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LA METAMORFOSIS EN EL MITO Y LA LITERATURA

El misterioso tema de la metamorfosis ha dado lugar a un sinnúmero de obras artísticas y literarias, desde los orígenes de la expresión estética hasta nuestros días. Un ser humano se transforma en animal, en mineral o en una planta, pero ¿la transformación obedece a la intención de salvar o de castigar a aquel en quien se opera? Los autores responden en formas diversas según su época, su convicción teológico-filosófica y las circunstancias en que surge su obra.

Ovidio

Ovidio, nacido pocos años antes de nuestra era, nos brinda en sus Metamorfosis múltiples opciones. La obra, considerada por la crítica su creación máxima, narra en quince libros sucesos acaecidos a personajes mitológicos. En algunas oportunidades, Júpiter se convierte en animal para lograr sus propósitos; bajo la forma de un toro, rapta a Europa. La tradición latina consideraba al dios inclinado a as aventuras amorosas, y no deja de atribuirle los más variados subterfugios en la búsqueda de la consumación de su deseo. En otros casos, una vez satisfecha su demanda, es su esposa quien convierte a la desafortunada amante –y, eventualmente, a la criatura fruto de esa unión- en un ser inferior. Habiendo descendido a recorrer el mundo, el enamoradizo Júpiter se prenda de la ninfa Calisto y la seduce; ante este nuevo adulterio, Juno convierte a la mujer y a su hijo, Arcas, en osos. El dios, dolido, vuelve a metamorfosearlos, esta vez en estrellas brillantes –las constelaciones de la Osa Mayor y la Osa Menor-, para de esta manera aliviar el sufrimiento ocasionado por su celosa cónyuge. Muchas veces, la transformación es fruto de la piedad que los dioses sienten por los mortales que atraviesan momentos difíciles. En uno de los episodios narrados por Ovidio, Dafne es convertida en laurel por su padre, Peneo, como una forma de salvar a la angustiada joven de las reiteradas persecuciones de Apolo. En esta situación, y en otras semejantes, la metamorfosis puede considerarse como una respuesta de la divinidad a los ruegos de quien la invoca: no se trata ya del capricho de un dios, sino, más bien, de una gracia que éste otorga a quien se la implora. En cambio, en algunos relatos –el de Narciso, el de Orfeo y Eurídice- la metamorfosis esun castigo enviado a los culpables de soberbia o desobediencia. Narciso rehusó amar a alguien más que a sí mismo y, por esa razón, convertido en flor, se admirará en las aguas hasta el final de los tiempos. Orfeo, haciendo caso omiso de los mandatos de la divinidad, se volvió para mirar a su mujer, quien quedó instantáneamente convertida en ligero humo. Siempre según el autor latino, el ruiseñor y la golondrina, al igual que muchas otras especies, aparecieron sobre la faz de la tierra como consecuencia de una conducta reprobable.

Virgilio, Dante

Este último aspecto, el de la metamorfosis como castigo, es el que, siglos más tarde, retomará Dante Alighieri en su obra magna. En una escena de claras reminiscencias virgilianas, los mortales se transforman en árboles, y quien arranca una de sus hojas les ocasiona un inmenso dolor. Claro está que, en La Eneida, no se trataba de un castigo por una mala acción. Polidoro se había transformado en mirto al fundirse las lanzas que lo cubrían, luego de haberle dado muerte. Dante emplea la metamorfosis en árboles como la condena impuesta en el más allá a quienes atentaron contra la propia existencia. En el octavo círculo, en cambio, los ladrones padecen interminables tormentos entreverados con toda clase de serpientes. Muchas veces –comenta Angel J. Battistessa- ellos mismos se transforman en ofidios, tal como en su vida terrenal cambiaron su indumentaria para llevar a cabo sus fechorías. En La Divina Comedia, la metamorfosis es la pena impuesta a quienes actuaron contra lo dispuesto por Dios; es una de las formas en que el pecador pagará sus culpas en la vida ultraterrena.

Kafka

A principios del siglo XX, Franz Kafka retomó este tópico en uno de los relatos fundamentales de la moderna literatura. La metamorfosis narra la historia de Gregorio Samsa, un joven que se convierte en un enorme escarabajo. Ya no se trata del pecador castigado, sino del hombre en su condición de tal. “Un caso singular se convierte en paradigma de toda variación, y todo hecho remite a una misma situación ontológica”, afirma Fritz Martini, en su Historia de la literatura alemana. El hombre se convierte en un monstruo porque es rechazado; la marginación se evidencia físicamente, se vuelve visible y palpable. El planteo religioso desaparece -a criterio de Jorge Luis Borges, la interpretación teológica de la obra no es muy útil- y ya no se tratará de la actitud de Dios o de un dios respecto de los hombres sino de las relaciones que enriquecen a éstos o los degradan. Fritz Martini considera que la obra de Kafka está concebida a partir de símbolos sombríos, en los que se encierra “toda la tragedia de la vida actual”. La metamorfosis es, entonces, el símbolo de la soledad, de la incomprensión, que caracterizan a nuestro tiempo.

Ionesco

La dramaturgia moderna tampoco ha sido ajena a este motivo cultivado por la literatura de todos los tiempos. El “Teatro del Absurdo” ha encontrado en él una idea fecunda y susceptible de generar diferentes significados. Eugene Ionesco, en Rinoceronte –considerado por la crítica como uno de los dramas de “advertencia social”- ha explotado al máximo el potencial simbólico del tópico. Los personajes se metamorfosean cuando comprenden que no pueden dialogar; el protagonista, lejos de aceptarlo, se opone con todas sus fuerzas. “La enérgica e irreductible arrogancia de Bérenger (aunque en cierto modo irracional y estúpida) lo eleva desde la nada congénita que representa hasta un nivel de abnegado heroísmo que a pocos les es dado alcanzar, comenta George E. Wellwarth. En esta obra, la transformación en rinoceronte simboliza un problema existencial: el estado de alienación del hombre en la sociedad moderna, pero también tiene que ver con la presión que una determinada situación política puede ejercer sobre el individuo.

Así, desde los principios de nuestra era hasta la actualidad, encontramos en distintas creaciones un mismo motivo artístico, un mismo tema literario. La metamorfosis, tópico reiteradamente trabajado, encierra aún muchas posibilidades expresivas. Quizás su riqueza radique en que –como afirma Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos- encarna el “sentimiento esencial de la diferencia entre lo uno indistinto primigenio y el mundo de la manifestación”. En el lenguaje simbólico, la metamorfosis conlleva el significado de que “todo se puede transformar en todo porque nada es realmente nada”, agrega Cirlot. Ese es el sentimiento que vuelve vigente un tema tradicional.

(LA PRENSA)

EL MITO DE LA CREACION EN LA CULTURA MAYA

La indagación acerca del origen de la Humanidad es una constante en las culturas más diferentes y alejadas en el tiempo y el espacio. El hombre, inmerso en su soledad, ha forjado mitos a través de los que intenta explicar una realidad que le parece tan misteriosa como ajena. La tradición que acude a nuestra memoria, al pensar en la aparición del hombre sobre la tierra, es la que nos legó Hesíodo en Los trabajos y los días.

Ideal y realidad

En ese poema, la Humanidad se encuentra presentada a lo largo de una corriente involutiva que abarca cinco edades. Las dos primeras, la aúrea y la argéntea, nos hablan de una época feliz, en la que los pesares eran desconocidos. La Edad de Bronce y la de los Héroes, en cambio, muestran una progresiva degradación; en ellas, según Néstor Luis Cordero, se advierte la perspectiva humana e histórica; ambas se corresponden con el momento a que hacen referencia: etapas de lucha y consolidación de poderíos. Por último, el griego se refiere describe la Edad de Hierro, en la que se inscribirá el curso del género humano. Con tono amargo la describe en su poema: “Nunca en el día/ cesarán de dolor y fatiga, y nunca en la noche/ de perecer; y graves les darán los dioses angustias”. Sin embargo, concede, “aún a ellos les serán mezclados bienes con los males”. En el Libro Primero de Las metamorfosis, Ovidio retoma este tema, señalando en la mitología sobre la creación cuatro edades –Oro, Plata, Bronce y Hierro- a las que sucederá un diluvio, provocado por los dioses para castigar la conducta de los hombres. Una pareja se salvará, en una barca; la benevolencia divina permitirá a Deucalión y Pirra dar origen nuevamente a seres racionales, a partir de piedras que arrojan en la tierra. Tanto en la obra de Hesíodo como en la de Ovidio encontramos el concepto de degradación y la consecuente irritación de la divinidad; paralelamente, la Humanidad sufrirá las consecuencias de su impío proceder, ya que el Edén se transformará en un caos regido por la violencia y la maldad. Cabe destacar la semejanza que la mitología griega y latina evidencia con respecto a la religión judeocristiana, en la que los primeros moradores del paraíso pecan, desoyen las enseñanzas de Dios y se precipitan hacia un destino aciago. En el judeocristianismo aparece, por otra parte, la idea del diluvio como castigo y la salvación de seres humanos en un navío: el Arca de Noé.

El Popol-Vuh

En tierra americana también se observan intentos de explicación racional de la creación del hombre. Hacia el año 1000 antes de Jesucristo se instala en la península de Yucatán un pueblo de origen incierto, abarcando un territorio que comprende hoy las repúblicas de Méjico, Guatemala y Honduras. Esta cultura se divide en tres grandes grupos territoriales: los itzá, los huastecas –que quedaron aislados- y los quiché de Guatemala, en cuya lengua se redactó la epopeya a que nos referimos. El Libro de la Comunidad se conservó en forma oral hasta mediados del Siglo XVI, en que un indígena escribe la historia con caracteres latinos; este manuscrito llegará a manos de Fray Francisco Ximénez a principios del siglo XVIII. El Popol-Vuh es la única obra literaria que se ha logrado conservar hasta hoy –comentan los historiadores-; el interés que despierta –afirman Miguel Angel Asturias y J. M. González de Mendoza, traductores de la versión francesa de Georges Raynaud- “crece de día en día por tratarse de uno de los documentos milenarios de la Humanidad”. Cuenta la tradición, en el segundo capítulo del relato, que sólo el cielo existía y, bajo él, la mar ilimitada. Entonces, los espíritus celestiales celebraron un concejo para decidir cómo se llevaría a cabo la creación. Así dan origen a la tierra. Por su inconmensurable poder surgen el alba, los montes, los pinares..., pero era menester crear seres vivientes que no fueran vegetales. Aparecen los jaguares, lo pumas, los pájaros, las víboras... Los dioses les dan también una morada; una vez concluida la tarea, les ordenan que los invoquen. Al no recibir la adoración de estos seres, los condenan a servir de sustento a otros que sí puedan alabar a sus creadores. Este constituiría el primer estadio de la creación. La segunda tentativa ya no se realizará ex nihilo, sino tomando como material la tierra; estas criaturas “al principio hablaron, pero sin sensatez”, entonces, los espíritus celestes deciden celebrar un nuevo concejo, con el propósito de idear el modo de crear seres capaces de invocarlos. Se decide entonces crearlos de madera; estos hombres se reprodujeron, poblaron la faz de la tierra, pero tampoco satisficieron a los dioses: “No tenían ni ingenio ni sabiduría, ningún recuerdo de sus constructores, de sus formadores; andaban, caminaban sin objeto. No se acordaban de los Espíritus del Cielo; por eso decayeron”. Encontramos aquí una significativa aproximación a cuanto expusimos sobre Hesíodo y Ovidio: la decadencia parece ser consustancial a la Humanidad; culturas distantes la denuncian y señalan como causa de la misma la no observancia de los principios éticos o religiosos. Los hombres de madera son –según leemos en la obra- “los primeros hombres que existieron en la superficie de la tierra”; los seres irracionales y los hombres de barro fueron instancias que no llegaron a concretarse. Los Hacedores, consternados por el inmoral proceder de sus criaturas –los hombres de tzité y las mujeres de sasafrás-, les envían un castigo que ya hemos mencionado: el diluvio, pero aquí ya no se tratará de agua en ingentes proporciones, sino de una inundación de resina. Algunos muñecos se salvaron, dando origen a una raza de monos. Faltaba tiempo aún para arribar a una solución definitiva. Habiendo celebrado una nueva reunión para tratar tan preocupante asunto, los Espíritus encuentran el elemento ideal para forjar la cuarta raza de hombres: “En Casas sobre Pirámides, en Mansión de los Peces, así llamadas, nacían las mazorcas amarillas, las mazorcas blancas”. Moliendo estos frutos, las deidades destilan nueve bebidas que infunden energía a los nuevos cuerpos, los cuerpos de los “hombres de maíz”. En su estudio De la Conquista a la Independencia, Mariano Picón Salas encuentra en el maíz mucho más que una simbología de tipo mítico, ya que –a su entender- “es claro que los propios aborígenes atribuían al hallazgo del próvido cereal su entrada en la historia”.

Originalidad de la obra maya

A partir de lo expuesto, podemos señalar algunas similitudes entre las tradiciones maya y grecolatina: en ellas aparece la idea de la creación del hombre actual como fruto de etapas sucesivas. En Ovidio y en la epopeya quiché aparece la idea de un diluvio enviado como castigo, al igual que en La Biblia, y el surgimiento de una nueva raza, menos mancillada por los vicios que la que ha desaparecido. En las obras se evidencia, por otra parte, la creencia en una divinidad hacedora, que suele asociarse a las ideas de justicia y moral. Existen, también, diferencias significativas: mientras que en los autores grecolatinos se evoca una degradación, esta idea es diametralmente opuesta en el relato maya, en el que se va alcanzando, progresivamente, el ideal del hombre. El estadio irracional, el de los hombres de barro y el de los maniquíes de madera son, fundamentalmente, tentativas de los dioses, que sólo lograrán su objetivo al forjar hombres de maíz.

.....

Profundamente arraigada en sus costumbres y en su tierra, la tradición quiché mitifica la aparición de sus antepasados a partir de un elemento decisivo en su desarrollo. En el Popol-Vuh puede observarse, más que una narración con propósito ético, la vivencia misteriosa de un pueblo en contacto con la naturaleza.

(LA NUEVA PROVINCIA, Bahía Blanca)


LOS ROBOTS EN EL MITO Y EN LA CIENCIA, por John Cohen. Mexico, Grijalbo, 197 paginas.

La historia de los autómatas y la relación de los mismos con la condición humana es el tema que John Cohen aborda en un libro publicado hace ya muchos años, que se titula Los robots en el mito y en la ciencia (Mexico, Grijalbo, 197 paginas), "Este libro -afirma- es un ensayo dentro del campo de la historia de las ideas". Su protagonista "Aparece de repente aqui, allá y en todas partes, en el mito, en la leyenda, en la poesia, en la religión y en el misticismo, lo mismo que en la historia de la fisica, de la quimica y de Ia biologia. Ha despertado el interes de los filósofos, los inventores y Ios constructores de mecanismos de todas las epocas y, dentro de la ciencia contemporanea, no sólo domina las ideas, sino que favorece imperiosamente la transformación, en el futuro inmediato, de toda nuestra vida domestica y social".
Cohen sostiene que los antecesores de Ios automatas modernos deben ser buscados en la mitologia, Menciona a Hefaistos, el dios deforme, que es servido por asistentes de oro; a Dedalo, que tiene un paralelo en la saga germanica de Wayland el Herrero; a la cabeza parlante de Orfeo, en Lesbos; a los neurospastas romanos, títeres manejados por medio de cuerdas; a los automatas creados por egipcios, indios y chinos
En la Edad Media, el interes no decayó. Se dice que el Papa Silvestre II invento una cabeza parlante, creacion que tambien se atribuye a Roger Bacon. Raimundo Lulio, en cambio, buscaba crear una maquina lógica con la que se pudiera hallar la razón para explicarlo todo y Eleazar de Worms ofrece una receta para fabricar un hombre artificial. En el siglo XVI, Paracelso sostenia que era posible crear el homúnculo.
La idea de maquinas voladoras aparece en Ariosto, Cervantes y Cyrano de Bergerac, mientras que -a criterio de Cohen- el lugar de honor en la literatura sobre los autómatas Ie corresponde a E T. A. Hoffman, autor de El hombre de arena, en el que "intenta dar la impresión de un autómata que es, a la vez, un vampiro".
Descartes inauguró la epoca de los automatas modernos. De la lectura del Iibro se desprende que dos fueron las preocupaciones fundamentales de los inventores desde los albores de la Humanidad: crear un hombre mediante la ciencia y aprender a volar. Tanto uno como el otro objetivo nos hablan de su necesidad de ampliar el horizonte, de internarse en terrenos que Ie son vedados.
Cohen analiza, luego de su recorrida por la historia, la relación que los autómatas tienen con Ios seres humanos y afirma que la automatizacion plantea el problema acerca del destino que debe dar el hombre al tiempo que dura su vida. Se ocupa tambien de la posibilidad de que el trabajo sea realizado por maquinas o por animales y de los conflictos de los hombres que se comportan como automatas, de las "neurosis dominicales", ya que "EI tiempo libre no ofrece refugio para los conflictos que el trabajo ininterrumpido permite, en cambio, mantener contenidos".
Son importantes en esta obra las consideraciones eticas. Llama la atención, asimismo, la ingente cantidad de material consultado, que permite al autor brindar un panorama interesantisimo que no podemos resumir en esta nota. Y tambien, lamentablemente, llama la atencion la crueldad que el hombre ha manifestado en numerosas oportunidades para con sus semejantes.

(EL TIEMPO, Azul, 16 de junio de 1996)

 

DE MAGIA, MITOS Y ARQUETIPOS, por Teresita Faro de Castaño. Editorial de Belgrano. Buenos Aires, 1985. 323 paginas.

Ser ciudadano conlleva una imperiosa obligacion: conocer nuestro pais y la cultura que ha surgido en su suelo. En ellos veremos reflejados nuestro pasado nacional y, a la vez, podremos encontrar nuevos rumbos para nuestro destino futuro. A la luz de esta certidumbre surgen obras como la de Teresita Faro de Castaño, "maestra, farmacéutica, psicóloga, doctora en Psicología, (...) ha tenido dos pasiones en su vida: estudiar y enseñar. Ambos accionares fueron el hilo conductor de todas la actividades que realiza. Estudiando, busca en la psiquis individual y colectiva y se se volcó a la interpretación de los mitos argentinos a través de la hermeneútica jungiana. El germen de este libro lo constituyó la tesis doctoral que sobre el tema, presentó en la Universidad de Belgrano en 1983, tras muchos años de investigación y trabajo. Fiel a su vocación docente, es en la actualidad Profesora de las Universidades de Belgrano y El Salvador en Buenos Aires.
Participa en seminarios, ateneos, simposios y jornadas donde la cultura popular esté presente. Dicta conferencias y charlas sobre Mitos Argentinos y su interpretación. Es coordinadora y organizadora de jornadas y cursos sobre Folklore Argentino y Latinoamericano en Buenos Aires y provincias argentinas".
La autora, santiagueña, se dedicó, con tanto amor como veneración por sus paisajes natales, a esclarecer el contenido mitico de las tradiciones. Para ello, contó con el aporte de numerosos informantes; en otros casos, recurrió a documentos verbales tomados de folklorologos de reconocida confiabilidad. Una vez reunido el material, lo examinó detalladamente a la luz de los principios postulados por Jung, quien nos habla del inconsciente colectivo y de los arquetipos, imagenes semejantes que pueden encontrarse en todas las culturas. El volumen, editado con el aporte del Fondo Nacional de las Artes, surgió de la Tesis Doctoral en Psicologia de Teresita Faro, pero trasciende este trabajo, constituyendose en un interes permanente y una fuente inagotable de alegria para la estudiosa.
En el Prólogo, señala Félix Coluccio: "La doctora Teresita Faro nos sorprende con esta, su primera obra, que profundiza en temas que la mayor parte de los argentinos conoce muy superficialmente, o simplemente desconoce o, lo que es peor, subestima con una aparente superioridad, como si las raices de nuestra cultura tradicional no fueran lo suficientemente trascendentes. El libro De magia, mitos y arquetipos que en su desenvolvimiento pareciera rozar los lindes de la ficcion, trata de integrarnos con el mundo subyugante de las creencias, supersticiones (con un contexto que incluye las brujerias, daños, conjuros, maleficios) y desde luego las transformaciones a las que estan suscriptas desde no pocas generaciones, comunidades en las que rigen codigos de conducta -culturales- que pueden sorprender a quienes estan muy lejos de aquellas".
En la Introducción, la investigadora afirma: "Los seres, hechos y cosas que el pueblo interpreta coma presentificaciones terrenas de un mundo sobrenatural han provocado, en todas las culturas, una enorme cantidad de fenómenos folklóricos: mitos, creencias, brujerías, daños, conjuros, transformaciones, maleficios. A ellos se acercan, ávidos, aquellos que de una u otra forma estan inmersos en el quehacer humanístico y cultural. Yo no soy ajena a ese interes. Este acercamiento mío es un intento de desentrañar mas profundamente los fenómenos folklóricos que han perdurado a traves de siglos, formando parte del alma regional de cada pueblo. En especial del mío. Con ello recreo mi infancia, mi raza, mis muertos queridos que duermen su eterno sueno en la region que evoco en estas páginas y que siento tan entrañablemente".
En el primer capítulo, la doctora aborda conceptos fundamentales de la psicologia jungiana, ahondando, por razones de espacio y pertinencia, sólo en aquellos necesarios para la eficaz comprension de su investigacion.
Luego, se ocupa del mito y de su funcion dentro de la cultura. Ella sostiene: "el mito, como los sueños, es la expresión externa de las luchas, las alegrías y los miedos de la humanidad. A través de ellos el hombre puede insertarse en su sociedad, por estos 'universos simbólicos' de los que hablan Berger y Luckman, es que el simple mortal puede arraigarse en una cotidianeidad personal y concreta. Las creencias, los dogmas, los relatos, las supersticiones, los mitos, nos transportan más allá de nuestra historia personal para insertarnos en la historia humana universal". A su criterio, "los mitos, como los sueños, son expresones profundamente humanas del inconciente colectivo. Formas simbólicas que ayudan al hombre a enfrentarse con la realidad, a adaptarse a ella, a superar sus propias contingencias, anhelando dar respuestas con estos simbolismos mitológicos a las dolorosas angustias propias de su finitud".
Una vez delineados a grandes rasgos los principales criterios geograficos de la region chaco-santiagueña, entra de lleno en "El Fenomeno Folklorico" (Cap. IV). Este -nos dice- ha sido estudiado por importantes figuras de nuestro pais: "Valiosisimos han sido los aportes de Canal Feijóo, Di Lullo, Cortazar, Coluccio, Jacovella, Vivante, Vega, Lafon, Carrizo, por solo citar a algunos folklorólogos eminentes". Según los estudiosos mencionados, "todo fenómeno que se ha transformado en folklorico, es popular, colectivo, empirico, funcional, tradicional, anonimo, regional y transmitido por medios no escritos ni institucionalizados".
Seguidamente, se ocupa de las principales tradiciones de la zona a la que se circunscribió: las Salamancas, el pacto con el Diablo, las leyendas de fuego y de piedra, las tradiciones de transformaciones zoomorficas son algunos de los aspectos que se analizan en esta insteresante investigacion. En todos los casos se transcriben una o varias· fuentes orales, que nos permiten conocer en forma directa estos mitos arraigados en el pueblo.
Valorar el rigor cientifico -desde el punto de vista psicoanalitico- del trabajo, es algo que excede nuestro conocimiento. Sí podemos decir, considerando el asunto desde una perspectiva literaria y cultural, que la obra nos ha parecido sumamente interesante, pues recoge una serie de relatos pintorescos e ilustrativos. El enfoque jungiano que se ha dado a los mismos nos brinda una teoria posible sobre su origen y vinculacion con mitos semejantes del mundo entero.
Teresita Faro de Castaño ha puesto su mirada, con elogiable acierto, en aquellos temas que como argentinos debemos conocer.

(El Tiempo, Azul, 7 de mayo de 1988)