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“La Capital Federal, en 1936, tenía el 88% de extranjeros o hijos de extranjeros –afirma la socióloga Susana Torrado. Es decir, entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX era un pedazo de Europa en la Argentina” (1). La actriz Rita Cortese recuerda la presencia inmigrante en la sociedad: “Cuando yo era chica, los inmigrantes europeos eran algo vivo y cercano. Tanos y gallegos, como decíamos, estaban allí, al lado nuestro, en la calle, en el barrio. Pesaba su manera de ser y de hablar, sus costumbres, comidas, espectáculos. Formaban parte de nuestra vida cotidiana” (2).
De sus países de origen trajeron los inmigrantes sus costumbres, las que perduraron en la nueva tierra. La crianza de los hijos, la celebración de los acontecimientos familiares, diferenciaban a las colectividades y, aún hoy, se siguen observando los mismos lineamientos que hace décadas, aunque influenciados por el medio en que se desarrollan.


Notas
1 Roffo, Analía: “La familia argentina se diseñó contra toda presión”, en Clarín, 27 de febrero de 2000.
2 Gaffoglio, Loreley: “Me acordé de un viejo amor”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de julio de 2002.


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La ética

La ética era un valor fundamental para los inmigrantes. Lo afirma Eduardo Mignogna, autor de La fuga: “Nuestros padres, nuestros abuelos, amaban el apellido, la ética, la responsabilidad civil de tener un trabajo y de hacerse cargo de sus hijos y dejarles un apellido. Con su muerte se pierde un sentido de la ética y el país es testigo de esto. Los nietos saben que no tienen el primer referente a quien pedirle explicaciones y aparece la plata dulce, la financiera, esos hombres con apellidos en los diarios sin que les importen las manchas en una política macabra de robos e impunidad” (1).
Patricia Palmer, hija de un catalán y una porteña, manifiesta: “En mi casa me inculcaron valores que por un lado me salvan, pero que también me trajeron problemas: fui educada en una burbuja donde la honestidad y el honor eran la regla general, y la vida me fue enseñando duramente que eso tiene más que ver con la utopía que con la realidad” (2).

Notas
1 Boccanera, Jorge: “A dos puntas”, en Clarín, 26 de septiembre de 1999.
2 Madrazo, Cecilia: “10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 13 de octubre de 2002.


La solidaridad

La solidaridad era otro de los bienes espirituales de los inmigrantes. Ema Wolf y Guillermo Saccomanno señalan que “La inmigración, por esos años, hacinaba a un grupo humano de orígenes diversos y remotos que convivía con rencores e indiferencias pero unido por esa desgracia común de sentirse pobres y relegados en una tierra extraña” (1).
Nacido en Berisso, Esteban Peicovich, hijo de dálmatas, recuerda la localidad como “una sociedad compuesta por treinta y siete etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso. No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad” (2).
Esta condición de los inmigrantes es resaltada por la actriz María Rosa Fugazot: “la hija de la legendaria actriz de teatro, revista y cine María Esther Gamas y del músico Antonio Fugazot recordó: ‘De chica, mamá vivió en un conventillo; decía que era como la casa grande de una gran familia. Había un matrimonio siciliano y otro napolitano cuyas mujeres vivían peleando. El marido de una era motorman de tranvía y el de la otra, portuario. ¡Ah, Santa Madonna!, que al marido di questa lo strafuque il tranvia e que non quede niente di niente!, exclamaba la napolitana revolviendo su negra melena. E, que il tuo marito se caiga al aqua e se ahogue, contestaba la siciliana. Sin embargo, cuando llegaba un momento difícil, cuando un hijo se enfermaba o alguno se accidentaba, todos se unían para proteger al que lo necesitaba” (3).
Afirma Samuel Aizicovich, acerca de las colonias judías: “Si tuviéramos que explicitar cómo se vivió en las colonias, entre vecinos, deberíamos decir, sin temor a equivocarnos, que la convivencia fue excelente, de una gran fraternidad, manteniendo una relación verdaderamente amistosa, colaborando entre colonos con el trabajo en el campo, prestándose herramientas y demás” (4).
“Quien carecía de parientes encontraba remedio a su soledad en los vecinos armenios –relata Bedrossian. El vecino era su pariente, su confidente, su ayuda. Podría salir tranquilo de su casa, que cuidarían de la como la propia. Detrás de la soledad, estaba la sombradel infortunio y se consolaban diciendo que: ‘Es mejor vecino cerca que pariente lejano’ “ (5).
Carlos Barberio, hijo de un italiano y una española, es un ejemplo de solidaridad: “Sufrió un accidente gravísimo cuando tenía apenas cuatro años y una mala praxis médica transformó las heridas en lesiones de por vida. A los 76 Carlos Barberio está cuadripléjico, pero lejos de vivir el tema como una tragedia lo toma como una prueba de Dios. Desde su silla de ruedas se preocupa por el prójimo antes que por él mismo” (6).
La protección se evidencia en un texto autobiográfico de Luis León, “Recuerdos del papú Menajem”, que dice: “El olor de la comida me embriagaba, a pesar que tenía escasamente cuatro años y pasarían varios para que supiera con certeza que el pishkado con agristada era mi plato predilecto y su guesmo mi debilidad. La abuela Masaltó terminaba de hacer la comida del viernes, y entre su ir y venir me invitó a acompañarla. Salimos de la mano por la enorme puerta de la casa de la calle Malabia. En la otra mano mi abuela llevaba su bolsa para las compras. En el trayecto nos saludaron varias veces; Malabia era una de las calles djudías del barrio de Villa Crespo, y en la esquina con la avenida Corrientes, en el edificio del Banco, vivían numerosas familias sefaradíes. La mañana del final del verano era cálida, y mi abuela me buscaba tema de conversación mientras caminábamos por las veredas sombreadas. Al llegar a la puerta del mercado de Velazco, siguiendo una costumbre de niño, corrí para encarar los escalones, pero ella frenó mi impulso diciéndome: “ven ishiko, vamos a lo del papú Menajem” . Cruzamos al frente y cerca de la esquina empujó la puerta que daba a un angosto pasillo, y tocó el timbre en el último departamento. Estuvimos esperando un rato largo, ella suponía que el anciano estaba en el baño y tardaría en atender, pero había salido. Con cuidado mi abuela abrió su bolsa, retiró del interior una ollita con tapa, y agachándose la dejo frente a la despintada puerta, para que el hombre la distinguiera con facilidad al volver. Durante la caminata de regreso a casa, la abuela Masaltó me contó que el papú Menajem no tenía hijos y vivía muy solo. Y en esos casos, decía, había que llevarle comida caliente hecha en casa, para que no haya djidiós que en día viernes le falte un plato como el que le preparaba su abuela en su casa de Stambul” (7).
Ana María Shua habla de los “hermanos de barco” (8). Juan José Campanella relata: “Aída (Bortnik) nos contaba que un tipo que ella pensaba, hasta los 11 años, que era familia de sangre en realidad era un español que habìa llegado en el barco con su abuelo” (9).
En el Hotel de Inmigrantes también se agrupaban los recién llegados. Comenta el profesor Jorge Ochoa de Eguileor: “Aquí había inmigrantes de diferentes países, con diferentes idiomas, que hacían sus grupúsculos ya entre sí, se juntaban e iban al mismo lugar del comedor, habían logrado estar en el mismo dormitorio y salían en conjunto a la calle, porque tenían libertad de salir del hotel hasta las siete de la tarde. Las señoras también se juntaban de acuerdo a la nacionalidad en los jardines con los chicos, esperando a sus maridos, se pasaban la mañana en el jardín, en los grandes jardines” (10).
Con la oposición del gobierno se encontraron los alemanes del Volga al intentar ubicarse en las chacras según su propia clasificación: “Sin considerar las propuestas gubernamentales, comenzaron a elegir los lugares donde levantar cada aldea, de acuerdo con el origen o zona de procedencia y la confesión religiosa, tal como ya se habían previamente autoclasificado. (...)los jefes políticos y el administrador de la colonia les informaron que, si en ocho días no ocupaban sus chacras, serían obligados a hacerlo por medio de la fuerza pública”. Finalmente, consiguieron lo que deseaban: “Catorce días después llegó la respuesta de Nicolás Avellaneda, quien había optado por resolver el conflicto conforme los deseos de los inmigrantes, ganándose de allí en más el reconocimiento incondicional por parte de éstos y sus descendientes” (11).
Esa unión de los primeros tiempos dio origen a asociaciones importantes, a muchas de las cuales se refiere Rosa Majián en su guía (12). Surgieron los medios de las colectividades, estudiados por la antropóloga Viviane Oteiza Gruss: “De las publicaciones periódicas publicadas en la ciudad de Buenos Aires en 1887, 82 estaban redactadas en español, 7 en italiano, 5 en francés, 4 en inglés y 4 en alemán. Es decir, estos números indican que la mencionada libertad de expresión, junto con la fuerte inmigración de aquellos años, fue el caldo de cultivo para gran cantidad de publicaciones de colectividades" (13). Una publicación tuvo que ver con el origen del Centro Gallego: “El Eco de Galicia fue fundado por José María Cao Luaces el 7 de febrero de 1892. Este fue el órgano de los residentes gallegos en la Argentina desde ese momento y uno de los antecedentes de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires” (14).
Gloria Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes de esa región: “Lo que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo que tienen en común es que lejos de la tierra, “da mía terra”, como dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el corazón, van a buscarse entre ellos” (15).
Para Jorge Fernández Díaz, el Centro Asturiano de Buenos Aires es “esa Asturias de ficción donde los desterrados simulan vivir en aquel tiempo y en aquella patria”. Su padre encontraba allí la felicidad perdida: “Lidiaba con mi país de lunes a viernes, pero reverdecía con el suyo los sábados y domingos: mi padre se hizo ciudadano ilustre de una patria fantasmal construida por la colonia argentina de asturianos” (16).
Un grupo de polacos se asoció con fines ilícitos. Lo cuenta un arrepentido, en Frontera sur: en 1906 “se fundó la organización que hay ahora, la Varsovia, la verdadera Migdal. (...) era una sociedad de rufianes... Lo único que se pedía para ser socio, era eso. Valía la pena, era un buen negocio. Agrupados, podíamos defender nuestros intereses, porque hay mucha competencia: franceses, italianos... Los polacos hicimos una sociedad de socorros mutuos. Legal cien por cien. Con comisión directiva elegida y todo”.
Los judíos, a su vez, crearon una organización para protegerse de la Zwi Migdal, que atraía la censura de la sociedad hacia quienes profesaban esa religión, aunque la mayoría fueran inocentes: “Los judíos siempre se preocuparon mucho por la moral. Y por las apariencias. Había un comité de protección de las mujeres y los niños judíos. Hablaron con el rabino. (...) Y el rabino nos prohibió entrar al templo. Y después prohibió que nos enterraran como Dios manda” (17).
Entre los emigrantes armenios, las sociedades “compatrióticas” o regionales “reagrupaban a los originarios de la misma provincia. (...) Todas tenían similares objetivos: atender a las necesidades primarias de los inmigrantes y preservar la identidad mediante la vigencia de los recuerdos de su terruño así como de sus costumbres. Estas asociaciones ofrecían, además un ámbito donde reunirse para recrear las vivencias de la patria lejana, mediante la repetición de los relatos” (18).
“Las sociedades de socorros mutuos (...) tuvieron un amplio desarrollo, y se extendieron a todo rincón del país donde llegaron los contingentes inmigratorios –comenta Angel Jankilevich. El censo realizado en 1904 en la Capital Federal revelaba la existencia de 97 entidades de socorros mutuos” (19).
“La llegada del migrante siempre está cargada de esperanzas e incertidumbres. Y la asociación con otros connacionales es una de sus estrategias para cubrir sus necesidades culturales y recreativas –opina Lelio Mármora, director de la Organización Internacional para las Migraciones. Así surgieron entidades que dieron a los recién llegados espacios solidarios en un medio extraño, y varias resultaron centro de excelencia para los argentinos”. El deporte tiene que ver con esta realidad: “Igual integración se dio en los clubes: a través del fútbol, los extranjeros conservaron su identidad y se sumaron a la sociedad” (20).
“Los clubes de fútbol fundados específicamente para colectividades surgieron a mediados de los 50. El 7 de mayo de 1955 nació ACIA (sigla de la Asociación Calcio Italiano en la Argentina), actual Deportivo Italiano. Siempre con el ‘Deportivo’ por delante, en 1956 se sumó Español, en el 62 surgió Paraguayo y el último, Armenio, debutó un año después. Este póquer de colectividades fue creciendo hasta alcanzar la cúspide en la década del 80, en la que españoles, armenios e italianos llegaron a Primera División. Después, la debacle. Con escasos socios y suculentas deudas, este cuarteto pasa por una crisis tan profunda como la de la mayoría de los clubes. Lo curioso, en este caso, es que representan a colectividades tan numerosas como futboleras. Y que, sin embargo, les dan la espalda a sus orígenes. ¿Caso grave de amnesia? ¿Falta de identidad?” (21).

Notas
1 Wolf, Ema y Saccomanno, Guillermo: El folletín. Buenos Aires, CEAL, 1972.
2 Peicovich, Esteban: “Volver a Berisso”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 24 de febrero de 2002.
3 Cosentino, Olga: “Cosecharás tu siembra”, en Clarín, Buenos Aires, 18 de octubre de 2000.
4 Aizicovich, Samuel: Viaje al país de la esperanza. Buenos Aires, Milá, 2006. 64 pp.
5 Bedrossian, Eduardo: Memorias para no olvidar. Buenos Aires, Edición del autor, 1998.
6 Perpignan, Javier: “CARLOS BARBERIO ES UNO DE LOS VECINOS MAS SOLIDAROS DE VILLA PUEYRREDON El rey que no necesita corona”, en El Barrio, Buenos Aires, Diciembre de 2005.
7 León, Luis: “Recuerdos del papú Menajem”, en SEFARaires N° 10. Buenos Aires, Febrero de 2003.
8 Shua, Ana María: El libro de los recuerdos. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
9 Trzenko, Natalia: “Con destinos cruzados”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de mayo de 2006.
10 Markic, Mario: “En el camino”, en TN, 12 de septiembre de 2002.
11 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/ Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
12 Majián, Rosa: Guía de las colectividades extranjeras en la República Argentina. Buenos Aires, Ediciones Culturales Buenos Aires, 1988.
13 Iglesias, Jorge: “Una Babel de tinta”, en La Nación, Buenos Aires, 24 de noviembre de 2002.
14 S/F: “José María Cao Luaces: el padre de la caricatura argentina”, en GaliciaOXE, www.galiciaoxe.org, 2002.
15 Pampillo, Gloria: Los gallegos. Novela inédita.
16 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
17 Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
18 Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: “Los armenios en Buenos Aires” La reconstrucción de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
19 Jankilevich, Angel: “Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhosorgar.htm
20 Mármora, Lelio: “Fútbol para integrarse”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.
21 S/F: “Un pedacito de la tierra natal”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de febrero de 2000.

 

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Hijos

La preocupación por los hijos está ligada a la inmigración. Es lógico, si pensamos que muchos de los inmigrantes no veían a sus hijos en años, como los padres de Jesús Amorín Varela: “Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina” (1). En Italia deja la madre a Syria Poletti y a su hermana mayor, quienes llegarán al país mucho después (2); lo mismo sucede a la inolvidable madre de “De los Apeninos a los Andes”, de Edmondo D’Amicis (3). Otros, no llegan a ver nunca a sus hijos, como la italiana de Santo Oficio de la Memoria, que tanto los echó de menos (4).
Pensemos en las penurias que pasaron esas familias en sus países de origen, durante la travesía y hasta que lograron una mínima situación económica. Entre los armenios, “Había una negación de sí mismo casi devota en la consagración a los hijos –escribe Bedrossian- porque en ellos estaba su esperanza. Habían alcanzado el milagro de sobrevivir. Con los hijos quedaba legitimada la supervivencia. Por eso la familia era la tierra santa donde se concentraban los apremiantes sueños de los padres y el escenario de la vida cotidiana” (5).
A la Argentina –escribe Graciela Montes-, “fueron llegando los inmigrantes. Solteros y muy jòvenes, algunos casi niños, venìan a ‘hacer la Amèrica’. Provenìan de España, de Italia, de Turquìa, de Rusia, de Francia, de Polonia, de Yugoslavia, en general eran muy pobres y estaban dispuestos a trabajar duro... Algunos regresaron a sus pagos, pero la mayorìa, màs de un millòn, se quedò. Para esos inmigrantes, los hijos eran valiosos. El triunfo de esos hijos en la vida era la certificaciòn de su propio èxito” (6).
Marcelo A. Moreno considera que “En nuestro país el amor hacia los chicos constituye una especie de culto nacional. Casi nada está tan bendecido en nuestra sociedad como hacer cosas –sacrificios incluidos- por nuestros hijos. Desde las historias de inmigración el amor a los chicos se erige en sentimiento supremo y hasta sirve no pocas veces de coartada” (7).
Recordemos al respecto un concepto de Guillermo Jaim Etcheverry, quien afirma que, en esa clase de familia, ”los niños y los jóvenes adquieren un papel dominante. Lo hacen al convertirse en el lazo de unión que vincula a los mayores con el nuevo entorno que, a menudo, les resulta hostil”. La función de los menores es la intermediación: “Los jóvenes, que se adaptan a gran velocidad, son los encargados de traducir la nueva cultura a sus padres”. La familia así conformada, cambia su estructura original: “Cuando esa tarea de condescendiente intermediación se convierte en imprescindible, esos jóvenes terminan ejerciendo un poder real sobre sus mayores” (8).
El amor por los niños se evidencia en el interés por hacerles pequeños regalos, por cocinar para ellos, por brindarles expresiones de cariño en una comunidad que no recurre al dinero para los placeres. En “Mi búho”, Elena Guimil recuerda la oportunidad en que su padre, “un gallego fornido” le trajo un pichón. Cuando el padre volvía de cazar –dice la hija- “yo me sentaba en un banquito impaciente, mirando fijamente la bolsa cerrada que descansaba olvidada junto a la puerta. Adentro había algo que se movía, algo que era para mí. Mi padre sólo la abriría después de tomar su café caliente. Unicamente él podía hacerlo. Pero no parecía tener ningún apuro. Me miraba de hito en hito y sonreía detrás de su taza. Creo que disfrutaba con mi impaciencia. El contenido de la bolsa de arpillera era un misterio para mí, aquel que esperaba ansiosa todas las semanas. ¿Qué sería esta vez? ¿Un tero, un lechuzón o un zorrito? La criatura asomó sus gigantescos ojos amarillos y se posó en la mano de mi padre. Emitió una especie de silbido cuando me acerqué” (9).
Humberto Costantini escribe acerca de un gringo que quería tener muchos hijos. El italiano manifiesta: “Cuando vine a América, ¿sabe?, me soñaba tener una casa y una familia. Muchos hijos, sabe. Así como usted. O más todavía. Ocho, diez. Una mesa larga, larga, y todos allí a la noche comiendo con buen apetito” (10).
Los padres inmigrantes son homenajeados por sus hijos. María Granata afirmó: “Empecé a escribir siendo muy niña, alentada por mi padre, un médico italiano que me inició en la poesía de Leopardi. Murió cuando yo tenía once años y siempre supe que mi labor literaria sería un constante homenaje a él” (11).
Antonio Dal Masetto, en el libro El padre y otras historias, “apela a dos herramientas con las que, en obras anteriores, buscó arrancarle al mundo algunas certezas en forma de literatura: la memoria que desanda imágenes de un pasado ligado a la tierra, y la observación de un presente urbano, plasmada en acuarelas de pinceladas certeras que trazan el perfil de personajes noctámbulos y marginales, habitantes de un territorio bien delimitado y reconocible: la zona del Bajo” (12).
El periodista Santo Biasatti expresó: “mi viejo fue un inmigrante que llegó y estuvo un día en el hotel de inmigrantes de Retiro. Llegó un viernes, el sábado salió, el domingo fue a comer a casa de unas personas del pueblo y el lunes fue a laburar. Y nunca habló bien castellano. Pero como él no había podido quería que su hijo fuese al colegio y se rompió el traste para que su hijo pudiese estudiar” (13).
La cantante Estela Raval recuerda a su padre: “Mi viejo era un inmigrante italiano que llegó con una bebita en brazos. Su mujer, en Italia, falleció cuando dio a luz a esa criatura. A los pocos meses de llegar conoció a mi mamá, que tenía catorce años, la pidió en matrimonio a mi abuela que no sé cómo se la dio y a los quince la hizo madre. Mi mamá crió al hijo que nacía, Manuel, y a esa nenita que trajo mi papá de Italia” (14).
En un reportaje, Leo Vinci contó: “Mi padre (...) me puso a prueba y me hizo dibujar, en un papel de almacén y desde una fotografía de una revista, un perfil de Dante Alighieri. Pasaron dos o tres días y me compró una hoja chica de carpeta Canson, con los agujeritos, y me dio la foto del Rey de Italia –porque él era italiano-. Me puse a dibujarlo y no me alcanzó la hoja, entonces mi papá compró otra hoja y lo pegamos para alargarlo. Y parece que aprobé el examen porque a partir de ahí, cuando llegaron los Reyes Magos, a mis siete años, en vez de juguetes yo me encontré con un rollo de papel, colores y todo lo que hace falta para dibujar y pintar” (15).
Alfredo Conte evoca a su padre, que llegó desde Cosenza en 1887: “Mi viejo, vos hiciste el mundo nuevo/ abriste surcos, criaste hijos/ y fuiste solamente un inmigrante/ No sé cómo decirlo en dos palabras” (16).
A su padre, en primer lugar, dedica Lidia Vinciguerra su libro Oficio de mujer / Mestiere di donna (17): "A él, que sin saberlo me dejó los ojos ciegos de padre. A Salvador Vinciguerra, que me enseñó a enraizarme con su Italia".
También a su padre evoca el protagonista de “Niebla”, de José Luis Pérez: “De pronto algo conmocionó mi mente, las imágenes se fueron deteniendo lentamente y una escena fue corporizándose ante mí. Era el patio de ladrillos de un inquilinato, pulido por los pasos de fatigados inmigrantes, con enrejados verdes de varillas de maderas entrecruzadas, grandes macetas rojas y amarillas de formas acampanadas llenas de plantas, un gran piletón en el centro, el parral cubriéndolo todo y en una silla baja, sentado, con una chaqueta en su falda y una aguja en su mano, cosiendo con destreza y chupando su pipa, estaba él. Un aroma de uva madura y tabaco fuerte llenaba el espacio, de una vieja radio salía la voz de Beniamino Gigli, cantando ‘Wien, Wien, nur du allein’ “ (18).
El padre de Gladys Onega era paciente con su hija enferma: “Después de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué, otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de la guarda dulce compañía y por todos los personajes queridos y sagrados que se le ocurrían” (19).
Al ver a su padre muerto, dice un personaje de Vázquez-Rial: “Mi padre. Aquel gigante que me tomaba de la mano y me llevaba hasta el fin del mundo. Cogido de su mano crucé el océano. Cogido de su mano vi el cortejo de un rey negro. Cogido de su mano encontré a Germán. Cogido de su mano. Cogido. ¡Dios santo! Lo pienso en su lengua” (20).
En “Halley”, Enrique Anderson Imbert relata: “Mi padre era un ingles que se habia formado solo en la Argentina y no tomaba en serio a la familia de mi madre. ‘Los Del Rio –oí una vez que Ie decia a otro ingles- se creen gran cosa porque descienden del patriciado colonial’. Supongo que se casó con mi madre porque la quiso. No sé. No tengo modo de saberlo. Mi madre murió pocos días despues de darme a luz. Lo que se es que nunca me habló de ella. De los familiares, sí. EI que no era fanatico era haragan; la que no era orgullosa era ignorante” (21).
“Lo único que recuerda Roberto Arlt de su padre, según sus biógrafos y su propio testimonio, no es muy halagüeño: ‘Mañana te fajo’, decía el prusiano. Arlt no dormía en toda la noche y, a la mañana, sufría la paliza” (22).
“Mi padre, Moisés o Mauricio Ribak, según uso y costumbre, fue el hijo tardío de un varón santo –escribe Andrés Rivera-. Debe haberlo tenido a los 60 años, con una mujer a quien doblaba en edad. Y lo destinó a que fuera rabino. En medio de sonrisas cómplices, una tarde mi padre me contó como rompió con la religión judía comiendo cerdo en las gradas de la sinagoga de su ciudad natal, en Polonia. Después, la perrsecución a los judíos hizo que se viniera a los 18 años a la Argentina” (23).
Acerca de su padre, escribe Juan Gelman: “Sabía de todo: economía, historia, ciencias políticas. Lo que ahora se llamaría un tipo culto. Recuerdo que, cuando cumplí 12 años, me regaló la obra completa de Scholem Aleijem. Entonces no lo supe, pero ahora me parece que ahí empezó todo. Nunca pude escribirle nada, y creo que ése fue mi mejor regalo hacia él” (24).
También le inculcó el amor por la lectura el padre de Juan José Saer: “En mi casa había dos o tres libros en árabe dando vueltas –manifiesta el escritor-. Pero mi padre era un gran lector. Creía en la cultura, y se había suscripto a las Selecciones del Reader’s Digest. Un día nos hizo una bibliotequita para mi hermano y para mí, y allí guardábamos las revistas y las Selecciones que devorábamos” (25).
Un padre japonés protagoniza una novela: “Gaijin (‘extranjero’), primera novela de Maximiliano Matayoshi, es la historia de un adolescente que en la segunda posguerra deja su Okinawa natal para emprender un viaje geográfico y sentimental a la otra punta del globo. La vida en el barco, los puertos, la amistad iniciática, la comunidad japonesa en Argentina son escalas de una historia familiar, la de su padre, que Matayoshi recrea en cuarenta y nueve breves capítulos de ritmo ágil y prosa sobria y contenida. Por este libro, el autor –veintitrés años, estudiante del traductorado y del taller literario de Diego Paszkowski- ganó el Premio 2002 a la mejor ópera prima de la Universidad Autónoma de México y la editorial Alfaguara, cuyo jurado presidió Mario Bellatin” (26).
En “Ochenta” Orlando Mario Punzi evoca a su madre: “A Dios, conmigo se le fue la mano.// Me dio todo: la mamma de primera,/ los amigos en tanda y un hermano,/ y ya de pibe le saqué temprano/ cien sonetos, o más de la galera” (27).
Oscar González, en “La anunciación”, evoca a la madre italiana: “Y fue la mamma gringa,/ Querendona y bravía, que entregó sus/ cachorros./ A otra tierra y otra lengua” (28).
En “Regreso”, Rubén Benítez canta a su madre española: “Nuestra madre,/ la pobre exclamaría/ Has vuelto muy cambiado/ como si fueras otro./ Jamás serás el mismo/ que se ha ido./ Naciste con silencio/ de abismo/ en tu costado/ y cuando te mecía/ velaba ya en tu piel la indiferencia./ Tu cuna ya era un barco/ de mares demorados/ y de ausencias.// Pobre madre,/ portaba en su mirada/ distante y abatida/ la luz del desencanto/ triste flor de su tierra prometida” (29).
Francisco Luis Bernárdez llora a su madre gallega: “Nuestras pequeñas bicicletas iban por aquella carretera de España./ Detrás quedaba Carballino, con sus casas envueltas por la madrugada./ Dejando mi corazón mucho más a obscuras, el amanecer despuntaba./ ¿Era posible que pudiera venir, como todos los días, la mañana?/ El silencio de mis hermanos era el eco de la soledad de sus almas./ Yo sentía sobre mis hombros algo parecido al peso de una montaña./ El paisaje abría los ojos como si no se hubiera enterado de nada./ Nunca olvidaré que en el monte de Corzos había un ruiseñor que cantaba./ Al llegar a Dacón oímos el nombre querido en la voz de la campana./ Mamá y el mundo habían muerto para siempre y sólo aquella voz los lloraba” (30).
María Nieves, bailarina de tango, “proviene de una familia humilde –ella reafirma ‘más que pobre’-. Fue criada en el barrio de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí tuvieron cinco hijos.(...) De chica la humildad familiar no la marcó. Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces me dicen, ‘sos demasiado humilde, sos una tonta’. Así me hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie’. Esa misma mamá –‘la gallega’- cuando era niña le cantaba tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna” (31).
Eran españoles los padres de Fernando de Querejazu, quien manifiesta haber escrito en su honor El pequeño obispo, evocación de la infancia en el pueblo cordobés de Canals, fundado por un naviero valenciano (32). Y los de Raúl G. Fernández Otero, quien los evoca en el marco de un barrio porteño, allá por el 30 (33). Y los de Jorge y Aída Luz, acerca de quienes dice el hijo: “Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más caliente” (34).
A su padre, Jorge Fernández Díaz le dedica un libro con estas palabras: “Para Marcial, mi héroe. Y para todos los ‘argeñoles’, esa extraña raza de mártires”. Sobre su madre escribe: “Había, en esos tiempos, mujeres que al ser madres borraban el gusto, la coquetería, la ambición, la razón, los deseos, el cuerpo, los resentimientos y hasta los viejos temores para fundirlos en una única y magnífica materia: el amor excluyente hacia sus hijos. Mamá fue una de esas mujeres, y lo pagó caro” (35).
En sus memorias, tituladas Allá lejos y hace tiempo -escritas en inglés-, Guillermo Enrique Hudson recuerda a sus padres, los norteamericanos Daniel Hudson y Carolina Augusta Kimble, radicados en la Argentina en 1828 (36).
En una entrevista realizada por Ana Da Costa en 2000, Juan Filloy evoca a sus padres. Acerca de su madre, Dominique Granje, relata: “Mi madre fue una francesa que vino en una de las promociones de inmigración del siglo pasado, en una inmigración de labriegos franceses que se afincaron en Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. Pero ella se independizó ocupándose del servicio doméstico en la Capital Federal, especialmente en el barrio de San Telmo, el barrio Sur de Buenos Aires. Mi madre era francesa, natural de Toulouse, de un pueblo que se llama Gourdan, que está cerca de la línea férrea que liga Toulouse con Lourdes. De modo que ella estaba ahí, en ese pueblo, junto a una localidad que se llama Montesquieu, un lugar famoso en la antigüedad por unas aguas termales, a las cuales asistían muchas figuras próceres de la literatura mundial. Mi madre se casó aquí, en la Argentina, con un español nativo de Galicia y formaron un hogar en el cual fuimos cuatro hermanos. Pero mi madre había tenido primero relaciones matrimoniales con un belga que la abandonó con tres hijos, los cuales fueron acogidos por mi padre. Los siete crecimos y fuimos educados aquí, en la ciudad de Córdoba. Papá y mamá se conocieron en Tandil, cerca de la Piedra Movediza, que es una figura que se hizo sumamente popular en casa, porque mi padre tuvo dos hijos en las proximidades de la Piedra Movediza. Mi madre fue una persona muy vivaz, de genio muy alegre, pero absolutamente analfabeta. Leí un artículo sobre Delich, que apareció en La Nación, en el cual confiesa que su madre fue analfabeta; bueno, yo digo lo mismo: mi mamá fue analfabeta. Nació en Francia el mismo día en que nació el Delfín, vale decir, el hijo de Napoleón III y la Reina de Francia. Por esa razón mi madre tenía derecho a una educación gratuita, tanto para la escuela primaria, como la secundaria y la superior. Pero mamá tuvo que venir al país, de modo que no aprendió jamás a leer. Era una mujer muy inteligente, con toda la inteligencia de los instintos. En el negocio de mi padre atendía una sección de la tienda en la cual ella se manejaba con total exactitud en los cálculos de los efectos que vendía. Por ejemplo, pongamos por caso que un cliente compra siete metros de satén, o de guipure, cuyo precio era $1,75; mamá no necesitaba un lápiz de ninguna especie, ella, mentalmente, en el acto, decía cuánto era. Tenía una capacidad matemática que es muy particular de muchas personas en Francia” (37).
“Un día cualquera de 1981, 18 años después de haber nacido, Federico Andahazi se encontró por primera vez con Bela Andahazi, el húngaro que era su padre y del que sabía pocas cosas: que era psicoanalista y que había escrito un libro de poemas, en cuya solapa había una foto: la única que Federico Andahazi conocía” (38).
En “Bíblica”, Susana Szwarc evoca: “Madre es anciana./ Madre es anciana y se ha/ embarazado./ Habrá una hermana nueva. // Madre embarazada/ vomita y sus dedos aprietan./alambres/ del gallinero.// Por su boca sale la nieve/ de Siberia y aquí -lejísimo-/el pueblo entero se llena de blanco/ barro.// Madre ríe y las hijas reímos/ mientras mascamos/ un poco de brea/ como si el mundo la nieve la brea/ fueran/ nuestra pertenencia.// Y madre/ sabia en los vagones/ nos avisa:/ si uno tiene que vivir vive/ si uno tiene que morir se/ muere.// ¿Porqué? le decimos las nacidas/ pero ella se distrae por el buey/ quieto entre las vías./ Y anuncia:/ este tren habrá de detenerse/ Podremos parir” (39).
A sus padres evoca Etel Chromoy, hija de rusos que inmigraron a la Argentina: “La pasión de mi madre por los ideales de la Ilustración, y la seguridad sin fisuras de mi padre por los Ideales de la Emancipación, hicieron de mi infancia un torrente de alegrías y descubrimientos. Yo vivía en un tiempo inexistente y pertenecía a un fascinante pueblo sobreviviente, que depositaba su confianza en palabras escritas miles de años atrás. Mi fortaleza y mi seguridad se nutrían en 2000 años a.e.c. y 2000 años e.c.” (40).

Notas
1 S/F: “Pérez Millán”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
2 Poletti, Syria: “El tren de medianoche”, en Mi mejor cuento. Buenos Aires, Orión, 1974.
3 D’Amicis, Edmundo: “De los Apeninos a los Andes”, en Corazón.
4 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
5 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
6 Montes, Graciela: “La infancia y los responsables”, en Machado, Ana María y Montes, Graciela: Literatura infantil. Creación, censura y resistencia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
7 Moreno, Marcelo A.: “El país de los chicos felices”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de abril de 1997.
8 Jaim Etcheverry, Guillermo: “Los nuevos emigrantes”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de abril de 2002.
9 Guimil, Elena: “Mi búho”, en El desafío. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.
10 Costantini, Humberto: “Historia de una amistad”, en www.abanico.edu.ar.
11 Semeraro, Horacio: “A María Granata”, en el grillo, N° 40, Marzo-Abril 2005.
12 Dal Masetto, Antonio: El padre y otras historias. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
13 Masci, Florencia: “Santo Biasatti. Un reflejo de nosotros mismos”, en Noticias de Luján, Año I, N° 53. 27 de junio de 2002.www.lujanargentina.com/www.lujanargentina.com.ar.
14 Saidon, Gabriela: “Si no te enamoraste, no podés cantarle a la vida”, en Clarín, Buenos Aires, 26 de septiembre de 2003.
15 Selser, Claudia (texto); Grinberg, Ariel (fotos): “En tiempo y forma”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 25 de septiembre de 2005
16 Conte, Alfredo: Pascualino. Edición homenaje. Buenos Aires, 2001.
17 Vinciguerra, Lidia: Oficio de mujer / Mestiere di donna. Buenos Aires, Vinciguerra, 1994.
18 Pérez, José Luis: “Niebla”, en Nosotros el Sur. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 1992.
19 Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
20 Vázquez- Rial, Horacio: op. cit.
21 Anderson Imbert, Enrique: “Halley”. En Narraciones completas. Buenos Aires, Corregidor, 1990.
22 Varios autores: “Mi viejo”, en Veintitres. Buenos Aires, 17 de junio de 2004.
23 ibídem
24 ibídem
25 ibídem
26 Costa, Flavia: “De nombre extranjero”, en Clarín, Buenos Aires, 21 de junio de 2003.
27 Punzi, Orlando Mario: “Ochenta”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 26 de octubre de 1997.
28 González, Oscar: ”La anunciación”, en El Tiempo, Azul, 16 de abril de 2000.
29 Benítez, Rubén: “Regreso”, en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 3 de septiembre de 1998.
30 Bernárdez, Francisco Luis: “Poema de las cuatro fechas”, en Cielo de tierra. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1948. Ilustraciones de Horacio Butler.
31 Pacheco, Carlos: “María Nieves: la princesa del Plata baila hoy”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
32 Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, Editorial Lumen, 1986.
33 Fernández Otero, Raúl G.: Ausencias, presencias y sueños. Buenos Aires, Ediciones Tu Llave, 2000.
34 Guerriero, Leila: en La Nación Revista
35 Fernández Díaz, Jorge: op. cit.
36 Hudson, Guillermo Enrique: Allá lejos y hace tiempo. Versión en lengua española, estudio preliminar y notas de Alicia Hebe Viladoms. Buenos Aires, Kapelusz Editora, 1994.
37 Da Costa, Ana: “Entrevista a Juan Filloy”, en www.bibnal.edu.ar, 2 de marzo de 2000.
38 Guerriero, Leila: “¿Quién es Andahazi?”, en La Nación, Revista, Buenos Aires, 11 de diciembre de 2005. Fotos Daniel Pessah.
39 Szwarc, Susana: Bailen las estepas. Ediciones de la Flor.
40 Chromoy, Etel: Un barco azul y blanco. Buenos Aires, Milá, 2006. 300 pp. (Imaginaria)

Nietos

En América, por lo general, la familia estaba integrada solamente por los padres y los hijos, ya que los demás habían quedado en la tierra de origen. Esto se evidencia en Frontera sur, novela en la que un gallego inmigrante dice a su padre que no se acostumbra a los líos de parentesco; el padre le responde: “Si vives toda tu vida en Buenos Aires, donde no hay más que hijos y padres, cuando los hay, no te acostumbrarás. Pero si un día vas a Galicia, sí” (1). Con el correr del tiempo, esa realidad irá cambiando.
La abuela es una figura muy fuerte en la familia inmigrante. Del Piamonte vino la abuela de María Teresa Andruetto, quien contaba a sus nietas los relatos que ella reunió en el libro Benjamino. La escritora dedica este libro, en el que reescribe dos cuentos tradicionales, “a la nonna Felicitas”. Sobre ella expresa: “Mi abuela Felicitas, la mamà de mi mamà, fue colchonera, en el tiempo en que los colchones eran de lana, se apelmazaban y debìan desarmarse y rehacerse cada tanto. De ella recuerdo casi todo, porque la tuve hasta que fui grande: su casa de Arroyo Cabral, donde nacì, el piso fresco de ladrillos de esa casa, las màquinas de tisar lana, sus amigas hablando en una lengua desconocida para mì, sus comidas deliciosas (¡el dulce de leche azucarado!), su cara gordita, las mejillas coloradas, el pelo blanco que prendìa con horquillas en un rodete... Horquillas, rodetes, colchones apelmazados, màquinas de tizar lana... nombres de cosas que ya no existen” (2).
Hay una abuela piamontesa en La sed, obra de Hernán Arias galardonada en el Concurso de Novela Daniel Moyano. “La sutileza del lenguaje es notable -escribe Carlos Gazzera-. Hernán Arias, se diría, intenta abolir el adjetivo. Una descarnada economía busca dotar a ese niño y a los personajes que lo rodean del lenguaje que mejor les cabe. El ejemplo más logrado es el cocoliche de la abuela piamontesa. Tres, cuatro líneas, nada más, para que esa abuela se convierta en la enigmática figura del dolor trágico que se ciñe sobre la familia. La enfermedad que postra a la abuela organiza las metáforas del dolor en esa familia. No hacen falta lágrimas, palabras de queja. Nada. La economía textual se reduce a marcar los gestos, los diálogos. El dolor –como todo otro sentimiento–se dice por elipsis” (3).
Era italiana la abuela de la poeta Griselda García, cuyas costumbres la nieta evoca: “mi abuela preparando conservas/ de casi cualquier cosa que crezca/ en la tierra del fondo;/ cuidando de no tirar/ bolsas, corchos, plásticos,/ tapas, bandejas, frascos,/ cartones, papeles, piolines/ porque todavía pueden servir;”. Así vivía la mujer a quien “trajeron al país engañada/ diciéndole que iba a vivir en un castillo”. De su abuelo italiano, afirma la poeta: “mi abuelo, que cuando mataba algún conejo nos decía:/ vayan con tu hermana a dar una vuelta/ y en cambio nos dejaba mirar la muerte/ en los ojos de las ratas atrapadas en tramperas,/ escuchar sus chillidos de bebés diminutos/ cuando el agua hirviendo les caía encima”. La poeta los corona con un emocionado elogio: “más que mis padres,/ abuelos,/ ancianos sabios,/ abuelos,/ ángeles en el camino” (4).
De su nona Francesca, dice la actriz Virginia Innocenti: “era perfecta. Estaba casada con el abuelo Francesco. Era la típica abuela italiana, de pelo blanco, que jamás se puso una gota de maquillaje; zurcía la ropa, preparaba dulce de uvas y cappelletti. Esa era la mamá de mi papá” (5).
Acerca de Angela Grezer de Castun, nacida en Trieste en 1920, escribe Marcelo Benini: “Fue una abuela de las antiguas, cariñosa a través de la acción más que con el verbo. Quien esto escribe recuerda con placer los fines de semana en esa esquina luminosa, perfumada por los eucaliptos del vivero municipal y los jacarandáes de Colodrero. Eran amaneceres de café con leche y tostadas con manteca, mediodías de milanesas con papas fritas -las mejores jamás cocinadas- y tardes de cine argentino por ATC. Gran conversadora, Linga hacía todas las preguntas que se le ocurrieran hasta saciar su interés en el tema y luego, aunque transcurrieran décadas, recordaba hasta el mínimo detalle de cualquier diálogo. Jamás la vimos enojada, apenas si apelaba a la ironía para opinar sobre un hecho que no compartía” (6).
Estela Pereda recuerda a su abuela italiana: “Ana Galiardi, empresaria y artesana fabulosa. Había nacido en Milán y creò un taller de artesanìas para que las ganancias mantuvieran un comedor inf0antil. Tenìan buenos clientes, casi toda la producción se vendìa a la casa Harrods. Entre muchas cosas, hacían los capuchones de chala que coronaban las botellas del mìtico rhum Negrita. (...) Yo hacìa los dibujos, los cartones, y Ana tejìa los tapices. Cuando se lo propuse, tenía 70 años, y siguió tejiéndolos hasta los noventa y tantos” (7).
A sus abuelas españolas, inhumadas en tierra americana, canta Ricardo Adúriz: “Dulces abuelas trashumadas/ desde estos cielos/ a aquellos cementerios./ Que vuestros nombres, en medio del océano/ de sombra, sajados vivos de la noche larga,/ os devuelvan la luz de un tiempo suave/ en Freas de Eiras –tierra de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.// Vuestras son estas últimas luciérnagas,/ fragmentos puros de un espejo roto,/ donde brillan los rostros del olvido” (8).
A su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno, en “Inicial de oro”: “Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,/ pero el primer recuerdo nítido de mi infancia/ es éste: una mañana de oro y de neblina,/ un camino muy blanco y una calesa rancia.// Luego un portal oscuro de caduca arrogancia/ y una abuelita toda temblona y pueblerina,/ que me deja en la cara una agreste fragancia/ y me dice: -¡El mi nieto, que caruca más fina!-// Y me llenó las manos de castañas y nueces,/ el alma de leyendas, el corazón de preces,/ y los labios recientes de un divino parlar.// Un parlar montañés de viejecita bruja/ que narra una conseja mientras mueve la aguja./ El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar” (9).
Guadalupe Henestrosa afirmó: “Desde hacía años venía pensando en el tema del desarraigo. Me interesaba especialmente el caso de las mujeres jóvenes, el testimonio personal, los sentimientos que se tejen en un apuesta vital tan fuerte. En parte se vincula con la experiencia de mis propias abuelas, ambas inmigrantes españolas. Una de ellas, Carmen Oliveros, cuyo nombre usé como seudónimo para el Premio, llegó a los 19 años, sola, en el año 20. Hoy suena sencillo pero en esa época cruzar el mar implicaba casi irse a otro planeta, no volver a ver a la familia, vivir a una carta por año, en un contexto de gente prácticamente analfabeta. Y tener que cargar además con la gran pregunta: irse para qué. Al sentarme a escribir, todo eso estaba sobre la mesa. (...) María Cruz, mi otra abuela, llegó a la Argentina con sus hermanas. Ese recuerdo fue el puntapié inicial.” (10).
Otra abuela, la de Fernando de la Orden, nacida en Logroño, es homenajeada por medio de la muestra fotográfica “Pan y manteca” (11).
En un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante: “Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar” (12).
En diálogo con Diego Heller, un actor recuerda a su abuela andaluza: “Huérfano de padre y madre, Alberto Rodríguez Gallego y González de Mendoza –léase Alberto de Mendoza- fue criado en España. Su abuela lo recibió en Huelva a los cinco años: doña Isidra era una mujer severa, y trató de encarrilar a su nieto, ya de purrete proclive al callejeo. Lo primero que hizo fue anotarlo en la escuela de los escolapios, famosos por su mano dura. No resultó o resultó a medias, cuenta el actor. Le iba bien en literatura, pero las ciencias exactas eran para él un tormento. ‘Me mandé mil cagadas en el colegio, pero lo peor fue una vez que mi abuela me agarró in fraganti –relata nostalgioso-. Resulta que yo tenía muy malas notas en álgebra y una tarde mi abuela me obligó a estudiar la materia. Pasaban las horas y yo, con el libro abierto. Ella iba y venía, y yo seguía concentrado. Le dio por desconfiar: me agarró distraído y con el bastón tiró el libro. Cuando se cayó, vio que tenía escondida una revista pornográfica, encima una de monjas y curas... Me pegó una cachetada tan grande que me puse a llorar. Me dijo: No llore, quedan muchos años para llorar. Tenía razón... Era una gran mujer que murió durante la Guerra Civil. La tengo siempre presente, en la cabeza y en la mesita de luz. Cuando me acuesto, o cuando me subo a un avión, digo: Abuela, protegéme. Y lo hace” (13).
Cuando Borges recibiò el Premio Jerusalèn, recordò en una entrevista a su “abuela inglesa, protestante, que sabìa de memoria la Biblia” (14). A ella se refirió también en un reportaje realizado por Noemì Ulla, recordàndola como una persona estrechamente ligada a los libros con los que se iniciò literariamente. Dijo a la escritora que su verdadera educaciòn fue la biblioteca de su padre, “en gran parte de libros ingleses. (...) Yo recuerdo sobre todo la Enciclopedia Britànica, que sigo releyendo y que no he agotado aùn. Mi padre era profesor de Psicologìa en Lenguas Vivas, èl tenìa que dar las lecciones en inglès –mi abuela era inglesa- y era secretario en un Juzgado Civil de los Tribunales, pero èl era ademàs profesor de Literatura Inglesa” (15).
Evoca el ambiente literario de su casa, relacionado con la extranjera: “Habìa un excelente ambiente en casa, un ambiente literario. Mi abuela era muy lectora, mi abuela inglesa sabìa de memoria la Biblia. Ellos habìan sido predicadores metodistas, gente de clase media en Inglaterra, de modo que Ud. citaba un versìculo bìblico y ella decìa: Libro de los Reyes, capìtulo tal, versìculo tal. O Libro de Job, capìtulo tal, versìculo tal, o El Evangelio segùn Marcos, capìtulo tal, versìculo tal, y seguìa adelante. En alemàn se dice Bibelfest, es una persona que està firme en la Biblia. Creo que Hafiz sabìa de memoria el Coràn, que Hafiz quiere decir ‘el recordador’. Hay mucha gente que sabe de memoria el Coràn y sè que muchos protestantes, como mi abuela, saben de memoria la Biblia. Se sigue la ùnica lectura, puede ser aprendida”.
Acerca del arribo de la inglesa a nuestro paìs, dice Alifano: “La abuela paterna de Borges, Frances Haslam Arnett, llegò a la Argentina por una serie de curiosas circunstancias. Su ùnica hermana, mayor que ella, se habìa casado con un ingeniero ìtalojudìo, llamado Jorge Suàrez. Al fallecer su madre, los Suarez la hicieron viajar a Amèrica del Sur. Llegò a Paranà, la capital de Entre Rìos, despuès de un accidentado viaje (el barco estuvo a punto de naufragar en las costas del Brasil), a mediados de 1867. En Paranà fue donde Frances Haslam conociò al coronel Francisco Borges”.
La ascendencia de Jorge Luis y su hermana, Norah, determinò en què idioma se expresarìan: “En casa de los Borges se usaba corrientemente tanto el inglès como el castellano –afirma el biògrafo. Los niños sabìan que con la abuela materna, Leonor Acevedo, tenìan que hablar español; pero con Fanny Haslam lo debìan hacer en inglès. ‘Con el tiempo descubrì que esas dos maneras de hablar de un nieto se llamaban la lengua castellana y la lengua inglesa’, completò Borges”.
La abuela Fanny no sòlo le legò el idioma y la aficiòn a la lectura; le dejò tambièn material del que surgirìa algùn texto: “Siendo niño –evoca Borges- escuchè a Fanny Hasla muchas historias de la vida de fronteras de aquellos tiempos. Ella habìa vivido experiencias terribles y maravillosas al mismo tiempo, ya que, en los primeros años de la dècada del setenta, mi abuelo fue comandante en jefe de las fronteras norte y oeste de la provincia de Buenos Aires. Una de esas historias sirviò de base para mi relato Historia del guerrero y la cautiva. Mi abuela habìa conocido a varios caciques indios: Namuncurà, Simòn Coliqueo, Pincèn y Catriel” (16).
María Elena Walsh conserva las cartas que su abuela inglesa mandó a Inglaterra. “La abuela de María Elena Walsh, llamada Agnes, llegó a la Argentina con veinte años recién cumplidos, a trabajar como gobernanta. Se casó, y la vuelta a Inglaterra se fue retrasando. Estas cartas que le envió a su padre -bisabuelo de María Elena- llegaron nuevamente a la Argentina a manos de su papá, por intermedio de un pariente, y éste se las regaló a María Elena cuando niña para que recortara las estampillas. Pasaron más de 50 años en sus manos antes de que sintiera curiosidad por las mismas y decidiera hacerlas traducir, para luego incorporarlas en su libro Novios de Antaño” (17).
La decisión de María (18) es el libro que escribieron María Carmen Merbilhaa del Frate y Amalia María Calandra Merbilhaa. “Las autoras, al encontrar las cartas de su abuela, hija de inmigrantes bearneses que se establecieron en el campo a mediados del siglo XIX, descubren interesantes testimonios de vida en el pueblo de General Belgrano y en la ciudad de La Plata a principios del siglo XX. Ellas agregan comentarios y anécdotas propias o transferidas por sus familiares. Pretenden homenajear a su querida abuela y contar a sus descendientes, con un toque de humor, vivencias de la infancia que compartieron” (19).
Una abuela rumana cocinaba para sus nietos. Lo cuenta Miriam Becker, la hija: “La cocina fue su pasión y un modo de dar amor. A mis nietos no les puedo comprar juguetes como otras abuelas, porque no me alcanza la jubilación, pero les hago bizcochitos con jugo de naranja (quilalej) para que conviden a sus amigos” (20).
María M. Bjerg es la autora de Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930), “una versión revisada y abreviada” de su tesis doctoral, dirigida por Fernando Devoto. En esa obra, ella evoca a su abuela dinamarquesa: “Entre mis recuerdos infantiles guardaré para siempre aquellos viajes familiares que hacíamos desde Juan N. Fernández a Necochea para pasar el día en lo de la abuela Frida. Los ochenta kilómetros que separaban esos dos lugares resumían el tránsito imaginario a un mundo mucho más distante por el que yo sentía una profunda fascinación. En el porche de la casa los visitantes éramos recibidos por un elocuente anfitrión: un zueco rojo de madera que la abuela había traído de Dinamarca. Aquel zueco, que colgaba a un costado de la puerta principal y en el que nadie parecía reparar, me señalaba la entrada al mundo de Frida. Un mundo en el que esa mujer –por momentos inescrutable, que no hablaba bien el castellano y que se dirigía a mi padre casi siempre en danés- había recreado una parte de su pasado y de su tierra a la que ya sólo la unía la nostalgia y la certeza de que el retorno al lugar de nuestros orígenes nos condena a movernos en un paisaje de imágenes y sensaciones que ya no podemos reconocer” (21).
En “Mi abuela Vida”, Victoria Mizrahi de Misistrano recuerda a su abuela, llegada desde lejos: “Doña Vida, ¡Abuela Victoria!, que personaje!. La conocí por primera vez cuando llegó desde Estambul, cola, con su pelo estirado y un pequeño rodete. Su traje gris de pollera y redingote le daba cierto aire de persona seria. No se por qué a su llegada me escondí detrás de una puerta de la que me sacó para darme caramelos que traía dentro de sus bolsillos. Esta escena nunca la olvidé. Mi hermana menor nació a poco de su arribo a Buenos Aires. Con su llegada nos acostumbramos a escuchar sus cantos. Los entonaba desde que comenzaba con sus tareas en la cocina, hasta la tarde que se dedicaba a pelar chauchas, arvejas, arroz o porotos. Desde su llegada, la cocina fue su ámbito habitual, ya que mamá la reservaba para ocupar los domingos. Tratando de calcular el tiempo, cuando mi abuela llegó, tenía casi sesenta años y yo sólo cinco. Compartimos 34 años de vida en común, ya que en 1963 cuando contaba con 94 años, dejó de existir después de un accidente. Yo ya tenía 39 años y dos hijos varones que la adoraban, fue su bisabuela, y aún hoy la siguen recordando con inmenso cariño” (22).
Sobre sus mayores escribe Julio César Sabagh, desde Córdoba: “Mis cuatro abuelos eran árabes, de Líbano y Siria. Mi padre tuvo diez hermanos; mi madre, cinco. (...) mis abuelas cumplieron con la exhortación del Corán de parir, al menos, cinco hijos cada una” (23).
Cecilia Figaredo se refiere en un reportaje a sus familiares inmigrantes: “Figaredo es español; mi abuelo era de Oviedo y mi abuela, de Galicia. Por parte de mamá, son italianos, así que en mi casa, cada vez que nos reunimos es hablar a los gritos, todos juntos” (24).
Carlos Alonso nació en Tunuyán, Mendoza, en 1929. Tuvo “como abuelo materno a Salvatore Lisandrello, un siciliano de Siracusa, y su abuelo paterno era Sandalio Alonso quien vino de León. España. Ambos llegaron a nuestro país en 1914” (25).
José Alberto Marchi es nieto de inmigrantes italianos y españoles. Gutiérrez Zaldívar se refiere detalladamente al origen del artista: “Alberto Marchi, su padre, es el tercer hijo de Carmen Ferreyra, andaluza nacida en Granada, España; y de Sillo Catullo Marchi, lombardo nacido en Mántova, Italia”. El oficio del abuelo es recordado por Gutiérrez Zaldívar: “Como su padre y sus hermanos, Sillo trabajaba en la sastrería de la familia, ubicada en la Av. Las Heras, entre Ayacucho y Junín, que con orgullo contaba entre sus clientes al Dr. Marcelo Torcuato de Alvear. ‘Benigno Marchi e hijos’, decía el letrero de la puerta del local, lugar simbólico donde José encontró los hilos, ese motivo tan personal que hace inconfundibles a sus obras. Hilos reales que su familia enhebraba en el quehacer diario, y al mismo tiempo, hilos simbólicos que unen a José con su obra. (...) Sus abuelos maternos Nazareno y Angela, eran italianos, nacidos en Ancona y en Chietti respectivamente. Nazareno fue ‘pastero’ –juntaba fardos para dar de comer al ganado-, y luego por largos años trabajó como encargado en una fábrica de dulces, una rudimentaria industria de principios de siglo, que bien podría ser el escenario donde los personajes de José clasifican incansablemente extraños vegetales” (26).
A su abuelo recuerda en “El saludo” Antonio Aliberti, italiano afincado en San Antonio de Padua: “Mi abuelo se paraba para saludar;/ se llevaba la mano a la cabeza/ (había usado gorra alguna vez)/ y saludaba con una reverencia./ A veces la gente salía/ sólo para cruzarse con mi abuelo:/ no era un saludo como tantos, sino una ceremonia,/ como cuando uno despierta de mañana/ y ve la punta del sol en la cortina” (27).
De Italia vino el abuelo de Enrique Pinti, y trajo libros. Esos libros, entre los que se contaba La Divina Comedia, tuvieron decisiva importancia en la formación del nieto (28).
“Inmigrante italiano” se titula el poema que Celia Sala dedica a José Longo, su “nonno* / y en él a todos los inmigrantes italianos” Así comienza: “Soy la esperanza que navega/ mares y continentes,/ ríos y morros,/ para encallar en/ alegrías y sueños,/ tristezas y renaceres.// Soy la esperanza que aparca/ entre matas y avestruces,/ rieles, andén y locomotora,/ y que con sus manos levanta/ carpa, rancho, molino y huerto”.
A su abuelo recordó en un reportaje Abelardo Arias. El escritor nació en Córdoba, aunque él hubiera preferido ver la luz en San Rafael, Mendoza, “en la finca de mi abuela materna, donde pasé casi todos los veranos de mi niñez y adolescencia, en todo caso los más memorables (...) Una criolla casona cerca del Río Diamante y del viejo fortín con foso y puente levadizo que construyó mi abuelo francés, el ingeniero astrónomo Julio Balloffet, el único injerto gringo en cientos de años de criolledad”.
Márgara Averbach evoca a un abuelo inmigrante, que hizo a su nieta un regalo muy deseado: “Yo siempre había querido un cardenal –dice la protagonista de uno de sus cuentos. En ese entonces, había muchos en los árboles de la casa de las tías, como flores rojas más rápidas que las otras. Y el abuelo –que había nacido en una ciudad de Europa y después se había visto obligado a convertirse en gaucho judío, una conjunción inimaginable para él, supongo- me había prometido cazar uno para mí ese verano” (29).
Vinculado a la religión recuerda a su abuelo Máximo Yagupsky, judío de Entre Ríos: “Muchos aldeanos plantaban junto a sus casas parrales o higueras. Y cierta vez, siendo yo muy niño aún, pregunté a mi abuelo por qué había plantado una higuera y por qué en el huerto de los Kaplan había una parra. Mi abuelo se sonrió y acariciándome, me dijo: ‘Cuando seas grande y estudies la Biblia, lo comprenderás. En el Libro de Reyes, está dicho que durante el reinado del más sabio de los hombres, el rey Salomón, los judíos gozaban de paz y seguridad y cada cual se solazaba a la sombra de una higuera o de su viña’. No lo entendí cabalmente. Mi abuelo era parco en el hablar. Pero más luego, toda vez que pasaba junto a la chacra del rabí don Israel Halperín, lo encontraba sentado al pie de su higuera, envuelto en su taled, el manto ritual, estudiando Talmud o leyendo los Salmos. Comprendí que don Israel gozaba en la campiña entrerriana del solaz esperado en Sion” (30).
De Polonia llegó Moishe Búrej, el abuelo de Ricardo Feierstein, quien lo recuerda en estos versos: ”judío orgulloso y/ polaco de veinte generaciones/ que huyó hacia América, desde esa/ tierra bordada por antisemitas” (31).
A sus mayores evoca Alicia Steimberg, autora de Cuando digo Magdalena, novela que recibió en 1992 el premio Planeta Biblioteca del Sur en su primera edición: “Recuerdo un viejo comedor donde había fotos ovales de los que vinieron en el barco: la bisabuela con el pañuelo en la cabeza que le cubre la frente, el bisabuelo con la gran barba y el sombrero” (32).
En Músicos y relojeros, relata: “Cuando la abuela migró de Kiev a Buenos Aires tenía once años. La mandaron a la escuela y aprendió muy bien el castellano. Cantaba tangos como un pájaro enfermo: Cicatriiiiiiiiiiiiiices (trino) imborrables de una heriiiiiiiiiiiida (trino). Nunca hablaba de cómo llegó a casarse con el abuelo. Una a una fue pariendo a sus hijas, con toda facilidad. Siempre se adelantaban a la partera, ansiosas por nacer y empezar a pelearse. Hubo tiempos muy malos. La desocupación. El desalojo. En un baile de beneficencia se reunieron fondos para procurarles, como a otros pobres, un nuevo techo” (33).
Federico Andahazi tenía “abuelos amorosos pero mayores –Margarita y Samuel Merlin, llegados de Rusia después de la guerra- que recibían al nieto cada tarde, después del colegio” (34).
A su abuelo homenajea Gustavo Bedrossian: “Este chico, de nacionalidad armenia, que simuló estar muerto, por la noche, cuando se fueron los turcos, pudiendo sacarse algunos cuerpos de encima, logró escapar con otros muchachos más. (...) Ese muchacho se llamó Agop Bedrossian. Fue mi abuelo. Vivió más de cien años. Falleció hace poquito. Mi padre lo homenajeó a él y a su generación con dos libros: Hayrig I y Hayrig II. Pasó por mil problemas más. Pudo llegar a la Argentina. Se casó. Tuvo cinco hijos (falleciendo una de sus hijas siendo muy pequeña de un modo trágico), nueve nietos, En vida conoció a trece bisnietos (hace unos días nacieron la catorce y la quince). Siempre, siempre, siempre siguió luchando. Siempre, siempre, siempre, lo vi orando de rodillas en su idioma a Dios por él y por los demás” (35).
Con la superstición, en cambio, se asocia el recuerdo de los antepasados del actor Gabriel Corrado: “Los padres transmiten la enseñanzas básicas; entre ellas, algunas difíciles de explicar, como no abrir un paraguas bajo techo o caminar para atrás si te cruzás con un gato negro, que yo recibí de mis ancestros sicilianos” (36).
Ernesto Schoo recuerda a su abuelo gallego: “En la estancia de mi abuela materna, en Pergamino, hay una vasta biblioteca, en parte heredada de su marido, mi abuelo gallego, y en parte formada por sus hijos. Allí está todavía la famosa Biblioteca de La Nación, con mis lecturas favoritas, Julio Verne y Conan Doyle (las aventuras de Sherlock Holmes, que me llenaban de terror y a las que intentaba exorcizar dibujándolas como historietas) y Alejandro Dumas y H. G. Wells. En otros estantes relucían los lomos dorados de colecciones enteras de revistas españolas, que le mandaban a mi abuelo y que él hacía encuadernar: La Ilustración Artística, el Album Salón, Blanco y Negro. De 1896, 1898 (el año de la pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba y las Filipinas), 1900, 1902...Yo leía ávidamente esos mamotretos, enterándome de las alternativas de la guerra de Cuba, o la de los boers en Sudáfrica. No había disciplina o rubro que no me interesara: los comienzos del cinematógrafo, el estreno de La Boheme de Puccini en el Liceo de Barcelona (casi todas esas revistas se editaban, lujosamente, en la capital de Cataluña), la evocación de los bailes de carnaval en el Madrid de 1850. En otra habitación, en un enorme mueble con puertas vidriadas estaba la inabarcable, interminable Enciclopedia Espasa. Por ahí descubrí también los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra (Fígaro), modelo para todo aspirante a cronista, aún hoy” (37).
A su abuelo, enfurecido por una travesura, se refiere Gloria Pampillo: mi padre “me contó muchas veces cómo hizo estallar con un rifle de aire comprimido los sapos de cerámica que mi abuelo había hecho traer de Valencia y que tiraban agua por la boca en la fuente. Después se trepó a un pino y Severiano desde abajo le decía ‘Pancho, baja’ pero él permaneció allí, esperando que al gallego se le calmara la furia” (38).
El poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor del poema “Argentino hasta la muerte”, en el que se refiere a su condición de descendiente de españoles: “a buenos aires la fundaron dos veces/ a mí me fundaron dieciséis/ ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno/ yo acuso siete españoles seis criollos y tres franceses/ el partido termina así/ combinado hispanoargentino 13 franceses 3/ suerte que los franceses en principe son franceses/ si no que haría yo tan español” (39).
Entre los gitanos, “Los ancianos gozan de un status diferente del que la sociedad occidental otorga a los suyos. No hay gitanos en los geriátricos. Los mayores revisten, por sobre todo, sabiduría. Y tienen el rol social de hacer justicia por medio del Consejo de Ancianos de la Kris (ley gitana). Los grandes cuidan a los chicos, que al crecer cuidarán a los grandes” (40).
No todos los niños tenían familiares que los cuidaran tan amorosamente. El Patronato de la Infancia surgió vinculado con la inmigración, para proteger a los pequeños de los que las familias no podían hacerse cargo. Con motivo de conmemorarse los 110 años de la fundación de esta institución, dice el diario Clarín: “El Patronato se fundó el 23 de mayo de 1892, en medio de la gran crisis económica y política que asolaba la Argentina, mientras miles de inmigrantes llegaban al puerto de Buenos Aires con poco más que sus esperanzas en la valija. Un grupo de personas quiso proteger a los niños desamparados que desbordaban los inquilinatos y deambulaban por las calles, y nació el Patronato para cumplir esa misión: desde su creación atendió a más de 1.750.000 niños en situación de riesgo” (41).
También fue importante para los inmigrantes la obra de Santa Francisca Javier Cabrini, quien “recorrió Europa y las tres Américas, fundando colegios, orfanatos, hospitales, asistiendo a los presos, mineros, y en particular a los inmigrantes más indigentes, por eso el Papa Pío XII la proclama ‘Patrona de los Emigrantes’ el 8 de septiembre de 1950” (42).

Notas
1 Vázquez-Rial, Horacio: op. cit.
2 Andruetto, María Teresa: Benjamino. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
3 Gazzera, Carlos: “Rostros grises en la pampa gringa” en La Voz del Interior, Córdoba, 19 de mayo de 2005.
4 García, Griselda: poema inédito.
5 Guerriero, Leila: “Virginia Innocenti. Melodía para actriz y piano”, en La Nación Revista, 4 de noviembre de 2001.
6 Benini, Marcelo: “Angela Grezer de Castun (1920-2005) Se fue una abuela extraordinaria”, en El Barrio, Año 7, Nº 78, Setiembre 2005, wwwperiodicoelbarrio.com.ar.
7 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Estela Pereda ‘Me llegó la hora de la danza’ “, en La Nación, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.
8 Adúriz, Ricardo: Torre del homenaje. Madrid, Ediciones Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, 1979.
9 Fernández Moreno, Baldomero: “Inicial de oro”, en Varios autores: Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
10 Garzón, Raquel: “ENTREVISTA CON MARIA G. HENESTROSA Bajo el signo del folletín”. (Foto: David Fernández), en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2002.
11 Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, 5 de mayo de 2002.
12 Madrazo, Cecilia: “Martín Seefeld: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
13 Heller, Diego: “Pobre mi nona querida”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
14 S/F: en Borges e Israel. El asiduo manuscrito”. Buenos Aires, Embajada de Israel en Buenos Aires, 1987.
15 Ulla, Noemí:
16 Alifano, Roberto: Borges, biografía verbal. Plaza & Janés.
17 Walsh, María Elena: Novios de antaño. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1991.
18 Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
19 S/F: Información de prensa acerca de Marbilhaa Del Frate, María Carmen y Calandra Merbilhaa, Amalia María: La decisión de María. Buenos Aires, Dunken, 2003.
20 Becker, Miriam: “La última idische mame”, en La Nación Revista, 23 de marzo de 1997.
21 Bjerg, María M.: Entre Sofie y Tovelille Una historia de los inmigrantes daneses en la Argentina (1848-1930). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2001. 191 pp. (La Argentina plural).
22 Mizrahi de Misistrano, Victoria: “Mi abuela Vida”, en SEFARaires, N° 14.
23 Sabagh, Julio César: “Correo”, en La Nación Revista, 7 de noviembre de 2004.
24 Demare, Silvina: “Cecilia Figaredo METIDA EN EL BAILE”, Fotos: Alejandra López, en Clarín Viva, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2005.
25 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: “Los inmigrantes”, Catálogo de la muestra de Alonso y Marchi en Casa FOA 2000, Desembarcadero y Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, Octubre-Noviembre de 2000.
26 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Marchi. Buenos Aires, Zurbarán Editores, 1995.
27 Aliberti, Antonio: “El saludo”, en www.poeticas.com.ar.
28 Pinti, Enrique: Mensaje de apoyo a las Bibliotecas Públicas. TN/FM Aspen, Octubre de 2004.
29 Averbach, Márgara: “El cardenal”, en Aquí donde estoy parada. Alción, 2002.
30 Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1986.
31 Feierstein, Ricardo: “La última carga de los jinetes polacos/ The Last Charge of the Polish Cavalry”, en Feierstein, Ricardo: Las Edades/ The Ages. Traducido del español por Jim Kates y Stephen A. Sadow. Buenos Aires, Milá, 2004. 240 pp. (Poesía).
32 Steimberg, Alicia: “Teatro con debate: ‘Tras el paso de los grandes’ “, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
33 Steimberg, Alicia: Músicos y relojeros. Buenos Aires, CEAL, 1983.
34 Guerriero, Leila: “¿Quién es Andahazi?”, en La Nación, Revista, Buenos Aires, 11 de diciembre de 2005. Fotos Daniel Pessah.
35 Bedrossian, Gustavo: “A los que se encuentran en un pozo”, en www.psicorecursos.com.ar.
36 Baduel, Graciela: “Por la vuelta”, en Clarín.
37 Schoo, Ernesto: “Mis aprendizajes Memorias”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de noviembre de 2005. Ilustración de Guillermo Roux.
38 Pampillo, Gloria: op. cit
39 Fernández Moreno, César: “Argentino hasta la muerte”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1979. (Capítulo).
40 Ludueña, María Eugenia: “Ser gitano”, Fotos: Martín Lucesole, en La Nación Revista, Buenos Aires, 25 de enero de 2004.
41 S/F: “Más de un siglo por los chicos”, en Clarín Viva, 23 de mayo de 2002.
42 Folleto entregado en 2002 en el Hotel de Inmigrantes.

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Contar

En los recuerdos de los inmigrantes se reitera la alusión al gusto que sus mayores sentían por la narración. De estos padres que narran sus historias de la tierra natal, nacen hijos que las relatan en el seno del hogar o profesionalmente, o que las escriben en libros. La vocación se transmite; sólo cambian los medios de expresión.
La tradición oral es cara a los italianos. Lo relata Laura Pariani, lombarda nieta de un emigrante: “Mis estudios me alejaron de la cultura campesina; sin embargo, esa cultura quedó ligada al mundo de mi infancia, de los recuerdos, de los afectos, o más bien, de los cuentos. Cuando yo era chica, la única diversión era escuchar historias. Yo me crié rodeada de mujeres que contaban cuentos. Ellas eran las herederas de la tradición oral, las que transmitían el pasado. Como en todas las zonas pobres, los hombres jóvenes se iban solos para encontrar un trabajo mejor y luego nunca regresar. Nosotras permanecíamos apegadas a los hechos que nos llegaban de boca en boca. Mi pueblo estaba diezmado por la partida de los hombres, al menos hasta la Segunda Guerra Mundial. Las mujeres casadas eran las viudas blancas, abandonadas para siempre, como mi abuela, cuyo marido vino de joven a este país” (1).
Roberto Raschella escribió Si hubiéramos vivido aquí, novela distinguida con el Segundo Premio Nacional de Novela en 1998. En esa obra, el narrador evoca a su abuela italiana y su afición por la transmisión de historias: “La abuela era digna de amor, porque sostená las fiebres de Antonio y revisaba sus ropas gurnas buscando señales de mujeres repudiables y de alcoholes bárbaros, más allá del vino rojo de la región. También su memoria era digna de amor, porque narrar es amar, y ella al contarme me amaba, me amaba como me amaban los amigos de la pubertad que confiaban a mi silencio sus primeros magnicidios de tristeza y de libertad. Debía corresponderle, debía seguir escuchando cada concepto suyo. Debía perderme muchísimas veces todavía, hasta encontrar en ella, o fuera de ella, la palabra más terrible” (2).
Ese gusto por la narración llegó a América. Para Ana Padovani, narradora, “el momento de mayor auge de la narración oral tuvo lugar en el siglo pasado y a principios del presente”. Recuerda algo que escuchó: “Mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase” (3).
Cuando se le otorgó a Ernesto Sábato la ciudadanía italiana y la Medalla de Oro a la Cultura Italiana en la Argentina, expresó el escritor con respecto a sus padres: “Al igual que tantos hijos de inmigrantes, crecimos oyendo sus mitos, sus leyendas y sus cantos tradicionales, viendo casi sus montañas y sus ríos de los cuales mi padre me hablaba por las tardes, cuando yo era apenas un niño sentado en sus rodillas” (4).
Para Dal Masetto, ser hijo de inmigrantes fue un conflicto que tardó en resolver. Cuando lo logró, se abocó a escuchar historias: “La inmigración es un tema. Yo nunca había escrito nada sobre eso. Supongo que durante cuarenta años estuve tratando de pelear para que no me confundieran con un extranjero. Quizás un psicoanalista me hubiera resuelto este problema más rápidamente. Decidí entonces rendir un homenaje a toda esa gente que vino desde tan lejos, y también a mi madre. Un día llegué a Salto y le dije que me contara todo lo que sabía. Al sacar el grabador, la campesina se asustó. Lentamente fue desgranando recuerdos” (5).
Griselda Gambaro se basó en el pasado de sus mayores para escribir su novela de inmigración: “Desde hacía unos años experimentaba el impulso de escribir la historia de mi familia a partir de su origen, no porque en ella se hubieran producido hechos resonantes, sino porque esa familia guardaba para mí el secreto de sus sentimientos. (...) Develar el secreto, intentar comprender fue mi propósito”. Lo logró, ya que al finalizar la escritura, se sentía más cercana a ellos: “Cuando concluí El mar que nos trajo percibí el peso y significado de esas raíces que todos tenemos y a las que no prestamos especial atención. En mi caso, los seres borrosos que estaban en mi origen se tornaron presentes y vivos, y pude comprenderlos en sus alegrías, desazones y sueños. Experimenté una especie de gratitud porque de algún modo sentí que me habían preparado el camino, alisado las piedras para que yo pudiera recorrerlo más fácilmente. Agradecí incluso la dura pobreza que marcó sus vidas porque esa pobreza, al cabo de años, me permitió identificarme, no sólo desde el razonamiento sino desde la sangre y su deseo de justicia, con los que en esta época sufren parecidos pesares” (6).
María Teresa Andruetto reunió en un libro dos historias que le relató su abuela, acerca de quien escribe: “Ella habìa nacido en un pequeño pueblo del Piamonte, al norte de Italia, y de esa regiòn vinieron hasta mì las aventuras de Gioaninn ca boija (Juancito, el que se las ingenia) y Ciavtin cit (el zapatero pequeñito) que nos contaba, tal vez para mostrarnos que, por màs pequeño que uno sea, puede, con algo de astucia y un poco de suerte, engañar a los lobos y a los ogros” (7).
En casa de los Villafañe trabajó “una señora española”, de la que dice Javier, el titiritero: “tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles –aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: “La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos, poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora” (8).
Rodolfo Alonso dice que nunca olvidará el “legítimo entusiasmo” con que su padre gallego les relataba “anécdotas para él imborrables de su infancia. Anécdotas que no eran sólo de hombres y de hechos, como las inefables ocurrencias de Novás, el cantero de su pueblo, cachaciento y mordaz, sino también el reiterado recuerdo de ese ruiseñor cantando en lo alto de un pino o la nutria cazada a escondidas, de noche, sobre el lomo del río” (9).
Cuanto escuchó en su hogar sirvió a Gladys Onega para escribir Cuando el tiempo era otro, acerca de cuya génesis afirma: “Todo parte de un hecho real, pero hay ficción en cuanto hay una creación lingüística muy grande. Nunca junté papeles ni documentos, pero en mi casa todo el tiempo se estaban contando cosas. No había otra manera de conectarse con la gente de España; no los conocíamos. (...) los gallegos siempre contaban historias diferentes y muy amenas, y completamente extrañas sobre el viento, el frío, la nieve, y las contaban en todo el pueblo” (10). Responderían al chamado antergo al que aluden Manuel Castro Cambeiro y Eliseo Mauas Pinto, en el poema “Soy el llamado ancestral”, en el que expresan: “Son a voz que pradica, incansabele/ antre os do meu pobo/ lonxe da terra,/ a qu’os exhorta/ a non anuzar de si mesmos” (11).
Guillermo Saccomanno, nieto de una gallega, también recuerda esa afición de la anciana, a la que se sumaba la de su parienta: “A mi abuela le gustaba mucho escuchar y contar historias, y me hablaba de una parienta de ella, que entonces vivía enfrente de mi casa. En su aldea en España, esa mujer había tenido un hijo con el cura, y el chico se le había ahorcado a los treinta y tres años. Cuando yo tenía siete u ocho años, a la tardecita me cruzaba a la casa de esta otra gallega, que me contaba la historia de San Jorge y el dragón mientras me daba pan mojado en vino con azúcar” (12). Narrador él mismo, Saccomano fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura correspondiente al año 2000 por su novela El buen dolor.
Mi abuela gallega contaba el amargo relato de un hijo que abandonaba a su padre bajo el mismo árbol bajo el cual, décadas antes, el anciano había abandonado al suyo. También el del zapatero que tenía una herramienta tan afilada, que se cortó el delantal de cuero, el pecho y a una vieja que estaba del otro lado de la pared.
En la película Luna de Avellaneda, dirigida por Juan José Campanella, don Aquiles, un inmigrante gallego, relata el cuento de “los tres galleguitos”, a los que se les descompone el coche en el que viajaban, y juegan un picadito a la luz de la luna. Esa circunstancia da origen al club y al nombre que lleva. Cuando la institución corre peligfro, debido a las deudas, le piden al gallego que cuente su cuento, como una manera de hacerlo sentir feliz.
“Mi abuela fue una gran narradora de cuentos, una mujer con una gracia muy especial, una castellana con el gracejo de los andaluces en su manera de narrar historias y en la que su tierra tomaba giros místicos. A mi hermana y a mí no dejaba de sorprendernos que aquella mujer hubiera sido testigo de tantas maravillas –recuerda con cariño y admiración Norma Aleandro-. Fue la persona que más influyó en mi vida. Ella me crió y me abrazó en esas noches de miedo, hasta que me quedaba dormida. Porque de chica era muy miedosa. (...) Aleandro confiesa que sigue con la tradición de narradora de cuentos, esa que la formó y que le permitió hoy vivir de lo que ama y seguir soñando” (13).
Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como “un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro”. Se refiere asimismo a una tía: “En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos”. Esta experiencia fue también muy importante para ella: “Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas” (14).
Narró sus desventuras una española a su hijo. Así nació el libro Mamá, escrito por Jorge Fernández Díaz: “Esta historia se convierte en libro el día que su hijo, editor y periodista, advierte un hecho estremecedor: las experiencias de su madre hacen llorar a la psicóloga que la atiende. Decide entonces entrevistar a “mamá”, la escucha durante más de cincuenta horas y luego reconstruye este relato emocionante y lúcido, que plantea el gran dilema actual, y de todos los tiempos: irse o quedarse” (15).
“ ‘Muchas de las tradiciones que se mantienen aquí, los cuentos, las canciones o los chistes, son los que había en Irlanda en el siglo XIX y no las que hoy imperan en la isla’, dice Guillermo MacLoughlin Bréard, cuyo tatarabuelo llegó a estas tierras en 1851 y que participó, en 1991, del Primer Congreso de Genealogía Irlandesa, en Dublín. ‘Fui una rareza –dice-. Era el único expositor que no venía de un país de habla inglesa” (16).
Narraba la madre del protagonista de Crónica de la noche, del irlandés Colm Tóibín: “Mi madre vino a la Argentina con su padre y su hermana, Matilda, a principios de la década de 1920, justo después que su madre muriera. Cuando yo era niño, siempre quería que me contara la historia de su viaje otra vez. Días y días en el mar, sin ver tierra, el océano chato y monótono, siempre igual. La historia del hombre que se murió y cuyo cadáver fue arrojado por la borda. Y la tormenta. Y el momento en que pasaron por el Ecuador, y los mareos, y la comida terrible. Y el constante movimiento del barco, y los pasajeros de primera clase. Y después el puerto de Buenos Aires, la larga espera para desembarcar, y ese idioma nuevo, y ellos que no entendían una sola palabra de lo que decía la gente. Yo conocía esa historia como si sus detalles fueran más reales y absolutos que cualquier cosa que sucediera en nuestro departamento, o en la escuela, o en nuestras vidas, durante aquellos años de infancia” (17).
Deborah, la protagonista de Letargo, de Perla Suez, recuerda “las historias que le contaba su bobe, recolecciones que llevan al lector una gran distancia en el espacio y el tiempo, a la ciudad de Odessa a fines del siglo diecinueve. En aquel entonces, la familia de su abuela huyó de los pogroms del Zar Nicolás II, buscando refugio en Lyon, Francia antes de emigrar a la Argentina, donde se establecieron en una de las colonias agrícolas de Entre Ríos, como miles de otros judíos refugiados, incluso los antepasados de la autora” (18).
Los relatos de un húngaro judío perviven en la memoria de sus hijos: “Luis siempre había sido un padre muy pródigo en el relato de historias de su vida pasada, las que sus hijos habían escuchado con pasión, considerándolo a él una suerte de super-héroe, quien había logrado vencer a todos sus enemigos y problemas a lo largo de su vida” (19).
Una inmigrante turca narra a sus descendientes: “”Recuerda cuando en su casita de Posadas llenaba un bracero con carbón por las noches, lo dejaba en medio del cuarto y reunía a sus chicos en torno de él. ‘Les contaba historias de cómo vivíamos en Turquía, el viaje en barco a la Argentina o simplemente cuentos‘ ” (20).
El protagonita de “Rubishimón Benyojai”, cuento de Luis León, recuerda los relatos de su abuela sefaradí: “- Rubí Shimón Ben Iojai, mos acompaña akí y en la kái, Alfridico. Cuando lo bushkaron para matarlo, fuyieron él y su isho a la muntanyia. Era un cuento como cualquier otro. A la abuela Masaltó le agradaba narrarnos trozos bíblicos, que de vez en cuando mechaba con un poco de cábala y fábulas de Esopo. Yo la escuchaba con admiración, y habitualmente, haciendo dibujos sobre cartón, yo levantaba cada tanto mi cabeza, para controlar que no callara, y volvía a bajarla en silencio, para zambullirme en el dibujo, sin saber en realidad si debía entender todo lo que ella me contaba, o simplemente disfrutar del misterio de escucharla” (21).

Notas
1 Patat, Alejandro: “El país de los sueños perdidos”, en La Nación, 28 de abril de 2002.
2 Raschella, Roberto: Si hubiéramos vivido aquí. Buenos Aires, Losada, 1998. 205 pp.
3 Itzcovich, Mabel: “De profesión, contadoras de cuentos”, en Clarín, Buenos Aires, 20 de octubre de 1997.
4 Sábato, Ernesto: “La memoria de la tierra”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
5 Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
6 Gambaro, Griselda: “Crónica de una familia”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001.
7 Andruetto, María Teresa: Benjamino. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
8 Medina, Pablo: “Historias de ida y vuelta”, en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
9 Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
10 Duche, Walter: “Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia”, en La Prensa, Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
11 Mauas Pinto, Eliseo y Castro Cambeiro, Manuel: “Soy el llamado antiguo”, en Legado Celta. Buenos Aires, Editorial Tres + Uno, 1993.
12 Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999.
13 Scherer, Fabiana (texto); Lucesole, Martín (fotos): “Norma Aleandro Señora de la escena”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de junio de 2005.
14 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Ana María Bovo. ‘El poder de los sin poder’ “, en La Nación, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
15 Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002. (gacetilla de prensa).
16 Guyot, Héctor M.: “Sociedad. Irlandeses en la Argentina. Una verde pasión”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 13 de marzo de 2005. Fotos de Daniel Pessah.
17 Tóibín, Colm: Crónica de la noche. Buenos Aires, Emecé, 1998. 304 pp. Traducción de Eduardo Hojman. (Narradores actuales).
18 Buchanan, Rhonda Dahl: “La madriguera de la memoria en ‘Letargo’ de Perla Suez”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
19 Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires, Milá, 2002.
20 S/F: “Una mamá que hoy celebra sus 100 años”, en La Nación, Buenos Aires, 20 de octubre de 2002.
21 León, Luis: “Rubishimón Benyojai”, en SEFARaires, Nº4, 2002. Buenos Aires. (sefaraires@fibertel.com.ar).

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Cantar

Así como les gusta contar, a los inmigrantes también les gusta cantar. Cantan en su tierra, en el barco, y cantarán también en la tierra nueva.
Villoldo evoca al gringo que canta: “Sos para el canto, che, gringo/, como para el bofe el gato/ tomá una grapa d’Italia/ y descansemos un rato” (1). En el tango “La Violeta”, de Nicolás Olivari, encontramos al inmigrante nostálgico que bebe y canta: “Canzoneta de pago lejano/ que idealiza la sucia taberna/ y que brilla en los ojos del tano/con la perla de algún lagrimón...” (2). En el poema “Antiguo Almacén ‘A la ciudad de Génova’”, evoca al italiano Miquelín, quien “Mientras le duraba la plata cantaba,/ cantaba las lejanas canciones milanesas de su tierra/ y hombreaba recuerdos como hombreando cereal.../” (3).
Gustavo Riccio, en el poema “Elogio de los albañiles italianos”, asocia el canto con la realidad social de los inmigrantes. Ellos cantan mientras trabajan, pues “en lo alto sienten ellos/ que una canción de Italia se les viene al encuentro” (...) Más líricos que el pájaro son estos que yo elogio:/ el nido que construyen no es para su reposo,/ el lecho que levantan no es para sus retoños.../ ¡Ellos cantan haciendo las casas de los otros!” (4).
Cantaba un italiano que vivía en Villa Pueyrredón. Escribe Manuel Enrique Pereda: “Recuerdo al viejo Don José cuando regresaba del ‘laburo’ en el ferrocarril, previas paradas en fondas y bodegones, gustando con sus paisanos el vino servido directo de la bordalesa, entrar a casa entonando canzonetas de la Italia que un día dejó para venir a ‘hacer la América’ ” (5).
Roberto Fontanarrosa presenta en una de sus historietas a un italiano amante de la música. Es don Nino, que lleva en el hombro un loro, al que le ha enseñado a cantar el himno de su tierra (6).
Canta uno de los gauchos judíos de Gerchunoff: “Jacobo, cansado del caballo, afila la daga en el alambre del corral, y al oír a Rebeca, comienza a cantar como Remigio: Pensamiento mío... Vidalitá” (7).
Cantaban los picapedreros en Tandil: “Siempre se cantaba en las canteras: en las fiestas, en las huelgas, en las calles, en las casas, en el trabajo, en la soledad y en la compañía” (8).
En Solané, drama de Francisco F. Fernández, cantan los hijos de un napolitano, acompañándolos el inmigrante con el violín: “Yo sé que aquí, Argentina,/ el alivio puedo hallar/ en tu gran justicia y libertad!/ Aunque extranjero, vivo/ cual en mi propio hogar: / mi arpa canta tu amplia fraternidad” (9).
La investigadora Olga Weyne destaca la afición por el canto que sentían los alemanes del Volga que emigraron a América: “Parte del cancionero popular fue, por su lado, recuperado por estudios e investigaciones específicas salvándose así del olvido una fuente importante para el rastreo de su cultura. El canto sigue siendo, en efecto, una de las manifestaciones grupales preferidas de esta comunidad. Es de lamentar que mucho de este material existente en nuestro país continúe sin traducción, manteniéndose así el desconocimiento de gran parte de este rico folklore. Tanto en el Volga como aquí, si bien los lugares considerados naturales para cantar eran la iglesia o el templo, siempre tenían una canción adecuada para cualquier circunstancia. Los momentos festivos o de trabajo comunitario: bodas, bautismos, cosechas, o aún las situaciones dramáticas como entierros y funerales, servían para que armonizaran melodías a dos o tres voces, con absoluta naturalidad” (10).
Entre los galeses, “El Eisteddfod –(‘estar sentado’ en idioma galés) tradición heredada de los antiguos juegos florales celtas- se transformó en la más antigua celebración cultural de la región, ya que es un festival anual del canto y la poesía y hoy está incorporado al patrimonio Patagónico” (11)
De su tierra trajo el croata Kovacic los villancicos. Los transcribe en sus memorias, para que en América también puedan cantarlos (12).
La cantante lírica Ana Moraitis expresó: “Al igual que el dibujo, (el canto) es algo que viene de mi familia, de origen griego, y que hago desde que tengo memoria (13).
Cantan los armenios. En su futuro hogar –piensa el protagonista de una novela de Bedrossian-, “seguramente, su padre podría entonar aquellas nostálgicas canciones armenias que canturreaba los sábados, después de cenar. Krikor, extrañamente, sólo cantaba Anush karún (hermosa primavera) en invierno y en las noches de lluvia” (14).
Y cantan los gitanos. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: “las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, cassettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes” (15).
El canto lírico era la pasión de un antepasado de Ana María Shua: “un muchacho joven, polaco, bohemio, pobre y enamorado de la música. También un excelente tejedor, especialista en fajas, ducho en la destreza textilera de entrelazar los hilos de goma con los de algodón. No sólo de pan vive el hombre: el tío vivía también de su amor a la música. Se las había arreglado para que lo tomaran como comparsa en el Colón. Sus patrones apreciaban su trabajo, pero cuando había ensayo general, el hombre desaparecía. Inútil amenazarlo con el despido: nada le producía tanta felicidad como estar disfrazado, compartiendo el escenario con los mejores tenores del mundo. ¡Estuve a un metro de Tchaliapin! Gritaba entusiasmado. ¡Ian Kepura me cantó casi al oído! decía, con una alegría inmensa” (16).
La afición por el canto se hereda en la familia de Julia Zenko: “El abuelo de Julia cantaba en los templos judíos y era actor aficionado. El papá era carnicero y cantante de tangos. Ella jugaba a ser cantante desde que aprendió a hablar (...) ‘Yo fui criada con muchas músicas en mi cabeza’, reflexiona” (17).
“El tango `La Morocha’, embajador de nuestra cultura, llevado a Europa y Asia en miles de partituras por la fragata Sarmiento, fue también un auténtico vehículo en el proceso de socialización para muchos chicos nacidos en esta tierra, al ser la primera canción de cuna y la primer palabra que en nuestra lengua, pudieron escuchar de sus mamás inmigrantes” (18).
No sólo las ocasiones alegres se acompañan con canciones. Cantaba un inmigrante en la cárcel de Neuquén, en 1943. En El árbol de la gitana, escribe Alicia Dujovne Ortiz: “Carlos permaneció dos años en esa célebre prisión centenaria de la que parecía haber guardado los mejores recuerdos. Sus relatos eran tan seductores que provocaban la nostaliga de la gente libre: si era así la cárcel, para qué estar afuera. Según él, los comunistas encarcelados en 1943 se habían organizado con su proverbial disciplina, habían hecho gimnasia, habían dejado de fumar y se habían dado los unos a los otros cursos de ruso y de historia argentina. Un camarada ucraniano dirigía un coro. En ese entonces a nadie se le ocurría cantar el folclore de las provincias y, entre los presos políticos, más impensable aún hubiera sido un tango”. Años después, la escritora se entera de que la música no salvó a este inmigrante: “El ucraniano del coro se había vuelto loco y había terminado sus días en un manicomio” (19).
Enrique Novick evoca, en “Balada para un padre ausente”, el efecto que la música de su tierra tenía en un padre enfermo de Alzheimer: “Cuando le/ cantaba,/ próximo/ a su lecho,/ canciones/ antiguas/, sin nombre/ ni dueño,/ que hablan/ de una aldea/ con hornos/ de piedra,/ cerca de las/ casas,/ sus pisos/ de tierra,/ Marc Chagall/ brotando/ de acequias/ y techos;/ que él/ acompañaba/ con su voz/ pausada,/ rescatando/ estrofas/ tras un gesto/ austero,/ y un temblor/ extraño/ que escurría/ en su cuerpo,/ peces abismales/ y negros,/ hasta ser un eco/ más/ entre los ecos,/ que suelen/ merodear/ por mi cerebro” (20).
Otra canción es la que evoca, en “Celestes ojos italianos”, el poeta Francisco de Madariaga, quien pregunta a su madre fallecida: “¿Estarás cantando la canción que cantaban/ tus celestes ojos italianos?/ ¿O estarás escuchando cómo canta mi corazón,/ que fue la única maravilla en tu terror a/ los viejos gauchos bandoleros y en tu/ fracaso?” (21).
En el cantar se advierte una espontánea vocación artística, y una memoria que no quiere fenecer.

Notas
1 Villoldo, citado por Colegio Schönthal en “Bajaron de los barcos”, www.monografias.com.
2 Olivari, Nicolás: “La Violeta” citado por Gustavo Cirigliano, en “Disquisiciones tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
3 Olivari, Nicolás: “Antiguo Almacén ‘A la ciudad de Génova’”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
4 Riccio, Gustavo: en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
5 Pereda, Manuel Enrique: Nuestra querida Villa Pueyrredón. Buenos Aires, Del Carril Impresora, 1986. Citado por Eduardo Criscuolo en “Páginas para el recuerdo de Villa Pueyrredón”, El Barrio Periódico de Noticias, Año 6, N° 62, Buenos Aires, Mayo de 2004.
6 Fontanarrosa, Roberto: “Inodoro Pereyra ‘El renegáu’ “, en Clarín Viva, 24 de febrero de 2002.
7 Gerchunoff, Alberto: Los gauchos judíos, en Feierstein, Ricardo (selecc. y prólogo): Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Buenos Aires, Milá, 2001.
8 Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N° 178, Marzo de 1982.
9 Fernández, Francisco F.: Solané Drama psicosociológico en cuatro actos. Instituto Nacional de Estudios de Teatro, S/F. Precedido por “Noticia” por Jorge M. Furt.
10 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
11 S/F: Hotel Gwesty Tywi, Gaiman, Patagonia-Hosteria Galesa-Welsh ColonialB&B.
12 Anzorreguy, Chuny: El ángel del capitán. Biografía del capitán croata Miro Kovacic. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
13 S/F: “Puro universo femenino”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 28 de noviembre de 2004.
14 Bedrossian, Eduardo: op. cit.
15 Miguelí, Perla: “Introducción”, en Miguelí, Perla y Leguizamón, Pedro: Primer cancionero gitano de la Argentina. Recopilación y notación musical. Mar del Plata, 1995.
16 Shua, Ana María: “Por amor a la música”, en Clarín, Buenos Aires, 18 de mayo de 2003.
17 Kiron: “El canto es magia”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de octubre de 2002.
18 Yarmolinski, Daniel y Pesce, Graciela: “100 años de ‘La Morocha’ “. E-mail enviado en diciembre de 2005.
19 Dujovne Ortiz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997.
20 Novick, Enrique: “Balada para un padre ausente”, en La Prensa, Buenos Aires, 10 de enero de 1999.
21 Madariaga, Francisco: en La Nación, Buenos Aires, 10 de mayo de 1998.

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La ética, la solidaridad, el amor por los más pequeños, el respeto por los mayores, el recuerdo de quienes quedaron en la tierra natal, el contar y el cantar, son las constantes en las costumbres inmigrantes, que aún perviven en los descendientes americanos.