia -afirma Mónica López Ocón en “Interior italiano”, uno de los textos ganadores en el certamen convocado por la Asociación Premio Grinzane Cavour y los diarios Clarín y La Repubblica. Es necesario que lo que se sueña y lo que se ama sean siempre una ausencia, requisito imprescindible del deseo. (...) Yo heredé la nostalgia de mi abuela sin necesidad de trámites burocráticos. Lo hice a través de una canción de cuna en italiano y de algunos relatos sobre el aroma y el sabor sorprendentes que tenían las frutas del otro lado del mar. Las añoranzas y los recuerdos pasan de generación en generación igual que los cubiertos de plata o la loza inglesa. A mí me tocó en el reparto un paraíso perdido del mismo modo que hubieran podido tocarme las cucharitas de té o los platos de postre; también se hereda lo que falta. (...) Regresar, sin embargo, no redime de la nostalgia. La nostalgia no se cura porque sólo se curan los males –continúa- y mi nostalgia figura en el inventario de los bienes heredados. A su vez, alguien la heredará de mí” (11).
Acerca de Ramón Gómez de la Serna, escribió Jorge Luis Borges: “La guerra civil española lo impulsó a Buenos Aires, donde moriría en 1963. Sospecho que nunca estuvo aquí; siempre llevó consigo a su Madrid, como Joyce a su Dublín” (12).
Un vasco, personaje del dramaturgo Alberto Novión, recuerda su tierra. Dice la hija: “papá, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda” (13).
En Asturias, Valentín Andrés Alvarez escribe qué sucedería si todos los asturianos nostálgicos cumplieran su deseo: “Puede asegurarse que si un buen día todos los asturianos realizasen el sueño de regresar a la ‘Tierrina’, no cabrían en ella; habría que ensanchar las ciudades, aumentar las villas y multiplicar las aldeas; y si trajesen consigo las riquezas que poseen, Asturias sería, además de la tierra más poblada, la más rica” (14).
Se titula precisamente “Nostalgia” uno de los cantos del poema “Cuando mi padre habló de su infancia”, de José González Carbalho. En ese texto enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta: “Ay, el dueño de valles/ y misteriosos bosques/ por el que andaba yo/ mi perro y mis canciones./ Mis canciones que vuelven sólo para que llore/. Mi perro ya olvidado/ de obedecer al nombre./ Yo, que perdí mis cielos, / ¡y soy tan pobre!” (15).
Carmen, la gallega que viaja con sus hijos a la Argentina en Hacer la América, de Pedro Orgambide, expresa: “Es como si nunca hubiera tenido una casa, Manuel. Como si nunca más pudiera pisar la tierra firme y Dios nos condenara a vagar por el mundo en este barco. No pienses que estoy loca, Manuel. A otras mujeres que viajan aquí les ocurre lo mismo. Extrañan el olor de sus cocinas y el calor de sus camas. Una vieja me contó que todas las noches soñaba con su corral y sus puercos; otra, con un jardín de Andalucía. En América ¿tú sueñas con la casa, Manuel? Los hombres se ríen de esos sueños, son cosas de hembras, dicen, haremos otras casas allí, sembraremos el trigo, cuidaremos las viñas, vamos a trabajar en los aserraderos, en los muelles... Es que los hombres son más parecidos al mar, les gusta andar de un lado a otro. Algunos, sin embargo, se asoman al océano como si trataran de ver o que dejaron. Una les ve las caras de viudos de la tierra, caras de hombres como tú, Manuel, trabajadas por el sol y el granizo, por los días de labranza ¿no se extraña la tierra, Manuel? ¿el olor de la tierra?” (16).
Seis gallegas llegan a buenos Aires; son Las ingratas, de Guadalupe Henestrosa, quien ganó el V Premio Clarín de Novela en 2002. Recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: “Esa noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas. Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre, Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro olor?” (17).
Otros gallegos, los padres de Esther Goris, también sentían nostalgia por su tierra. Dice la hija: “De chica, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica” (18).
Antonio D’Argenio testimonia la nostalgia de su madre: “Cuando era yo un chiquillo de ocho o nueve años, mi madre, que había llegado a nuestro país en 1920 desde su Lugo natal, en Santiago de Compostela, escuchaba todas las tardes por la desaparecida Radio Prieto, una audición llamada ‘Por los caminos de España’. En esos momentos yo no entendía cómo el rostro de mi madre se cubría de lágrimas cada vez que sintonizaba aquel programa y escuchaba, por ejemplo, el sonido de una gaita” (19).
En “Tríptico a Galicia”, Enrique Urbina García canta la nostalgia del inmigrante de esa región: “Y aquel que por Vigo, apabulló su sombra;/ en su misterio –pompas de luna- ocultará olvido/ y por las vides de Galicia como raíz sangrante/ tendrá su mente endulzando retornos válidos. (...) Todo el que con un gallego trata, alcanza/ sólo un poco lo que el corazón de ese hombre/ desparrama, porque el amor, vive en su España” (20).
José Tomás Oneto escribe en “La ‘morriña’ de Compostela”: “aquí, en nuestro suelo, los hijos de esa Galicia emigrada, con su corazón hipotecado, seguirán escuchando las campanadas gallegas. Y no habrá ningún gallego que deje de oírlas, aunque lo crean loco. Y soñarán con su tierra lejana, con las siete estrellas que conforman la guardia de honor del Cáliz, consagrado con la Hostia, en el escudo de Galicia. (...) Y habrá quien sienta el rumor de zuecos paisanos en las rúas de Santiago, y las charlas de los viejos menestrales, y verá con nostalgia cómo se vuelve calle el camino... Entonces, entornarán los ojos húmedos con la imagen del Finisterre, esa proa de Galicia hacia el universo, verdadero trampolín de sus sueños emigrantes....” (21).
Descendiente de un gallego y una madrileña, María Rosa Lojo nos dijo en un reportaje: “En casa se hablaba de España como del ‘paraíso perdido’, al que mis padres siempre quisieron regresar” (22). Los españoles que presenta en Canción perdida en Buenos Aires al oeste –novela premiada por el Fondo Nacional de las Artes en 1986- sufrían el desarraigo que los acompañaría hasta el final de sus días. Dice la narradora que, en su hogar argentino, “era el sol de la casa nativa que iluminaba sus rostros. Los rasgos de mi madre, silenciosos y bellos, como una estampa antigua; los ojos de mi padre, tristes de mar, empañados de tiempo recorrido. La mesa del domingo, cuando comíamos callados y mi padre, sólo mi padre recitaba, tácitamente, como para sí: ‘Donde yo me he criado...’ Y ya no escuchábamos; lo demás se perdía en la bruma nebulosa de un mito siempre repetido, desesperado y patético como una plegaria inútil. La única plegaria que papá se permitía decir” (23).
Así soñaba el gallego en el poema de García Lorca: “¡Triste Ramón de Sismundi!/ Sinteu a muiñeira d’agoa/ mentre sete bois da lúa/ pacían na sua lembranza./ Foise para veira do río,/ veira do Río da Prata./ Sauces e cabalos múos/ creban o vidrio das ágoas./ Non atopou o xemido/ malencónico da gaita,/ non viu o imenso gaitero/ con boca frolida d’alas;/ triste Ramón de Sismundi,/ veira do Río da Prata,/ viu na tarde amortecida/ bermello muro de lama” (24).
Es ese sentimiento el causante de que Rubén Benítez haya escrito La pradera de los asfódelos. Sobre el origen de esta obra, nos dijo el escritor: “Lo sentí como una necesidad. Tal vez por haber pertenecido a un núcleo de inmigrantes que desde la infancia me transfirieron sus vivencias y sus nostalgias por la tierra lejana. El tiempo, la muerte de casi todos ellos, incorporó a ese sentimiento la idea de caducidad que convierte a cada ser humano en un emigrante de la vida, de este escenario que también ama. Creo que ambas perspectivas se mezclan y fluyen como temas paralelos” (25).
Acerca de la nostalgia, expresa un personaje en la novela: “En ningún lugar se está mejor que aquí, en nuestro pueblo, donde vivieron nuestros antepasados. Estamos hechos para esta tierra que es la única porción del mundo que en verdad nos pertenece y no para aquellas soledades donde el pesar y la tristeza oprimen el corazón”. En América, “durante un año trabajé muy duro en la salina, ahorrando céntimo tras céntimo, hasta que pude pagarme el regreso. Volví como había ido. Nada le debo a aquella tierra. Sólo el desengaño. Aquí está nuestro pueblo, el terruño de nuestros abuelos, la finca de mi padre. Dos veces, hija, lloré en mi vida. Cuando me di cuenta de lo lejos que había quedado mi pueblo y cuando regresé a él” (26).
La nostalgia parece ser una excusa en el cuento de Patricio Pron. Un español muere a poco de llegar a la Argentina. El hijo pregunta por qué murió. “ ‘Porque sus ojos estaban acostumbrados a mirar el cielo azul de Cataluña’ le dijo su madre, y a Juan Vera le bastó esa mentira para confirmarse, sereno, que Dios lo había olvidado” (27).
Zulmira Alves vino de Portugal. “En 1950 ‘nuestra abuela’ con 17 años llegaba a esta tierra que según sus palabras imaginaba como ‘un lugar lleno de oportunidades y donde todos podían trabajar y vivir bien’. Al llegar aquí se dio cuenta de que no todo era tan fácil y entendió lo difícil que es dejar la patria. ‘Ser inmigrante es cargar una mochila muy pesada llena de desarraigo que sólo se hace más leve cuando nacen los hijos. Es muy difícil llegar a un lugar donde nadie te conoce y ni siquiera habla tu idioma pero con los años uno hecha raíces y regresar deja de ser una opción’. Se nota en su rostro al decir estas palabras una gran melancolía y añoranza pero no arrepentimiento. Según ella cada vez que se va a dormir y cierra los ojos vienen a su mente los paisajes, personas, olores de diferentes comida y otras cosas que hacen que nunca pueda olvidarse de su lugar de nacimiento” (28).
Pedro Orgambide describe, en “La señorita Wilson”, a una inmigrante inglesa, acerca de la que manifiesta uno de los personajes: “Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía. No con la sonrisa de sus sesenta años, sino -¿cómo decirlo?- con una sonrisa joven, la que tendría cuando estudiaba, cuando leía a Marlowe sin entenderlo o cuando veía cruzar, por la pradera inglesa, a uno de esos jinetes como los que tiene en los cuadritos” (29).
En abril de 1929, una inmigrante irlandesa imaginada por Delaney escribe a otra inmigrante que recaló en Nueva York. Le cuenta que el té es el único sedante para sus angustias y le pregunta si recuerda la bahía de Galway “y aquel hermoso y triste ‘Lament of the Irish Inmigrant’. Agrega: “Enseñé la canción a mis alumnos más avanzados pero me parece que no llegaron a captar su verdadero sentido”. A vuelta de correo, la amiga le pregunta: “¿Tendrá algo que ver con tu nostalgia esa desértica inmensidad que llamas Pampa?” (30).
Andrew Graham Yooll afirma que los escoceses son “unos melancólicos de su tierra. Partían porque su país los expulsaba y se refugiaban en éste añorando sus pagos. A pesar de esta añoranza, sabían que su lamento sería inútil, ya que jamás tendrían la oportunidad de volver a sus montañas. De esta manera, tanto los irlandeses como los escoceses se reunían en las respectivas fechas de sus comunidades para cantar, emborracharse y llorar por sus aldeas perdidas, asumiendo como podían a éste como su lugar de residencia” (31).
En 1878, al cumplirse el vigésimo primer aniversario de la fundación de la Colonia San José, dijo Alejo Peyret: “Es doloroso abandonar la patria; abandonar los campos que nos han visto nacer; no volver a ver el campanario de nuestro pueblo ni los árboles a cuya sombra descansábamos, ni las montañas donde pacían nuestros rebaños. A estas montañas largo tiempo las hemos contemplado a través del recuerdo y al irse alejando y perdiéndose en las brumas del horizonte, nuestros ojos húmedos les enviaron un eterno adiós” (32).
Siente nostalgia una francesa, agobiada por sus padecimientos. En “Unico testigo”, escribe Jorge Alberto Reale: “Manón, Griseta, La Francesita, eran los nombres de la misma mujer. Su aspecto absurdo, de melena recortada y la cruz de su boca bien roja, acompañaban la soledad de aquel lugar. Aquel lugar era el rincón del Bar 103. (...) Llegó a nuestro país engañada por un paisano suyo, con la ilusión de casarse, formar un hogar, tener hijos. Duval parecía un buen hombre. En Francia, se habían conocido. Ella vivía pobremente con la esperanza de un buen matrimonio y cambiar de rumbo. La inestabilidad social cada vez más aguda y el rumor de una posible guerra con Alemania, la impulsaron a apresurar su viaje a Sudamérica. Cuando llegó, comprobó su error tardíamente. Su hombre cambió de actitud hacia ella. Pasó días extraños, agónicos, sórdidos. Sufrió hambre, vejaciones y finalmente ante la necesidad de sobrevivir tuvo que ceder. Su fe se fue agostando hasta llegar a secar las lágrimas de su corazón y convertirse en una cualquiera. ¡Cómo añoraba su país! -¡Su querido París!- ¡Su Barrio Latino! Cuando llegaban los 14 de Julio lloraba desconsoladamente” (33).
La nostalgia no aflige sólo a los latinos. En 1876, Dubuis expresa en el banquete dado en Colón por la Colonia Suiza el día de la Fiesta Federal: “A pesar de la gran distancia, las tres mil leguas que nos separan de nuestra madre patria, los numerosos años que estuvimos ausentes manifestamos por el acto que cumplimos en esta jornada, que conservamos siempre nuestro sentimiento de patriotismo, el amor de nuestra patria y el corazón del buen ciudadano suizo. (...) Nosotros, que estamos aquí sobre una tierra hospitalaria esperando el día que tengamos la dicha de volver al suelo de nuestra querida patria, hacemos votos para que el Cielo bendiga a la Helvecia, conserve y proteja su libertad, que ha costado la vida a miles de nuestros antepasados; en fin, que podamos transmitir fielmente a nuestra inmortal posteridad, los lazos de nuestra unión, la divisa de nuestros padres, las palabras sagradas de : TODOS PARA UNO Y UNO PARA TODOS” (34).
La nostalgia que siente una niña belga aparece en Virgen, de Gabriel Báñez. La pequeña está en el confesionario: “quiso hablar pero no pudo, temblaba de pies a cabeza. (...) Sarita entonces hipó y empezó a largar un llanto tranquilo, suave, como si una memoria se pusiera a llorar. (...) llegaron más frases en borbotón y ningún pecado. Salió entonces del banquillo y se asomó: Sarita seguía hipando y hablando en francés con tanta compulsión que no advirtió que el cura la levantaba de un brazo y la sacudía. Estaba confesando toda su vida, de Bruselas a Ensenada, y era un desahogo tan intenso que nada ni nadie podía detenerla. El sacerdote la miraba pasmado, los brazos en cruz, y si bien no entendía nada, entendía que no había mucho que entender. No era el único caso, había visto muchos otros idénticos y aún peores. Algunos se mareaban en los barcos, otros en la nueva tierra firme. Pero era más sano vomitar comida que idioma, el padre Bernardo Benzano lo sabía mejor que nadie: los mareos de la nostalgia resultan incurables” (35).
Sentía nostalgia la alemana Ida Eichhorn, propietaria del Hotel Edén. “Con sus severos ojos azules que se llenaban de brillo cuando mostraba su jardín: pleno de las flores de Transilvania y los pinos alemanes cuyos bulbos ella misma traía en sus valijas cada vez que visitaba Europa. La mujer había trasplantado, literalmente, un parque alemán a las sierras cordobesas a fuerza de la nostalgia que le caía encima cada vez que escuchaba música de su tierra” (36).
A la tierra de sus mayores, escribe Norah Lange: “Estás en mi recuerdo, Noruega,/ inquebrantable como un viking/ que no calmó su sed de guerra.// Sueño pausado el de tenerte siempre/ dentro del corazón libro vivido/ que se hojea diariamente.// Qué fácil tu belleza, para erguirla/ como una certeza-esplendor sin bruma/ y mostrarla a los hombres.// Qué lejos la agonía del recuerdo./ Eterna adolescencia, senda iniciada,/ recuerdo que nunca se ha de aquietar” (37).
Para Alina Diaconú, en cambio, la nostalgia tiene que ver con el idioma. Ella dijo en un reportaje: “A mí me obligaron un poco a vivir en el presente, porque si me quedaba pegada a la nostalgia, todavía seguiría escribiendo en rumano. Me gusta mucho la idea del desapego. Yo de algún modo creo que las cosas que me tocaron –dejar mi país natal, venir acá- me impulsaron a aprender eso. Me gustaría viajar con un bolsito de mano, nada más, como viaja Lucila. No necesitar demasiado de las cosas, de nada material. Cuando llegué a Buenos Aires, durante un año más o menos escribí en francés. Pero nunca dejé de escribir. Yo sabía que los idiomas podían cambiar, pero mi vocación no” (38).
Pero también puede asociarse a otras sensaciones. En una entrevista, Jack Fuchs afirma: “siempre vuelvo a Lodz; el olor de una comida o el perfume de la primavera en Polonia me traen nostalgias del chico que fui” (39).
Y para el capitán Miro Kovacic, biografiado por Chuny Anzorreguy, tiene que ver con la Navidad. Ya anciano, el hombre siente nostalgia de ese festejo en su tierra: “¡Aquellas canciones! En el silencio de la noche hoy, acá, en mi casa de la Argentina, junto a Nada, muchos, muchos años después, las escucho nuevamente. Son veces que vienen desde muy lejos, atravesando la barrera de los tiempos. (...) En fin, en cada canción de éstas van unas cuantas gotas de nuestra sangre croata, una parte de lo que somos, de nuestra alegría y de nuestras ganas de vivir contra todo y pese a todo, y, como les decía, aún oigo llegar hasta mí esas voces infantiles cantando a voz en cuello en las dulces noches de Navidad...” (40).
En Aventuras de Edmund Ziller, de Pedro Orgambide, el narrador recuerda a su abuelo oriundo de Odessa, “al pobre abuelo loco, al chiflado que vivía en un triste y oscuro cuartito cercano a la terraza, donde, a los cinco años yo lo vi sin comprender la tempestad y el desgarramiento del exilio”, “oculto por la enfermedad y la locura del mundo que arrastra a los hombres lejos de su tierra, y que un día los devuelve, créame, como olas a la playa” (41).
Los judíos afincados en Entre Ríos sentían una gran nostalgia. Lo explica Máximo Yagupsky: “Nuestro árbol era el paraíso, un árbol de aroma delicioso en primavera y con unas flores de sutil belleza. Pero no era el árbol que se añoraba del '‘pago viejo'’ Y era otro clima. Ellos extrañaban el invierno ruso, con su frío y sus nevadas. Lo extrañaban; era natural, era su tierra de siglos” (42).
El doctor Nicolás Rapoport, uno de los fundadores y primeros médicos del Hospital Israelita, recuerda que en el Hotel de Inmigrantes “los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales, servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral” (43).
A Dina, protagonista de El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, “De pronto la nostalgia le cayó encima como una piedra. Se acordó de su tierra, donde había viajado en carro a la escuela, enviada por su papá, recorriendo campos florecidos en la primavera, nevados en el invierno, se acordó de las largas conversaciones con su amigo en el carro, de los inmensos sueños compartidos, la amistad perdida, las ideas perdidas, el frío, el frío terrible pero promisorio que ahora extrañaba, el abrigo de lana gruesa que no lo detenía y la excitación por el mundo que iba a llegar, el mundo sin frío para nadie” (44).
La nostalgia aparece vinculada en “Balada para un padre ausente”, poema de Enrique Novick, a una fotografía: “Foto/ amarillenta,/ apenas velada/ por las lágrimas/ secas/ de exilio/ y silencio:/ mi padre, una/ aldea/ lejana,/ su tiempo” (45).

Notas
1 Ceratto, Virginia: “Volver a empezar”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
2 ibídem
3 Di Stéfano, Horacio: en TANGOshow.
4 Conde González, Manuel: “Poema al emigrante universal”, leído el 17 de agosto de 2005 en “Gente de buena pasta”, programa que conduce Patricia Magariños por Radio Cultura, 97.9.
5 Sábato, Ernesto: “La memoria de la tierra”, en La Nación, 5 de diciembre de 1999.
6 Sicardi, Francisco: Libro extraño. Buenos Aires, Imprenta Europea, 1894.
7 Ayala; Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos Aires, Vinciguerra, 1997.
8 Dal Masetto, Antonio: Oscuramente fuerte es la vida. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
9 García, María del Carmen: “Cuentos de gringos”, en Cuentos de criollos y de gringos, en colaboración con Fanny Fasola Castaño. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
10 Aguad, Susana: “Al bajar del barco”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.
11 López Ocón, Mónica: “Interior italiano”, en Clarín, Buenos Aires, 8 de septiembre de 2001.
12 Borges, Jorge Luis: “Ramón Gómez de la Serna Prólogo a la obra de Silverio Lanza”, en Jorge Luis Borges Biblioteca personal (prólogos). Buenos Aires, Alianza Editorial, 1988. 132 pp. (Alianza Literatura).
13 Novión, Alberto: El vasco de Olavarría, en La Escena, N° 99.
14 Alvarez, Valentín Andrés: Asturias. Citado por Méndez Muslera, Luciano, en “Asturias en la emigración”, indianos@telepolis.com:
15 González Carbalho, José: “Cuando mi padre habló de su infancia”, en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletin Galego de Literatura.
16 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984, pp. 102-3.
17 Henestrosa, María: Las ingratas. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.
18 Goris, Esther: “Galicia, tierra añorada”, en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
19 D’Argenio, Antonio: en “El regreso a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999. Nota: hay un error al mencionar Lugo, una provincia gallega, como perteneciente a Santiago de Compostela, una ciudad de La Coruña.
20 Urbina García, Eugenio: “Tríptico a Galicia”, en La Capital, Mar del Plata, 28 de febrero de 1999.
21 Oneto, José Tomás: “La ‘morriña’ de Compostela”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de julio de 1976.
22 González Rouco , María: “María Rosa Lojo: la inmigración gallega”, en El Tiempo, Azul 17 de marzo de 1991.
23 Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1987.
24 García Lorca, Federico: “Cantiga do neno da tenda”, en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
25 González Rouco, María: “Rubén Benítez. El regreso a la entrañable tierra”, en El Tiempo, Azul 10 de septiembre de 1989.
26 Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
27 Pron, Patricio: “La espera”, en De manos abiertas. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.
28 Da Conceiçao, Mauro; Euguaras, Mariano; Flibert; Francisco; Marino, Roberto; Sánchez, Julián: “Sabores de una historia”, en www.ciet.org.ar.
29 Orgambide, Pedro: “La señorita Wilson”, en La buena gente. Buenos Aires, Sudamericana.
30 Delaney, Juan José: Tréboles del Sur. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1994.
31 Roca, Agustina: “Peripecias británicas”, en La Nación, 24 de diciembre de 2000.
32 Vernaz, Celia E.: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
33 Reale, Jorge Alberto: “Unico testigo”, en el grillo, Buenos Aires, N° 37, Mayo-Junio de 2004.
34 Vernaz, Celia E.: op. cit.
35 Báñez, Gabriel: op. cit
36 Platía, Marta: “Los gozos y las sombras”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
37 J. L. Borges, L. Marechal, C. Mastronardi y otros: La generación poética de 1922 antología. Selección, prólogo y notas de María Raquel Llagostera. Capítulo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
38 Guerriero, Leila: “Ser patriota del universo”, en La Nación, Buenos Aires, 25 de agosto de 2002.
39 Pogoriles, Eduardo: “Volver a las raíces”, en Clarín, Buenos Aires, 13 de agosto de 2001.
40 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
41 Orgambide, Pedro: Aventuras de Edmund Ziller. Buenos Aires, Editorial Abril, 1984.
42 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1986.
43 Jankelevich, Angel: “Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhos.org.ar.
44 Drucaroff, Elsa: op. cit.
45 Novick, Enrique: “Balada para un padre ausente”, en La Prensa, 10 de enero de 1999.

 

Los amores
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En “Canzoneta”, con letra de Enrique Lary y música de Ema Suárez, se evoca la nostalgia de Genaro: “Canzoneta gris de ausencia,/ Cuando escucho ‘¡O sole mío!/ Senza mamma e senza amore’/ Siento un frio acá en el cuore/ que me llena de ansiedad./ Será el alma de mi mamma,/ que dejé cuando era niño./ ¡Llora!... ¡Llora! ¡Oh sole mío!/ Yo también quiero llorar!/ ¡La Boca!... ¡Callejón!.../ ¡Vuelta de Rocha!/ Ya se van... Genaro y su acordeón” (1).
La nostalgia aparece asimismo en el poema del marplatense Eduardo Martín La Rosa, “El sueño de don Juan (un inmigrante)”, atenuada por el reencuentro con su familia: “Te cautivó esta ciudad virgen./ El sol dibujando caminos de plata/ sobre el mar./ Sus campos y montañas tapizados de pino./ El desarraigo fue menos doloroso!. (...) Mirabas el mar... Siempre... el mar./ Hasta que una inolvidable noche/ desembarcaron los tuyos (2)”.
Juan Caferra deja Chieti en 1897. Trae una higuera: “Entre sus ropas, Juan traía una plantita, con sus rapices apretujadas por un puñado de tierra fuerte y gentil. Era una higuera muy pequeña, que en la despedida la recibió Juan de manos de su hermano, plántala allá en la Argentina, crecerá tanto hasta alcanzar el amor fraterno que por ti siento, le dijo. Juan le prometió cumplir con ello. Por eso en el viaje la protegió, la regó varias veces, algunas hasta con lágrimas de duda” (3).
En Santo Oficio de la Memoria, de Mempo Giardinelli, la nostalgia no está referida a un lugar, sino a los hijos pequeños que una madre debió dejar. Narra el hijo mayor, refiriéndose al padre: “Llegaron casados, ya. Conmigo. El decidió que Vincenzo y Nicola se quedaran allá. Luego los buscaría, dijo. No atendió el llanto de Angela. No escuchó las razones de nadie. Nunca. (...) El sabía cuanto sufría ella por los hijos que dejaron en Italia, pero jamás hizo nada por traerlos. Cómo un hombre puede ser así, es algo que yo no me explico. Fue terrible, eso”. Otro personaje relata que el hombre también pensaba en i bambini: soñaba que en la nueva casa “habría rosas en los floreros y comerían bien, tres veces al día, o cuatro, con todos los chicos, porque iban a traer a Vincenzo y a Nicola de Italia. El país progresaba a pesar de todo, y él también” (4).
Mauricio Kartun, en “El siglo disfrazado”, transcribe la dedicatoria escrita detrás de una foto que se enviaría a los parientes que tanto se extraña: “Atrás unas líneas ya casi ilegibles: ‘Cara mamma: le invio una fotografia del mio Cesarino. Veda come cresce bello e grasso. Chi manca tanto. Sua cara figlia, Renza’. En la foto, un pequeño soldadito garibaldino. Un sombrero emplumado, y una descolorida mirada melancólica” (5).
Valentín Bianchi llegó a la Argentina. “Al desembarcar lo estaba esperando un paisano y amigo de la infancia: Angel Sardella. Este lo recibió eufórico saludándole en el dialecto fasanés. Estas cordiales expresiones tonificaron el ánimo de Valentín, que se sentía deprimido por el largo viaje y por las condiciones en que le había tocado realizarlo. Los recuerdos de su familia, de los amigos y el pueblo lo habían abrumado durante toda la travesía. Ahora, junto a su amigo, en cuya compañía se dirigió al hotel de inmigrantes, veía las cosas de un color muy distinto (6).
Rigueto, un personaje de José Luis Cassini, también se enamoró en Italia, y a causa de ese amor, decidió emigrar. “Es un viejito dulcemente flaco y de una mirada insostenible; un océano de tristeza se adivina queriendo salírsele por los ojos. Cuando el sol declina, afila su guadaña a golpe de martillo, como le enseñaron los piamonteses en la guerra. Ya nadie lo sabe; él mismo ha olvidado que es el dueño del conventillo y de la primera usina eléctrica del pueblo. Pero a veces toma unos vinos en los que remoja tiras de pan y recuerda lejanos ensueños: Casuchas al pie de una montaña; el tallercito de su padre, el sastre; la tarde en que Blanca dijo que sí, que correspondía a su amor adolescente y aceptaba casarse” (7).
En La Madonnita, de Mauricio Kartun, dice Hertz, el fotógrafo: “gringos, esclavos del trabajo, inmigrantes. Una ciudad de hombres solos, sin otra meta en su esfuerzo que la de echar raíces. Sin tiempo para nada pero nada más. Ni el amor... Ni la carne... Apenas, de vez en cuando, para la nostalgia” (8).
La sintieron asimismo Manuel y María, personajes de mi cuento “Volver a Galicia”. De ellos digo: “Manuel murió, luego de una larga agonía, sin regresar a su aldea. No había consuelo para su pena. Cuando cerró los ojos, tenía en su mano el escapulario que le había dado su madre. Lo había conservado con él a lo largo de su vida. La muerte de Josefa, su mujer, fue –si se puede- más desgarradora. Había recibido poco antes una carta de sus hermanos, en la que le decían que ya estaban viejos, que si no se veían pronto, quizás ya no volvieran a verse. Misivas como ésa eran moneda corriente entre los inmigrantes de distintas nacionalidades. Los angustiaba pensar que el plazo se terminaba. Josefa no tenía dinero para viajar, tampoco sus parientes. Tenían que conformarse con las cartas que llegaban periódicamente, con las fotos que recibían en abultados sobres” (9).
Refiriéndose a su padre gallego, escribe Gladys Onega en su autobiografía: “Ignoraba y lo ignoré por mucho tiempo cuánto había llorado desde aquel día en que se fue de junto al señor Manuel y la señora Carmen, sus padres, mis abuelos. (...) mi padre choraba por él y por sus padres que sí eran de Galicia, se habían quedado allí sin moverse, clavados en un cruceiro, secándose las lágrimas con un desmesurado pañuelo a cuadros orlado de negro quién sabe por qué luto de una muerte ya ocurrida o por el duelo de ellos mismos que morían viendo la partenza de sus hijos, debajo de un enorme paraguas también negro que los protegía de la chuvia que nunca había escampado desde el día en que mi padre dejó de ser de allá y se convirtió en extranjero aquí, en un mundo que no había visto” (10).
Pedro Antón, vasco protagonista de una novela de Julián de Charras, añora cuanto dejó: “Veía, allá lejos, como en una neblina, las escarpadas pendientes de los Pirineos, las casetas ruinosas de los montañeses, las miserables veladas, con pan negro y escaso y luz humeante de candil de aceite; el padre, con su rostro anguloso y cetrino, en un rincón, con la barba en la mano, mirando fijamente la pared, como pensando en algo indefinido; la madre hilando, hilando en la penumbra, diestros los dedos, aunque fatigada la vista... Y él, rapaz, sin raciocinio, raídas las ropas, que remendaba la mano materna, al lado del fuego, hurgándose la nariz, recordando las consejas del oso negro, de las brujas sabáticas, del ahorcado...” (11).
Juan Bautista Blatter “originario del Valais, vino a la Colonia San José en el año 1857 –escribe Celia Vernaz-, a la edad de cincuenta y cinco años, junto a su esposa e hijas”. El manifiesta su nostalgia: “Mis queridos parientes: en lugar de escribir dos o tres cartas a la vez, ésta será una sola que envío a causa de que todas las que he enviado no he obtenido respuesta. En cartas precedentes yo he pedido a mi suegro y en otra a mi madre de enviarme a la hija; no he podido obtener respuesta ni sé si ella se encuentra bien ni si quiere venir o no: mi hija es la cosa que siempre he sentido de mi país y siento todavía; el único día que yo quisiera estar en Saint Martin es el día de Corpus Christi. Al siguiente ya estaré feliz de estar aquí. Solamente, quisiera tener a mi hija. Si estaría seguro de que ella esté contenta de venir, tengan a bien la bondad, queridos parientes, de querer venderle sus bienes y procurarle lo que sea necesario, y así, unida a una familia que quiera tomarla a su cuidado, yo enviaría con el portador de esta carta, el dinero para vuestra satisfacción; como no conozco nada el estado ni la voluntad de mi hija, les ruego, por mí y por ella, mis queridos amigos y parientes, si ella se decide a venir, hacer todo como no tengo necesidad de enseñarles, y pagar sus gastos y esfuerzos. Si ella viene, les ruego de enviar una caldera de 12 a 14 carterons para los quesos, y media docena de cencerros con hebillas y paños de invierno para vestir. Si ella viene, prometo que no sentirá el Valais. Todos estamos contentos excepto algún vagabundo que se aburre de todo y que nunca está bien en ninguna parte, y que en lugar de reconocer la falta en ellos mismos inventan mentiras para atribuírselas al país que los ha enriquecido...” (12).

Notas
1 Lary, Enrique: “Canzoneta”, citado en Azzi, María Susana: “La contribución de la inmigración italiana al tango”, en Archivo Histórico Alberto y Fernando Valverde, Municipalidad de Olavarría, Secretaría de Gobierno, Año 2000, Revista N° 4.
2 La Rosa, Eduardo Martín: “El sueño de don Juan (un inmigrante)”, en La Capital, Mar del Plata, 10 de septiembre de 2000.
3 Blanco, Antonio: “Crónica de mi abuelo inmigrante”, en Escritores de Ensenada.
4 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix-Barral, 1991.
5 Kartun, Mauricio: “El siglo disfrazado”, en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000.
6 Bianchi, Alcides J.: Valentín el inmigrante. Santiago de Chile, Edición del autor, 1987.
7 Cassini, José Luis: “El mar en los ojos”, en Rotary Club de Ramos Mejía. Comisión de Cultura. 1994.
8 Kartun, Mauricio: La Madonnita. Buenos Aires, Editorial Atuel, 2005. 128 pp. (Biblioteca del Espectador)
9 González Rouco, María: “Volver a Galicia”, en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998.
10 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo Mondadori, 1999.
11 Charras, Julián de: La historia de Pedro Antón, en La novela semanal, Año VII, N° 294, Buenos Aires, 2 de julio de 1923.
12 Blatter, Juan Bautista: “Sentimientos”, en Vernaz, Celia: op. cit.

Paliativos

Para conjurar la nostalgia, algunos inmigrantes traen de su tierra algo que les resulta especialmente querido. Graciela González, hija de un gallego emigrante, relata que, “en una valija, que las hijas pequeñas no podían abrir, el hombre guardaba cartas, cuadros, que todos los emigrantes traían porque no sabían si podrían volver a ver a sus familiares. Había de todo. Era su historia” (1). La íntima historia que lo acompañaba en la tierra nueva.
En Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere que su padre “Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (2).
En el cuento “Don Paulino”, de Marita Minellono, una española llega con un olivo que plantó en el fondo de su casa (3).
Formar una familia en la nueva tierra puede ser otro paliativo. Lo expresa, acerca de su abuela española, el fotógrafo Fernando de la Orden, quien dice que cuando la anciana mira la fotografía de su familia: “para ella debe ser impresionante ver la foto, y saber que ella y el abuelo crearon toda esa gente, esta vida. En ese sentido, creo que no piensa en la familia que dejó en España, sino en la que está acá. Y somos todos tan unidos también por la abuela” (4).
La amistad es uno de los paliativos para la nostalgia. En Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un gallego escribe a su amada, en 1943: “tengo pocos amigos, gentes de la aldea que me han hecho más llevadero el desarraigo y llenaron muchas veces de alegría mi corazón, ya te conté en cartas anteriores lo de Don Nicanor y doña Valentina, con Avelino siempre vamos, nos prepara el cocido, Nicanor hace el unto, las filloas, no sabe igual a lo de allí pero nos trae añoranzas de ese lugar” (5).
Carmina, la madre de Jorge Fernández Díaz, llega a nuestro país sola, en 1947. “no había tentaciones, ni desavenencias ni educación ni esplendores peronistas ni calores humanos que lograran domesticar la nostalgia de aquella emigrante constitutiva que seguía pensando en una sola cosas: volver”. Marcial, quien luego sería su marido “permitía que, como la mar, el destino tomara decisiones en su nombre, sabiendo de ante mano que es ilusoria la autodeterminación de los individuos, y se dejaba llevar así por las corrientes marinas. A ese fatalismo se debe la mansedumbre con que aceptó trasplantarse, huir frívolamente de su tierra y padecer cincuenta años de añoranzas”. Los fines de semana en el Centro Asturiano, “esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria”, eran un eficaz paliativo para su nostalgia” (6).
“Al principio extrañaba mi pueblo... –recuerda una inmigrante armenia. Después, al reunirnos los sábados a la noche con otros armenios (mi hermano tocaba el violín y yo, el acordeón), no extrañé tanto” (7).
En el tango “La Violeta”, de Nicolás Olivari, es el vino el compañero en la nostalgia. Dice el poeta, acerca del inmigrante: “Con el codo en la mesa mugrienta/ y la vista clavada en un sueño,/ piensa el tano Domingo Polenta/ en el drama de su inmigración. Y en la sucia cantina que canta/ la nostalgia del viejo paese/ desafina su ronca garganta/ ya curtida de vino carlon” (8). El investigador Sergio Pujol analiza ese sentimiento en los tangos: “se ha insistido en que ese aire quejumbroso del tango-canción no es ajeno a los italianos nostálgicos, tan afines a la cultura operística y a las canzonettas” (9).
La ginebra consuela a un siciliano. Don Pico Sanzone, personaje de Gabriel Báñez, salía de noche con un vagón negro; “lo que en verdad ocurría era que Sanzone sacaba el fúnebre para emborracharse y terminar descarrilado en alguna curva. Mataba la nostalgia de Sicilia con ginebra y manivela, y terminaba llorando como un chico hasta que los compañeros lo sacaban de la cabina y se lo llevaban a dormir la mona ‘Su la vía sento macanudo’, gemía mientras era arrastrado” (10).
Alberto Giúdici transmite un testimonio de León Untroib -inmigrante polaco-, en el que se evoca un paliativo para la nostalgia: “Fueron inmigrantes italianos, en su mayoría, los que iniciaron a fines del siglo XIX este oficio que dio vida al gris impuesto por las ordenanzas municipales para el transporte público. El fileteado, con todo su colorido y su elegancia, pronto se derramó en carros, camiones, colectivos; en las pianolas y organitos que circulaban por la ciudad y también en los carritos de reparto que usaban los vendedores llegados de l’Italia. Don León Untroib, un maestro del filete, así lo decía en sus recuerdos, allá por 1974: ‘Los verduleros italianos venían y me decían: ‘-Facheme un bastimente’. Para don León, la nostalgia alimentaba el pedido: “Pienso que esos verduleros soñaban con los barcos. Pienso que dibujándolos en sus carritos de mano recordaban a los seres queridos que habían quedado en Calabria, en Sicilia, en la Lombardía: era una especie de acicate para redoblar los esfuerzos, trabajar duro, juntar el dinero para el pasaje y así reunirse con ellos’. El deseo y la nostalgia alimentando un oficio, un arte que terminó poblando las calles de Buenos Aires” (11).
Un inmigrante creado por Marta Díaz Gioffré, en su cuento “El nieto del italiano”, habia encontrado un palativo semejante para lo nostalgia que lo agobiaba. Al protagonista “Siempre lo asombraron los ojos de su abuelo, claros como gotas de agua, y el pincel descarnado con que compuso sobre las paredes de la casa antigua paisajes montañeses hechos con puntitos de colores; debían mirarse de lejos para entenderlos: rebaños derramando su blancura sobre praderas verdes; de cerca, un tul de pintitas sin forma. Se quedó sin preguntarle si conocía la escuela puntillista o era sólo su intuición y la nostalgia de su tierra hecha paisaje. A Vicente esa añoranza se le fue cayendo, como propia, por una mejilla” (12).

Notas
1. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
2. Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999.
3. Minellono, Marita: “Don Paulino”, en Reunión. Buenos Aires, Corregidor, 1992.
4. Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de mayo de 2002.
5. Latorre, Stella Maris: Amor migrante. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2004.
6. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
7. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
8. Olivari, Nicolás: “La violeta”, citado por Cirigliano, Gustavo, en “Disquisiciones tangueras”, El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
9. Pujol, Sergio A.: “Diáspora y bandoneón”, en Clarín, Buenos Aires, 29 de noviembre de 1998.
10. Báñez Gabriel: Virgen. Barcelona, Sudamericana, 1998.
11. Alberto Giudici (Curador): “Exposiciones El filete porteño: entre el pop art y el realismo mágico” (Titulado “Bus Pop” apareció publicado en New Society, el 5 de septiembre de 1968 y reproducido en Buenos Aires por la revista Summa, en diciembre de 1986), en www rcc0102.rcc.com.ar.
12. Díaz Gioffré, Marta Iris: “El nieto del italiano”, en Ni siquiera molinos.de viento. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 2006.

Nostalgia argentina

En la novela En la sangre de Cambaceres, la inmigrante siente más nostalgia por el hijo argentino que por la familia dejada en la tierra natal: “-¿A Italia yo... dejarte a ti, mi hijito, irme tan lejos enferma y sola... estás loco, muchacho... y si me muero y si no te vuelvo a ver?...” (1).
Agobiados por los problemas económicos, después de cincuenta y dos años, Mimí y Jesús, dos hermanos asturianos, regresan a su tierra, donde –escribe Jorge Fernández Díaz- “canjean los pesares de la segunda morriña”. Desde allí, la mujer, nostalgiosa de la Argentina, escribe a su amiga: “Tengo setenta y dos años y no aguanto los pies fríos. Quiero estar en mi casa. (...) Si no me voy de acá me muero en pocas semanas. Me muero de pena, Carmina”. Pocos meses después, “se hizo la luz”. La mujer escribe, entonces: El Estado español nos garantiza los remedios gratis de por vida, y cuando nos pagaron el retroactivo de un año, unas 600 mil pesetas, creímos tocar el cielo con las manos. Jesús está haciendo algunos amigos, ya no tengo los pies fríos, Carmina. Pero no podemos sacarnos de la cabeza el barrio, la calle, los sonidos. Nunca vamos a poder sacarnos de adentro ese sentimiento, nunca vamos a poder” (2).
El madrileño José Luis Alvarez Fermosel cuenta: “un día la mujer de Bonasso padre, una vasca de Bilbao, me dijo: ‘Mira, no te quedes aquí mucho tiempo porque vas a estar en dos sillas mal sentado. Yo estoy allá y a los 20 días me da la impresión de que nunca me he ido; cae la tarde y miro el reloj y digo: Ahora estaría yo en Buenos Aires tomando el té con mis amigas. Y vuelvo a Buenos Aires y pienso que podría estar allí con mis hermanas” (3).
En La Coruña murió en 1979, el pintor Luis Seoane, quien, nacido en Buenos Aires en el seno de una familia gallega, vivió muchos años en España. El escribió: “Soy y seré siempre un desarraigado permanente. Lo seré aunque decida volver a mi país. Es el destino del exiliado” (4).

Notas
1 Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
2 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
3 Flores, Daniel: “A boca de jarro. José Luis Alvarez Fermosel ‘La caballerosidad no tiene que ver con la geografía’ “, en La Nación, Buenos Aires, 21 de septiembre de 2003.
4 Seoane, Luis, en el video de la muestra “Luis Seoane. Pinturas, dibujos y grabados”, en el Museo de Arte Moderno, junio 2000.

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La nostalgia los embargaba; canta Cristina Assennato en “País de inmigrante”: “-porque comimos el pan triste/ y la sal quemó ciertas noches/ porque tu hijo y el mío/ caben en el proyecto del pájaro/ y están allí reunidos/ en la curva del trigo,/ en el signo abierto de la gran ciudad” (1). Aún así, contribuyeron al engrandecimiento de la nación que los recibió.
“¡Que el emigrante se consuele! –dijo Alejo Peyret.- Por encima de la patria está la humanidad; ante que ciudadano de un cantón es hombre, es habitante del globo, es ciudadano del universo” (2).

Notas
1 Assenato, Cristina: “País de inmigrante”, en El Tiempo, Azul, 21 de febrero de 1999.
2 Vernaz, Celia: op. cit.